La pedagogia de jesus en los equipos docentes de america latina




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Mujeres que sirven a Jesús Lucas 8:1-3


Aconteció después, que Jesús iba por todas las ciudades y aldeas, predicando y anunciando el evangelio del reino de Dios, y los doce con él,y algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus malos y de enfermedades: María, que se llamaba Magdalena, de la que habían salido siete demonios,Juana, mujer de Chuza intendente de Herodes, y Susana, y otras muchas que le servían de sus bienes.

COMENTARIO…


  • Al inicio mismo de su vida pública, Jesús se presenta ante sus contemporáneos como mensajero de un gran acontecimiento que acaba de comenzar: «El tiempo se ha cumplido, el Reino de Dios está llegando. Convertíos y creed la Buena Noticia» (Mc 1,15). Más que una enseñanza o un cuerpo doctrinal de verdades, estas palabras son como una feliz exclamación, un grito de alegría: «Ya está aquí el Reino de Dios.»

Pues bien, lo que anuncia Jesús es que la gran promesa de Dios comienza ya a cumplirse, que Dios viene para reinar de manera nueva y definitiva, y para abrir un camino seguro hacia la plenitud. Y que esto sucede precisamente a través de él. ¿Qué significa para Jesús este Reino, o mejor, Reinado de Dios? La verdad es que no nos da una respuesta sencilla a esta cuestión. Es un acontecimiento tan rico que necesitamos leer todo el Evangelio para comprenderlo.

Para terminar es importante recordar que las mujeres jugaron un importante papel en el acompañamiento que hicieron a Jesús en su caminar

Convoca a una comunidad para proseguir su tarea

  • Mc 3,14 “estar con él”

Consiste en tener una adhesión incondicional a la persona de Jesús y a su proyecto de Salvación, de construcción del reino. Lo que implica asumir sus valores y su estilo de vida nivel personal y colectivamente. Es lo mismo que Juan expresa también como amor a Jesús (Jn 14,15), significando un amor de identificación. Esta adhesión o amor se expresa en la praxis y queda autentificada por ella.



  • Mc 1,18; 2,14. “seguimiento a Jesús”

Término usado por los cuatro evangelistas para expresar la adhesión y su seguimiento a Jesús, significa mantener la cercanía comunitaria a él mediante un movimiento subordinado al suyo. Es decir, se concibe a Jesús como a un pionero y a los discípulos como a seguidores del mismo itinerario.

  • ¿Qué aprendemos de la pedagogía de Jesús?

  • ¿Cómo integrar en mi tarea pastoral las acciones de Jesús que observamos en su práctica?

  • ¿De qué manera en nuestro compromiso Pastoral formamos discípulos…hacemos comunidad…enseñamos desde la práctica?

  • ¿Qué puedo cambiar o mejorar en mi práctica pastoral?

  • Oración como formador de discipul@s

  • MAESTRO JESÚS


Maestro Jesús mediante tu Espíritu, pon en los corazones de todos los creyentes del mundo el amor fraternal que nos permitirá de encontrarnos en un espíritu de intercambio y de compartir Más allá de nuestras diferencias.

Que cada uno aprenda a descubrir las riquezas del otro
Como Maestro de maestros, enséñanos a escucharnos mutuamente con paciencia y humildad para que nuestros encuentros sean una encrucijada, donde cada uno pueda recibir tanto como da, aunque vengamos de caminos muy diferentes.
Maestro Jesús, danos la fuerza de la fe y reúnenos en una voluntad común de evangelización, para que “La buena noticia es anunciada a los pobres”.
Enséñanos la alegría de la fe y la esperanza, del amor que transforma el mundo y libera a todo hombre de sus pecados, de sus miserias espirituales o materiales.
Maestro, ayúdanos a contribuir para que cada bautizado sea un rayo de tu luz. Para que en el mundo se pueda descubrir tu presencia y tu amor.
El mundo entero es mi ciudad, el universo es mi CEB: empújanos hacia el mar abierto, hacia la civilización del amor donde lo que nos reúne nos liberará de aquello que nos divide.

