Actividad de comentario de texto a propósito del debate ético sobre los derechos de los animales




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fecha de publicación20.01.2016
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ACTIVIDAD DE COMENTARIO DE TEXTO A PROPÓSITO DEL DEBATE ÉTICO SOBRE LOS DERECHOS DE LOS ANIMALES
A continuación aparecen dos textos de cierta extensión y complejidad que ilustran el debate ético sobre los “derechos de los animales”. La actividad que se propone consiste en leer atentamente las preguntas que se plantean y buscar su respuesta leyendo con interés los argumentos de ambos autores. Tómate tu tiempo y trata de entender el mensaje y las razones esgrimidas por cada autor.
PREGUNTAS:


  1. Tanto J. Mosterín como J.M. de Prada tienen una idea del lugar que ocupa el hombre en la naturaleza y de la relación que debe de tener con el resto de seres vivos. ¿Puedes resumir cómo piensa cada uno de ellos al respecto?

  2. También dejan claro en el texto lo que piensan acerca del derecho, en qué consiste o cuál es su naturaleza. ¿Puedes distinguir lo que piensa Mosterín de lo que piensa de Prada?

  3. Finalmente, ¿por qué los animales pueden tener derechos o por qué no, según los dos autores del debate?


TEXTO 1:

ANIMALES Y DERECHOS
Desde hace algún tiempo, se ha impuesto la fórmula ‘derechos de los animales’, con la que se trata de convertir a seres irracionales en sujetos de protección jurídica. Siempre me ha interesado mucho el debate en torno a este asunto, porque creo que es muy expresivo del ‘eclipse de la conciencia’ que caracteriza al hombre contemporáneo. Habría que empezar señalando que la propia expresión ‘derechos de los animales’ incorpora una malversación del concepto jurídico de ‘derecho’, que exige una ‘obligación’ correlativa. Y los animales, a diferencia de los hombres, no pueden obligarse. Aquí podría oponerse que tampoco los niños, y mucho menos un nasciturus, pueden asumir obligaciones; pero en ellos reconocemos una potencialidad, sabemos que en un futuro más o menos próximo podrán hacerlo, y mientras no pueden los cubrimos bajo el manto de nuestra protección, reconociendo en ellos a unos semejantes desvalidos, miembros de una fraternidad universal. Digamos que la capacidad para obligarse de un niño está ínsita en su condición humana, se ha empezado a gestar para realizarse plenamente en un estadio futuro. En cambio, sabemos que un orangután o un guacamayo jamás podrán obligarse; sabemos que en su senectud serán tan incapaces como lo son en la tierna infancia; y sabemos, en fin, que no son nuestros semejantes. ¿Cómo puede erigirse en sujeto de derechos un ser que nunca podrá ser sujeto de obligaciones? Cuando proclamamos que al hombre lo asiste un inalienable derecho a la vida estamos proclamando también que lo obliga el deber de respetar la vida de los demás hombres; cuando defendemos el derecho a la propiedad estamos condenando el hurto, y así sucesivamente. Ciñéndonos al asunto que nos ocupa, podríamos decir que el hombre es titular de un ‘derecho a un dominio justo’ sobre la naturaleza, puesto que es la única criatura que puede aprovechar racionalmente sus recursos; pero, al mismo tiempo, al hombre lo obliga un deber de respeto sobre esa naturaleza que domina, y cualquier intento de esquilmarla deberá considerarse un abuso. Durante muchos siglos –y aun hoy en día, o sobre todo hoy en día– estos abusos no han sido castigados, porque tal ‘dominio justo’ ha degenerado en rapacidad y mercadería; y, puesto que los hombres no cumplimos con nuestras obligaciones, ¡se trata de ‘reforzar’ nuestra obligación convirtiendo a los animales en titulares de derechos!

