Todos vivimos por debajo de nuestras verdaderas sensibilidades. Pero son tan sólo unas cuantas las personas que realmente se dan cuenta de ello y, en




descargar 440.19 Kb.
títuloTodos vivimos por debajo de nuestras verdaderas sensibilidades. Pero son tan sólo unas cuantas las personas que realmente se dan cuenta de ello y, en
página5/7
fecha de publicación20.02.2016
tamaño440.19 Kb.
tipoDocumentos
b.se-todo.com > Ley > Documentos
1   2   3   4   5   6   7
5. EL ENORME ACUMULADOR DE NUESTRO INCONSCIENTE

La extraordinaria importancia del inconsciente
El «inconsciente» es, como la misma palabra indica, la zona de nuestro psiquismo que está más allá del consciente y de la que no tenemos consciencia, es decir, que escapa a nuestra percepción directa sensible y mental. A él van a parar todas las representaciones sensibles e intelectivas que han producido algún impacto en el ámbito de nuestra conciencia, y otras muchas incluso que no han pasado por él y que se almacenan directamente en sus depósitos. Igualmente todos los impulsos que no han llegado a actualizarse haciéndose experiencia, y todos los condicionamientos producidos por cuantas experiencias de toda clase hemos vivido.

El inconsciente es, por lo tanto, un inmenso almacén con ingentes reservas de energía. Pero no de energía que se haya de elaborar todavía, sino ya fabricada y presente. Sólo que está inmovilizada porque no disponemos de la llave de salida que nos permitiría utilizarla. Si pudiéramos incorporárnosla y tomar conciencia de ella haciéndola pasar por nuestra mente, por nuestro yo-experiencia, aumentaría de modo extraordinario el coeficiente de nuestra energía consciente y de nuestra seguridad interior.

De estas reservas que existen en el inconsciente, producto sobre todo de los impulsos reprimidos, es de donde surgen todas nuestras aspiraciones, y nuestro deseo de llegar a ser más en cualquier orden. La ambición de convertirnos en personas más importantes, ricas, poderosas, socialmente consideradas, fuertes, todo ello en grado superlativo, es decir, el yo-idealizado con el que todos soñamos -aunque algunas veces tratemos de disimularlo- extrae su fuerza de las represiones que obran en nuestro inconsciente.

Puede deducirse de aquí lo importante que sería para nosotros actualizar las reservas del inconsciente y convertirlas en experiencia actual, transfiriéndolas al yo consciente. Porque conseguir esto es hacer desaparecer automáticamente la necesidad de forjar sueños que sólo pueden verse cumplidos en el futuro, y de estar siempre imaginando, divagando, levantando castillos en el aire. Con ello se elimina la susceptibilidad y cualquier sentimiento de inferioridad. No porque el hombre se haga superior a sí mismo; sino porque por vez primera se encuentra en verdad a sí mismo, es él mismo, ya que antes no lo era del todo, pues vivía en parte de lo que no era realidad.

Al ser del todo él mismo, se siente pleno, viviendo por completo su propia capacidad. Tiene, pues, un nuevo empuje para afrontar las situaciones, una solidez interior que ningún hecho, por desagradable que se presente, puede echar por tierra. Es posible que no logre resolver sus problemas porque también dependen de circunstancias externas que pueden ser desfavorables. Pero una cosa es que no pueda solucionarlos cuando no depende de él la solución, y otra muy distinta que esto suponga para él un grave conflicto interno. Desde el momento en que toda su energía interior ha sido actualizada, el hombre es todo él, se posee a sí mismo por entero, y todo él es quien hace frente a las situaciones.

Ahora, aunque tenemos la ilusión de que es todo uno el que se enfrenta con los problemas que surgen, no es así. Pues cada situación que afronta el yo consciente despierta en nosotros la reacción del inconsciente lleno de represiones y sentimos su presión, originándose así el temor, el recelo, la ira, la debilidad como efecto psicológico de la censura del consciente, que se opone a la salida de lo reprimido.

Sin embargo, cuando toda la energía de mi inconsciente se ha incorporado a mi consciente y todo yo vivo esa energía consciente, entonces no existe esa respuesta subterránea, y soy sólo yo, poseyéndome del todo a mí mismo y, por lo tanto, con una personalidad unida y compacta, quien vivo de verdad cada situación, sintiéndome siempre en ella de un modo afirmativo, puesto que no hay en mi interior frenos ni temores y mi postura es en cada caso la respuesta de todo mi ser.

Se entenderá mejor concretándolo mediante un ejemplo. Supongamos que Carlos está ofendido con Emilio y que hay cuentas pendientes sin resolver. Carlos sentirá cierto temor a verse con su enemigo. Se debe a que éste despierta en él el sentido de protesta, de rebeldía, de agresividad que está reprimido en su inconsciente. Pues estos sentimientos de hostilidad, negativos, van en contra de los valores del yo-idea y de ningún modo queremos que salga nada que se oponga a nuestro yo-idea.

Cada vez que Carlos evoca la imagen o el nombre de Emilio, despiertan en su interior y amenazan con actualizarse estos contenidos, y entonces siente miedo y angustia.

Ante la situación, en estas condiciones, Carlos no dispone enteramente de sí mismo. Su parte consciente le dice: «No hay derecho a que esta persona haya hecho tal cosa, y tengo razón para estar ofendido, y para enfadarme». Es una voz muy racional y legítima y no ofrece ningún reparo. Pero junto a ella surge otra que él trata de contener, la de los impulsos de ira y agresividad. Y entonces siente temor, duda, y procura evitar en lo posible el encuentro con su enemigo. La solución es ficticia. No es el yo consciente el que vive del todo la situación.

Supongamos que un día, inesperadamente, Carlos se encuentra con su enemigo y no puede eludirle. Sentirá un sobresalto, será el resultado de la actualización inmediata de todas sus represiones respecto a Emilio. Pero si vive esta nueva situación de un modo abierto, es decir, sin cerrarse, sin inhibirse, o se enfrentará francamente con su enemigo, peleando con él de palabra o aun físicamente, u optará por no hacerle caso. Pero, haga lo que haga, lo que sí es cierto es que reaccionará inteligentemente de acuerdo con lo que la situación le exija, de acuerdo con todo lo que hay en su interior. Y cuando Carlos haya puesto en acción su respuesta total respecto de Emilio, es decir, todo lo que existe en su interior en relación con su enemigo, aunque termine a bofetadas con él, y Emilio, por ser el más fuerte, pueda físicamente a Carlos, éste experimentará la sensación de haberse afirmado a sí mismo en aquella ocasión, de haber triunfado, será una sensación satisfactoria. Le dolerá el cuerpo físicamente, pero sentirá íntimamente que ha hecho lo que debía.

Pero si en lugar de obrar así, busca una excusa en su interior, racionalizando la situación de un modo artificioso, y, escudándose tras ella, elude plantar cara a Emilio, no queriendo expresar la verdad que hay en su interior hacia él, la verdad que se halla reprimida en su inconsciente, entonces tal vez la forma diplomática que dé al encuentro sea un triunfo efectivo y se ahorre los golpes, pero íntimamente tendrá una sensación desagradable de fracaso, de disgusto de sí mismo por no haber dado salida a su verdad completa, de un modo consciente.