TERCERA PARTE

LA VIDA DE ORACION

Se retiraba a orar
Jesús no olvidó nunca su experiencia del Jordán. En medio de su intensa actividad de profeta itinerante cuidó siempre su comunicación con Dios en el silencio y la soledad. Las fuentes cristianas han conservado el recuerdo de una costumbre que causó honda impresión: Jesús se solía retirar a orar. No se contenta con rezar en los tiempos prescritos para todo judío piadoso, sino que busca personalmente el encuentro íntimo y silencioso con su Padre. Esta experiencia, repetida y siempre nueva, no es una obligación añadida a su trabajo diario. Es el encuentro que anhela su corazón de Hijo, la fuente de la que necesita beber para alimentar su ser.

Jesús nació en un pueblo que sabía rezar. En Israel no se vivía la crisis religiosa que se observa en otros pueblos del Imperio. No se escuchaban burlas hacia quienes dirigían sus plegarias a Dios; nadie hacía parodia de la oración. Los paganos rezan a sus dioses, pero no saben en quién confían; por si acaso, levantan altares a todos, incluso a los «dioses desconocidos»; intentan utilizar a las diferentes divinidades pronunciando nombres mágicos; tratan de «cansar» a los dioses con sus rezos hasta arrancarles sus favores; si no lo consiguen, llegan a amenazarlos o despreciarlos.

La atmósfera que Jesús respira en Israel es muy diferente. Todo judío piadoso comienza y termina el día confesando a Dios y bendiciendo su nombre. Lo dice el historiador judío Flavio Josefa: «Dos veces al día, al comenzar la jornada y cuando se acerca la hora del sueño, hay que evocar delante de Dios, en actitud de acción de gracias, el recuerdo de los gestos que hizo Dios desde la salida de Egipto». Esta oración de la mañana y de la noche es una costumbre consolidada ya en tiempos de Jesús, tanto en Palestina como en la diáspora judía. Todos los varones se sienten obligados a practicarla a partir de los trece años. Probablemente, Jesús no pasa un solo día de su vida sin hacer la oración de la mañana al salir el sol y la oración de la noche antes de ir a dormir.

Tanto la oración del amanecer como la del anochecer comenzaba con la recitación del Shemá, que no es propiamente una oración, sino una confesión de fe. Curiosamente, el orante no se dirige a Dios, sino que lo escucha: «Escucha, Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Guarda en tu corazón estas palabras que hoy te digo... ». ¿Cómo escucha Jesús cada mañana y cada noche esta llamada insistente a amar a Dios con todo el corazón y todas las fuerzas? Al parecer, la lleva profundamente grabada en su interior, pues durante el día la recuerda y en alguna ocasión la cita explícitamente.

Al Shemá le seguía una oración formada por dieciocho bendiciones (Shemoné esré). Todos los días la repetía Jesús dos veces. Algunas de las bendiciones tuvieron sin duda un eco muy hondo en su corazón. ¿Qué siente este profeta que, durante la jornada va a comer con pecadores e indeseables, al pronunciar esta bendición conmovedora: «Perdónanos, Padre nuestro, pues hemos pecado contra ti. Borra y aleja nuestro pecado de delante de tus ojos, pues tu misericordia es grande. Bendito seas, Señor, que abundas en perdón»? ¿Con qué confianza y gozo pronuncia esta otra bendición que lo invita desde la mañana a sanar heridas y curar enfermos: «Cúranos, Señor, Dios nuestro, de todas las heridas de nuestro corazón. Aleja de nosotros la tristeza y las lágrimas. Apresúrate a curar nuestras heridas. Bendito seas, que curas a los enfermos de tu pueblo»? ¿Qué se despertaba en su corazón cuando repetía dos veces al días estas palabras: «Reina tú solo sobre nosotros. Bendito eres, Señor, que amas la justicia»? ¿Qué sentía al invocarlo así: «Escucha, Señor, Dios nuestro, la voz de nuestra oración. Muéstranos tu misericordia, pues tú eres un Dios bueno y misericordioso. Bendito seas, Señor, que escuchas la oración»?

