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Derechos de ilustraciones


Agradecemos a las siguientes personas e instituciones el permiso de reproducir sus ilustraciones:

Erich von Dániken, 1, 2, 5, 7, 8, 9, 10 11, 12, 13, 14, 15, 17, 18, 19, 22, 23, 28; Rudolf Eckhardt, 3, 4; Rudolf Gantenbrink, 20, 21, 25, 26, 31; Martin Lüthi, 30; NASA, Washington DC, 6; Bernd Poser, 16; Bruno Senger, 29; Phil Payter Graphics, 24.

La piedra sagrada de Berlitz


QUERIDO LECTOR, antes de abordar el tema principal de mi libro, te presentaré un relato breve, aunque algo fantasioso, que (como espero que quede claro) tiene cierta relevancia para mis tesis.

El relato transcurre en el futuro, después de alguna catástrofe inmensa en la que ha perecido el mundo que conocemos. Los descendientes de los supervivientes intentan comprender las épocas pasadas de la civilización, estudiando restos tales como un sencillo ordenador traductor Berlitz, y crean una mitología y una religión inevitablemente equivocadas. Como todas las ideas religiosas, las suyas se sustentan en un núcleo de verdad, pero están tan cargadas de supuestos falsos y de interpolaciones basadas en su propia experiencia y en su propia ignorancia, que la verdad sencilla y evidente queda velada cada vez más en el misterio.

En el monasterio del Sagrado Berlitz, los muchachos ingresaban como novicios a los quince años de edad. Aquel año concreto sólo asistían a la ceremonia ocho chicos y diez muchachas. El abad se refirió con preocupación al número reducido de «nacimientos». La mayoría se habían criado en el recinto del monasterio; sus padres trabajaban allí, sirviendo al Sagrado Berlitz. Aparte de los hermanos y hermanas legos, había también recogedores de bayas, cazadores y artesanos de todo tipo, además de comadronas y curanderos. Todos trabajaban juntos en la maravillosa tarea de traer al mundo tantos niños como fuera posible y de criarlos sanos y fuertes. Desde la Gran Devastación, las comunidades humanas de la zona eran pocas y dispersas; el abad sospechaba que sus antepasados habían sido quizá los únicos supervivientes.

Nadie, ni siquiera el propio abad, que era un erudito, ni su Consejo de Sabios, sabía qué había sucedido en la Gran Devastación. Algunos opinaban que las gentes de aquellos tiempos habían poseído armas terribles y que se habían aniquilado los unos a los otros. Pero esta opinión no tenía muchos partidarios. Era difícil imaginar la existencia de unas armas tan devastadoras. Por otra parte, la tradición afirmaba que aquellas gentes de la Antigüedad habían sido felices y habían disfrutado de gran abundancia y prosperidad. ¿Por qué iban a hacerse la guerra, entonces? No era lógico. Una posibilidad más probable, que se discutió en el Consejo de Sabios, era que alguna enfermedad misteriosa hubiera diezmado a la humanidad. Pero esta teoría tampoco se mantenía en pie, pues estaba reñida con las tradiciones que se remontaban a las primeras generaciones posteriores a la Gran Devastación.

Los tres padres antiguos y las tres madres antiguas que lograron sobrevivir a la Gran Devastación habían contado a sus hijos que la catástrofe les había caído encima de manera repentina una tarde tranquila. La veracidad de estas relaciones era incuestionable. Las habían escrito los hijos de los antiguos en el santo Libro de los Patriarcas. Todos los niños del monasterio del Sagrado Berlitz conocían la Canción de la Perdición, que cantaba el abad todos los años en la Noche del Recuerdo. Era el único texto que se conservaba de los tiempos antiguos.
Yo, Gottfried Skaya, nacido el 12 de julio de 1984 en Basilea del Rin, con mi esposa y con mis amigos, Ulrich Dopatka y Johan Fiebag, con las esposas de éstos y con nuestra hija Silvia, salimos a practicar el montañismo en los montes del Oberland de Berna.

Como ya pasaba de las seis de la tarde, en la bajada del monte Jungfrau tomamos un atajo y pasamos por los túneles del ferrocarril del Jungfrau. Debido a unas obras en la cumbre, ya no pasaban más trenes al valle a esa hora.

De pronto, la tierra tembló y algunas partes del techo de granito del túnel cayeron a las vías. Estábamos aterrorizados, y Johan, que era geólogo, nos hizo meternos a todos en un nicho rocoso. Cuando creíamos que el terrible episodio habla terminado empezó a escucharse un tronar inmenso. Parecía que el suelo se disolvía bajo nuestros pies, oíamos un fragor terrible, peor que cualquier tormenta. A treinta metros por delante de nosotros se hundió el muro inferior del túnel. Después se hizo el silencio.