En el ejemplo expuesto aparecen claros dos modos distintos de actuar y sus respectivos efectos en relación con la formación de la personalidad: en el primer caso, Carlos vive toda la reserva de su inconsciente, la actualiza, toma conciencia de ella y la expresa de modo inteligente; entonces el efecto es la afirmación de sí mismo. En el segundo, el mismo Carlos refuerza la represión y vive sólo una pequeña parte de su persona ante la situación; por eso la represión continúa dentro aún más fuerte que antes y él se siente más débil que nunca.

Así pues, en la medida en que yo viva toda la capacidad que poseo, toda la energía que hay en mí y la viva de un modo real, actual, como experiencia consciente, con entrega física, mental, afectiva, etc., desaparecerán mis problemas, me sentiré en todo lo que haga y emprenda de un modo afirmativo, como unidad compacta y positiva, aunque las cosas me salgan mal. Y en la medida en que me cierre, impidiendo que salga mi verdad interior, me sentiré frustrado.

Sin embargo, no hay que caer en la ingenuidad de interpretar lo que decimos en el sentido de que para obrar correctamente en muchas ocasiones será necesario liarse a bofetadas con todo el mundo, o enfrentarse con todos aquellos que estén en desacuerdo con nuestro modo de sentir. No, externamente he de adoptar la respuesta o la conducta más inteligente dada la situación concreta, pero aceptando por dentro y viviendo conscientemente toda la carga de contenidos referentes a la situación de que se trate.

Por ejemplo, tengo un conflicto con mi jefe, y conviene que obre con cuidado porque, naturalmente, puedo salir perjudicado, y es muy importante para mí y para los míos evitar a todo trance no sólo un posible despido, sino incluso el desfavor de mi jefe. Éstos son factores que me obligan a no soltar las riendas de mis impulsos, quedando condicionado por ellos ante la situación. El modo correcto de actuar con plena conciencia de todos mis contenidos, en este caso, será el siguiente: tomar conciencia interiormente de todo lo que hay en mi interior respecto al asunto de que se trate, sin disfrazarlo con razones especiosas, ni cerrar su verdad a mí mismo. Y tomar además conciencia de los hechos externos que influyen también en el problema concreto que debo resolver. Luego obrar externamente del modo más inteligente de acuerdo con todos esos datos internos y externos, afirmando, negando o limitándome a hacer una observación respetuosa.

Lo que interesa es que no me engañe a mí mismo respecto a mis verdaderos sentimientos, aunque deba controlar mi conducta de cara al exterior. Porque estos sentimientos e impulsos que no queremos reconocer mintiéndonos a nosotros mismos son los que crean la carga negativa de las represiones que pueden llegar a deformar la personalidad; y cuyo efecto más leve es no acertar con la solución satisfactoria de nuestros problemas personales.

Si he de contener mis palabras o mis actos, porque las circunstancias externas así lo aconsejan, pero siendo plenamente consciente de por qué lo hago, la inhibición externa no inducirá una represión interna que añada una carga al inconsciente, porque se verifica en el plano consciente y se vive como experiencia completa, sin residuos no vivenciados, que son el lastre de que se nutre el inconsciente negativo. En el mismo plano consciente sentiremos surgir impulsos que nos mueven a liquidar la energía no empleada en el exterior -si nos hemos callado, porque así convenía-, y nos pondremos a cantar, o a hacer ejercicio físico, a trabajar, o a lo que sea, completando así del todo el circuito energético de aquel acto.

Hemos expuesto el modo correcto de obrar. Pero de hecho, a lo largo de nuestra vida no hemos liquidado muchos de nuestros impulsos, ni en su aspecto exterior ni mucho menos en el interior. Durante años hemos ido acumulando una carga enorme en el inconsciente, y toda la rebeldía, el miedo, la angustia que sentimos en circunstancias que de suyo son desproporcionadas para producir esas reacciones, se deben a la presión de la carga que empuja desde nuestro fondo inconsciente. Aprender a actualizar esta energía del inconsciente es aprender a crecer interiormente, es aumentar la energía disponible en proporciones verdaderamente industriales.

¿Cómo hacerlo? Vamos a exponer varias técnicas que nos ayudarán a conseguirlo. Pero interesa desde el primer momento que nos demos cuenta de los puntos esenciales para que surtan efecto. De ese modo al llevarlas a la práctica sabremos insistir en ellos, no dejándonos llevar por la rutina, que nos haría perder de vista lo principal envolviéndonos en detalles accidentales.

Observaciones sobre las técnicas más adecuadas
Los requisitos de toda técnica de actualización de energía del inconsciente son:
- Que se verifique una auténtica movilización de energías (las emociones, los impulsos son energías). No basta, por lo tanto, barajar unas ideas en la cabeza, que se queden en pura teoría.

- Estas energías han de ser manejadas de un modo consciente, con plena lucidez, pues sólo así se incorporarán a la mente consciente. De otro modo se liberarían, dejarían de ser represiones, descargando, por lo tanto, la tensión interior, pero sin enriquecer la energía del consciente.

- Se ha de conseguir, gracias a esta presencia constante de la mente consciente, el efecto de un cambio de estructura mental y un cambio de actitud. Cambio de estructura mental, porque las ideas que iban asociadas a los contenidos de la presión se modifiquen al desaparecer ésta. Y de la actitud, porque toda presión comporta una actitud de recelo, de desconfianza, de hostilidad, y esta actitud varía también a medida que la energía pasa por la mente consciente.

La asistencia a espectáculos de masas en los que el individuo puede dar salida a sus impulsos refrenados sin pasar por mal educado ni llamar excesivamente la atención (fútbol, baloncesto, boxeo, etc.), gritando, insultando incluso a los jugadores, árbitros, hinchas del equipo contrario, etc., son un medio de descarga de la tensión almacenada en el interior, pero, hecha en las circunstancias concretas en que tiene lugar, no tiene eficacia para aumentar la energía consciente de la persona. Porque mientras grita y da salida a raudales de energía, reprimida de ordinario por la censura habitual que imponen a su mente consciente las costumbres sociales, se deja llevar por el apasionamiento y la exaltación, que le dominan, lo que supone que su mente está cerrada, pues si se mantuviera en plena lucidez se guardaría muy bien de hacer todo aquello. En efecto, una vez pasada la exaltación, si le pidiesen que chillase y se moviera del mismo modo que antes, no lo haría. Y es que sólo gritamos y nos dejamos llevar por los impulsos reprimidos cuando pasa a primer plano la emoción dominando a la mente consciente, que queda relegada a un segundo o tercer plano. Así, la energía que brota y se descarga sigue una ruta alejada de la mente consciente y no puede incorporarse al yo experiencia, que apenas se da cuenta de la energía que allí despliega ni menos aún se adueña de ella, haciéndose sujeto consciente de la misma para siempre, lo que sí supondría un verdadero incremento de la firmeza y seguridad de la persona. Por lo tanto, la energía que sale no modifica ni la actitud básica habitual ni las ideas o estructura mental. Sólo es una simple descarga que nada esencial varía en la personalidad, pues el inconsciente vuelve pronto a cargarse de nuevo como antes en cuanto la mente consciente establece otra vez la censura, impidiendo nuevas descargas.

