Historia de una necesidad




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Sal Terrae 98 (2010) 307-321

La categoría «género»:

historia de una necesidad

Ana García-Mina Freire*


«El verdadero descubrimiento no consiste

en buscar nuevos paisajes, sino en poseer nuevos ojos».

– Marcel Proust

¿Qué es lo primero que has pensado cuando has leído el título de este número de Sal Terrae «Cuestiones de Género»? ¿Has tenido que recurrir al índice para saber a qué se refería? Probablemente, si hiciésemos esta mini-encuesta encontraríamos que, aunque suela ser habitual ojear el índice de las revistas para saber de qué tratan y quiénes escriben, en esta ocasión, más que un hábito, ha sido una necesidad.

«Cuestiones de género»: a todos nos suena, es un tema de actualidad. En los medios de comunicación es frecuente escucharlo relacionado con casos de violencia contra las mujeres. Otras veces aparece vinculado con leyes, proyectos de investigación o denuncias de carácter social. Seguro que muchos lo han asociado con «feminismo», «cosas de mujeres», o lo han considerado sinónimo de «sexo». Quienes hayan ido a consultar al diccionario, probablemente se encontrarán todavía más confusos. Ninguna de las acepciones de «género» que la 22ª edición del diccionario de la Real Academia Española define (igualdad, mujeres, violencia...) tiene una relación estrecha con el contenido de ésta y las demás colaboraciones que vienen a continuación. Nos encontramos ante un término equívoco; su naturaleza multidimensional y holística le hace polisémico y complejo; su capacidad analítica y cuestionadora, incómodo y polémico; y su contenido, objeto de manipulación y oportunismo.

Un término ambiguo, complicado, resbaladizo... ¿Qué sentido tiene utilizarlo? ¿No confunde más que aclara? ¿No sería mejor emplear otra expresión? Realmente, cada vez más teóricas del género nos planteamos todo ello cuando vemos cómo éste se ha convertido en un término «políticamente correcto» e «incorrectamente utilizado». Sin embargo, pese a todo ello, sigo considerando que tiene su razón de ser, porque, como intentaré reflejar en este artículo, incorporar lúcidamente en nuestro vocabulario la palabra «género» nos permite centrarnos en una realidad cuyo papel es fundamental tanto en la constitución de la identidad como en la estructuración de la vida social. Como veremos, el género es una de las categorías privilegiadas de categorización social. Forma parte de un sistema de ideales que pueden ser fuentes de vida o generadores de patologías, y durante siglos ha acarreado unas diferencias que con frecuencia han servido, y todavía sirven, para justificar desigualdades y legitimar unas condiciones de vida injustas. Quizá por eso, a este concepto le rodea tanta ambigüedad, confusión y oportunismo...

Comprender lo que entraña este término nos sitúa ante uno de los primeros interrogantes que, como especie y en nuestra vida, más o menos conscientemente, nos hemos hecho alguna vez: ¿Qué significa nacer mujer, nacer varón? Reflexionar sobre esta realidad es una oportunidad para volver nuestra mirada hacia nuestra historia y revisar nuestra existencia vivida como mujeres o varones. Como podemos ir constatando, pertenecer a uno u otro sexo en modo alguno es irrelevante, pues nos configura como humanos y ejerce una gran influencia en nuestras condiciones de vida y en las relaciones que establecemos con los demás.

Dada la complejidad inherente a este concepto, en este artículo me voy a detener a analizar el origen de esta categoría, así como los diferentes significados que ha ido adquiriendo progresivamente, en función de la perspectiva desde la que se trate. Éstos nos aportarán claves para interpelarnos y comprender con una mayor profundidad lo que ha supuesto y supone para cada uno de nosotros haber nacido niña o niño.

Necesidad de sentido
Si tuviera que explicar en pocas palabras por qué, en apenas medio siglo, este término ha sido rápidamente asimilado en el ámbito de las ciencias y popularizado en el lenguaje de la calle, destacaría un aspecto: su capacidad analítica para responder a una necesidad que ha estado presente de manera constante en nuestro devenir como personas: ¿Qué supone ser mujer, ser varón? Como expresaba anteriormente, desde los inicios de la humanidad el ser humano ha necesitado dar sentido a su diferencia en tanto varón o mujer: ¿Cómo interpretar las diferencias sexuales? ¿Qué es lo que nos hace diferentes? ¿Son estas diferencias mayores que nuestras semejanzas? ¿Nacemos o nos hacemos mujeres y varones? ¿Qué papel desempeñan las diferencias en la creación y mantenimiento de las desigualdades existentes en nuestras condiciones de vida? ¿Y en la configuración de nuestra identidad? ¿Podemos relacionar determinados trastornos psicológicos con los modelos de masculinidad y feminidad que toda sociedad elabora y prescribe?

