La pedagogia de jesus en los equipos docentes de america latina




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CUARTA PARTE


Maestro y profeta 

El primer título que sus contemporáneos dan a Jesús es el de «Maestro» (a veces en la forma de «Rabbi» o de «Rabboni»). Así le llaman antes de oírle siquiera hablar -impresionados, sin duda, por su porte- los primeros discípulos: Maestro ¿dónde moras? (Jn 1, 38). Así le bautizarán las gentes que se quedan admirados de su enseñanza (Mt 7, 28). Y con este titulo de respeto -tanto más extraño cuanto que carecía de toda enseñanza oficial para poseerlo- Le tratarán siempre los fariseos: ¿Por qué vuestro maestro come con los pecadores? (Mt 9, 11). ¿Por qué vuestro maestro no paga el didracma?' (Mt 17,23), preguntarán a los apóstoles. Y con este título se dirigen a él: Maestro, sabemos que has venido de Dios (Jn 3, 2). Maestro: Sabemos que eres veraz (Mt 22, 16). Maestro, ¿cuál es el mandato mayor de la ley? (Mt 9, 16). Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en adulterio (Jn 8, 4). Con el título de «Maestro» se dirigen a él sus íntimos. El Maestro está ahí y te llama (Jn 11,28), dice Marta a María. Y María le llamará Rabboni cuando le encuentre resucitado (Jn 20, 16). Con ese nombre se dirigirán a él casi siempre los apóstoles. ¿Acaso soy yo, Maestro?, preguntará Judas en la cena (Mt 26, 25). Y con un Ave, Rabbi, le traicionará (Mt 26, 49). Y Jesús aceptará siempre con normalidad ese título que usará él mismo en su predicación: No es el discípulo mayor que el maestro (Mt 10, 24) o cuando envíe a sus apóstoles a preparar la cena les ordenará que digan al hombre del cántaro: El maestro dice: Mi tiempo está próximo, quiero celebrar en tu casa la pascua (Mt 26, 18). Reconocerá incluso que ese título le es debido: Vosotros me llamáis maestro y señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, siendo vuestro maestro... (Jn 13, 13). Sólo en una ocasión tratará de quitar a esa palabra todo lo que puede encerrar de insensato orgullo: Ved cómo los fariseos gustan de ser llamados Rabbi por los hombres. Pero vosotros no os hagáis llamar Rabbi, porque uno solo es vuestro Maestro y todos vosotros sois hermanos. No os hagáis llamar doctores, porque uno solo es vuestro doctor, el Mesías (Mt 23, 7). Palabras importantes por las que Jesús no sólo acepta ese título, sino que lo hace exclusivo suyo. El no sólo está a la altura de los doctores de la ley, sino muy por encima de ellos y de la ley misma. 

