Todos vivimos por debajo de nuestras verdaderas sensibilidades. Pero son tan sólo unas cuantas las personas que realmente se dan cuenta de ello y, en




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títuloTodos vivimos por debajo de nuestras verdaderas sensibilidades. Pero son tan sólo unas cuantas las personas que realmente se dan cuenta de ello y, en
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7. NUESTRA INFINITA FUENTE ESPIRITUAL
Los niveles superiores
Hemos pasado revista en los capítulos anteriores a tres de las fuentes más importantes de nuestra energía y hemos indicado el modo de aprovecharlas. En primer lugar, la energía biológica, que puede ser un valioso alimento para nuestra energía consciente. Luego la energía almacenada en nuestro inconsciente, de la que podemos hacer uso en favor de nuestra energía consciente, consiguiendo a la vez eliminar una de las principales causas de malestar y tensión psíquica. Finalmente hemos visto que una importante cantidad de nuestra energía no la vivimos como propia, y hemos indicado la técnica que pondrá en nuestras manos las cualidades que hemos vivido a nombre de otros.

Pero además de éstos existen en nosotros recursos mucho más valiosos aún de energía en niveles que con frecuencia dejamos relegados a un segundo plano, cuando no lo olvidamos casi por completo. Me refiero a los niveles superiores de nuestro psiquismo, que podríamos denominar foco espiritual de nuestra vida psíquica. Es posible que la palabra «espiritual» despierte en algún lector cierto desagrado porque tal vez la relaciona con concepciones que rehúsa admitir. Sería hacer demasiado hincapié en las palabras, pues aquí nos limitamos a usar este nombre como símbolo de los niveles más elevados del psiquismo humano.

En el hombre existen dos focos que constituyen algo así como los dos polos de su energía: el biológico y el espiritual. Al decir espiritual no situamos nuestra noción del hombre dentro de ningún sistema filosófico ni de ningún credo religioso, sino que hablamos de un nivel que conocemos en el hombre por vía de experiencia, al alcance de todo el mundo, y que por lo mismo cae de lleno dentro del campo de la psicología, que es el único terreno en que nos movemos en este libro.
Nivel mental superior
Experimentamos en primer lugar la capacidad de conocer las cosas de carácter universal, lo que podríamos llamar conocimiento abstracto. Así la noción de verdad, de bondad, de espacio, de tiempo, como verdades universales. Es un orden de comprensión que existe en nuestra mente de calidad distinta al de las percepciones concretas de que se nutre el plano inferior de nuestro conocimiento. Y el tipo de abstracción que usamos al concebir estas verdades es de una categoría distinta y superior al utilizado en las percepciones concretas.

Este conocimiento de los valores universales es la intuición. Una percepción directa e inmediata de la verdad, sin necesidad de explicaciones ni raciocinios. La intuición nos da la posibilidad de conocer cosas muy interesantes para nosotros, pues puede versar sobre circunstancias de nuestra vida, o de la vida de otras personas. Es, además, una facultad susceptible de desarrollo. Constituye el primer escalón de nuestros niveles espirituales.
Nivel afectivo superior
Un segundo escalón es el afectivo superior, por el que lo universal se convierte en estado de conciencia. El individuo no se vive sólo como tal, sino que se siente en comunión con la colectividad, sea ésta el grupo familiar, la nación, una raza o toda la humanidad (sin fanatismos, pues éstos proceden del yo-idea). Esta conciencia superior de sí mismo que incluye otras unidades humanas es de categoría más elevada que la conciencia personal e individual. En este nivel se desarrolla la auténtica vida religiosa -no una teorización religiosa, con pseudopretensiones de vida - y el amor superior hacia los demás.
Nivel de la voluntad espiritual
Finalmente el escalón más elevado del nivel espiritual con el que podemos contactar y que trataremos de desarrollar es el que consiste en vivir todo cuanto existe como expresión de una potencia superior que se manifiesta a través de todas las cosas, sintonizando nuestro yo con dicha fuente de energía.

Al hablar de nuestro foco espiritual nos referimos a este triángulo de facultades superiores que, como la experiencia demuestra, existen, al menos potencialmente, en todo hombre, pues cuantos han trabajado con denuedo en desarrollarlas lo han logrado.

¿Somos conscientes de nuestros niveles superiores?
Nuestro consciente se mueve dentro del circuito que corre entre dos polos, el físico y el espiritual. El físico o material tiene en nuestro organismo una correspondencia fisiológica con la base de la médula espinal, y el espiritual con el vértice superior del cerebro. A los santos se les coloca una corona sobre este vértice superior del cerebro, como si se quisiera simbolizar que han logrado el máximo desarrollo de los niveles más elevados, que guardan correspondencia fisiológica con ese núcleo nervioso. Y universalmente en todos los tiempos se ha situado el infierno o lugar de tormentos abajo, y el cielo, arriba, respondiendo a una intuición general que proyecta, según nuestro modo de percibir, lo que denominamos bueno arriba, y lo malo o material, abajo.

Según el grado medio de desarrollo que hemos logrado, en relación con nuestra capacidad, el estado mental que vive nuestro consciente ocupa una posición media dentro de la escala de nuestros niveles: vivimos conscientemente el nivel mental personal, pero el fisiológico queda más abajo, y los superiores, más arriba.