Si bien como «concepto» el género tiene una larga tradición en el pensamiento humano1, como lenguaje de ciencia aparece por primera en 1955, de la mano de un joven médico, John Money. Hasta entonces, el término «género» era patrimonio de la gramática y de los estudios lingüísticos. Se consideraba como un atributo de nombres, adjetivos, artículos y pronombres, pero no se valoraba como un atributo humano2.

A finales de los años cuarenta del siglo pasado, Money sitúa la necesidad de introducir este término como complemento de la categoría «sexo» en sus investigaciones sobre el hermafroditismo. Desde muy diferentes lugares del país llegaban a su unidad de investigación hermafroditas de todas las edades con malformaciones congénitas de los órganos sexuales. En ocasio­nes, se encontraba ante niños genéticos que habían sido incorrecta­mente rotulados y criados como niñas, debido a un síndrome feminizante testicular3. En otros casos, se le presentaban niñas genéticas que, por padecer un síndrome adrenoge­ni­tal4, habían sido equivocada­mente asignadas como varones y criadas como tales. En muchos de los casos, éstos estaban iniciando la pubertad, lo que producía un mayor impacto y desconcierto si cabe, ya que, debido a estos síndromes hormonales, y por haberles asignado un sexo equivocado, llegaban a la consulta con una identidad sentida como niña o niño contraria a su biología. Hemos de tener en cuenta que, aunque ahora nos resulte natural saber que los espermatozoides y los óvulos son células sexuales, que cada célula cuenta con 46 cromosomas, y que los responsables del dimorfismo sexual genético son aquellos que constituyen el par 23, la gran mayoría de estos descubrimientos se realizaron en la época a la que nos referimos. Entonces no se conocían los diferentes procesos prenatales y postnatales. Únicamente se juzgaba el sexo de una persona en función de sus características corporales externas5.

Por otra parte, en esta época no se concebía que la identidad como varón o mujer no pudiera estar determinada biológicamente. Se solía reducir el estudio sobre los sexos a encontrar las diferencias que definían esa «esencia» llamada masculinidad o feminidad, considerándolas como dos maneras de ser y estar en la vida opuestas, y mutuamente excluyentes; como dos realidades naturales, ahistóricas y atemporales, en cuanto derivadas de la biología. Sin embargo, los pacientes que consultaban a la que fue la primera clínica de endocrinología infantil del mundo desafiaban este discurso esencialista. La variable sexo, tal como se consideraba en aquella época, no permitía explicar el desarrollo de una identidad edificada sobre una biología que la contradecía.

A raíz de estas investigaciones, Money6 comenzó a ser consciente de la sobrecarga terminológica que tenía la variable sexo. Necesitaba un concepto vinculado a la realidad del sexo, pero diferente de él, que explicase estas contra­dicciones. El término elegido fue la palabra género, que en latín (genus,-eris) significa origen, nacimiento7. Necesitaba un término que recogiese el papel fundamen­tal que la historia social postnatal desempe­ña en el proceso de convertir a las personas en mujeres y varones, que puede incluso modificar los destinos de la biología.

Junto con el matrimonio Hampson8, este investigador reconceptualizó la variable sexo, estableciendo una clasificación de los determinantes multivariados que la constituyen, y utilizó el término «rol de género» para subrayar la importancia que tienen la biografía social y las conductas dimorfas que los padres y el entorno desarrollan ante el sexo asignado en el proceso de la sexuación humana. Para Money, sexo es un término que hace referencia a los componentes biológicos que determinan que una persona sea varón o mujer, mientras que empleará género para señalar aquellos componentes psicológicos y culturales que forman parte de las definiciones sociales de las categorías «mujer» y «varón».

