Todos vivimos por debajo de nuestras verdaderas sensibilidades. Pero son tan sólo unas cuantas las personas que realmente se dan cuenta de ello y, en




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6. LA INGENTE ENERGÍA ASOCIADA A NUESTRA IMAGEN DEL MUNDO EXTERIOR

La curiosa decisión de nuestra mente consciente
Como hemos dicho repetidas veces a lo largo de este libro, la energía psíquica es el poderoso combustible que nos hace funcionar en todos los niveles.

Si esta energía se expresa a través del nivel físico, da lugar a los impulsos y necesidades instintivas: necesidad de descanso, hambre, necesidad sexual, etc. Cuando se manifiesta a través del nivel afectivo produce una sensibilidad específica para todo lo emotivo, tanto en el aspecto centrífugo -necesidad de expresar afecto, de expansiones- como en el centrípeto -necesidad de recibir afecto, de sentirse estimado-. Y si la energía se expresa a través del nivel mental, causa todos los impulsos que vitalizan este nivel: necesidad de adquirir -curiosidad intelectual- y de aplicar y comunicar el propio saber. Todo ello son formas cualitativas de nuestra energía.

La energía también nos sirve para tomar conciencia de nosotros mismos. Nos sentimos vivir en la medida en que circula energía: a mayor cantidad de energía circulante, nos sentimos vivir de modo más intenso y real y vivimos las cosas con mayor cercanía y relieve. Es éste el aspecto cuantitativo de la energía.

Lo que acabamos de decir aparece muy claro en los casos de enfermedad: en el enfermo baja el tono vital y pierde interés por el mundo exterior, por la gente, por sus actividades profesionales, etc. A medida que se agrava la enfermedad, se va desinteresando de todo, como si lo exterior se difuminase hasta borrarse. Luego, cuando vuelve a recuperarse, no sólo se va sintiendo más fuerte; al mismo tiempo va cobrando curiosidad por las cosas, que de nuevo adquieren para él mayor realidad. Las cosas, pues, aumentan o disminuyen para nosotros su realidad proporcionalmente a la energía que circula en cada instante por nuestro psiquismo consciente.

Pero además, entre la variedad de cosas externas percibimos mejor las que se relacionan con nuestros niveles más vitalizados de energía. Si ésta circula intensamente por el nivel afectivo, nos interesa más todo lo relacionado con la vida afectiva. Por eso en la adolescencia tiene prioridad lo afectivo sobre lo intelectual. Y luego, según se acerca la madurez, la vida afectiva pierde terreno y lo recupera la intelectual. Por la misma razón unas personas dan gran importancia a cosas que para otras pasan inadvertidas: el asceta que ha hecho circular mucha energía por sus niveles espirituales vive con gran realismo los más pequeños incidentes de su vida espiritual, mientras el atleta no percibe tal vez la importancia que puedan tener, pero sí está muy atento a los menores detalles de su forma física.

Los estímulos que ponen en acción nuestra energía, proceden de dos fuentes: de una interior, el impulso vital primario que da lugar a las necesidades básicas en los distintos niveles y que se especifica individualmente conforme al temperamento y a las condiciones concretas de vida; y otra exterior, el medio ambiente: un coche lujoso, una joven bonita, un paisaje bello, una obra de arte, un libro interesante son objetos que movilizan la energía desde el exterior provocando reacciones en distintos niveles de nuestra personalidad. Nuestra energía se actualiza, pues, de forma espontánea o como respuesta a un estímulo externo.