El mismo pueblo comprende pronto que el título de Maestro es insuficiente para Jesús: no sólo enseña cosas admirables y lo hace con autoridad (Mc 1, 27), sino que, además, acompaña sus enseñanzas con gestos extraordinarios, con «signos» y «obras de poder» (I Tes 1,5), fuera de lo común. Hoy hemos visto cosas extrañas (Lc 5, 25), dicen al principio. Y enseguida comentan: Un gran profeta ha salido entre nosotros. Y se extendió esta opinión sobre él por toda la Judea y por toda la comarca. (Lc 7, 14). La samaritana se impresionará de cómo Jesús conoce su vida y dirá ingenuamente: Señor, veo que eres un profeta (Jn 16, 19). Y los dos discípulos que caminan hacia Emmaus dirán al peregrino: ¿Tú eres el único que vive en Jerusalén y no sabes lo que ha pasado aquí estos días? Lo de Jesús Nazareno, que llegó a ser profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y todo el pueblo (Lc 24, 18). Y junto a estas expresiones que pintan a Jesús como un profeta, encontramos algunas, que aún son más significativas: las que hablan de Jesús como del profeta. En la entrada en Jerusalén oímos a la gente aclamar a Jesús, el profeta (Mt 21, 10) y mezclar esta exclamación con la de Hijo de David. Tras la multiplicación de los panes escuchamos de labios de la multitud la exclamación: Este es el profeta que ha de venir al mundo (Jn 6, 14). Y, cuando en la fiesta de los Tabernáculos, queda la gente subyugada ante sus palabras exclama: Verdaderamente es él, el profeta (Jn 7, 40). ¿Qué quería decir la multitud con esos apelativos? Algo no muy concreto, pero sí muy alto. En la esperanza mesiánica de la época de Jesús había aspectos muy diversos entre los que no había perfecta coherencia. Se esperaba, sí, un profeta excepcional en el que se cumplirían todas las profecías anteriores. Para unos éste sería un profeta diferente a todos los demás, para otros se tratarla del regreso de alguno de los grandes profetas de la antigüedad: Moisés, Enoch, Elías, Jeremías... Esta espera era general, pero adquiría formas diferentes según las diversas escuelas. Como explica Cullmann: Atribuyendo a Jesús este título con más o menos claridad, la muchedumbre palestinense manifiesta una convicción cargada de sentido. La función del profeta del fin de los tiempos consistía, según los textos judíos, en preparar por la predicación el pueblo de Israel y el mundo a la venida del reino de Dios; y esto, no a la manera de los antiguos profetas del viejo testamento, sino de una manera mucho más directa, como precursor inmediato de la llegada de este reino. Los textos ven a este profeta que viene armado de una autoridad inigualable; su llamada al arrepentimiento es definitiva, exige una decisión definitiva; su predicación tiene un carácter de absoluto que no poseía la predicación de los antiguos profetas. Cuando llega el Profeta que ha de venir, cuando toma la palabra, se trata de la última palabra, de la última ocasión de salvación ofrecida a los hombres; porque su palabra es la única que indica con toda claridad la llegada inminente del Reino.

¿Aceptó Jesús el titulo de profeta que las gentes le daban? Parece ser que sí, pero sin ninguna precisión, responde Duquoc. Efectivamente Jesús explica la incredulidad de los nazarenos diciendo que ningún profeta es reconocido en su patria (Mc 13, 57) y más tarde comenta con sus discípulos que no conviene que un profeta muera fuera de Jerusalén (Lc 13, 33). Pero la misma vaguedad de estas alusiones señala que Jesús en parte se parece y en parte se diferencia de los profetas. Tiene, como ellos, la misión de trasmitir la palabra divina y de enseñar a los hombres a percibir el alcance divino de los acontecimientos .Pero el modo de realizar su misión es muy distinto al de todos los profetas del antiguo testamento. Estos reciben de fuera la palabra de Dios; a veces -como en Jeremías- la reciben a disgusto y quisieran liberarse de ella: otras -como en Amós- el profeta se siente arrebatado de su rebaño humano. Jesús, en cambio, habla siempre en su propio nombre. Trasmite, sí, lo que ha oído a su Padre, pero lo trasmite como cosa propia: «Pero yo os digo..». Es un profeta, pero mucho más.

En algo, en cambio, sí asimila su destino al de los profetas: Jesús morirá como ellos a causa de su testimonio (Mt 23, 37). También él será perseguido por sus compatriotas y también su muerte se deberá a su fidelidad al mensaje que trae. Sólo que en el caso de Cristo. Ya que es más que un profeta, su muerte en frase de Duquoc- no será solamente un testimonio de fidelidad, sino, además, será la salvación para todos los que crean. Porque la verdad de Jesús no sólo es verdadera, sino también salvadora. Los otros profetas anunciaron; él, funda.

Vida y Misterio de Jesús de Nazaret / 1. J. L. Martín Descalzo,pág. 323-326. Editorial Sígueme (Salamanca), 1986. Pedagogía de la pregunta en Jesús
Por Carmela Juliá Pagán
¿Qué es la pedagogía de la pregunta?

De todas las técnicas utilizadas por Jesús en esta presentación nos limitaremos a la pedagogía de la pregunta. La pregunta es una técnica muy apropiada para la enseñanza religiosa a todos los niveles. En la educación religiosa cristiana el hacer preguntas debe verse como una de las mejores herramientas para lograr una pedagogía transformadora.

