Decisiones un libro para «darse cuenta»




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Pero bueno, voy a tratar de invitarte a seguirme en este libro para ver si podés ver, uno por uno, los temas que influyen en cada una de tus decisiones, de las mías y de las de todos. Porque, en el momento de decidir, nadie escapa a alguna de las in'fluencias que se mezclan en esos cruciales instantes de nuestras vida.

UN POCO DE TU HISTORIA

«No se conocen las razones del éxito, pero sí la fundamental para el fracaso,

querer conformar a todo el mundo.

Cuando el semen entra en la vagína, son alrededor de un millón y medio de espermatozoides los que van en busca del óvulo para fecundarlo. Uno de esos espermatozoides, eras vos. lo curioso de esto, es que cada uno de ellos hubiera engendrado una persona diferente, única e irrepetible, Quiere decir que cuando nadaste y nadaste durante horas hasta llegar a fecundar el óvulo, te abriste camino entre los otros, sorteaste dificultades, superaste escollos, competiste con

los demás y lograste nacer. Y aquí estás, sos la prueba de semejante desafío.

Resulta fácil concluir, entonces, que el resto de esas potenciales personas (es decir, haciendo números aproximados, 1499999, ¡vaya cifra!) nunca

nacieron ni nacerán; esas potenciales personas dejaron de nacer para que vos llegaras al mundo. ¿Te das cuenta de tu capacidad, de tu fortaleza, de tu espíritu de lucha, de tu abnegación, de tu fuerza para sobreponerte a la adversidad?

Me animaría a decirte que hay -en cada uno de nosotros, los que logramos nacer, una vida que representa la postergación de cientos de miles de vidas. Por lo cual, tenemos la obligación de honrar todo esto, de advertir lo que fuiste capaz desde el comienzo y entender que, si luego perdimos esa fuerza, esa capacidad, esa abnegación, es porque hubo factores que influyeron, que fueron haciendo que dejáramos ese camino de rotundas decisiones; que nos alejáramos de nosotros mismos, que nos convirtiéramos en débiles, indecisos, frustrados, depresivos, fóbicos o inseguros.

Nacer fue una decisión absoluta, vivir es lo mismo. Pero uno empieza a ser consciente de los otros,

ahora le cuesta dejarlos atrás, pareciera que perdió la memoria que tenía cuando iba en camino del óvulo, cuando apenas era un espermatozoide. Porque, te guste o no te guste, debés admitir que vos fuiste quien ganaste, el que llegó primero y se abrió paso, el que eligió, decidió y lo logrÓ. Aunque ahora vivas haciendo una parada muchas veces, yendo más lento otras, y postergándote en tus objetivos.

la mirada que tenemos sobre nuestros padres, el miedo a que nos dejen de querer por lo que hicimos o por lo que no hicimos, empieza a mermar nuestra esencia, desdibuja nuestro yo y nos convierte en inseguros.

Se vive con máscaras: fingiendo reir, postergando los deseos, estudiando lo que otros quieren, cortando noviazgos porque los demás no gustan de él o de ella, ocultando cosas y mostrando otras que no son.

Y así uno se empieza a alejar del camino que inicia.

Vos tuviste que fecundar tu propia vida nueve meses antes de nacer. Ahora que sos un cuerpo, una mente, una esencia, un alma, hay veces en las que no podés ni con lo mínimo. Oportunidades en las que te asusta cualquier obstáculo, toda mirada acusadora o comentario en contra, cualquier crítica posible.

Dicen algunos psicólogos que el padre y la madre fundan aspectos determinados en sus hijos a partir de la relación que tienen con ellos, desde cómo estén plantados en sus roles, y entonces, la madre será -para la vida del hijo- un factor determinante de sus aspectos relacionales, de sus vínculos afectivos. El padre, por su parte, resultará ser un factor preponderante en la relación de ese chico con el mundo, en la elección de la sexualidad, de su carrera...