Jesús no se contenta con cumplir rutinariamente la práctica general. A veces se levanta muy de madrugada y se va a un lugar solitario a orar ya antes del amanecer; otras veces, al terminar el día, se despide de todos y prolonga la oración del atardecer durante gran parte de la noche. Esta oración de Jesús no consiste en pronunciar verbalmente los rezos prescritos. Es una oración sin palabras, de carácter más bien contemplativo, donde lo esencial es el encuentro íntimo con Dios. Es lo que busca Jesús en esa atmósfera de silencio y soledad.

Es poco lo que sabemos sobre la postura exterior que adopta Jesús al orar. Casi siempre ora de pie, como todo judío piadoso, en actitud serena y confiada ante Dios, pero las fuentes nos dicen que la noche que pasó en Getsemaní, la víspera de su ejecución, ora «postrado en tierra», en un gesto de abatimiento, pero también de sumisión total al Padre. Jesús se expresa ante Dios con total sinceridad y transparencia, incluso con su cuerpo. Al parecer, tenía la costumbre de orar «elevando sus ojos al cielo», algo que no era frecuente en su tiempo, pues los judíos oraban de ordinario dirigiendo su mirada hacia el templo de Jerusalén, donde, según la fe de Israel, habita la Shekíná, es decir, la Presencia de Dios entre los hombres. Al elevar su mirada hacia el cielo, Jesús orientaba su corazón no hacia el Dios del templo, sino hacia el Padre bueno de todos. Curiosamente, en la Misná se dice que la mirada al cielo debe ir acompañada de la aceptación del reino de Dios: quien levanta sus ojos al cielo ha de orientar su corazón a acoger las exigencias del reino.

Jesús alimenta su vida diaria en esta oración contemplativa saliendo muy de mañana a un lugar retirado o pasando gran parte de la noche a solas con su Padre. Pero las fuentes dejan entrever que también durante su jornada de actividad seguía viviendo en comunión con él. Se nos dice que, en cierta ocasión, al descubrir que los más letrados y entendidos se cerraban al mensaje del reino, mientras los más pequeños e ignorantes lo acogían con fe sencilla, de lo más hondo de su ser brotó una bendición gozosa al Padre. Jesús se alegra de que Dios sea tan bueno con los pequeños. No hay por qué esperar a la noche para bendecido. Allí mismo, en medio de la gente, proclama ante todos su alabanza a Dios: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios y entendidos y las has dado a conocer a los sencillos. Sí, Padre, así te ha parecido bien». Jesús sabe bendecir a Dios en cualquier momento del día. Le sale con toda espontaneidad esa típica oración judía de «bendición» que no es propiamente una acción de gracias por un favor recibido, sino un grito del corazón hacia aquel que es la fuente de todo lo bueno. Al «bendecir», el creyente judío orienta todo hacia Dios y remite las cosas a su bondad original.

Jesús ora también al curar a los enfermos. Lo trasluce su gesto de imponer sobre ellos las manos para bendecirlos en nombre de Dios yenvolverlos con su misericordia. Mientras sus manos bendicen a los que se sienten malditos y transmiten fuerza y aliento a quienes viven sufriendo, su corazón se eleva a Dios para comunicar a los enfermos la vida que él mismo recibe del Padre. Repite el mismo gesto con los niños. Hay ocasiones en que Jesús «los abraza y los bendice imponiéndoles las manos». Los pequeños deben sentir antes que nadie la caricia de Dios. Mientras los bendice, pide al Padre lo mejor para ellos.