S.G. Fortoris nos dice que la importancia de la pregunta consiste en que ella estimula el pensamiento fructífero. La pregunta ayuda a clarificar los pensamientos, particularmente cuando éstas son bien planificadas y dirigidas. Esta lleva a la reflexión profunda y al análisis. La pregunta es tan importante en la educación que no podemos afirmar que el/la maestr@ que domina la técnica de la pregunta domina bien el arte de la enseñanza.

En la educación religiosa las preguntas pueden utilizarse para dirigir a los/as estudiantes a modificar sus comportamientos y actitudes. Las preguntas invitan a que ést@s confronten por sí mism@s sus situaciones frente a las demandas del evangelio, de tal manera que lleguen a sus propias conclusiones.

El enseñar la fe no es meramente una actividad intelectual, sino también una que envuelve los sentimientos y la voluntad. De eso es que trata la educación religiosa cristiana, de formar hombres y mujeres con un profundo carácter cristiano.

La técnica de la pregunta es empleada con frecuencia en nuestras prácticas educativas, pero no siempre de la mejor manera, ni produciendo los resultados deseados. Ya que las preguntas no provocan efectos por el sólo hecho de decirlas, éstas deben ser dirigidas con propósitos claros y definidos. Lo que nos invita a evaluar: ¿cómo hacemos preguntas? ¿qué clases de preguntas exponemos? ¿Hacia quién(es) van dirigidas? ¿Qué finalidad persiguen? ¿Cómo éstas corroboran el aprendizaje?

¿Por qué Jesús enfatizó esta técnica?

Jesús enseñaba el mensaje del Reino. El quería confrontar al pueblo hebreo con su tradición religiosa con el deseo de que ést@s entendieran lo que realmente significa conocer a Dios. El interés primordial de Jesús fue el de estimular el pensamiento profundo y reflexivo con relación a las verdades que presentaba.

Toda persona que escuchaba seriamente lo que Jesús decía era movida a hacer un análisis profundo en su interior. Jesús vino a impartir una enseñanza provocadora. Una enseñanza que se encarnaba en la vida real de sus discípul@s y produjera cambios.

Esta manera de Jesús de enseñar contrasta mucho con los estilos pedagógicos que se dan en muchas de nuestras iglesias. La sociedad en general, así como la iglesia, se han convertido en lugares de pensantes uniformes y de opiniones acomodadas. Evadimos el cuestionar las implicaciones de las enseñanzas de Jesús con toda su profundidad y trascendencia. Nos conformamos con decir que para El Maestro, todo es posible. Que la oración es la respuesta para resolver nuestros problemas, sin afirmar la necesidad de un compromiso más concreto con nuestra comunidad.

F. F. Bruce en su libro The Hard Sayings of Jesus, nos dice que una de las razones por las cuales las personas encuentran difíciles y complejos los dichos de Jesús es porque no les gusta pensar. Según Bruce para algunas personas el pensamiento es un ejercicio dificultoso e incómodo, especialmente cuando éste envuelve la apreciación crítica de prejuicios y de convicciones bien arraigadas o cuando el reflexionar reta las opiniones prevalecientes aceptadas por la sociedad. El "hacer pensar" a nuestr@s discípul@s debe ser uno de nuestros propósitos al educar... Pues la fe que no resiste el cuestionamiento, ¿qué clase de fe es?

La pedagogía de la pregunta nos puede ilustrar la manera de hacer preguntas, ya que El Maestro las utilizó de una manera única. Vemos a Jesús empleando esta técnica en innumerables pasajes en los evangelios ya sea sola o en combinación con muchos de los métodos de enseñanza antes mencionados. La pregunta se convirtió para Jesús en una chispa que inició la conversación y el diálogo. Fue como el motor generador para una discusión más amplia.

¿Cómo eran las preguntas de Jesús? ¿Cuáles eran sus propósitos?

Las preguntas que Jesús hizo fueron de toda clase.

  • Estas fueron directas e indirectas.

  • Fueron hechas a varios niveles, buscando que los discípul@s alcanzaran un mayor entendimiento de la fe.

  • Jesús como buen pedagogo no sólo respondió a su nivel intelectual, sino también a la situación particular en la cual se encontraban.

  • Jesús hizo muchas más preguntas que las que contestó, y en ocasiones contestó una pregunta con otra pregunta.

  • También provocó en l@s discípul@s el hacer preguntas.