Semejante a este tipo de descarga es la del llanto o los gritos de desesperación, de enfado o de ira. Excelentes como medio de descarga, pero suelen coincidir con momentos en que la emoción domina la mente, y ésta permanece por eso mismo más cerrada. No se cumple, por lo tanto, uno de los requisitos fundamentales para que la energía liberada pase a reforzar el consciente, el de la plena lucidez mental mientras se produce la descarga. El sujeto vive esos momentos oprimido por la sensación, la emoción, la pena, el frenesí de la pasión, que brota virgen, rompiendo todos los diques de contención del consciente, pero una vez pasado el alud, la mente vuelve a hacerse dueña de la situación, reprimiendo los impulsos, igual que antes, y la persona sale de su acceso sin haber cambiado de actitud. Se habrá producido en su inconsciente una descarga temporal, pero no habrá resuelto nada, pues su actitud continúa siendo la misma, y lo más probable es que tenga necesidad de volver a verse de nuevo llorando, quejándose o gritando una y otra vez sin que se modifique nada sustancialmente en su interior. Todo porque su mente no ha estado del todo abierta a la situación, mientras se producía la descarga.

¿Por qué es tan difícil ahondar en el inconsciente?
Lo verdaderamente difícil es abrir la mente, manteniéndola lúcida y consciente, y al mismo tiempo lograr abrir la puerta del inconsciente y descargar los impulsos reprimidos. De tal manera que éste es el nudo gordiano que hay que desatar en las técnicas, si éstas han de producir de verdad una descarga de energía y una incorporación de la misma al consciente.

Porque todo lo que está archivado en el inconsciente lleva la etiqueta de «prohibido», «no debe salir», etiquetas puestas por nuestra mente consciente a requerimiento de los imperativos de la moral, de la educación social, etc., para evitar que seamos reprobados en cualquier orden. Y claro está, cuanto más conscientemente actuamos, más reprimimos el inconsciente. Consciente e inconsciente, podríamos decir, funcionan como los platillos de una balanza: uno sube cuando el otro baja. Las leyes por las que se rigen son inversas, pues los valores de ambos son contrarios. Lo que el inconsciente lucha por expresar, lo detesta el consciente y lo reprime; lo que el consciente eleva hasta convertirlo en yo-idea, cierra la puerta a los contenidos del inconciente. En realidad no es así, pues nosotros somos ambas cosas, y todos los valores son nuestros igualmente. Pero tal como se han situado en nuestro psiquismo, aparecen como opuestos. Por ejemplo, si a un niño que tiene ganas de hablar le decimos que no debe hacerlo si no tiene permiso, ocurrirá que este niño asociará el hecho de ser espontáneo en el hablar con el de ser una persona mal educada, que provoca las críticas de los demás y su rechazo. Cuanto más quiera ser él, más se esforzará en callarse, y sentirá más la necesidad de pedir permiso cuando tiene que decir algo. Pues todo lo que está prohibido va asociado a valores contrarios a los del yo consciente.

A este mecanismo opuesto de ambas estructuras se debe la dificultad de descargar el inconsciente por propia voluntad, porque cuanto más queramos conscientemente descargar lo que tenemos reprimido, con mayor fuerza estaremos presionando para no descargarlo. Algo similar a lo que nos ocurre cuando queremos dormir. El dormir no es un proceso consciente, sino que nos invade el sueño desde las zonas oscuras del inconsciente. Así se explica que cuanto más nos proponemos quedarnos dormidos, menos lo logramos, pues con nuestro acto consciente de voluntad estamos impidiendo que nos venza el sueño.

Esta dificultad que existe para la descarga consciente de las represiones es la causa de que casi todo el mundo sufra los efectos de una fuerte tensión psicológica, producto de todos los problemas y conflictos pendientes de solución y de todos los impulsos que no han encontrado salida. Y es interesante notar que el inconsciente no tiene edad. Es decir, que allí están presionando, no sólo las represiones más recientes, sino incluso las de nuestra infancia, que hoy consideraríamos ridículas, como el no pegar a un hermanito, o el no rebelarnos contra un insulto de un compañero porque nos veía un profesor, etc.

Técnicas
Exponemos a continuación una serie de técnicas para descargar la energía reprimida e incorporarla al consciente. Todas son difíciles de practicar, pero merece la pena el esfuerzo, pues el fruto empieza a recogerse desde el primer momento en que comienza a trabajarse, y es de primera calidad: conseguir la plena realización de nuestra personalidad natural. La aceleración del resultado que se obtenga está en proporción del trabajo interior. Aunque siempre es lenta, pues evidentemente no se puede soñar en conseguir arreglar en dos días lo que ha venido fraguando durante años. Toda obra de auténtica maduración interior es siempre lenta, aunque -repetimos- siempre en relación con la cantidad y calidad del trabajo que se realice. De él vamos a hablar a continuación. Entre las técnicas que exponemos, cada cual puede escoger la que considere más a su alcance, si bien no hay inconveniente en practicarlas todas simultáneamente.
Psicoanálisis
Es la técnica clásica, consagrada, diríamos, de descarga del inconsciente. Nos limitamos aquí a describirla muy brevemente para dar al lector que no la conozca una ligera idea de la misma. Pues como requiere la asistencia continua de un médico psicoanalista, es éste quien en cada caso particular da las instrucciones pertinentes.

En la sesión psicoanalítica, el paciente se tiende en un diván, y el médico asiste colocándose detrás, con el objeto de no despertar en su paciente ninguna sugerencia.

Se aconseja al paciente que comience a hablar dejándose llevar, naturalmente, por cuanto le venga de dentro, sin seleccionar lo que dice con ninguna clase de control mental consciente. La actitud debe ser de abandono a lo que surja de su interior. No importa que diga tonterías, que exprese deseos absurdos, alegrías incomprensibles, aparentes inmoralidades, lo que sea, con tal que todo proceda sin interferencias del dinamismo espontáneo de sus contenidos interiores. A medida que va aprendiendo a dejarse llevar por esta especie de abandono y no controla lo que sale para decirlo o callarlo, ni influye en escoger lo que ha de decir o hacer -pues también puede expresar sus impulsos con gritos, gestos, etc.-, van surgiendo las verdaderas represiones, que él mismo nota por la sensación especial que le producen, y que se van asociando, comenzando a fluir hacia el exterior una serie de inhibiciones de un mismo tipo, correspondiéndose con escenas a veces muy alejadas temporalmente pero que en el inconsciente se hallaban relacionadas. Suele haber dos etapas, una de transferencia positiva, en la que el paciente transfiere lo que sale de su interior al doctor, viendo en él al salvador de sus opresiones, al sabio que resuelve sus problemas, etc. Luego sucede a la anterior una etapa de transferencia negativa, y empiezan a surgir del inconsciente represiones en las que domina el aspecto negativo, rebajando la figura del doctor tanto como antes la había realzado.

De este modo, manteniéndose la persona en una actitud mental neutra, aunque consciente, en la que se da facilidad para que emerjan y se expresen todos los contenidos, se descarga la presión del inconsciente y a la vez se incorpora su energía al consciente, que se mantiene de continuo alerta y lúcido, terminando de vivir todas las cosas que habían quedado a medio vivir.