El exterior nos llega a través de los sentidos: la vista, por ejemplo, capta las imágenes visuales de las cosas. Cada imagen provoca en nuestro interior una reacción, consistente en cierta descarga de energía asociada a los valores que despierta aquella imagen. Por ejemplo, veo un cuadro; las sensaciones de belleza, de armonía, de vigor, de plasticidad que me produce son reacciones despertadas por la imagen, pero estas reacciones tienen lugar gracias a la energía que se desencadena en mí en el nivel estético afectivo, como respuesta ante aquel estímulo. Según esto, nunca percibimos directamente la realidad, las cualidades, la fuerza que tienen las cosas. De las cosas, de la gente, de las situaciones, etc., sólo captamos la representación sensible, y todas las cualidades que creemos ver en ellas no son más que el resultado de nuestra descarga de energía interior, actualizada por esa representación sensible. Pero la energía interior, al actualizarse en cada experiencia puede seguir dos caminos. Uno que va a parar al centro nervioso y psíquico que yo vivencio como mi «yo»: si me enfado, el sentimiento de ira que experimento -que es una actualización de mi energía en el nivel afectivo- va asociado a mi centro en donde yo me vivo a mí mismo, en donde veo que ese sentimiento es mío, que lo siento yo: -yo tengo ira. Y otro camino que conduce al centro donde percibo las cosas del exterior, que vivencio como «no-yo»; por ejemplo, en el caso de contemplar un cuadro, de ver a una persona, etc.: las cualidades que percibo en ellos - también vivenciación de mi propia energía en el nivel correspondiente -las considero no-yo, a pesar de que la energía que percibo en esta vivenciación es tan mía como la anterior.

Así, pues, mi energía se escinde dirigiéndose y agrupándose en torno a dos centros separados entre sí: el centro de mi yo, en el que toda la energía está actualizada como mía, y yo he tomado conciencia de ella; y el centro del no-yo, en el que se centra mi energía que he vivenciado como no-mía, porque la asociada a imágenes del no-yo o mundo externo. De esta última no he tomado conciencia común mía, sino como no-mía, y, por lo tanto, no ha aumentado mi noción de fuerza y seguridad.

Las cualidades que apreciamos en el exterior son nuestras
Las cosas exteriores provocan en nosotros una descarga de energía unas veces intensa, otras, débil. Hay momentos en que vivimos lo exterior como lo más real e importante. Por ejemplo, si voy a ver un partido de fútbol, en las jugadas culminantes estaré pendiente de lo que sucede en el campo y la situación del no-yo será para mí mucho más real que la del yo, hasta el punto de que si entonces alguien quiere hablarme, no le haré el menor caso: en aquellos momentos, el mundo exterior me tiene hipnotizado, es decir, que la energía se está actualizando toda ella con gran intensidad en el centro psíquico o foco mental en que percibimos el no-yo, lo exterior.

En otros momentos vivirnos con mayor intensidad el yo. Por ejemplo, cuando nos sentimos más ofendidos, no queremos avenirnos a razones ni saber nada de circunstancias atenuantes; sólo sentimos la necesidad de descargar nuestra vivencia colérica expresándola en forma de una enérgica protesta: la energía se centra con intensidad en el núcleo en que nos vivimos como yo. Ambos fenómenos son efecto de una fuerte descarga de energía interna.

Esto nos lleva a la siguiente conclusión: que toda la energía que somos capaces de apreciar en el exterior es sólo la proyección de nuestra propia energía y no proviene nunca del objeto externo. La seguridad y la firmeza que creemos percibir en una persona a la que consideramos de mucho carácter, no son cualidades que ella posea, sino nuestras: es nuestra respuesta ante un estímulo externo. Pero como van asociadas a la imagen de aquella persona, nos parece que son de ella. Lo mismo ocurre con todas las cualidades básicas, con los estados de conciencia, y con los modos de ser y de sentir: no percibimos nunca la cualidad interna de los seres externos a nosotros, únicamente percibimos su imagen, y reacciones ante esta imagen. La realidad de la cualidad que percibimos la ponemos toda nosotros mediante la energía de nuestra reacción. Pero no nos damos cuenta de que la cualidad se produce en nuestro interior, porque como la vemos asociada a la imagen que determina el estímulo externo, creemos que lo que percibimos es directamente lo de fuera.

Insistimos en que todas las cualidades que admiramos en cualquier persona, en cualquier realidad del orden que sea, todos los valores intrínsecos, naturales, básicos, todos los estados internos que admiramos son nuestros. No quiere decir esto que fuera no tengan también existencia. Lo más probable es que la tengan y quizá por ello su imagen es capaz de despertarlos en nosotros. Pero sea de esto lo que fuere, lo que sí es seguro es que cuando yo percibo, lo que vivo, lo que atribuyo a los demás, es del todo mío, porque es producto de la descarga de energía que se produce en mí.

