Decisiones un libro para «darse cuenta»




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- los que se detienen al caer la noche, pero vuelven

a la mañana para continuar la búsqueda, saben controlar y distribuir sus esfuerzos. Su madurez personal aún no ha alcanzado su plenitud; deben superar sus miedos y asumir sus propias responsabilidades.

- Los que renuncian a buscar la piedra, corren el

riesgo de no desarrollar nunca su verdadero potenciaL Por el momento, pueden dispersarse haciendo muchas cosas sin terminar ninguna.

3. - La piedra: tu forma de describir la piedra revela

la forma en que te valorás,

- Si la piedra es de poco valor, tenés que reforzar tu personalidad y quererte un poco más. Contás con

aspectos positivos para aportar a los demás y un
gran valor, algo que alguna otra persona no tiene en la misma magnitud. Es la confianza en vos

mismo lo que cuenta a la hora de realzar esa virtud.

- Si la imaginás como una enorme piedra preciosa de

mucho valor: ¡calma! Te valorás muchísimo y no

comprendés por qué a los demás no les pasa lo mismo; esta seguridad puede molestar a otras personas. Por lo tanto, comprende la naturaleza humana, da tiempo al tiempo y no interfieras en la evolución de los otros, salvo que te pidan que lo hagas.

4.- La despedida: las palabras que le dirigís a la

montaña ilustran lo que siempre le quisiste decir a tu padre, pero nunca te atreviste. Meditá sobre ello y pensá que estás a tiempo, incluso, aunque él no se encuentre; porque de una u otra forma permanece dentro de vos. Puede no estar, puede haber muerto, aunque es imposible que no exista

porque, de ser así, no hubieras dicho nada al despedirte de la montaña.

5,- La respuesta: la respuesta de la montaña refleja

la idea que tenés de los sentimientos de tu padre hacia vos. Es en definitiva, lo que creés que tu padre te contestaría.
Recordá que un test apela al inconsciente, por lo cual, tus respuestas provienen de allí.

Puede que sientas que no estás de acuerdo con alguno de los resultados, pero ese es tu nivel consciente que razona las cosas que ves y se niega a aceptarlas.

Este desacuerdo, si es que existe, servirá para que te des cuenta de lo que en verdad se halla grabado en tu mente más allá de lo que vos pensés.
CUANDO TE AMES DE VERDAD

Cuando te ames de verdad, habrás comprendido que en cualquier circunstancia de tu vida, vos estabas en el lugar correcto, a la hora correcta y en el

momento exacto.

Porque aunque el resultado no fuera el deseado, algo debías aprender de lo sucedido.

Entonces podrás relajarte... y eso pasará a tener

nombre de allí en adelante: «autoestima».

Cuando te ames de verdad, podrás percibir que tu angustia y tu sufrimiento emocional no son sino

una señal de que vas contra tus propias verdades y sabrás, entonces, que habrás logrado: «autenticidad».

Cuando te ames de verdad, dejarás de desear que tu vida hubiera sido diferente y comenzarás a
ver que todo lo acontecido y por acontecer contribuye a tu crecimiento, ya que a nadie le toca nada que no pueda sobrellevar, y cada cosa que sucede es una enseñanza que la vida pone en el camino, y entonces eso se llamará: «madurez».

Cuando te ames de verdad, comenzarás a percibír lo ofensivo que es tratar de forzar a alguna situación o persona, sólo para realizar aquello que deseás, aún sabiendo que no es el momento o que la persona no está preparada, inclusive vos mismo. Y habrás descubierto que eso se llama: «respeto».

Cuando te ames de verdad, comenzarás a liberarte de todo lo que no fuiste ni es saludable... Personas, situaciones, todo y cualquier cosa que te pueda empujar hacia abajo, hacia lo no deseado, y entenderás eso que creías que era egoísmo. A partir de allí, comenzarás a llamarlo: «amor propio».