Si bien género en su primera acepción, «rol de género», resultó en un principio extraño y poco familiar, desde mediados de 1960 fue adoptado con gran rapidez por las ciencias biomédicas, gracias a las investigaciones realizadas por el Dr. Robert Stoller sobre el transexualismo9, y por las ciencias sociales, gracias al Movimiento Feminista. Desde diferentes ámbitos, pero movidos por una misma necesidad, Money y posteriormente Stoller y las académicas feministas utilizarán esta categoría para clarificar la maraña de significados y procesos biopsicosociales que acontecen en el devenir humano.

Desde principios de 1970, la categoría «género» se convirtió en una de las opciones epistemológicas más relevantes en las ciencias sociales para el estudio de las relaciones entre los sexos. Supuso un nuevo marco de comprensión y una nueva vía de investigación para analizar, debatir y transformar las condiciones de vida de las mujeres y los varones. A través de este enfoque teórico, las académicas feministas lograron crear un espacio legitimado científicamente desde donde cuestionar y proponer nuevos sentidos de identidad. El género como lenguaje de ciencia provenía de las ciencias biomédicas y había sido introducido y desarrollado por varones, lo que garantizaba, en aquella época, una seriedad y un rigor conceptual que permitían a las mujeres investigar sin tener el riesgo de la descalificación por el mero hecho de ser mujer y feminista. A partir de entonces, desde muy diversos ámbitos se revisarán los supuestos epistemológicos existentes hasta la fecha entre los sexos. Se cuestionarán los diferentes significados atribuidos desde la ciencia a varones y mujeres, así como los modos en que éstos se han ido adquiriendo; y se denunciarán las estrategias que han legitimado las situaciones de discriminación y de desigualdad entre los sexos. El género, atendiendo a la definición presentada en la IV Conferencia Mundial sobre las Mujeres, se considerará como «la forma en que todas las sociedades del mundo determinan las funciones, actitudes, valores y relaciones que conciernen al hombre y a la mujer, mientras que el sexo hará referencia a los aspectos biológicos que se derivan de las diferencias sexuales. Por tanto, el sexo de una persona estará determinado por la naturaleza, pero su género lo elaborará la sociedad y tendrá unas claras repercusiones políticas»10.

Desde 1969, momento en que el término «género» se introduce en las ciencias sociales, éste ha ido desarrollándose fundamentalmente desde tres enfoques diferentes: desde una mirada socio-cultural más cercan a la antropología, la sociología y la historia; desde una perspectiva individual, liderada por la psicología, la filosofía y las ciencias de la educación; y desde un enfoque más interpersonal o psicosocial, en el que participarán todas las ciencias sociales. A ellos y a sus aportaciones en el proceso de reconocernos sexuados les dedicamos las páginas que siguen a continuación.

Los modelos normativos de masculinidad y feminidad
Era junio de 1946, Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre estaban conversando en una de las pequeñas terrazas de un café parisino. Simone de Beauvoir acababa de escribir un ensayo en torno a la moral de la ambigüedad y se planteaba su próxima obra. Deseaba hacer algo más autobiográfico: escribir sobre sí misma, le decía a Sartre. Al hilo de la conversación, Sartre le preguntó «¿Qué ha supuesto para ti el hecho de ser mujer?». Al principio, cuenta S. de Beauvoir, «la cuestión no era nada embarazosa para mí: nunca había tenido sentimientos de inferioridad por ser mujer. Nadie me había dicho: “Piensas así porque eres una mujer”. La feminidad nunca había sido una carga para mi». Ante esta respuesta, Sartre le comentó: «no has sido educada de la misma manera que un varón. Deberías analizarlo más despacio»11. Esta conversación cambiaría totalmente la visión de S. de Beauvoir. Escribir sobre sí misma, haciéndose consciente de su realidad como mujer, la llevó necesariamente a analizar la condición femenina como colectivo, y publicó unos años más tarde el que ha sido uno de los ensayos más significativos sobre las condiciones de vida de las mujeres: «El segundo sexo». Desde diferentes disciplinas, S. de Beauvoir fue desmontando ese discurso esencialista que dominaba en torno a las mujeres, subrayando el decisivo papel que desempeña el proceso de socialización diferencial como regulador de la identidad12.