Vamos a detenernos a aclarar estas ideas con algunos ejemplos:

Cuando estoy admirando a una persona por la inteligencia que percibo en ella -la inteligencia que intuyo directamente, no la que deduzco pueda tener-, independientemente de que esa persona sea o no muy inteligente -y es muy probable que lo sea- toda la inteligencia que estoy viendo en ella es mía. Porque me doy cuenta de que aquella persona es inteligente e intuyo su inteligencia mientras habla, gracias a mi capacidad de entender, es decir, gracias a mi propia inteligencia, que para abarcar el grado de las demás ha de dilatarse hasta ese mismo grado. Pues si dicha persona expresase algo en un nivel de inteligencia más elevado del que yo soy capaz de alcanzar, aquello no tendría para mí ningún sentido. Por eso nuestra afirmación se extiende a decir que tenemos toda la inteligencia que somos capaces de intuir directamente, no la que deducimos cuando, por ejemplo, por el hecho de no entender lo que explica una persona creemos que se debe a que es muy inteligente, o más cultivada que nosotros.

Así, pues, resulta que nos hemos pasado la vida admirando a muchas personas por sus excepcionales dotes y cualidades de toda índole, por su vigor interior, su seguridad, su optimismo, su confianza, su delicadeza, su afectuosidad, etc., y en resumen de cuentas todas estas cualidades han sido siempre nuestras. De nuestra profunda realidad hemos vivido, pues, una parte a nombre propio, la que se ha polarizado en el centro de nuestro yo, y otra parte muy importante a nombre ajeno, la que hemos adjudicado a las cosas y a las personas, al no-yo. Ha sido una larga historia de renunciaciones sucesivas a lo que es nuestro: desde nuestra niñez hemos asociado a la imagen de las personas que nos han rodeado -nuestros padres, y los maestros y amigos que han arrastrado más nuestra admiración- cualidades y valores eximios, y en nuestro interior hemos deseado muchas veces haber tenido la suerte de poseer nosotros lo mismo que admirábamos en ellos, conformándonos con reconocer que era un sueño imposible. Y, sin embargo, esos valores y esas cualidades habían salido de nosotros, eran desde el primer momento patrimonio de nuestra personalidad. Sólo que en vez de vivirnos a nombre nuestro los vivíamos como ajenos, polarizando su actualización en el núcleo o centro del no-yo.

Queremos insistir en que hablamos sólo de cualidades que percibimos directamente, sintiendo o entendiendo lo que vemos fuera, no formándonos tan sólo una idea remota o deducida por raciocinio. Está en esta línea el darnos cuenta del espíritu generoso que anima a una persona percibiendo nosotros y dándonos cuenta de la disposición de ánimo interna de esa persona, aunque sin vivirlo como nuestro, sino creyendo que es ella quien lo tiene y no nosotros; esa generosidad de espíritu es una de nuestras cualidades. Igualmente la percepción de la belleza de un espléndido paisaje: toda la grandiosidad, y la belleza que vemos en él y que nos inspira son sentimientos que están en nosotros y que podemos aplicar en nuestra vida.

Esa percepción directa se produce cuando la imagen es apta para despertar la noción de una cualidad que reside ya potencialmente en nuestro interior.

Subrayamos también que nos referimos siempre a cualidades básicas, interiores, por tanto a estados y actitudes, no a cualidades que dependan de un adiestramiento o de una disposición corporal. Por ejemplo, si noto que una persona es un artista, que tiene temperamento de tal, no porque sé que pinta, sino porque veo en él cierta sensibilidad por la belleza, quiere decir que yo lo soy precisamente hasta el mismo grado que capto en él. Pero de ningún modo que sé pintar como él, pues su adiestramiento en el arte concreto de la pintura puede ser muy superior al mío y hasta es posible que yo no tenga siquiera dotes de pintor. La técnica pictórica es muy compleja, y la sensibilidad para este arte no es el único elemento que forma a un buen pintor.

Al llegar aquí, seguramente insistirá el lector: «Si tenemos todas estas cualidades que vemos en los demás, ¿por qué no las vivimos nosotros?». Aunque ya hemos dado la respuesta en líneas anteriores, vamos a insistir sobre este punto.

