La pedagogia de jesus en los equipos docentes de america latina




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LA MEJOR NOTICIA

La llegada de Dios es algo bueno. Así piensa Jesús: Dios se acerca porque es bueno, y es bueno para nosotros que Dios se acerque.

  • No viene a «defender» sus derechos y a tomar cuentas a quienes no cumplen sus mandatos.

  • No llega para imponer su «dominio religioso».

  • De hecho, Jesús no pide a los campesinos que cumplan mejor su obligación de pagar los diezmos y primicias,

  • no se dirige a los sacerdotes para que observen con más pureza los sacrificios de expiación en el templo,

  • no anima a los escribas a que hagan cumplir la ley del sábado y demás prescripciones con más fidelidad.

  • El reino de Dios es otra cosa. Lo que le preocupa a Dios es liberar a las gentes de cuanto las deshumaniza y les hace sufrir.

El mensaje de Jesús impresionó desde el principio. Aquella manera de hablar de Dios provocaba entusiasmo en los sectores más sencillos e ignorantes de Galilea. Era lo que necesitaban oír: Dios se preocupa de ellos. El reino de Dios que Jesús proclama responde a lo que más desean: vivir con dignidad. Todas las fuentes apuntan hacia un hecho del que es difícil dudar: Jesús se siente portador de una buena noticia y, de hecho, su mensaje genera una alegría grande entre aquellos campesinos pobres y humillados, gentes sin prestigio ni seguridad material, a los que tampoco desde el templo se les ofrecía una esperanza.

Los escritores apocalípticos describían de manera sombría la situación que se vivía en Israel. El mal lo invade todo. Todo está sometido a Satán. Todos los males, sufrimientos y desgracias están personalizados en él. Esta visión mítica no era una ingenuidad. Aquellos visionarios sabían muy bien que la maldad nace del corazón de cada individuo, pero constataban cómo toma luego cuerpo en la sociedad, las leyes y las costumbres, para terminar corrompiendo todo.

  • No es solo Herodes el impío,

  • ni la familia sacerdotal de Anas la corrupta.

  • No son solo los grandes terratenientes los opresores,

  • ni los recaudadores los únicos malvados.

Hay «algo» más. El Imperio de Roma

  • esclavizando a los pueblos,

  • el funcionamiento interesado del templo,

  • la explotación de los campesinos exprimidos por toda clase de tributos e impuestos,

  • la interpretación interesada de la ley por parte de algunos escribas: todo parece estar alimentado y dirigido por el poder misterioso del mal.

La maldad está ahí, más allá de la actuación de cada uno; todos la absorben del entorno social y religioso como una fuerza satánica que los condiciona, los somete y deshumaniza.

En este ambiente apocalíptico, Jesús anuncia que Dios ha comenzado ya a invadir el reino de Satán y a destruir su poder. Ha empezado ya el combate decisivo. Dios viene a destruir no a las personas, sino el mal que está en la raíz de todo, envileciendo la vida entera. Jesús habla convencido: «Yo he visto a Satanás caer del cielo como un rayo». Estas palabras son, tal vez, eco de una experiencia que marcó de manera decisiva su vida. Jesús ve que el mal empieza a ser derrotado. Se está haciendo realidad lo que se esperaba en algunos ambientes: «Entonces aparecerá el reinado de Dios sobre sus criaturas, sonará la hora final del diablo y con él desaparecerá la tristeza». El enemigo a combatir es Satán, nadie más. Dios no viene a destruir a los romanos ni a aniquilar a los pecadores.

Llega a liberar a todos del poder último del mal. Esta batalla entre Dios y las fuerzas del mal por controlar el mundo no es un «combate mítico», sino un enfrentamiento real y concreto que se produce constantemente en la historia humana. El reino de Dios se abre camino allí donde

  • los enfermos son rescatados del sufrimiento,

  • los endemoniados se ven liberados de su tormento y

  • los pobres recuperan su dignidad.

  • Dios es el «antimal»: busca «destruir» todo lo que hace daño al ser humano.

Por eso Jesús no habla ya de la «ira de Dios», como el Bautista, sino de su «compasión».

Dios no viene como juez airado, sino como padre de amor desbordante.

La gente lo escucha asombrada, pues todos se estaban preparando para recibirlo como juez terrible. Así lo decían los escritos del tiempo:

  • «Se levantará de su trono con indignación y cólera»,

  • «se vengará de todos sus enemigos»,

  • «hará desaparecer de la tierra a los que han encendido su ira»,

  • «ninguno de los malvados se salvará el día del juicio de la ira».

Jesús, por el contrario,

  • busca la destrucción de Satán, símbolo del mal,

  • pero no la de los paganos ni los pecadores.

  • No se pone nunca de parte del pueblo judío y en contra de los pueblos paganos: el reino de Dios no va a consistir en una victoria de Israel que destruya para siempre a los gentiles.

  • No se pone tampoco de parte de los justos y en contra de los pecadores: el reino de Dios no va a consistir en una victoria de los santos para hacer pagar a los malos sus pecados.

