Todos vivimos por debajo de nuestras verdaderas sensibilidades. Pero son tan sólo unas cuantas las personas que realmente se dan cuenta de ello y, en




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títuloTodos vivimos por debajo de nuestras verdaderas sensibilidades. Pero son tan sólo unas cuantas las personas que realmente se dan cuenta de ello y, en
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SEGUNDA PARTE
NUESTRAS GRANDES RESERVAS DE ENERGÍA PSÍQUICA

Y TÉCNICAS PRÁCTICAS PARA SU APROVECHAMIENTO


3. CAPÍTULO PRELIMINAR. GENERALIDADES

¿Ha conseguido usted su pleno desarrollo?
No cabe duda que son muchas las personas convencidas de que en su vida consiguen el máximo rendimiento de sus facultades y capacidades y de que funcionan perfectamente. Si, en efecto, esto es así, gozarán de un estado de ánimo que se hallará caracterizado por las cualidades siguientes, indicio de que están en lo cierto:
- una actitud siempre positiva, serena, tranquila

- una íntima satisfacción permanente, independiente de los vaivenes del mundo exterior

- un profundo disfrute de todas las situaciones de la vida

- una visión clara del papel necesario que cumplen dentro del conjunto, incluso en las cosas desagradables

- no tener puntos personales fijos en los que son especialmente susceptibles: significaría que en ellos precisamente no han conseguido la meta de la completa realización

- una sincera e incondicional actitud abierta hacia los hombres y hacia Dios
Todos cuantos se sientan perfectamente encajados en el mundo, sin el menor problema de adaptación en ningún aspecto, logrando un pleno rendimiento externo y viviendo con entera satisfacción interior no precisan leer lo que vamos a explicar en estos capítulos.

Pero en el grado en que esto no sea así, el conocimiento de las técnicas que vamos a proponer será de suma utilidad, ya que mediante ellas puede conseguirse elevar de un modo definido y en grado notable el nivel del rendimiento.

Causas de la falta de rendimiento
Por regla general la falta de rendimiento se debe:
- A que vivimos encajonados entre nuestro mundo interior de impulsos y el mundo externo de la sociedad. Las normas sociales cercenan desde nuestra infancia muchos impulsos que hemos de ir sacrificando en aras de la mejor adaptación a las exigencias externas. Y dentro nos va quedando un remanente cada vez mayor de energías no liberadas que posteriormente no encuentran forma apta para salir. Esta carga de energía reprimida es un contingente energético robado a nuestra mente consciente, que no puede hacer uso de él, es decir, de energía nuestra inutilizada, que empobrece nuestro posible rendimiento. E incluso, además, actúa en contra nuestra, pues empuja desde dentro en el inconsciente y nos vemos en la necesidad de evitar que salga, teniendo que emplearnos en ello, porque consideramos que echaría por tierra los valores de nuestro yo consciente, estructurado de acuerdo con las normas sociales.

- Tampoco conseguimos el máximo rendimiento porque el ambiente no nos ha estimulado a lograr el desarrollo de que somos capaces, a educarnos hasta el nivel que deberíamos de acuerdo con los recursos de que nos ha dotado la naturaleza. No se nos ha enseñado a vivir con plenitud, a dar todo lo que podemos dar. Se nos ha dicho que debíamos estudiar y rendir al máximo, pero no se nos ha indicado cómo, ni en qué. No es de extrañar que tengamos completamente dormidas muchas facetas de nuestra mente y de nuestra personalidad.

Factores que estimulan el desarrollo superior
La evolución ascensional de la persona hacia su completo desarrollo se pone en marcha y progresa cuando obra sobre ella uno de los dos factores siguientes, o ambos a la vez:

- el estímulo interior: el interés, la curiosidad, la aspiración, etc. que empujan al individuo a ir desarrollando de modo espontáneo sus cualidades

- una exigencia exterior que requiere de nosotros la actualización de nuestras capacidades. Necesitamos vivir equilibrados con el ambiente en que nos movemos, que constituye un estímulo poderoso para nuestro desenvolvimiento: cuando, por ejemplo, nos damos cuenta de que desconocemos cosas que podrían sernos muy útiles, sea desde un punto de vista económico, sea para aumentar nuestro prestigio, o porque son del dominio común, sentimos un fuerte impulso a informarnos sobre el particular. Tenemos una natural tendencia a querer saber lo que todo el mundo sabe.

Sin embargo, el estímulo externo está limitado por el promedio del nivel conseguido por las personas que forman la sociedad en que nos desenvolvemos. El ambiente deja de ser estímulo desde el momento en que nos encontramos a la altura de los demás. Ahora bien, aunque cese el estímulo exterior, por haber llegado a donde todo el mundo, no quiere decir que hayamos logrado nuestro pleno desarrollo. En realidad entonces no hemos conseguido de ordinario alcanzar la madurez, la verdadera edad mental adulta. Aparte de haber dejado sin cultivar importantes zonas entre las que podríamos encontrar los matices personales en que podríamos tal vez destacar.

Prueba de ello es que si, por determinadas circunstancias, nos vemos obligados a vivir en un ambiente más selecto, más cultivado y desarrollado, nos damos cuenta de que nos cuesta mucho trabajo ponernos a la altura debida. Y no hablamos sólo del aspecto intelectual y menos aún de una educación de las formas sociales, sino que nos referimos a todos los niveles que abarca la personalidad humana, desde el físico al de la voluntad espiritual, y, dentro de cada uno, a las diversas capacidades que abarca.

El hecho de que el promedio de la gente viva «en un grado medio» respecto al rendimiento de sus facultades es la causa de que nuestro desarrollo se haya quedado estancado de este «grado medio», que hemos llegado a considerar normal y hasta correcto, es decir, término de lo que debe conseguirse.

Ahora bien, por encima de esta apreciación en que abunda la mayoría de las personas, defendemos aquí que no es así: que todos poseemos muchas más facultades y los medios para cultivarlas. Y la prueba la tenemos, por ejemplo, en que, en situaciones de apuro, sacamos recursos insospechados de la riqueza de reservas con que contamos, y surgen cualidades en un grado que no solemos utilizar nunca en la vida ordinaria, tanto capacidad de resistencia física, de vigor, de esfuerzo, de rapidez, etc., como capacidad psicológica de inventiva, ya que en un momento dado, urgidos por la necesidad, descubrimos un nuevo modo de enfocar las cosas o de resolver un problema que se nos ha planteado, de energía de voluntad, de dominio de la situación, etc.