Johan opinaba que se trataba de una erupción volcánica, cosa muy improbable en aquella zona, o de un terremoto. Tuvimos que ascender una ladera empinada para alcanzar la salida superior del túnel.

Cuando nos faltaban algunos metros para llegar a la salida empezamos a oír el ruido. No tengo palabras para describir estas fuerzas desatadas de la naturaleza. Al principio, el viento arrastraba nieve y bloques de hielo ante la boca del túnel; después pasaron árboles, peñascos y tejados enteros de los hoteles del valle inferior. Sonaban estampidos y explosiones como no las han conocido nunca los oídos humanos. El viento rugía y bramaba, ululaba y retumbaba; todo volaba por los aires, todo era arrastrado a mil metros de altura y volvía a caer. La tierra temblaba, los elementos tronaban. Los acantilados de granito se abrían como cajas de cartón. Nosotros estábamos protegidos de la espantosa tormenta gracias a que nos encontrábamos dentro de un túnel cuya abertura inferior estaba llena de escombros. ¡Gracias sean dadas a Dios Todopoderoso!

Los vientos terribles prosiguieron durante 37 horas. No nos quedaban fuerzas; yacíamos en nuestro refugio, acurrucados y apáticos, con los brazos entrelazados. Lo único que deseábamos era que nos cayese encima la montaña. Nadie se puede imaginar cuánto sufrimos.

Después llegó el agua. Entre el rugido y el estruendo de los vientos oímos de pronto un trueno impetuoso. Era como un torrente y una catarata de océanos sin fin. Fuentes gigantescas arrojaban agua, borboteaban, silbaban y azotaban los acantilados. Como el mar que azota la costa en una tormenta, sucesivas montañas de olas erguían la enorme cabeza y caían unas sobre otras, tronando en el valle, formando inmensos remolinos que absorbían toda la vida y la sumían en las profundidades. Parecía que todas las aguas de la tierra se habían sumado a una majestuosa inundación. Queriamos morir, y gritábamos aterrorizados con los pulmones a punto de estallar.

El agua retumbó durante ocho horas; después, los vientos se calmaron, los quejidos de la naturaleza se acallaron y todo quedó en silencio. Destrozados por este tormento, sin habla por el dolor, nos miramos a los ojos los unos a los otros. Al fin, Johan subió a gatas hasta la pequeña abertura que quedaba en lo alto de la salida del túnel. Le oi sollozar terriblemente y subí a su lado a duras penas. El espectáculo que contemplaron mis ojos me dejó atónito. Mis sentimientos más profundos quedaron hechos trizas. Yo también me eché a llorar amargamente: nuestro mundo había dejado de existir.

Las cumbres de las montañas habían quedado allanadas, como alisadas por una lima gigantesca. No había hielo ni nieve en ninguna parte, ni tampoco nada de verde. Los acantilados mojados relucían bajo una luz desnuda y parda. No se veía el sol, y abajo, en el valle, donde había estado la ciudad balnearia de Grindelwald, sólo se veían las olas de un enorme lago.

Esto sucedió en el año 2016 del calendario cristiano. No sabemos si alguien más sobrevivió a la Gran Devastación. Tampoco sabemos qué sucedió. ¡Que Dios Todopoderoso nos proteja!
Los ocho muchachos y las diez muchachas escucharon, asombrados, la Canción de la Perdición. El abad, Ulrich III, la había interpretado con voz sonora y potente. Después de una breve pausa de meditación se dirigió a los novicios y les dijo:

Ahora, entrad en el Salón del Recuerdo. Examinad con devoción las reliquias de los padres antiguos. Habéis sido escogidos, con vuestros hermanos y hermanas, para que honréis y comprendáis estas reliquias.

Los jóvenes novicios entraron con expectación en el edificio de madera largo y oscuro que hasta entonces sólo habían conocido por fuera. Las hermanas legas habían encendido velas de cera, y las reliquias de los antiguos brillaban a la luz vacilante. Allí estaban los zapatos de los santos, de Gottfried Skaya, Ulrich Dopatka y Johan Fiebag. Los zapatos de sus esposas no estaban. Los zapatos estaban hechos de un material extraño que era suave al tacto como el cuero pero que no era cuero. Ni siquiera los miembros del Consejo de Sabios sabían qué era. Un hermano lego les explicó con paciencia que en los tiempos antiguos pudieron existir animales con esa piel, que fueron destruidos en la Gran Devastación

Christian, que tenía 17 años y era el mayor de los novicios, levantó despacio la mano.

—Querido hermano —preguntó con respeto—, ¿qué significan las letras que están escritas en los zapatos del santo Johan?

El hombre respondió amablemente.

—Lo único que somos capaces de descifrar son las letras REE al principio y la letra K al final. No hemos podido determinar su significado.

Christian levantó la mano otra vez.

—Querido hermano, ¿había en los tiempos antiguos animales que tuvieran letras en la piel?

