Decisiones un libro para «darse cuenta»




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El profeta, recordando aquellos inefables conductores de autobuses de Buenos Aires que se llaman

«colectiveros», hizo un gesto de resignación y subió al pequeño barco, y desde allí saludó a sus fieles por última vez.

El timonel, argentino hasta la muerte, luego de haber escuchado en la cubierta lo que aquel sabio había dicho a la multitud, lo miró con indiferencia, como diciendo: «Quién carajo será este gil», y al fin puso proa al horizonte.

Y colorín colorado, esta historia ha terminado. (Cualquier semejanza o similitud con la realidad, es mera coincidencia).


VOLVER A EMPEZAR

Cada paso que damos en la vida, cada decisión que tomamos, nos lleva invariablemente hacia un

lado o hacia otro del destino. Es decir, que innegablemente somos los arquitectos de nuestra vida.

Muchas veces, sentimos, de una u otra forma, que las cosas no se dan como queremos. Seguramente, no hemos hecho bien algunos de los pasos necesarios para que se concreten, o no elegimos a

la persona correcta para acompañarnos en el camino, o no manejamos bien las circunstancias.

Cuando uno apuesta a un número y no sale, no

solo es cuestión de mala suerte, sino que no se elige bien. Digo esto porque existen personas que deposítan la razón de sus pérdidas, de sus desencuentros,


de sus malos resultados o de sus fracasos en la mala suerte. Es como si sintieran que nacieron así, que están signados, que el destino está escrito de antemano, que Dios los trajo para eso, que nada les dejaron, que deben hacer todo solos; o la suerte de hacer un buen socio, o la suerte de encontrar una buena mujer o un buen hombre para sus vidas. Y la suerte, la suerte, la suerte....

Yo creo firmemente que de lo único que el ser humano no es del todo responsable en su vida, es de las cosas en las que el azar tiene una gran preerninencia, es decir, de las cosas que resultan imposibles manejar:

como una ruleta, el bolillero de una quiniela, una lotería o un mazo de cartas. Pero la vida es un juego en

serio, de apuestas basadas en decisiones, en elecciones, y sería bueno que tomes conciencia de que a la hora de transitar tu vida, la suerte queda a un lado.

«La suerte no es más que el pretexto de los fracasados», dijo el poeta Pablo Neruda (1904-1973). Aquellos que le echan la culpa a la mala suerte, nunca van a corregir el error que los llevó a un mal resultado, porque, de hecho, si creen que no tienen suerte y que a ello le deben la causa de sus males, pues nunca aceptarán que hicieron algo mal o que


no lo han hecho de la forma en que deberían para lograr el objetivo.

Cuando tropezás con algo, no es mala suerte, sino que no te fijaste por dónde caminabas. Entonces, sería bueno tomar conciencia de esto, entender que uno es artífice de su propio destino, que la capacidad se puede desarrollar, que la voluntad se

puede fortalecer, que la inteligencia se puede agudizar, que los conflictos se resuelven, que quizá no te

amaron como querías, pero que vos podés quererte mejor que lo que te quisieron. Quizá no te permitieron hacer lo que deseabas, pero vos sos el que permitiste que te lo prohibieran.

Porque si nos quedamos en esto del «no puedo» o

el «no voy a poder», o lo que es peor aún: «tengo mala suerte», entonces es difícil que podamos cambiar, mejorar o conseguir algo que se ajuste a nuestros verdaderos deseos. Debemos entender que la vida da mensajes y señales, que cuando algo no es,no se da, entonces somos nosotros los que estamos

procediendo equivocadamente. Sería bueno que entendiéramos que, normalmente, las cosas no suceden porque sí, sino que tiene que ver mucho con

nuestro proceder,


Cuando emprendemos algo, tenemos que saber que nada es mágico, que las cosas tienen su tiempo, que no siempre un error es solo eso, sino que muchas veces es la muestra de lo que no

debemos hacer o solo un peldaño más que nos

dice que todavía falta algo para lograr lo que deseamos.

