Decisiones un libro para «darse cuenta»




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Llegamos al mundo para disfrutar de la vida, para ser dueño de nuestro mundo. Nada debemos a nadie, y mucho menos lo que nunca pedimos.


Se me ocurre, salvo que opínés lo contrario, que sería bueno dar un giro al título que encabeza este capítulo, con lo cual podríamos concluir que:

Servir o no servir, dejó de ser la cuestión ...


CORAZóN ABIERTO

«Cuando sientas amor por alguien, díselo, porque fue ese alguien quien te lo inspiró».

Se me ocurrió este título debido a una pequeña historia que quería contarte:

En Francia, un maestro de pintura realizaba su tan

ansiada exposición anual en el salón de arte más importante del país. Toda la prensa especializada, los críticos más notorios se habían dado cita allí; nadie quería perderse tal evento. Sólo una vez por año el artista se mostraba de esta

forma, ya que hacía tiempo que ni siquiera concurría a presentaciones de sus colegas. Era un hombre sencillo, abstraído en su arte, remiso, sin grandilocuencias y no le gustaba la exposición pública.


El salón estaba colmado y los asistentes, especialmente invitados, recorrían las pinturas y elogiaban su realismo y el cuidadoso detalle con que habían sido plasmadas en la tela, a partir de la inagotable inspiración del artista.

Un solo cuadro se hallaba cubierto y ocupaba el centro del salón: con un tamaño mucho mayor que los demás, por lo que todo hacía prever que se trataba

del elegido del maestro para darlo a conocer en cierto momento de la noche.

Los mozos comenzaron a servir copas con champaña a los presentes, y fue entonces que bajaron las luces del lugar: solamente quedaron encendidas las que iluminaban aquella pintura que aún estaba cubierta. El anfitrión se fue acercando a ella, y detrás de él, los presentes. Cuando llegó al lugar preciso, tomó un extremo de la tela que la cubría y tiró de ella para dejar aparecer un cuadro

en el que había plasmado una imagen de Dios, según la visión del pintor. Los presentes quedaron extrañados, porque aquel hombre no solía realizar obras que incluyeran imágenes o connotaciones religiosas de ningún tipo. En este cuadro se lo veía a Dios junto a una puerta, que


reflejaba sin dudas la entrada a una pequeña casa. Las paredes eran blancas y a los costados de la puerta había pequeñas y coloridas flores que bordeaban todo el largo del frente. Se veía a Dios algo inclinado, como si estuviera oyendo si había alguien dentro de la casa, es más, su

postura, su gesto y su mirada denotaban la ansiedad

que le producía el hecho de estar como esperando que alguien le abriera. Cada uno de los presentes observaba la obra con profunda curiosidad y admiración, ya que no solo era un

tema nunca elegido por aquel artista, sino que además la luz, las tonalidades, las proporciones, la perspectiva y todo otro detalle de la pintura, lucían perfectos. Había, entre los críticos de arte que asistieron, uno

muy especial, conocido por sus ásperas y rígidas apreciaciones. Se trataba de un hombre de pocos rodeos, excesivamente observador y muy temido por sus implacables comentarios. Luego de observar la obra, vio con sorpresa que esta tenía un gravísimo error: la puerta que estaba frente a Dios no tenía picaporte. Se acercó al autor y todo el mundo vio su intención de hacerle un comentario a

viva voz. Las conversaciones empezaron a detenerse,


las voces del lugar acallaron y un extraño silencio pobló el espacio: -Veo que tu obra contiene como siempre la excelsitud de los colores y la perfección de las formas en sus

justas proporciones -dijo el crítico. El maestro, que lo conocía, sólo asintió el elogio con

una leve inclinación de su cabeza.

-Pero -agregó el crítico- es notorio e inexplicable, por cierto, que a pesar de haber titulado a esta

obra con el nombre «La Puerta», en ella no haya picaporte alguno. No comprendo el hecho de tan grave error en las manos de un artista como usted.

