Responsabilidad y las éticas del deber o de la convicción. Las éticas de la felicidad, o éticas de la responsabilidad




descargar 79.83 Kb.
títuloResponsabilidad y las éticas del deber o de la convicción. Las éticas de la felicidad, o éticas de la responsabilidad
fecha de publicación05.08.2016
tamaño79.83 Kb.
tipoDocumentos
b.se-todo.com > Ley > Documentos
UNIDAD 6: PRINCIPALES TEORÍAS ÉTICAS
1. Definición y tipos
Una teoría ética es una teoría que intenta fundamentar un determinado código moral, es decir un conjunto de normas y valores morales, apoyándose para ello en argumentos racionales.

Las teorías éticas tradicionalmente se han dividid en dos grandes grupos: Las éticas de la felicidad o éticas de la responsabilidad y las éticas del deber o de la convicción.

Las éticas de la felicidad, o éticas de la responsabilidad, afirman que la conducta moral se determina por sus resultados. Una conducta es buena moralmente si nos permite conseguir un determinado fin, que normalmente coincide con la felicidad.

Las éticas del deber, o de la convicción, afirman que la conducta moral está determinada no por lo que hacemos sino por la intención con que lo hacemos, independientemente de los resultados que obtengamos (por ejemplo que esto nos lleve o no a la felicidad).

Las características de las éticas de la felicidad son:


  • Sus normas están dirigidos a la consecución de un Bien Supremo y Fin Último que todos los seres humanos perseguimos y que coincide con la felicidad.

  • La felicidad en las distintas éticas materiales se entiende de diferente manera: placer, autorrealización, bienes materiales (éxito, dinero, fama…), salvación eterna, justicia social, utilidad individual o colectiva. Estas éticas, por tanto, son puramente subjetivas y conducen al pluralismo ético, ya que sus normas dependen de lo que en cada caso determinemos que nos hace feliz. A veces ni siquiera tenemos códigos coherentes sino que cambiamos de código según nos interesa: podemos ser egoístas, altruistas, materialistas y cristianos al mismo tiempo.

  • Sus normas, por tanto, no pueden ser universales y necesarias, son hipotéticas y no categóricas, ya que sólo valen bajo ciertas condiciones, pues son medios para conseguir un fin, la felicidad entendida de una determinada manera, y no todos perseguimos ese fin ni entendemos la felicidad de esa manera.


Las características de las éticas del deber son:


  • Sus normas establecen la forma general o intención con la que debemos actuar sea cual sea la conducta concreta de que se trate: una conducta es buena si está realizada con una determinada intención (por ejemplo, respetar nuestro deber o ser fieles a nosotros mismos) independientemente de los resultados y, por tanto, de si mi conducta me hace o no feliz.


2. Teorías éticas de la felicidad
Estudiaremos las siguientes: Eudemonismo, Hedonismo, Estoicismo, Cinismo, la ética cristiana basada en la Ley Natural y el Utilitarismo.
2.1. Eudemonismo:
Su creador, Aristóteles (384-322 a. C.) es uno de los pensadores más influyentes de la Filosofía occidental, vive en Grecia en el siglo IV a. C.

Elaboró una ética de la felicidad llamada "Eudamonismo", porque presupone que el bien supremo que todos los seres humanos perseguimos es la fe1icidad (en griego eudaimonia). Desde luego eso es algo de lo que caben pocas dudas, la tarea de la reflexión ética será investigar qué es la felicidad y cómo conseguirla.

La primera afirmación de Aristóteles sobre las condiciones materiales necesarias para ser feliz es que nadie puede ser feliz en ausencia de ciertos requisitos materiales mínimos: nadie puede ser feliz viviendo en la miseria, la indigencia, la indignidad, la tortura y la marginación abso­luta. Todas estas condiciones materiales son necesarias para una vida feliz pero no son suficientes, hace falta algo más.

Para averiguar qué más, Aristóteles nos recuerda que todos los seres del universo poseen una esencia y una función propia y su excelencia consistirá en realizar de la forma más perfecta posible esa esencia y esa función específica. Por ejemplo: un cuchillo es un "buen cuchillo" si corta de maravilla, un ojo es un "buen ojo" si permite una magnífica visión, una semilla es una "buena semilla" si consigue dar lugar a una planta...etc.

