Memorias de un vigilante




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MEMORIAS DE UN VIGILANTE

FRAY MOCHO

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I

DOS PALABRAS
No abrigo la esperanza de que mis recuerdos lleguen a constituir un libro interesante ; los he escrito en mis ratos de ocio y no tengo pretensiones de filósofo, ni de literato.

No obstante, creo que nadie que me lea perderá su tiempo, pues, por lo menos, se distraerá con casos y cosas que quizás habrá mirado sin ver y que yo en el curso de mi vida me vi obligado a observar en razón de mi temperamento o de mis necesidades.

II

EN LOS UMBRALES DE LA VIDA
Mi nacimienti fue como el de tantos, un aconteci­miento natural, de esos que con abrumadora monoto­nía y constante regularidad se producen diariamente en los ranchos de nuestras campañas desiertas.

Para mi padre, fui seguramente una boca más que alimentar, para mi madre, una preocupación que se sumaba a las ocho iguales que ya tenía, y para los perros de la casa y para los pajaritos del monte que nos rodeaba, una promesa segura de cascotazos y mortificaciones que comenzaría a cumplirse dentro de los tres años de la fecha y duraría hasta que los vien­tos de la vida me arrebataran, como a todos los congregados por la casualidad bajo aquel techo hos­pitalario.

Concluía quizás la primera década de mi vida, cuando un buen día llegó a la casa una tropa de carros, que, desviándose del camino que serpenteaba entre las cuchillas, allá en la linde del monte, venía a campo traviesa buscando un vado en el arroyo, que disminuía en una mitad el trecho a recorrer para lle­gar al pueblo más cercano.

El capataz habló con mi padre ; y éste, de repente, me hizo señas de que me acercara, y dijo

-¡Este es el muchacho! ... Como obediente y hu­milde, no tiene yunta... ¡el otro que podía igua­larlo se nos murió la vez pasada!... ¡Como conoce­dor del monte y del arroyo, lo verá en el trabajo!

A mí me zumbaron los oídos, y no pude saber lo que el hombre contestó ; sin embargo, me di cuenta, así en general no más, de que ya no podría extasiar­me a la sombra de los espinillos florecidos viendo cómo las lagartijas se correteaban sobre la cresta de los hormigueros, haciendo relampaguear sus armadu­ras brillantes, ni pasarme las horas muertas, escu­chando el contrapunto de las calandrias y de los zor­zales, estimulados por el lamento de los boyeros parados al borde de sus nidos, colgados allá en la extremidad de los gajos más altos y flexibles de los molles y coronillos.

Mi padre me sacó de mi éxtasis con su voz ronca y varonil, esta vez impregnada de una dulzura des­conocida

-¡Oiga, hijito!... ¡Vaya, traiga su petisito bayo y ensíllelo!... ¡Va a acompañar a este hombre, que es su patrón!

III

EL VAIVÉN DEL MUNDO

Las corrientes del mundo me arrebataron y luché con ellas con suerte varia ; ninguna ¡ay! volvió a traerme hasta los montes nativos, y cuando un día -después de muchos años- volví a ellos, ya no guardaban sino restos miserables, escapados al hacha del montaraz; y del pobre rancho y de la familia que lo ocupó, ni el recuerdo siquiera.

¿Qué fue de los míos?

¿Qué fue de las hojas del tala frondoso, en cuyas ramas flexibles mi madre colgaba la cuna de sus hijos, aquel noque de cuero que la brisa mecía cariñosa?

¿Qué fue de los trinos del boyero y del contrapun­to de las calandrias y de los zorzales?

¡Sólo quedan en mi memoria como un recuerdo!

Sirviendo de guía a las tropas de carretas, pican­do éstas cuando ya mis músculos lo permitieron, de peón aquí, de vago allá, llegó un día para mí dichoso y bendecido -porque es el origen de mi felicidad ac­tual- en que una leva me tomó y puso punto final a mis correrías de vagabundo, perfilando sobre la fi­gura mal pergeñada del pobre gaucho ignorante la simpática silueta del soldado.

Recuerdo, como si fuese ayer, las circunstancias en que fui tomado y voy a tratar de pintarlas, no con la pretensión de hacer un cuadro sino con la inten­ción de presentar una escena de nuestros campos, vul­gar y corriente en tiempos no lejanos, pero hoy ya casi exótica, debido a las exigencias de la vida.