Cómo aprovechar la energía de los niveles superiores
Lo que pretendemos aquí ahora es descubrir los niveles superiores y tomar conciencia de ellos. ¿Cómo lograrlo? La mente posee un instrumento valiosísimo para captar y concienciar todas las facultades de nuestro psiquismo. Este instrumento es el foco de nuestra atención que puede dirigirse hacia un lado o hacia otro iluminando y haciendo conscientes los niveles que toca. Si hasta ahora hemos conseguido poco en este terreno se debe a que ordinariamente vamos preocupados todo el día por la obsesión de nuestros problemas, de nuestros temores, angustias y ambiciones. Nuestra atención ilumina sólo la región del mundo exterior inmediata y concreta, y la parte más cercana de nuestro psiquismo. Y llega un momento en que lo único que vemos como real es esto. Pero no significa que sea lo único real. Sólo que no descubrimos más que lo inmediato porque es lo único que miramos. No hay más que hacer la experiencia de dirigir el foco de la mente hacia otra dirección y descubriremos que allí hay otra cosa distinta. Cuantos han probado esta experiencia lo saben bien. De ahí la coincidencia extraordinaria de todas las tradiciones, culturas y tipo de personas sobre la existencia de estos niveles. En todo tiempo y lugar se dan místicos, hombres cerebrales y artistas, es decir, personas que han cultivado asiduamente los niveles superiores. Es un testimonio universal que confirma externamente la existencia de dichos niveles. Sin embargo, la experiencia personal interna de cualquiera que lo desee y se lo proponga puede testificarlo de modo inmediato. Y aquí vamos a tratar de dar algunas orientaciones que pueden servir hasta cierto punto de guía.

El nivel mental superior
El nivel en que se mueve nuestra mente en la actualidad se centra sobre nuestras necesidades personales y gira alrededor del yo. Valora todas las cosas en función del yo, sin poder escapar al círculo restringido que esto supone. Yo he de subsistir, he de seleccionar entre las cosas las que más me convienen, tengo unos gustos personales, y miro el mundo desde esta perspectiva de propia conservación y progreso. Muy natural y absolutamente necesario.

Pero aparte de este nivel mental inferior existe otro, el mental superior, que permite ver las cosas no ya desde el punto de vista personal, sino con una mira impersonal y universal, viéndolas como son en sí, con los valores internos que poseen, independientemente de toda valoración subjetiva y limitada. La mente superior percibe lo objetivo en sí, directamente, sin subordinarlo a intereses personales.

Toda persona que haya de trabajar en equipo o colaborar con un grupo, debe tener necesariamente actualizado este nivel, pues si sólo funciona en ella el nivel mental concreto, inevitablemente subordinará el bien del grupo a sus necesidades y conveniencias personales. Ser incapaz de colocarse en una perspectiva imparcial, con la mira puesta en la institución, en la empresa, en el objeto despersonalizado. Su intervención será un continuo tanteo para conseguir sus fines personales. Desgraciadamente, esto es lo que suele suceder en la mayor parte de las discusiones, debido a que abundan los que no han actualizado el nivel mental superior. Cuando los componentes de un equipo o grupo de trabajo funcionan sólo con el nivel mental concreto, las cosas no prosperan, llámense empresa, partido político, pueblo, provincia, nación, etc.; el único que se aprovecha es el individuo. Interesa mucho tener en cuenta esto a la hora de elegir colaboradores. Los que sólo se muevan en un nivel concreto podrán al principio realizar un buen trabajo, pero serán incapaces de defender los intereses y derechos de la institución y de adaptarse a nuevas situaciones, sobre todo si los perjudican a ellos, aunque resulten beneficiosos para la entidad.

Quien ha desarrollado su nivel mental superior no deja de utilizar simultáneamente en sus momentos el nivel concreto, ya que lo necesita para su conversación y progreso personal. Todos los niveles del psiquismo humano pueden desarrollarse y coexistir en una perfecta armonía.

El desarrollo del nivel mental superior es un medio excelente para mantener el equilibrio en los momentos difíciles. Los problemas que la vida nos plantea tan a menudo nos suelen aturdir y causar disgusto y preocupación. Si observamos el verdadero motivo de nuestra inquietud, veremos que siempre se debe a que nos hemos aferrado a una visión limitada y particular, excesivamente personal que, en un momento dado, tenemos del asunto, a cierta valoración que hemos dado a nuestra actitud mirando tan sólo a una conveniencia determinada. Pasados dos, tres o más meses o después de algunos años, si nos detenemos a examinar el mismo problema, nos damos cuenta de que no tenía tanta importancia. Si es el mismo que entonces, ¿por qué ha perdido fuerza con el tiempo? Porque los meses o los años transcurridos nos han hecho perder la visión corta y limitada que nos hacía verlo como si él fuera toda la realidad, y hemos adquirido respecto de él una perspectiva de conjunto, dentro de la cual nuestro problema aparece en sus verdaderas dimensiones.