  • Se pone a favor de los que sufren y en contra del mal, pues el reino de Dios consiste en liberar a todos de aquello que les impide vivir de manera digna y dichosa.

Si Dios viene a «reinar», no es para manifestar su poderío por encima de todos, sino para manifestar su bondad y hacerla efectiva. Es curioso observar cómo Jesús, que habla constantemente del «reino de Dios», no llama a Dios «rey», sino «padre».

Su reinado no es para imponerse a nadie por la fuerza, sino para introducir en la vida su misericordia y llenar la creación entera de su compasión. Esta misericordia, acogida de manera responsable por todos, es la que puede destruir a Satán, personificación de ese mundo hostil que trabaja contra Dios y contra el ser humano.

¿De dónde brota en Jesús esta manera de entender el «reino de Dios»? No es esto, ciertamente, lo que se enseñaba los sábados en la sinagoga, ni lo que se respiraba en la liturgia del templo. Al parecer, Jesús comunica su propia experiencia de Dios, no lo que se venía repitiendo en todas partes de manera convencional. Sin duda podía encontrar el rostro de un Dios compasivo en la mejor tradición de los orantes de Israel. Así se le experimenta a Dios en un conocido salmo: «El Señor es un Dios misericordioso y clemente, lento a la cólera y rico en amor y fidelidad».

Sin embargo, Jesús no cita las Escrituras para convencer a la gente de la compasión de Dios.

  • La intuye contemplando la naturaleza, e invita a aquellos campesinos a descubrir que la creación entera está llena de su bondad.

  • Él «hace salir el sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos e injustos».

  • Dios no se reserva su amor solo para los judíos ni bendice solo a los que viven obedeciendo la ley.

  • Tiene también compasión de los gentiles y pecadores.

  • Esta actuación de Dios, que tanto escandalizaba a los sectores más fanáticos, a Jesús le conmueve.

  • No es que Dios sea injusto o que reaccione con indiferencia ante el mal. Lo que sucede es que no quiere ver sufrir a nadie. Por eso su bondad no tiene límites, ni siquiera con los malos. Este es el Dios que está llegando.

DIOS, AMIGO DE LA VIDA

Nadie lo pone en duda. Jesús entusiasmó a los campesinos de Galilea. El reino de Dios, tal como él lo presentaba, tenía que ser algo muy sencillo, al alcance de aquellas gentes. Algo muy concreto y bueno que entendían hasta los más ignorantes: lo primero para Jesús es la vida de la gente, no la religión.

  • Al oírle hablar y, sobre todo, al verle curar a los enfermos,

  • liberar de su mal a los endemoniados y

  • defender a los más despreciados,

  • tienen la impresión de que Dios se interesa realmente por su vida y no tanto por cuestiones «religiosas» que a ellos se les escapan.

  • El reino de Dios responde a sus aspiraciones más hondas.

Los campesinos galileos captan en él algo nuevo y original:

  • Jesús proclama la salvación de Dios curando.

  • Anuncia su reino poniendo en marcha un proceso de sanación tanto individual como social.

  • Su intención de fondo es clara: CURAR, ALIVIAR EL SUFRIMIENTO, RESTAURAR LA VIDA.

  • No cura de manera arbitraria o por puro sensacionalismo. Tampoco para probar su mensaje o reafirmar su autoridad.

  • Cura «movido por la compasión», para que los enfermos, abatidos y desquiciados experimenten que Dios quiere para todos una vida más sana.

  • Así entiende su actividad curadora: «Si yo expulso los demonios con el dedo de Dios, entonces es que ha llegado a vosotros el reino de Dios».

Según un antiguo relato cristiano, cuando los discípulos del Bautista le preguntan: «¿Eres tú el que tenía que venir?», Jesús se limita a exponer lo que está ocurriendo:

«Id y contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la buena noticia; y dichoso el que no se escandalice por mi causa»

Jesús entiende que es Dios quien está actuando con poder y misericordia, curando a los enfermos y defendiendo la vida de los desgraciados. Esto es lo que está sucediendo, aunque vaya en contra de las previsiones del Bautista y de otros muchos. No se están cumpliendo las amenazas anunciadas por los escritores apocalípticos, sino lo prometido por el profeta Isaías, que anunciaba la venida de Dios para liberar y curar a su pueblo.

Según los evangelistas, Jesús despide a los enfermos y pecadores con este saludo: «Vete en paz», disfruta de la vida. Jesús les desea lo mejor:

  • salud integral,

  • bienestar completo,

  • una convivencia dichosa en la familia y en la aldea,

  • una vida llena de las bendiciones de Dios.

  • El término hebreo shalom o «paz» indica la felicidad más completa; lo más opuesto a una vida indigna, desdichada, maltratada por la enfermedad o la pobreza.

  • Siguiendo la tradición de los grandes profetas, Jesús entiende el reino de Dios como un reino de vida y de paz. Su Dios es «amigo de la vida».