Veinte años más tarde, Katte Millet, Anne Oakley, Gayle Rubin, Natalie Davis y tantas investigadoras más13 incorporan en su análisis la categoría «género» y continúan el camino iniciado por S. de Beauvoir. Cada una desde su especialidad señala la importancia de examinar y poner en tela de juicio los modelos de masculinidad y feminidad que todas las sociedades adscriben y prescriben a cada sexo. Hasta entonces, recordemos que estos modelos se concebían derivados de la biología: realidades innatas, inmutables y mutuamente excluyentes. Las personas que no se ajustaban a este modelo eran consideradas desequilibradas y a menudo estigmatizadas por su propio entorno social. Al introducirse el género como categoría de análisis, estos modelos dejarán de ser patrimonio del determinismo biológico y comenzarán a concebirse como construcciones socioculturales. Ser varón femenino o mujer masculina no se diagnosticará como un trastorno o un problema de inversión sexual; lo que indicará de esas personas es que su forma de ser se ajusta más a lo que en su sociedad se indica que es propio del otro sexo.

A partir de entonces, se desarrolla una cuantiosa investigación que analiza el género como una creación simbólica del sexo. Se va constatando cómo en todas las culturas conocidas existe un modelo acerca de cómo deben ser y comportarse un varón y una mujer. Se concluye que, por regla general, es el dimorfismo sexual externo el que inaugura el proceso de atribución del género, que el entorno se encargará de desarrollar. Como expresa gráficamente Strathern14, los modelos de masculinidad y feminidad son como moldes vacíos que cada sociedad configura con una serie de características, roles, actitudes, intereses, comportamientos seleccionados del amplio abanico de las posibilidades humanas. Estos modelos estructuran la vida cotidiana a través de una normativa que señala los derechos, deberes, prohibiciones y privilegios que cada persona tiene por el hecho de pertenecer a un sexo determinado15. Y aunque el contenido varía en función del contexto étnico, socioeconómico y religioso, se observa como un hecho común a todas las culturas de origen patriarcal que el modelo de masculinidad aparece más valorado y goza de mayor prestigio social que el modelo asignado a las mujeres. Son numerosas las investigaciones que, desde diferentes ámbitos de la ciencia, han verificado la desigual valoración social subyacente a estos modelos, que aparece a su vez reflejada en las situaciones de desigualdad existentes entre los sexos16: «Tanto en una sociedad en la que el hombre teja y la mujer pesque –indicará Millett– como en otra en la que el hombre pesque y la mujer teja, la actividad del varón gozará, de modo axiomático, de mayor prestigio y recibirá mayor remuneración, por hallarse ligada a un poder y una posición social superiores»17.

El género como identidad
Junto con esta visión más sociocultural del género, éste también fue analizado, ya a comienzos de 1970, desde una perspectiva más intrapsíquica y personal. El género no es sólo un modelo normativo construido a través de la interacción social; es una experiencia internalizada que configura el psiquismo. Todos somos hijos de nuestra cultura, sociedad, educación, familia, experiencias vitales... No hay persona cuya identidad no esté influida y confrontada por lo que en su entorno social y familiar se considera representativo de la feminidad y la masculinidad; porque estos modelos, como veíamos anteriormente, lejos de ser meramente descriptivos, lleva implícita una serie de sanciones positivas y negativas que nos marcan de antemano nuestras aspiraciones y percepciones, nuestro hacer y poder en la vida. No son una propuesta más de un estilo de ser; implican un deber-ser que vamos internalizando a través del proceso de socialización y que va conformando nuestra identidad.

La Encuesta sobre la infancia en España (octubre de 2008), realizada por los investigadores Fernando Vidal y Rosalía Mota, nos concedió la oportunidad de valorar en qué medida las prescripciones de género siguen estando presentes en el proceso de socialización. Tras analizar lo que 15.000 niños y niñas de 6 a 14 años piensan y sienten sobre diversos aspectos de su vida familiar, escolar y social, y cómo se comportan al respecto, llegaron a la conclusión de que, pese a que la interiorización de los patrones de género no es tan rígida como antaño, sí seguimos socializando diferencialmente a las niñas y a los niños según su sexo. A las niñas y las preadolescentes se les sigue asignando y prescribiendo un modelo de «ser en relación» basado en una socialización de los afectos y en una mayor responsabilidad del cuidado del ámbito privado, tanto familiar como doméstico. A los varones, en cambio, se les socializa para que triunfen en el espacio público, potenciando una socialización orientada a «ser en el mundo», reforzándoles una personalidad basada en la autosuficiencia, la fuerza y la competitividad, estando a la vez menos protegidos y más expuestos a manifestaciones de agresividad y violencia18.

