Consideraciones de científicos/as del conicet e investigadores/as de Argentina acerca de la ley de matrimonio universal y los derechos de las familias de lesbianas gays bisexuales y trans




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Ley de igualdad y reconocimiento de derechos de las parejas
Las parejas entre personas del mismo sexo existen y, según muestra la literatura, el arte y la investigación social e histórica, existieron siempre. Claro que en Argentina esas parejas han debido vivir a escondidas, muchas veces perseguidas, siempre sin derechos. La ley de igualdad es un paso histórico en el reconocimiento de las minorías oprimidas en todo el mundo.

En un histórico fallo en que se obliga a una obra social a pagar la fertilización asistida de una pareja de lesbianas, la jueza Elena Liberatori sienta un importante precedente al considerar que “se trata de una familia basada en una pareja constituida por dos mujeres” (Fallo Liberatori, 2009). En el mismo sentido, la jueza Seijas afirma: “No se trata de saber si son posibles otras formas de vida familiar y afectiva distintas de la tradicional. Porque las tenemos delante nuestro y sabemos que existen. Se trata de saber si es posible un marco legal suficientemente genérico para adoptar sus institutos a estas realidades” (Fallo Seijas, 2009). En un nuevo fallo que autoriza a celebrar una boda entre dos varones, el juez Bernard expresa: “convalidar el matrimonio entre personas del mismo sexo no viene a crear una realidad, sino a reconocerla” (Tribunal Oral en lo Criminal Nº 2 de La Plata, 2010). Un fallo reciente del Supremo Tribunal de Justicia de Brasil (el equivalente a la CSJN en Argentina) que reconoce el derecho a adoptar de una pareja de mujeres, dejó sentando que las “parejas homosexuales también merecen un tratamiento digno e igualitario en tanto sus uniones consisten en el amor, en el respeto mutuo y el afecto”. Pero algo fundamental de este dictamen fue establecer que “la actuación del Defensor del Pueblo promueve la defensa de los derechos humanos de los involucrados en el proceso judicial en cuestión, concretizando la nueva función institucional, relativa al ejercicio de la defensa de los intereses individuales y colectivos de los niños y adolescentes, así como de los grupos sociales vulnerables” (Superior Tribunal de Justicia, 2010).

La desigualdad en el reconocimiento del derecho al matrimonio impide a las parejas del mismo sexo gozar de los deberes y obligaciones que el Estado reconoce a las parejas heterosexuales, tanto como grupo familiar como a sus miembros considerados en forma individual: derechos de herencia y pensiones, obras sociales, derecho a acompañar al familiar que está internado (sea su pareja o su propio/a hijo/a), acceso a planes de seguridad y asistencia social, privilegios testimoniales, beneficios en políticas migratorias, capacidad de decidir por otro en situaciones de imposibilidad, si algún miembro de la pareja fallece ni ellas ni sus hijos/as tienen garantizada la continuidad del vínculo. Derechos tan viejos como el derecho de residencia para parejas binacionales, a la propiedad, a la seguridad, al nombre y al apellido.

Sin estos derechos la unión familiar se fragiliza. “Tales ventajas no resultan intrascendentes para quienes asumen como pareja un compromiso sexual, emocional y financiero con miras de estabilidad” (Fallo Seijas, 2009).

Por eso, pensar que el matrimonio se modifique con el fin de integrar otras formas de familias no contempladas, no significa que la institución matrimonial vaya a estallar tal como esgrimen, tratando de sembrar pánico moral, algunos opositores a la ley de igualdad. Claro, que, el matrimonio (que ya explicamos que de “natural” tiene muy poco tiempo) simplemente se verá afectado por lo que siempre sucedió, es decir, su adaptación a las formas de agrupamiento, transmisión de la vida y comunidades de afecto de un contexto cultural específico.

“No admitir a dos personas del mismo sexo a someterse libremente al "status" de casados, implica disminuirlos jurídicamente e aislarlos del orden normativo. Por otro lado, negar esta unión es contraria al derecho a la constitución y protección de la familia, elemento fundamental de la sociedad y a su vez recibir protección para ella” (Tribunal Oral en lo Criminal Nº 2 de La Plata, 2010, voto juez Bernard)

Unión civil y otras soluciones intermedias: segregación, contagio y enfermedad
Una igualdad “casi”, no es igualdad. Estamos hablando de igualdad formal ante la ley. No hay razones para “dosificar” los derechos de la población LGBTTI con instituciones tales como la unión civil o soluciones intermedias y devaluadas para legalizar sus uniones. Como sostiene el abogado penalista Gil Laavedra (2010) el argumento “te doy un poco, no todo” es claramente discriminatorio: “si te doy un poco, cuál es la razón por la que no te doy todo. Es porque creo que sos distinto. Si tenés el derecho, lo tenés ahora”.