Cuando te ames de verdad, dejarás de temer contar con tiempo libre y desistirás de hacer grandes planes, sin atender que tus verdaderas posibilidades abandonen los megaproyectos del futuro, Empezando a escalar sólo una cima cada día, harás lo que encuentres correcto, lo que te gusta cuando quieras y a tu propio ritmo, sin obedecer a mandatos ni
voces ajenas que te presionen. Y sabrás, entonces, que habrás encontrado: «simplicidad».

Cuando te ames de verdad, desistirás de querer tener siempre la razón, y con esto te equivocarás mucho menos y sabrás lo bueno de haber descubierto «la humildad».

Cuando te ames de verdad, terminarás con la idea de quedarte todo el tiempo reviviendo el pasado, y de preocuparte ansiosamente por el futuro; entonces transitarás con dedicación tu presente, que es donde la vida acontece. Y vivirás un día a la vez y eso se llamará: «plenitud».

Cuando te ames de verdad, habrás percibido que tu mente puede atormentarte, decepcionarte. Pero al colocarla verdaderamente al servicio de tu corazón, ella será una valiosa aliada. Y todo eso comprenderá el «saber vivir.

Es necesario tolerar el confrontar con vos mismo, vencer el miedo al cambio, entender que no hay vida sin crisis, como no hay climas sin tormentas, saber que la verdad no está afuera sino dentro, descubrir que cuando alguien decide por vos, no sos lo que decís, aunque coincidas con esa decisión; entender, por fin, que la culpa no sirve, que ser
diferente no es un error, sino una elección; que a

veces parece muy cómodo no decidir, pero que la incomodidad interior proviene justamente de ello.
A VECES EN BROMA, SE DICEN LAS GRANDES VERDADES

He vivido desde siempre en la Argentina. Nací en

el Gran Buenos Aires, en Ramos Mejía. Padre, madre, hermano, cuñado, sobrinos y abuelos casi desconocidos, salvo Gloria, mi abuela paterna, una gallega de los pagos de La Peregriña, en Galicia, que en aquellos tiempos, a comienzos del siglo pasado, nació y se crió allí, yendo y viniendo diariamente a

la iglesia, nunca al colegio, pues no era importante en la España de esos tiempos. La galleguita se crió lavando ropa en los ríos de Galicia para poder ayudar en su casa con las monedas que le pagaban por ello. Vino aquí de muy jovencita. Cuando, según considero, yo desperté más
o menos a la vida, con diez años, solía leerle el diario en la cocina de su antigua casa, porque ella nunca había aprendido a leer. Y así fui creciendo, y viví este país, con sus riquezas y sus rarezas: lo descubrí, lo viajé hacia muchas de sus latitudes.
Somos muy particulares los argentinos, tanto que a los de afuera, les cuesta comprender nuestros vaivenes, nuestros tocados de fondo, nuestros porcentajes de intereses, entre deflaciones e hiperinflaciones. Más que particulares, en verdad somos raros. Tenemos récord de psicólogos y teléfonos celulares, adoramos los medios de comunicación, -pero estamos más incomunicados que nunca. Somos paradójicos por naturaleza.

Conozco una historia -que a lo mejor pasó, o a

lo mejor no sucedió- que me gusta mucho y quizás exprese mucho mejor que yo esto que acabo de intentar explicar.

En una roca del puerto de una tierra muy lejana, un

«maestro ascendido» contemplaba la vela de la nave

que lo llevaría a su tierra natal. Una mezcla de tristeza y alegría inundaban su alma. Durante muchísimos años, sus sabias y amorosas palabras habían
circulado sobre aquella población. Su amor lo ataba

a esa gente, pero el deber lo llamaba a su patria. Tenía nostalgia y sentía muy dentro de él que había llegado la hora de partir. Atenuaba su melancolía pensando que sus perdurables reflexiones llenarían el vacío inevitable que causaría su ausencia.