—Eres un chico listo —replicó el hermano lego con cierto tono de molestia—. Todo es posible para Dios Todopoderoso.

En una capilla de la habitación oscura estaban las bolsas de supervivencia de los padres antiguos. El hermano lego explicó con paciencia que en el Libro de los Patriarcas se les llamaba «mochilas», pero que no se comprendía bien el significado de esta palabra.

A los novicios se les presentó un nuevo enigma: las bolsas de supervivencia estaban hechas de telas de diversos colores, que en realidad no eran telas en absoluto. Como los zapatos del santo Johan, estas bolsas eran suaves y flexibles al tacto; pero, en los 236 años que habían transcurrido desde el comienzo de la Nueva Era, no se habían desintegrado. Los novicios, llenos de alegría, alabaron a Dios Todopoderoso: ¡qué mundo tan maravilloso y lleno de misterios era aquel en el que vivían!

Otra reliquia era la cuerda reluciente que se había encontrado en la bolsa de supervivencia del santo Ulrich Dopatka. Nadie sabía qué era el extraño material del que estaba hecha la cuerda, elástico pero irrompible. Pero en el sagrado Libro de los Patriarcas estaba escrito que este material se llamaba «sintético». Ésta era, evidentemente, una palabra de los tiempos antiguos, cuyo significado no conocían ni siquiera los eruditos hermanos del Consejo de Sabios.

Los novicios sintieron extrañas sensaciones cuando el hermano lego les mostró un trozo de «papel de envolver». Era del mismo color pardo apagado y reluciente que el papel en que el santo Gottfried Skaya había escrito la Canción de la Perdición. ¡Cómo debieron de sufrir los santos y venerables padres antiguos! ¡Qué conocimientos y qué materiales tan maravillosos debían de poseer en los tiempos antiguos!

La primera visita a las reliquias duró una hora. Los novicios vieron herramientas desconocidas, lápices misteriosos y unos objetos que se llamaban «relojes» en el sagrado Libro de los Patriarcas, entre ellos un reloj parcialmente transparente que sólo tenía una aguja que apuntaba siempre hacia poniente. El hermano lego les hizo una demostración: por mucho que girara el reloj, la aguja volvía a apuntar inmediatamente hacia el punto por donde se ponía el sol.

La ceremonia de iniciación llegó a su culminación. Los novicios esperaban con impaciencia febril el momento en que podrían echar una ojeada por primera vez a la piedra sagrada de Berlitz. Acompañados por el canto coral de los hermanos y hermanas legos, entraron al santuario interior. En todas las capillas y en todas las repisas había lámparas de aceite encendidas; el aire estaba cargado del rico aroma del aceite de pino. Ante ellos, en el techo de la sala, había un orificio circular a través del cual caía un rayo de sol que iluminaba el altar. Y allí, sobre un pequeño taburete, reposaba la piedra sagrada de Berlitz, el mayor tesoro que poseía el monasterio.

El abad Ulrich III pronunció una oración de acción de gracias. Los presentes escuchaban con emoción profunda y con la cabeza baja. La parte formal del acto de iniciación terminó con las palabras: «¡Santo Berlitz, te agradecemos este don de los cielos!» A continuación, todos los novicios se reunieron alrededor de su abad. Éste tomó cuidadosamente del taburete la piedra sagrada de Berlitz y la presentó a los jóvenes con una sonrisa de alegría radiante.

La piedra tenía el tamaño aproximado de una mano. Era negra, y tenía muchos botones pequeños sobre los que se podían ver letras si se observaban de cerca. La parte superior de la piedra contenía una abertura bajo la cual se veía un fondo gris de brillo apagado. Junto a esta abertura se veía, escrita con letras claras, la palabra «BERLITZ»; y, debajo de ésta, en letras menores, la palabra «Intérprete 2».

El abad Ulrich III oprimió con la punta del dedo los botones correspondientes a las letras de la palabra «AMOR». Inmediatamente, aparecieron sobre el fondo gris las letras «AMOR». Después, Ulrich apretó otro botón, e inmediatamente, bajo las letras «A-M-O-R» aparecieron, como escritas por una mano fantasmal, las letras «A-M-O-U-R».

—¡Aleluya! exclamó Ulrich, y levantó la mirada a los rayos de luz que caían a raudales por el agujero del techo.

—¡Aleluya! —dijeron con alegría los novicios y los hermanos y hermanas del coro.

—¡El poder de la piedra se conserva! ¡Alabado sea el santo Berlitz y su poder perdurable!

El abad volvió a apretar los botones. Esta vez apareció la palabra «S-A-G-R-A-D-O», y poco después las letras «S-A-C-R-É».