  • En su búsqueda de la verdad Jesús no tuvo temor al cuestionamiento.

Los propósitos de Jesús al hacer preguntas fueron muy variados. Están desde los más sencillos, hasta los muy complejos. Entre ellos enumeramos los siguientes:

  • Para fomentar el interés o establecer un punto de contacto (Jn 4, 7; Lc 8. 45)

  • Para iniciar y estimular el pensamiento (Lc 9, 25; Mt 6, 27; Jn 13, 12)

  • Para expresar o verbalizar el proceso de razonamiento (Mc 10, 18; Mt 20, 22)

  • Para probar el compromiso así como el entendimiento espiritual (Jn 6, 1-7)

  • Para ayudar a l@s discípul@s a aplicar la verdad (Lc 10, 36; Jn 13, 12)

  • Para emplear la disputa, la argumentación y la lógica (Lc 14, 5; 13, 2; Jn 8, 46)

  • Para reprender o señalar alguna falla espiritual (Mc 4, 40; Lc 6, 46)

  • Para introducir una enseñanza (Mt 6, 25; Lc 6, 39,41)

Las preguntas de Jesús también fueron utilizadas

  • para expresar emoción (Mc 9, 19),

  • para recordar lo aprendido (Mc 8, 20),

  • para fortalecer la voluntad (Jn 5, 6),

  • para contestar otras preguntas (Jn 21, 22) y

  • una serie de propósitos que por razones de espacio no mencionamos.

Jesús procuró con sus preguntas

  • cultivar una serie de habilidades en sus discípul@s.

  • El quería motivar el pensamiento claro y dirigirlo.

  • Llevar a la reflexión, pues le interesaba modificar actitudes y romper prejuicios.

  • Las preguntas en Jesús promovieron el diálogo y sobre todo la creatividad. ( Jn 4, 1-29)

  • La pregunta en Jesús estimuló el descubrir nuevos senderos y nuevas maneras de ver la vida.

Un ejemplo de un interrogatorio fructífero, en donde la pregunta se convirtió en generador de diálogo, es el conocido pasaje de Jesús y la mujer de Samaria, en Jn 4, 1-29.

Vemos que con una pregunta indirecta: "Dame de beber", Jesús comienza un diálogo transformador. En este pasaje observamos como la discípula hizo más preguntas que El Maestro. Jesús con paciencia fue provocando el preguntar, hasta que la mujer termina el diálogo encontrando por sí misma las respuestas. "Venid y ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¡No será este el Cristo?" Jn 4, 29.

Pertinencia de la pedagogía de la pregunta en Jesús

Como hemos visto la pedagogía de la pregunta en Jesús fue muy efectiva y ponerla en práctica podría ayudarnos a mejorar significativamente nuestra educación cristiana.

La pedagogía de la pregunta en Jesús habla al contexto social de varias maneras. Pero no para imitar exactamente lo que El Maestro hizo, sino para utilizar todo aquello que sea pertinente y apropiado en nuestra situación particular.

La actividad pedagógica de Jesús hay que verla como una que correspondió a un tiempo y circunstancias particulares. Lo importante no es hacer las mismas cosas que Jesús hizo, sino hacer la hermenéutica de esa pedagogía, imitando su dinamismo, viveza y profundidad. No creemos que Jesús utilizaría las mismas técnicas hoy en día, pues él respondió a una experiencia histórica distinta.

La técnica de la pregunta y la pedagogía de Jesús en general son una invitación a la creatividad en la educación cristiana. Nos habla de la confianza que debemos tener en nuestros recursos y de lo valioso de la experiencia religiosa popular para llevar a cabo la educación en la iglesia.
Les hablaba en parábolas

Hacia los meses finales del año 28, poco después del sermón de la montaña, hay un cambio de estilo en la predicación de Jesús.

  • Por un lado su anuncio del reino de los cielos comienza a concretarse: no se limita ya a señalar su proximidad y empieza a describir cómo es ese Reino.

  • Por otro lado hay también un cambio de estilo: su lenguaje se hace a la vez más poético y más misterioso. Las comparaciones e imágenes, que han poblado siempre los discursos de Jesús, se amplían y se convierten en verdaderas narraciones. Es la hora de las parábolas.