Pues bien, el ser humano es feliz cuando desarrolla del modo más perfecto posible su esencia y su función específica, es decir, cuando se autorrealiza como ser humano. Desde luego, los seres humanos realizamos múltiples activi­dades, muchas, como la nutrición, la reproducción y el crecimiento, las compartimos con todos los seres vivos, luego no son las más específicas; otras, como la capacidad de movernos, de sentir o de aprender, las compartimos con los animales, luego tampoco son las que buscamos. La única actividad humana que es propia y exclusiva de las personas es la capacidad de pensar y razonar. Así que seremos buenos y felices si conseguimos que nuestra vida sea lo más racional posible. Y el medio para conseguirlo es respetar dos tipos de normas a las que Aristóteles llama virtudes: las virtudes éticas o morales y las virtudes dianoéticas o intelectuales.

En primer lugar, debemos practicar en nuestra conducta cotidiana las virtudes morales. Éstas se definen cómo el hábito de mantener nuestras emociones, sentimientos y deseos en un término medio, siendo los extremos, tanto por exceso como por defecto, vicios. Así que, en las decisiones que tomemos día a día, no debemos dejarnos llevar por nuestros impulsos, deseos y emociones: ira, rabia, miedo, pasión, impaciencia, tristeza, pena, alegría, vergüenza, aversión, aburrimiento, resentimiento, envidia, orgullo, gula, avaricia, lujuria, pereza..., sino que nuestra guía debe ser siempre la razón, sólo serán buenas las decisiones racionales, sólo ésas nos conducirán a la felicidad. Ejemplos de virtud ética:


Vicio por exceso

Virtud término medio

Vicio por defecto

Libertinaje

Templanza

Insensibilidad

Temeridad

Valor

Cobardía

Despilfarro

Generosidad

Avaricia

Ira

Justa indignación

Pusilanimidad

Descaro

Educación

Timidez

Hostilidad

Amabilidad

Adulación


En segundo lugar debemos practicar las virtudes intelectuales, que son dos: prudencia y sabiduría.


  • La prudencia: Esta virtud nos permite saber dónde está nuestro término medio, que es siempre algo personal.

  • La sabiduría: Esta virtud nos induce a dedicarnos a las tareas o trabajos más acordes con nuestra naturaleza racional, los de tipo intelectual, como la investigación, el estudio, la gestión y la creación. Los trabajos manuales son considerados menos dignos para el ser humano pues no permiten su realización plena.


Debemos fijarnos también en que la virtud es un hábito (una persona no es generosa por serlo sólo una vez o dos), por tanto se adquiere por repetición de actos, y requiere esfuerzo e interés; ni se nace virtuoso, ni basta la enseñanza para serlo, sólo lo conseguiremos si queremos y nos esforzamos.
2.2. Hedonismo:
Epicuro (341-281 a. C.), fundó en Atenas su escuela, El Jardín, donde no sólo se adquirían conocimientos teóricos sino que se ponía en práctica las enseñanzas del maestro, se aprendía un modo de vida. En ella se admitían incluso mujeres y esclavos.

Según esta teoría el bien supremo, aquello que todos los seres humanos perseguimos y que nos llevará a la felicidad, es el placer (hedone). Maximizar el placer y minimizar el dolor es el objetivo prioritario de nuestra vida. El placer se define como:


  • La ausencia de dolor en el cuerpo

  • La ausencia de perturbaciones psicológicas o espirituales como son el miedo, la angustia, las preocupaciones, remordi­mientos, la tristeza, el estrés y la ansiedad.

  • La satisfacción de nuestros deseos, incluyendo deseos referidos al cuerpo y deseos más espirituales como son la amistad, el conocimiento y disfrutar de la belleza.


Además el placer debe ser, si no un estado definitivo sí, al menos, duradero. Por esta razón, habrá muchos placeres a los que deberemos renunciar, aquellos de los que se derive a medio o largo plazo un dolor mayor; de la misma manera habrá ciertos dolores y sufrimientos que serán buenos, aquellos de los que obtengamos un placer que los compense. La persona sabia es justamente aquella que sabe hacer el "cálculo" y sabe a qué placeres decir sí y hasta dónde, y qué sufrimientos rechazar o aceptar según convenga.

Para poder hacer ese “cálculo”, Epicuro distingue 3 tipos de deseos y nos da normas para satisfacerlos y así maximizar el placer y minimizar el dolor:


  • Naturales y necesarios: más que deseos son necesidades primarias y biológicas, alimentarse, beber y dormir. Su satisfacción siempre hace feliz al hombre.

  • Naturales y no necesarios: nacen del deseo de los seres humanos de variar y obtener más placer de la vida. Por ejemplo satisfacer el apetito con una exquisita paella y no con un trozo de pan, satisfacer la sed con un zumo y no con agua y dormir en la más cómoda de las camas. Estos deseos debemos moderarlos.