IV

DE ORUGA A MARIPOSA
Tras un galope de algunas leguas -andaba de va­go y era joven y aficionado al baile y las buenas mozas- llegué al viejo rancho desmantelado y soli­tario -veterano de cien tormentas- donde se iba a bailar, cosa que no era muy frecuente entonces, dada la escasez de población en aquellos parajes.

Al acercarme al palenque, ya pude contar cuántos me habían precedido en la llegada y hasta saber quié­nes eran: allí estaban sus caballos a modo de tarjeta de visita.

Primero, el petiso de los mandados -maceta y mosqueador- que buscando verse libre de las saban­dijas u obedeciendo a la costumbre de evitarlas, ha­bía ido retrocediendo hasta apartarse del grupo, y sembrando el trayecto recorrido con las pilchas del muchacho a cuyo servicio lo había condenado la suer­te, que nunca le fue propicia ; luego los mancarro­nes de algunos gauchos pobres y de los viejos vagos del pago, con sus aperos formados con prendas de procedencia diversa y de más diversa fabricación, con sus riendas peludas y anudadas y con sus cinchas enflaquecidas de puro dar tientos para remiendos ; y, finalmente, algunos redomones bravíos, que al sen­tirme llegar yerguen las orejas, relinchan y se agi­tan, indicándome que ya hay mocetones que me ha­rán competencia en el corazón de las dueñas de esos otros pingos, cuidados y lustrosos, tusados con co­quetería, y cuya crin ha servido para dibujar ya un arco atrevido, ya una guarda griega caprichosa, y que lucen bozales tan primorosos y cabestros" tan lle­nos nos de bordados y de adornos.

Son pingos del andar de gente presumida, y hasta con pespuntes de elegantes mozas.

Previo el consabido ladrido de los perros -arran­cados por mi llegada a un sueño plácido y tranquilo-, el relincho de los redomones del palenque, los saludos del dueño de la casa y las vichadas* de las mozas y mocetones, que, cortos con los forasteros, se han ocul­tado tado en el rancho, eché pie a tierra y fui a sentarme en el ancho patio recién barrido y carpido, que a la noche serviría de salón de baile, iluminado por la luna plácida y serena, aquella luna de mi tierra que veo al través del tiempo, quizás embellecida por el recuerdo.

Los preparativos para la fiesta estaban en lo mejor.

Allá atrás del rancho, formado por una pieza gran­de de paja -quinchada- había un remedo de otra, formada por cuatro cueros de potro y algunas ramas mal atadas, que pomposamente se denominaba con el simpático nombre de la cocina.

A través del agujero que le servía de puerta, y por entre la nube de humo que vomitaba, veía, desde donde estaba sentado, un hacinamiento de cabezas, alumbradas por la llama temblorosa del fogón.

Entre risas ahogadas y cuchicheos, oía el canto mo­nótono de la sartén en la que se freían montones de pasteles dorados, que espolvoreados con azúcar rubia, llevados de a seis u ocho -máximum que podía con­tener el único plato de loza que había en la casa -con destino al depósito general, que estaba en la pie­za de paja, bajo la custodia de una vieja vigilante, tía respetada de algunos muchachos greñudos y carasucias, que de vez en cuando se asomaban por ahí, espiando el momento de dar un malón con suerte.

Eran atraídos por el olor apetitoso y agradable de los pasteles, que corría por todo el rancho, y que al penetrar por la nariz ponía en juego las glándulas salivales y hacía caer los estómagos en sueños delei­tosos y en éxtasis bucólicos.

Bajo su influencia, uno llegaba hasta a olvidar que los tales pasteles estaban guardados en un viejo fuentón de lata, bajo la cama, en compañía del antiguo cajón de fideos, hoy humilde depósito de tabaco para el uso de la patrona, y expuestos a las correrías irres­petuosas de las pulgas matreras, que pasan su vida viajando de los perros a sus dueños y de éstos a los perros, hasta encontrar algún benévolo forastero que, a pesar suyo, las lleve por ahí a tierras lejanas.

Ya una veintena de mates amargos y sabrosos, o no, que eran cebados por un muchacho roñoso -todo un maestro en el arte- habían pasado a mi estómago, haciéndome olvidar la fatiga y el cansancio, cuando las mozas y los mozos, que habían andado por ahí a salto de mata, ya más familiarizados con los foras­teros, empezaron a dejar sus escondites poco a poco.