La oración de Jesús posee rasgos inconfundibles. Es una oración sencilla, «en lo secreto», sin grandes gestos ni palabras solemnes, sin quedarse en apariencia, sin utilizarla para alimentar el narcisismo o el autoengaño. Jesús se pone ante Dios, no ante los demás. No hay que orar en las plazas para que nos vea la gente: «Tú, cuando ores, entra en tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto». Es, al mismo tiempo, una oración espontánea y natural; le nace sin esfuerzo ni técnicas especiales; brota de la profundidad de su ser; no es algo añadido o postizo, sino expresión humilde y sincera de lo que vive. Su oración no es tampoco un rezo mecánico ni una repetición casi mágica de palabras. No hay que multiplicar fórmulas, como hacen los paganos hasta «cansar» a los dioses, creyendo que así serán escuchados. Basta con presentarse ante Dios como hijos necesitados: «Ya sabe vuestro Padre lo que necesitáis antes de que vosotros se lo pidáis». Su oración es confianza absoluta en Dios.

La oración de Jesús solo se entiende en el horizonte del reino de Dios. Más allá de las oraciones habituales prescritas por la piedad judía, Jesús busca el encuentro con Dios para acoger su reino y hacerlo realidad entre los hombres. Su oración en Getsemaní representa, sin duda, el testimonio más dramático de su búsqueda de la voluntad de Dios, incluso en el momento de la crisis total de sentido. Su confianza en el Padre es firme en medio de la angustia. Su deseo está claro: que Dios haga llegar el reino sin necesidad de tanto sufrimiento. Su decisión de obediencia filial es también clara y definitiva: «Abbá, Padre, todo es posible para ti. Aparta de mí esta copa de amargura. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú».

Pagola, José Antonio, Jesús. Aproximación histórica. pág. 313-318. Editorial PPC (Madrid), 2007. Abba, Padre

Pero aún hay otro dato que nos introduce más en las entrañas del misterio. Joachim Jeremías ha dedicado largas investigaciones a un dato que es testimoniado unánimemente por todas las fuentes que existen: Jesús usa para invocar a su Padre una fórmula absolutamente suya, original, no usada por nadie en todo el mundo judío anterior o contemporáneo. Jesús al invocar a su Padre no sólo usa la fórmula «Padre mío» sino que la usa siempre, con la única excepción del «Dios mío, Dios mío» de la cruz (Me 15, 34), pero, en este caso no hace otra cosa que citar un salmo.

En el judaismo antiguo había una gran riqueza de formas para dirigirse a Dios. Pero en ninguna parte del antiguo testamento se dirige nadie a Yahvé llamándole «Padre». Y en toda la literatura del judaismo palestino anterior, contemporáneo o posterior a Jesús no se ha encontrado jamás la invocación individual de «Padre mío» dirigi•da a Dios.

Pero aún hay más: tenemos la certeza de que Jesús usaba la fórmula hebrea Abbá como invocación para dirigirse a Dios. Esto es aún más extraño. En el judaismo helenístico llega a encontrarse algún caso en que se invoca a Dios como «pater», pero —como señala Jeremías— en toda la extensa literatura de plegarias del judaismo antiguo no se halla un solo ejemplo en el que se invoque a Dios como Abbá, ni en las plegarias litúrgicas ni en las privadas. Incluso fuera de las plegarias, el judaismo evita conscientemente el aplicar a Dios la palabra Abbá. En cambio Jesús usa siempre esta palabra.

Abbá (con el acento en la segunda sílaba) es, por su origen, una ecolalia infantil con la que el bebé, en sus primeros balbuceos, llama a su padre. Es el equivalente a nuestro «papá». En los tiempos de Jesús la palabra había saltado del lenguaje infantil al familiar y no sólo los niños sino también los muchachos y adolescentes llamaban Abbá a sus padres, pero sólo en la máxima intimidad y nunca en público. Llamar con esa palabra a Dios les hubiera parecido una gravísima irreverencia carente de todo respeto.