Si entendemos esto, entonces podremos empezar muchas veces, aceptando que algo que parecía un

fracaso no es más que una enseñanza o la muestra de que esa no era la forma de lograrlo.

Hay una ley química de Lavoisier (1743-1794) que dice: «Nada se crea ni nada se destruye, todo se

transforma». Así como los cascotes de una demolición se utilizan en las bases de un nuevo edificio, sería bueno que apelemos a nuestra capacidad de renacer, entendiendo que ya no empezaremos de cero, sino que contaremos con la sabiduría que nos

dejó el camino transitado.

Porque están los que sólo nacen, se reproducen y mueren, pero también los que nacen, producen y, de una u otra forma, nunca mueren. La diferencia consiste en que entendieron la vida.

Veamos el siguiente caso:


Por diez años, Tomás Edison intentó construir una

batería de almacenaje de cargas eléctricas. Luego de muchas pruebas, no lo había podido conseguir. Sus esfuerzos casi terminaron por agotar sus finanzas. Para colmo, en diciembre de 1914, un incendio espontáneo destruyó casi todo su estudio. En

minutos, los compuestos preparados para discos o

cintas y otras sustancias inflamables ardieron. Aunque los bomberos vinieron de varios pueblos circundantes, el intenso calor y la poca presión de agua provocaron que fuera inútil extinguir las llamas. Todo quedó destruido. El daño excedía a los dos millones de dólares, y los edificios de cemento que se consideraban construidos a prueba de fuego, estaban asegurados apenas por la décima parte de esa cantidad.

Charles, el hijo del inventor, buscó desesperadamente a su padre, temeroso de que su ánimo y su espíritu resultaran dañados. Hasta que lo encontró contemplando el fuego con serenidad:

-Mi corazón se dolía por él -decía Charles---. Tenía 60 años, ya no era un joven y todo se quemaba. En la mañana siguiente, Edison contempló las ruinas y exclamó:


---Hay algo valioso con el desastre. Se quemaron nuestros errores. Gracias a Dios podemos comenzar

de nuevo.

Y tres meses después del incendio, Edison se las ingenió para inventar el primer fonógrafo.

Con cada nuevo día tenemos la oportunidad de recomenzar, por más desastrosa que nos parezca la situación. A veces, creemos que la vida nos destruye algo, y sucede que se ha llevado lo que ya no tenía

que estar.


SERVIR o NO SERVIR... ¿ESA ES LA CUESTIóN?

Muchas veces, en alguna charla con oyentes de mi programa, he escuchado una frase, que por más que se reitera no deja de asombrarme: «Yo no sirvo

para...». Y lo que es peor aún, a veces, le han agregado el vocablo «nada»; con lo cual la frase quedó horrorosamente construida de la siguiente forma: «Yo no sirvo para nada».

«Nadie nació sabiendo», dice la voz popular que refiere a la falta de conocimiento de algo, justificando plenamente y con razón el hecho de que una persona sienta pudor, vergüenza o limitación por desconocer algo que presuntamente debía conocer.


Uno nace sin saber, pero cuidado, que se trae una sabiduría genética, algo que está en pleno estudio en nuestros días y que ya no es meramente un

supuesto. Porque así como tenemos cierta inclinación o tendencia al padecimiento de alguna enfermedad, y el estudio del genoma humano dilucida claramente esta cuestión, del mismo modo, en nuestros genes poseemos conocimiento y sabiduría anteriores al día en que vinimos al mundo.

Además, es posible que lo comprobemos a cada instante, todo el tiempo tenemos el derecho a elegir, a decidir, porque el hombre es el único de la especie animal que cuenta con libre albedrío; pues el resto de los animales son irracionales, lo cual hace que se conduzcan por instinto y que siempre vivan de la misma forma, con los mismos períodos (celo), aptos para su reproducción, con iguales hábitos alimenticios y, en fin, con una eterna invariabilidad en su proceder.