  • No naturales y no necesarios: el lujo, el poder, la riqueza, la fama, la gloria, el prestigio y los honores. A estos deseos debemos renunciar pues no se sacian nunca, cuanto más tenemos más queremos.


Por último Epicuro nos propone cuatro normas más que habremos de seguir si queremos una vida placentera para poder eliminar el dolor espiritual. Se trata de eliminar cuatro temores, prejuicios, tabúes o supersticiones, que además son fomentados por las élites que nos gobiernan para someternos:


  • El miedo a los dioses: para eliminarlo basta pensar que no se cuidan de los asuntos humanos, y desde luego, brujos, sacerdotes y demás son sólo buenos psicólogos.

  • El temor a la muerte: es absurdo temerla, pues mientras estamos vivos no nos afecta y cuando nos afecta ya no estamos vivos. Tampoco debemos temer al "más allá", pues tras la muerte no hay más vida.

  • El temor al destino: Epicuro negó el determinismo, nada está escrito, sólo el azar y la libertad existen. Cada hombre es dueño de su propio destino.

  • El temor al dolor y la infelicidad: si seguimos las enseñanzas de Epicuro respecto a la moderación y la renuncia a falsos placeres, si aprendemos a desear lo que tenemos y a no desear lo que no tenemos, conse­guiremos sentirnos bien con nosotros mismos, íntimamente, disfrutando serenamente de los placeres que la naturaleza nos ofrece, lejos de pasiones que perturben nuestro equilibrio.


2.3. Estoicismo
¡Domínate y aguanta!, este era el lema de la escuela, Stoa (pórtico) fundada en Atenas por Zenón en el año 306 a. C. Sus ideas tuvieron un gran éxito siglos más tarde y entre persona­lidades de las clases sociales más dispares: esclavos como Epicteto, filósofos como el cordobés Séneca y emperadores romanos como Marco Aurelio.

Según los estoicos todo el universo y cuanto en él sucede, también, por supuesto, la vida de cada uno de nosotras y nosotros, está regido, dirigido y determinado por una Ley, Principio o Razón Uni­versal que todo controla y domina. Nada escapa a esa ley, el movimiento de los astros, el crecimiento de un niño y la lectura que estás haciendo de estas líneas, están férreamente determinados por una cadena de causas inexorable. Todo ocurre de modo necesario, el destino existe y aún cuando la vida nos pueda parecer absurda, es en realidad absolutamente racional, sólo que responde a una razón universal que a nosotros se nos escapa; nuestra pequeña vida absurda, a veces ilógica o injusta, inconexa y sin sentido, responde, en realidad, a una gigantesca armonía de correlaciones e inter­dependencias. Es más, ni siquiera tiene sentido hablar del mal en el mundo (guerras, catástrofes naturales, amores no correspondidos, muerte de seres queridos...), pues nada de lo que sucede es un mal, juzgarlo así es sólo producto de la estrechez de la visión humana, que no ve más allá de lo inmediato.

Por todo esto, el ser humano debe vivir de acuerdo con la Razón Universal, vivir en armonía con el todo, aceptar lo que el destino nos depare aún cuando nos parezca absurdo, irracional, trágico o doloroso pues sabemos que aunque desde nuestra perspectiva individual e inmediata lo parezca, no lo es desde la perspectiva universal.

Por ello nuestro bien supremo, aquello en lo que se cifra la felicidad para el estoicismo, es la imperturbabi1idad (ataraxia): permanecer impasibles ante todo aquello que no depende de nosotras y nosotros, que en ocasiones puede ser el amor, el éxito, la salud, la riqueza, siempre la muerte y los golpes de la fortuna. Nuestro objetivo es la no resistencia a lo que es y no puede no ser, a través del autocontrol, el autodominio, la eliminación de las pasiones (el dolor, el temor, el deseo que nos encadena, las emociones que nos arrastran); comprender y aceptar lo que no podemos cambiar. La norma moral para conseguir semejante objetivo es un férreo dominio de la voluntad, una disciplina casi inhumana.

Cabe plantearse, si todo está determinado, ¿qué pinta una ética?, ¿en qué queda la libertad humana? En realidad todos terminamos por aceptar lo que no podemos cambiar pero unos lo hacen por la fuerza, es decir con mucho sufrimiento y resistencia, y otros de buen grado, con aceptación. Pues bien, la libertad consiste en que podemos elegir esa actitud interior con la que vivimos lo que no podemos cambiar:


  • Podemos resistirnos, negarnos y sufrir persiguiendo eso que no es para nosotros en este momento porque no es un bien universal sino sólo un bien personal y ficticio (salud, riqueza, éxito, prestigio, fama, bienes materiales, etc.). Entonces aparece la frustración, el dolor ante el fracaso presente. O por el contrario, si se tiene éxito, aparece el temor a perder lo que tenemos en el futuro o la constante presión del deseo y la sensación de “no es suficiente” que separa al hombre de su felicidad.

