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¿Simples leyendas?


Las leyendas aumentan lo grande, rodean de magia lo misterioso, adornan de poderes imaginarios a sus héroes. Pero las leyendas no son por ello un entramado de mentiras. Siempre están relacionadas con personajes históricos y con hechos reales. Es frecuente que intenten conservar lo que los historiadores olvidan o destruyen. Por ejemplo, todos los ciudadanos suizos conocen la leyenda de Guillermo Tell y la manzana. Los historiadores la rechazaron y la desmitificaron, pero ¿les importa eso a los suizos? ¡Están seguros que, de una manera u otra, el relato cuenta un hecho verdadero!

Las leyendas también son, y lo han sido siempre, internacionales. (En otra obra he demostrado las coincidencias extraordinarias que existen entre los relatos bíblicos y los relatos tradicionales de los indios de Centroamérica)10. Las leyendas judías contienen también, sin duda, semejanzas fácilmente demostrables con tradiciones persas, árabes, griegas, hindúes e incluso americanas. Es posible que sus personajes y sus héroes tengan otros nombres, que varíen los dioses y las descripciones de los fenómenos naturales, pero el núcleo de los relatos está relacionado estrechamente. ¿Podría negar alguien que la leyenda del diluvio se encuentra por todo el mundo bajo diversas formas?

En las leyendas se desprecian todas las fechas históricas. No importa cuándo sucedió algo; lo único que importa es que sucedió. Tomemos a modo de ejemplo la versión bíblica del diluvio, con Noé y su arca. La gente tenía que creerse este relato hasta que se realizó un descubrimiento sensacional en la colina de Kujunds-hik, donde estuvo Nínive. Los arqueólogos sacaron a la luz 12 tablillas de barro cocido que habían pertenecido a la biblioteca del rey asirio Asurbanipal. En ellas se cuenta la historia de Gilgamés, rey de Uruk, que era mezcla de dios y de hombre, y que emprende la búsqueda de su antepasado terrenal Utnapishtim.

Asombrosamente, Utnapishtim hace una descripción precisa del diluvio: cuenta que los dioses le advirtieron de su llegada y le encomendaron la tarea de construir un barco en el que debía refugiarse con sus mujeres, sus hijos, sus parientes y con artesanos de todos los oficios. Las descripciones de la tempestad, de la oscuridad, de la subida de las aguas y de la desesperación de los que quedaban atrás todavía tienen la fuerza de un relato apasionante y conmovedor. También leemos, como en la Biblia, el relato del cuervo y de la paloma a los que se envía a buscar tierra firme, y cómo, al fin, cuando descienden las aguas, el barco queda varado en lo alto de una montaña.

Los paralelismos entre el relato del diluvio en la Epopeya de Gilgamés y en la Biblia están claros y no los discute ningún investigador. Lo que es más apasionante dentro de esta semejanza son sus diferencias: intervienen dioses y circunstancias diferentes. El relato del diluvio se cuenta en tercera persona en la Biblia, mientras que en la epopeya de Gilgamés se utiliza siempre la primera persona, dando a entender que es la relación de un testigo presencial que conoció verdaderamente el diluvio.

Los libros de historia y de investigación borran, rompen y destruyen, pero las leyendas no. Se mantienen vivas con terquedad en la conciencia popular, se reescriben y se renuevan continuamente después de cada episodio de guerra y de devastación. La leyenda es recuerdo no enfocado, es el vago legado del pasado al futuro. Por eso confío yo en las leyendas y procuro interpretar su espíritu antiguo con medios modernos.

Repasando los relatos y las tradiciones de la humanidad que han sido transmitidas (y ahora me refiero expresamente a todas las que existen en la faz de la Tierra), parece ser que algún señor, un altísimo, santísimo, un dios bendito, creó al primer ser humano. Puso a este ser en el jardín del Edén, o en algún lugar de belleza gloriosa. Según las antiguas tradiciones judías, este jardín del Edén existía mucho antes de que fuera creado el mundo, y ya estaba dotado de todas sus delicias.

Todos sus terrenos y plantaciones, y también la cúpula del cielo sobre él, y también el suelo por debajo de él, todo estaba allí; y la Tierra y los cielos no se crearon hasta 1.361 años, 3 horas y dos pestañeos después.

¡Y todavía se pregunta la gente por qué no se ha encontrado nunca el jardín del Edén, a pesar de la decisión de los que lo han buscado! (Yo he documentado esta búsqueda y su fracaso en un libro anterior)11. Es muy probable que la estación experimental de investigaciones Biosfera 1, con su experimento de Adán y Eva, se reciclase más tarde. Y si yo hubiera caído en la tentación de creer que nuestros primeros padres eran los dos únicos habitanes del Edén, las leyendas judías me habrían informado de lo contrario: «Sera, hija de Aser, es una de los nueve que entraron vivos en el jardín del Edén.» ¿Y quién eran los otros seis, si nos es lícito preguntarlo?

El «altísimo» había decidido crear al ser humano. Pero antes de hacerlo preguntó a sus jerarquías angélicas, por puro formulismo, qué les parecía la idea. Estaban en contra. «El Señor extendió el dedo y quemó a todos, hasta el último.» El «altísimo» volvió a formular la misma pregunta a otros ángeles, con el mismo resultado. El tercer grupo de ángeles respondió que en vista de que el «altísimo» iba a hacer lo que quisiera en todo caso, bien podía poner manos a la obra. De modo que creó a Adán «con sus propias manos».

Al parecer, el primer ser humano «modelo» era superior a los ángeles en algunos sentidos. A éstos les molestaba especialmente pensar que los seres humanos dominarían todo un planeta y podrían reproducirse a voluntad. Al parecer, los ángeles son estériles y no pueden reproducirse. Por lo tanto, había celos en el cielo.

11Dániken, E. von: Todos somos hijos de Dios, Plaza & Janes, 1988.
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