Pero ¿qué sucede? Hay personas que transitan su

vida como si fueran animales, es decir, sin razonar estas cuestiones y procediendo casi instintivamente. Es como si hubieran nacido etiquetados con una

marca en el orillo que dijera «apto para tal cosa» o


«inútil, inepto, ineficaz o inservible para tal otra». O lo que es peor aún: «apto para nada».

Es evidente que, de una forma casi invariable, la desestimación que sufrieron de pequeños, por acción u omisión de sus padres o quienes hayan ejercido la función tutelar, ha influido con frases como:

«Sos un inútil»; «No sé para que naciste»; «No queríamos una mujer»; «No queríamos un varón»; «Cuando me enteré de que estaba embarazada de vos, quise abortar»;

«En verdad, nunca deseé tener hijos, y llegaste

vos»;

«Jamás llegarás a nada»; «Tu padre nunca te quiso» (dicho por la madre); «Tu madre no te deseaba» (dicho por el padre); «Vas a ser un fracasado». Y muchas otras que quizás escuchaste o te dijeron. Esto es, en muchísimos casos, un mandato fuertísimo que se instala en el individuo que lo escucha y empieza a corroer los cimientos de su confianza, o impide que esta se establezca de forma sólida y valedera.


Todo ser humano posee las mismas chances más allá de quiénes sean sus padres, más allá de cómo lo hayan tratado, más allá del colegio al cual concurrió, más allá de que lo hayan abandonado, más allá de que lo hayan querido «demasiado», o poco, o nada, o lo hayan golpeado, o hayan abusado de él.

Seguramente conocemos u oímos nombrar a Aristóteles Onosis, aquel magnate griego, archimillonario, que en su juventud vendía corbatas en el puerto de Buenos Aries, y que llegó a ser, en su momento, uno de los hombres más ricos del mundo. Que quede claro que no me refiero a la construcción de la riqueza como símbolo de valor, sino que la idea de este ejemplo, como tantos similares, es tratar de explicarte que cada uno es artífice de su destino, que cada uno nace por obra de los demás.

No hay que pagar durante toda la vida el hecho de haber nacido, tributando eternamente con nuestro proceder el haber llegado a esta vida. El hecho de que se haya nacido a través de un hombre y una mujer, no significa que ellos, con sus actitudes, con sus palabras o con sus determinaciones, programen la vida de ese individuo que parieron. Por eso suelo decir que la vida tiene dos tiempos:


uno en el que las personas son lo que los demás quisieron que fueran, y otro en el que cada uno

puede llegar a ser lo que desee. Y para esto hay que volverse a parir.

Cuando digo «volverse a parir» hablo de desearse, pensarse, gestarse, idearse, proyectarse y construirse de acuerdo con el propio deseo, entendiendo que es muy simple concluir que si uno no sirviera para nada, sencillamente no habría nacido.

Nadie llega porque sí a esta vida, nadie está de más aquí, cada uno tiene un rol. Una -función para cumplir, capacidades para desarrollar, talento para aplicar y decisión para hacer real cada deseo.

Para citar ejemplos claros, el primer maestro de piano de Beethoven le aconsejó que se dedicara a otra cosa... Einstein fue reprobado por su primer profesor de matemática... Y así, grandes hombres de la humanidad han cometido errores en todas formas y colores. Por eso, voy a contarte algunos de ellos, como dato curioso que tal vez ilustre mejor lo que quiero decir.

- En 1853, John Coffee construyó la cárcel en

Dundalk, Irlanda. Quedó en bancarrota con el


proyecto y se convirtió en el primer preso de su emprendimiento.

- En 1964, Ronald Reagan, ex presidente de los Estados Unidos y ex actor de cine, fue rechazado para el rol principal en una película llamada The Best Man porque no tenía apariencia de presidente.

- En 1943, Thomas Watson, ex director de IBM, hizo una declaración: «Yo creo que hay un mercado mundial para quizá cinco computadoras».