Sin embargo, esa palabra es la que siempre usa Jesús y define perfectamente —señala Jeremías— el meollo mismo de la relación de Jesús con Dios, Jesús habló con Dios como un niño habla con su padre, lleno de confianza y seguro y, al mismo tiempo, respetuoso y dispuesto a la obediencia. Este hecho —el de que alguien se atreva a hablar a Dios así— es algo nuevo, excepcional, algo de lo que nunca se había tenido sospecha.

La misma Iglesia expresará su asombro ante este fenómeno cuando, al comenzar a usar esa palabra como inicial del Padre nuestro, tal y como Jesús ha mandado a sus discípulos, la hará preceder siempre de oraciones que subrayan la audacia de dirigirse a Dios así. Haz —dice una de las oraciones más antiguas de la Iglesia— que seamos dignos de atrevernos a decir, con alegría y sin presunción, al invocarte como Padre, Dios de los cielos: Padre nuestro...

Aún hoy repetimos en nuestras misas esa antiquísima expresión (del siglo I): nos atrevemos a decir. Porque, evidentemente, dirigirse a Dios llamándole «papá querido» es algo tan absolutamente sorprendente que debía aterrarnos como una osada blasfemia.

Sin embargo, así habló Jesús con plena naturalidad. Porque se sabía maestro, pero más que maestro; profeta, pero más que profeta; hijo del hombre; pero mucho más que un hombre. Se sabía hijo queridísimo de Dios, uno con él e igual a él. Por eso se volvía confiado hacia sus brazos llamándole «papá».

Vida y misterio de Jesús de Nazaret, volumen 1. José Luis Martín Descalzo, pág. 339-340. Editorial Sígueme (Salamanca), 1986.

Mirada al Formador La conducta de Jesús
Jesús no se limitó a hablar sobre la venida del reino de Dios, sino que lo realizó de un modo práctico. En las cosas que él hizo, el reino empezó a llegar, empezó a suceder en la vida de la gente. ¿Y cuál fue su conducta característica?

a) Jesús llamó a los discípulos al seguimiento. Y a su llamada respondieron tanto mujeres como varones que dejaron sus familias, sus casas, sus oficios y sus pueblos para formar una comunidad de hermanos y hermanas alrededor de él, que viajaron con él, que lo escucharon y fueron instruidos por él. Aprendieron de él, que incluso los envió en misión, en pequeños periodos de práctica del ministerio, mientras él estaba aún con ellos. Después de la muerte y la resurrección de Jesús, este grupo de seguidores formó el núcleo de la Iglesia.

b) Mostró su preferencia por los marginados de la sociedad, y lo hizo de muchas maneras. Se asoció con los pecadores y les ofreció el perdón. Con frecuencia sanaba a los enfermos, extendía la mano para tocarlos y cuestionaba la creencia según la cual la enfermedad era un castigo por el pecado. Por el poder de Dios que actuaba a través de él, devolvió el shalom a su cuerpo y a su espíritu. En el caso de los leprosos y de otras personas cuya enfermedad los había excluido de la comunidad, la sanación de Jesús hacía posible que entablaran de nuevo relaciones vivificadoras con otros seres humanos. Jesús luchó también contra el poder del mal y expulsó demonios; por medio de él, el poder de Dios venció el mal e hizo volver a los afligidos a la armonía con Dios, con su propio espíritu y, por tanto, con los demás. Una y otra vez buscó y tendió la mano a los marginados de su sociedad, a las personas que sufrían física, espiritual y socialmente, y les dio a gustar la alegría de la llegada del reino. De una manera particular, su ministerio muestra el triunfo de la voluntad de Dios sobre las fuerzas que atenazan a las personas consideradas prescindibles.