  • Podemos adoptar una actitud interior de aceptación, no resistencia, rendición a lo que ya es y no puede no ser a través del autodominio y la imperturbabilidad.


Salvo esa disposición interior, poco más puede el ser humano elegir ¡pero qué gran dominio es ese! Esa es la ventaja del sabio sobre el ignorante: saber que todo está determinado tiene un rendimiento práctico, la imperturbabilidad que nos ahorra el sufrimiento.
2.4. Cinismo
Antístenes fue el fundador de la escuela de los Cínicos (del griego kinos, perro), llamados así por su extravagante manera de vivir: austeros hasta la mendicidad, "pasando" de usos, costumbres y convencionalismos sociales. El más famoso de ellos (vivieron en el siglo IV y III a. C.) vivía en un tonel y satisfacía sus necesidades donde le apetecía, fue Diógenes. Otro, Crates, abandonó familia y riquezas para ir por el mundo mendigando, y entre sus filas aparece Hiparchía la primera mujer filósofa que aparece en los libros.

Para los cínicos la meta del ser humano, el bien supremo, la felicidad, debe ser la autarquía, es decir, la autosuficiencia, la total independencia externa e interna, el bastarse a sí mismo. Se trata de buscar una moral plenamente emancipada y por ello, necesariamente, antisocial, pues la sociedad no permite un individuo plenamente independiente, antes al contrario, nos modela y socializa hasta convertirnos en lo que necesita que seamos. La sociedad, por una parte, complica enorme­mente la satisfacción de las necesidades más primarias por medio de infinidad de convenciones, reglas y usos, y por otra, convierte al ser humano en esclavo de nuevas necesidades perfectamente superfluas, mujeres y hombres cada vez somos menos dueños de nosotros mismos. Vivimos inmersos en una especie de apoteosis de la mercancía, que somete nuestra vida cotidiana a multitud de cachivaches. Pero también internamente vivimos encadenados, necesitamos prestigio, éxito, educación y estima.

La norma moral que los cínicos nos dan para lograr la autarquía es esta: renunciar a lo social, liberarnos de esas falsas necesidades, seguir los dictados de la naturaleza, llevar una vida sencilla, frugal y adaptada como la de un animal. No debemos dejarnos guiar por convenciones, usos y costumbres sociales o legales; son los primeros objetores e insumisos de la historia y se acercan mucho a los "hippies" de los años sesenta.

Los cínicos vieron que ninguna transformación de la sociedad es posible; su crítica fue la más atrevida y radical, vieron con inquietante lucidez que lo social formaba parte del problema y no de la solución. La de los cínicos es una moral combativa, de resistencia, antipolítica, de denuncia. Morda­ces y provocativos, fueron los primeros contraculturales: no respetan mitos, costumbres, instituciones, normas, leyes, ideologías ni religiones. Despreciaban la nobleza, la fama y sobre todo el dinero, cristalización de todas las relaciones sociales. Afirmaban la abolición de lo público y lo privado y de las diferencias entre seres humanos por razón de raza, lengua, patria o sexo. Y lo mejor de todo es que predicaron con el ejemplo: la propaganda por la acción, su norma fue renunciar a las pseudo-necesidades que la civilización nos crea y vivieron como predicaron.

En cierta ocasión un sacerdote de la diosa Ceres, madre de los dioses, le pidió a Antístenes (446-366 a. C., hijo de padre ateniense y de un esclava) dinero para el culto, a lo que aquel replicó irónicamente que ya sabrían los dioses cumplir con el deber filial de mantener a su madre. En otra ocasión viendo que unos sacerdotes llevaban preso a alguien cogido mientras robaba en un templo, dijo: "los ladrones grandes conducen preso al pequeño". Oyendo cómo un sacerdote prometía las delicias del más allá a unas personas, le aconsejó que se suicidase de inmediato para no demorar más el disfrute de tanta maravilla. Contra la pretensión de superioridad basada en la patria o en el linaje, Antístenes recordaba a los atenienses que por haber nacido en suelo ático su nobleza era equiparable a la de los caracoles y langostas. Diógenes (412-323 a. C.) acuñó el término cosmopolita, y así vivió siempre, como ciudadano de todas y ninguna parte. Famoso es su encuentro con Alejandro Magno quién le ofreció pídeme lo que quieras, a lo que nuestro filósofo contestó apártate que me tapas el sol.
2.5. La Ley Natural:
La ética cristiana es una ética de la felicidad en la que ésta consiste en llegar a ser dignos ante Dios y, así, merecedores de la vida eterna. Ello se consigue siguiendo los preceptos de la Ley Natural.