Este lenguaje en imágenes no era, en rigor, ninguna novedad. El primer hombre —escribe Cerfaux— que tuvo la idea de escribir comenzó a pintar. El dibujo de una casa, un árbol, un animal o un hombre fue muy anterior a la palabra escrita. El Oriente nos ha conservado algunas de estas escrituras ideográficas y aún hoy sigue hablando con un lenguaje imaginativo que poco tiene que ver con el cerebral y estereotipado de los occidentales.

Para los semitas la imagen es superior a la palabra, anterior a la palabra.

  • Porque dice, a la vez, mucho más y mucho menos que ella.

  • La imagen es como el punto de apoyo y la pista de lanzamiento de la inteligencia.

  • Desde ella se puede llegar mucho más allá de lo que alcanzaría un lenguaje de puras ideas.

  • Pero, al mismo tiempo, es un lenguaje que hay que descifrar.

  • Revela y vela a la vez,

  • dice y no dice,

  • descubre la verdad y la oculta. El oyente es mucho más libre de entender o no, de aceptar o no la verdad que se le presenta.

  • Tal vez por eso es el lenguaje preferido por Dios, el predilecto de los escritores bíblicos.

La Biblia se abre de hecho con una catarata de imágenes:



  • el caos del mundo,

  • el Dios que flota sobre las aguas,

  • que va creando luz y oscuridad, peces y pájaros,

  • que «construye» al hombre como un artesano...

  • Todo el comienzo del Génesis es como una gran parábola.

Será luego éste el lenguaje preferido de los profetas.

  • Dios describirá a Amos el destino de Israel mostrándole una canasta de frutas maduras (Am 8, 1-2);

  • Oseas contará las infidelidades del pueblo escogido con la larga parábola de su esposa que se vende a cualquiera (Os 1, 2-2, 3);

  • el libro de Joel se abrirá con la visión de una plaga de langostas que expresa el terror del día de Yahvé;

  • Isaías describirá toda la obra de la redención a través de su cántico de la viña;

  • el libro de Ezequiel tendrá su momento más alto en la alegoría del águila: Me fue dirigida la palabra de Dios: Hijo del hombre, propon un enigma y presenta una parábola a la casa de Israel. Di: Así habla el Señor Yahvé: La gran águila de grandes alas y de largas plumas, cubierta de plumajes de varios colores, vino al Líbano y tomó el cogollo del cedro; arrancó el principal de los renuevos y lo llevó al país de los mercaderes...

Todo este mundo de imágenes, de comparaciones es lo que los hebreos definen con la palabra genérica de mashal, «semejanza», que la versión de los setenta traducirá por «parábola».

En el antiguo testamento esta palabra define realidades muy diferentes:

  • el simple proverbio,

  • la sentencia de tipo enigmático,

  • la narración plagada de metáforas,

  • el discurso profético...

En el nuevo testamento el término «parábola» tendrá un sentido más concreto, pero, aun en él, nos encontraremos que

  • san Lucas da el título de parábola al proverbio «médico, cúrate a ti mismo» y que

  • Mateo y Marcos lo aplican a simples comparaciones.

Sin embargo la historia consagrará pronto el término «parábola» como algo referido a una narración breve, inventada, pero verosímil, tomada comúnmente de la naturaleza o de la vida y usada para expresar por su medio enseñanzas de tipo religioso o moral.

La parábola consta así, según escribe Lesetre, de «un cuerpo y un alma.

  • El cuerpo es la narración misma en su sentido obvio y natural.

  • El alma es una serie de ideas paralelas a las primeras que se desenvuelven siguiendo el mismo orden, pero en un plano superior, de suerte que es necesaria atención para alcanzarlas».

La parábola tiene algo que ver con la fábula, pero no suele incluir, como ésta, figuras de animales y mucho menos atribuirles dotes inverosímiles, como el don de hablar o de cantar. Además su intención religiosa es muy superior a la de la fábula que suele permanecer en el campo de lo meramente natural.

