La pedagogia de jesus en los equipos docentes de america latina




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Y por eso toda conversión implica

  • ruptura con lo que se es,

  • guerra con nuestro propio pasado.

  • No simple ascesis, sino

  • una nueva disponibilidad para las exigencias de Jesús. Literalmente

  • un nuevo nacimiento, como dirá Jesús a Nicodemo.

En este mundo y en el otro

Más grave es la falsificación de quienes reducen el reino de los cielos a algo que ocurrirá y empezará... en los cielos, después de la muerte, en el «más allá». Ya hemos señalado cómo la expresión de Mateo «reino de los cielos» para nada habla de la «otra vida» y es un simple sinónimo de «reino de Dios». Un reino de Dios que, para Jesús es algo que ya está en marcha entre nosotros, aquí, aquí, en este mundo (Mt 12, 28; Lc 11, 20; 17, 21).

Es, por ello, completamente falsa la idea de que un seguidor de Cristo ha de pasarse esta vida «haciendo méritos» en este mundo, para poder un día, tras su muerte, ingresar en el reino de los cielos. No, este mundo —la frase es de Pikaza— no es una sala de espera de ese reino de los cielos. Ni tampoco es el reino de Dios mismo. Pero es el campo de batalla, el solar de construcción de ese reino que viene del mismo Dios a la tierra.

Al individuo y la comunidad

Y, en este mundo, afecta al individuo y a la comunidad. Subrayo de nuevo el «y». Porque aquí regresa esa ley del péndulo que hace que, después de siglos en los que sólo se valoró el reino en el interior de cada individuo, hoy se hable solamente del reino que afecta a la comunidad, como si se redujera al cambio social y al político.

Jesús —se oye decir hoy en pulpitos y libros de moda— dirige su mensaje no a cada individuo de manera aislada y separada, sino a todo el pueblo. Las exhortaciones de Jesús están siempre en plural, no en singular. Estas afirmaciones distan de ser exactas y basta con acercarse al evangelio para comprobarlo: Jesús habla en plural cuando se dirige a las multitudes, pero invita también a la conversión individual cuando habla (como a Nicodemo, como a cada uno de los apóstoles, como a la Samaritana) a individuos concretos.

Mejor será, por ello, no contraponer las cosas: Jesús llama al individuo y a la comunidad. O, si se prefiere, llama al individuo para que viva su conversión en comunidad. A fin de cuentas toda conversión es una decisión asumida personalísimamente, con una responsabilidad intransferible, que empieza siempre en el individuo aunque no termine en él.

Hoy es más urgente que nunca repetirlo:

  • sólo un mundo de hombres cambiados será un mundo cambiado;

  • sólo una comunidad de hombres renovados será una comunidad nueva.

Y digo que esto hay que recordarlo hoy especialmente porque, si durante siglos el peligro cristiano fue el refugio en una santidad interior que parecía tolerar las injusticias estructurales del mundo, hoy el gran riesgo es el contrario: limitarse a gritar que el mundo debe cambiar, reducirse a «profetizar» contra «las estructuras» o las instituciones, convirtiendo esas denuncias proféticas en una coartada para rehuir los más urgentes cambios en el interior del supuesto profeta.

Así es como hoy,

  • con la disculpa de hacer evangelio, se aspira a veces injustamente a la justicia;

  • se pregona la libertad sin respetar la de los que piensan de manera distinta;

  • se aspira a la verdad de mañana con las mentiras de hoy;

  • se denuncia en los demás lo que se tolera en uno mismo;

  • se habla mucho de la paja en el ojo social, olvidando la viga en el personal.

No, no fue esa la predicación de Jesús:

  • su reino estaba dentro de nosotros, no encerrado sino abierto a toda la realidad, pero

  • sabiendo que la tierra donde el Reino comienza a germinar es la del propio corazón de quien escucha.

  • El reino de Dios en el mundo empezará cuando cada uno comience por barrer la puerta de su propio jardín;

  • el amor en la tierra crecerá si aumenta en mí;

  • no nacerá la alegría en un universo de hombres avinagrados;

  • no habrá verdadera revolución de la realidad con revolucionarios mediocres.

Pero, es claro, que no se trata de un cambio personal para la autosatisfacción o para convertir el alma en una despensa almacena-dora de virtudes.

Es el mundo entero el que debe ser cambiado, porque es cierto que una sociedad corrompida e injusta hace casi imposible el cambio de la mayoría.

Y aquí el planteamiento de Jesús es ambicioso. Como un nuevo Sansón viene a remover las columnas sobre las que este mundo se asienta, pasando de un universo regido por el dinero, el sexo y el poder a otro gobernado por el amor, el servicio y la libertad. Quiere que el mundo regrese a su eje en Dios, del que nunca debió salir.

Y no viene, en rigor, a hacer o a anunciar «otro» mundo, sino a «rehacer» éste, a transformar este viejo mundo en otro nuevo, renovado.

Una liberación de «todo» mal

Ya hemos dicho que Cristo es ambicioso: no viene a liberar una «parcela» de la realidad. Quiere cambiarlo «todo».

