La pedagogia de jesus en los equipos docentes de america latina




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LOS MISTERIOS DEL REINO DE DIOS

  • El reino de Dios es una realidad misteriosa, cuya naturaleza sólo Jesús puede dar a conocer.

  • Y no la revela, sino a los humildes y a los pequeños, no a los sabios y a los prudentes de este mundo (Mt 11,25), a sus discípulos, no a las gentes de fuera, para quienes todo es enigmático (Mc 4,11).

  • La pedagogía de los evangelios está constituida en gran parte por la revelación progresiva de los misterios del reino, particularmente en las parábolas. Después de la resurrección se completará esta pedagogía (Act 1,3) y la acción del Espíritu Santo la terminará (cf. Jn 14,26; 16,13ss).



  • Las paradojas del reino. El judaismo, tomando al pie de la letra los oráculos escatológicos del AT, se representaba la venida del reino como algo fulgurante e inmediato. Jesús lo entiende de otra manera.

  • El reino viene cuando se dirige a los hombres la palabra de Dios; debe crecer, como una semilla depositada en la tierra (Mt 13,3-9.18-23).

  • Crecerá por su propio poder, como el grano (Mc 4,26-29).

  • Levantará al mundo, como la levadura puesta en la masa (Mt 13,33).

  • Sus humildes comienzos contrastan así con el porvenir que se le promete.

  • En efecto, Jesús no dirige la palabra sino a los judíos de Palestina; y aun entre ellos, sólo «se da el reino» a la «pequeña grey» de los discípulos (Lc 12,32).

  • Pero el mismo reino debe convertirse en un gran árbol donde aniden las aves del cielo (Mt 13,31s); acogerá a todas las naciones en su seno, pues no está ligado con ninguna de ellas, ni siquiera con el pueblo judío.

  • Existiendo en la tierra en la medida en que la palabra de Dios es acogida por los hombres (cf. Mt 13,23), podría pasar por una realidad invisible.

  • En realidad, su venida no se deja observar como un fenómeno cualquiera (Lc 17,20s).

  • Y sin embargo se manifiesta al exterior como el trigo mezclado con la cizaña en un campo (Mt 13,24...).

  • La «pequeña grey» a la que se da el reino (Lc 12,32) le confiere una fisonomía terrestre, la de un nuevo Israel, de una Iglesia fundada sobre Pedro; y éste recibe incluso «las llaves del reino de los cielos» (Mt 16,18s).

  • Únicamente hay que notar que esta estructura terrena no es la de un reino humano: Jesús se sustrae cuando quieren hacerlo rey (Jn 6,15), y sólo en un sentido muy particular deja que le den el título de Mesías.

LAS FASES SUCESIVAS DEL REINO.

  • Si el reino está llamado a crecer, esto supone que debe contar con el tiempo. Cierto que, en un sentido, se han cumplido los tiempos y el reino está presente;

  • desde Juan Bautista está abierta la era del reino (Mt 11,12s);

  • es el tiempo de las nupcias (Mc 2,19; cf. Jn 2,1-11) y de

  • la siega (Mt 9,37ss; cf. Jn 4,35).

  • Pero las parábolas de crecimiento (la semilla, el grano de mostaza, la levadura, la cizaña y el buen grano, la pesca: cf. Mt 13) dejan entrever un espacio entre la inauguración histórica del reino y su realización perfecta.

  • Después de la resurrección de Jesús, la disociación de su entrada en la gloria y su retorno como juez (Act l, 9ss) acabará de revelar la naturaleza de este tiempo intermedio: será el tiempo del testimonio (Act 1,8; Jn 15,27), el tiempo de la Iglesia.

  • Al final de este tiempo será el advenimiento del reino en su plenitud (cf. Lc 21,31): entonces se consumará la pascua (Lc 22,14ss), tendrá lugar la comida escatológica (22,17s) en la que los invitados venidos de todas partes tendrán fiesta con los patriarcas (Lc 13,28s; cf. 14,15; Mt 22,2-10; 25,10).

  • Este reino, llegado a su consumación, están llamados a «heredarlo» los fieles (Mt 25,34), después de la resurrección y la transformación de sus cuerpos (1 Cor 15,50; cf. 6,10; Gal 5,21; Ef 5,5). Hasta entonces suspiran por su venida: «¡Venga tu reino!» (Mt 6,10).



