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El zoológico de Frankenstein


Lo que me asombran no son las fechas, que son un revoltijo imposible de ordenar, sino los hechos. Los Relatos judíos de la Antigüedad nos hablan de extraños seres de raza mixta, de curiosas formas de vida que no encajan en ninguna secuencia evolutiva. Había seres que tenían «un solo ojo en el centro de la frente»; otros que tenían «cuerpo de caballo y cabeza de carnero»; otros con «cabeza humana y cuerpo de león»; existían incluso, por último, seres humanos sin cuello, con ojos en la espalda y (lo que es más extraño todavía), «seres con rostro humano y con pezuñas de caballo».

¿Acaso este parque zoológico absurdo no es más que una enorme broma, o las locas alucinaciones de un borracho? Es posible. Pero a mí me intriga el modo en que estas relaciones se repiten en diversos lugares. El egipcio Manetón, por ejemplo, nos habla de monstruos semejantes. Este Manetón era un escriba y sumo sacerdote de los templos sagrados de Egipto. El historiador griego Plutarco lo cita como contemporáneo del primer rey de la dinastía de los Ptolomeos (304-282 a. C). Manetón vivió en Sebenitos, una ciudad del delta del Nilo, y allí escribió una obra en tres volúmenes sobre la historia de Egipto. Había sido testigo directo del fin del reinado de los faraones, que había durado 3.000 años, y escribió su crónica de los dioses y de los reyes como persona conocedora de los hechos.

El texto original de Manetón se ha perdido, pero los historiadores Julio Africano (m. 240 d. C.) y Eusebio (m. 339 d. C.) reprodujeron largos pasajes de su obra. Eusebio era obispo de Cesarea, y fue uno de los primeros cronistas cristianos; sus crónicas pasaron a formar parte de la historia de la Iglesia. Manetón afirmaba que habían sido los dioses los que habían hecho aparecer ciertas criaturas de raza híbrida y monstruos de todo tipo. Ésta es la versión de Eusebio:
Y se dijo que habían producido seres humanos de alas dobles; asimismo, otros con cuatro alas y cuatro rostros; y con un cuerpo y dos cabezas, hombre y mujer, macho y hembra en una misma criatura; aun otros seres humanos tenían patas de cabra y cuernos en la cabeza; otros eran caballos por detrás y hombres por delante; también se dijo que había toros con cabeza de hombre y perros de cuatro cuerpos a los que les salían las colas como colas de pez de la espalda; también caballos con cabeza de perro; (...) y otros monstruos, tales como todas las especies de seres semejantes a los dragones (...) y un gran número de criaturas maravillosas, de formas diversas y diferentes entre sí, cuyas imágenes dispusieron en fila una junto a otra en el templo de Belos y allí las conservaron 14.
Manetón, a través de Eusebio, tenía razón en lo que se refiere a las imágenes, sin duda. En todos los museos modernos bien dotados se exponen esculturas de seres híbridos. Por lo tanto, las leyendas judías y egipcias son algo más que puras pamplinas: es evidente que hablan de alguna realidad antigua. Y si estos monstruos del gabinete de Frankenstein no existieron nunca, ¿cómo se les ocurrieron a sus inventores? ¿Qué cerebro creó estas extrañas criaturas, y dónde encontraron sus modelos los constructores y los escultores de la Antigüedad? De la tradición, sin duda, que es extraordinaria y minuciosamente precisa, casi hasta la exageración, para tratarse de una estúpida leyenda antigua.

La Biblia describe, en el libro del Génesis, la construcción del arca (6, 15): «La longitud del arca será de 300 codos, su anchura de 50 codos y su altura de 30 codos.»

Los relatos judíos son más precisos todavía:

Ciento cincuenta cámaras será la longitud de su costado dere-cho, ciento cincuenta cámaras será también la longitud del izquierdo; treinta y tres cámaras será su anchura al frente, treinta y tres cámaras será también su anchura en la parte trasera. En el centro habrán diez habitaciones para los utensilios de cocina, y cinco almacenes a la izquierda; habrá cañerías para conducir el agua, que se puedan abrir y cerrar. El navio tendrá tres pisos de alto; tal como es el primer nivel, así serán también los niveles segundo y tercero; en el nivel inferior se alojará el ganado y los animales salvajes; en el nivel intermedio se albergarán las aves; el nivel superior es para los hombres y para las criaturas que se arrastran.

14 Karst, J.: Eusebius-Werke, vol. 5, Die Chronife, Leipzig, 1911.
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