Se debe a Santo Tomás de Aquino (1224-1274) la formulación más precisa e influyente del concepto de "ley natural". Para Santo Tomás, la Ley Natural es la parte de la Ley Eterna, ley con la que Dios rige toda la Creación, que concierne a los hombres, seres racionales y libres creados a imagen y semejanza de Dios.

El ser humano se siente naturalmente inclinado a seguir la Ley Natural cuyo precepto fundamental es hacer el bien y evitar el mal. De ese precepto fundamental se siguen otros 3 secundarios que dan contenido al bien:


  • El precepto de conservar la vida, es bueno todo lo que conserva la vida y malo lo que la acaba (tendencia natural que compartimos con todos los seres)

  • El precepto de procrear y cuidar de la prole (tendencia que compartimos con los animales)

  • El precepto de buscar la verdad y especialmente la suma verdad que es Dios (tendencia exclusiva del ser humano)


La Ley Positiva, la que los seres humanos elaboramos en nuestros ordenamientos jurídicos, debe ser la realización jurídica y política de tales disposiciones naturales, según los problemas y circunstancias de cada tiempo. La ley positiva ha de respetar los preceptos inmutables de la ley natural. Se establece así la subordinación de la política respecto de la moral y de ésta a la religión. Todos los fundamentalismos religiosos ya sean cristianos, islámicos o judíos… se basan en esa subordinación.

La Iglesia católica sigue insistiendo en que la Ley Positiva debe subordinarse a la Ley Natural. Las controversias actuales respecto al uso que pueda hacerse de determinadas investigaciones y técnicas biológicas (pensemos en las polémicas sobre las células madre y sobre las aplicaciones terapéuticas de la ingeniería genética), respecto al matrimonio entre personas del mismo sexo o el uso de métodos anticonceptivos son un claro ejemplo.

Sin embargo, hoy no existe desde las ciencias naturales ni humanas un consenso acerca de la idea de naturaleza humana. Las sociedades occidentales, en la actualidad, se caracterizan por una pluralidad de concepciones morales y religiosas. Otras doctrinas, de carácter laico o religioso, reivindican su espacio. La relación entre tales doctrinas o credos y la estructura jurídico-política del Estado de derecho, que debe reconocerlas al mismo tiempo que vela por el cumplimiento de la ley sin excepciones, es uno de los grandes temas éticos de nuestro tiempo.
2.6. Utilitarismo
El utilitarismo tiene a Jeremy Bentham (1748-1832) y a John Stuart Mili (1806-1873) como sus principales representantes. Según esta doctrina nuestra conducta debe regirse por el principio de utilidad o interés de la mayoría. De ahí el principio utilitarista por excelencia: una acción es buena cuando produce la mayor felicidad para el mayor número de personas. En cada acción debemos calcular la cantidad de utilidad o inutilidad que proporcionará. Pero como el hombre vive en sociedad, el cálculo del interés debe hacerse en relación con la utilidad colectiva. El principio básico de moralidad y justicia es que la felicidad de los individuos debe ser compatible con la felicidad del conjunto, las leyes e instituciones sociales han de jugar un papel básico en la promoción de los intereses públicos y en su conciliación con los intereses privados.

El utilitarismo es, tal vez, la escuela ética que mejor encaja con la mentalidad del mundo occidental y con las coordenadas propias del liberalismo social y democrático. Se trata de extender el llamado estado de bienestar conseguido gracias al desarrollo científico y tecnológico. Sin embargo vemos que si bien se ha conseguido un avance indiscutible en la calidad de vida de los ciudadanos, no son la mayoría si pensamos en términos planetarios y vemos que también se han ocasionado graves riesgos; piénsese en el deterioro del medio ambiente y en el enorme potencial destructivo de la industria armamentística.