Ellos se acercaban serios y graves, nos daban la mano -a mí y a otros convidados desconocidos que estábamos como en asamblea-, con el brazo rígido como si fueran a pegar una puñalada o a asigurar un ñudo, murmuraban algo que no se entendía y lue­go se sentaban en rueda, con toda simetría, tratando, a fuer de bien criados, de colocar los pequeños bancos de una cuarta de alto y formados por un trozo de madera pulido por el uso y las asentaderas, y con las cabeceras llenas de pequeños cortes producidos por el cuchillo al picar el naco', de modo a no dar la espalda a nadie.

Y allí se quedaban con las piernas dobladas y el cuerpo encogido en esa posición en que se encuentran las momias incásicas en sus urnas de barro, pintarra­jeadas.

Más allá, parados, con los pies cruzados, un pucho coronando la oreja, medio perdido entre una mecha rebelde que se escapa del sombrero descolorido y aja­do, están los gauchos pobres y menos considerados, con sus chiripás rayados, sus camisetas de percal y sus rebenques colgados en el mango del facón, atra­vesado en la cintura y que asoma por sobre el culero fogueando por el lazo o por bajo el tirador*, cuando más sujeto por una yunta de bolivianos falsos.

Ellas, las mozas, venían en grupo, disimulando su turbación con una sonrisa y haciendo sonar sus ena­guas almidonadas y sus vestidos de percal -tiesos a fuerza de planchado- y que cantaban alegremente al rozar el suelo.

Se sentaban en hilera, graves, por más que la ale­gría les rebosaba; se ponían serias, pero la risa les chacoteaba entre las pestañas largas y crespas, jugue­teaba sobre sus labios y se arremolinaba, allí, en las extremidades de la boca.

Pronto la conversación se hizo general, la fuente de pasteles se puso al alcance de las manos y la fa­miliaridad comenzó a desarrugar los ceños adustos y a alejar las desconfianzas.

Más mozos y más mozas continuaron llegando, y de recepción en recepción y de pastel en pastel, fuimos alcanzando a la noche, que era la aspiración de todos.

Al fin llegó y con ella los guitarreros, que eran tres: un viejo tuerto -verdadero archivo de cicatri­ces- y dos parditos, que eran sus discípulos, los vo­ceros de su fama y futuros herederos de su clientela en el pago.

Se colocaron los bancos en rueda, destinado el fren­te que daba al rancho -sitio de honor- para los guitarreros, para las mamás y para los mosqueteros de más consideración; luego seguían las mozas que entrarían en danza y la turbamulta de mirones y de asistentes.

El bastonero, que era dueño de casa, se situó en un punto cómodo para abarcar el conjunto y hacer la designación de parejas con la mayor estrictez, y mientras se acordaban las guitarras, empezó a estu­diar la concurrencia para -con conocimiento de cau­sa- poder hacer combinaciones que pudiesen satis­facer las aspiraciones de todos: enamorados-bailantes y bailantes solamente.

¡Cómo latía el corazón, en la esperanza de que fue­ra la moza de su simpatía la que le tocara a uno en aquel reparto de beldades, que duraría lo que durase la pieza!

¿Conmover al bastonero con una súplica? ¡Pero si eso era un sueño irrealizable!

Un criollo bastonero era inconmovible, y, sobre to­do, tenía demasiada admiración por las elevadas fun­ciones que desempeñaba para entrar en familiarida­des con nadie.

¡Baste decir que ni a sus sobrinos tuteaba en esos momentos, por no rebajar su autoridad!

Organizadas las parejas, sonaron las guitarras, y se dejaron oír los acordes de una polka en que tri­naban las primas y las segundas, y no tanto des­tinada a ser bailada cuanto a demostrar la habilidad de los ejecutantes: era como un punto de atención echado por el viejo guitarrero.

Los mocetones más empilchados y ladinos fueron los que debutaron. Metidos en sus grandes botas de charol, con el taco como aguja y con todo el frente bordado, daban vueltas pretenciosas de elegantes, pa­reciendo muñecos movidos por un mismo resorte, tal era la precisión con que seguían el compás que el maistro marcaba con la cabeza.