EL ACCESO DE LOS HOMBRES AL REINO.

  • El reino es el don de Dios por excelencia, el valor esencial que hay que adquirir a costa de todo lo que se posee (Mt 13,44ss).

  • Pero para recibirlo hay que llenar ciertas condiciones. No ya que se lo pueda en modo alguno considerar como un salario debido en justicia: libremente contrata Dios a los hombres en su viña y da a sus obreros lo que le parece bien darles (Mt 20,1-16). Sin embargo,

  • Si todo es gracia, los hombres deben responder a la gracia: los pecadores endurecidos en el mal «no heredarán el reino de Cristo y de Dios» (1 Cor 6,9s; Gal 5,21; Ef 5,5; cf. Ap 22,14s).

  • Un alma de pobre (Mt 5,3 p), una actitud de niño (Mt 18,1-4 p; 19,14), una búsqueda activa del reino y de su justicia (Mt 6,33), el soportar las persecuciones (Mt 5,10; Act 14,22; 2Tes 1,5), el sacrificio de todo lo que se posee (Mt 13,44ss; cf. 19,23), una perfección más grande que la de los fariseos (Mt 5,20), en una palabra, el cumplimiento de la voluntad del Padre (Mt 7,21), especialmente en materia de caridad fraterna (Mt 25,34): todo esto se pide a quien quiera entrar en el reino y heredarlo finalmente.

  • Porque si todos son llamados a él, no todos serán elegidos: se expulsará al comensal que no lleve el vestido nupcial (Mt 22,11-14). En un principio se requiere una conversión (cf. Mt 18, 3), un nuevo nacimiento, sin el cual no se puede «ver el reino de Dios» (Jn 3,3ss).

  • La pertenencia al pueblo judío no es ya una condición necesaria, como lo era en el AT: «muchos vendrán de Oriente y Occidente y se sentarán a la mesa en el reino de los cielos, mientras que los súbditos del reino serán lanzados fuera...» (Mt 8,lls).

  • Perspectiva de juicio, que ciertas parábolas presentan en forma concreta: separación de la cizaña y del buen grano (Mt 13,24-30), selección de los peces (Mt 13,47-50), rendición de cuentas (Mt 20,8-15; 25,15-30): todo esto constituye una exigencia de vigilancia (Mt 25,1-13).

EL REINO DE DIOS Y LA REALEZA DE JESÚS

En el NT los dos temas del reino de Dios y de la realeza mesiánica se unen en la forma más estrecha, porque el rey-Mesías es el mismo Hijo de Dios. Este puesto de Jesús en el centro del misterio del reino se descubre en las tres etapas por las que éste debe pasar: la vida terrena de Jesús, el tiempo de la Iglesia y la consumación final de las cosas.

  1. Durante su vida terrenal

  • se muestra Jesús muy reservado respecto al título de rey. Si lo acepta en cuanto título mesiánico que responde a las promesas proféticas (Mt 21,1-11), tiene necesidad de despojarlo de sus resonancias políticas (cf. Lc 23,2), a fin de revelar la realeza «que no es de este mundo» y que se manifiesta por el testimonio prestado a la verdad (Jn 18; 36s). Por el contrario, no vacila en identificar la causa del reino de Dios con la suya propia: dejar todo por el reino de Dios (Lc 18,29) es dejarlo todo «por su nombre» (Mt 19,29; cf. Mc 10,29). Describiendo por adelantado la recompensa escatológica que aguarda a los hombres, identifica el «reino del Hijo del hombre» con el «reino del Padre» (Mt 13,41ss), y asegura a sus apóstoles que dispone para ellos del reino como el Padre lo ha dispuesto para él (Lc 22,29s).

  • Su entronización regia no tiene lugar, sin embargo, sino a la hora de su resurrección: entonces es cuando toma asiento en el trono mismo de su Padre (Ap 3,21) y es exaltado a la diestra de Dios (Act 2,30-35). A todo lo largo del tiempo de la Iglesia, la realeza de Dios se ejerce así sobre los hombres por medio de la realeza de Cristo, señor universal (Flp 2,11); porque el Padre constituyó a su Hijo «rey de los reyes y señor de los señores» (Ap 19,16; 17,14; cf. 1,5).