Por lo tanto la extensión planetaria del principio utilitarista: la mayor felicidad posible para el mayor número posible de personas, plantea algunos problemas. ¿Es posible un crecimiento económico ilimitado y a la vez generalizado, extensible a la humanidad entera? Si tenemos que seleccionar ¿quiénes serán las personas o grupos seleccionados? ¿a quiénes se puede excluir, provisionalmente, de la lista? ¿quién establece y cómo se diseña una utilitarista "lista de espera"? ¿cómo conciliar el componente pragmático del utilitarismo (su visión "realista" de la moralidad) con una concepción universalista que reconozca y aplique a los seres humanos los mismos principios y derechos, con independencia de su lugar de nacimiento o condición social? Estos interrogantes expresan los principales desafíos éticos, políticos y económicos de nuestro tiempo.
3. Éticas del deber
Estudiaremos las éticas elaboradas por los siguientes filósofos: Kant, Nietzsche, Sartre y Habermas.
3.1. La ética del deber de Kant
Immanuel Kant (1724-1804), filósofo alemán del siglo XVIII, el siglo de la Ilustración, elaboró la primera ética del deber.

Según Kant lo que hace buena una conducta no es la conducta misma sino la intención con que la realizamos. Para comprender con qué intención debemos actuar para que nuestra conducta sea moralmente buena tenemos que saber que Kant distingue tres tipos de acciones:


  • Contrarias al deber y, por tanto, inmorales

  • Conformes al deber pero realizadas por interés, miedo al castigo o inclinación, que carecen de valor moral

  • Conformes al deber y realizadas por respeto al deber: sólo éstas son moralmente buenas


Sólo es moralmente buena aquella conducta que es conforme al deber y está hecha con la intención de respetar el deber independientemente de las consecuencias de la acción y, por tanto, de si me proporciona algún beneficio o de si me hace feliz o no.

El deber es “la necesidad de una acción por respeto a la ley”; obrar por deber es reconocer que se debe hacer algo o no hacerlo porque la ley moral lo exige y debe ser respetada aún en contra de mis intereses e inclinaciones.

Cumplir con el propio deber es un imperativo categórico, absoluto, universal y necesario, es algo que no depende de las circunstancias o de si me hace o no feliz, sino que manda incondicionalmente. Kant dio dos formulaciones del imperativo categórico:


  • Obra siempre de tal manera que puedas desear que la norma de tu conducta se torne ley universal. Ejemplo: Romper la promesa que hicimos en otro tiempo. En un mundo en el que esta conducta fuese ley universal no habría promesas, pues nadie creería en la palabra del otro.




  • Obra siempre de tal modo que utilices a la humanidad, tanto en tu persona como en la de los demás, siempre como un fin y nunca como un medio. A diferencia de "las cosas", el ser humano no tiene precio sino que posee dignidad. Las cosas tienen un valor meramente relativo porque son medios; en cambio, las personas no puede ser usado meramente como medio, no pueden ser usadas a capricho, sino que siempre son objeto de respeto.


La ética kantiana es una ética autónoma pues es cada persona quien en cada caso aplica el imperativo categórico, dándose a sí misma su propia ley moral y estableciendo su deber independientemente de causas externas.
3.2. Nietzsche y la transmutación de los valores
Federico Nietzsche es un filósofo Alemán que vive en la segunda mitad del siglo XIX, desde 1844 hasta 1900. Famoso, entre otras muchas cosas, por haber sido el gran profeta de la "muerte de Dios", así como de la revolución ética que tal muerte acarrearía: muerto Dios, desaparecen los valores tradicionales de la cultura occidental y el hombre no tiene más remedio que crear nuevos valores y ponerse a sí mismo en el lugar de Dios.

Nietzsche considera que desde siempre han existido dos tipos de personas, con dos morales contrapuestas:

Los nobles o señores con su moral se señores: son las personas fuertes, superiores, distinguidas, poderosas, individuos que no aceptan sujetarse a normas, que no aceptan ser masa y por ello viven en permanente lucha y peligro, arriesgando su seguridad sin temor. Su moral es la moral del dominador, son personas autónomas porque se dan a sí mismas sus propias normas de conducta, creando sus propios valores. No buscan la aprobación de los demás sino solo de sí mismas. Se encuentran felices consigo mismas y con lo que hacen. Sus valores son la plenitud, el poder, la fuerza, la dureza, la disciplina, la confianza. Son capaces de luchar y descargar toda su cólera, y por ello, jamás les envenena el resentimiento y el rencor contra la vida y los hombres.

Los esclavos con la moral de los esclavos: son las personas débiles, inferiores, plebeyas, vulgares, cobardes, el rebaño, la masa. El esclavo ve con recelo las virtudes del poderoso y antepone las cualidades del débil para hacer así más soportable su existencia frente al fuerte. Por ello promueve aquellos valores que sirven para proteger su debilidad: la compasión, la piedad, la dulzura, el amor al prójimo, la igualdad, paciencia, resignación, humildad, bondad de corazón, estoicismo, mansedumbre, pasividad. En definitiva el esclavo entiende la vida y la felicidad como "narcosis", llamando "malo" a lo poderoso y "bueno" a lo bonachón y simplón. El esclavo es tan débil que se siente incapaz de exteriorizar su cólera, de ahí su resentimiento, su rencor y su deseo de venganza y de ahí también su necesidad de ser “masa” pues como individuo carece de fuerza y valor, por ello mismo no posee una moral autónoma sino heterónoma, pues es incapaz de inventar sus normas saliéndose de lo que el rebaño establece.