Pues bien, el desarrollo del nivel mental superior nos permite situarnos a la altura necesaria desde la que podremos ver cada hecho particular que nos ocurra en función del conjunto, es decir en relación con los demás hechos y con las demás personas y, por lo tanto, enjuiciarlo en su exacto valor. Una visión realista y desde fuera es condición indispensable para poder manejar las situaciones con maestría. Siempre que ante mi mente se presentan mis problemas dentro de una visión amplia e impersonal, no seré absorbido ni desbordado por ellos, les otorgaré su justa importancia, haré lo que sea necesario, pero sin sufrir desilusión alguna. Las desilusiones vienen de apegarse excesivamente a enfoques parciales de las personas y las cosas, viviéndolos como si fueran visiones totales y completas. Luego, cuando aparece la realidad tal como es, nos sentimos negados nosotros mismos, nuestro valor, nuestro deseo, porque nos habíamos identificado con nuestra visión, con el concepto unilateral que implicaba y que no era del todo real, precisamente por ser parcial. Evidentemente no hubiera ocurrido así si desde el principio hubiéramos conservado una visión general universal. Nadie puede manejar bien aquello con lo que está identificado.

La intuición
La función más elevada y propia del nivel mental superior es la intuición. Materializando nuestra estructura psíquica por medio de una comparación, diríamos que el nivel mental superior en el que tiene asiento la facultad intuitiva viene a ser como un departamento que tuviéramos encima de la mente desde el que se divisara un amplia perspectiva, que nos permitiera verlo todo con claridad y lucidez asombrosa.

La experiencia personal nos asegura que en señalados momentos tenemos la evidencia, por ejemplo, de que el asunto que llevamos entre manos lo resolveremos acertadamente, o de que no puede llegar a feliz puerto por tal motivo; y lo mismo respecto a otras personas: por ejemplo, que tal amigo se estrellará si prosigue empeñándose en aquel asunto, etc. La existencia de estas evidencias es hecho comprobado. Pero no tratamos aquí de demostrarlo sino que lo damos por supuesto y queremos hacer ver que, siendo la intuición una facultad humana, puede ser cultivada hasta usarla corrientemente en nuestra vida. La capacidad intuitiva no es privilegio de pocos, ni se necesitan condiciones internas excepcionales.

Si nos hemos olvidado de ella y no nos preocupamos siquiera de usarla en nuestra vida ordinaria se debe, una vez más, a que no dejamos un resquicio de descanso a nuestra mente concreta. Nos domina la costumbre de pensar, siempre que somos conscientes de lo que hacemos: cuando no tenemos nada entre manos, nos lo buscamos, leyendo una novela, resolviendo crucigramas, yendo al cine, hasta buscándonos nuevos problemas, situaciones estimulantes sobre las que pensar. Sólo dejamos de seguir el camino trillado de la mente concreta cuando el cansancio físico o mental nos lleva a estados de ensoñación o dejamos divagar blandamente la imaginación sin objetivo fijo.

La inercia del hábito nos hace creer que la mente concreta que siempre usamos es la única facultad de que disponemos para resolver toda clase de problemas. Y no nos damos cuenta de que este procedimiento -de usar la mente concreta- es válido para las cosas concretas, y hasta necesario, siendo muy útil cultivar el arte de pensar bien; pero además y por encima de él hay otras formas de conocer que se hallan más allá de este procedimiento elemental.

Y que, para poder utilizarlas, el primer paso que tenemos que dar es dejar de estar constantemente movidos por la inercia del pensar concreto.

Este primer paso consiste en aprender a estar durante unos momentos, sólo receptivos, atentos, despiertos, pero sin pensar. Así quedará limpio y franco el cauce de nuestra mente consciente para que sobre él pueda irrumpir la intuición. Si dejáramos de vez en cuando un oasis de descanso mental, sin perder la claridad y lucidez, descenderían las ráfagas luminosas de la intuición, que están presionando desde nuestros niveles superiores con mucha mayor frecuencia de lo que creemos.

A primera vista puede parecer algo insólito y hasta imposible permanecer sin pensar en nada. Lo que no hacemos nunca suele parecernos imposible de practicar, al menos para nosotros. Por de pronto no hemos de confundir el estar pensando con el permanecer consciente, es decir, atentos. Pensar en un proceso activo, por el que, después de recoger imágenes de las cosas y de abstraer ideas, relacionamos y comparamos unas ideas con otras, sacando conclusiones: exige un vaivén de la mente, necesario en su nivel. Pero la intuición brota al margen de ese vaivén, pues la mente ve entonces directamente la verdad de las cosas. El dejar de pensar es, por lo tanto, una disposición para la intuición, ya que tranquiliza la mente, y sólo estando ésta sosegada pueden filtrarse hasta ella ideas que llegan por el camino intuitivo.

En otra parte de este libro dijimos que la voz del instinto no llega apenas a nuestro consciente porque hemos divorciado la mente de nuestro nivel biológico, ocupándola sin cesar en discurrir sobre los mil detalles de nuestra vida concreta; y que el mejor modo de volver a escuchar las necesidades de nuestro organismo, que nos habla por la voz del instinto -el informador más sagaz sobre todo lo tocante a nuestra alimentación y nuestra salud física-, es tomar conciencia de nuestra energía biológica. De modo semejante y por la misma razón no dejamos un hueco siquiera para que se nos manifieste la luz de la intuición.

Detengámonos a examinar los actos más importantes y los pasos mejor dados en nuestra vida y observaremos que casi todos los hemos concebido cuando no pensábamos en ellos. Han sido ideas en forma de chispazos repentinos. Nos hemos golpeado la frente y en un abrir y cerrar de ojos se ha aclarado toda una situación compleja que nos hacía titubear sin ver salida posible. La intuición -el descubrimiento, la idea feliz- ha llegado en un oasis de sosiego mental. Las soluciones óptimas han venido por ese camino, no como producto de un raciocinio sistemático, sino como visión súbita y certera.

