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Eva y el ovni


El ángel Raziel, que trajo el libro de zafiro, también «ascendió al cielo entre las llamas», pero no antes de que surgiera «un fuego en la orilla del río». Podemos leer textos que hablan del fuego y de los carros volantes en tiempos de Adán en el texto apócrifo La vida de Adán y Eva6. Aunque la versión que ha llegado a nosotros data del 730 d. C, se basa en documentos manuscritos de época desconocida.

Eva miró a los cielos y vio un carro de luces que se aproximaba, tirado por cuatro águilas brillantes, cuya belleza magnífica no puede expresar nadie nacido de mujer.

¿Fue la antigua madre Eva la primera persona que vio un ovni? El mismo Señor que había creado a Adán y a Eva, y que de vez en cuando se daba paseos por el jardín del Edén, también subió a bordo de este ovni:

Y he aquí que el Señor de la fuerza montó en el carro; cuatro vientos lo empujaban, los querubines guiaban los vientos y los ángeles del cielo iban por delante...
6 Fuchs, C.: «La vida de Adán y Eva», en Die Apokryphen und Pseudepigraphen des alten Testaments, vol. 11, editado por E. Kautzsch, Hildesheim, 1962.

Adán aprendió también del libro de zafiro los nombres de todas las diversas esferas del cielo, así como los nombres de los mensajeros celestiales. Pero ¿de qué cielos estamos hablando?

Los Relatos judíos de la Antigüedad nos proporcionan información más precisa. La primera esfera se llama Vilón; desde ésta se observa la humanidad. Por encima de Vilón está Rakia, donde se encuentran las estrellas y los planetas. Todavía más arriba está la esfera de Schechakim, y más allá de ésta están los cielos que se llaman Gebul, Makhon y Maon. La esfera más alta del cielo, más allá de Maon, se llama Araboth.

Allí residen los serafines. Allí están también las ruedas sagradas y los querubines. De fuego y de agua son sus cuerpos. Pero se mantienen íntegros, pues el agua no apaga el fuego ni el fuego seca el agua. Y los ángeles elevan alabanzas al Altísimo, bendito sea Su Nombre. Pero lejos de la gloria del Señor residen los ángeles. Están a 36.000 millas de Él, y no ven el lugar donde reside Su gloria.

Naturalmente, la fuente original no contenía la palabra «millas», sino otra unidad de medida desconocida que algún traductor sustituyó por un término que le resultaba conocido. Pero el número 36.000 no ha variado. Y una particularidad del relato es que estas diversas esferas celestiales no sólo se caracterizan por sus medidas de distancia, sino también de tiempo. Entre un cielo y otro hay «escaleras», y para cruzarlas se precisa un periodo de «500 años de viaje». Si observamos estas crónicas con ojos modernos, se trataría de una distancia de diez años luz a una velocidad del 2 por 100 de la velocidad de la luz.

Todos estos relatos y crónicas se catalogan como «cuentos y leyendas», completamente indignas de crédito por lo tanto, nada más que «fábulas estúpidas», como las calificó hace más de 200 años el teólogo doctor Eisenmenger7. Es fácil descartarlas. A diferencia de la «historia», pueden ser relegadas al reino de la ficción; son grotescas y maravillosas, fascinantes y extravagantes. Naturalmente, en estos cuentos y leyendas se pasa por alto completamente la secuencia cronológica de los hechos y no se guarda el menor respeto a los hechos históricos. Las leyendas son «las especulaciones y las fantasías de un pueblo»8; pero siguen siendo un vínculo valioso entre la investigación histórica y la ciencia. La leyenda aumenta la historia; intenta llenar los vacíos y arrojar luz sobre la oscuridad. La leyenda no surge de la nada; aunque sus puntos de vista y los hechos que relaciona entre sí no concuerden con las fuentes históricas, sigue siendo «la filosofía religiosa de la historia de un pueblo». El propio geógrafo griego Estrabón (h. 63 a. C-26 d. C), que escribió una Geografía en 17 volúmenes, comentó secamente: «Es indigno de Hornero contar relatos que no contengan una pizca de verdad»9.

7 Eisenmenger, J.: Entdecktes Judentum, Kónigsberg, 1711.

8 Bergmann, J.: Die Legenden derjuden, Berlín, 1919.

9 Estrabón: Geografía.

10 Dániken, E. von: Der Gótter-Schock, Munich, 1992.
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