El maestro, con serenidad, respondió: -Esa puerta no es ni más ni menos que la puerta de entrada al corazón del hombre, y la imagen que allí ves, es la de la vida representada por Dios esperando que esa puerta se abra. -Eso no explica que hayas olvidado semejante detalle al omitir el picaporte -retrucó el crítico. -Pues sí lo explica, la puerta del corazón solo puede abrirse desde adentro, jamás desde el lado de afuera. Un tímido aplauso al comienzo, y una ovación luego, aclamaron la respuesta.


Hay personas que cierran su corazón, que por miedo al dolor mantienen distancias, no se comprometen a fondo en un diálogo, en un encuentro con

otro, temen el abandono, ser heridos, maltratados o

traicionados. Y, generalmente, se trata de aquellos que han pasado por alguna fuerte desilusión en su

vida y que utilizan la receta de cerrarse a la posibilidad de sentir, para evitar pasar nuevamente por aquel dolor que alguna vez atravesaron y del cual aún le quedan recuerdos y sensaciones.

Con esto, evitan el padecimiento, pero también el placer de poder querer, sentir, añorar a alguien, desearlo, extrañarlo. No entienden que la vida es

mucho más que estudiar, trabajar, levantarse, comer

o dormir. La vida es la pasión de sentir y sentirse, de dejarse ser, de emocionarse cuando se escucha un «te quiero» de alguien a quien uno ama, o se logra algo que uno no emprendía por miedo al fracaso.

Lo que uno vive en realidad, es lo que su corazón siente, no lo que su cabeza piensa.

No mezcles a uno con el otro, no pongas con tu

cabeza cerrojos del lado de adentro de tu corazón. Es feo el dolor de un amor, pero mucho más feo es el vacío de no sentirlo. Es desagradable un mal resultado


en algo que uno Intenta lograr, pero es mucho peor el sabor amargo de no haberlo intentado nunca.

No nos guardemos un «te quiero», no escondamos un «te amo». Cuando sintamos algo así, ese

sentimiento ya no será nuestro sino de quien lo ha provocado. No temamos ser rechazados, pues el peor de los rechazos es el nuestro al no darnos la posibilidad de decir lo que sentimos. No hay peor tarea que la que no se realiza ni peor sentimiento que el
que no se expresa....

Date permiso. No olvides que al igual que en la pintura del maestro, vos sos el único que puede abrir la puerta de tu corazón.


«SI SEGUIMOS HACIENDO LO QUE

ESTAMOS HACIENDO, SEGUIREMOS

CONSIGUIENDO LO QUE ESTAMOS

CONSIGUIENDO»

(Stephen Covey)

Me gusta mucho esta frase, quizá porque describe algo que suele suceder muchas veces en la vida. Hay personas que creen encontrar el amor de su vida en alguien determinado y comienzan a transitar esa relación. Luego, con el tiempo, después del encantamiento del principio, cuando se corren los telones de la apariencia, empiezan a verse las verdades.

Y si bien en muchos casos esas verdades confirman lo que se supuso en un inicio, dando lugar a


que la profundidad del amor aparezca en toda su

magnitud, suele acontecer también que en algunos otros, esas verdades que el tiempo trae hacen que lo que se suponía del otro en un principio quede desdibujado.

Esto haría pensar que esa relación debería terminar, pero muchas veces no resulta ser así, sino todo lo contrario. Y es justamente en esos casos cuando la relación no finaliza, que empieza a suceder algo extraño, curioso, impensado. ¿En qué consiste? En que, como si hubieran sido víctimas de un extraño hechizo, las personas se quedan juntas y empiezan así la infructuosa tarea de querer cambiar al otro o de esperar que algún día cambie.

Cualquiera sea la opción, esto no suele suceder nunca. Y el tiempo pasa y la vida pasa, y es como si el deseo se convirtiera en capricho.