Éstas y muchas otras son facultades latentes que existen en todos nosotros y que no hemos desarrollado hasta el grado que nos es posible alcanzar en ellas, sea por falta de impulso interno -inercia interior, carencia de presión-, o porque no hemos tenido un estímulo externo adecuado.

Lo peor es que estamos tan acostumbrados a esta condición mediocre en que se ha estabilizado nuestra personalidad que ni siquiera nos damos cuenta de ella. Ni de que podríamos conseguir nuestro completo desarrollo -el nuestro, es decir, aquel de que nosotros somos realmente capaces, aparte del que otros hayan o no alcanzado-. Nos conformamos con lo que se considera normal en nuestro ambiente, y así continuamos.

Podemos realizar todos los estados interiores que anhelamos
Alguien podrá preguntarse si realmente es capaz de rendir más, de llegar más lejos. En el capítulo anterior hemos hablado ya de un indicio muy elocuente y seguro para conocerlo. La señal infalible y la garantía cierta de que una persona es capaz de un rendimiento superior al actual y de que puede verdaderamente vivir en ese estado superior es que exista en su interior descontento, malestar, protesta, rebeldía porque no se encuentra satisfecho de sí mismo. La persona que vive adaptada a su ambiente y que se siente en él del todo tranquila, sin inquietud, sin notar en su interior presión alguna de oposición al actual estado en que vive, es que, de ordinario, nada hay en ella pendiente de ulterior desarrollo.

La causa psicológica de este hecho reside en que las cualidades por desarrollar -cuando no están enteramente dormidas y en pura potencia, sino que apuntan de verdad en el individuo - despiertan, por disonancia con la inferioridad a que se ven obligadas a vivir, una protesta interior sorda, pero vehemente, que aflora en forma de irritación, descontento, malestar, indicando que algo debe cambiar.

La elocuencia de estos síntomas la hemos podido comprobar muy a menudo en las visitas clínicas de personas que nos han venido a consultar sobre sus problemas personales. En tales casos solemos mirar siempre a la capacidad reactiva de dichas personas, más que a lo que nos dicen, aunque evidentemente también esto lo tengamos en cuenta. Si demuestran una gran capacidad reactiva, una intensa rebeldía interior, un poderoso sentido de protesta, la energía de que son indicio estos estados es la materia prima que podemos invertir en provecho del propio sujeto. Entonces la cuestión se reduce a un simple problema de técnicas: transformar esa energía latente en actual y plenamente consciente. Y aplicando las técnicas convenientes, han conseguido resolver sus problemas y, al mismo tiempo, han aumentado considerablemente su coeficiente de energía y poder personal.

Si en realidad podemos cambiar y desarrollarnos subiendo a estados superiores es porque existen recursos en nuestro interior. No tiene que venirnos nada de fuera. Muchas veces envidiamos cualidades que poseen los demás, pero lo único que nos puede proporcionar una completa satisfacción es desarrollarnos nosotros del todo, actualizar toda la riqueza que poseemos dentro de nosotros mismos. Porque cualquier sensación, hasta la más pequeña, que podemos experimentar de limitación y de frustración proviene de nuestro interior, de que existen allí capacidades a medio actualizar. Ilustra esta idea la siguiente comparación: las copas que hemos colocado sobre una mesa pueden ser grandes o pequeñas, pero una vez que están todas llenas, en ninguna cabe más; lo mismo ocurre con los estómagos: los hay más voluminosos y menos, pero en cuanto todos han quedado saturados, ninguno ansía más comida, desaparece el hambre. Es decir, que el grado del hambre, de la necesidad de comer, viene dado por nuestra capacidad estomacal sin saciar, no por la capacidad de los demás. Si hubiéramos alcanzado nuestro completo desarrollo interior, no envidiaríamos a nadie; a lo más, disfrutaríamos viendo que otros poseen capacidades superiores. Y nosotros nos sentiríamos por nuestra parte enteramente satisfechos y pletóricos en nuestra vida.

Ahora bien, así como el hambre es la expresión de un vacío interior, de una exigencia de comida que necesitamos y el apetito indica incluso qué alimentos preferimos, que son de ordinario los que entonces somos más capaces de ingerir y asimilar -esto ocurre sobre todo a los animales, que no han embotado la capacidad selectiva del apetito, no equivocándose entre hierbas que son para ellos alimenticias y otras que les resultan venenosas-, de modo semejante, el deseo de ser más, de llegar a tener una gran energía, un mayor empuje, una serie de cualidades a, b, o c, procede de nuestro interior y viene determinado por la falta que sentimos de lo que no hemos desarrollado siendo capaces de ello. Por lo tanto, desarrollándolo por completo alcanzaremos nuestra plenitud y con ella la total satisfacción de nosotros mismos.

Como se trata de una afirmación de suma importancia, ya que puede transformar nuestra vida, haciéndonos llegar más allá incluso de donde habíamos nunca soñado, voy a repetirla y ampliarla. Todo lo que deseamos de verdad, con entera sinceridad, proviene de nuestro interior y, por lo tanto, podemos realizarlo en nosotros. Es decir, que podemos realizar absolutamente todas las cualidades internas, todos los estados interiores que deseamos y en el mismo grado precisamente en que somos capaces de desearlos.

¿Cómo? A su debido tiempo expondremos en este libro las técnicas concretas que nos conducirán a meta tan codiciada. Baste ahora con que el lector se dé cuenta de que no se trata de una exageración ni de una frase vacía o una afirmación gratuita. Es un hecho comprobado en innumerables experiencias que deriva de que todo cuanto somos capaces de desear es sólo una proyección, que se manifiesta a través de nuestra mente, de lo que potencialmente poseemos y está ya contenido en nuestro interior, en cuanto capacidad de conseguirlo. Claro que muchas veces es un estímulo externo el que despierta este deseo, pero nunca llegaría a brotar y a consolidarse si no existiese ya dentro la capacidad de su realización.