Los inconvenientes de la técnica psicoanalítica son de orden práctico: su extremada duración -tres sesiones semanales durante un espacio comprendido entre 2 a 5 años - y su consiguiente coste económico. Además requiere un buen psicoanalista, especialidad médica en la que escasean los profesionales.
Recreo
Es ésta una técnica en apariencia intrascendente y aun ridícula, pero quizá la más eficaz de cuantas exponemos en este libro.1
1. Esta técnica es una adaptación a nivel psicológico del Subud, técnica superior que parte del nivel espiritual, desarrollada en la obra de A. Blay La personalidad creadora.
Para evitar la extrañeza que pueda causar su descripción conviene que observemos lo que ocurre a los niños en las escuelas y lo que nosotros mismos hacíamos cuando teníamos pocos años. Después de unas horas de trabajo escolar en la clase, conteniendo los nervios y las ganas de jugar y, por lo tanto, de verdadera represión, especialmente los días en que la clase se hace más pesada y aburrida, los niños salen a recreo y, durante unos momentos, gritan, gesticulan, corren, saltan, hacen gestos incomprensibles, fuera de lo normal. Es que se ha estado violentando durante el tiempo de inmovilidad obligada la natural tendencia del niño a expansionarse. Es una energía acumulada que presiona. Cuando el dique que la contiene se abre, salta como un muelle que ha estado tenso y que repentinamente se suelta. Es una descarga espontánea y sana de la tensión acumulada.

Según hemos ido creciendo, desde nuestra infancia, han ido aumentando los motivos de contención de nuestros impulsos naturales, porque las obligaciones se han multiplicado, y las ocasiones que nos brindaban esas expansiones sanas y espontáneas han ido disminuyendo. Además hemos incorporado a nuestro yo-idea el ser personas formales, serias, educadas, concretando estos conceptos en un modo de comportarnos que pone aún más cortapisas a nuestra libertad de expresión. Somos así nuestros propios censores, y no nos permitimos continuar aquel recreo infantil que era a la vez descarga de la tensión acumulada: tememos al qué dirán, e incluso sentiríamos nuestro propio ridículo si nos pusiésemos a hacer algo semejante aun a solas. Y sin embargo, ahora tenemos tanta o mayor necesidad de recreo que entonces, pues ahora es mucho mayor la carga y la tensión acumulada.

Desde niños se nos ha enseñado a satisfacer en privado ciertas necesidades fisiológicas. Del mismo modo se nos debería haber enseñado a limpiar las represiones psíquicas de nuestro inconsciente. Como todo lo que goza del don de la vida, la energía psíquica necesita circular, moverse. ¿Qué le ocurriría a nuestro organismo si los alimentos se estancasen en el intestino? Constituirían un foco de infección que nos intoxicaría. Lo que comemos, o lo asimilamos o lo eliminamos. Los estancamientos, las retenciones constituyen un proceso antinatural que perturba todo el organismo.

Lo mismo ocurre con nuestras energías psíquicas, o sea, con nuestros impulsos y emociones: deben circular. Cuando por circunstancias especiales no pueden salir y expresarse, hemos de buscar el modo de eliminarlos. Y deberían habernos enseñado a hacerlo en privado, lo mismo que hacemos con las necesidades fisiológicas, pues se trata de una verdadera evacuación psíquica. Nos habríamos ahorrado el cúmulo insospechado de perturbaciones psíquicas que ponen en peligro el equilibrio nervioso y el pleno desarrollo de nuestra vida mental, sobre todo a medida que crecen nuestras obligaciones y responsabilidades, en la complejidad de la vida moderna.

La técnica del recreo consiste en volver a tener de nuevo unos minutos de aquel recreo natural de nuestra niñez, pero corrigiendo sus defectos. Pues nuestros gritos y gestos de entonces no eran plenamente conscientes, condición, como sabemos, necesaria en toda técnica de descarga e incorporación de energía.
Ejecución de la técnica de recreo:

Para practicar esta técnica conviene escoger una habitación relativamente tranquila, algo alejada, por tanto, de donde se encuentren otras personas. A oscuras o cerrando los ojos, para evitar que los contenidos que salgan se proyecten sobre los objetos que pueda haber en la habitación o aun sobre las paredes, en el caso de estar vacía.

Cumplidos estos requisitos ambientales que facilitan la eficacia del recreo, se empieza éste colocándose en la postura que prefiera en cada momento, sentado, de pie, tumbado en el suelo, etc. Eche por la borda todos los reglamentos sociales y todas las normas de cualquier índole, todo condicionamiento de ideas acerca de sí mismo, sobre la seriedad y respetabilidad de su persona, y cualquier prejuicio que surja en su mente: piense que va a hacer diez minutos de recreo, es decir, que durante este tiempo es completamente libre y puede hacer lo que se le antoje.

Debe decirse a sí mismo: «Mientras estoy aquí solo ¿por qué voy a tener necesidad de continuar obrando como si estuviera de cara a los demás? Voy a vivir mi verdad; voy a dejarme llevar de lo que me salga más espontáneamente de dentro, sin limitaciones de ninguna clase». Y situarse en aquella precisa actitud neutra de incontrol que facilite más la apertura de lo que presiona en su interior.

Déjese llevar entonces por lo que le venga en gana. Lo importante es que al principio no sepa hacer nada, porque estamos tan condicionados por nuestra actitud consciente de control continuo y autocrítica de lo que hacemos, que hemos perdido el sentido natural de expansión. Pero por poco que lo cultive y que trate de auscultar en su interior -¿qué siento? ¿qué me gustaría hacer? - notará una necesidad espontánea, por ejemplo, de bostezar, de llorar, de cantar, de saltar, de hacer muecas, etc. Se trata precisamente de dejarse arrastrar de esa necesidad que brota como unas ganas ciegas y cada vez más frescas y hondas de dar salida a cuanto tiene reprimido dentro.

No hemos de buscar sentido a lo que sale, por raro que nos parezca, pues es el efecto mecánico de la descarga de la energía reprimida. Del mismo modo que no buscamos sentido a los gestos y gritos de los niños que llegan al patio de recreo después de unas horas de contención, pues sus movimientos son el lenguaje directo de esa tensión acumulada; así, cuando en el ejercicio del recreo reencontramos nuestra voz interior sintonizando con nuestra presión inconsciente almacenada durante años, saldrán directamente los contenidos energéticos en forma de fuertes deseos de insultar, de protestar, de pegar: no hay ningún reglamento que prohíba hacer ni decir nada. No se puede imponer al acto de descarga ninguna crítica social ni valoración ética de ninguna clase. Lo más probable es que salgan más cosas desagradables que alegres, aunque también saldrán éstas. Cuando nos limpian una herida, no miramos si lo que hay en ella es feo o bonito. En el inconsciente lo mismo puede haber represiones de los instintos -de agresividad, sexualidad, etc. - que de amistades cordiales, afectos elevados y aspiraciones sublimes a los que hemos renunciado tal vez por espíritu de derrotismo, por la incomprensión de los demás, o por temor al ridículo.

Lo importante es: 1° la descarga interior, y 2° que mientras tiene lugar nos mantengamos atentos y conscientes como meros espectadores de lo que ocurre en nosotros, aunque tomando conciencia de que aquello que sale es nuestro, sintiéndonos vivirlo, dándonos cuenta de que somos nosotros quienes lo hacemos y porque así lo queremos, es decir, porque permitimos conscientemente la expresión de nuestras represiones. De este modo conseguiremos la descarga de la energía reprimida y a la vez su incorporación a nuestro psiquismo consciente, y quedará reforzada con ella nuestra conciencia de energía y nuestro sentido de propia seguridad interior.