En ese momento, cuando el barco hacía sonar su

sirena, un líder de aquel pueblo, convocado casi por entero en la despedida, alzó la voz y le dijo: -Maestro, hablamos de tu pueblo: los argentinos. El profeta recogió su túnica, puso un extremo sobre

su hombro y dijo: -Queridos amigos y hermanos, adorados discípulos, debo decirles que puede que los argentinos estén entre ustedes, ya que donde quiera que vayan, alguno de ellos se encontrará allí, pero tengan en cuenta

que por más que permanezcan entre ustedes, jamás serán iguales. No intenten conocerlos, porque su alma

vive en el mundo impensable de la dualidad. los argentinos beben en una misma copa la alegría y la amargura. Hacen música de su llanto y su desgracia: el tango, y se ríen de la música de los otros, aunque en verdad solo veneran la propia cuando se encuentran lejos de su tierra. Los argentinos suelen
tomar enserio los chistes y de todo lo serio hacen una

broma. Ellos mismos no se conocen --hizo una pausa y prosiguió tranquilo-. Nunca los subestimen, ya que como están dadas las cosas, pareciera que el brazo derecho de san Pedro es un argentino, y el mejor consejero M demonio también. La Argentina nunca

ha dado ni un gran santo ni un gran hereje, pero los argentinos pontifican sobre los herejes y heretizan a

todos los santos. Su espíritu es universal e irreverente.

Creen en la difunta Correa, la interpretación de los sueños y el horóscopo: todo al mismo tiempo. Tratan a Cristo de «El Haco» y se mofan de los ritos religiosos, aunque no se pierden Tedeum ni Misa alguna. No creen en nadie, pero se creen todo; no renuncian

a sus ilusiones ni aprenden de las desilusiones. Eso sí, mis muchachos, ¡no discutan con ellos jamás! ¡Los argentinos nacen con sabiduría inminente! ¡Saben y opinan de todo! En una mesa de café, arreglan el mundo, que siempre funciona como ellos piensan, no como es en realidad. Cuando los argentinos viajan, todo lo comparan con Buenos Aires. Son «el pueblo elegido» por ellos mismos. Se pasean entre los demás como el espíritu sobre las aguas: ¡sin absorber nada de ellos! Ni siquiera de su propia historia.
individualmente, se caracterizan por su simpatía e inteligencia, pero en grupo son insoportables por su

griterío y apasionamiento. Cada uno lleva en sí la chispa del genio, aunque los genios, ya se sabe, no se

llevan bien entre ellos. Por eso, reunir a los argentinos es muy fácil, pero unirlos es imposible. Un argentino es capaz de lograr todo en este mundo, menos conseguir el aplauso de otros argentinos. Y cuando alguno lo logra, seguro que les mintió a los demás. La

envidia es una enfermedad genéticamente arraigada en estos sudamericanos incurables. No le hablen de lógica, la lógica implica razonamiento y mesura, y los argentinos son naturalmente desmesurados y grandilocuentes. Si alguna vez alguno los invitara a

comer, no será una simple cena, sino a morfar la mejor comida del mundo. Cuando discuten, no dicen: «No

estoy de acuerdo con usted», sino: «Usted está absolutamente equivocado». Utilizan los términos con giros inesperados y con interpretaciones tan complicadas como ellos mismos; tienen una gran tendencia antropófaga, por ejemplo, suelen decir: «Se lo tragó», que significa haber sobrepasado o aventajado a

otro. También usan la expresión: «Comerse un buzón», que quiere decir haber sido engañado por otro.
Uno de los giros eufemísticos más escuchados es el

que se refiere al crecimiento desmedido de los atributos masculinos, como: Jengo los huevos hinchados»

o «Dejate de hinchar las bolas». Muchísimas otras de sus referencias son igualmente gastronómicas. Para referirse a una mujer con apreciables atributos físicos, suelen decir que es un «budín». Y cuando las

cosas salen bien con ella, dicen que «Se morfaron una mina riquísíma». Además, este pueblo tan particular, gusta de festejar cualquier cosa, así que, si en

una de esas fiestas alguien cuenta buenos chistes, suelen decir que «Se hicieron el plato». Por otro lado, a un erudita lo elogian diciendo que es «una bestia», siendo que a un mero futbolista lo califican como