Hemos dicho que todo lo que percibimos como exterior lo asociamos a un núcleo distinto del que recibe lo que percibimos como nuestro. Para comprenderlo mejor, diríamos que es algo así como si una persona tuviera un capital pero hubiera impuesto una parte de él en el Banco a nombre de otra persona. Aunque quiera usar esa parte, mientras no figure de algún modo a nombre suyo, no podrá disponer de él. También la energía es toda nuestra inicialmente: una parte de ella la vivimos como propia, que es la que actualizamos en el núcleo del yo; otra parte, sin embargo, aunque también se actualiza en nosotros, queda prácticamente muerta para nuestro uso, por estar hipotecada a favor de otras personas y de otros seres, ya que la referimos al núcleo del no-yo. Así que, aunque sea nuestra, es como si no la tuviéramos.

Hay personas muy tímidas que trabajan en el teatro como actores. Y salen al escenario para representar a personajes de autoridad, teniendo que hacer uso de un gran aplomo. No obstante, a pesar de su timidez, interpretan perfectamente estos papeles. No es que finjan, sino que en aquellos momentos aciertan a vivir de verdad la seguridad y la firmeza de carácter de su personaje. Ahora bien, si ellos no poseyeran esa energía, no podrían usarla en la interpretación de su papel. Lo que pasa es que tienen todas esas cualidades, pero están asociadas al núcleo del no-yo. De ahí que sepan vivirlo bien. Pero en cuanto salen del escenario y empiezan a obrar como ellos mismos, como su yo habitual, desaparecen aquellas cualidades y no aciertan a vivir más que lo que está registrado en este núcleo, que como no ha vivenciado aquellas cualidades, es incapaz de vivirlas.

Es tan cierto esto que no sólo son nuestras las cualidades que vemos en las demás personas y en las cosas, sino que también lo son las que imaginamos en los personajes de una novela que estamos leyendo, en los de una narración que oímos, en los de una película, etc.

Ningún ejemplo ilustra mejor estos hechos que el fenómeno que tiene lugar mientras asistimos a una proyección cinematográfica. La pantalla se ilumina y comienza a desarrollarse sobre ella la trama de una película. Presenciamos la acción de unos personajes que obran según su propia psicología, dotados de diversas cualidades y con un modo de ser y unas reacciones características. Cada personaje pasa por estados de ánimo y experimenta vivencias con frecuencia de una gran intensidad, sobre todo si el argumento es dramático. Nosotros -espectadores cómodamente sentados en una butaca del salón- parece ser que nos limitamos a ver y seguir las incidencias de la acción, observando el valor, la grandeza de espíritu, la fuerte personalidad, y otras cualidades espléndidas de que dan muestra los protagonistas, y también la cobardía, la maldad, etc., de otros personajes. Cuanto mejor realizada está la película, más intensamente vivimos la acción, llegando a identificarnos con algunos personajes, sufriendo y gozando con ellos, protestando interiormente cuando se los ataca, en una palabra, sintiéndonos ellos. Como se ve, entonces vivimos en el núcleo del no-yo. No hay más que ver lo que ocurre en cuanto termina la película y se encienden las luces: la gente que llena el salón está unos instantes en la actitud indecisa de quien viene de otro mundo. Es que recobran la conciencia de sí mismos regresando al núcleo de su realidad, del yo. El cambio resulta más brusco que en la vida ordinaria, por haber estado más fuertemente polarizados en el no-yo.

Pero sigamos observando lo que en realidad ocurre durante la sesión de cine. Es evidente que en la pantalla no hay ningún personaje ni nada que tenga verdadera vida: la proyección de una película es tan sólo un juego de luces y sombras acompañadas de sonido. Cualidades reales, de bondad, energía de carácter, heroísmo, etc., no hay ninguna, puesto que ni siquiera están allí los personajes. No existe, por lo tanto, una realidad que posea valores humanos físicos y mucho menos valores morales, que son internos. ¡,o que percibimos son tan sólo símbolos formados por combinaciones de luz, que reproducen formas, y estas formas despiertan en los espectadores determinadas reacciones.

El valor de una película estriba precisamente en que estas combinaciones sean aptas para provocar el tipo de reacciones que pretende el director del film.

Por lo tanto, lo que estamos viviendo con tanta intensidad mientras presenciamos la proyección, no es más que una reactivación de nuestras propias vivencias y valores; pero los estamos viviendo como si fueran de aquellos personajes cuya imagen vemos en la pantalla, cuando la verdad es que son nuestros.