En función de cómo nos ajustemos a estos modelos, todos podemos decir que tenemos una identidad de género más masculina (si desarrollamos aquellos rasgos y comportamientos que nuestra sociedad decide que son propios de un varón), femenina (si nos ajustamos más al modelo que se plantea representativo de la feminidad) o andrógina (cuando una persona desarrolla en alto grado rasgos que socialmente se consideran bien masculinos o femeninos). El que nos reconozcamos en una de ellas no tiene en sí tanta importancia como el hecho de darnos cuenta de lo que eso implica. Todo proceso de socialización diferencial en función del género conlleva inevitablemente el desarrollo de una serie de capacidades, recursos e intereses y la represión de otros que no se consideran apropiados en razón del sexo19. Este hecho es lo que llevó a muchas psicólogas clínicas a introducir el género en su disciplina. A partir de 1970 se comenzó a estudiar la incidencia que los ideales de género tiene en los modos específicos de enfermar de varones y mujeres. La vida cotidiana, hasta entonces una variable sin importancia, comenzó a concebirse como una clave de interpretación a la hora de estudiar las diversas patologías. Se comenzó a constatar cómo las mujeres no necesariamente gozaban de un mayor equilibrio psicológico por ser femeninas, ni los varones por ser masculinos. Por el contrario, las investigaciones, realizadas fundamentalmente con mujeres, sugerían que una rígida tipificación sexual podía favorecer problemas psicológicos20.

A finales de la década de 1990, tuvimos la oportunidad de estudiar cómo los estereotipos de rol de género afectan a la salud psíquica a través del análisis de la relación existente entre dichos estereotipos y los trastornos depresivos21. Los resultados obtenidos en esta investigación nos permitieron verificar cómo determinados rasgos y comportamientos que se consideran socialmente representativos de la feminidad estaban significativamente relacionados con una baja autoestima y una vivencia depresiva. Pudimos constatar que tener una gran necesidad de apoyo afectivo, depender de los juicios y la valoración de los demás, sentirse sin apenas recursos para hacer frente a situaciones problemáticas, no saber poner límites y hacerse respetar... son características de una persona deprimida que en muchos casos coincide con la forma de ser de muchas mujeres y algunos varones educados y socializados en un patrón en el que la feminidad es: sumisión, docilidad, obediencia, hipersensibilidad y dependencia de los vínculos afectivos y una excesiva preocupación por los demás.

Por otra parte, también pudimos verificar cómo, si bien internalizar determinados rasgos de la feminidad es un factor de riesgo, también es un factor de protección el tener algunos de los rasgos socialmente adscritos al varón: ser una persona que se vale por sí misma, que confía en sus capacidades y no necesita supeditarse a los demás, que no depende de la mirada ajena y no se detiene ante las dificultades, que tiene habilidades para desarrollar funciones de liderazgo y que sabe asumir riesgos y tomar decisiones.

Comprender nuestra historia trenzada y a menudo encorsetada por la normativa de género necesariamente nos ha de llevar a revisar una serie de aspectos que nos configuran como personas y tienen un gran protagonismo en nuestra salud: la imagen que tenemos de nosotras o nosotros mismos y cómo se ha ido configurando; los ideales y exigencias que nos imponemos; las necesidades que vivimos, así como aquellas otras que hemos postergado; los deseos truncados; los vínculos y las relaciones que establecemos con los otros; la valoración que nos otorgamos y desde dónde lo hacemos; la vivencia que tenemos de nuestro cuerpo y de la sexualidad, la culpabilidad que emerge al transgredir las normas sociales pautadas de género, las anestesias que vivimos con determinadas emociones, el reconocimiento de nuestras capacidades y recursos, así como de nuestros límites, malestares, enfermedades, quejas... En función de la identidad de género que adoptemos, todas estas dimensiones guardan una especificidad, una historia que con frecuencia no nos detenemos a escuchar y que a veces es fuente de una profunda insatisfacción en nuestras vidas.