.Tal vez parezca utópico relacionar estos hechos aislados con nuestra vida práctica, que nos exige una solución para cada instante. Pero es evidente que si las intuiciones se multiplicasen, nuestros pasos serían más acertados y seguros. Pues bien, la intuición es una de nuestras facultades mentales y no tenemos por qué dejarla arrinconada: sus chispazos pueden iluminar continuamente nuestro camino. El desarrollo de la facultad intuitiva es una obra de limpieza mental. Dejemos vía libre a las ideas que, como obra de desconocidas elaboraciones interiores, han subido a ocupar el elevado lugar de las intuiciones. Guardemos con cierta frecuencia silencio mental, estando a la escucha, sin actividad interior. Subirán cosas del inconsciente, pero también bajarán otras de los niveles superiores, donde tiene su sede el poder intuitivo.

Cuando llega su majestad la intuición, va acompañada de tal esplendor que se la reconoce en seguida. Sus características son:
1. Es conocimiento de una verdad. Por lo tanto, es de índole neta y exclusivamente mental, no emotiva. La comparación más exacta es la de un chispazo que en un momento dado permite ver con toda nitidez la verdad.

2. Es repentina, instantánea: en un momento se ve toda la verdad, no por etapas. Y esto por compleja que sea la verdad. Pueden verse así cosas que luego necesitan largas horas de exposición.

3. Produce siempre extrañeza, pues no es efecto de una construcción lógica o de un deseo dirigido con intensidad hacia su objetivo. El carácter de cosa nueva, de que va revestida la intuición, se debe a que llega de un nivel distinto del habitual, como si procediese de fuera y no de nuestro interior: por eso sorprende.
Siempre que una idea siga la línea de nuestros temores o de nuestros deseos debe dudarse de su carácter de intuición.

La intuición se manifiesta la mayor parte de las veces como afirmación escueta y neutra de lo que son las cosas en sí. Tiene un carácter impersonal: como si por un momento se cambiase de lugar y se viera desde otro ángulo nuevo, desde fuera, pero por dentro. Es éste un modo más exacto de expresarla que diciendo que es una visión repentina desde el mismo sitio, aunque más profunda.

Para dirigir la intuición en un sentido concreto, es decir para usarla en el conocimiento de algo determinado, por ejemplo, de una persona, ante todo hemos de ver con toda claridad y relieve todo lo que sabemos de esa persona. Pensando con interés en ella, irán viniendo todos los datos archivados en nuestro interior referentes a la misma. Entonces formularemos la pregunta concreta que nos interesa. Así: ¿esta persona es de confianza?, o ¿es honrada?, ¿constante?, ¿seria?, o, en términos generales: ¿cómo es esta persona, qué carácter tiene? Y dirijamos esta pregunta hacia arriba, como enviándola a nuestra mente superior. Una vez formulada la pregunta con claridad mental suficiente, quedémonos durante un rato sin pensar en nada, en una actitud de espera, sin preocuparnos de las demás cosas. Cuanto más tiempo podamos prolongar este silencio mental, mejor. Aunque, si es necesario, no hay inconveniente en ir haciendo otras cosas que no nos absorban. Lo que sí conviene es no volver a pensar sobre la pregunta que hemos hecho.

Inesperadamente, cuando vuelva a surgir el recuerdo de aquella persona, junto con su imagen aparecerá la idea clara que ofrezca la respuesta pedida, sin lugar a dudas.

Es preciso hacer todo esto con la exactitud fría de un mecanismo mental, sin poner en ello nuestras emociones personales respecto a aquella persona o al asunto de que se trate. Pues si los sentimientos penetran en este proceso, existe grave riesgo de que se desvíe y la respuesta no vendrá entonces del nivel intuitivo, sino que será tan sólo la proyección afectiva de uno mismo hacia aquella persona.

La intuición y la creatividad mental. Su desarrollo
En el mismo nivel mental superior existe la capacidad de hallar ideas nuevas, originales: la creatividad mental. La mente concreta no puede conseguirlo porque se limita a barajar los datos que ha ido recogiendo, haciendo combinaciones dentro siempre del mismo círculo cerrado. A lo más conseguirá nuevas combinaciones de los mismos datos, pero no una auténtica obra nueva, una creación.

La creación es la visión, también repentina, de una perspectiva inédita. Para conseguir esta perspectiva es obvio decir que hay que situarse en un nivel distinto del acostumbrado. Hay que dejar lo viejo, aunque no sea más que por un momento, dejar de dar vueltas alrededor de los datos conocidos. Y requiere un adiestramiento.

