Decisiones un libro para «darse cuenta»




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en realidad.

-Jamás podrás dar manzanas -agregó-: no sos

un manzano. Ni tampoco darás rosas, no sos un rosal. Mirate bien: sos un roble, tu destino es crecer

grande y majestuoso, dar cobijo a las aves, sombra a

los viajeros y belleza al paisaje. Sé lo que sos de una

vez...

Y el árbol se sintió fuerte y seguro de sí mismo, comprendió su esencia y se dispuso a ser todo aquello para lo cual estaba destinado. Al poco tiempo, llenó su espacio y fue admirado y respetado, y nadie más se atrevió a decirle lo que debía ser, porque aquel árbol había «decidido» ser él. Y entonces, todo el jardín quedó feliz y cada integrante festejó su propio «ser».

Desde este momento, la historia no es más mía, la compartí con vos; por lo tanto, ahora también es tuya, pero no para que la leas, sino para que la hagas propia. Sé como el árbol de la historia: escuchá tu voz interior, sé vos mismo, sé lo que te tocó ser, sé tu esencia.

Conozco una anécdota de San Martín, el gran prócer, que seguramente habrás leído o te la habrán contado en el colegio. Y dice que, cierta vez, el General se dirigió hacia el polvorín del cuartel -donde había un soldado custodiando- e intentó entrar. El soldado le cerró el paso y le dijo:

-General, no podré dejarlo entrar, pues trae espuelas en sus botas y usted mismo dio la orden de que nadie con espuelas podría entrar al polvorín, ya que un roce de estas podría soltar una chispa y hacer volar en pedazos el cuartel.

-Yo soy el General -dijo San Martín-, déjeme entrar, soldado.

-Lo lamento, señor. No desobedeceré la orden que tengo... esta es mi misión y estoy decidido a cumplirla.

Cuenta la historia que San Martín lo miró fijamente y le dijo, con señal de aprobación:

-Serás lo que debas ser o sino no serás nada.

Bien, así es. Por eso el cuento anterior, por eso esta

anécdota, por eso y para eso el libro. Te pido encarecidamente, por todos los conjuros de los dioses, por mi Dios, portu Dios, por quien quieras: sé vos mismo, sé vos misma, porque, sino, nunca serás nada.

«SER o NO SER,

ESA ES LA CUESTIÓN» (éxito o fracaso)

«La peor de las traiciones es la traición a uno mismo».

Así decía, o, mejor dicho, así le hizo decir Shakespeare a Hamlet. Y en realidad, esa pequeña y aparentemente simple frase que encabeza este capítulo (obviando el paréntesis, claro está), es la disyuntiva por la que atraviesa cada ser humano ante las grandes decisiones de su

vida. Resulta ser literalmente imposible tener un

certificado de garantía a futuro por cada cosa

que vas a emprender. No se puede saber de antemano el resultado. Y, en realidad, esa es la

verdadera manera de definir el desenlace de toda decisión: «resultado».

Cuando se trata de emprender una acción sobre un deseo para convertirlo en realidad, el miedo al resultado suele paralizara algunas personas. Algunos entran en pequeños o grandes pánicos ante estas circunstancias, pues sienten solo la posibilidad de arribar a dos opciones: el éxito o el fracaso.

El miedo al fracaso es, muchas veces, un factor determinante del «no hacer, del «no emprender, del «no decidir. La posibilidad de no llegar al objetivo fijado nos sumerge en una angustia tan grande que nos inhíbe para ponernos en marcha.

Por lo general, se denomina como «fracaso» a la no obtención de un objetivo fijado. En realidad, habría que cambiar este concepto, ya que a lo que comúnmente se denomina fracaso», no es más que un simple resultado en un intento de hacer o lograr algo, que podría ser el primero, pero que no tiene porqué ser el último.

Entonces, yo diría que es hora de empezara entender que cuando alguien se pone en marcha para lograr un objetivo, lo que sucede como consecuencia de esa decisión no es más que un resultado. Fracasar no

tiene nada que ver con no lograr algo; por el contrario, el verdadero fracaso es no intentar ese logro.