Al respecto afirma la jueza Seijas: “La legislación que concede a parejas que se apartan del parámetro sexual mayoritario el goce de algunos de los beneficios que otorga el régimen matrimonial, pero de manera segregada, no supera el problema de la discriminación (…) Si el problema de la exclusión matrimonial se redujera a la imposibilidad de acceder a determinados bienes, la solución bien podría ser el diseño de este tipo de regímenes separados. Pero tal solución parece desconocer que, históricamente, el concepto de ‘iguales pero separados’ ha servido como una forma de camuflar el repudio hacia grupos excluidos.” (Fallo Seijas, 2009).

A lo que agrega la jueza Liberatori: “Si se sancionara una ley que llamara ‘matrimonio’ a la unión de mujer y hombre y de alguna otra manera a la unión de personas del mismo sexo, la distinta denominación estaría poniendo el énfasis en la condición sexual de las personas, por lo que seguiría habiendo discriminación, ya que a través del lenguaje se connotaría el hecho de que la unión por amor de dos personas sea heterosexual o no. La condición sexual de la pareja que se une legalmente es irrelevante al propósito de unir la vida ante la ley, y, por lo tanto, la distinción es discriminatoria” (Liberatori, 2009)

La parcialidad del reconocimiento recuerda el argumento de la segregación o el apartheid: zonas separadas como hospitales, ómnibus, escuelas, bancos, baños públicos, bebederos y lógicamente matrimonio. Por otra parte, un régimen segregado o separado no hace más que fortalecer la diferencia en términos discriminatorios y de inferioridad respecto al resto: “el mero mantenimiento de un régimen exclusivo para parejas heterosexuales refuerza el estereotipo, la estigmatización y la falta de aprobación y reconocimiento frente a diferentes sexualidades. La exclusión del régimen matrimonial sugiere que el compromiso y los sentimientos de los actores es inferior y, como consecuencia, no es merecedor de los derechos que el marco normativo garantiza a todos por igual” (Fallo Seijas, 2009)

Otro de los motivos para sustentar un régimen especial de segregación, además de reforzar la discriminación, es “contener” la supuesta expansión de la homosexualidad y si fuera posible, evitar su mera existencia. Razonar de esta manera es considerar a la homosexualidad como capaz de contaminación y contagio y, por ende, de desestabilizar la propia heterosexualidad. En el mismo sentido se decía que reconocer los derechos de las mujeres hacía que éstas fuesen cada vez menos obedientes a sus padres y maridos y al cumplimiento de sus “funciones naturales” o que reconocer derechos de igualdad a los afroamericanos - hoy se trata de los hispanos- en los Estados Unidos haría desaparecer la raza blanca.4 El contagio remite a la noción de infección y de “enfermedad” (y lógicamente de cura). Los sectores subalternizados en cierto momento de la historia de occidente fueron patologizados: el loco, la mujer histérica, el niño masturbador, el homosexual (Foucault, 1977 y 1998).

La definición de la homosexualidad como enfermedad tiene una duración específica en el tiempo y en el espacio. Acotada a occidente y al período que va aproximadamente entre 1870 y 1970. Tampoco hubo nunca un pleno consenso y tuvo mayor o menor fuerza de acuerdo a los vaivenes políticos y al avance de las teorías racistas en la medicina y la psiquiatría, al calor de los movimientos fascistas y nazis de la época5.

Desde el nacimiento del término homosexual la controversia estuvo planteada. Richard von Krafft-Ebing (1886) considerado uno de los fundadores de la psiquiatría moderna y quien popularizara el uso del término homosexual, revisó frecuentemente la consideración patológica de la homosexualidad6.

Lo mismo vale para Freud (1905) que de clasificarla como perversión7 no en sentido peyorativo, sino como desviación de la sexualidad madura (todo niño es un perverso polimórfico en proceso de articular su sexualidad) varios años después explicita en una carta a una madre norteamericana que lo consulta sobre su hijo: “la homosexualidad… no es nada de lo que haya que avergonzarse. No es un vicio, ni un signo de degeneración, y no puede clasificarse como una enfermedad. Más bien la consideramos una variación de la función sexual” (Freud, 1935).

En 1897 Magnus Hirschfeld fundó en la ciudad de Berlín el “Comité Científico Humanitario que tenía como uno de sus principales objetivos la derogación del párrafo 175 del Código Penal que penalizaba la homosexualidad en Alemania. En 1898 organizó un petitorio con más de 6.000 firmas pidiendo la reforma de las leyes penales. Entre los firmantes se encontraban Albert Einstein, August Bebel, Karl Kautsky, Krafft-Ebing, Karl Jaspers, Lou-Andreas-Salomé, Thomas Mann, Heinrich Mann, Herman Hesse, Käthe Kollwitz, Rainer Maria Rilke, Max Brod, Stefan Zweig, Gerhart Hauptmann, Martin Buber y Eduard Bernstein. Inspirada en el Comité se fundo en Inglaterra la “Sociedad Británica para el Estudio de la Psicología Sexual”. Presidida por Edward Carpenter contaba en sus filas con algunas de las figuras más prominentes de la intelectualidad inglesa de la época: G.B.Shaw, E.M. Forster, Vyvyan Holland, Harriet Granville Barker, Harriet Weaver Shaw, Radclyffe Hall, Uma Troubridge, Bertrand y Dora Russel, Norman Douglas, Laurence Housman y Stella Browne.