—¡Aleluya! —gritó el abad hacia el techo, y los presentes repitieron: «¡Aleluya!» Ulrich III empezó, cada vez más deprisa, a apretar en los botones de la piedra sagrada de Berlitz las teclas que formaban otras palabras. En cada caso aparecían letras extrañas bajo las palabras. Era una maravilla que no podía abarcar la comprensión humana. Los novicios se miraron entre sí, asombrados. Sabían que habían presenciado una gran maravilla. Era un momento sublime.

Por último, Ulrich, con cuidado y contra su voluntad, puso la piedra sagrada de Berlitz en el taburete. Con reverencia y con aire grave, dijo a los novicios:

—La piedra sagrada de Berlitz es una piedra traductora. Con su ayuda, la lengua de los santos padres antiguos se puede traducir a otras lenguas de la Vieja Era. La piedra es sagrada, pues conserva la fuerza eterna del sol. Con tres horas de luz del sol basta; con ellas, la piedra hablará durante doce horas. No ha defraudado nunca al Consejo de Sabios. Nos ha ayudado a entender el sagrado Libro de los Patriarcas. También nos ayudará a descifrar otros textos de los tiempos antiguos, cuyos restos se suelen descubrir.

Entonces, Valentin, el segundo novicio en edad, preguntó titubeante:

—Reverendo padre Ulrich, ¿de dónde procede la piedra sagrada de Berlitz?

¡Un joven muy despierto! —respondió el abad con simpatía—. Has de saber, pues, que la piedra sagrada de Berlitz fue descubierta por el santo padre antiguo Ulrich Dopatka. En el Libro de los Patriarcas está escrito cómo encontró la piedra el santo Ulrich Dopatka. Esto sucedió dos años, once meses y nueve días después de

la Gran Devastación. El santo Ulrich Dopatka escaló los restos de la montaña a la que llamaban el Jungfrau. Algunos centenares de metros por debajo de la cumbre, que había quedado destruida en la Noche de la Destrucción, existían unas ruinas. En el capítulo 16, versículo 38, del Libro de los Patriarcas se dice, incluso, que eran las ruinas de una estación científica que había existido bajo la cumbre de la montaña.

El abad se detuvo unos momentos a cobrar aliento y siguió diciendo:

—Mi joven amigo, el santo Ulrich Dopatka escaló probablemente la montaña a la que llamaban Jungfrau con la esperanza de encontrar algo útil entre esas ruinas. Quizás lo guiara el espíritu del Santo Berlitz para que encontrarse la piedra sagrada. ¡Los caminos de Dios son muchos y misteriosos!

»Mañana empezaréis todos a leer el sagrado Libro de los Patriarcas. En los años venideros aprenderéis muchas cosas. Sed obedientes y humildes. ¡Alabado sea Dios Todopoderoso y los santos padres antiguos!
En el Libro de los Patriarcas, cada capítulo empezaba con las palabras: «Mi padre me contó...» El texto original del libro había sido escrito por los hijos de los primeros padres, de los patriarcas, y había contenido 612 páginas en total. Pero sólo se conservaba la cuarta parte del texto. La letra era muy difícil de descifrar, pues estaba muy emborronada y amarillenta por el paso del tiempo. Gracias a Dios que los hermanos y hermanas legos habían empezado pronto a hacer copias a mano.

Pero las primeras ocho páginas eran diferentes, pues habían sido escritas por el santo Gottfried Skaya en ese «papel de envolver» que llevaban consigo los primeros padres en sus bolsas de supervivencia. Estas páginas contenían por ambos lados inscripciones con líneas finas y de color negro cuya composición no entendía nadie. Llevaban fechas del antiguo calendario cristiano.

Desde entonces no se había escrito nada más durante muchos años, hasta que aparecieron las primeras escrituras en pieles de animales. Habían sido escritas por los patriarcas y por los hijos y los sobrinos de los primeros padres. Éstos habían introducido un nuevo calendario contando los años a partir de la Gran Devastación. Las letras rojas y bien formadas de estos documentos destacaban sobre el fondo amarillo y oscuro de las pieles; con frecuencia se habían cosido entre sí varias pieles con tallos de plantas. Sólo en el año 116 de la Gran Devastación empezaron a utilizar los descendientes de los patriarcas el papel de cal: se preparaba una base de fibra vegetal tejida y sobre ésta se extendía una fina capa de cal. Para que el conjunto fuera más suave, la cal se mezclaba con aceites vegetales.

Los novicios disfrutaban mucho de sus estudios. Sus maestros eran los miembros más antiguos del monasterio; todas las preguntas que se les ocurrían eran respondidas por los que se reunían en el Consejo de los Sabios.

—Honorable miembro del Consejo —preguntó una novicia en la cuarta semana de estudios—, ¿por qué me llamo Birgit y el que está a mi lado se llama Christian? ¿Por qué hay un Valentín, un Marcus, un Will y una Gertrude? ¿De dónde proceden estos nombres?