En las películas se buscan por eso símbolos generales, es decir, ante los que la mayor parte del público puede sufrir reacciones que le agraden. Las películas más selectas, dirigidas a una élite que ha cultivado los niveles superiores de su personalidad, no tienen éxito generalmente entre la gran masa del público. Suelen ser las menos. Los directores explotan sobre todo los temas que hacen reaccionar los niveles inferiores y medios -el instinto vital y el afectivo inferior - por ser los más desarrollados en el gran público.

Una prueba clara de que, aparte del estímulo externo apto, todos los valores y cualidades que se perciben durante la proyección de una película son proyección de estos mismos valores y cualidades que existen dentro de cada espectador es que ante una misma película los diversos espectadores aprecian y captan cosas muy diferentes sobre todo si la cinta es de calidad: hay quien se aburre y cree que la película no vale nada, porque no existen en él los valores que despiertan las imágenes del film, otros vivencian, sobre todo, sus valores estéticos o fotográficos, filosóficos o religiosos, etc.; en una palabra, cada cual lo ve según lo que es él.

Pues bien, lo que ocurre en el cine, pasa también en la vida diaria, en todo lo que vemos y apreciamos de personas y cosas. No es que la gente no nos influya con su energía -evidentemente que sí-; pero aparte de esa influencia, los estados y valores internos que captamos en todo lo que nos rodea son aportación nuestra.

Al llegar aquí, el lector podrá preguntarse si podemos decir lo mismo de los rasgos negativos, de los defectos que notamos y percibimos en los demás. En efecto, si podemos vivenciar enteramente, por ejemplo, la sangre fría que una persona ha tenido al cometer cierto delito, o el cinismo, la hipocresía, etc., viviendo estos defectos cuando los vemos en otras personas, es que nosotros también somos capaces de ellos. No quiere decir que ya actualmente seamos así, como tampoco decimos esto de las buenas cualidades. Si las tuviéramos, las viviríamos en el núcleo del yo. Sólo que en la medida en que seamos capaces de conocer internamente su realidad en otros, somos nosotros capaces de lo mismo. Y esto no es malo. Cuanto más extensa sea la gama de posibles experiencias de una persona, significa que más rica es su capacidad, que está más cerca de todo el mundo, pudiendo comprender mejor a cualquiera: es, por lo tanto, más humano. Lo mismo puede hacerse cargo de las grandes debilidades que de las mayores alturas. Existen personas que son incapaces de concebir internamente determinados defectos y ciertas virtudes: les falta capacidad.

Si, por ejemplo, al ver a una persona cometer excesos de ira he sentido en mi interior lo que significa por dentro estar arrebatado por esa pasión, estaré facultado para comprender los actos que en momentos así puedan cometerse. Pero no por esto seré yo también juguete de la ira, pues junto a los impulsos violentos, de que soy capaz, existen en mí otras cualidades que me permiten controlar la situación. Pero si una persona comete una acción llevada de impulsos o motivos que escapan a mi comprensión interna, es que en mí falta, al menos actualmente, la capacidad de cometer actos por el mismo móvil interno. Un pequeño presencia una escena sexual, y, aunque sepa teóricamente de qué se trata, por haber sido precozmente iniciado, la escena no tendrá para él el realismo, el vigor, que la misma acción cobra para un adulto. La capacidad sexual está aún dormida en el niño, y no provoca la reacción correspondiente: no vive la sexualidad ni en el centro del yo, ni en el del no-yo. Muy posiblemente lo que hacen aquellas personas carecerá para él enteramente de sentido. Hay personas para las que un crimen cometido a sangre fría resulta absolutamente incomprensible. No serían capaces de cometerlo.

Técnica de reintegración de la energía del núcleo del no-yo en el del yo
De todo lo dicho colegimos que son muchas y muy valiosas las cualidades que nos pertenecen, pero que vivimos como si no las tuviéramos, porque al vivenciarlas cometemos el error de vivirlas como cualidades de otros, integrándolas en el núcleo del no-yo.

Piense el lector en la fortuna que significaría disponer de una técnica que pusiera en nuestras manos, para usarlas como nuestras, todas las cualidades que admiramos en los demás. De esta técnica vamos a hablar a continuación.