Se pueden hacer tres sesiones por semana y cada sesión nunca deberá sobrepasar los diez minutos de duración, al término de los cuales, aunque no hayamos logrado que salga nada, debemos volver a la actitud de control consciente que mantenemos de ordinario. Ya que, si se prolonga más el ejercicio, podría convertirse en peligroso, amenazando una confusión entre la vida controlada conscientemente y la anarquía de nuestros impulsos incontrolados. Pero realizado en dosis pequeñas y teniendo cuidado al final del ejercicio de cerrar la puerta del inconsciente mediante un acto de voluntad por el que asumimos de nuevo el mando de nuestros impulsos y de nuestra vida psíquica, no tiene contraindicaciones.

Según vaya avanzando en la práctica del ejercicio, observará el lector que lo primero que empiezan a salir son emociones, sentimientos, impulsos, por ser éstos los que más presión ejercen en nuestro inconsciente. A medida que el inconsciente va quedando libre de esta presión emocional la vida afectiva se hace más fácil y espontánea, renovándose la vida de relación. Personas de afectividad reprimida, pierden su sequedad habitual y aprenden a manifestar afecto. Desaparece la timidez -impulsos reprimidos-, dando lugar a una sensación de propia seguridad en el trato con las demás personas, etc.

En la práctica del recreo hay un serio inconveniente: el de sus comienzos. Al principio, no sólo cuando se dispone uno a practicar la primera sesión, sino aun después de haber tenido ya varios recreos, se nota una extraña sensación de alarma. Como si en el interior surgiera una voz que dijera: «¿Qué vas a hacer? ¿Quién te ha engañado para persuadirte a practicar semejante estupidez? ¡Esto no es para mí, pues yo soy normal y no lo necesito! ¡Cuidado, que esto puede ser peligroso!», etc. Todas las excusas que se levantan en nuestra mente para no practicarlo cuando, por otro lado, nos disponíamos a hacerlo, o al menos estábamos inclinados a llevar a cabo este ejercicio, tienen su origen en el mecanismo de autodefensa de nuestro yo-idea. Porque el yo-idea ve amenazados sus valores en la nueva situación, que precisamente pretende actuar al margen de él, reacciona, despertando alarmas que envuelve en pretendidas razones. Hemos seguido el proceso de la práctica de este ejercicio en muchas personas y casi siempre aparece esta alarma cuyo único origen es el citado. Es necesario estar prevenido y no preocuparse.

A esta actitud -que puede surgir en cualquier momento, ya que el yo-idea se opondrá más cuando traten de salir las represiones que más se le oponen - se debe el que pasen incluso muchas sesiones sin conseguir que se tengan ganas de hacer nada. No se percibe que es el yo-idea quien impide adoptar la actitud de relajación mental necesaria para que cese el control habitual, y pueda abrirse el inconsciente.

Recuérdese que para que el ejercicio que estamos comentando sea efectivo y no cause el menor perjuicio en ningún sentido, es preciso que se cumplan ciertas condiciones:
1. Que la persona guarde en todo momento plena lucidez, siendo testigo consciente tanto de sí mismo como de todo cuanto vaya haciendo durante el ejercicio. En el caso de que observe que esta claridad mental disminuye, aunque sólo sea por breves instantes, entonces reduzca el tiempo del ejercicio a cinco minutos. Y si aun así observa el mismo fenómeno, reduzca también el número de sesiones a una sola semanal.

2. Que ni durante el ejercicio ni finalizado el mismo trate de criticar, juzgar o valorar nada de lo que haya podido hacer, sentir o pensar durante la sesión. Esta práctica, en efecto, no trata de estimular en ningún sentido la tendencia a la introspección ni a la teorización sobre sí mismo.

3. Que una vez finalizada una sesión de recreo se vuelva a la actitud de control que se tiene habitualmente con un definido acto de voluntad, y que por ningún concepto se deje llevar la persona durante el día de ninguna manifestación negativa de sus impulsos, sea en su trato con las demás personas, sea estando a solas.
Practicado así, con discernimiento, este ejercicio es excelente tanto para la progresiva toma de conciencia de energía reprimida en el inconsciente como para neutralizar los estados de tensión que nuestra agitada vida moderna tiende a producir inevitablemente en todos nosotros.
La abnegación o sobreesfuerzo
Todos tenemos el hábito de desenvolvemos dentro de unos círculos limitados de actividad y cuando alcanzamos el límite habitual de estos círculos sentimos la necesidad de descansar o de variar el tipo de actividad. Esto no ocurre en todo cuanto hacemos, sea de tipo físico, afectivo o mental. Después de un tiempo de intensa expresión de afectos, notamos que la energía afectiva disponible se ha consumido y desaparece nuestra predisposición a seguir con tal actividad. Cuando hemos estado trabajando intelectualmente el tiempo habitual, nos cuesta seguir concentrados e interesados en el mismo tema. En el aspecto físico ocurre exactamente lo mismo: una vez llegados al límite acostumbrado de actividad sentimos la imperiosa necesidad de descansar o de dormir. Pero en todos estos casos, si a pesar de la resistencia sentida seguimos realizando el esfuerzo, a partir de ese momento la energía que gastamos proviene de las reservas de nuestro inconsciente.

Ilustraremos la idea con otros ejemplos:
-Tenemos que hacer una caminata. Llega un momento en que nos encontramos cansados, pero las circunstancias nos obligan a continuar. No nos caeremos, sino que, a pesar de la fatiga, seguiremos adelante. Llegará un momento en que nos sentiremos extraordinariamente fatigados, no obstante, si no hay más remedio, aún continuaremos andando. Es posible hacer una serie de esfuerzos suplementarios que producen una actualización de energía suplementaria también. El primer esfuerzo provenía del consciente, y era el gasto habitual de energía, pero cada uno de los suplementarios saca sus fuerzas de los recursos de reserva del inconsciente.

- Cuando en la esfera profesional trabajamos hasta el cansancio y luego nos obligamos a continuar, la energía que consumimos en hacer este esfuerzo suplementario nos llega del fondo de nuestro inconsciente. Y los sucesivos sobreesfuerzos producen la descarga de la energía reprimida en el inconsciente.

- En el nivel afectivo; los prometidos y los casados no siempre están igualmente dispuestos para la vida afectiva. Nos referimos al sentimiento, no a la sexualidad propiamente dicha. Hay días o momentos en los que uno se siente seco, con dificultad para expresar su afecto y aun para vivirlo de modo sensible. O también, después de largas demostraciones de afecto, llega un instante en que parece que la actitud afectiva, de interés manifestado llega a su límite, se agota. Entonces continuar en aquella disposición afectiva con la misma sensibilidad, aunque cueste sentirla y no llegue a experimentarse apenas es un sobreesfuerzo afectivo.

Como se ve, el sobreesfuerzo puede hacerse en cualquier tipo de actividad, sea física, como el andar o el trabajo corporal; intelectual, como el estudio; social, como la dedicación al bien del prójimo, o afectiva, como las demostraciones de cariño a los familiares. Lo que importa siempre es traspasar el límite de la energía que solemos consumir habitualmente, para utilizar la de reserva, que se nutre del inconsciente.

