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Contradiciones incontables


Sería bonito que al menos los teólogos pudieran estar de acuerdo en algo. Por el contrario, adoptan posturas enfrentadas, defienden con vehemencia sus recovecos, a veces simplemente molestos, otras veces llegando a la ira justiciera en la defensa de sus interpretaciones. Al profano le resulta francamente imposible abrirse camino entre la maraña de contradicciones y de distorsiones. Pero a mí me parece que los propios teólogos, a pesar de la línea directa que tienen con Dios, siguen un camino equivocado.

Si incluso los textos que datan de periodos sobre los que estamos informados (al fin y al cabo, sabemos algo de la historia romana) están tan distorsionados y tan adulterados, ¿qué podemos esperar de unos textos que tienen varios miles de años de antigüedad? Estos textos antiguos, sea cual sea su origen geográfico o religioso, son un popurrí, una ensalada. Uno se puede ahogar entre los miles de páginas de los comentarios que han escrito los investigadores aplicados, íntegros y llenos de conocimientos lingüísticos. Lo único que no hacen es estar de acuerdo los unos con los otros, ni siquiera los de una misma generación, cuánto menos a lo largo de periodos más largos.

Yo estoy convencido de que esta ensalada de comentarios sobre los textos antiguos de la humanidad (a pesar de que las mentes despiertas le han añadido un aliño muy alabado de investigación científica, de análisis y de comparación) no ha adelantado nuestros conocimientos ni en una letra. Los siglos de pensamiento y de filosofía profunda por parte de mentes indiscutiblemente grandes y sabias no han proporcionado ninguna respuesta segura, ni mucho menos una prueba de la existencia de Dios, de los dioses, de los ángeles o de las huestes celestiales. La literatura de la exegesis, de la interpretación de los textos religiosos, llena bibliotecas enteras, pero nadie es capaz de encontrarle ya pies ni cabeza. Los resultados obtenidos concuerdan, en el mejor de los casos, con las opiniones de una escuela de pensamiento determinada, y cambian con el tiempo, según «los aires que corren». Tampoco es que importe mucho: cada nueva generación no conoce, ni le interesa, lo que pensaban sus predecesores.

En su diálogo Fedro, Platón pone en boca de Sócrates lo siguiente.
En Naukratis, en Egipto, cuentan que allí residía uno de los antiguos dioses, el mismo en cuyo nombre es sagrado el ave llamada ibis. Pero el nombre del dios era Toth. Él fue el primero que ordenó los números y sus armonías, así como el arte de las medidas y la ciencia de las estrellas, así como los juegos de dados y de tablero, y también las letras (...)

Este dios Toth entregó la escritura al faraón que reinaba en aquellos tiempos, con estas palabras: «Este arte, oh rey, hará a los egipcios más sabios y con mejor memoria, pues se ha inventado para ayudar al recuerdo y a la comprensión.»

El faraón no estuvo de acuerdo y contradijo al dios Toth: «Este invento hará que las almas aplicadas sean más olvidadizas (...). Llegarán a confiarse en los signos externos de esta escritura y ya no tendrán recuerdo interior y directo. Tu invento sólo ayudará a la memoria exterior, no al recuerdo interior4.
Tenía razón. Los textos de 1.000 años de antigüedad sólo pueden contarnos algo que sucedió (quizá) en algún momento y de una manera u otra. No pueden ayudarnos a saber qué sucedió en realidad.

Quién sabe: Dios (sea quien sea) bien puede haber creado otros mundos mucho antes de éste. En los Relatos judíos de la Antigüedad se lee:

El Señor creó mil mundos al principio; después creó todavía más mundos; y todos no son nada comparados con él. El señor creaba mundos y los destruía, plantaba árboles y los arrancaba de raíz, pues crecían desordenadamente y se estorbaban los unos a los otros. Y siguió creando mundos y destruyéndolos, hasta que creó nuestro mundo. Entonces dijo: «Éste me agrada; los demás no me agradan»5.

4 Platón: Fedro.

5 Berdyczewski, M. J. (Bin Gorion): Die Sagen der Juden vm dar Urzeit, Francfort, 1913.
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