—Son los nombres que dieron los primeros padres a sus hijos e hijas. Hubo tres padres: el santo Gottfried Skaya, el santo Ulrich Dopatka y el santo Johann Fiebag. Tuvieron entre ellos cuatro esposas, de las que sólo conocemos el nombre de pila: Silvia, Gertrude, Elisabeth y Jacqueline. Los primeros padres procrearon con estas esposas y tuvieron hijos; en los primeros años que siguieron a la Gran Devastación, cada esposa dio a luz a un hijo cada año. Todos estos descendientes recibieron nombres que los patriarcas conocían de los tiempos antiguos. ¿Queda respondida tu pregunta?

Más tarde dijo Valentin:

—Ayer leímos el capítulo 19; pero no nos pusimos de acuerdo en lo que significaban los «grandes pájaros». Honorable miembro del Consejo, ¿podría explicárnoslo?

El honorable miembro del consejo dudó un momento y después sonrió y se acercó, pensativo, a la pared, en la que había ejemplares del Libro de los Patriarcas suspendidos de toscos soportes de madera. Buscó la página correspondiente al capítulo 19, la separó de las demás, se la puso delante a Valentin y le pidió que leyera el texto en voz alta.

Capítulo 19. Versículo 1: Mi padre me contó que su padre, Gottfried, le había contado esta parábola un día que, al mediodía, voló sobre el valle un gran pájaro.

Versículo 2: En mis tiempos había pájaros que eran doscientas veces mayores que ese pájaro.

Versículo 3: En los vientres de esos pájaros se sentaban personas que comían y bebían.

Versículo 4: Podían ver la Tierra a sus pies por pequeñas ventanas.

Versículo 5: Éstos pájaros volaban con las alas rígidas, más veloces que el viento, por encima de las grandes aguas.

Versículo 6: Más allá de las grandes aguas había casas tan altas que algunas tocaban las nubes. Por esa causa las llamaban «rascacielos».

Versículo 7: En las ciudades donde estaban los rascacielos vivían millones de personas.

Versículo 8: No sabemos qué fue de ellos. Que Dios se apiade de sus almas.

—Y bien, Valentin, ¿qué crees que significa esto?

Valentin se encogió de hombros.

—Francamente, no lo sé. No me imagino grandes pájaros en cuyo interior se puede sentar la gente a comer.

—¿Dudas de lo que está escrito en el Libro de los Patriarcasl

Valentin se quedó callado, pero la atenta Birgit dijo:

—El texto procede de un patriarca de la tercera generación posterior a la Gran Devastación. Indica que su abuelo relató esta parábola a su padre. Una parábola debe de ser una especie de símil.

El novicio Christian, que se sentaba junto a Birgit y que rara vez la contradecía porque la amaba, la interrumpió con una vehemencia poco común.

—Yo entiendo que el texto significa lo que dice, aunque no soy capaz de imaginarme unos pájaros gigantes en cuyo interior se sienta la gente y come. El santo Gottfried Skaya no mintió a su hijo: era un testigo vivo de los tiempos antiguos.

Siguió a esto una discusión animada que fue interrumpida por el honorable miembro del consejo:

—¡Ya basta, novicios! El Consejo de los Sabios ha discutido en muchas ocasiones el capítulo 19. Hemos consultado también a la piedra sagrada de Berlitz. La piedra no conoce otros nombres de los grandes pájaros. Por lo tanto, no pueden haber existido. Es cierto que la piedra sagrada reconoce a los rascacielos. Debieron ser, por lo tanto, grandes casas o torres, tal como se describen en el Libro de los Patriarcas.

»Creemos, por lo tanto, que los grandes pájaros en los que se sentaban las personas fueron una visión del futuro que fue otorgada al santo Gottfried Skaya. Sabéis, por supuesto, que los seres humanos no vuelan, pero que les gustaría ser como los pájaros en este sentido. Fue sin duda movido por este deseo por lo que el santo Gottfried Skaya imaginó un futuro lejano en el que las personas volarían por encima de las aguas como grandes pájaros, sin trabajo ni cansancio. Es probable que el joven patriarca cometiera un error al anotar esta relación. No debería haber escrito los versículos 2 al 7 en pasado sino en futuro. Dicho de otro modo, no es «había pájaros que eran doscientas veces mayores que este pájaro», sino «habrá pájaros que serán doscientas veces mayores que este pájaro». ¿Lo entendéis, novicios?

Todos guardaron silencio. Marcus y Christian no estaban de acuerdo con el Consejo de los Sabios en este punto. Christian ya estaba representándose en su imaginación grandes pájaros hechos de fuertes vigas de madera, en cuyo interior se sentaba la gente y saludaba con la mano a los de abajo.