El género como organizador social
Michael Kimmel, hoy uno de los sociólogos más destacados en el estudio de la masculinidad desde una perspectiva de género, no entendía treinta años atrás el sentido y el porqué de esta categoría. Él explica que lo que le hizo caer en la cuenta de su valor fue una discusión que estaban manteniendo una mujer blanca y otra negra acerca de la mayor o menor importancia de la semejanza sexual o la diferencia racial entre ellas22. La mujer blanca afirmaba que, por encima del color de la piel, lo que realmente más les unía era el hecho de ser mujeres. Pero la mujer negra no pensaba lo mismo y le preguntó: «Cuando por la mañana te miras al espejo, ¿qué ves?». La mujer blanca le contestó: «Veo una mujer». Entonces le dijo la mujer negra: «Ahí está precisamente el problema. Yo veo una negra. Para mí, la raza es visible a diario, porque es la causa de mi handicap en esta sociedad. La raza es invisible para vosotras, razón por la cual nuestra alianza parecerá siempre un poco artificial»23. Kimmel se hizo entonces la misma pregunta: ¿Qué es lo que veo cuando me miro cada mañana en el espejo? Un ser humano. El hecho de ser varón, blanco, de clase media, etc., lo había obviado... Fue entonces cuando se hizo consciente de lo fácil que es no darnos cuenta de nuestra raza, sexo, género: cuando uno forma parte del grupo de los privilegiados y de aquellos que detentan un mayor poder.

Aunque no seamos conscientes de ello, clasificarnos como mujeres o varones es probablemente la decisión de identidad categorial más profunda y primordial que hacemos tras nuestro reconocimiento como humanos24. El sexo es una de las primeras y principales claves que utilizamos para hacer juicios ante las personas25. Es uno de los principales elementos diferenciadores que impregnan toda la estructura social y dicotomizan la conducta humana26.

El género no es sólo un modelo normativo o una identidad constituida; es un «proceso» que crea y, a su vez, es creado en el contexto psicosocial. Es uno de los organizadores más privilegiados de las estructuras sociales y de las relaciones entre los sexos. Como veremos en los siguientes artículos de este número de Sal Terrae, la igualdad entre los sexos, el lugar de las mujeres en la Iglesia, la violencia de género... son diferentes aspectos que apuntan a este nivel de análisis desde el que se puede estudiar la realidad de género: la división sexual del trabajo, las relaciones de poder jerarquizadas entre varones y mujeres, los espacios y tareas diferencialmente asignadas en función del sexo, los diferentes contextos de interacción social... En estas últimas décadas, son muchos los esfuerzos que se están realizando para clarificar cómo incide el género en las relaciones que establecemos entre varones y mujeres y cómo, respetando las diferencias, podemos lograr unas relaciones de igualdad.

¿Cambia el género nuestra mirada?
Una de las preguntas que más suelen hacerme cuando trabajo con profesionales que quieren acercarse a esta categoría es: ¿Qué significa adoptar una perspectiva de género?

Incorporar la categoría «género» como opción epistemológica cambia necesariamente nuestro modo de acercarnos a la realidad y de desear comprenderla. Esta da una especificidad a nuestro mirar, a las preguntas que nos formulamos y a la manera en que tratamos de responderlas. A modo de resumen, voy a destacar algunos de los aspectos que me parecen centrales si queremos ser sensibles a esta realidad:

1. En primer lugar, incorporar una perspectiva de género ha de llevarnos a considerar que ser varón o ser mujer no es un dato irrelevante. El sexo es un organizador básico en todas las culturas y sociedades. Es uno de los primeros criterios que se tienen en cuenta en la interacción social. Como indica Mischel, «probablemente ninguna otra categoría es más importante desde el punto psicológico que la que clasifica a las personas en varones y mujeres, y las características en masculinas y femeni­nas»27.

2. Un segundo hecho que no podemos obviar es que la construcción de nuestra identidad está influida por los modelos normativos que cada sociedad prescribe a uno y otro sexo. Estos modelos no son una mera propuesta de un estilo de ser, sino que llevan implícito un deber-ser regulador de la identidad.

3. Estos modelos normativos guardan una especificidad histórica y cultural. Como expresa Strathern28, la masculinidad y la feminidad son como moldes vacíos que cada sociedad va elaborando en el orden social.