«genio». Cuando acceden a hacer un favor, no dicen

«sí», sino «cómo no»... El profeta hizo una larga pausa y continuó: -Los argentinos son el único pueblo del mundo que comienza sus frases con el monosílabo «no». Cuando alguien les agradece por algo, dicen: «No, de nada», o simplemente «Noooo», acompañado con

una sonrisa. Además, suelen tener dos problemas para cada solución. Pero eso sí, siempre intuyen las soluciones para todo problema. Recuerdo, queridos
hermanos, que cuando estuve la última vez en aquel lejano país, transitando las calles de Buenos Aires, me admiró que cualquier argentino dijera que sabía cómo pagar la deuda externa, manejar a los militares, aconsejar al resto de América Latina, eliminar el hambre en África y enseñar economía en los Estados

Unidos. Cuando quise predicar mis ideas, empezaron por explicarme cómo tenía que hacer para llegar a ser un buen predicador. Incluso, lo que es peor aún, esta rara especie humana, suele llegar a asombrarse

de que los demás no vean qué sencillas son sus recetas y no entienden por qué no les hacen caso.

Los rostros de los parroquianos que escuchaban, se

mostraban absortos. El sabio maestro adoptó en ese

momento un tono solemne y añadió: ---Los argentinos eligen cuidadosamente metáforas para referirse a lo común con palabras no comunes.

Por ejemplo, a un aumento de tarifas lo llaman: «adecuación de ingresos»; a un incremento de impuestos: «modificación de la base imponible», y a una

devaluación del peso: «una alternancia en la relación

cambiaria». Un plan económico es siempre «un plan de ajuste», lo que daría a entender que en la economía argentina ya no quedan tornillos por apretar. A
una operación financiera de especulación la llaman con el inocente nombre de «bicicleta». También de

este término surge una expresión relacionada que es

utilizada cuando difieren el pago de alguna obligación. En este caso, la denominan «pedaleo», Todo argentino que se precie, ha pedaleado para pagar algo que compró alguna vez. Aparte, viven, como dijo el filósofo Ortega y Gasset, «una permanente disociación entre la imagen que tienen de sí mismos y la realidad». Jamás se miran al espejo para verse bien

cómo son. Tienen un porcentaje altísimo de psiquiatras y psicólogos y se ufanan de estar siempre al tanto de la última terapia de moda, Poseen un tremendo

superego, pero no toleran que se lo mencionen.

Cuentan con un espantoso temor al ridículo, son

pocatos y culposos, pero se describen a sí mismos

como liberados y pertenecientes al llamado «primer mundo». Son convencionales y prejuiciosos, pero

creen ser amplios, generosos y tolerantes. Son racistas al punto de hablar de los «negros de mierda», pero entre ellos se llaman utilizando vocablos como:

«negro/a», «negrito/a» con mucho cariño. También

se refieren a los inmigrantes que construyeron e impulsaron ese país como «gallegos de mierda», «tanos

de mierda», «yanquis de mierda», «polacos», «rusos»,

y toda otra ascendencia que no sea la propia es calificada como tal, es decir, «de mierda», aunque en realidad sus antecesores provienen en casi todos los casos de esos mismos países- inclusive a los gauchos de sus campos los viven tildando de boludos y se jactan erróneamente de no tener indios en su territorio,

a pesar de que se los puede encontrar en diferentes

reservas por todos lados del país. También, en una

absoluta dicotomía, suelen contrastar entre espejo e

imagen, ya que concentran en ellos mismos el terrible choque entre la fantasía y la realidad. Pasába la hora y la nave estaba por partir. Alrededor del profeta se vio arremolinarse una multitud entristecida que había acudido a despedirlo en su largo viaje a la remota Argentina, culis mundi al que debía ahora regresar. El profeta quiso hablar, pero la emoción, como a Carlos Gardel, le embargaba la voz. Hubo un minuto de largo y conmovedor silencio, hasta que de repente se oyó una expresión en alto volumen, era el timonel del

buque que le decía: -Vamos, che, decidite a ver si subís, que estoy apurado.
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