Cuando no llegamos a lo deseado, lo único que tenemos es un mal resultado, aunque parezca esta definición apenas una cuestión semántica, no lo es en realidad; ya que si concebimos el desenlace de una decisión como un mero resultado, aunque este no sea el que deseamos, no podremos dar la oportunidad de un nuevo intento. Esto no sería así en el caso de considerarlo un fracaso.

Diferente cuestión es el hecho de quedarse en el mal resultado sin acometer nuevamente para lograr el objetivo, entonces no tendríamos tampoco un fracaso; lo que definiría esta situación sería la palabra «derrota».

Ahora, si «estar derrotado» significa darse por vencido, que se acabó el tiempo, que ya no hay forma ni posibilidad alguna, que nos entregamos, que no tiene sentido, que no vale la pena, que ya fue, que no hay ni siquiera una opción remota.

Sentirse derrotado, ese sí es el peor de los fracasos, ese es el resultado final. Semejante sensación es

la que no deja lugar ni siquiera a pensar nuevamente en esa cuestión.

Volvamos al título del libro, entonces: Decisiones. Solamente decidir llegar donde queremos nos dará la posibilidad de intentarlo; decidir obtener lo que deseamos nos abrirá el camino hacia la posibilidad de conseguirlo. Y según sea la firmeza de nuestra decisión, así resultará la cantidad de veces que volvamos a intentarlo a pesar de los malos resultados.

Amar a alguien y no decírselo por miedo a no ser correspondido, lleva implícita una derrota, ya que no nos damos la posibilidad de intentarlo y siempre quedará-la duda de qué hubiera pasado si la persona amada se hubiese enterado. Imaginate si nadie se animara a decirle al otro que lo ama.

Pues entonces, ninguno tendría pareja ni formaría una familia.

¿Cuántas veces te ha ocurrido que alguien te confesó sus sentimientos y vos no aceptaste la propuesta porque no coincidías en el gusto, en la atracción, o

porque no había piel o lo que fuera?

De la misma forma, te puede ocurrir a la inversa: ¿cuál es el miedo? ¿Qué otra cosa, más que «no»

podrán decirte? Y si eso ocurriera, ¿se acaba el mundo, acaso? ¿No es peor tragarse las ganas de decirle a alguien «te quiero» o «me gustás», a no decírselo

y jamás saber si el otro te hubiera aceptado? ¿Cuántas cosas te perdiste de hacer en tu vida por no intentarlas? ¿Cuántos pretextos te pusiste para no hacer algo que deseas verdaderamente?

- Que ya es tarde.

- Que es más joven que vos, o mucho más grande.

- Que no estás en edad de estudiar.

- Que se te pasó la hora de eso o aquello.

- Que no tenés la capacidad necesaria.

- Que nunca nada te sale bien.

- Que seguramente te dirán que no.

- Que tenés miedo de hacer un papelón.

- Que sos muy alto, o muy bajo, muy gorda o

muy flaca.

- Que esa ropa no es para vos... Y así, de esta forma, alguien se pierde de tus virtudes, no escuchará cómo cantás, no leerá lo que escribís, no disfrutará de tus caricias y muchas otras cosas. Y lo que es peor, que fundamentalmente vos

-sí, vos- te quedarás con las ganas de lo que deseás desde hace tanto tiempo.

No importa si has sido desaprobado de chico, si

no tuviste el cariño de quien quisiste tenerlo. Ahora contás con la oportunidad de enmendar eso, tenés

la opción de darte lo que no te dieron, es decir, la opción de crecer.

Qué palabrita esa, ¿no?: «crecer». Claro que sí,

ese no decidir, ese no atreverse, se liga íntimamente al no crecimiento. La diferencia entre aquel que logra algo y el que no, no es más que su crecimiento personal, no es más que la consecuencia de su maduración emocional.

Los chicos no se atreven, ellos son los que están desvalidos ante un mundo que aparece como gigantesco, y cuando un adulto no decide, no encara, no se anima a algo, la razón se da casi siempre en una falta de crecimiento emocional que lo hunde en un mar de inseguridades. Es decir, que a pesar de estar dentro de un cuerpo adulto, hay aspectos emocionales que aún no maduraron.