Para que esta descarga del inconsciente sea constructiva, es decir, para que aumente nuestra riqueza personal de energía consciente sin causar perjuicio, es necesario que el sobreesfuerzo se lleve a cabo con entusiasmo, con atención dedicada y alegre. De otro modo, si sólo se realiza a fuerza de energía de voluntad, puede producir una crispación y excitación nerviosa. Así que, la afectividad tiene un importante papel en el sobreesfuerzo, pues suaviza el aspecto subjetivo de dificultad, que es el que causa la crispación.

Con la técnica del sobreesfuerzo lo mismo puede conseguir la limpieza psíquica la madre que cuida a su hijo, la sirvienta que se ocupa en las faenas domésticas, que el hombre de negocios o la enfermera. Es indiferente la actividad. Lo esencial es la dedicación total precisamente cuando llega la fatiga, y la alegría y el entusiasmo que suavizan el esfuerzo y permiten que esta entrega de sí mismo a la tarea pueda mantenerse indefinidamente, convirtiéndose ya en un estilo personal de vida.
La atención total
Otra forma mucho más recomendable de practicar el sobreesfuerzo consiste en aprender a permanecer del todo presente a lo que se hace, como si en cada momento lo que se está haciendo fuera lo más importante del mundo y de nuestra vida.
Solemos vivir en una actitud displicente, sin poner atención en las cosas que hacemos, ni en lo que nos rodea. Y guardamos el estar muy despiertos y atentos para los momentos solemnes.

Es esto tan cierto que no hay más que observar a la gente que anda por las calles, que va en tranvías, autobuses, metro, etc.: a pesar de lo difícil que resulta hoy día el tránsito en una gran ciudad y la multitud de reclamos a la atención que nos asedian por todas partes, la mayor parte parecen medio sonámbulos. Y es que difícilmente vivimos con toda la presencia de ánimo y conciencia de nosotros mismos en cada cosa. Nadamos por encima, en una actitud de ir tirando, siguiendo la ley del mínimo esfuerzo, como llamas que se van extinguiendo. A no ser que un tipo de trabajo o unas circunstancias nos obliguen a chocar continuamente con las situaciones reclamando nuestra constante atención, vivimos medio dormidos. En la medida en que no estamos del todo presentes a lo que hacemos, somos arrastrados por la rutina y la inercia. Los hábitos, los condicionamientos que tenemos dentro, producto de las experiencias pasadas, son los que en tales condiciones nos conducen. Ahora bien, es imposible crear nada si no está uno del todo presente con entera lucidez y atención interna y externa.

Si aprendiéramos a estar totalmente presentes a nosotros mismos, haciendo uso de nuestra condición humana dotada de conciencia de sí misma y de inteligencia, tan despiertos como si en cada momento nos jugáramos la vida en lo que entonces hacemos, eso significaría actualizar al máximo la energía consciente y vivir cada cosa con el máximo de energía interior presente. Y este vivir en el máximo constantemente produciría un gasto de energía superior al consumo ordinario, que habría de proceder de los fondos del inconsciente. Al mismo tiempo, con esta actitud de estar plenamente despiertos conseguiríamos obtener un rendimiento óptimo en cada una de nuestras actividades.

Esta atención continua y presencia de uno mismo no tiene por qué abandonarse ni en las horas de distracción ni en las de descanso. Mientras no durmamos, podemos sin esfuerzo físico alguno ser del todo conscientes. Y no sólo podemos, sino que lo absurdo es abdicar ni un instante siquiera de esta prerrogativa humana. El descansar nada tiene que ver con estar amodorrados. Se puede descansar perfectamente permaneciendo lúcidos y gustando así mejor el placer del mismo descanso, como indicamos al hablar de la relajación consciente.

La técnica de la atención total ha de practicarse en cada momento presente. No se puede relegar a un «mañana» o «más adelante». Si no desarrollamos toda nuestra capacidad ahora, no esperemos hacerlo mañana ni dentro de tres meses, pues lo único que poseemos es el instante presente, y el desarrollo que tengamos ya conseguido mañana ha de haberse efectuado hoy.

La técnica de la atención, como la del sobreesfuerzo, tiene la ventaja de que no exige condiciones externas, y es compatible con todas las actitudes particulares e individuales y con todo tipo de trabajo y actividad. Todo se realiza en el interior: en un estado interior de propia presencia y lucidez hacia dentro y hacia afuera a la vez. Sin tensión alguna, sino en la más completa relajación corporal y mental, la persona vive abierta percibiendo y siendo consciente conjuntamente de sí misma y de lo que le rodea, física y espiritualmente.
La autosugestión
Las represiones que cada uno de nosotros tenemos se deben a la orden de censura dada por nuestra mente consciente a nuestros impulsos. O sea que junto a cada impulso o sentimiento reprimido hay también una representación mental reprimida, es decir, una idea. Al hablar de las experiencias recordará el lector que explicamos la estrecha relación existente entre experiencias y condicionamientos: la repetición de las experiencias, sobre todo de las profundas, produce condicionamientos positivos o negativos, según lo sean aquéllas. Si sólo hubiéramos vivido experiencias positivas, estaríamos condicionados para todo positivamente; habríamos desarrollado todas nuestras capacidades de un modo positivo, y nunca habríamos reprimido ninguna frustración. Si por el contrario sólo hubiéramos tenido experiencias negativas, nuestra vida sería un complejo de miedos y frustraciones que nos harían la vida imposible, pues la vida es afirmación y, si sólo se viven negaciones, en realidad no se vive. Pero esos casos extremos no existen. En los estados intermedios, que son los de todos nosotros, en que andan mezcladas ambas clases de experiencias, lo único que nos impide vivirnos plenamente son los condicionamientos producidos por las experiencias negativas que están actuando desde dentro: condicionamiento que equivale a idea, pues es un concepto minorizado de nosotros mismos en los terrenos concretos en que se han tenido esas experiencias.

La conducta en todos los momentos a, b, o c, es siempre la resultante de un impulso (o energía actualizada), que se manifiesta en un nivel concreto de nuestra personalidad -cualquiera desde el físico al espiritual- y de una idea que da al impulso la forma, la dirección, el sentido. La idea es, por lo tanto, la que conforma la conducta.

Las ideas negativas efectúan de modo mecánico un bloqueo de la energía y las positivas una apertura.

Los condicionamientos negativos nos impiden vivir nuestra plenitud, porque nos hacen creer que somos incapaces de vivirnos mejor. Siempre que nos han dicho: «No harás nunca nada», «eres un inútil», aunque ahora nos riamos de ello, han introducido en nuestro interior una sugestión que ha producido un bloqueo real de nuestra energía.

Claro que aparte hemos desarrollado nuestras capacidades y tenemos muchas experiencias que nos afianzan en que podemos hacer a, b, o c. Y además hemos desarrollado otras ideas positivas. Pero las negativas continúan todas dentro, formando un mundo aparte. Por eso unas no anulan las otras y nos encontramos en ciertos momentos muy valientes, capaces de hacerlo todo y en otros desalentados, dudando de nuestro valer y llenos de temores como si nos creyésemos unos incapaces. Este miedo sólo procede de las ideas negativas asociadas a la energía reprimida.

En resumen podemos considerarnos, desde un punto de vista dinámico, como un sistema de energías, y desde un punto de vista mental como un tinglado de ideas. La idea es el molde y la energía la pasta que circula por ese molde.