Esta capacidad no realizada pide y a veces exige con gran vigor expresarse en forma de afirmación de nuestra personalidad. La falta de afirmación es debida a las frustraciones sufridas, y nos hace experimentar la sensación de vacío respecto a parte de nosotros mismos y del deseo de llenarlo con las cualidades a, b, c.

Obsérvese bien que estamos hablando todo el tiempo de un deseo vivo en nuestro interior, no pensando fría y teóricamente, que entonces más que deseo sería conclusión intelectual. Sólo nos referimos, pues, a nuestra capacidad de realizar lo que brota en forma de impulso espontáneo de nuestro interior, de las profundidades de nuestro inconsciente, que es la fuente de información más genuina y segura de nuestras verdaderas necesidades.

Nuestras grandes fuentes de energía
Dentro de nosotros existen fuentes poderosas de energías que representan unos haberes positivos a nuestro favor, de los que solemos utilizar una mínima parte. Estas fuentes principales de energía son cuatro:
1. Nuestra biología.

2. Nuestro inconsciente.

3. Toda la vivencia, toda la valoración que hemos ido acumulando en nuestro interior proveniente de fuera, del mundo.

4. Los niveles superiores, llamémoslos espirituales o suprapersonales, de nuestra personalidad.

Llegar a conocer bien estos depósitos, saber a fondo las leyes por las que se rigen y aprender a sintonizar nuestra mente con ellos es tanto como hacernos con el secreto del método más eficaz para actualizar toda la energía de que somos capaces. Es disponer del medio seguro para llegar a la actualización total de nuestro ser.
4. NUESTRA ENERGÍA BIOLÓGICA

Principio básico de la incorporación energética
Conviene mencionar primeramente el hecho conocido de que la enfermedad disminuye nuestra natural energía física y psíquica. Cuando nuestra salud se resiente, decrecen nuestras fuerzas, nuestro interés por las cosas, nuestra facultad de sintonía con el mundo exterior -personas, situaciones, etc.-, en fin, nuestra capacidad de proyección y exteriorización.

Además, quien más quien menos, todos tenemos en nuestro cuerpo zonas u órganos débiles. Aunque siendo aún jóvenes no se aprecie todavía cuáles son, sin embargo existen y disminuyen el grado de energía vital. A veces incluso hay enfermedades larvadas, que más adelante se manifiestan, pero que existían ya en forma latente desde hacía largo tiempo.

Es evidente que cuanto mejor sea el estado de salud de que goce una persona, de modo más natural se sentirá lleno de energía biológica y psicológica. La energía biológica es la base primera de nuestra energía psíquica.

No hablaremos aquí del efecto natural de la salud sobre el estado de ánimo, sino de la posibilidad que tenemos de recoger energía psíquica directamente de los grandes depósitos que todos poseemos de energía biológica. Pues nuestra biología es un generador permanente e incansable de energía. Produce mucha mayor cantidad de energía de la necesaria para el consumo normal del organismo. La prueba es que cuanto más se necesita, más se tiene, aunque, naturalmente, con un límite que depende de la fortaleza de cada individuo. Son incontables los casos -y todos tenemos algunos en nuestra historia personal - en los que personas al parecer débiles han llegado a rendir hasta grados inconcebibles, al encontrarse en situaciones de grave peligro o de extraordinaria exigencia exterior o interior: en campos de concentración, en catástrofes, en hambres prolongadas, en guerras, etc., o en estudios, ejercicios ascéticos, etc.; somos capaces de un rendimiento tanto en despliegue de energía como en resistencia del que andamos muy lejos en nuestro vivir cotidiano. Energía que se produce en un momento dado y energía que se está continuamente generando.

Todo este caudal de energía discurre aparte de nuestra vida consciente. Nuestra mente, nuestro psiquismo, apenas se aprovecha de su riqueza. Sólo lo hace indirectamente, por el aumento de optimismo -euforia- que la salud y la abundancia de energía orgánica producen en nuestro estado de ánimo. Pero aquí hablamos de recoger esta energía biológica e incorporarla directamente a nuestra vida psíquica.

Si nuestra mente no se enriquece con la energía biológica es porque no es apenas consciente de ella. Siempre anda ocupada en sus actividades mentales, pensando, elucubrando sobre una serie de temas, y se olvida de los procesos biológicos que tienen lugar en nuestro cuerpo: así se explica que nunca tenga la oportunidad de tomar contacto con el depósito de energía de nuestras funciones biológicas.

Si aprendiéramos a relegar por unos momentos a segundo plano nuestras ocupaciones mentales habituales y centrásemos nuestra atención en nuestros procesos biológicos energéticos, la energía que desplegamos en ellos y que ahora recorre un circuito cerrado sin pasar por la mente, al poner en ella la atención, ampliaría su circuito incluyendo en él el hecho tan simple de ser objeto directo de la atención de nuestra mente, y entonces tomaríamos conciencia de esa energía biológica, que además de realizar sus propias funciones en el nivel fisiológico, incrementaría -y esto es lo importante - la conciencia de nuestra propia energía, es decir, nuestra energía psíquica. Porque, en definitiva, nuestra energía psíquica se nutre de la conciencia de la energía que poseemos. Si es mucha pero no somos conscientes de ella, de poco importa para nuestra vida práctica: obraremos como débiles en las reacciones y actitudes de nuestra vida psíquica. Pero si aprovechamos la que tenemos tomando conciencia de la mucha energía de que disponemos siempre -aun en el peor de los casos-, entonces gozaremos de la riqueza de una vida psíquica enérgica y vigorosa, fundada sobre una base real, ya que la energía de la cual tomamos conciencia es realmente nuestra.

La puerta de nuestra mente es la atención: la atención hace que nos abramos mentalmente en una u otra dirección. Por ella sintonizamos con las cosas, con las personas, con nosotros mismos. Cuando atendemos a una cosa, especialmente si lo hacemos, como es lo ordinario, en una actitud mental rígida y tensa, no percibimos las demás. Pero si dirigimos el foco de la atención hacia un tipo determinado de energía, la mente se incorpora aquella energía, porque se hace consciente de ella.