4. Estos modelos, en tanto construcciones socioculturales, nunca aparecen de manera pura, siempre están entrelazados con otras variables que también son fundamentales en la vida de las personas: sexo biológico, clase social, etnia, edad, religión, orientación sexual29... Estas categorías transforman la propia experiencia de género.

5. Este carácter holístico hará que queden cristalizados de manera diferente en cada individuo. La edad, la etnia/raza, la clase social, la religión, la orientación sexual, etc., al transformar la propia vivencia de género, explican que haya una gran variabilidad entre las personas que pertenecen a un mismo sexo. De tal manera que en la gran mayoría de las variables estudiadas las diferencias intra-sexos son mayores que las diferencias existentes entre los sexos30.

6. Como categorizador social, el género estructura la vida cotidiana a través de una normativa que señala los derechos, deberes, prohibiciones y privilegios que cada persona tiene por el hecho de pertene­cer a un sexo determinado31.

7. De ahí que los sistemas de género sean una fuente valiosa de comprensión de la vida social. El género aporta un sistema de relación, ofrece una manera de vinculación social y de las relaciones entre los sexos.

8. Como concepto y categoría, el género no es un instrumento exclusivo «de y para las mujeres». Analizar las condiciones de vida de las mujeres nos exige necesariamente estudiar la realidad de los varones y las complejas relaciones que se desarrollan entre los sexos. Son modelos que han sido elaborados dicotómicamente a través de un proceso de exclusión. Su naturaleza es relacional.

9. Al formar parte de una sociedad patriarcal, estos sistemas llevan inherente el sello de la desigualdad así como las estrategias sociales de su legitimación. Lo cual nos hace concebir el género no sólo como diferencia, sino también como asimetría.

10. En cuanto experiencia subjetivada, estos modelos repercuten notablemente en la manera en que vivimos, nos relacionamos y afrontamos cognitivamente y afectivamente la realidad, así como en la manera en que enfermamos.

¿Qué ha supuesto para ti el hecho de ser mujer o ser varón? Si, como en el caso de Simone de Beauvoir, tu primera respuesta es: «No creo que me haya influido lo más mínimo», te invitaría a que lo reflexionaras con tranquilidad. El espacio en el que negociamos las identidades, tanto individual como social, es inseparable de la realidad de género.
* Miembro del Consejo de Redacción de la revista Sal Terrae. Profesora de Psicología. Universidad Pontificia Comillas. Madrid. .

1. Por ejemplo, Christine de Pisan, escritora feminista de la corte francesa, fue la primera mujer de quien se conoce su participación en el debate literario y filosófico sobre la valía de las mujeres, que empieza a darse desde principios del siglo XV. En este debate, conocido como «les querelles des femmes», se discutía sobre la naturaleza de la mujer, sobre su posible educación y sobre el trato que ésta dispensa a los varones dentro y fuera del matrimonio. Así se expresaba en su libro «La Ciudad de las Damas» (1405): «si fuera costumbre enviar a las hijas a la escuela lo mismo que a los hijos, si a aquellas les enseñaran ciencias naturales, aprenderían de forma tan total y comprenderían las sutilezas de todas las ciencias y artes tanto como los hijos» (citado en B.S. Anderson, y J.P. Zinsser, Historia de las mujeres: una historia propia, Vol. II, Crítica, Bar­cel­ona 1991, 389).

2. J. Money, «The Concept of Gender Identity Disorder in Childhood and Adolescence After 39 Years»: Journal of Sex and Marital Therapy 20 (1994), 163-177.

3. También llamado Síndrome de insensibilidad a los andrógenos. Es un estado congénito, recesivo, ligado al sexo, que cursa con un fenotipo femenino, pero con caracteres sexuales masculinos, en las glándulas germinativas y cromosomas (XY), como consecuencia de una resistencia androgénica congénita de los órganos destinatarios.

4. Es un síndrome que se presenta como consecuencia de un exceso de producción de hormonas esteroides andrógenas en la corteza suprarrenal; puede ser hereditario o adquirido. En el primer caso, es un defecto enzimático del funcionamiento de las cortezas suprarrenales. Se transmite genéticamente y tiene como resultado una insuficiencia de cortisol y aldosterona y un exceso de andrógenos en sangre. Las niñas nacidas con este síndrome desarrollan una genitalidad ambigua, con una fuerte virilización.