Desde el punto de vista teórico es ya interesante conocer las posibilidades que puede haber de realizar este trasplante de cualidades, pero el carácter eminentemente práctico de este libro hace que dejemos de lado teorías e hipótesis y descendamos a los hechos realizables.

Está enteramente comprobado que se puede llevar a cabo la vitalización en el núcleo del yo de toda energía y de todas las cualidades que a lo largo de nuestra vida hemos ido asociando al del no-yo. Y, por lo tanto, que podemos disponer y hacer uso y sentir como nuestras esas cualidades que admiramos en otros. No nos referimos a la sugestión. La sugestión trata de introducir en nuestro inconsciente determinadas ideas para que condicionen nuestra conducta y actitudes en la vida diaria. Mientras que aquí se trata de manejar directamente impulsos y vivencias para transferirlos del núcleo de no-yo -donde residen ahora - al núcleo del yo. Y todo esto tiene lugar en nuestra mente consciente y puede efectuarse sin ninguna idea.

Antes de pasar a describir la técnica debe quedar bien claro que no es fácil. Como tampoco lo son ninguna de las demás que propugnamos en este libro, ni puede serlo ningún método o técnica que se proponga y consiga hacer avanzar al hombre positivamente en sus disposiciones y capacidades interiores. Quien quiere aprender inglés, sabe muy bien desde el principio que no lo logrará en dos días. Tiene que gastar muchas horas y mucho interés y empeño en oír discos, estudiar vocabularios, manejar el diccionario, conversar, etc. Para modificar la mente en cualquier dirección hay que pagar siempre un elevado precio, en interés y dedicación. En este libro hablamos de cómo conseguir la máxima eficacia de sí mismo y esto no es nada baladí. Muchas personas pagarían sumas elevadas de dinero si supieran que habían de conseguirlo, porque el valor de este avance está por encima del dinero. Pero no se trata de pesetas ni de dólares, sino de entrega y decisión. Hay que entregar lo mejor de uno mismo, que tampoco es el tiempo, sino el empuje interior, único medio que puede permitir la salida y liberación del círculo restringido de lo habitual. Para conseguirse algo nuevo es necesario salir del camino trillado, hacer algo distinto. Quien pretenda obtener algún resultado que merezca la pena sin esta completa dedicación, está en las nubes, no sabe lo que quiere.

El fruto recogido está en relación directa con el trabajo realizado, no con el que se piensa realizar. Aunque las técnicas resulten extrañas, llevan al término, y no sólo eso, sino que no existe otro camino. Es imposible cambiar haciendo las mismas cosas de siempre.

Conviene advertir que de ordinario sólo se trabaja en la medida en que se experimenta la necesidad de cambiar, de llegar a más. Volvemos a la idea apuntada en otra parte: la presión interior es el índice de la necesidad que tenemos de subir peldaños en nuestro progreso interior.

La técnica de reintegración del núcleo del no-yo en el yo, puede llevarse a la práctica de dos modos o por dos caminos distintos: uno progresivo y otro abrupto.
1. Reintegración progresiva
Hemos visto que los dos núcleos en que se agrupan nuestras vivencias, el no-yo y el yo, funcionan en momentos distintos. Podríamos compararlos con un interruptor eléctrico: cuando nuestra atención está pendiente del mundo exterior, perdemos la conciencia de nosotros mismos, y viceversa.

A esto se deben, como dijimos, los momentos de perplejidad por que pasamos cuando ha terminado una película y se encienden las luces de la sala. No es deslumbramiento, sino sólo el efecto de haber pasado de una concentración intensa en el no-yo, a la conciencia de nosotros mismos. Si durante la proyección un dolor físico nos hiciera sentirnos a nosotros mismos en primer plano, apenas vivenciaríamos las escenas del film y al terminar no pasaríamos por esos instantes de desconcierto. Así que el sentido del yo crece cuando amengua el del no-yo, y si éste centra nuestro interés va desapareciendo la conciencia del yo.

Por lo tanto, el mecanismo que habrá de integrar los contenidos del no-yo en el yo habrá de consistir en mantener activos simultáneamente ambos núcleos. Al hablar del aprovechamiento de nuestra energía biológica para incrementar la consciente, explicamos que sólo podemos conseguirlo haciendo que el circuito biológico pase a través de la mente consciente. Algo similar sucede aquí: vivimos situaciones intensas del yo y del no-yo. El mal está en que cuando nuestra mente atiende a un lado, no sabe atender al otro. Y quedan separados. Se trata de hacer que la mente se amplíe hasta que viva a la vez, de modo unitario, las experiencias de ambos núcleos.