Y hay que decir esto bien claro porque las herejías —las antiguas y las de hoy— han venido siempre por empequeñecer la obra de Dios, por encajonarla.

  • Para los antiguos predicadores Cristo era sólo un liberador de almas, que nada tenía que decir sobre ese campo de batalla terreno en el que las almas se curten.

  • Para muchos predicadores de hoy —que copian con ello a los contemporáneos de Jesús— éste sería sólo un caudillo político o un reformador social.

  • Si para los primeros el pecado es algo que ocurre únicamente en el corazón, para los actuales todo pecado sería sólo un desajuste de las estructuras sociales.

Cristo era menos ingenuo y menos parcial que los unos y los otros. Aspira a una liberación de todo mal, de todo pecado.

  • Y trae una liberación que pasaba por la reconquista de la libertad política de sus conciudadanos, pero que no caía en el ingenuo simplismo de confundir «la opresión» con «los romanos».

  • Jesús no acepta una sociedad dividida en clases de opresores y oprimidos y

  • aspira a un reino de justicia donde los derechos de todos —los de los pobres y débiles en primer lugar— sean íntegramente respetados.

Pero no olvida que se trata de mucho más:

  • de un cambio radical en las relaciones entre los hombres,

  • donde el servicio mutuo substituyera al egoísmo y al dominio;

  • donde se respetara toda vida;

  • donde el amor no se viera esclavizado por el sexo;

  • donde reinase la libertad, tanto exterior como interior;

  • donde fueran derribados todos los ídolos de este mundo y se reimplantara la soberanía de Dios en los corazones y en la vida social.

Un Reino «imposible» y cercano

Pero ¿todo esto no es un sueño, una utopía imposible? Sí, hay que decirlo sin rodeos: lo que Jesús propone como proyecto y tarea es algo que entonces parecía y aún hoy parece inalcanzable. No algo imposible, pero sí algo que, aun reunidas todas las fuerzas de todos los cristianos de todos los tiempos, sólo muy trabajosamente se irá abriendo paso en la historia y en la realidad.

Esto debe decirse abiertamente para evitar inútiles desencantos: No hemos construido —ni en su totalidad, ni en su mayor parte— todavía el reino de Dios. Las muchas experiencias históricas de dos mil años no se han acercado, ni de lejos, al proyecto de Jesús. Y nos engañamos si confundimos el reino de Dios con las diversas formas que, a lo largo de los siglos, se han presentado a sí mismas como los modelos de realización de ese Reino.

Tiene razón Küng al escribir:

Todas esas falsas identificaciones no tienen en cuenta que se trata del futuro de Dios, del reino de Dios. El reinado de Dios no ha sido ni la Iglesia masivamente institucionalizada del catolicismo medieval y contrarreformista, ni la teocracia ginebrina de Calvino, ni el Reino apocalíptico de algunos fanáticos, como Tomás Münzer. Tampoco ha sido el reinado presente de la moralidad y la cultura burguesa perfecta, como pensaban el idealismo y el liberalismo teológico y, muchísimo menos el imperio político milenario, asentado en la ideología del pueblo y de la raza, propugnado por el nacional-socialismo. Tampoco es, en fin, el reinado sin clases del hombre nuevo, tal como hasta ahora se ha esforzado en realizarlo el comunismo.

Parece absurdo tener que recordar estas cosas. Pero es necesario, porque es raro que corran diez o quince años sin que, en algún lugar del planeta, surja alguien —generalmente un dictador— que anuncia haber realizado o estar realizando en su país el reino de Dios, haber construido «ya» el «hombre nuevo».

Ese Reino está aún en el horizonte de nuestra esperanza. Y no lo encontraremos volviendo atrás los ojos de la nostalgia, sino aportando nuestras manos para «tirar» de ese futuro que sigue estando lejos y acercándose.

Es bueno recordar que ni la propia Iglesia puede decir que ella sea el reino de Dios. La Iglesia está al servicio del Reino, tiene como tarea fundamental empujar a los hombres hacia él. Y sería una grave tentación pensar que ella es —en su realización actual— la meta, cuando es sólo el germen, el sacramento, el signo de presencia de ese Dios que se acerca y hacia el que ella y los hombres han de caminar sin descanso.

Así el reino de Dios es algo,

  • a la vez, posible e inalcanzable,

  • como una meta que corriera delante de nosotros.

  • Cuanto más nos acerquemos a él tanto mejor veremos cuán lejos de él estamos aún.

  • Porque cuando hayamos cambiado el mundo —como decía Brecht— tendremos que cambiar el mundo cambiado.

Todo esto queda claro en la predicación de Jesús, que habla del Reino con una buscada ambivalencia, con

  • una mezcla de urgencia y esperanza,

  • anuncio de algo que ha de venir y que ya está viniendo, aunque, sin embargo, esté ya en medio de nosotros.