El bastonero -para satisfacción de las mamás, que se le dormían a los pasteles y al mate, agrupadas alrededor de los guitarreros- circulaba entre las pa­rejas, diciendo cuchufletas y haciendo con su frase sacramental -¡que se vea luz, caballeros !- que las aproximaciones no fueran más allá de lo lícito y ho­nesto.

Concluida la polka, las parejas se deshicieron : las mozas, después de sacudirse las polleras para quitar­les la tierra, tomaron asiento y comenzaron a torcer sus pañuelos, a sacarse mentiras o a alisarse el jo­po, para dar ocupación a las manos, que ociosas les incomodaban, mientras los mozos volvían sonrientes a nuestras filas, de donde el bastonero los sacaba de uno a uno, para hacerles probar de cierta caña con cáscara de naranja, que tenía reservada para los preferidos.

Volvieron a sonar las guitarras, haciéndose oír un rasgueo, alegre y armonioso; era un gato que se bai­laba solo de puro sentido y bien tocado.

Dos parejas salieron al medio de la rueda. La se­gunda, que era puramente decorativa, pasaba desa­percibida: la primera era formada por un mocetón de color bronceado -vistiendo amplio chiripá de gra­no de oro, caído hasta el taco de la charolada bota de campana, camiseta de merino negro tableada, pa­ñuelo volador de seda punzó, sombrero chambergo de felpa con un barbijo lleno de borlas que le castiga­ban la nariz y la barba- y por una moza, no mal parecida, que lucía entre el cabello negro, lustroso, un ramo de fragantes claveles rojos y que indudable­mente era la consentida del mocetón.

Debutó él con un saludo y luego con un zapateado en que lucía todas las gracias de sus pies adiestra­dos, siguiendo al mismo tiempo el compás, mientras el guitarrero se desgañitaba, gritando con voz gan­gosa: "¡salta la perdiz madre" y ella, la consenti­da, se hacía la que huía de los ataques del animalito que era empecinado y la seguía, haciendo resonar el suelo con el acompasado golpeteo de sus pies.

Iba a terminar la pieza, cuando de allá de la últi­ma fila de mirones y gauchos pobres salió una voz que dijo ¡barato!, mientras avanzaba a reemplazar al mocetón -que parecía ceder su puesto de mala gana- otro, que era su rival y que, aunque más despilchado*, tenía la habilidad de cantar y no dejaba de ser famoso en el pago.

Su aparición fue aplaudida, y la muchacha, encen­dida, se remilgó y trató de lucir toda su gracia al que le daba tal prueba de distinción.

Cuando llegó el momento del canto, moduló con voz llena de dulzura, aunque emitida por la nariz, unas coplas llenas de sentimiento en que había una que envolvía todo un piropo, que venía como de molde:

¡Las muchachas bonitas

son perseguidas

como la azucarera

por las hormigas!

Y remató su canto con un escobilleo que arrancó voces de admiración : los pies se movían con tal pres­teza, mientras el tronco permanecía recto, que era imposible seguirlos con la vista.

La muchacha volvió a su asiento, y el mocetón que­dó gozando de su triunfo, orgulloso y satisfecho.

La caña hizo su aparición, llevando la alegría a todos los corazones, y los guitarreros, después de to­car un triste, en que palpitaban todos los anhelos de un alma enamorada, comenzaron a puntear un peri­cón con todas las reglas del arte.

Salieron las parejas al centro, elegidas con cuidado por el bastonero, entre los mozos y mozas de más fama.

Hicieron la demanda, algo como la primera figura de la cuadrilla -con mucho garbo y donaire, riva­lizando ellos en gravedad y ellas en sonrojo- y vino el alegre que permitió a un aficionado, mientras las dos parejas valsaban, lanzar su nota quejumbrosa:

Las estrellas en el cielo forman corona imperial. Mi corazón por el tuyo y el tuyo ¡no sé por cuál!

Y concluyeron su danza con el cielo -pasadas las peripecias de la cadena- en que los bailarines co­ronaron su esfuerzo, haciendo castañetear los dedos al compás de la música y con gran habilidad, mien­tras las guitarras gemían con un vals lleno de sen­timiento y armonía de esos que, según la expresión consagrada, levantan de los pelos.

Y tras el pericón vino un triunfo, donde se floreó aquel que fue héroe en el gato y que endilgó estas indirectas a su moza:

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