Cada uno de ellos, y de acuerdo con el vínculo con el hijo, la postura ante la vida y la relación entre ambos, se convertirá en determinante para la forma de vincularse con él, para muchas de las seguridades e inseguridades que el pequeño tenga. A veces, el abandono -real o no- de alguno de ellos, debilita cualquiera de esos aspectos. O la falta de rol, aunque esté presente. En oportunidades, es mejor no tener algo que tenerlo mal, ¿No te parece? Tampoco se trata de que sobreprotejan, porque eso también es una forma de abandono. ¿Suena extraño?

Cuando alguien te sobreprotege, tampoco te deja decidir, porque él elige qué es lo mejor para vos, dónde debés ir, qué tenés que estudiar, qué hacer y qué no hacer.. Esto hace, que esa persona te

abandone de forma constante, ya que nunca tuvo en cuenta tus deseos esenciales, tus verdades más profundas; entonces el chico crece alejándose cada vez más de sí mismo y acostumbrándose a cumplir deseos de los otros. Por lo cual, cuando elige pareja, lo hace desde lo que hicieron con él y no de lo que es en realidad, y se frustra y no es feliz, y sufre miedo a ser lo que desea ser porque, sin darse cuenta, se lo prohibieron.

Así empieza la historia de nuestros temores para decidir, el miedo es el enemigo número uno de esta cuestión. Y al miedoso o al temeroso no hay nada externo que lo calme, que lo haga sentir seguro, porque siempre busca la aprobación fuera y sucume ante la mínima desaprobación. Es más, no intenta por temor al qué dirán, al fracaso, a que lo dejen solo, a que se enojen, a que no les guste, a que lo tomen a mal. En fin, el miedo a cualquier cosa, miedo paralizante, miedo a sufrir.

Por miedo a sufrir soledad, sufrimos la tortura de una mala compañía. Por miedo a sufrir el final de una relación, sufrimos por años el infierno de una mala pareja. Por miedo a asumir las responsabilidades de un adulto, sufrimos siempre las consecuencias

de actuar como un niño, siendo grande. Por miedo a

cometer un error en nuestros intentos, sufrimos las consecuencias de no comprometernos nunca en nada que tenga que ver con nuestros deseos. Por miedo a

sufrir el rechazo, sufrimos las consecuencias de postergarnos, y no nos mostramos como somos para lograr aprobación de todos, la cual, en verdad, jamás llega. Por miedo al juicio del otro, postergamos nuestros deseos y la solución de nuestras frustraciones sexuales.

Claro que el miedo es sano cuando actúa como advertidor de riesgos innecesarios, pero nunca cuando nos impide, nos prohíbe, nos separa de nosotros, nos aleja de los sueños, de nuestra esencia, de nuestro sexo, de nuestra vida. Jamás nadie nos dará la seguridad anhelada, sólo nosotros, volviendo a ser

nosotros, tomando nuevamente el camino que dejamos, podremos lograrlo. No existe la magia, los miedos no se van porque sí; a los miedos se los combate únicamente con la acción... con nuestra acción.

A ver si me explico mejor de esta forma:

El ratón estaba siempre angustiado porque le tenía miedo al gato. Cierta vez, un mago que lo vio se

compadeció del pobre animalito y lo convirtió en gato. Pero empezó a sentirle miedo al perro, de modo que el mago lo convirtió en perro.

¿Y qué pasó? El ratón, al verse convertido en perro, perdió el miedo al gato pero comenzó a tener

temor de la pantera, y fue entonces que el mago obró sobre él una vez más y lo transformó en pantera. A partír de ahí, comenzó a tenerle miedo al cazador. llegado a este punto, el mago se dio por vencido y volvió todo al principio: lo metamorfoseó nuevamente en ratón y dijo: «Nada de lo que haga por vos te

servirá de ayuda, porque siempre tendrás el corazón de un ratón».

¿Queda más claro ahora, querido lector? No importa lo que parezcas, no importa lo que los otros vean o comenten de vos, no interesa toda la aprobación que logres de todos, lo que venga de afuera, no interesan los disfraces que te pongás o en qué tratés de convertirte. lo único que importa, lo único que vale, es tu corazón, tu sentir, tus deseos, aceptarte, vencer los propios límítes, tu propio quererte, tu amor por vos. Es hora de que empieces a llorar

mucho por lo poco que te amás, en vez de entristecerte porque los demás no te quieren.