Este es el principio que sirve de base a las técnicas de incorporación de energía. De él se desprende que está en nuestra mano enriquecer nuestra energía psíquica a voluntad, pues sólo basta que prestemos atención hacia las fuentes inagotables de energía que posee nuestro ser.

Alguien podrá objetar que la energía no es única, sino múltiple y diferenciada, es decir, que la energía física, o la biológica, es de especie distinta de la psíquica y que por lo tanto no es posible aumentar la una con la otra. La dificultad se resuelve fácilmente sabiendo que la energía de nuestro ser es única, aunque queda especificada por los niveles que le sirven de cauce. Por esta razón podemos descargar nuestra energía en los distintos niveles: en el biológico, en el afectivo, en el intelectual, en el espiritual, etc. Los excesos sexuales son una descarga de energía en el nivel instintivo-vital, energía que también podría haberse sublimado, de haber estado cultivados los niveles espirituales, gastándola en el amor abnegado al prójimo, o en el estudio entusiasta y asiduo.

Por lo demás, este principio ha venido siendo cultivado desde hace milenios en técnicas orientales como el Yoga, que utiliza la atención de la mente dirigiéndola hacia los focos donde se acumula nuestra energía, para incorporársela. Sin querer ya referirnos a las facultades que adquieren por ejemplo algunos faquires indios con fines exhibicionistas, como la de permanecer largo tiempo sin respirar y suspendiendo muchas funciones vitales, o sufrir sin la más leve queja ni apariencia de dolor terribles torturas, etc., que no siempre son habilidades fundadas en trucos. Los casos legítimos de esta clase obedecen a un adiestramiento basado en aumentar la energía por una atención intensamente dirigida a centros que tienen la virtud de prestar fortaleza a la mente para dominar el cuerpo:

Existen principalmente tres tipos de prácticas muy indicadas para producir esta incorporación de la energía que reside en nuestro mundo biológico a nuestra mente consciente:
1. El ejercicio físico consciente.

2. La respiración consciente.

3. La relajación consciente.

Ejercicio físico consciente
En cualquier movimiento físico que realicemos, estamos generando energía y consumiéndola a medida que pasa a través de nuestro organismo físico. Es una energía física. Según el principio antes expuesto, si, mientras vamos ejecutando el ejercicio en cuestión, nuestra mente está atenta, siguiendo sus pasos y la sensación de potencia desplegada en él, la energía no será ya sólo física, es decir, no discurrirá únicamente por nuestro organismo, sino que pasará también por nuestra mente, que la convertirá en consciente, es decir, en energía psíquica.

Así pues, todo ejercicio físico que requiera esfuerzo, si se lleva a cabo con mucha atención y siendo plenamente conscientes de que somos nosotros quienes desarrollamos el esfuerzo, siguiéndolo por dentro, producirá automáticamente una incorporación de energía. No se trata de hipótesis, sino de hechos comprobados, y que, para salir de dudas, todo el mundo puede practicar y comprobarlos, puesto que están al alcance de todos.
Deporte, gimnasia, yoga
Con este fin puede aprovecharse cualquier forma de ejercicio físico: el deporte, la gimnasia, y sobre todo, lo recomiendo especialmente, el Yoga físico, es decir, el Hatha Yoga.

Los dos requisitos necesarios para obtener el fin pretendido de incorporación de energías son:
- que el ejercicio se practique con mucha lentitud

- que la mente esté por dentro bien consciente de la sensación de esfuerzo y de la energía que produce el ejercicio.
El deporte tiene el inconveniente de obligar a quien lo practica a estar tan pendiente del aspecto de lucha y competición que la mente no puede permanecer fácilmente atenta a la sensación corporal de energía. No obstante, tiene un fuerte efecto estimulante general por dos razones: porque mientras se practica el deporte, la mente descansa y se repone. Y porque con el ejercicio se estimula la circulación de energía, y por lo tanto, de un modo indirecto, también se beneficia el cerebro del incremento de energía en todo el organismo.

Sin embargo, aquí hablamos de entablar un contacto más directo con la energía circulante en el ejercicio, para aprovecharla al máximo: queremos tomar conciencia de la energía de un modo inmediato.

Por eso la gimnasia se acerca más a nuestro propósito, ya que prescinde de toda relación externa exigiendo una mayor atención a uno mismo. Aun así, el concepto occidental de la gimnasia no permite una completa concentración de la mente en los ejercicios, pues con frecuencia éstos han de ser bruscos, o no lo suficientemente lentos, mirando más al desarrollo muscular que a facilitar la concentración de la atención.

El ejercicio muscular ideal es un tipo de gimnasia como el del Hatha Yoga, que exige una gran lentitud en su práctica; más que ejercicios musculares son posturas que están premeditadas para producir efectos concretos sobre los plexos nerviosos y sobre las glándulas endocrinas. Cumplen a la perfección los requisitos citados para toda incorporación de energía física en el consciente, ya que es absolutamente necesario que se practiquen con suma lentitud, y se indica en cada ejercicio el punto donde ha de fijarse la atención y su desplazamiento durante el curso del ejercicio.

Por vía de ejemplo describimos a continuación las posturas del Hatha Yoga más importantes para incorporar energía.
El arbolito. Estando de pie, los brazos caídos junto al cuerpo y apoyando el peso del cuerpo sobre la pierna derecha, se eleva el pie izquierdo resbalándolo hacia arriba por la parte interior de la pierna derecha hasta poner el talón en la ingle y los dedos del pie apoyados con fuerza un poco por encima de la rótula. Puede usarse de las manos para colocar el pie así. Entonces, juntando las manos como en la oración, se elevan los brazos, inspirando lentamente hasta llegar a la mayor altura posible. Tras unos instantes, se dobla el tronco hacia adelante hasta tocar el suelo con las manos mientras se espira. Después de unos segundos empieza a levantarse inspirando hasta quedar con las manos arriba, que por fin baja volviendo a la postura inicial, delante del pecho. Espira y baja luego el pie. Descansa y repite lo mismo con la otra pierna (véanse figuras 1, 2 y 3).

La atención: durante la flexión, en el abdomen, y erguido, en la nuca.