  • AL FINAL DE LOS TIEMPOS, Cristo vencedor de todos sus enemigos «entregará la realeza a Dios Padre» (1 Cor 15,24). Entonces esta realeza quedará plenamente adquirida para nuestro Señor y para su Cristo» (Ap 11,15; 12,10), y los fieles recibirán «la herencia en el reino de Cristo y de Dios» (Ef 5,5). Así es como Dios, señor de todo, tomará plenamente posesión de su reinado (Ap 19,6). Los discípulos de Jesús serán llamados a compartir la gloria y el reinado (Ap 3,21), porque desde la tierra ha hecho Jesús de ellos «un reino de sacerdotes para su Dios y Padre» (Ap 1,6; 5,10; 1 Pe 2,9; cf. Éx 19,6).

Leon-Dufour, Xavier. Vocabulario de Teología Bíblica, pág. 677-680. Editorial Herder, Barcelona, 1965.

SEXTA PARTE
DOS CARACTERÍSTICAS FUNDAMENTALES DE LA PEDAGOGÍA DE JESÚS


  • PROBLEMATIZACIÓN DE SITUACIONES

Pedagogía de la pregunta

Jesús enseña además problematizando situaciones, y planteando preguntas desestabilizadoras. Esa metodología atrae y fascina al pueblo, aunque provoca irritación, en particular entre las autoridades. Por ejemplo, echa mano a sucesos de la vida diaria que quedan abiertos frente a acusaciones realizadas en forma de interrogación (a la pregunta por la dudosa legalidad de una acción suya contesta “¿Quién de ustedes, si tiene una oveja y se cae a un pozo en sábado, no va y la saca?” en Mt.12, 11). A su vez replica buscando una toma de posición sobre sucesos de singular sensibilidad, perfectamente conocidos por su auditorio (“Yo también les voy a hacer una pregunta. Respóndanme: ¿Quién envió a Juan a bautizar, Dios o los hombres?”, en Lc.20, 3-4 y par.). En ocasiones, remite a los cuestionadores a la Escritura, también con la clave de una pregunta (Mt.12, 3-5).

En no pocas oportunidades, las preguntas que le formulan sus contrincantes son contestadas por él con otra interrogante, lo que gira de forma drástica la dirección y lógica de la argumentación. Sin embargo, ese recurso no se agota en el grupo mencionado, y puede dirigirse a los del entorno cercano (por caso, la perturbadora respuesta que ofrece al preguntársele sobre su madre y hermanos, en Mt.12, 46-50).

No nos extenderemos en la cita de pasajes específicos. Simplemente destacaremos que buena parte de esos cuestionarios quedan sin respuesta explícita en los textos. Apuntan más bien a suscitar condiciones para el desarrollo en la madurez de los oyentes, a fin de que asuman una actitud nueva y responsable frente a situaciones de la vida cotidiana, a la luz de la ley. Son medios de construcción de aprendizaje. En tal sentido, los evangelistas han sido capaces de transmitirnos de manera respetuosa ese aspecto de la pedagogía de Jesús, sin caer en la tentación de ofrecer un “manual universal de respuestas”.

Parábolas

La problematización de situaciones se deja ver de forma singular a través de las parábolas, modo de enseñanza bien conocido en el mundo antiguo. Se lo denominaba mashal en hebreo; el vocablo griego que se utilizó en su traducción fue parabolé, cuya raíz implica colocar dos cosas lado a lado para compararlas. Un bello texto del Cántico Rabbá explica:

Rabí Hanina dijo: Esto puede compararse con un pozo profundo lleno de agua, de agua fresca, suave y buena; pero nadie podía beber de ella. Llegó un hombre que unió cuerda con cuerda, soga con soga, sacó de allí y bebió. Y todo el mundo se puso a sacar y a beber. Así, de parábola en parábola Salomón penetró en el secreto de la Torá... Nuestros maestros dijeron: que el mashal no sea una cosa insignificante a tus ojos, ya que gracias a él el hombre puede comprender las palabras de la Torá. Parábola de un rey que, en su casa, perdió una moneda de oro o una piedra preciosa. ¿No la busca con una mecha que no vale más que un céntimo? Así, el mashal tampoco ha de ser una cosa insignificante a tus ojos, ya que gracias a él se pueden penetrar las palabras de la Torá. Y tú sabes que es así porque gracias al mashal Salomón comprendió los detalles más pequeños de la Torá (CR, 1,1-8).

