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Disputas celestiales


Ismael era el mayor príncipe de los ángeles del cielo; pues todas las criaturas santas y todos los serafines no tenían más que seis pares de alas cada uno, mientras que él poseía doce pares. E Ismael se unió con todos los ejércitos más altos del cielo contra su Señor; reunió a sus ejércitos a su alrededor y descendió con ellos y se puso a buscar una compañera en la Tierra.
El «altísimo» no podía tolerar un motín como éste. Lo que tenía que suceder sucedió: el «altísimo» expulsó a Ismael y a su ejército del lugar de la santidad. Según la leyenda judía, el pecado del jardín del Edén no tuvo nada que ver con la célebre manzana, sino con el hecho de que este cabecilla, Ismael, sedujo a Eva y la dejó embarazada. Después del acto sexual, «ella lo miró a la cara. Y he aquí que él no parecía un ser terrenal, sino un ser celestial».

¿Un relato absurdo? ¿Completamente increíble? ¿Fantasía pura? Difícilmente. Los relatos que se han copiado y reinterpretado continuamente a lo largo de los milenios contienen un núcleo común que sale a la luz entre incontables pueblos diferentes de partes del mundo muy distantes entre sí: la tentación del ser humano y su seducción. ¿Qué sucedió verdaderamente en ese pasado lejano y nebuloso? Recordémoslo: toda la religión cristiana se basa en la idea de que Jesús tuvo que venir al mundo para salvar a la humanidad. ¿Salvarla de qué? Del pecado original. Este pecado se cometió en el paraíso, en ese jardín maravilloso del Edén. Ya se tratase de una manzana o de un acto sexual, el hecho decisivo tuvo lugar en alguna parte. A Eva la sedujo una serpiente o un arcángel expulsado del cielo. Los teólogos modernos, a los que inquietan bastante todos estos conceptos, han dado con una solución: el pecado original no existió. Al decir esto, están haciendo que caiga por su base el concepto de la salvación, pero en realidad esto es problema de ellos y no mío.

Y ahora nos encontramos con una paradoja: el cielo es, tradicionalmente, un lugar de alegría pura. El cielo es donde quiere ir la gente después de morir. Todos queremos llegar allí, estar libres por fin de preocupaciones, envidias, desgracias y necesidades. El cielo es el objeto de todos los anhelos y de todos los sueños, el cumplimiento de todas las esperanzas. Pero ¡un momento! Aquí falla algo. Ya había mucha envidia, conflictos y guerras a muerte en el cielo antes de que fueran creados siquiera los seres humanos. ¿Es que hemos entendido mal en algún momento el concepto de lo que es el cielo? ¿Hablan los textos antiguos de un cielo diferente de aquel en el que reside el Dios Todopoderoso?

El dilema se mantiene todavía, aunque uno quiera rechazar o pasar por alto las antiguas tradiciones judías, o aunque uno piense que su propio concepto de lo que es el cielo es superior. El tentador de Eva fue, se mire como se mire, la causa del pecado original que lo cambió todo. Aunque este pecado no haya existido nunca, sigue siendo, según las creencias cristianas, la causa de nuestra salvación posterior por Jesús. Sea o no una leyenda el pecado original, si éste no existió, no existía tampoco una necesidad lógica de salvación. Las cosas no cambian porque el tentador se llame Ismael, Lucifer o demonio.

Como todos sabemos por la Biblia, Dios Todopoderoso envió un diluvio para ahogar a toda la raza humana. Pero ¿por qué? Había creado antes al ser humano primigenio «con sus propias manos», y, como Dios intemporal y eterno que era, podía prever el futuro. Debía saber por adelantado lo que iba a pasar. ¿O es que no lo sabía? Entonces, el «altísimo» sería diferente de lo que millones de personas devotas imaginamos que es Dios. Las leyendas judías nos dice que después de la seducción de Eva surgieron dos razas, la de Caín y la de Abel. Los descendientes de Caín se comportaban como animales:

Los de la raza de Caín iban descubiertos y desnudos, hombre y mujer como los animales del campo. Salían desnudos a la plaza (...) y los hombres procreaban con sus madres y con sus hijas y con las esposas de sus hermanos a la vista de todos, en la calle.

La malicia y la falsedad de los miembros de esta raza se describe en los relatos de Sodoma y Gomorra. Los habitantes de estas ciudades no seguían ley ni moral alguna, y hacían lo que les parecía 12.

Además de la decadencia moral general y del desenfreno sexual de Sodoma, los «ángeles caídos» bajaron del cielo en multitud y tomaron «esposas humanas». No podemos calificar de «inocentes» a los ángeles de este tipo. Sus descendientes fueron gigantes:

De éstos nacieron los gigantes, que eran de grueso talle y que extendían sus manos para robar y saquear y para derramar sangre. Los gigantes tuvieron descendientes y se multiplicaron como las plantas rastreras: nacían seis de cada parto.

Ésta era, evidentemente, la zahúrda de la humanidad, sin ninguna virtud que la redimiera: no había posibilidad de separar lo bueno de lo malo. ¿Qué podía hacer el «altísimo» sino ahogar a toda aquella ralea y hacer borrón y cuenta nueva? Lo que nos demuestra, no obstante, que no podía parecerse mucho al Dios verdadero que veneran los creyentes de todas las religiones.

Se supone que los «ángeles caídos» engendraron gigantes. He hablado de estos gigantes en varios libros y no quiero repetirme. Sólo diré brevemente, por lo tanto, que en los Relatos judíos de la Antigüedad se distinguen diversas razas gigantes. Existían los Emitas o Espantosos, los Refitas o Gigantescos, los Giborim o Poderosos, los Samsunites o Astutos, los Ávidas o Descarriados y, por último, los Nefilim o Expoliadores.

¡Debía de ser una multitud maravillosa la que se juntó sobre la Tierra! En los relatos apócrifos del profeta Baruc13 se les asigna, incluso, un número exacto: «Dios envió las aguas del diluvio sobre la Tierra y borró toda la carne, y también a los 4.090.000 gigantes.»

¿De qué fuente terrestre o celeste sacó el profeta Baruc esta cifra? Naturalmente, la cronología bíblica está equivocada de principio a fin en lo que respecta a los gigantes. Se dice que David, que vivió mucho después del diluvio, luchó contra gigantes que tenían seis dedos en cada mano y en cada pie, tal como cuenta el segundo libro de Samuel (21, 18-22): un disparate cronológico.
12 He aquí un pequeño ejemplo ilustrativo, con cierta relevancia para nuestra época:

Las gentes de Sodoma y Gomorra pusieron camas en las calles. Al que entraba en sus ciudades lo apresaban y le obligaban a echarse en una cama. Si el extranjero era más pequeño que la cama, tres hombres le tiraban de la cabeza y otros le tiraban de los pies. El hombre gritaba, pero ellos no hacían caso y seguían estirándolo. Pero si el extranjero era mayor que la cama, tres hombres se ponían a cada lado y lo estiraban por los costados hasta que moría entre tormentos. Cuando el extranjero se quejaba por sus tormentos, le gritaban: «Esto es lo que le pasa al que viene a Sodoma.»

13 Kautzsch, E.: Die Apokryphen una Pseudepigraphen des alten Testaments, vols. 1 y 2, Tubinga, 1900.

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