Padahastasana o postura de la cigüeña. Estando de pie con los brazos caídos junto al cuerpo, los va levantando hasta que estén verticales, mientras inspira. Se mantiene así unos segundos sin respirar. Luego, espirando dobla el tronco hacia adelante, sin abandonar la postura de brazos y cabeza, hasta que ésta llegue a las rodillas y pueda cogerse los tobillos con las manos, permaneciendo así unos segundos sin respirar, con los pulmones vacíos. Luego yergue el tronco siempre con los brazos en línea recta y aspirando hasta recuperar la vertical. Y baja los brazos espirando (véanse figuras 4 y 5).

La actitud mental la dirige al punto central entre los ojos, dentro de la frente.
Bhujangasana o postura de la cobra. Sobre el suelo, boca abajo, y las palmas de las manos sobre el piso a la altura de las axilas, inspira, y empieza a levantar la cabeza y luego la parte superior del tronco, sin apoyarse en las manos, sino haciendo tracción con los músculos de la espalda. Cuando no pueda elevarlo más, hace uso de las manos para levantar el resto del tronco, con cuidado de no elevar la parte inferior, es decir, del ombligo hacia abajo. Entonces, tras unos instantes así, espira despacio, mientras perfecciona la postura. El tipo de respiración, durante el tiempo que se mantiene este asana, será superficial. Para descender, lo mismo, pero a la inversa, empezando por apoyarse con las manos hasta que pueda seguir sin utilizar más que el esfuerzo de los músculos de las manos (véase figura 6).

La atención está centrada en la columna vertebral, en las distintas vértebras que va doblando según progresa el ejercicio.

Shalabhasana o postura del saltamontes. En el suelo boca abajo, con los brazos a lo largo del cuerpo y las palmas sobre el suelo, apoyando la cabeza en el mentón o en la frente, se hace una inspiración completa, y con un impulso enérgico se levantan ambas piernas hacia arriba sin doblar las rodillas y se mantienen lo más alto posible de dos a diez segundos. El peso del cuerpo se apoya en la palanca formada entre el mentón o la frente, el tórax y las manos. Y entonces lentamente se bajan las piernas y se espira el aire (véase figura 7).

La actitud mental debe estar centrada en las últimas vértebras de la columna.



Ejercicio de extensión general. De pie con las manos juntas, los brazos caídos y pegados al cuerpo. Mientras inspira profundamente, levante ambos brazos hacia adelante y hacia arriba, paralelos, extendiéndose cada vez con mayor fuerza, como si quisiera desprenderse de ellos y elevarse sobre el suelo. Entre tanto, va levantando los talones, hasta quedar, cuando llega al punto máximo de extensión, de puntillas y con los brazos totalmente extendidos hacia arriba, tocándose las puntas de los dedos de ambas manos. Entonces continúe con la actitud total de máximo estiramiento y sostenga el aliento mientras baja los brazos hasta dejarlos en posición horizontal. En todo momento, pero sobre todo al llegar a ese punto máximo del ejercicio, interesa experimentar la sensación de estiramiento total de dedos, manos, brazos y hombros, y se consigue tratando de alejarlos del cuerpo con el mayor vigor posible, aunque sin movimientos bruscos (véase figura 8).

La postura horizontal de los brazos debe mantenerse tres o cuatro segundos, y luego, lentamente, volver a la postura primera, espirando por la nariz, mientras se va suprimiendo poco a poco la tensión del estiramiento. Al final conviene hacer una respiración completa, descansando.
Ejercicio de contracción general. De pie, con las piernas separadas y los brazos junto al cuerpo, hacer una inspiración completa. Luego cierra y contrae todos los músculos del cuerpo, poniendo la máxima fuerza y toda la tensión de que sea capaz en los músculos de los brazos, mientras va doblando la espalda obligado por la enérgica contracción de los músculos abdominales, dirige los puños hacia el plexo solar y dobla un poco las piernas por las rodillas, también lo que exija la contracción muscular (véase figura 9).

La concentración debe verificarse gradualmente procurando ejercitar en ella todos los músculos posibles. Y una vez llegado al punto de máxima concentración hay que permanecer así unos segundos. Entonces, repentinamente, hay que aflojarlos todos y espirar por la boca.

Finalizado el ejercicio descansar y hacer una respiración completa.



Es importantísimo, al finalizar cada sesión de Yoga, hacer un ejercicio de relajación, que describimos más adelante, pues sólo mediante este ejercicio se verifica la más completa absorción de la energía en el organismo y en el psiquismo consciente.

Como se habrá observado, las posturas de Hatha Yoga exigen una gran lentitud en su ejecución, evitando siempre todo movimiento brusco. Los dos últimos ejercicios, de extensión y contracción general, no son propiamente de Hatha Yoga, aunque los incluyo por exigir un gran despliegue de energía.
Hay que tener siempre en cuenta que todos estos ejercicios sólo producen el efecto deseado de incrementar la energía en cuanto se llevan a cabo con la máxima atención de la mente sobre la energía desplegada. Por eso mismo cada ejercicio de Yoga exige que se dirija la atención sobre un punto determinado o varios del cuerpo, como queda indicado en la advertencia que acerca de este particular se hace al final de cada postura. No se olvide, pues, al practicarlas, que lo que más importa es seguir con la mente el esfuerzo y las sensaciones que vienen del cuerpo, prestando con ello atención a la energía biológica del organismo e integrándose así nuestro consciente con nuestro nivel vegetativo, con lo que la mente logra dos objetivos: asimilar la energía orgánica en beneficio de nuestro psiquismo y reencontrar lentamente la voz dormida de los instintos que había quedado apagada para nosotros al aislarnos de todo contacto con nuestra biología, por vivir sólo en el mundo autónomo de nuestras ideas y preocupaciones.

Con la palabra instinto designamos aquí a las necesidades fisiológicas, como saber cuándo necesitamos un tipo de alimentación, cuándo otro, en qué momento empieza a generarse un resfriado o cuándo empezamos a cansarnos -no cuando estamos ya fatigados-. Pues nuestro organismo nos habla por la voz del instinto, que funciona en condiciones normales, si no está embotado, con una gran finura de percepción, y que está, naturalmente, llamado a avisarnos de los peligros para la salud cuando aún hay tiempo para poner remedio natural y sencillo.

