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Un don del cielo


¿Fue verdaderamente un ser humano quien, en una larga fase de desarrollo del intelecto, tuvo la idea repentina de escribir signos cargados de significado? ¡Por supuesto! ¿Por supuesto? Las antiguas tradiciones nos dicen que la escritura se inventó 2.000 años antes de la creación del mundo. Como, evidentemente, por entonces no existía el pergamino, ni la piel de vaca, ni el metal, ni la madera, este libro tenía, según se cuenta, la forma de una piedra de zafiro. Un ángel llamado «Raziel, el que se sentaba junto al río que brotaba del Edén», entregó este extraño libro a nuestro primer antepasado, Adán. Debía de ser algo especial, pues no sólo contenía todo lo que valía la pena saber, sino que predecía también todo lo que sucedería en el futuro. El ángel Raziel aseguró a Adán que encontraría en el libro todo «lo que te sucederá hasta el día que mueras».

No sólo Adán se había de beneficiar de este libro milagroso, sino también sus descendientes:
También tus hijos, que vendrán después de ti, hasta el último de la raza, sabrán por este libro lo que habrá de pasar cada mes y lo que habrá de pasar entre el día y la noche; a cada uno le será conocido (...) si habrá de padecer desventuras o hambre, si el trigo será abundante o escaso, si habrá lluvia o sequía.
¡Un diccionario, o incluso toda una enciclopedia, no son nada comparado con un superlibro como éste! Debemos:buscar a los autores de tal obra entre las huestes celestiales, pues después de que el arcángel Raziel se lo entregase a Adán, e incluso le leyera textos del libro, sucedió algo maravilloso.
Y en la hora en que Adán recibió el libro surgió un fuego en la orilla del río, y el ángel ascendió al cielo entre las llamas. Entonces supo Adán que el mensajero era un ángel de Dios, y que el libro se lo había enviado el santo Rey. Y lo conservó con santidad y con pureza.
Se recuerdan, incluso, detalles concretos del contenido del curioso libro. La inventiva de sus autores, que vivían en alguna zona gris de los albores del tiempo, es difícil de superar.
En el libro estaban grabados los símbolos superiores de la sabiduría sagrada, y en él se contenían setenta y dos especies de conocimientos, divididas en 670 símbolos de los misterios superiores. También estaban escondidas dentro del libro 1.500 claves que no se confían ni a los santos del mundo superior.

El viejo padre Adán leyó el libro con gran diligencia, pues sólo él le otorgaba el poder de dar nombre a todos los objetos y a todos los animales. Pero cuando pecó, el libro «salió volando de entre sus manos». Abracadabra.

Adán lloró amargamente y se sumergió hasta el cuello en las aguas de un río. Cuando su cuerpo se quedó hinchado y reblandecido, el Señor tuvo misericordia de él. Mandó al arcángel Rafael que descendiese hasta Adán y que le devolviese la maravillosa piedra de zafiro. Pero no parece que ésta haya servido de gran cosa a la humanidad.

Adán legó el libro mágico a su hijo de diez años Set, que debía de ser un jovencito muy aplicado. Adán no sólo le habló de «la fuerza del libro», sino también de «en qué consistía su poder y su maravilla. También le habló de cómo había usado él el libro, y le dijo que lo había escondido en una fisura de las rocas». Por último, Set recibió instrucciones sobre el modo de usarlo y para «conversar con el libro». Sólo podía acercarse a él con veneración y con humildad. Por otra parte, no debía comer cebolla ni ajo ni otras especias antes de usarlo, y debía lavarse a fondo antes de hacerlo. Adán grabó bien en la mente de su hijo que éste no debía acercarse nunca al libro con ánimo frivolo.

Set siguió las instrucciones de su padre, aprendió durante toda su vida de la piedra sagrada de zafiro y construyó finalmente «... un cofre de oro; guardó en él el libro y escondió el cofre en una cueva en la ciudad de Enoc».

Allí permaneció hasta que «al patriarca Enoc se le reveló en un sueño el lugar donde estaba escondido el libro de Adán». Enoc, que era el hombre más sabio de su época, no perdió el tiempo: fue a la cueva y esperó. «Lo hizo de tal modo que las gentes de ese lugar no adviertieran nada.» Por algún medio parapsicológico o gnóstico se le reveló cómo debía servirse del libro. Y «en el momento mismo en que le quedó claro el significado del libro, se le encendió una luz».

Debió de ser, más bien, todo un candelabro:

Enoc supo entonces todos los caminos de las estaciones, de los planetas, de los luceros que desempeñan sus servicios cada mes; supo también el nombre de cada ciclo y de cada órbita y conoció a los ángeles que dirigen sus cursos.

¡Maravilloso! Pero este relato no es tan fácil de desentrañar como parece: no aparece presentado sencillamente en un par de páginas consecutivas de los Relatos judíos de la Antigüedad. Tiene muchas pequeñas continuaciones y añadidos, fragmentos que aparecen en muchos pasajes diferentes y separados. Yo no he adornado el relato en una sola palabra; no he hecho más que enhebrar las perlas, por así decirlo, para formar un solo collar. Y ¿qué fue del libro?