El estudio de los textos se hacía más difícil con el paso de los meses. Esto se debía a que una buena parte de los textos originales resultaban ilegibles y, por lo tanto, no se habían trasladado a las copias excelentes que se habían realizado. Por otra parte, faltaban muchas palabras incluso en las propias fuentes originales: había lagunas en el texto que dificultaban la comprensión del conjunto. Eran muy enigmáticos los textos incompletos de la primera generación, por ejemplo, el capítulo 3, que hablaba de las causas de la Gran Devastación.

Versículo 1: Mi padre me contó que su amigo Johan, el geólogo, opinaba que habla sido causada por un gran meteorito que colisionó con la Tierra.

Versículo 2: Se calculaba estadísticamente que podía colisionar con la Tierra un meteorito o un cometa cada 10.000 años.

Versículo 3: La fuerza de la colisión... [ilegible]... veinte veces superior a la bomba de Hiroshima.

Versículo 4: [falta el principio en el original]... asteroides Geógrafo, Adonis, Hermes, Apolo e ícaro cruzan la órbita terrestre.

Versículo 5: [falta el principio en el original]... una falla polar que condujo a un desplazamiento del eje terrestre.

Versículo 6: El polo norte está ahora en la dirección de la puesta del sol... [ilegible].

Versículo 7: Lo que antes era tierra está ahora bajo las aguas; sólo no están sumergidas las montañas y los valles altos.

Versículo 8: Las montañas que antes estaban bajo el mar ahora deben de estar visibles... [falta el resto].
Ya el primer versículo era oscuro. La palabra «geólogo» aparecía siempre citada en relación con el santo Johan Fiebag. Pero no se explicaba el significado de esta palabra. La piedra sagrada de Berlitz aceptaba la palabra «geología», pero ¿qué significaba? Lo mismo podía decirse de las palabras incomprensibles «cometa» y «meteorito».

Los honorables miembros del Consejo de Sabios no conseguían explicar el concepto «bomba de Hiroshima». Habían estudiado esta palabra dividiéndola de todas las maneras posibles sin ser capaces de determinar su significado. «Hir» podría interpretarse como «aquí»* ; «Hiro» se parece a «héroe». Y gracias a la piedra sagrada de Berlitz se había descubierto que una bomba era algo que «se arrojaba» y «explotaba».

Era imposible determinar el significado de la última parte de «bomba de Hiroshima», aunque algunos miembros del consejo creían que se refería a una tierra lejana de los tiempos antiguos a la que se llamaba «China» en otra parte del texto. «China» y «shima» eran palabras parecidas. ¿Qué significaban, entonces, esas palabras? Lo más probable era que significasen «lo que arrojó un héroe en China» o «aquí explotó el héroe de China». Pero otros miembros del consejo discutían esta interpretación, pues era bien sabido que sólo habían sobrevivido a la Gran Devastación los tres primeros padres y las cuatro primeras madres. ¿De dónde había salido, entonces, el «héroe de China»?
aquí: en inglés, here. (N. del T.)

El significado del capítulo 4 era igualmente caótico y oscuro. En él, el hijo del santo Ulrich Dopatka había escrito:

Versículo 1: Mi padre me contó que en los primeros días hablan pasado mucha hambre hasta que habían descubierto que las aguas estaban llenas de peces.

Versículo 2: En los primeros meses habían mantenido la esperanza de que apareciese algún aeroplano.

Versículo 3: Pero no llegó ningún aeroplano, sino un ovni.

Versículo 4: Lo pudieron observar durante mucho tiempo, tanto los hombres como las mujeres.

Versículo 5: El ovni había pasado suavemente sobre las rocas de la orilla inferior.

Versículo 6: Algunos meses más tarde, toda la orilla había empezado a poblarse de vegetación y a reverdecer.

Versículo 7: Entre las plantas que aparecieron allí encontraron muchos cultivos conocidos: patatas, maíz, trigo; en resumen, todo lo que necesitan las personas para su sustento.

Versículo 8: Todos quedaron muy agradecidos y contentos, pero los extraterrestres no se dejaron ver hasta muchos años más tarde, hasta el día en que vinieron a buscar a Gottfried Skaya.
Los honorables miembros del Consejo de los Sabios daban a este capítulo del Libro de los Patriarcas el título de Canto de Esperanza. El versículo primero estaba claro, pero el versículo 2 contenía una palabra incomprensible: «aeroplano». La piedra sagrada lo traducía únicamente por «avión», que los más eruditos habían relacionado con «pájaro». Por comparación con otros tres pasajes del texto, se sabía que «aero» significaba «lo relacionado con el aire». Pero ¿por qué «plano». Por muchas vueltas que le dieran, no le encontraban ningún sentido: «pájaro plano», «pájaroaire», «aire plano», «pájaroaire plano». Era fácil estar de acuerdo con un miembro veterano del consejo que afirmaba que el texto debía de contener un ligero error, que el hijo del santo Ulrich Dopatka debía de haber cambiado algunas letras de la palabra por error. No debería decir «aeroplano» sino «aeropanel», que quizá fuese una palabra antigua que designase un muro o una protección contra el aire o contra el viento. Sin duda, los primeros meses que siguieron a la Gran Devastación debieron de ser fríos y haría mucho viento. Por eso los patriarcas habían confiado en encontrar algo que los protegiera del viento, pero evidentemente no lo habían encontrado. Esta interpretación era sólida y en general la aceptaban muchos.