En 1928 fue creada la Liga Mundial para la Reforma Sexual, presidida en forma honoraria por Hirschfeld, Forel y Havelock Ellis. Algunas de sus consignas, verdaderamente escandalosas para la época, fueron la plena igualdad de los sexos, el reconocimiento de la equivalencia del trabajo doméstico femenino con el trabajo profesional masculino, la despenalización del concubinato y de todas las relaciones sexuales de consentimiento mutuo entre adultos. En el caso de la homosexualidad, Forel lamentaba que el matrimonio entre hombres estuviese prohibido, ya que resultaría "completamente inofensivo para la sociedad".

La inclusión de la homosexualidad como una de las enfermedad mental se produjo en 1952 cuando se publicó el primer DSM (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales) y duró apenas veinte años ya que, en 1973, la dirigencia de la Asociación Psiquiátrica Americana (APA) en forma unánime aprobó retirar la homosexualidad como trastorno de la sección “Desviaciones sexuales” de la segunda edición del DSM (el DSM-II).

Argumentar, como frecuentemente se hace para descalificar la decisión de la APA, que el retiro de la homosexualidad como trastorno mental obedeció a las presiones políticas de la militancia gay-lésbica, que se imponía así a la objetividad científica, es verdaderamente deshonesto. Obviamente que este avance fue producto de la disputa política e ideológica, que es el lugar donde se plantea toda lucha emancipatoria y los propios objetos de la ciencia. De la misma manera se lograron torcer los designios de la objetividad científica que, a través de impecables métodos estadísticos de mediciones craneanas, concluía la superioridad de la raza blanca y una escala degradada de las otras razas hasta llegar a la negra, obviamente la más baja y susceptible de ser sometida a procesos civilizatorios. Con la misma tenacidad tuvieron que imponerse las mujeres desde los mitines políticos hasta las luchas silenciosas en los consultorios y en lo hogares para dejar de ser consideradas seres inferiores a los hombres.

En el año 1998 Asociación Psiquiátrica Americana emitió una declaración de expresa condena a los denominados intentos de “cura de homosexuales”. En dicho documento expresa que “no hay evidencia científica que apoye la eficacia de la terapia ‘reparativa’ para alterar la condición sexual, por lo que no está incluida como tratamiento psiquiátrico”8.

II

La transmisión de la vida o la reproducción de la especie humana
Cualquier modificación a una estructura familiar patriarcal siempre fue acusada de atentar contra la supervivencia de la especie humana. Esto que sucede ahora con la aprobación de la ley de igualdad, sucedió cuando se legalizó el divorcio en Argentina (Pecheny, 2010) e, incluso, cuando se legisló sobre el matrimonio civil a fines del siglo XIX. Señala Seijas (2009) que al momento de debatir el proyecto de esta última ley, el senador Pizarro profetizó la desaparición de la especie de la superficie de la tierra expresando: “Perdida la santidad del matrimonio, perdida toda influencia moral en la familia, y reducido el vínculo de unión en ella al vínculo de la fuerza jurídica, todas las relaciones de familia se relajan, la autoridad paterna viene al suelo, el amor conyugal se substituye al interés, la dignidad de la mujer se abate, la insubordinación de los hijos es su consecuencia, el cariño filial desaparece, y la familia deja de existir” (diario de sesiones de la Cámara de Senadores, 43ª reunión, 41ª sesión ordinaria, 4 de septiembre de 1888, pág. 363 y 367).

El argumento es insostenible. Desde siempre las familias monoparentales y las ampliadas, así como la adopción, y hoy las tecnologías reproductivas, permiten que cualquier tipo de vínculo familiar transmita la vida. Los matrimonios entre personas del mismo sexo no son estériles y, por ende, no niegan la transmisión de la vida ni atentan contra la sobrevivencia de la especie. Aún así, si hipotéticamente las personas LGBT, o cualquier otro grupo poblacional, no quisiera tener hijos/as la continuidad de la especie humana estaría garantizada por otras personas que si querrían hacerlo.

Los avances en el campo de la biotecnología deben hacernos repensar la noción misma de esterilidad, tanto para personas individuales, para parejas heterosexuales como para las del mimo sexo. La biotecnología, señala Verena Stolke (2004), en tanto expresión de la creatividad humana, se aplica a transformar lo que supuestamente está inscripto en la naturaleza. Todo lo que parecía ser natural comienza a ser desmontado, especialmente el vínculo reproductivo. Lo que parecían ser limitaciones de la naturaleza comienzan a mostrarse como contingentes limitaciones culturales.

Es importante poder distinguir, como señala el Informe de Les Madres (2009) entre progenitor/a y padre o madre. “Progenitores son quienes engendran biológicamente, quienes aportan el óvulo y el espermatozoide para dar origen al embrión. Madres y padres son quienes deciden tener y criar hijas o hijos, quienes asumen un rol activo en la tarea de cuidar, educar, nutrir y guiar. Ser madre o padre no es un hecho biológico, como ser progenitor/a sino un hecho social, un proyecto vital originado en el deseo y el compromiso”.
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