De nuevo estamos ante la necesidad de renunciar a pensar, de tranquilizar la agitación de la mente concreta. El método más rápido para obtener el silencio mental consiste en aprender a mirar las cosas con atención, interés y sin pensar sobre ellas. Sólo mirarlas, aunque sean cosas o personas ya muy conocidas. Ante los objetos conocidos solemos adoptar siempre las mismas actitudes, que se han hecho ya mecánicas, y que resultan más cómodas, pues no exigen esfuerzo de adaptación. Y ahí está el mal: llegamos a encajonarnos en un número de actitudes que nos condicionan impidiéndonos ver nada nuevo. Es preciso que ante cada persona y ante cada situación podamos situarnos como si fuera la primera vez que la vemos o que la vivimos: con expectación pero con silencio -sin inquirir, ni dejar andar a la mente a su alrededor-. Aconsejamos al lector que lo pruebe y descubrirá cosas asombrosas respecto a la gente que creía conocer muy bien, empezando por sus propios familiares. Y es que estamos tan acostumbrados a mirarlos siempre desde un ángulo y una postura mental ya cristalizada, que aunque hicieran milagros, continuaríamos viéndolos igual y dándonos las mismas explicaciones.

Es frecuente el hecho de que cuando se ve por vez primera a una persona se tengan intuiciones respecto de algunos detalles, incluso importantes, sobre su modo de ser, etc. Y luego, a medida que se la va tratando, dejan de producirse estas intuiciones. Es que la primera vez que tratamos a una persona no estamos condicionados respecto a ella, la situación es enteramente nueva: no hemos viciado aún nuestra visión con un enfoque particular en el modo de mirarla. Desde el momento en que empezamos a formarnos una opinión de ella, a hablarle de cierta forma, esto mismo va estableciendo un hábito o condicionamiento que nos impide situarnos de modo espontáneo e imparcial ante ella.

Cultivemos la actitud libre de que estamos hablando y veremos que la intuición primera se extiende y se descubren cosas del todo nuevas e inesperadas acerca de las personas, amigos, familiares, con quienes tratamos desde hace muchos años. No sólo sobre su carácter, sino sobre otros aspectos, por ejemplo, si se trata de colaboradores o subordinados en el trabajo, acerca de su aptitud para el trabajo, de su modo de concebirlo, de las posibilidades que ofrecen, o acerca del mismo trabajo, variantes que podemos darle, etc.

Es preciso que la mente aprenda a emanciparse de sus propios hábitos, que salga de su prisión. En el círculo en que nos hemos encerrado, nos movemos muy bien, porque estamos acostumbrados a hacerlo y nos sentimos seguros, pero esta seguridad va siempre en perjuicio de la creación, de la originalidad, de la posibilidad de ver cosas nuevas.

No combatimos los hábitos. Los necesitamos. Sin ellos no podríamos vivir: si tuviéramos que hacer todo de un modo consciente y deliberado, haríamos muy poco. Hemos de apoyarnos en nuestros automatismos. Pero por otro lado sólo podemos ver las cosas cada vez de un modo nuevo desconociéndonos ante ellas. La solución está en combinar ambos aspectos de la cuestión: usemos los hábitos para las cosas que sean de necesidad cotidiana y que no requieran una atención consciente, y esforcémonos en quedar libres para otras en las que conviene que empleemos nuestra mente consciente.

En rigor, formulando un juicio realista sobre la situación de la mayor parte de las personas de nuestra sociedad, lo que necesitamos es salir del estado de hipnosis en que vivimos. Tenemos la conciencia acostumbrada a vivir dormidos, y sólo despertamos del todo cuando nos vemos ante un grave peligro, como si entonces se encendieran de repente todas las bombillas de alarma interior y abriéramos más por dentro nuestra capacidad consciente.

Si nos mantuviéramos con todo el conocimiento abierto, viviríamos cada situación no en función estricta de nuestra historia, influidos por todo lo anterior, sino como algo nuevo en lo que también se incluye la historia de nuestra vida. La experiencia adquirida sobre cada situación es útil con tal de no ligarnos a ella. Que no nos suplante: utilizarla, pero al mismo tiempo estar del todo disponible para mirar la situación, la conducta o a la persona de un modo nuevo.

La profundización en el nivel mental superior
Siempre que tratamos de conocer algo, acostumbramos a pensar, no en profundidad calando dentro de una sola idea hasta agotar su contenido, sino superficialmente, mirando a una idea, y relacionándola en seguida con otras que surgen por asociación. De este modo saltamos de una idea a otra, en zigzag.

Sin embargo, para extraer todas las posibilidades que puede darnos cada idea sobre el asunto que nos interesa, conviene que cuando dirigimos la atención sobre una idea, renunciemos a pensar en las demás ideas que la primera despierta, y a seguir el curso de los sentimientos que se levantan por las resonancias afectivas que rodean a toda idea. Y nos limitemos a caminar con la mente en línea recta. Es un procedimiento de exuberante fecundidad.

La práctica no puede ser más sencilla: mirar con atención a la idea. Cuando nos parezca que no vemos nada más, que la conocemos perfectamente, continuar mirándola. Este mirar no se estanca en una actitud estática, sino que se torna dinámica, movilizando la mente hacia el interior de la idea, que se descubre en todas sus facetas y con todo su contenido.

Con frecuencia las primeras veces esta técnica parece intrascendente, pero si se prosigue la búsqueda, y se continúa mirando, aunque se crea haber agotado todo su significado, se advertirá que al cabo de pocas prácticas se experimenta la sensación de penetrar más adentro, como si se abriera una cortina que franquea el paso a una visión nueva de la misma idea, que aparece con relieve insospechado. Ver una idea con esta profundidad quiere decir estar en posesión de la relación que guarda dicha idea con todos los datos que poseemos sobre la misma.