Bases de la técnica de la autosugestión
Esta técnica tiene por objeto aprender a neutralizar las ideas negativas. Si consiguiésemos neutralizarlas todas, desinhibiríamos por completo la energía reprimida que va asociada a dichas ideas negativas.

Quién más quién menos el hombre moderno ha oído hablar mucho de la autosugestión y es corriente verle adoptar una actitud recelosa o despectiva respecto de ella, actitud que se debe al desconocimiento o a las ideas superficiales y equivocadas.

Durante toda la vida nos hemos estado formando por sugestión. En efecto, ¿qué es la sugestión? Tan sólo introducir una idea dentro de la mente, que luego al descender a la mente inconsciente produce unos efectos automáticos. Toda idea que no vaya acompañada de demostración o que no sea evidente por sí misma nos entra por sugestión. ¿Cuántas de las cosas que nos han enseñado nos las han demostrado?, de las que leemos en los periódicos, ¿cuántas hay que son demostradas o evidentes? Sería curioso hacer un inventario de todas las cosas de las que estamos seguros por evidencia propia. Se vería que las que consideramos normalmente como ideas nuestras, nos han venido del exterior y las hemos aceptado sin más por afinidad con un deseo o con un estado de ánimo. Pero las ideas fundadas en razones puramente intelectuales, es decir, deducidas mediante un sólido raciocinio o evidentes, percibidas inmediatamente de modo intuitivo, apenas si podríamos contarlas con los dedos de la mano.

Incluso cuando estamos pensando del modo más racional no nos damos cuenta de que las ideas que estamos manejando no son nuestras, sino que la mayoría de las veces nos estamos apoyando en afirmaciones de otros. Al aceptar esas afirmaciones que no son nuestras ni están demostradas, lo que hacemos es mezclar ideas ajenas con otras propias y colocar al final la patente de propiedad.

Nuestra vida es, pues, un tejido de sugestiones positivas y negativas. Sólo que han entrado en nuestro interior a pesar nuestro. Pero ahora se trata de aprovechar la oportunidad que tenemos de utilizar a voluntad el condicionamiento que pueden producirnos las ideas, y autosugestionarnos. Basta para ello que seleccionemos las ideas que queremos que nos condicionen, que deberán ser sobre todo las que consideramos nuestra verdad y hacer que entren en nuestro interior para que esta verdad se traduzca en conducta.

Está en mi mano, por lo tanto, elegir y determinar cuáles han de ser mis estados y mi conducta. Debo escoger ideas claras, positivas, profundas, fijarme bien en ellas y situarlas en mi interior. Estas ideas se convertirán automáticamente, a pesar mío, en la disposición de ánimo y en la manera de reaccionar y de conducirme correspondiente.

Se advertirá en seguida que lo que aquí decimos acerca de la autosugestión no coincide con la autosugestión tan divulgada que ha llegado a nuestros oídos bastante desprestigiada. Antes bien este tipo de autosugestión es un arma formidable y un poderoso instrumento de trabajo interior y exterior. Piense el lector que toda conducta, todo estado es siempre el resultado de unas ideas fijadas en nuestra mente consciente o inconsciente, y que el hombre en definitiva se conduce ordinariamente, obra y se expresa en la medida que sus ideas se lo permiten. Por lo tanto, hacer penetrar ideas como aquí pretendemos es modificar conductas.

La fuerza del condicionamiento que produce una idea depende de la profundidad con que ésta ha calado y se ha instalado en el inconsciente de la persona. Cada condicionamiento nuevo se coloca sobre los antiguos, por lo tanto los nuevos condicionamientos que refuerzan los antiguos aumentan su potencia, y su eficacia. Todo el problema de autocondicionarnos de forma que cambien de raíz los viejos condicionamientos estriba en dar con el modo de hacer penetrar ideas hasta el fondo de nuestra mente. Si introducimos muchas ideas, pero sólo en la superficie o en planos intermedios, de momento nos deslumbrarán, pero pronto se irán sobreponiendo las antiguas y las nuevas terminarán desapareciendo. Repetimos que la eficacia del condicionamiento está en relación directa a su profundidad.

Cómo conseguir que las ideas profundicen
Nuestro modo de pensar habitual no llega nunca al inconsciente. Prueba de ello es, por ejemplo, el esfuerzo que nos cuesta recordar tantas cosas: pasa el tiempo y no sube el recuerdo pedido al archivo de nuestra memoria, montada en nuestro inconsciente. Si estuviera en nuestra mano penetrar allí, inmediatamente obtendríamos la respuesta deseada.

Pero hay un procedimiento a nuestro alcance para llegar hasta el inconsciente. Si en el momento en que estamos sintiendo un impulso, una emoción, un deseo, una vivencia cualquiera muy viva, nos hallamos atentos, observaremos que estas vivencias surgen del inconsciente. Manteniendo con viveza el sentimiento, la emoción, tenemos, por lo tanto, un puente abierto entre nuestro consciente y nuestro inconsciente. Y si entonces asociamos a dicha emoción una idea, esta idea llegará hasta el inconsciente a caballo de la emoción. Cuanto más fuerte sea el sentimiento, más profundamente penetrará y con ella más hasta el fondo se introducirá la idea.

De todo lo dicho se desprende que los requisitos que debe reunir la autosugestión para que sea eficaz son:
-Que la idea con la que tratamos de sugestionarnos sea positiva, básica y simple. Ya queda explicado el significado que damos al adjetivo «positiva». Por básica entendemos toda idea de una cualidad fundamental positiva: energía, seguridad, buena disposición, afecto, etc.; no serán, por tanto, cualidades que no dependa de nosotros poseer, como la riqueza, el arte de pintar, etc. Y aún las básicas debemos proponérnoslas en forma positiva. Así, no debemos decirnos: no tendré miedo, no quiero ser débil, etc., porque el inconsciente lo único que recibe dentro es la vivencia asociada al sustantivo, no el «sí» o el «no», y la vivencia que va asociada a la palabra débil es la debilidad, que deja dentro su resonancia. Por lo tanto, sólo debe hacerse hincapié en el aspecto positivo de la cualidad básica: «tengo decisión, iniciativa, seguridad, etc.».

Hemos dicho además que la idea debe ser simple. Es decir, expresada en una sola palabra, de forma corta y sin argumentarla. El inconsciente es ciego, no entiende de razones. Hay que ir directamente a lo esencial, sin perderse en derivaciones de la cualidad: cuanto más básica sea, será más simple y también más nuestra, más verdadera.

- Entramos así en otra cualidad de la idea sugestionada: que sea verdadera. El ser básico ya lo implica, pues las cualidades básicas las tenemos todos. Pero aquí nos referimos además a que tenga una veracidad actual respecto de nosotros. Por ejemplo, una persona que se muera de miedo ante cualquier cosa, no puede decir: yo soy valiente, sin que en el consciente surja una réplica que lo desmienta. Se necesita, por lo tanto, que la verdad formulada lo sea tanto para el inconsciente como para el consciente. En el caso citado de la valentía, así es cierto afirmar: «yo quiero ser valiente», o «me gustaría ser valiente». Las cualidades básicas las tenemos todos, pero no actualmente en el grado más elevado. Por eso mismo debe prescindirse de grados y afirmarla absolutamente, ya que entonces es completamente cierta. Entonces lo único que resuena para el inconsciente es la cualidad, y por otro lado, el consciente no tiene más remedio que reconocer que es cierto.