La parábola tiene también parecidos con la alegoría, que es como una metáfora continuada. Pero encierra notables diferencias y no pocas veces han sufrido las parábolas por intentar darles interpretaciones alegóricas. En la alegoría todas y cada una de las partes de la misma tienen un sentido muy concreto. En la parábola hay generalmente una sola enseñanza y no se debe buscar un sentido a todas y cada una de sus frases que no tienen, en muchos casos, otro sentido que el de adornar una narración.

Jesús fue el gran maestro de la parábola, y casi todos cuantos las han usado posteriormente han imitado su estilo. En cuanto al número de las trasmitidas por el evangelio no hay un acuerdo entre los comentadores. Algunos autores hablan de 71 y aun de 79, pero cuentan, para ello, hasta simples expresiones metafóricas como el consejo de llevar el yugo de Jesús (Mt 11, 29-20) o la alusión a la piedra de molino atada al cuello de los escandalosos (Lc 17, 2). Comúnmente, y descontadas las repetidas o aquellas que son las mismas aunque aparezcan con variantes en diversos evangelistas, puede hablarse de unas 30.

Es evidente, sin embargo, que ni estas fueron las únicas pronunciadas por Jesús, ni fueron dichas en series, tal y como los evangelistas las trasmiten. Difícilmente puede pensarse que Jesús se sentara una tarde a explicar a sus discípulos media docena de parábolas diferentes. Más bien hay que situar las parábolas como algo engarzado en la vida cotidiana y que fue surgiendo en casos muy concretos, cuando Jesús y los discípulos pasaban junto a un campo en el que se hacía la siembra o la siega, o cuando contemplaban cómo una mujer, al fabricar el pan, mezclaba en la masa la levadura.

TRES GRUPOS DE PARÁBOLAS

Los evangelistas no obraron sin embargo a capricho al ordenar las parábolas de Jesús. Hay, evidentemente, entre muchas de ellas clarísimas relaciones, tanto de tema como de estilo. Pertenecen claramente a diversos períodos de la vida de Jesús.

  • Hay un primer bloque de ocho parábolas que se centran en el tema del reino de los cielos y que fueron, sin duda, pronunciadas en el ambiente campesino de Galilea y dentro del primer período de la vida de Jesús.

  • Un segundo bloque tiene como predominio el tema de la misericordia. Son las parábolas del buen samaritano, del amigo que llega a media noche, del criado sin compasión, del rico insensato, de la higuera estéril, del gran convite, de la oveja perdida, del hijo pródigo, del mayordomo sagaz, del rico avaro y el pobre Lázaro, del juez inicuo, del fariseo y del publicano, de los obreros enviados a la viña. Es este el bloque más abundante y son, por otro lado, las parábolas más elaboradas literariamente, con más minuciosa descripción de los personajes de las mismas. Es san Lucas quien conserva la mayoría de este bloque, así como es san Mateo quien trasmite la mayor parte del primero.

  • La tercera serie recoge sólo seis parábolas y pertenecen evidentemente a la época más tardía de la vida de Cristo y a un ambiente típico de Judea. Son la de los diez talentos, la de los dos hijos, de los viñadores homicidas, la de las bodas reales, la de las vírgenes prudentes y fatuas, la de las minas. Son narraciones más dramáticas, sus personajes se juegan en ellas la vida o el destino, son textos que huelen ya a muerte.

LA ROCA VIVA DE LA TRADICIÓN

Las parábolas tienen dos ventajas importantes sobre todos los demás textos bíblicos:

  • son los fragmentos mejor conocidos por el pueblo cristiano.

  • son igualmente los que tienen mayor garantía de fidelidad en su transmisión.

Joachim Jeremías —quizá el mejor investigador científico del tema— comienza su obra con estas rotundas palabras: “Quien estudia las parábolas de Jesús, tal como nos las han trasmitido los tres primeros evangelios, trabaja sobre un fundamento especialmente sólido; las parábolas son un fragmento de la roca primitiva de la tradición”.