Sólo nos resta añadir acerca de las posturas del Yoga que, aparte del efecto pretendido de incorporación de la energía biológica en el consciente, producen otros muy beneficiosos, en primer lugar sobre el organismo: el «arbolito», por ejemplo, estimula la tiroides; el Padahastasana, el hígado, páncreas, riñones, órganos sexuales y sus nervios, irrigados por la sangre que la postura hace llegar más abundantemente a dichos órganos, y vigoriza el cerebro; etc., llegando incluso algunas posturas del Hatha Yoga a curar males como la adiposidad y enfermedades como las del aparato digestivo, nervioso, etc., y hasta produciendo un retraso en el proceso del envejecimiento. Y especialmente sobre el psiquismo, que gana en serenidad, agilidad y energía, madurando la personalidad.

No obstante, quienes deseen practicar ejercicio físico para incorporar en su psiquismo la energía desarrollada, pero no puedan o no deseen practicar el Yoga, no hay inconveniente en que utilicen desde el primer día cuatro o cinco ejercicios de los más sencillos de la gimnasia sueca, pero hechos con la mayor lentitud, y siguiendo con la atención la sensación de los distintos movimientos. Notarán en seguida el efecto reconfortante que resulta sobre su psiquismo.

Hay posturas en el Hatha Yoga que requieren guardar el equilibrio, y su efecto es muy interesante, pues obligan a una mayor atención para mantenerlas, con lo que facilitan la incorporación de energía en la mente, que depende en gran parte del grado de atención; y tranquilizan el sistema nervioso, dejando un estado de ánimo sereno, como puede comprobarse -y es indicado hacerlo entonces- si se practican cuando se ha estado muy alterado.

La hora ideal para practicar tanto el Yoga como los ejercicios físicos que lo sustituyen es el mediodía, aunque lleve consigo la incomodidad de tener que descalzarse, quitarse la corbata y aflojar o, aun, despojarse de alguna prenda de ropa, cosa que para algunas personas puede resultar tal vez molesta por dejarse llevar de su natural pereza a esa hora. Por las mañanas no suele estarse lo suficientemente despierto mental e incluso orgánicamente, y el ejercicio no rinde lo que a media mañana o al mediodía. Pero claro está, si no hay opción posible pueden practicarse al despertar por la mañana o incluso por la noche antes de irse a dormir.

La respiración consciente
La respiración es un proceso fisiológico que produce una renovación constante de energía orgánica: viene a ser como una fabricación en cadena, automatizada, de energía.

Pero nuestra respiración suele adolecer de un doble defecto: no respiramos bien; y además la respiración que hacemos no la aprovechamos para reforzar nuestra energía mental, sino muy indirectamente, en la oxigenación con que se enriquece todo el organismo y también el cerebro.

Sin embargo, aunque nuestra afirmación parezca extraña a más de un lector, podemos convertir el ejercicio de la respiración en un poderoso revitalizador para la salud, y al mismo tiempo y, sobre todo, en una fuente inexhausta de energía para nuestra mente consciente.

El requisito principal y básico es el mismo indicado para el ejercicio físico: respirar de un modo consciente. No como se enseña en las sesiones de gimnasia, de forma más o menos forzada, sino limitándose sólo a seguir el movimiento respiratorio normal, apoyándolo conscientemente para que la respiración sea profunda, pero sin forzar nada los pulmones. Pues toda presión violenta del aire sobre los alvéolos pulmonares corre el peligro de lesionarlos. Lo verdaderamente importante en el ejercicio respiratorio, y en lo que aquí hacemos hincapié, es la cantidad, la intensidad, la luminosidad de la atención que se centra sobre el proceso respiratorio.

La respiración es todo un mundo. Está estrechamente relacionada con nuestro estado de ánimo, con el tipo de ideas que predominan en nuestra mente en un momento dado, y con el estado de relajación y contractura muscular que mantenemos. Por ejemplo, podemos comprobar experimentalmente que cuando sentimos miedo, nuestra respiración es distinta que mientras estamos alegres; el miedo, la angustia, la impaciencia, etcétera, nos impiden respirar bien, con amplitud. Pero no es sólo esto. Quien adopta una actitud más o menos permanente de miedo, la persona que no se atreve a enfrentarse con el mundo, que teme a la gente por creer que se reirán de él -miedo al ridículo-, por exagerado sentimiento de su debilidad, etc., y que debido a ello se aísla, tiene una inhalación de aire pequeña, restringida, inhibida, como su actitud psicológica. Por el contrario, la persona agresiva y lanzada presenta una respiración brusca y forzada con muchas retenciones interiores.

Cuando estamos concentrados con intensidad sobre algo, disminuimos nuestro ritmo respiratorio y la respiración se hace superficial; en los momentos de máxima concentración retenemos el aire dentro, sin respirar. Si nos preparamos para algo difícil, inhalamos e instintivamente guardamos el aire dentro unos segundos, tanto si se trata de un esfuerzo físico, como levantar un objeto pesado, o de hacer algún esfuerzo violento, como tomar alguna determinación que requiera mucha energía o dominio de uno mismo, por ejemplo, al realizar una visita difícil en el momento de entrar o de llamar a la puerta. Entonces el acto instintivo de inhalar y retener el aire dentro unos momentos nos hace recobrar los ánimos y reunir la decisión necesaria.

Inhalar es recoger energía, acumularla; retener el aire dentro es reforzar la conciencia de nuestra fuerza interior; expulsar el aire es descargarse, vaciarse, aflojar energéticamente, quedando sin aire, enteramente indefensos.