Cuando yo era chico, leí un mandamiento de la religión católica que dice: «Ama a tu prójimo como a tí mismo». Fijate qué simple, mirá cómo deberás amar a tu prójimo, que por lo menos tiene que ser igual a cómo te amás a vos mismo.

Más allá de tu fe religiosa, te pregunto: ¿te has querido por lo menos en la misma medida que quisiste a otro? ¿Te aceptás en la misma forma que aceptás a los demás? ¿Te das placer en la misma medida que lo das? ¿Pedís de la misma forma que te piden? ¿Te das los permisos que das? Elegiste nacer hace muchos años, me parece que es hora de que elijas vivir.

Sería bueno que intentes poner en práctica otra receta. Porque si hacés una comida de determinada manera y siempre tiene mal gusto, habrá que cambiar la fórmula, aunque sea para probar cómo sale, ¿no te parece?

Probá, intentá, empezá con pequeñas cosas, estudiá algo que nunca te animaste, ponete esa ropa que pensás que te quedará mal, decí que «no»

alguna vez, pedí aumento, poné tu propio negocio, no tengas miedo al orgasmo, hablá de sexo, corré

algún riesgo ... en fin: tratá de vivir en vez de durar.

Qué cosa rara es el hombre, ¿no?: «nacer», no

puede; vivir», no sabe; «morir», no quiere ...

No es que no te atrevés porque las cosas sean difíciles, síno porque no te atrevés se hacen difíciles.

Séneca

LA VIDA PROPIA Y LOS DESEOS AJENOS

«No busques aprobación de los demás, porque terminarás desaprobándote....

La tarea de decidir puede resultar más o menos

sencilla cuando se trata de escoger entre uno u

otro objeto material, o cuando se puede recurrir a

las matemáticas para repartir en forma equitativa.

Fijate algo: cuando vas a un restaurante, te sentás y no importa quién se encuentra a tu lado: vos elegís lo que querés comer sin ninguna objeción de tu parte, es decir, no te condicionás en esa decisión. Es que no comprometés el afecto del otro al decidir tu comida. Pero esa misma persona, quizá sentada con sus padres en ese lugar, cuando tiene

que decidir la carrera a seguir en la facultad, proyecta en esa elección los deseos de sus padres. Es entonces cuando deja a un lado sus propios deseos- buscando la aprobación de los otros y no la propia estima.

luego, cuando es profesional, seguramente sus

decisiones como tal serán acertadas porque estudió

para eso.

Ciertamente, habrás conocído en tu vida a muchas personas que son supereficaces en su trabajo y que su vida personal es un desastre. En lo personal, no hay libro ni profesor ni cátedra alguna en los que apoyarse; al elegir las cosas de tu vida, fuiste apartidando tus propios deseos, con lo cual has ido mancillando tu propia estima, te has ido separando de vos mismo para convertirte en un interpretador fiel del deseo ajeno.

En realidad, vamos por la vida separándonos curiosamente de nosotros mismos para lograr acercarnos a los demás. Somos los verdaderos artífices de nuestro fracaso como individuos. Cuántas veces hemos visto personas que, al elegir su pareja, necesitan rápidamente presentársela a sus

parientes, amigos o allegados, la mayoría de las

veces, no hacen esta presentación por el orgullo de su nueva compañía, sino por el contrario, lo hacen para buscar que los otros aprueben su nueva pareja, observando detenidamente cada gesto, cada señal de aprobación o no, hacia la persona presentada.

Y así, luego, van corrigiendo la elección tantas veces como sea necesario, hasta lograr encontrar a'alguien que le agrade a todo su entorno, Entonces, se miente creyendo estar enamorado de esa persona, sin darse cuenta de la verdad; luego, todos estarán contentos, menos el verdadero interesado.

Pues bien, en este camino erróneo que tomamos nos separamos de nosotros, de nuestra esencia, de nuestra verdad. Y eso se paga caro, porque somos nosotros los jueces que establecemos la sentencia por esos actos condenándonos definitivamente al malestar, a la insatisfacción, a la desdicha, al mal sexo, a la enfermedad. Si, a la enfermedad que nuestra mente provoca en el cuerpo como revancha de la desdicha, a la enfermedad que nos imponemos en forma inconsciente

como castigo.