¿Cómo conseguirlo? En primer lugar debemos tomar conciencia y darnos perfecta cuenta de este cambio de dirección que una y otra vez sufre nuestra mente. Si no, nos será imposible manejarla. Debemos observar ese gesto mecánico aun en los momentos más difíciles, estando en un partido de fútbol, en una película, en el boxeo, en una conversación muy interesante, etc.

A partir de aquí hemos de dar los siguientes pasos:
- Cultivar esmeradamente la atención al no-yo: seleccionemos la cualidad que más nos interese vivenciar como nuestra. Y una vez bien determinada, escojamos la escena de un film o el pasaje de la novela, o la persona real o el objeto que más intensamente nos haya hecho vivir esa cualidad. Pues toda cualidad encuentra una personificación en nuestra memoria. Evoquemos entonces ese recuerdo vivo entregándonos de lleno a la tarea de dar el mayor relieve posible a dicha cualidad, de modo que nos invada la sensación de admiración y apasionamiento por el personaje u objeto que encarna la cualidad sin preocuparnos de momento de si aquélla es nuestra o no lo es, aunque dándonos cuenta de que «yo soy el que estoy admirando esto». Como se ve es una admiración consciente.

Cuando nos sintamos llenos del vigor de la cualidad en el grado máximo que seamos capaces de vivenciar, entonces, cerrando los ojos, tratemos de mantener dentro la resonancia que despierta, y vayamos desprendiéndonos poco a poco de la imagen, dejando la cualidad desnuda y sola. La imagen sirvió de estímulo para evocar la vivencia, pues normalmente van juntas, pero ya ha cumplido su fin y lo que interesa es la cualidad. Por experiencia se verá que podemos mantener en nuestro interior el vigor de la cualidad. Es necesario cultivarlo durante varios días hasta que se percibe con toda claridad.

- Por otro lado, aprendamos a sentir en ciertos momentos la resonancia que se origina en nuestro interior cuando decimos: yo. No cuando pensamos fríamente en el yo, sino cuando evocamos el yo que revive en nosotros si discutimos con calor defendiendo una opinión personal de la que estamos convencidos. La resonancia de este yo suele despertar una sensación característica en el pecho. Y en esta segunda fase hemos de cultivar precisamente esta sensación hasta que sea clara, con el fin de que seamos más conscientes de esta vivencia del yo que ya tenemos normalmente. Esta segunda práctica requiere también varios días.

- Suponiendo que hayamos conseguido cubrir esas dos etapas, que pueden ser simultáneas, aunque en momentos distintos y alejados entre sí por espacios de tiempo suficientemente largos, podemos empezar a realizar la fusión de ambas. Para ello situémonos otra vez ante el estímulo, sintiendo la admiración por la cualidad, pero insistiendo ahora en ser conscientes de que «soy yo quien siente esto». Suponiendo, por ejemplo, que la cualidad que hemos escogido es la energía de carácter, es decir, la energía y vigor en nuestro estilo de vida, hemos de repetir: «Yo siento energía», haciendo hincapié en los dos términos de la oración, es decir, en el yo y en el no-yo. Al decir yo actualizando bien la conciencia del yo, y al decir energía, la conciencia del no-yo, o sea de la cualidad que hemos admirado en un personaje. Pero tratando de ir captando ambos extremos a la vez, con el fin de que se acerquen, pues lo que interesa es que se unifiquen.
Si las dos primeras fases, es decir, la vivenciación por separado de ambos núcleos, conseguimos ponerlas bien de relieve, ahora será más fácil sentirlas a la vez. Es un gesto de apertura mental que en un mismo acto abarca lo de dentro y lo de fuera. Ayudará mucho repetir la fórmula -que se parece a la empleada en la sugestión-, pero que en este caso sirve de mera ayuda: «Yo siento esta energía», «esta energía la siento yo», «esta energía está en mí», «esta energía es mía», «esta energía soy yo». Estos pasos hay que darlos lentamente y pasando al siguiente sólo si el anterior ha sido logrado. En el momento en que, viviendo el yo y el no-yo a la vez, se logra unificar ambos núcleos, se experimenta una sensación completamente nueva, que proviene de la incorporación de la energía de aquella cualidad en el yo consciente.