Según Nietzsche, en la cultura occidental ha triunfado la moral del esclavo, debido, primero al racionalismo propio de la filosofía griega y luego al cristianismo. Efectivamente, para muchos de los filósofos griegos que hemos estudiado para ser felices nuestra vida debe ser algo lógico, racional, frío y calculado, la razón debe someter todo lo instintivo, pasional, pulsional, espontáneo y emocional. Pero esto supone, según Nietzsche, cercenar la vida y querer reducirla a su aspecto más frío.

Siglos más tarde aparece el cristianismo que negará la vida presente, de la materia y el cuerpo, para afirmar la vida eterna del más allá. Considera el cristianismo que lo sensible, lo mundano, lo vivido con el cuerpo es secundario y a ello opone el mundo supraterreno, auténtico, verdadero, trasmundo, al que concede prioridad. ¿Quién es el bueno desde el punto de vista cristiano? el pobre, el enfermo, el desgraciado, el deforme, el abnegado, aquel que se sacrifica a sí mismo, que lleva una vida ascética, el que renuncia a lo material, a la belleza, al deseo, a la felicidad, en definitiva, el que no quiere nada. Todos los valores con los que el esclavo se siente protegido.

Con ambas influencias la cultura occidental supone la rebelión de los esclavos que imponen la idea de que todas las personas somos iguales. Nuestra cultura, entonces, representa el triunfo de los mediocres. La actitud en la que ha crecido nuestra cultura, y de la que procede nuestra moral es esta. Una forma de entender el mundo y la vida hostil a los sentidos, a los instintos, al sentimiento, la emoción y a la creatividad. Siempre huyendo hacia otro mundo perfecto e irreal. La consecuencia de toda esta negación es el nihilismo y la decadencia que caracterizan a occidente.

Frente a ello Nietzsche nos dice que ha llegado la hora de volver a colocar las cosas en su lugar: sustituir lo pretendidamente bueno por lo que es realmente bueno. La humildad por el orgullo, la piedad por la crueldad, la comodidad por el riesgo. Esto es lo que se conoce como transmutación de los valores.

El superhombre es el nuevo ser humano que será capaz de llevar a cabo esa transmutación. No es el resultado de la evolución biológica y, por tanto, no se corresponde con unas características raciales concretas. Lo que lo define son unos determinados rasgos morales. Es el hombre que niega y destruye los valores de la tradición occidental y los reemplaza por valores humanos.

Cómo aparecerá el superhombre es algo que no se nos explica. En Así hablo Zaratustra, una de las obras más famosas de Nietzsche, éste se limita a anunciarlo y lo presenta como el fruto de tres transformaciones. "El espíritu se convierte en camello, el camello en león y el león en niño".


  • El camello simboliza a los que se contentan con obedecer ciegamente. Solo tienen que arrodillarse y recibir la carga, soportar las obligaciones sociales, obedecer sin más, creer en los valores que la sociedad presenta.

  • El camello que quiere ser más se transforma en león, es decir, en el gran negador, símbolo del nihilista que rechaza los valores tradicionales.

  • Pero también el león tiene necesidad de transformarse en niño, de superar su autosuficiencia para poder vivir libre de prejuicios y crear una nueva tabla de valores.


El superhombre rechaza la razón y escoge los sentidos, los instintos, la intuición y con ellos capta el sentido de la vida. Se contenta con este mundo y no se pierde en la ilusión de trasmundos. Conoce la Voluntad de poder y el Eterno Retorno.

El superhombre conoce la Voluntad de Poder porque comprende que la vida, el mundo y el hombre son voluntad de ser más, de vivir más, de superarse, de demostrar una fuerza siempre creciente, es voluntad de dominación de unos sobre otros, es voluntad de crear, de no ser masa sino diferencia. Es voluntad de ilusión y creación.