Muchos de sus textos, efectivamente, parecen colocar el reino de Dios en el fin de los tiempos, después del juicio final:

- Si vuestra fidelidad no es mayor que la de los escribas y fariseos no entraréis en el reino de Dios (Mt 5, 20).

- Más os vale que entréis con un solo ojo en el reino de los cielos, que con los dos ojos ser arrojados al infierno (Mt 9, 47).

- Porque os digo que, desde ahora, no beberé más del fruto de la vid hasta que no llegue el reinado de Dios (Lc 22, 18).

- Os digo que vendrán muchos de Oriente y Occidente a sentarse a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos (Lc 13, 28).

- Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos (Mt 18, 3; Mc 10, 15).

Y, junto a todas estas afirmaciones de un reino futuro, otras que lo dibujan como algo que ya ha empezado a nacer, como algo que ya está en la tierra:

- Habiéndole preguntado los fariseos cuándo llegaría el reino de Dios, les respondió: El reino de Dios viene sin dejarse sentir. Y no dirán: Míralo aquí o allá, porque el reino de Dios ya está entre vosotros (Lc 17, 20).

- Pero si yo, con el espíritu de Dios, echo los demonios, es que ha llegado a vosotros el reino de Dios (Mt 12, 28).

- El reino de Dios está cerca de vosotros (o dentro de vosotros) (Lc 17, 21).

Esta ambivalencia, esta suma de urgencia y esperanza, es uno de los ejes del pensamiento de Jesús. Para él, ese reino es, a la vez, algo escatológico —es decir, algo que se realizará en plenitud al final de los tiempos— y algo que ya está en marcha, que ya ha nacido. Todas sus palabras, toda su conducta son las de alguien que se siente invadido por una gozosa y conmovedora realidad: el reino de Dios es algo que ya está irrumpiendo en la vida de sus contemporáneos. El no es sólo un anuncio, un presagio, una promesa, una esperanza. Es ya una realidad naciente, germinante. Todas sus parábolas —que estudiaremos en otro lugar— subrayan esta venida como un proceso en marcha:

  • es un crecimiento (Mt 4, 26),

  • una fermentación (Mt 13, 33),

  • una búsqueda (Mt 18, 12),

  • un brote (Mc 13, 4-30).

La humanidad entera es ya como una masa trabajada por un artesano, como una semilla ya plantada en un campo, como un mar que sólo espera la llegada de la red para llenarla de peces.

Y ÉSTA ES LA GRAN BUENA NUEVA DE JESÚS:

  • todo mejorará;

  • la muerte no tendrá la última palabra;

  • el mal será derrotado;

  • al final Dios se impondrá en la lucha de la historia;

  • la humanidad tiene una meta; quienes colaboren en ese combate obtendrán la liberación y la victoria. Esta es su gran noticia.

Y más que una noticia, un inicio. Porque el Reino ha comenzado ya en su persona, en sus milagros, en su propia resurrección que ya inaugura, a la vez que anuncia, la resurrección de todos los que escucharán su palabra.

Con Jesús y en Jesús se realiza por primera vez ese «hombre nuevo» y se nos concede la posibilidad de saber lo que el hombre es y, sobre todo, lo que puede llegar a ser. Porque Jesús nos descubre —como dice Guerrero— que la esencia del hombre no está en lo que es, sino en lo que está llamado a ser.

Martín Descalzo, José Luis. Vida y misterio de Jesús de Nazaret, volumen 2., pág. 24-30. Editorial Sígueme (Salamanca), 1986.


Reino en el Nuevo Testamento

El evangelio del Reino de Dios

  • JESÚS DA AL REINO DE DIOS EL PRIMER PUESTO EN SU PREDICACIÓN. Lo que anuncia en los pueblos de Galilea es la buena nueva del reino (Mt 4,23; 9,35). «Reino de Dios», escribe Marcos; «reino de los cielos», escribe Mateo conformándose a los usos del lenguaje rabínico: las dos expresiones son equivalentes. Los milagros, que acompañan a la predicación, son los signos de la presencia del reino y hacen entrever su significado.

  • «Muerte sobre los hombres: «Si yo lanzo los demonios por el Espíritu de Dios, ha llegado, pues, a vosotros el reino de Dios» (Mt 12,28). De ahí se sigue que es necesaria una decisión: hay que «convertirse, abrazar las exigencias del reino para convertirse en discípulo de Jesús.

  • Los apóstoles, en vida de su maestro:

  • reciben misión de proclamar por su parte este Evangelio del reino (Mt 10,7).

  • En consecuencia, después de Pentecostés es el reino el tema central de la predicación evangélica, incluso en san Pablo (Act 19, 8; 20,25; 28,23.31).

  • Si los fieles que se convierten sufren mil tribulaciones, es «para entrar en el reino de Dios» (Act 14,22), pues Dios «los llama a su reino y a su gloria» (I Tes 2,12).

  • Sólo que ahora ya el nombre de Jesucristo se añade al reino de Dios para constituir el objeto completo del Evangelio (Act 8,12): hay que creer en Jesús para tener acceso al reino.
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