Se entenderá mejor con un ejemplo: supongamos que pensamos en una tienda. Si tenemos un negocio, la palabra «tienda» despertará muchas resonancias. De ordinario nos dejaríamos llevar por ellas y pensaríamos en una tienda como medio para vivir, o calcularíamos en qué ramo prosperaría, y mil problemas relacionados con la idea «tienda». Pero no se trata de nada de eso. Hemos de desechar toda asociación y toda resonancia, y detenernos a mirar con la mente la idea «tienda». Conforme se prolonga nuestra atenta mirada, por más que parece sin efecto alguno, la mente profundiza en ella, y llega un momento en que se rompe la dificultad, y en lugar de establecer las conexiones antes citadas, ocurren otras que sólo surgirían situándonos desde puntos de vista distintos, pero sobre la misma idea, por ejemplo con respecto a la idea tienda, desde el punto de vista estético, etc., que pueden ser de suma utilidad; y sólo así, con este pensar sin barreras, en todas direcciones, es como explotamos nuestra total disponibilidad mental. Esos puntos de vista, todos ellos, ya existen en nosotros potencialmente, pero no los utilizamos por estar acostumbrados a mirar cada idea desde una perspectiva fija y siguiendo únicamente unas conexiones lineales.

Cuando la mente piensa con frecuencia así, percibe dimensiones nuevas en el conocimiento de las cosas y enriquece su capacidad de pensar. Profundizar es establecer una nueva dimensión en la unidad de pensamiento. Conocer una cosa desde todos sus puntos de vista, es tanto como disponer en cada momento de la capacidad de manejar todas las relaciones de esa cosa con el resto de nuestros contenidos mentales.

Nivel afectivo superior
Su objetivo es lo universal como amor.

El nivel afectivo superior en la relación personal con los demás.
El desarrollo de este nivel nos hace descubrir que la vida no está compuesta de unidades aisladas unas de otras, sino de unidades que están si se quiere aisladas en cuanto seres materiales, pero a la vez se las ve más vinculadas y relacionadas a medida que se profundiza en este nivel.

Al principio, ya ahora, sentimos a los familiares y a las personas que más queremos más próximos que, por ejemplo, a los desconocidos: es un acercamiento interior que nos sitúa afectivamente más estrechamente unidos a ellos. Pero llega un momento en que no sólo los familiares, sino todos los hombres, y aun cuanto tiene vida y cuanto existe entra en el lazo de esta cercanía afectiva. Y uno ve la vida, la siente y la experimenta como un proceso dinámico, de creación que se expresa a través de múltiples formas, una de las cuales soy yo y otras los demás y lo demás. La vida no se considera ya algo que está encerrado en mí y separado de los otros, sino como algo que me une y liga a todos. Se expresa en mí siguiendo un proceso de constante renovación y creación, pero igualmente se expresa en todos los seres, existiendo una unidad que es dinámica, intencional, inteligente, consciente. A esta intencionalidad podemos denominarla voluntad de Dios Providencia, inteligencia cósmica, etc. El hecho es que nuestra vida no forma una unidad aislada, y que podemos abrir nuestro consciente a este descubrimiento de la conexión profunda que nos une a una noción amplia de la vida.

Cuando profundizo qué es la vida en mí, llega un momento en que empiezo a sentirme más cerca de la vida de los demás y de la vida misma, percibiendo que la vida es una energía, una voluntad, una inteligencia, un amor inmenso que se está expresando a través de todo cuanto existe. Y entonces no me veo ya como una persona aislada frente a todos, sino como un hombre que, conjuntamente con todos, estoy expresando también esa voluntad superior. Dejo así de considerarme solo y opuesto a todos, y paso a sentirme uno con todos. La vida que hay en mí es la misma que hay en los demás y cada uno representa su papel: pero detrás del papel de todos existe una unidad, una intencionalidad, un plan, una inteligencia, una voluntad, un amor.

Penetrar en esta conciencia de unidad es muy importante, para sintonizar con los demás. Viene a ser como cuando un actor de teatro interpreta su papel y lo vive, pero al mismo tiempo conoce toda la obra perfectamente: vivirá su papel, y participará también de la vida que hay detrás del papel de cada uno. Disfrutará lo mismo cuando hace el suyo, como personaje y realización de un plan, que participando -en este nivel superior- de lo que hacen los demás. Si le toca luchar, vivirá la pelea en primera persona, pero de un modo impersonal: extraña paradoja, que adquiere entonces realidad. La vida se enriquece así prodigiosamente: uno percibe la fuerza inmensa que lo guía todo y que está en todos, con amor a todos, buscando siempre lo mejor para cada unidad.

Abrirse a esta vida quiere decir encontrar un aliado poderoso. Es abrirse a una realidad que se está expresando a través de todo: con cuantas personas hable están expresando básicamente lo mismo que yo, tienen el mismo anhelo de vivir, de ser importantes, independientes. Externamente adoptará otras formas pero el argumento es siempre idéntico. Se establece así un sentido de compañerismo y camaradería: todos estamos cantando la misma canción, realizando la misma obra, cada uno en su papel, como en una orquesta toca cada cual su instrumento. El músico que no fuera consciente más que de su partitura, sentiría que los demás músicos le molestan; pero no, es consciente de la composición total, como unidad, y por eso disfruta haciendo su parte, no como obra exclusivamente suya, sino en cuanto que con los demás músicos interpreta una unidad musical superior.