Con la ayuda del arcángel Rafael, llegó a manos de Noé. Rafael le explicó el modo de utilizarlo. El libro seguía estando «escrito sobre una piedra de zafiro», y Noé, que volvió a fundar la humanidad después del diluvio, aprendió a comprender, con su ayuda, los cursos de todos los planetas, así como «los cursos de Aldebarán, Orion, Sirio». También aprendió de él «... los nombres de todas las diferentes esferas del cielo (...) y los nombres de todos los servidores celestiales».

Yo no entiendo bien por qué le interesaban tanto a Noé los cursos de Aldebarán, de Orion y de Sirio, ni tampoco de qué le servía conocer los nombres de los «servidores celestiales». Creo que los supervivientes del diluvio tendrían otras preocupaciones muy diferentes. Ah, sí: Noé depositó el libro en un cofre de oro, y fue lo primero que metió en el arca:

Y cuando Noé salió del arca, el libro estuvo con él todos los días de su vida. En la hora de su muerte se lo dio a Sem. Sem se lo dio a Abraham. Abraham se lo dio a Isaac; Isaac se lo dio a Jacob; Jacob se lo dio a Leví; Leví se lo dio a Kehat; Kehat se lo dio a Amrom; Amrom se lo dio a Moisés; Moisés se lo dio a Josué, Josué se lo dio a los ancianos; los ancianos se lo dieron a los profetas; los profetas se lo dieron a los sabios; pasó de generación en generación hasta que llegó al rey Salomón. También a él se le reveló el libro de los misterios y adquirió una sabiduría inmensa (...). Levantó grandes edificios, y gracias a la sabiduría del libro sagrado hizo prosperar todo lo que emprendía (...). Feliz aquel cuyos ojos han visto, cuyos oídos han oído, cuyo corazón ha comprendido la sabiduría de este libro.

Este relato fantástico del libro de Adán podía catalogarse directamente en la sección de «fantasía», sin más, si no fuera por algunos pequeños detalles que nos hacen dudar. Comprendo la intención de entregar a Adán un libro de estas características, pues nuestro antepasado solitario debió de recibir su conocimiento de alguna parte, aunque un libro no era estrictamente necesario para ello. Adán era, sin duda, un sujeto bastante inteligente, que aprendía de la experiencia diaria lo que le hacía falta. Comprendo también que en cuanto se introdujera en el relato un libro, los cronistas se preguntarían dónde había ido a parar, y así el libro empezaría a pasar de generación en generación.

Pero lo que no encaja de ningún modo en todo esto es la idea de la piedra de zafiro. Al primero que se le ocurrió este relato sólo podría imaginarse libros hechos de papel, pergamino, barro cocido, madera o tabletas de pizarra, o quizá de pieles de animales, o textos tallados en las paredes de las cuevas. ¿De dónde salió la idea de la piedra de zafiro? Hasta hace menos de un siglo, no ya milenios, la idea de que toda una enciclopedia pudiera grabarse en una piedra preciosa era absolutamente incomprensible. Pero ya no lo es. En la era de la informática, los diccionarios en microchip son perfectamente posibles. Los científicos están estudiando, asimismo, la posibilidad de almacenar información en los cristales. Ahora bien, según el relato, Adán mantenía «conversaciones» con este libro de zafiro. ¿Cómo? ¿En qué estaba pensando el creador de este relato? ¿Y de dónde se sacó los detalles concretos, las «72 especies de conocimientos», los «670 símbolos de los misterios superiores» y las «1.500 claves»? Ésta es una información precisa que no se saca uno de la manga, ni mucho menos se atribuye a los dones angélicos venidos de lo alto.

Es indiscutible que hace milenios la gente era más crédula, pero también es verdad que sus creencias estaban arraigadas más profundamente. No niego que creyeran que era oro todo lo que relucía; pero, en cualquier caso, su fe en la creación del mundo era inconmovible. Y los ángeles eran tenidos por seres sobrehumanos: eran las espadas y los mensajeros del Dios eterno. Con los ángeles no había bromas: eran temibles. ¿Cómo, entonces, introduciría un cronista a un ángel en su antiguo relato de ficción científica? El «ángel Raziel» lleva a Adán el libro de zafiro, y Raziel es el mismo ángel que «se sentaba junto al río que brotaba del Edén». ¿Un montón de tonterías irreverentes? Como si esto fuera poco, al ángel Rafael se le encarga que devuelva a Adán el libro después de la Caída.

No pretendo sobrestimar la capacidad de este libro misterioso, pero tengo que preguntarme por qué da tanta importancia el autor a ciertas estrellas y constelaciones. ¿Por qué tienen que conocer Adán y sus descendientes los cursos de Aldebarán, de Orion y de Sirio? Existen maneras más sencillas de elaborar un calendario terrestre.
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