De hecho las parábolas son la página bíblica menos batida por el viento de la crítica. Pueden discutirse sus interpretaciones, no su historicidad. Efectivamente podemos dudar de la fidelidad con que los evangelistas nos trascribieron los sermones de Jesús y aceptar que inevitablemente pusieron mucho de su cosecha y de sus modos personales de formular. Pero este tipo de narraciones son especialmente fáciles de recordar. La memoria las fija mucho mejor que cualquier otro tipo de formulaciones abstractas. Una parábola viva contada a diez personas adultas puede ser referida tiempo después por las diez sin variaciones notables. Por eso son éstas las páginas evangélicas que mayores similitudes formales registran entre los diversos evangelistas. Y los parecidos son enormes con las formulaciones de las once parábolas en que los evangelios canónicos coinciden con el llamado «evangelio de Tomás», que procede de fuentes muy distintas.

A esto se añade un segundo hecho. En las parábolas, como observa el mismo J. Jeremias, por todas partes, tras el texto griego, se deja ver la lengua materna de Jesús. Es, por ejemplo significativo, el número de veces en que usan el artículo determinado en frases en que una lengua latina colocaría el indeterminado. El traductor griego incurre, con ello, en evidentes semitismos que dejan casi ver el texto original primitivo.

Aún más: muchas parábolas resultarían casi ininteligibles si las sacásemos del mundo en que Jesús las contó. Por poner un solo ejemplo señalemos la del sembrador. En una cultura griega o latina resultaría inverosímil esa gran parte de grano que cae en el camino, entre piedras o entre espinas. Pero las cosas cambian si sabemos que los judíos sembraban antes de labrar. El sembrador de la parábola camina sobre el rastrojo no arado. Por eso siembra sobre el camino que sabe que será inutilizado y desaparecerá al labrarlo. Siembra sobre las espinas que han quedado marchitas sobre el campo, porque sabe que también esa zona será labrada. El autor de esa parábola no puede ser evidentemente otro que un judío. Lo mismo deducimos si observamos que siembra sobre piedra: las rocas calcáreas están en Galilea cubiertas por una ligera capa de tierra de labor y el sembrador no puede verlas. Sólo cuando mete la reja del arado que choca contra ellas, crujiendo, se da cuenta de que allí había roca. Lo que un occidental juzgaría excesiva licencia del narrador, es simplemente lo normal en el estilo de trabajo de Palestina.

Todo ello hace que podamos concluir con el mismo J. Jeremias que las parábolas de Jesús, tomadas en conjunto, no solamente se nos han trasmitido de un modo seguro, sino que son materia que no presenta problema alguno en su historicidad, aunque sí los encuentre en su interpretación.

EN EL CORAZÓN DEL PUEBLO CRISTIANO

Otra ventaja tienen aún las parábolas: han permanecido y calado en el corazón del pueblo cristiano. Son pocos los que dominan el sermón de Jesús en la Cena, pero ¿quién no conoce la parábola del hijo pródigo, del buen samaritano o del fariseo y el publicano?

Los mismos escritores racionalistas frenan su crítica ante las parábolas. Uno de ellos —A. Reville— ha escrito: “Han pasado los siglos y las parábolas quedan. Interesantes y llenas de colorido, se graban con facilidad en la memoria, ofrecen sólido alimento a la reflexión de los pecadores y a la inteligencia de los sencillos. En ellas especialmente se muestra Jesús artista incomparable. La belleza de estas parábolas tiene el mérito clásico de alcanzar efectos poderosos por medios muy sencillos”.

Efectivamente estas páginas no tienen la altura lírica del sermón de la montaña o las bienaventuranzas, ni la riqueza emotiva y teológica del sermón del jueves santo, pero Jesús pone de relieve en estas narraciones su fuerza literaria de creación a través de la sencillez. Son pequeños cuadros encantadores, desprovistos de toda retórica, pero llenos de viveza y colorido. Todo se dice sin que nada sobre. Hay en algunas —como en la del hijo pródigo— minuciosos análisis psicológicos de los personajes. Y muestran, mejor que ninguna otra página evangélica, las dotes de observación de Jesús. Toda la pequeña vida cotidiana de Palestina sale a flote en estas páginas. Vemos en ella a los labradores, a las mujeres en sus faenas domésticas, sus modos de orar y de pleitear; conocemos las costumbres de los pastores y la venalidad de jueces y administradores. Todo un mundo vivo y verdadero.

Vida y misterio de Jesús de Nazaret, volumen 2. José Luis Martín Descalzo, pág. 246-251. Editorial Sígueme (Salamanca), 1986.
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