El superhombre conoce el Eterno Retorno porque comprende que no hay más mundo que este y toda huida a otro es una pérdida de la realidad: hay que permanecer fieles a él, aceptándolo. Y aceptarlo significa decir sí a la vida y al mundo una y otra vez.
3.3. El formalismo ético existencialista
Según Jean Paul Sartre (1905-1980), el ser humano es un ser libre, es un proyecto abierto, cuya existencia está por hacer. Sin valores ni ideas que resuelvan de antemano lo que hemos de hacer, condenado a ser libre, el ser humano intenta construirse un proyecto individual. En ningún caso podemos renunciar a ese quehacer angustioso que es la creación y asunción de nuestros valores y normas. Aunque decidamos que otros, la sociedad, la religión o el Estado, decidan por nosotros, estamos ya eligiendo un modo o proyecto de existencia.

Justamente cuando elegimos que sean otros los que decidan por nosotros actuamos de "mala fe" y estamos siendo inmorales. La mala fe consiste en el vano intento de eludir la angustia de decidir por nosotros mismos. Lo contrario de la mala fe es la autenticidad, que consiste en asumir la carga insoslayable de nuestra libertad, ese es el verdadero imperativo moral.

Ahora bien, pese a este carácter irreductiblemente individual y subjetivo de la libertad, Sartre afirma la posibilidad de una cierta moral común pues el ser humano debe comprometerse a querer, al mismo tiempo que su libertad, la libertad de los otros.

Sin duda que las circunstancias históricas, tras el desastre de la Segunda Guerra Mundial y en medio de una Europa asolada, tuvieron que ver con este giro humanista y comprometido de la ética de Sartre.
3.4. La ética comunicativa o del discurso
Formulada por Jürgen Habermas (1929), el objetivo de la denominada "ética comunicativa" o "del discurso" es establecer las condiciones en las que una comunidad podría alcanzar, a través del diálogo, un consenso universal sobre cuáles deber ser sus valores, normas y fines morales.

Habermas insiste en que no se trata de establecer unos valores, normas y fines abstractos. Por el contrario una comunidad tiene un interés básico: la emancipación o progresiva liberación de las personas y los grupos en sus circunstancias concretas. Por tanto las normas acordadas para conseguir esa emancipación tienen como referente la situación concreta de la comunidad y no tienen carácter definitivo. Son normas históricamente revisables, expuestas a ulteriores procesos dialógicos, como aquéllos en que han sido producidas.

Según Habermas estas son las condiciones que deben cumplirse para alcanzar consensos que respondan verdaderamente a los intereses de los interlocutores:


  • El diálogo debe ser público e inclusivo: no puede excluirse a nadie que pueda hacer una aportación relevante.

  • Igualdad en el ejercicio de las facultades de comunicación: a todos se les conceden las mismas oportunidades para expresarse sobre la materia.

  • Exclusión del engaño y la ilusión: los participantes deben creer lo que dicen.

  • Ausencia de coacciones: la comunicación debe estar libre de restricciones, ya que éstas evitan que el mejor argumento pueda salir a la luz y predeterminan el resultado de la discusión.




similar:

Responsabilidad y las éticas del deber o de la convicción. Las éticas de la felicidad, o éticas de la responsabilidad iconCuestionario relacionado con cuestiones sociales y éticas asociadas...

Responsabilidad y las éticas del deber o de la convicción. Las éticas de la felicidad, o éticas de la responsabilidad iconEticas de la investigacion cientifica

Responsabilidad y las éticas del deber o de la convicción. Las éticas de la felicidad, o éticas de la responsabilidad iconÉticas teológicas ayer y hoy

Responsabilidad y las éticas del deber o de la convicción. Las éticas de la felicidad, o éticas de la responsabilidad iconImplicaciones éticas y sociales en la Bioinformática

Responsabilidad y las éticas del deber o de la convicción. Las éticas de la felicidad, o éticas de la responsabilidad iconConsideraciones eticas y legales en urgencias de pediatria

Responsabilidad y las éticas del deber o de la convicción. Las éticas de la felicidad, o éticas de la responsabilidad iconTema 5: diferencias eticas y morales entre religiones

Responsabilidad y las éticas del deber o de la convicción. Las éticas de la felicidad, o éticas de la responsabilidad iconConcepto y tipos de bibliotecas. Responsabilidad social de las bibliotecas

Responsabilidad y las éticas del deber o de la convicción. Las éticas de la felicidad, o éticas de la responsabilidad iconL. Introducción: La relevancia de la teoría del error como eximente...

Responsabilidad y las éticas del deber o de la convicción. Las éticas de la felicidad, o éticas de la responsabilidad iconResponsabilidad del estado- no puede predicarse cuando el daño se...

Responsabilidad y las éticas del deber o de la convicción. Las éticas de la felicidad, o éticas de la responsabilidad iconInforme de Responsabilidad Corporativa




Todos los derechos reservados. Copyright © 2019
contactos
b.se-todo.com