c) Jesús vivió en compañía de sus discípulos y del círculo más amplio de las personas interesadas en él. El arte religioso se ha centrado en la Última Cena, pero, de hecho, ésta fue tan sólo la última de toda una historia de comidas que Jesús había celebrado con «los suyos» y con otros. En la cultura de Oriente Medio, sentarse a la mesa con alguien y partir el pan sirve para establecer un vínculo real de parentesco. Este gesto, que no se hace a la ligera, convierte a las personas en amigos, compañeros, «familia». Lo que Jesús hizo fue sentarse a la mesa con toda clase de personas, incluidos pecadores, recaudadores de impuestos, prostitutas, personas consideradas como insignificantes y ajenas en cualquier caso al reino de Dios. Partían el pan juntos después de su predicación, una vez que muchos habían sido sanados y perdonados, y celebraban el reencuentro mutuo. Las personas se sentaban a la mesa con Jesús, en una nueva clase de comunidad, y compartían la comida con gentes con quienes jamás habían" pensado que se sentarían. En estas comidas gozosas, donde' Jesús es un huésped de honor o anfitrión, se gusta ya por adelantado el reino de Dios. Seguro que en aquellas cenas no faltaba el vino, pues los fariseos acusan a Jesús de ser un bebedor y un comilón. Además, sus discípulos son criticados por-(' que no ayunan como los de Juan el Bautista. Se trata de una ¡ crítica histórica auténtica y punzante. No es que Jesús fuera ~culpable, como pretendían las acusaciones; pero sí era perci-" bido como alguien enormemente jovial, y sus comidas eran consideradas un tanto ruidosas, muy alegres, un anticipo del, gozo del reino en su plenitud. Edward Schillebeeckx, que estudia en detalle estas comidas, hace una observación interesante: en ellas, estar triste en presencia de Jesús es una imposibilidad existencial. Sencillamente, no es posible estar triste en compañía de Jesús. El reino de Dios está cerca, Jesús es su mediador, y cuando alguien se incorpora a su círculo, ' irrumpe la alegría. No se trata de una alegría superficial, sino brotada de una experiencia profunda, en la que las personas , recuperan su dignidad y paz ante Dios y se encuentran en una ' nueva comunidad entre sí. En esta alegría se gusta de ante-! mano, aquí y ahora, el reino de Dios.

d) Jesús es fiel y a la vez libre frente a la gran tradición judía de la Torá. Criado en un hogar religioso, en el que le enseña-~ron a observar las costumbres y a rezar las oraciones judías, Jesús era un judío, y un judío observante. Pero hubo ocasiones en que transgredió la Torá, y esto fue un escándalo. En cada uno de los casos en que incumplió la ley, lo hizo porque estaba en peligro el shalom de alguien. Cuando hay personas enfermas, que sufren o que están hambrientas, la observancia del sábado pasa a un segundo plano. Así es como Jesús interpreta la Torá. Cuando le preguntan cuál es el mandamiento más importante de los muchos que tiene la Torá, su respuesta fundamental consiste en destacar dos de ellos y resumirlos en uno: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente; y amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mateo 22,37-39). Dicho de otro modo: el amor está en el corazón del reino de Dios; no se trata de un amor fácil, sino de un amor abnegado, según el modelo de Dios. Semejante amor fundamenta la ley, la sitúa en la perspectiva correcta y la cumple. Amando de este modo, el mismo Jesús crea un estilo de vida liberador y muestra una admirable libertad para hacer el bien.

e) En los evangelios está muy claro que todo el ministerio de Jesús estuvo arraigado en la oración. Además de las oraciones judías prescritas diariamente y para los días de fiesta, Jesús oraba también por propia iniciativa. Por la noche se retiraba a solas para orar. También encontraba tiempo para que sus discípulos se apartaran de vez en cuando de las muchedumbres con el fin de reflexionar. Incluso les enseñó cómo orar por la venida del reino de Dios. Su ministerio estuvo atravesado por una espiritualidad muy profunda como fuente de la predicación y acción efectiva que estaba llevando a cabo.

Johnson, Elizabeth A.. La cristología hoy.., pág. 68-71. Editorial Sal Terrae (Santander), 2003.
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