El descubrimiento de esta conciencia de unidad -que es un gesto interno de apertura y aceptación, que despierta el interés por los demás - permite, pues, sentirse más próximo a todos. Pero, además, es fuente de impulso y de aliento: a partir de ahora -siente quien ha abierto su mente a este nivel afectivo superior- ya no soy una persona aislada y sola que lucho y me defiendo contra todos y contra todo: mi voluntad de lucha proviene de arriba y no separa, sino que une, adquiriendo precisamente así su más intenso vigor.

Esta experiencia puede extenderse a todas las cosas, pero es muy importante efectuarla en la relación personal, para con los demás hombres, antes que con las cosas, en la relación cósmica. Para ello hay que alejarse de la actitud concreta que hemos adoptado hacia los demás, y que proviene de que durante años hemos estado alimentando conscientemente, por un lado, el deseo de ser amables y útiles y por otro, ya menos conscientemente, una tendencia a buscar protección en los demás que alternan con cierta actitud recelosa, defensiva y hostil. Esta antítesis, que está viva en nuestro interior, hemos de superarla, no renunciando por completo a la necesidad de protección, sino buscando apoyo en un punto superior desde el cual se ve y se domina el juego de ataque y defensa. Esto quiere decir que yo sea consciente de la vida que hay en los otros, a través de la unidad que existe detrás, y, no obstante, continúe haciendo mi papel, el que deba realizar, el que sea mi verdad en cada momento, aunque a veces me vea obligado a discutir y a pelear; siempre, claro está, sin perder la conciencia de la unidad que solidariza por encima de las diferencias.

La relación humana, lejos de disminuir ninguno de sus valores, se enriquece así con una capacidad ilimitada de recursos. El que se siente uno con los hombres de toda condición, vibrando al mismo diapasón que todos, puede ayudarlos, dirigirlos, amarlos y ser a su vez amado por ellos. Si un día la expresión de su verdad le exige oponerse firmemente y salir con violencia por los fueros de la justicia, lo hará y luego proseguirá su vida sin inmutarse, porque no habrá sido su acción un ir en contra de nadie, sino que detrás de la fricción externa y aparente pervivirá su conciencia de armonía que le sigue uniendo a todos, incluso a los que se ha opuesto. La violencia será justa y natural, no desbocada por el apasionamiento: es la situación la que exige tomar tales medidas. Pero en su interior no se turban la tranquilidad y serenidad íntimas.

La experiencia demostrará que a medida que vaya tomando, desde este punto de vista y con esta profunda vivencia, todas las decisiones y a medida que sintonice una y otra vez con este nivel afectivo superior en la relación horizontal interhumana, el consciente se irá llenando de una energía nueva y desaparecerán conflictos y preocupaciones, especialmente, y en primer lugar, los que han nacido en el nivel afectivo.

El nivel afectivo superior en la relación vertical hacia Dios.
Esta misma actitud amorosa tiene expresión en nuestra relación personal con Dios. Es preciso que el amor a Dios sea auténtico, y para ello tiene que ser dinámico. Todo lo que tiene vida es movimiento, no una simple idea clavada en la mente. El amor hacia Dios ha de ser para el hombre la realidad más dinámica de todas, ya que señala su relación vital más esencial. Esto quiere decir que Dios se convierta para mí en la fuente de mi energía, de mi vida, de mi inteligencia, de mi potencia, no sólo de hecho, como ya lo está siendo siempre, sino de un modo sentido y vivido por mí.

Estamos acostumbrados a ver a Dios sólo como una realidad emotiva que despierta nuestros sentimientos. Dios es, ciertamente, la fuente de todo amor pero es además la fuente de toda inteligencia y de todo poder. Por lo tanto, siempre que amplíe mi mente intentando comprender mejor la verdad de las cosas, grandes o pequeñas, me acerco tanto a Dios como cuando me empeño en expresarle mi amor. El acercamiento del hombre a Dios se ha de verificar a través de todas las vertientes de su personalidad, no a través exclusivamente del amor.

De la formación demasiado unilateral en esta materia que padece mucha gente depende el que se viva con frecuencia una falsa religiosidad: abundan las personas que, aun siendo, diríamos, profesionales de la religión, viven encerradas en el castillo de sus propias ideas, aceptando a Dios sólo con su afectividad, pero sin establecer conexión viva con Él por motivo de su inteligencia.

El dinamismo de nuestra relación con Dios es salir de nosotros y dirigirnos a Él y a su vez, abrirnos para que Él desde arriba, se exprese a través de nosotros y nos renueve. Este itinerario, desde un punto de vista ascendente, o sea, de mí hacia Dios, es la manifestación de todo mi ser a Él: yo le digo a Dios todo lo que deseo, en una actitud de entrega, proyectándome enteramente hacia arriba. Pero al mismo tiempo considerándole desde otro punto de vista de Dios hacia mí, es la aceptación y expresión de Dios en mí: yo quedo silencioso y abierto, en estado receptivo, para que Dios me dé fuerza, impulso, serenidad, ideas, etc., y así me renuevo interiormente.

El dinamismo de la relación con Dios produce nueva energía. Es una experiencia interesante ponerse a hacer diez minutos de verdadera oración cuando uno pasa por algún estado depresivo. Si se practica no sólo con la afectividad, sino con toda nuestra dimensión humana, desaparecerá la depresión y afluirá el optimismo, porque la oración es, desde el punto de vista psicológico, una renovación total de energía.