Tal y como sugiere el párrafo anterior, frente a su aparente amenidad corremos el riesgo de considerarlas como especie de fábulas cándidas, de vivos colores, para la ilustración de personas simples, exiguamente formadas y con escasa agudeza de raciocinio. Muy por el contrario, con el uso de tal recurso –bastante complejo en realidad– Jesús desafía la mentalidad de sus oyentes, quebrándoles el equilibrio y las falsas seguridades. Es interesante subrayar, a modo de paréntesis, que las parábolas utilizadas por la tradición rabínica que han llegado hasta nosotros a través de otras fuentes, tampoco son ilustraciones claras de verdades religiosas, sino más bien dichos e imágenes enigmáticas (especie de rompecabezas) que desafían y desconciertan a la audiencia.

Las parábolas no son de ninguna manera historias cómodas o placenteras, y en ocasiones se transforman en boca de Jesús en durísimos ataques verbales al mundo religioso en el cual se movían sus oyentes. Si las analizamos con cuidado, descubriremos que promueven por lo general una subversión total de valores, a partir de mecanismos propios de la sabiduría popular, en la cual la aproximación a lo divino no se hace mediante reflexiones metafísicas, sino desde experiencias y vivencias humanas.

Es verdad que en los evangelios Jesús utiliza en ellas imágenes muy realistas, tomadas de la vida diaria, captando de ese modo la atención del auditorio. Pero, por lo general, esas narraciones sufren de manera imprevista un giro dramático, sorprendente, que coloca a los oyentes en una situación incómoda, provocándoles preguntas y dudas. Ese giro que se les imprime, con detalles desconcertantes, remarcando lo extraordinario implícito en lo ordinario, obliga al auditorio a salir de sus esquemas. Entre otros muchos ejemplos, la referencia a una cosecha extravagantemente copiosa (Mc.4, 8), una sustitución de invitados que nadie promovería en esa época (Lc.14, 21), la alabanza a la astucia tramposa de un administrador (Lc.16, 1-8), la increíble terquedad de un propietario (Lc.20, 9-15), o el rarísimo contratista que paga igual a los que trabajaron menos (Mt.20, 8) nos dan una idea del asunto. Se trata de narraciones verosímiles en apariencia, en las que de pronto se introducen elementos desestabilizantes y raros. De esa forma, con Paul Ricoeur, podríamos decir que las parábolas orientan, desorientan y reorientan.

Son también plurivalentes. Sus significados son múltiples, e incluso el punto central permanece muchas veces impreciso. Por eso exigen y reciben diferentes interpretaciones, en auditorios distintos. Tanto para confrontar oponentes como para animar a los seguidores, las parábolas parten del universo del oyente, que es capaz de reconocer en ellas sus propios valores, conductas, costumbres, etc. Según esto, quien escucha puede identificarse con la situación y los personajes. Sin embargo, dichos valores conocidos son transformados. En tal aspecto, las parábolas funcionan como especie de trampas que atrapan al que se aproxima a ellas desprevenido.

A diferencia de lo que pudiera parecer, tienen en realidad un final no escrito, abierto, que dependerá de cada uno de los oyentes. Provocan en ocasiones rechazo, confusión, e inclusive oscuridad de entendimiento; de ahí la respuesta de Jesús a sus discípulos en Mt.13, 10-17, que hace alusión a diversos niveles de comprensión.

Delante de un tema tan rico, apenas esbozado aquí, y a modo de muestra, haremos referencia a la delicada situación que se presenta en casa de Simón el fariseo (Lc.7, 36-47). Frente al gesto de la mujer, escandaloso para los judíos observantes y el anfitrión en particular, Jesús prefiere desviar la inevitable discusión legal a un plano en apariencia neutral (el de la breve parábola del acreedor y sus deudores) ante la cual Simón se pronuncia libre y espontáneamente, sin percatarse de que en realidad está emitiendo un juicio contra su propia actitud discriminatoria y prejuiciosa.
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