Los principales tipos de respiración con sus efectos más importantes son los siguientes:
1. Para hacer una buena respiración, lo primero que debe hacerse es tener los pulmones del todo vacíos. Si queda algo de aire, como es lo ordinario, hay que expulsarlo enteramente. Entonces la inhalación profunda vendrá de modo natural, sin necesidad de esfuerzo alguno.
2. Tanto la inspiración como la espiración deben efectuarse siempre por la nariz. Dos razones lo aconsejan. Una de orden puramente fisiológico: si se inspira por la nariz y se echa el aire por la boca, por la nariz sólo pasa el aire que viene del exterior, siempre más frío que nuestra temperatura, con lo que se constipan fácilmente las mucosas nasales. Mientras que si inhalación y exhalación se hacen por la nariz, se produce una corriente alterna fría y caliente, la primera que entra y la segunda que sale, con lo que no sólo se evita el constipado nasal, sino que incluso está comprobado que en pocos minutos de este tipo de respiración desaparece cualquier congestión nasal que pueda existir. Para ello basta con que al hacer salir el aire se haga muy lentamente y procurando sentir el aire caliente que pasa por la nariz hacia afuera. La segunda razón no se justifica por la fisiología occidental, pero sí por la fisiología esotérica hindú. Según ella, cuando inspiramos, no sólo inhalamos aire puro cargado de oxígeno, sino una energía que existe en el ambiente, a la que ellos denominan prana, y el paso de la doble corriente de prana por las fosas nasales produce una estimulación de la hipófisis.
Respiración completa
Teniendo los pulmones enteramente vacíos, se inspira el aire de modo natural, apoyando el movimiento inspiratorio con la atención de forma que, según se van llenando los pulmones, no se dilaten lateralmente, sino hacia abajo, presionando el diafragma y empujando el abdomen, hasta que la parte inferior esté llena de aire. Se inspira, pues, primero por la parte abdominal. Entonces se sigue inspirando haciendo circular el aire hacia arriba hasta que la parte media de los pulmones y luego la alta estén sucesivamente llenas. Luego, una vez henchidas de aire las cavidades pulmonares, se va espirando pero en el mismo orden que ha entrado, hasta quedar de nuevo sin nada de aire. Todo este movimiento respiratorio debe efectuarse con la mayor suavidad, sin presionar con violencias la inhalación de aire, ni expulsarlo repentinamente. La mente se limita a seguir y apoyar en la dirección indicada el curso del aire, no acelerando ni retrasando la respiración normal. De todos modos siempre resultará más lenta esta respiración completa que la que solemos practicar ordinariamente.

Repetimos que tanto en éste como en cualquier otro tipo de respiración, lo importante es la atención mental al acto respiratorio. Con la respiración completa se produce un aumento notable de energía. Sobre todo, si se retiene dentro el aire durante unos 4 o 5 segundos, siendo conscientes de la sensación de estar por dentro llenos de aire, pensando, sintiendo, dándose cuenta de que aquello es energía; luego expulsar el aire lentamente por la nariz. Es una técnica de resultados excelentes para producir una estimulación general y poderosa del estado de ánimo que surte efectos inmediatos, y que podemos utilizar siempre que necesitemos aumentar nuestra energía actual. Repetimos que basta una inhalación profunda, luego la retención consciente, y la exhalación suave por la nariz.
Respiración alta
La respiración alta es mucho más superficial: se efectúa sólo con la parte superior de los pulmones, de modo que el aire no llena del todo las cavidades pulmonares. Es la que más solemos hacer cuando no nos damos cuenta.

Tiene un efecto simpático-tónico, cuando se practica conscientemente sintiendo entrar el aire, produciendo una tonificación general, aunque sin los efectos confortadores físicos y mentales de la respiración completa.
Respiración abdominal
Consiste en respirar sólo con la parte inferior de los pulmones, haciendo bajar o subir el diafragma, que presiona sobre el abdomen: coincide por lo tanto con la primera parte de la completa, sin seguir adelante. Como es difícil practicarla, damos algunas instrucciones que la facilitarán.

Conviene al principio colocarse tendidos en el suelo, boca arriba y con las piernas flexionadas de modo que las rodillas queden más altas, tal como solemos ponernos espontáneamente cuando subimos una montaña y nos tendemos en el suelo para descansar. A los pocos momentos de adoptar esta postura, aunque no lo procuremos, empezaremos a respirar automáticamente más bien con el vientre, sin levantar las costillas. Precisamente por eso tendemos por instinto a adoptar dicha postura cuando nos encontramos muy fatigados, porque facilita la respiración abdominal, que es la que más descanso proporciona. Es también éste el tipo de respiración que efectuamos mientras dormimos. Un detalle muy interesante es que la condición principal para que se produzca una respiración abdominal perfecta es que la región lumbar de la columna vertebral esté en línea recta con el resto de la espina dorsal. La curvatura que esta región adopta cuando estamos de pie o sentados impide la buena respiración abdominal; por el contrario, estando echados boca arriba y con las rodillas dobladas, la espalda descansa enteramente en el suelo y desaparece, por tanto, dicha curvatura, lo que facilita este tipo de respiración abdominal.

El efecto principal de esta clase de respiración es, como queda dicho, tranquilizador. Cuando se respira abdominalmente se induce en el cuerpo y en el psiquismo una laxitud y una acción sedante que calma rápidamente los estados de excitabilidad y deja una sensación general de profundo descanso. Tiene en el organismo un efecto vagotónico. Es, por lo tanto, aconsejable efectuar varias respiraciones abdominales siempre que uno se encuentre muy cansado o cuando tenga que enfrentarse con una situación difícil y quiera tranquilizarse.

La relajación consciente
Cuando hacemos ejercicio o cuando respiramos, estamos produciendo y gastando energía. Nuestro organismo produce siempre más energía de la que necesita consumir. Por eso cuando, por ejemplo, hemos andado mucho y nos sentamos, notamos la sensación de que todo nuestro cuerpo hierve, porque el ejercicio ha movilizado nuestra energía fisiológica y el aparato circulatorio, y los sistemas nervioso y muscular están en pleno funcionamiento. Esta energía que entonces se halla en marcha, y que luego no consumimos, generalmente se reabsorbe en el organismo, que, en definitiva, sale fortificado.

Ahora bien, según el principio en que se basan todas las técnicas anteriores, si aprendiéramos a conectar nuestra mente con esta energía sobrante, que en aquellos precisos momentos está en movimiento, no sólo se aprovecharía de ella nuestro cuerpo, sino que también aumentaría la potencia energética de nuestro psiquismo, al convertir dicha energía en consciente.

Pero cuando nos sentimos cansados y nuestro organismo bulle de energía, solemos hacer todo lo contrario: nos tumbamos y caemos en un estado mental de apatía, perdiendo la plena lucidez mental y dejando divagar la mente como si soñáramos.