Jesús solo llevó a cabo un puñado de curaciones. Por las aldeas de Galilea y Judea quedaron otros muchos ciegos, leprosos y endemoniados sufriendo sin remedio su mal. Solo una pequeña parte experimentó su fuerza curadora. Nunca pensó Jesús en los «milagros» como una fórmula mágica para suprimir el sufrimiento en el mundo, sino como un signo para indicar la dirección en la que hay que actuar para acoger e introducir el reino de Dios en la vida humana. Por eso Jesús no piensa solo en las curaciones de personas enfermas. Toda su actuación está encaminada a generar una sociedad más saludable:

  • su rebeldía frente a comportamientos patológicos de raíz religiosa como el legalismo,

  • el rigorismo o el culto vacío de justicia.

  • su esfuerzo por crear una convivencia más justa y solidaria;

  • su ofrecimiento de perdón a gentes hundidas en la culpabilidad;

  • su acogida a los maltratados por la vida o la sociedad;

  • su empeño en liberar a todos del miedo y la inseguridad para vivir desde la confianza absoluta en Dios.

Curar, liberar del mal, sacar del abatimiento, sanear la religión, construir una sociedad más amable, constituyen caminos para acoger y promover el reino de Dios. Son los caminos que recorrerá Jesús.

Pagola José Antonio, Jesús. Aproximación histórica. pág. 93-101. Editorial PPC (Madrid), 2007.


El Reino. Un nuevo orden de cosas
El reino de Dios que Jesús anuncia no es, en primer lugar, un nuevo tipo de reino, plantado en medio de los reinos de los hombres y diferenciado de ellos por una especie de gueto. No es «un lugar» en el que reina Dios o sus representantes en una especie de nueva teocracia. No es algo simplemente jurídico, externo, sostenido por unas leyes humanas que «obliguen» a creer. Es mucho más.

  • Se trata de un cambio en el hombre, en todo el hombre.

  • Y no sólo en el «modo» de vivir de los hombres, sino de

  • un cambio en el «ser» del hombre,

  • unas nuevas raíces,

  • una nueva orientación de todo su ser,

  • una nueva historia,

  • una nueva realidad y

  • no una simple nueva apariencia o un nuevo «sentido» solamente.

Jesús, cuando hable de este reino a Nicodemo, no vacilará en asegurar que

  • hay que regresar al seno de la madre, que

  • hay que «nacer» de nuevo.

Por eso, con razón, Tresmontant ha hablado de un problema de ontología, o, más exactamente, de ontogénesis.

  • Jesús no viene a «mejorar» al hombre,

  • viene a «crear» un hombre nuevo,

  • a «regenerar» al hombre y producir un nuevo «tipo» de hombre y de mundo,

  • un hombre regido por distintos valores, un mundo apoyado sobre columnas distintas de las que hoy le sostienen.

Por eso puede asegurarse que el reino de Dios es el verdadero, el único «cambio» que se ha anunciado en la historia. Y puede asegurarse —la frase es de Pikaza— que allí donde la historia de los hombres continúa como estaba, no ha llegado de verdad el Reino.

En este sentido Jesús predica algo subversivo, revolucionario: porque viene a destruir todo un orden de valores y anuncia un orden nuevo. Nunca jamás se predicó revolución como ésta.

¿Y qué abarcaría esta revolución? Ya lo hemos dicho:

  • todo.

  • Abarca el interior y el exterior,

  • lo espiritual y lo mundano,

  • el individuo y la comunidad,

  • este mundo y el otro.

En el hondón del alma y más allá

Es, en primer lugar, un reino interior y exterior.

  • Durante muchos siglos en la Iglesia se ha hablado casi exclusivamente del «cambio» en el alma. Jesús habría venido a cambiar el corazón de los individuos y bastaría con que cada hombre descubriera el valor infinito de su alma para que el reino comenzara a existir.

  • Hoy, por esa ley del péndulo que rige el pensamiento humano, son muchos los que se van al otro extremo y caricaturizan y devalúan el cambio interior. Piensan que eso es puro individualismo, simple sentimentalismo. Y aseguran que en el reino de Dios no se entra por la intensificación de nuestra experiencia espiritual o por el esfuerzo de elevación interior hacia lo divino.

  • Pero —repitámoslo una vez más— ¿por qué separar lo que Dios ha unido? Al reino de Dios no se entra sólo por los caminos de la vida interior, es cierto. Pero ¿cómo negar que también —e incluso primordialmente— se entra por ellos, para, desde ahí, cambiar al hombre entero, cuerpo, vida social y alma?



Digámoslo sin rodeos:

  • El cambio que Jesús anuncia y pide ha de cambiar al hombre entero.

  • Supone una modificación sustancial de los modos de pensar y de hacer en dirección de Dios.

  • Lo que se pide es una verdadera revolución interior que, luego, se plasme en toda la vida concreta de cada hombre.

  • No es un simple nuevo calorcillo interior,

  • no es algo puramente sentimental;

  • tampoco son algunos actos externos diferentes.

  • Es un dirigir el alma en otra dirección.
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