Resulta extraño cómo se comportan estos seres

ante tal vínculo. Se desviven todo el tiempo tratando de lograr que el otro sea como ellos quieren, y lo que es peor, justifican esa actitud de espera eterna con frases como:

«Al principio no era así»; «Debe ser el cansancio»;


«Su madre influyó mucho en lo nuestro»; «En el fondo, es bueno»; «Quizá sea por tanto trabajo»; tiene muchos problemas»; «Con el tiempo, todo volverá a ser como antes»; «No me separo por los chicos»; «¿Dónde voy a ir?». Estos son los cuestionamientos de personas que suelen creer que no existe el amor sin sufrimiento. Como si el sufrir, el padecer o el postergarse tuvieran algo que ver con el amor.

Actuamos tan contrariamente a la lógica cuando los sentimientos entran, que perdemos la capacidad de razonar de forma coherente. Cuando alguien va

a cenar a un restaurante y la comida no es buena o

lo atienden mal, suele no volver allí. ¿Por qué ocurre, entonces, que cuando las personas encuentran a alguien con quien no se comunican como desean, con el que no sienten paz ni compañía ni comprensión, se quedan allí durante años, e incluso, en muchos casos, toda su vida?

Actúan como si se sentaran debajo de un manzano a esperar que nazcan duraznos. Y se desviven, hacen lo posible y lo imposible, se frustran, se


postergan, se amargan, se obsesionan en lograr su

cometido y se vuelven a frustrar.

¿No sería más simple, más fácil, más razonable, más coherente, más lógico, en fin, más sano, abrirse de alguien cuando no cubre casi en nada los deseos de uno, o cuando no puede sostener lo que parecía en un comienzo? Es un insulto al amor pretender definir esta clase de relaciones con ese título. Esto no es amor en ningún concepto, porque el amor

no posterga, no frustra todo el tiempo, no deja a un lado, no abandona. No es una competencia en la que uno pugna por lograr el cambio del otro, no es

aguantar eternamente. El verdadero amor es tan simple que cuando no es, no es.

Tampoco se trata de estar todo el tiempo queriendo interpretar las conductas del otro, buscando la justificación de su eterno proceder en las situaciones de su pasado, de su historia, de su cansancio o de sus problemas. Uno no es el terapeuta de su pareja, sino que debe ser la pareja de su pareja, y viceversa.

Estas personas que se quedan caprichosamente en relaciones en las que sufren todo el tiempo el desencanto y la evitación, viven como si fueran inmortales. Es decir, como si el tiempo no trascurriera


nunca, como si pudieran malgastarlo, esperando y esperando eternamente ese cambio tan deseado.

Hay muchas cosas que uno puede hacer en la

vida para estar bien con alguien, pero hacer siempre las mismas con idéntico mal resultado es un símbolo claro de idiotez, de inmadurez, de capricho, de obsesión, de autodestrucción, de masoquismo, en

fin, de cualquier cosa menos de amor.

Un amor caprichoso, más que amor, es un capricho; y un amor obsesivo, más que amor, resulta ser obsesión.

Como dice el Dr. Hugo Filkenstein en su libro Apostar a la vida: «El que está loco de amor, está loco».


EL ESFUERZO NO VALE LA PENA...

LO QUE SIRVE ES LA DEDICACIóN

«La vida es un viaje hermoso, para quien sabe conducirse».

Es solo una teoría, pero bueno, si querés la compartimos. Porque si vamos al caso, eso de que hay que esforzarse para todo, también es una teoría.

¿Quién puede decir que es dueño de la verdad? ¿Quién puede arrogarse el derecho de decir cómo deben vivir los otros? ¿Quién es quién para decidir de qué manera tiene que subsistir cada uno? ¿O acaso vos viviste así, creyendo que alguien tenía la verdad?


Me parece que, si así fue, estuviste equivocado hasta ahora. Nadie debería sentir su verdad como la verdad, sino sólo como un motivo que lo impulse. Nadie debe sentirse dueño de la verdad, ni dueño de nadie, ni amo, ni nada.