Se trata, por tanto, de aprender a estar atentos durante el descanso a la sensación agradable de relajación que nos viene de todo el cuerpo en esos momentos, para que esa sensación se incorpore a la mente. En estas condiciones, un rato de relajación consciente se convierte en descanso para el cuerpo y en distensión psíquica y aumento de energías para la mente.
Modo de practicar el ejercicio de relajación consciente:
Estando tendido boca arriba con las piernas algo separadas entre sí, los brazos también un poco del tronco y las palmas de las manos hacia arriba, todo ello con naturalidad, como quien se deja hundir en el vacío sin esfuerzo ni tensión alguna, con los ojos cerrados, empiece haciendo dos o tres respiraciones completas. Luego sólo respiración abdominal, de modo que cada vez que expulsa el aire la mente siga el movimiento de echar el aire y con él de aflojar más y más todos los miembros del cuerpo. Siempre, claro está, con el mismo gesto mental de soltar y aflojar aunque parezca que ya no queda ningún miembro ni músculo tenso, manteniendo en todo instante la atención lúcida y la mente consciente del proceso de sucesivo aflojamiento, sin dejarse llevar por ensoñaciones ni atender a nada más.

Precisamente en ese aflojar más cuando ya parece que no es posible está el secreto de que empiece a relajarse la musculatura que inconscientemente mantenemos tensa. Es un sobreesfuerzo que cala hasta el inconsciente consiguiendo profundizar hasta los espasmos y contracturas musculares con que estamos acostumbrados a vivir. Es un dejarse ir siempre más allá, al compás de la espiración abdominal lenta, descansando con la mente en el gesto una y otra vez renovado de aflojarlo todo, de soltar, de relajar. Poco a poco, a medida que se va avanzando en la práctica de la relajación consciente se irán notando sensaciones nuevas de apertura interior, de desprenderse de tensiones mantenidas en zonas más profundas.

Cuando se practica con asiduidad, diariamente, como es de aconsejar, la relajación consciente va pasando por varias fases que se corresponden con la distensión de niveles cada vez más profundos, y se viven experiencias nuevas.
Condiciones externas para la relajación consciente
Debe hacerse sobre una superficie llana y no muy blanda, con el objeto de que la cabeza esté a la misma altura que el resto del cuerpo y que no favorezca el sueño. Por lo tanto, si es en la cama, sin almohadas, aunque mejor sería tenderse en el suelo sobre una o dos mantas.

El lugar tranquilo, ventilado, y sin luz.

El mejor tiempo es a mediodía antes de la comida. Lo ideal es practicarlo después de 10 ó 15 minutos de ejercicio consciente o de Yoga, para conseguir los indicados efectos de integración de la energía remanente.

Es preferible media hora de relajación consciente antes de comer que una buena siesta después, no ya desde el punto de vista del descanso general del organismo, sino incluso para hacer una buena digestión. Cuando nos acercamos a comer después de estar toda la mañana ocupados en el trabajo estamos tensos, tanto por el esfuerzo realizado como por la preocupación de lo que tenemos que hacer en el resto del día, y de lo que debíamos haber hecho y no hemos podido. Aunque descansemos luego en la siesta, la primera parte de la digestión tiene lugar en ese estado de tensión que impide el normal funcionamiento de las funciones digestivas. Es sabida la influencia de la tensión física y psíquica en la secreción gástrica y en la fisiología digestiva. Pero si la relajación nos prepara mediante el descanso corporal y la distensión muscular y psíquica, nos acercaremos a la mesa en óptimas condiciones para que la digestión posterior se efectúe de un modo excelente, aunque luego prescindamos de la siesta.

También es muy bueno hacer un rato de relajación antes de dormir. Se conseguirá luego un sueño profundo y sumamente reparador. Media hora de relajación equivale, como descanso fisiológico, a 3 ó 4 horas de sueño. De ordinario precisamos más descansar que dormir. Lo que ocurre es que hemos asociado la idea de echarnos en la cama con la de dormir y si permanecemos por la noche mucho tiempo sin poder conciliar el sueño, creemos que nos encontramos mal. El sueño es una función fisiológica que sobreviene normalmente cuando el organismo lo necesita, si no se opone a ello una sobreexcitación o una disfunción nerviosa de tipo patológico. Pero aun en estos casos aparecen simultáneamente la sensación de sueño y la imposibilidad de dormir. Lo que solemos necesitar más es descansar, aflojar la tensión, no sólo la corporal y consciente, sino también la de nuestros niveles inconscientes. Apenas lo hacemos, el sueño nos invade como recurso de la naturaleza para lograrlo. Pero así el sueño no consigue ser tan profundo como debería, y nos levantamos con cierta sensación de cansancio. Señal de que no ha conseguido ser lo suficientemente reparador. Un rato de relajación hecha antes de dormir nos proporcionará el descanso y la distensión necesarios para que luego el sueño sea profundo y nos despertemos con la mente y el cuerpo frescos y renovados. Aunque disminuya de este modo el tiempo que solíamos dedicar a dormir, y nos despertemos antes, no debe importarnos, ya que se debe a que no necesitamos dormir más, una vez que se ha conseguido el fin natural que tiene el sueño, y además pueden aumentar así nuestras horas de vida consciente.

Pero aparte de cuanto queda dicho, la práctica de tener unos momentos de relajación cuando se dispone uno a dormir, de ordinario introduce insensiblemente en el mismo sueño, de forma que, sin advertirlo, claro está, se cae en el sueño. Así que constituye un excelente remedio contra el insomnio.
Efectos de la relajación
La relajación tiene los efectos del sueño profundo, con la diferencia de que la mente se mantiene lúcida. Así, pues, el cuerpo descansa, pues no consume. Y además sigue produciendo nueva energía, mediante el proceso respiratorio.

Ahora bien, como la atención que se exige durante el ejercicio de relajación abre la mente a este doble fenómeno de descanso y de incorporación de energía orgánica, ambos efectos se incorporan al psiquismo consciente: se produce, por tanto, la sensación cada vez más honda de descanso no sólo corporal, sino de todo el psiquismo, de tranquilización y profundización en una suerte desconocida de serenidad, equilibrio y armonía interior. Y por otro lado, la energía que circula por el organismo pasa a aumentar la del consciente, enriqueciendo el vigor energético de la personalidad.
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