En definitiva, nos condenamos al fracaso. Sí, no

es una derrota, porque de la derrota se sale, se trata de un fracaso, y cuando fracasamos sentimos que no hay revancha. Y entonces nos quedamos ahí, porque además nos cuesta asumir tamaños errores y no queremos darnos cuenta; por eso nos condenamos al miedo, a la tristeza, a la insatisfacción, a la frustración. Es claro que el miedo por ser rechazado, por dejar de ser querido, llevado al extremo, puede inducirnos a vivir una vida llena de angustia e infelicidad, dejando a un lado los propios derechos.

Todos estos mecanismos previenen de muchas cosas, como hemos visto anteriormente, pero siempre nos conducen al mismo final: las aprobaciones del mundo no compensan nuestra desaprobación. El amor que tengamos de otros no suple la falta de amor por nosotros. Y lo peor del caso, es que buscamos el cariño ajeno para que el otro cambie, con

objeto de conseguir del otro lo que tanto esperamos, pero jamás llega; y si llega, tampoco alcanza. ¿Por qué? Porque es nuestra aprobación la que falta, nuestro propio cariño el que no está, la vieja historia de traicionarnos a nosotros mismos para ser fieles a los demás.

Pensemos un poco lo que nos ha costado perdonar una traición, quizá ni siquiera hayamos podido lograrlo. Imaginemos lo que ocurre con nuestra propia traición, es decir, con la traición a nosotros mismos. Esa es

la más dura, la más difícil de perdonar, porque nos la estaremos recordando todo el tiempo, porque por más que queramos no podremos mentirnos siempre.

Las malas elecciones, las que hacemos desde un

deseo que no es el nuestro, llevan a desperdiciar la vida, a tirar por la borda la felicidad.

¿Seguir a los demás? ¿Escuchar a los demás? ¿Interpretar a los demás? ¿Ser como los demás quieren que seas? Eso lleva a un solo camino, el de la infelicidad. Entonces, ¿cuál es el secreto?, ¿qué hacer?

A ver si me explico mejor:

Había una vez un lugar que podría ser cualquier lugar, y en un tiempo que podría ser cualquier tiempo... Se trataba de un hermoso jardín, con naranjos, manzanos, perales y bellísimos rosales. Todo era alegría, y sus habitantes vivían muy satisfechos: era un

sitio perfecto. Aunque existía un árbol que se sentía

profundamente triste. El pobre tenía un problema: no

daba frutos.

-No sé -quién soy -se lamentaba.

-Lo que te falta es concentración --le aconsejaba el manzano-. Si en verdad lo intentás, podrás tener deliciosas manzanas. Mirame a mí, fijate qué fácil es.

-No lo escuches -interrumpía el rosal- Es más sencillo tener rosas, ¿ves qué bellas son? Y así, desesperado, el árbol intentaba todo lo que le sugerían. Pero al no lograr ser como los demás le decían, se sentía cada vez más frustrado.

Cierto día, llegó hasta el jardín un búho, la más sabia de las aves, y al ver la desesperación de aquel árbol, se posó en él y le dijo: -No te preocupes, tu problema no es grave, es el mismo de muchísimos habitantes de la Tierra: se

trata de tu mirada sobre la realidad, eso te hace sufrir. No dediques tu vida a ser como los demás te dicen que debes ser. Sé vos mismo, dejá de escuchar a

los otros, conocete tal cual sos.

-¿Y cómo lograré esto? -preguntó el árbol. -Tendrás que escuchar tu voz interior.

Dicho esto, el búho se fue.

«¿Mi voz interior? ¿Ser yo mismo? ¿Conocerme?», se preguntaba el árbol en voz alta.

-Sí, así es -respondió un hornero, que no era tan inteligente como el búho, pero había escuchado la conversación entre ambos porque hacía tiempo que

vivía en una rama cercana.

Ese pájaro sabía de la constancia que hay que tener para ser uno mismo, él mejor que nadie conoce de traer pajita por pajita, piedrita por piedrita, para hacer su nido de la forma en que el hornero debe hacerlo, y así cumplir con lo que él es
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