Aunque es cierto que hay vínculos en los que uno

es el amo y el otro el esclavo. Y no me digas que no

es así, como tampoco que no tenés carácter suficiente o que estás esperando que el otro cambie, y que esto y aquello, y lo otro y lo de más allá.

Son todos pretextos, mentiras para no decidir ser vos. Es pura comodidad o puro acomodamiento. Pero recordá que el hecho de que estés acomodado/a, no significa que te halles cómodo/a.

Varias veces he dicho en mi programa, en medio de la charla con algún oyente, que en verdad no puede existir un amo si no hay alguien con voluntad de ser esclavo. Y así es en todos los órdenes de la vida.

Pero volvamos a aquello del esfuerzo, que también se relaciona con esto que te decía recién. Hay quienes viven esforzándose para todo, que denodadamente ponen su energía en aquello que nunca se

da, y se esfuerzan todo el tiempo. Creen que todo les cuesta mucho y entonces se cumple la ley de que


lo que creen «es». Y se esfuerzan en gustar, en ser queridos, en que el otro cambie, en que los traten bien, en que los aprueben.

Y se esfuerzan tanto que, cuando alguna vez consiguen un poco de lo que buscaban, pues tampoco lo pueden disfrutar porque el esfuerzo ha sido tanto, que lo poco que consiguieron no compensa en nada.

Yo no creo en el esfuerzo, creo en la dedicación. No creo en los que establecen las leyes de cómo se

debe vivir. ¿Quiénes son: acaso seres superiores? ¿De dónde vinieron? ¿Quién los parió?

Todos venimos del mismo lugar, y aquello de que los que escribieron algunos párrafos de las escrituras, escucharon la voz de Dios, no me consta. Acepto los dogmas que mi alma no logra hacer tangible, lo que me supera, lo que el sentido común -que casualmente no es el más común de los sentidos me dice que proviene de algo diferente, distinto en

el sentido supremo, no diferente porque lo haya escrito alguien diferente.

Dios puede concebirse como una fuerza superior, infinitamente superior, que trasciende absolutamente todo. Por lo cual, podríamos llamar «Dios» a la

vida misma, no a la vida de cada uno, sino a «La


Vida» con mayúscula, es decir, ese extraño y perfecto mecanismo que se ve como algo común cada día, pero que se manifiesta en todo momento, en lo más pequeño, pero inmensamente milagroso, como

es una semilla que da una flor y tantas cosas más.

Y esa vida a la que me refiero, brota así, naturalmente, de forma espontánea, sin esfuerzo. De tal forma vinimos a este mundo. El bebé no se esfuerza, y esforzándose lo recibe todo. Y cuando empieza a

tomar cuenta por sí mismo de la vida, comienza a

decidir, y esta decisión lo lleva a dedicarse a concretar su deseo.

luego vienen los mandatos, y entonces la dedicación empieza a transformarse en esfuerzo. Y la mayoría de las personas creen que todo deberán ganarlo con el sudor de su frente. Y que el sufrimiento es-necesario para que haya amor, y que el sacrificio es el único camino para lograr algo.

Siempre escucho lo mismo: «Logramos esto o

lo otro con mucho sacrificio», y si vos te fijás en

el rostro de esas personas que dicen así, se trata de caras sacrificadas, con expresiones de padecimiento. Si hasta hay personas que creen que cuando salen destrozadas de una sesión de


terapia, es que han tenido una buena sesión. Y las que creen que no existe el verdadero amor si no se sufre por él.

Más de un médico me ha comentado alguna vez

que debió recetar algo a sus pacientes porque si no lo hubiera hecho, estos sentirían que la consulta no ha sido completa ni satisfactoria. «Está bien, doctor, le entiendo, no debo hacer esto o lo otro, o comer aquello, pero ¿qué tomo?». Así dicen los pacientes que no

pueden aceptar curarse a sí mismos cuando el médico no desea darles ningún medicamento.

Parece que se tiene, sobre todo en Occidente, la necesidad de que las cosas estén dentro de una forma prevista, de un encuadre determinado, de un
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