5. A. Garcia-Mina, El género en el desarrollo de la feminidad y la masculinidad, Narcea, Madrid 2003.

6. J. Money, «Hermaphroditism, gender and precocity in hyperadrenocorticism: psychologic Findings»: Bulletin Johns Hopkins Hospital 96 (1955), 253-264.

7. E. Dio Casanova, La construcción del significado sexual en la niña en la teoría psicoanalítica (Tesis Doctoral), Universi­dad Autónoma de Madrid, 1997.

8. J. Money, J.G. Hampson y J.L. Hampson, «An examination of some basic sexual concepts: the evidence of human hermaphrodi­tism»: Bulletin John Hopkins Hospital 97 (1955), 301-319.

9. Hasta su muerte en 1991, el Dr. Robert Stoller era profesor de Psiquiatría en la Facultad de Medicina de la Universidad de California de Los Angeles. Se le considera un destacado psicoanalista, y es uno de los investigadores que más han estudiado y teorizado sobre el transexua­lismo. Sus aportaciones sobre el desarrollo de la identidad de género echaron por tierra algunas de las teorías que Freud planteó sobre el desarrollo de la masculinidad y la feminidad precoces.

10. Instituto de la mujer, Guía para la incorporación de la perspectiva de género, Instituto de la Mujer, Madrid 2004, 20.

11. S. de Beauvoir, La fuerza de las cosas, Edhasa, Barcelona 1987, 102 (versión original: 1963).

12. T. López Pardina, «El feminismo de Simone de Beauvoir», en C. Amorós (Coord.), Historia de la teoría feminista, Comunidad de Madrid, Madrid 1994.

13. A. García-Mina, op. cit., 48.

14. M. Strathern, «Una perspectiva antropológica», en O. Harris y K. Young (Eds.), Antropología y Feminismo, Anagrama, Barcelona 1979.

15. M. Lagarde, Género y Feminismo. Desarrollo humano y democracia, Horas y HORAS, Madrid 1996.

16. A. García-Mina, op. cit., 58.

17. K. Millett, Política sexual, Cátedra, Madrid 1995, 394 (versión original: 1969).

18. A. Garcia-Mina e I. Espinar, «Niñas y niños: tan diferentes, tan semejantes», en S. Adroher y F. Vidal (Dirs.), Infancia en España, Universidad Pontificia Comillas, Madrid 2009, 238.

19. J.V. Marqués, «Varón y patriarcado», en J. Vicent Marqués y R. Osborne, Sexualidad y Sexismo, Fundación Universidad-Empresa, Madrid 1991.

20. A. García-Mina, Análisis de los estereotipos de rol de género (Tesis Doctoral), Madrid 1998, 62.

21. A. García-Mina, M.J. Carrasco y M.P. Martínez, «Género y Depresión», en C. Bernis, R. López, C. Prado y J. Sebastián (Eds.), Salud y Género, ediciones de la Universidad Autónoma de Madrid, 2001, 355.

22. S. Kimmel y M.A. Messner, Mens’s Lives, Macmillan, New York 1989, 3.

23. E. Badinter, XY. La identidad masculina, Alianza Editorial, Madrid 1993, 24-25.

24. M. Subirats y A. Tomé, Balones fuera, Octaedro, Barcelona 2007.

25. M. Biernat, «Gender stereotypes and the relationship between masculinity and feminity: a developmental analysis»: Journal of Personality and Social Psychology 61 (1991), 351-365.

26. E. Barberá, I. Martínez-Benlloch y R. Pastor, «Diferencias sexuales y de género en las habilidades cognitivas y el desarro­llo motivacional», en J. Fernández (Coord.), Nuevas perspectivas en el desarrollo del sexo y del género, Pirámide, Madrid 1988.

27. W. Mischel, Introducción a la personalidad, Interamericana, México 1979, 269.

28. M. Strathern, op. cit.

29. M. Burín, «Género y psicoanálisis: subjetividades femeninas vulnerables», en M. Burín y E. Dio Bleichmar (Comps.), Género, psicoanálisis, subjetividad, Paidós, Buenos Aires 1996.

30. J. Fernández (Coord.), Nuevas perspectivas en el desarrollo del sexo y el género, Pirámide, Madrid 1988.

31. M. Lagarde, op. cit.

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