Característica general de este nivel superior es que el amor que en él se experimenta es siempre centrífugo -frente al del nivel afectivo concreto o personal que es alternativamente centrífugo y centrípeto-. El amor impersonal consiste en dar, en irradiar, busca el bien y la comprensión de los demás.

El nivel de la voluntad espiritual
Es el vértice de nuestros niveles, y la expresión más elevada de nuestro ser.

Todo cuanto existe es proyección de energía, proceso dinámico en constante flujo. Yo mismo soy una manifestación de este proceso 1.Es posible sintonizar nuestra mente con este proceso, haciéndonos conscientes de su potencia energética. A medida que una persona va contactando con él irá abriendo su capacidad para que esta potencia entre dentro, expresándose con mayor profundidad en su interior, pues toda la potencia cósmica que somos capaces de intuir, esa misma podemos incorporar a nuestro consciente, ya que en realidad está en nosotros.

Aprender a abrir la mente a estos niveles superiores es aumentar nuestra capacidad de conocimiento, de intuición, de comprensión, de paz, de ensanchamiento de conciencia, de poder.

Lo que hemos explicado sobre el desarrollo de los niveles superiores puede causarnos extrañeza, pero se debe a que nuestra mente considera esa zona de nuestro psiquismo como un mundo extraño y ajeno: lo ve situado en un terreno teórico y remoto. Desde el momento en que, por el trabajo interior constante, practicado según las instrucciones que hemos ido trazando, la mente se vaya abriendo a estos niveles, irán cobrando realidad y relieve, y presentándose a nuestra conciencia matizados de todo el atractivo superior que les es natural. Evidentemente que para lograr este resultado se necesita un gran empeño y esfuerzo, lo que demuestra lo atados que estamos a nuestros viejos hábitos. Pero podemos vencerlos con un trabajo asiduo. Para cuantos se sientan llamados interiormente a esta tarea hay un camino lleno de prometedoras realidades a su disposición.
ÍNDICE

Prólogo
PRIMERA PARTE:

Los fundamentos teóricos
1. Cómo se forma y cómo se deforma nuestra personalidad
Nuestra existencia tiene un argumento central

Los objetivos profundos de nuestra vida

Las necesidades básicas

Tendencias temperamentales

Las motivaciones externas de la conducta

Las experiencias

La represión y sus consecuencias

Algunas aplicaciones prácticas
2. Las bases de la transformación interior
¿Es realmente posible la transformación interior?

Quiénes pueden conseguirla

Requisitos que debe reunir toda técnica eficaz
SEGUNDA PARTE:

Nuestras grandes reservas de energía psíquica y técnicas prácticas para su aprovechamiento.
3. Capítulo preliminar. Generalidades
¿Ha conseguido usted su pleno desarrollo?

Causas de la falta de rendimiento

Factores que estimulan el desarrollo superior

Podemos realizar todos los estados interiores que anhelamos

Nuestras grandes fuentes de energía
4. Nuestra energía biológica
Principio básico de la incorporación energética

Ejercicio físico consciente

La respiración consciente

La relajación consciente
5. El enorme acumulador de nuestro inconsciente
La extraordinaria importancia del inconsciente

Observaciones sobre las técnicas más adecuadas

¿Por qué es tan difícil ahondar en el inconsciente?

Técnicas

Bases de la técnica de la autosugestión

Cómo conseguir que las ideas profundicen
6. La ingente energía asociada a nuestra imagen del mundo exterior
La curiosa decisión de nuestra mente consciente

Las cualidades que apreciamos en el exterior son nuestras

Técnicas de reintegración de la energía del núcleo del no-yo en el del yo
7. Nuestra infinita fuente espiritual
Los niveles superiores

¿Somos conscientes de nuestros niveles superiores?

Cómo aprovechar la energía de los niveles superiores

El nivel mental superior

La intuición

La intuición y la creatividad mental: su desarrollo

La profundización en el nivel mental superior

El nivel afectivo superior

El nivel de la voluntad espiritual
BIBLIOGRAFÍA DE ANTONIO BLAY

- La personalidad creadora.

- Lectura rápida.

- Hatha yoga. Su técnica y fundamento.

- Tantra yoga.

- Creatividad y plenitud de vida.

- Energía personal.

- Caminos de autorrealización (Yoga superior) 3 tomos.

T. I° La realización del Yo central.

T. II0 La integración vertical o realización trascendente.

T. III0 Integración con la realidad exterior.

- Plenitud en la vida cotidiana.

- Tensión, miedo y liberación interior.

- Radja yoga (Control mente realidad espiritual).

- Maha yoga (Investigación directa realidad del Yo).

- Dyana yoga (Transformación mediante la meditación).

- Hata yoga (Técnica y aplicaciones vida práctica).

- La relación humana medio de desarrollo de la personalidad.

- Yoga integral.

- Zen. El camino abrupto.

- La tensión nerviosa y mental.

- ¿Qué es el yoga?

- Karma yoga (Realización espiritual vida activa).

- Bhakti yoga (Desarrollo superior afectividad).

- Desarrollo de la voluntad y perseverancia.

- Relajación y energía.

- Curs de psicologia de l’autorrealització (en catalán).
FIN
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