¿Cómo se sale de eso? Decidiendo, no hay otra manera. Y para decidir se necesita valor, valentía, audacia, darse cuenta de que ésta es la única vida que se tiene, que si no es ahora: ¿cuándo?, que lo que uno no hace, nadie lo hará por uno.

Tengo esta costumbre de contar una historia para explicar un concepto, veamos si te sirve este relato:

En primavera, dos semillas estaban sembradas una

al lado de la otra en un fértil suelo. La primera semilla dijo: «¡Quiero crecer! Deseo impulsar mis raíces bien hondo, dentro del suelo que está debajo de mí, y hacer brotar mis retoños a través de la corteza de la

tierra que se encuentra encima de mí. Quiero desplegar mis brotes como banderas que anuncien mi presencia en el mundo, sentir el calor del sol sobre mis hojas y la bendición del rocío matinal en mis pétalos», Y tomó de la tierra los nutrientes necesarios,
empujó y creció. La segunda semilla dijo: Tengo miedo. Si impulso mis raíces dentro del suelo que está debajo de mí, no sé

lo que encontraré en la oscuridad. Si me abro paso por el suelo duro que está encima de mí, puedo dañar a mis delicados retoños. Y quizás, al abrir mis brotes, pasará un caracol y se los comerá. Y si abriera mis capullos, un niño pequeño podría arrancarme
de la tierra. No, será mejor que espere hasta que no

haya ningún peligro». Y esperó. Fue entonces que pasó por allí una gallina del corral que buscaba comida por cualquier lado y encontró una semilla. Rápidamente, se la comió.

En definitiva, aquellas personas que se quedan sin hacer nada por los miedos a tantas cosas, corren el mayor de los peligros: ser tragados por la vida.

OBSTÁCULOS

Así como cuando eras niño y te dolían los dientes porque los de leche se caían y cambiaban por otros, así como cuando te dolían las rodillas y significaba que estabas dando un estirón y tu estatura aumentaba; de la misma forma, crecer internamente trae sus

dolores, pero estos son ínfimos al lado del placer de disfrutar de las cosas deseadas cuando tomás la decisión de lograrlas. El creer que uno puede sentarse a esperar que la vida traiga las cosas, deja en claro que aún estás en

aquellas épocas en que dormías en una cuna y mamá, o quien fuera, te traía un biberón de leche tibia, te bañaba, te cambiaba, te alcanzaba lo necesario, te tapaba, te hacía dormir, te limpiaba. Esa etapa te

dio, de bebé, la sensación de ser el centro del mundo, de sentir que las cosas venían a tu encuentro sin el mínimo esfuerzo. Hay personas que, en muchos aspectos, se quedan en esa etapa, como pretendiendo que los demás hagan las cosas por ellos.

El bebé no pasa por las inclemencias del tiempo ni se quema las manos al hacerse la comida, y lamentablemente, tengo que decirte que esa etapa pasó, y que hay cosas por las cuales deberás atravesar para lograr otras. El placer de conseguirlas es

inversamente proporcional a las inclemencias del trayecto. La satisfacción de un solo logro echa por tierra las sensaciones de muchos malos resultados anteriores. El sobreponerse a una adversidad, te da sensación de triunfo. Pues cada ser humano produce en sí mismo una transformación ante cada logro por más pequeño que este sea.

El lograr algo de lo que verdaderamente deseás, librando una batalla ante la adversidad, te irá dando fortaleza y así sentirás que estás creciendo, que ese niñito interior va perdiendo el miedo porque se

siente acompañado por ese adulto que ahora sos, porque está protegido como lo estaba hace tantos años, porque advertirá que desde ahora siempre

podrá contar con alguien y ya no se sentirá solo

nunca más.

Vencer obstáculos lleva implícita la necesidad de tomar una o varias decisiones con miras al objetivo por cumplir.