- Es preciso también que la idea de la cualidad que queremos instaurar en nuestro inconsciente provoque la vivencia y la emoción de la cualidad. Si quiero introducir la idea de que «yo soy energía», al decir «energía» he de despertar en mí la resonancia que produce esta palabra: «energía», «energía»..., no precisamente la palabra, sino la resonancia viva encerrada en ella. Para mí, la energía tiene una significación no sólo intelectual, sino vivencial, evocando quizá un momento concreto en que me he sentido muy lleno de energía, o tal vez la sensación de energía que me han producido escenas que he presenciado. Esta vivencia es la que tengo que renovar y sentir con todo el entusiasmo e ilusión que encierra la palabra «energía» movido por las ganas que tengo de poseerla. Cuando logremos vivenciar la idea, actualizando y manteniendo al máximo el sentimiento que provoca, y en los instantes de mayor intensidad vivencial repitamos: «yo soy energía», tomando conciencia con la mayor atención posible de este complejo idea-emoción, entonces la cualidad de ser enérgico irá calando en el fondo del inconsciente. Hay que repetirla muchas veces, sosteniendo cuanto tiempo sea posible la vivencia, para afianzarla más profundamente.
Conviene trabajar con una sola cualidad durante unos quince días seguidos, dedicando cada día 7 u 8 minutos a la técnica de la autosugestión. Y el resto del día no preocuparse más. El cambio vendrá por sí solo automáticamente. Con el mismo automatismo con que ahora obramos en virtud de los condicionamientos adquiridos anteriormente. Pronto nos sorprenderemos obrando y sintiendo de acuerdo con las ideas autosugestionadas.

Hay que escoger los momentos del día en que uno se sienta más tranquilo, siendo los mejores los anteriores al sueño, con tal que uno se mantenga del todo despierto aún. Son instantes muy propicios a la evocación, pues la mente consciente empieza a perder el control. Pero si es necesario, para no dormirse, en vez de estar tumbado, se colocará sentado con comodidad. Todo con el objeto de procurar que se tenga una noción clara y viva de la cualidad.

Como habrá visto el lector, no hemos hablado para nada y hasta hemos excluido como ajeno a la verdadera sugestión el intento de adquirir mediante ella cualidades que son relativas, como el querer ser más importante que otros o buscar cualidades que exigen un adiestramiento. Hablamos sólo de aquellas que consisten en estados internos, es decir, cualidades básicas. El dudar que poseemos éstas o creer que las tenemos en grado muy restringido, es siempre un error. Todo hombre tiene una capacidad natural respecto de las cualidades básicas y puede siempre también desarrollarlas. La duda proviene de la comparación que establecemos con los demás. Y éste es uno de los serios errores que cometemos. Pues nosotros, independientemente de los demás, ante todo somos lo que somos. Somos empuje de vida, deseo de superación, inteligencia, energía biológica y psíquica, etc. Luego, en un tiempo mental segundo, vivimos, nos relacionamos. Si a partir de aquí empezamos a tender un puente de comparación con los demás y llegamos a considerarnos superiores o inferiores respecto a ellos, porque unos aparecen con más cualidades o con menos que nosotros, esto no quita el que nosotros las tengamos. Pero es que insistimos tanto en el término externo de la comparación que llegamos a minusvalorarnos porque nos definimos sólo por la comparación en lugar de hacerlo por nosotros mismos.

Lo que soy yo por mí mismo, es lo sustantivo, lo mío; lo que soy por comparación, es lo adjetivo, en lo que no tengo por qué insistir. Cuando, por ejemplo, una persona está acomplejada de ser tonta es porque se adhiere a la verdad de que es menos inteligente que otra para definirse a sí misma, como si este menos fuera su sustantividad, su realidad, sin vivir primero la inteligencia que sin duda es. Lo correcto consiste en vivir primero lo que uno es, en este caso la inteligencia, pequeña o grande, pero tomando plena conciencia de ella para vivirla toda. Si yo llego a tener conciencia y vivo de modo permanente lo que soy, entonces podré compararme y veré que soy de tal modo y que los otros son en esa cualidad más o menos. La comparación no me aplastará ni me hinchará, pues no me apoyaré en ella, sino sobre la vivencia positiva, cierta y verdadera de lo que yo soy, evitando la confusión de tomar lo accidental como si fuera sustantivo y esencial. Sólo nos resta añadir que el origen de este mal está en que la persona no se vive a sí misma más que parcialmente, por haber tenido experiencias negativas, o represiones en aquella cualidad.
1   2   3   4   5   6   7

similar:

Todos vivimos por debajo de nuestras verdaderas sensibilidades. Pero son tan sólo unas cuantas las personas que realmente se dan cuenta de ello y, en iconLiderazgo, símbolos, que generan climas de trabajos propios de ellas;...

Todos vivimos por debajo de nuestras verdaderas sensibilidades. Pero son tan sólo unas cuantas las personas que realmente se dan cuenta de ello y, en iconPepe Rodríguez
«Reyes Magos» sólo habló el texto de Mateo, pero es tan poco lo que se dice de ellos que las tradiciones posteriores tuvieron que...

Todos vivimos por debajo de nuestras verdaderas sensibilidades. Pero son tan sólo unas cuantas las personas que realmente se dan cuenta de ello y, en iconVivimos creyendo que somos libres, y de esta forma intentamos no...

Todos vivimos por debajo de nuestras verdaderas sensibilidades. Pero son tan sólo unas cuantas las personas que realmente se dan cuenta de ello y, en iconSi bien muchas de las teoría son buenas solo tres podrían ser las...

Todos vivimos por debajo de nuestras verdaderas sensibilidades. Pero son tan sólo unas cuantas las personas que realmente se dan cuenta de ello y, en iconMarco de referencia – Objetivos generales
«20/20/20» en materia de clima y energía (incluido un incremento al 30 de la reducción de emisiones si se dan las condiciones para...

Todos vivimos por debajo de nuestras verdaderas sensibilidades. Pero son tan sólo unas cuantas las personas que realmente se dan cuenta de ello y, en iconContenido
«aritmética de las siete operaciones», queriendo subrayar con ello que a las cuatro operaciones matemáticas conocidas por todos,...

Todos vivimos por debajo de nuestras verdaderas sensibilidades. Pero son tan sólo unas cuantas las personas que realmente se dan cuenta de ello y, en iconSon las segundas infecciones más frecuentes, solo por detrás de las del aparato respiratorio

Todos vivimos por debajo de nuestras verdaderas sensibilidades. Pero son tan sólo unas cuantas las personas que realmente se dan cuenta de ello y, en iconEl número de víctimas por asesinato en España es de unas 200 personas...

Todos vivimos por debajo de nuestras verdaderas sensibilidades. Pero son tan sólo unas cuantas las personas que realmente se dan cuenta de ello y, en iconResumen Las ecuaciones de Maxwell reúnen cuatro expresiones que dan...

Todos vivimos por debajo de nuestras verdaderas sensibilidades. Pero son tan sólo unas cuantas las personas que realmente se dan cuenta de ello y, en iconEl aparato reproductor de las hembras de los pájaros domésticos y...
«Centro de la Sexualidad», ubicado en el hipotálamo y en las glándulas germinales. Estas neurosecreciones son conocidas como factores...




Todos los derechos reservados. Copyright © 2019
contactos
b.se-todo.com