- En 1962, «No nos gusta como suenan, y la música de la guitarra está pasando de moda», dijeron los de Decca Recording Company al rechazar a

los Beatles.

- En 1867, en un memorando interno de Western Union, escribieron lo siguiente después de que Alexander Grahom Bell les ofreció venderles los derechos para el teléfono: «Este teléfono tiene muchas cosas en su contra como para ser seriamente considerado un medio de comunicación. El aparato no

posee ningún valor para nosotros».

-En 1981, Bill Gates dijo: «640 kb de memoria deben ser suficientes para cualquiera».- En agosto de 1890, un prisionero fue ejecutado en la silla eléctrica. Esta fue la primera vez que se hizo


por semejante método. Cuando el emperador Menelik

II de Abisinio (hoy Etiopía) se enteró, encargó tres sillas eléctricas a los Estados Unidos. El único problema fue que, al llegar el envío, descubrió que necesitaban electricidad para funcionar, y Abisinio todavía no contaba con este adelanto. Como el emperador era muy inspirado, pronto le encontró la solución: usó una de ellas como su propio trono imperial.

- Las marmotas (o mongooses), esos pequeños mamíferos asiáticos famosos por matar cobras, fueron llevados a Hawai por los agricultores de dicho estado para tratar de controlar la población de ratas, pero se les pasó un pequeño detalle: estos animales son diurnos, y las ratas, nocturnas. Hoy en día, en Hawai a las marmotas se las considera una plaga, casi tanto como las ratas.

Hay anécdotas de todo tipo en esta enumeración: en todas se pueden ver, claramente, que hay quienes no creyeron en la determinación de otros y siguieron adelante, y también quienes aún están pagando por decisiones equívocas que otros tomaron, como el caso de las marmotas en Hawai. Pobrecitas ellas, fijate el nombre con que las denominan aquellos


mismos que las constituyeron en plaga, habiéndolas buscado como solución.

¿Quiénes son en verdad marmotas? ¿Aquellos animalitos que duermen durante toda la noche, o

esas personas que, suponiendo ser muy despiertas, decidieron erróneamente e hicieron pagar a las generaciones futuras su acto de irreflexión?

No debemos ser la solución de la frustración de otros ni el espejo de esas frustraciones. No tenemos que permitir que nadie nos rotule de ninguna forma ni que decida sobre nuestra vida, ni que pretenda elegir nuestros pasos, ni que se

arrogue el derecho de determinar nuestros anhelos. Es que, sencillamente, los hombres no poseen dueños, ni hacedores, ni amos, ni determinadores. Son pares....

Por lo tanto, si fuimos o no deseados al nacer, o

muy queridos o no, o abandonados o sobreprotegidos, o lo que fuera que pueda habernos dañado, hagámonos cargo de nuestra vida. Sintamos la vocación de nuestro corazón. Tenemos que dejar de oír el afuera y escucharnos de verdad para poder seguir el camino de nuestra decisión, para acertar o equivocarnos por nosotros mismos, para aprender a mirar cómo


viven aquellos que pretendieron o aún pretenden enseñarnos a vivir.

Seguramente, quienes han manejado nuestros deseos o influido fuertemente sobre nuestras decisiones, no han sido felices. No necesitamos más que mirar sus vidas para comprobarlo. Parámonos a nosotros mismos, nazcamos por decisión propia: equivoquémonos o acertemos, pero hagamos lo que queramos, dejemos de sentir que no servimos.

De ahora en adelante, sería bueno que dijeras que no te gusta, que no te sentís cómodo, que no

es lo que más te atrae, que no te llama la atención, que no se te da la real gana. Es más, podrías hasta decir que no te interesa algo en ningún sentido, pero nunca más digas «no sirvo». No somos animales, y si de alguna u otra forma hemos procedido como tal -siguiendo irracionalmente mandatos que nos inclinaron más a obrar mecánicamente que por nuestra elección-, es momento que dejemos de serlo.
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