Luego se procede de igual modo con otra cualidad. Y así sucesivamente hasta agotar los contenidos asociados al no-yo reintegrando este núcleo y uniéndole al yo. Si se efectúa con interés y cuidado, bastan dos o tres meses dedicando unos 10 minutos cada día, para reintegrar una cualidad.
2. Forma abrupta

Consiste en colocarse ante el estímulo, y sentirlo abriéndose a él, es decir, manteniéndose uno consciente de sí mismo.

Es un gesto interno que necesita decisión, pues provoca dentro un shock muy intenso, ya que hace vivir directamente al yo una experiencia nueva que penetra hasta él con violencia: mientras se mantiene la vivencia del yo, entra abruptamente la vivencia de la cualidad que uno admira, despertada por la imagen de la persona o cosa que otras veces nos ha hecho actualizar la misma en el núcleo del no-yo. Se viven así simultáneamente ambas vivencias.

Algunos ejemplos permitirán comprender mejor nuestra idea:
La asistencia al Cinerama puede ser una extraordinaria fuente de oportunidades para practicar esta técnica especialmente en los documentales. Pues hay secuencias de un efecto impresionante de energía y de grandeza. Abrirse interiormente para que penetre en la conciencia del yo la sensación que causan los paisajes maravillosos, el vértigo de la velocidad, la potencia de la caída de unas cataratas, etc., hace experimentar directamente al yo el vigor de cualidades al que otras veces se cerraba. Pues la reacción espontánea que solemos adoptar ante esas invasiones abruptas de la energía que despiertan en nosotros los estímulos más fuertes del exterior suele ser de replegarnos y cerrar la conciencia del yo, viviendo entonces aquello como energía de otros. No hay que aislarse del impacto que pueda suponer. Pues no es que nos venga nada de fuera, sino que el estímulo despierta raudales de energía que se pone en movimiento en nuestro interior y no tenemos por qué renunciar a ella.

También puede servir para esta finalidad el visitar un aeropuerto colocándose lo más cerca posible de los aviones a reacción. La intensa sensación de potencia que despierta en cualquier persona el ruido de los motores, si uno se mantiene con la vivencia del yo abierta, es decir, estando uno todo el tiempo consciente de sí mismo y atendiendo al mismo tiempo al ruido, es una transfusión poderosísima de nuestra propia energía del núcleo del no-yo al del yo.

Incluso es un medio para evitar otros efectos. Por ejemplo, en cierta ocasión, el avión en que yo viajaba, debido a la inestabilidad atmosférica, sufría baches escalofriantes y, a pesar de intentarlo, no podía aterrizar. Abriéndome a la sensación que todo aquello me causaba, no experimenté el más leve mareo ni el menor nerviosismo. La actitud de desafío a las situaciones, que se provoca de esta manera, aunque existan razones para abrigar temores, hace que no se viva este miedo, sino la capacidad reactiva que poseemos frente a la situación.

Una aplicación práctica muy útil: de ordinario no sabemos reaccionar cuando nos encontramos ante una persona que posee una gran energía, y vitalidad, y nos sentimos avasallados. Pues bien, por grande que sea la energía de aquella persona, somos capaces de asimilar toda esa energía que está proyectando sobre nosotros. Si en vez de retroceder y ponernos a la defensiva, pensando que podemos replicarle, nos situamos tranquilamente ante él, desde el primer momento con entera conciencia de nosotros mismos dejándole hablar, y poniendo interés en lo que siente, en la fuerza de su actitud, de forma que su energía resuene en nuestro interior, y no el significado de sus palabras -que nos haría desplazarnos en un nivel intelectual y perder en apertura interior -notaremos dentro cómo crece nuestra energía aumentando nuestra capacidad reactiva hasta sentirnos a la misma altura de nuestro interlocutor. Podemos aprovechar así conversaciones que por otro lado quizá no nos interesan en absoluto, pero que, a pesar de que posiblemente no se dicen más que disparates, tienen el valor del excepcional vigor que el parlante pone en sus palabras.
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