Pero las dificultades de interpretación del resto del capítulo 4 seguían siendo insuperables. ¿Qué querían decir los patriarcas cuando hablaban de un «ovni»? Debía de ser algo que se podía observar durante mucho tiempo. De algún modo, este ovni tenía algo que ver con los cultivos que empezaron a brotar junto a la orilla. El ovni debía de ser sin duda Dios Todopoderoso, pues todos los cultivos habían quedado destruidos en la época de la Gran Devastación. Y ahora, gracias al ovni, habían vuelto a aparecer. Aquello debía de referirse, por lo tanto, a la generosidad y a la bondad eterna de Dios, que salvó del hambre a los primeros padres y a las primeras madres. Por eso quedaron todos, tal como se dice en las palabras maravillosas del versículo 8, «muy agradecidos y contentos».

Pero ¿qué hay de la palabra «extraterrestre»? Sea lo que fuere, había vuelto más tarde para buscar una vez más al santo Gottfried Skaya.

Los miembros del Consejo de los Sabios conocían la palabra «terrestre». Significaba «lo vinculado a la Tierra». «Extraterrestre» debía de significar, pues, algo que venía de más allá de la Tierra, que claramente no estaba vinculado a ella. Debía de referirse, pues, a Dios Todopoderoso o a alguno de Sus mensajeros. En el Consejo de los Sabios no cabía duda al respecto. Dios Todopoderoso debía de haber escogido a Gottfried Skaya para enviarle un mensajero o varios. Las palabras del versículo 8 no admitían otra interpretación posible: «... pero los extraterrestres no se dejaron ver hasta muchos años más tarde, hasta el día en que vinieron a buscar a Gottfried Skaya.»

Los monjes más inteligentes y perspicaces no podían hacer más que buscar el significado de estas cosas. La respuesta llegó como un relámpago que lo iluminaba todo. Dios Todopoderoso había permitido que todo el mundo fuera destruido, de modo que la Gran Devastación debió de ser un castigo que había impuesto el Señor a la humanidad, una purificación de la Tierra. Pero como Dios Todopoderoso, con Su bondad inagotable, no había querido destruir por completo la humanidad, había elegido a un pequeño grupo de personas puras para que sobrevivieran a la destrucción. Éstas debían fundar una nueva raza de hombres.

Estas ideas quedaron confirmadas cuando los pensadores perspicaces del monasterio consiguieron descubrir el significado del nombre Gottfried Skaya. «Skaya» se interpretaba como «cielo»* , y la piedra sagrada de Berlitz traducía «Gott» por «Dios» y «fried» por «paz». Estaba claro, por lo tanto, que «Gottfried Skaya» representaba la nueva paz que había establecido Dios con la humanidad, después de haber purificado el mundo con la Gran Devastación.

El hermano Johan, a quien se le ocurrió esta interpretación brillante, era descendiente del santo Johan Fiebag, y como premio le hicieron miembro de la Orden de los Pensadores.

Después de cuatro años y medio, sólo seguían fieles a sus estudios tres de los dieciocho novicios. Los demás trabajaban en el monasterio o en los campos; y todas las novicias, sin excepción, habían tenido sus primeros hijos.

cielo: en inglés, sky. (N. del T.)

Marcus y Valentín estaban de acuerdo, en general, con las ideas y las opiniones más aceptadas, y pronunciaban conferencias inspiradoras en el monasterio. Christian seguía dudoso y escéptico. Había intentado muchas veces acceder a la Revelación del Santo Gottfried Skaya. Pero sólo se permitía ver este documento al propio abad. Christian, inteligente y perspicaz, no se conformaba con los misterios ni con la aceptación por la fe, de modo que decidió convertirse en abad.
El camino que conducía a la cumbre, al cargo de abad, era largo y arduo y solía estar salpicado de todo tipo de intrigas: había que hacer equilibrios entre el Consejo de los Sabios y los funcionarios principales del exterior del monasterio. La misión de Christian se hacía más difícil por el hecho de que nunca podría revelar la verdad de sus motivos ni compartir con nadie sus pensamientos más íntimos.