Lo primero es individualizar el objetivo. «¿Qué es

lo que deseo?» es la primera pregunta. Uno deberá ver realmente si este deseo viene de su esencia, si no

se halla condicionado por el deseo de otro, si en

verdad, al visualizarse a sí mismo cumpliendo el deseo, da una sensación de satisfacción.

Una forma de sentir si ese deseo resulta propio, es

alcanzar la posibilidad de visualizarse concretándolo y sentir la sensación que produce esa imagen. Si te imaginás a vos mismo prendiéndote fuego, te causará espanto; de la misma forma, cuando te visualices cumpliendo un deseo, te sentirás en la medida justa de placer.

Hagamos este ejercicio: sentémonos cómodamente o recostémonos de forma relajada, en pleno silencio. Dejemos nuestros brazos a los lados del cuerpo, distendámonos, tomemos conciencia de cada parte de nuestro cuerpo: sintamos cuáles tienen contacto

con la superficie de apoyo, registremos si nuestro rostro está tenso, distendamos la frente, aflojemos la boca, relajemos. Movamos suavemente, con un pequeño balanceo, la cintura y las piernas, soltémoslas, dejémonos ser, no controlemos nada, inspiremos, aflojemos nuestro pecho, nuestro vientre; tratemos de soltarnos tanto como sea necesario, hasta que tengamos la sensación de fundirnos en la superficie de apoyo. En ese punto, tomemos cuenta de nuestra mente, cerremos los ojos y dejemos que vengan todas las imágenes que surjan.

Cuando lo hayamos hecho y estas fluyan, habrá un momento en el que nuestra mente empezará a

despejarse de esas imágenes, ya no vendrán tantas ni con tanta frecuencia., Comenzaremos a pensar en

lo que deseamos hacer, en lo que queremos conseguir, y entonces deberemos visualizarnos: pongámonos en esa escena, armémosla, rodeémosla de los detalles necesarios para que sea todo lo real e incluyamos a las personas que tengan que estar en esa situación.

En ese momento, mirémonos, observémonos. Fijémonos quiénes aparecen alrededor: si hay alguien nuevo que no habíamos puesto, registremos si solo

están las personas deseadas o aparece alguien más, fijémonos si estas aprueban o desaprueban lo que estamos logrando, observémonos a nosotros mismos, nuestros gestos, nuestra sensación. ¿Hay placer? ¿Estamos felices o dependemos de la cara que pongan los demás al conseguirlo?

Así nos daremos cuenta si este deseo es propio o

si se halla condicionado, si es necesario que nos lo aprueben, si nos da todo el placer que creemos, si estamos pendientes del placer que otros sienten cuando lo logramos o si hay más felicidad en el rostro de otro que en el nuestro.

Sacá tu propias conclusiones cuando termines y habrás concluido con el primer paso. Una vez que tengas por cierto que este es tu propio y verdadero deseo, entonces viene el segundo paso: pensar si las condiciones están dadas, si tenemos los medios, si

se encuentran las personas que deben estar; y entonces, cuando pasemos registro, viviremos sensaciones de diferente tipo, nos dará miedo, incertidumbre o angustia.

Tengamos en cuenta que todo cambio provoca angustia, aunque sea para mejor. Fijémonos que cuando alguien se muda, su perro da vueltas los

primeros días en la nueva casa hasta que encuentra su lugar, que está nervioso, inquieto, que quizá no

come como hasta entonces o toma más agua de lo acostumbrado. lo mismo sucede con las personas.

Cuando nos mudamos a una nueva casa, aunque esta sea mucho mejor que la anterior, las primeras noches nos cuesta dormir o nos despertamos durante las noches, o amanecemos con tensiones en el cuerpo, o no nos cae bien la comida de siempre, y muchas otras cosas más.

Esta reacción es más que lógica ya que se quiere imponer rápidamente el acostumbramiento a lo nuevo, pero todo tiene su proceso, necesita un tiempo, y es entonces que esas sensaciones que aparecen son lógicas. Esto explica que todo miedo es lógico ante

un nuevo deseo; que el miedo, en su justa medida, resulta sano porque precave de riesgos, porque alerta sobre posibles contrariedades. El miedo que no se
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