Con el paso de los años, Christian se convirtió en un personaje cada vez más solitario. Pasaba mucho tiempo encerrado con sus estudios, aislándose. Los que lo rodeaban creían que se debía a su fuego interior y al espíritu de dedicación que le ardía dentro. Tenían razón, pero no sabían que este fuego estaba atizado por sus dudas acerca de la interpretación de los textos. Christian no quería creer, quería saber. La crítica textual se había convertido en una maraña impenetrable de comentarios eruditos. Cada uno de los miembros del consejo creía que sus ideas eran las más adecuadas e intentaba imponer su visión personal. En los ejemplares más modernos del Libro de los Patriarcas se suprimían pasajes cada vez mayores porque, según los sabios miembros del consejo, «no tenían ningún significado y sólo servían para confundir».

En el capítulo 45 del Libro de los Patriarcas estaba escrito que pocos días después de la Gran Devastación habían aparecido maderas flotando en las aguas y habían vuelto a aparecer los pájaros; y que, al cabo de pocas semanas, habían empezado a asomar tallos y brotes verdes en los agujeros y en las fisuras de las rocas.

El Consejo de los Sabios consideraba que esto era un milagro que había otorgado la mano de Dios. Christian no estaba de acuerdo. Diversas aves podían haberse librado de la Gran Devastación refugiándose en cuevas entre las rocas. El polen y las semillas podían haber volado por los aires y después haber caído a la tierra y haber empezado a crecer. Lo mismo puede decirse de las diversas especies de animales pequeños que empezaron a aparecer de nuevo poco a poco. Podían haberse escondido en todo tipo de lugares para refugiarse de la Gran Devastación.

Los debates interminables sobre todo esto eran agotadores. Por ejemplo, en el texto original estaba escrito (capítulo 32, versículo 6): «Gracias a Dios, el encendedor de Uli funciona todavía; pudimos freír los pescados...» Pero en la versión más moderna, el texto se modificaba y se convertía en: «Dios envió a Ulrich Dopatka un fuego para que los primeros padres pudieran calentar su comida.» ¡Aquello era una falsificación del texto! A pesar de sus manifestaciones vehementes de desacuerdo, y del apoyo tibio de Valentin y de Marcus, Christian quedó en minoría. El Consejo aprobó la nueva versión.

Igualmente absurdo fue el debate sobre el capítulo 44, que había recibido el nombre de El Periodo de los Ángeles. El texto original decía así:

Versículo 1: Mi padre me contó que las gentes de la Vieja Era viajaban por el espacio.

Versículo 2: Varias expediciones habían llegado a la Luna y habían regresado a la Tierra sanos y salvos.

Versículo 3: La tecnología necesaria era muy costosa, por lo tanto las diversas naciones habían colaborado entre sí enviando a sus asesores científicos para que trabajasen en estos proyectos.

Versículo 4: Se había planeado una segunda expedición a Marte para el año 2017, un año después de la Gran Devastación.

Versículo 5: Para evitar tensiones y disputas, todas las naciones que participaban en estos proyectos habían sido informadas de los progresos técnicos de los mismos.

Versículo 6: El intercambio de información se había realizado a través de emisarios y de asesores científicos.
Por el Libro de Datos Astronómicos (capítulos 49-51) se sabía que «la Luna» era la luz pequeña de la noche, y que Marte era el planeta más próximo a la Tierra, de órbita exterior a ésta. Se conocían los nombres de todos los planetas, así como la estructura del sistema solar. Y resultaba que una de las palabras que daba la piedra sagrada de Berlitz como respuesta a «emisario» era «ange», que el Consejo relacionaba con «ángel»*. Evidentemente, aquellos mensajeros habían sido ángeles, no cabía duda de ello; esto quedaba confirmado por el hecho de que en otros nueve pasajes del texto la palabra «emisario» podía sustituirse por «ángel» sin pérdida alguna de sentido.

* Recordemos que, en efecto, ángel significa emisario o mensajero en griego.

(N. del T.)

La nueva versión del capítulo 44, en la que se introducían comentarios muy aclaradores, decía así:

Mi padre me contó que en la Vieja Era la gente había observado los cielos. Soñaban con viajar con seguridad a la Luna y con regresar de ella sanos y salvos. En aquellos tiempos, los ángeles visitaban a las diversas naciones. Advertían a los seres humanos de la inminencia de la Gran Devastación y de que no era bueno adorar al planeta Marte. Para evitar tensiones y disputas, todas las naciones eran informadas de estas advertencias. Los propios ángeles difundían esta información.

Según las ideas de Christian, estas alteraciones falseaban el texto original; pero las había aprobado el Consejo de los Sabios. Ahora se decía que el Consejo estaba «inspirado por el espíritu» y que, por lo tanto, tenía autoridad suficiente para adaptar los textos incomprensibles y darles una forma razonable y accesible.

Christian tenía 49 años cuando fue elegido para el cargo de abad. En honor del santo Gottfried Skaya, tomó el nombre de abad Gottfried II.
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