Pero los derechos jurídicos presuponen la condición humana; el Derecho mismo es el producto de un pacto entre hombres, conscientes de su condición humana. Extenderlo a los animales es un grosero dislate jurídico. Otra cosa muy distinta es que a los hombres nos obligue un deber de protección de otras formas de vida no humanas; deber que es la consecuencia natural del ‘dominio justo’ que el hombre está obligado a ejercer sobre la naturaleza. Siempre he sospechado que en esta vindicación de los llamados ‘derechos de los animales’ subyace ese ‘eclipse de la conciencia’ que C. S. Lewis designó ‘abolición del hombre’. No deja de resultar curioso que los ‘derechos de los animales’ se traten de imponer en una época en que la vida humana ha dejado de ser inviolable; en una época que ya no considera dignos de protección a todos los hombres, ni en todas las etapas de la vida. Quizá ambas aberraciones jurídicas se nutran en el mismo manantial (o albañal, por expresarnos más atinadamente): a fin de cuentas, equiparar a un hombre con un orangután o un guacamayo es otra manera sibilina de ‘abolirlo’, de negar su humanidad, de borrar los rasgos distintivos que lo erigen en una criatura única, misteriosamente singular, entre todas las criaturas de la Creación.

Y es que, para contemplar al hombre en su unicidad, hace falta despojarse primero de los densos nubarrones del sofisma. Cuando el hombre deja de ser la medida de todas las cosas, cuando se le considera tan sólo el resultado final y aleatorio de una evolución natural, entonces triunfan los sofismas. El hombre se diferencia de los animales en especie, no en grado; entre hombres y animales existe una desproporción insalvable. Esa desproporción es la que permite al hombre mirar los animales que pueblan la tierra y descubrir que son ‘buenos’, esforzándose en consecuencia por protegerlos. Que haya hombres aviesos incapaces de reconocer la ‘bondad’ de los animales no se arregla endiosando a los animales. En cambio, endiosar a los animales es como ‘desdiosar’ al hombre; esto es, como abolirlo.

J.M. DE PRADA, (en XL EL SEMANAL Nº 1099 / http://xlsemanal.finanzas.com/)

TEXTO 2:
Una sociedad progresa cuando le concede derechos a sus animales

Entrevista a Jesús Mosterín publicada en el diario argentino Clarín, en julio de 2008.
Claudio Martyniuk, Jesús
Una sociedad progresa cuando les concede derechos a sus animales

El hombre suele creer que es el centro del universo. Cuando decide mirar alrededor, no le queda sino aceptar que es casi idéntico a los animales, y que darles derechos es una forma de crecer cultural y éticamente.

¿Usted acepta o no que es parecido a los animales? "La igualdad más allá de la humanidad" es la consigna que orienta el Proyecto Gran Simio, impulsado por un grupo de destacados filósofos y científicos, entre ellos Peter Singer, Richard Dawkins y Jane Goodall. El objetivo más ambicioso del Proyecto es la reconciliación del ser humano con los restantes animales, apoyándose en los desarrollos de las ciencias naturales.

El ser humano suele verse como diferente al resto de los componentes de la naturaleza. ¿Por qué la obstinación en sentirse único en el universo?

En general, los pueblos, cuanto más ignorantes y atrasados son, más piensan que son únicos y distintos de los demás. La humanidad, cuando no sabía nada acerca del universo, pensaba que la Tierra era el centro. Desde que sabemos algo de astronomía, pues sabemos que la Tierra no es ningún centro sino que es un astro de entre tantos otros muchos millones de millones. Y lo mismo pasa en el orden biológico. O sea, se pensaba que los seres vivos formaban una especie de escala en cuya cumbre estaría el ser humano, pero ahora sabemos que eso no es así. Sabemos que la evolución biológica no es un proceso lineal sino que es arbóreo: cada especie evoluciona en una dirección distinta.

¿Por ejemplo?

Claro, si tú y yo corremos en direcciones distintas, pues no se puede decir que uno vaya por delante ni por detrás del otro. El planeta Tierra es uno de tantos planetas; la especie humana es una de tantas especies biológicas; y claro está que cada especie animal es distinta de las demás. Una mosca y nosotros somos muy distintos; ya a un perro nos parecemos más, y no digamos a un primate. Nos parecemos tanto que nos cuesta mucho encontrar algún gen que sea distinto entre el chimpancé y nosotros; y básicamente, sólo nos diferenciamos en tres cosas: en la pinza de precisión que podemos hacer con la mano, en la marcha bípeda y en el lenguaje verbal que tenemos. Pero en la inmensa mayoría de las cosas, pues somos prácticamente idénticos. Nosotros, en el universo, no jugamos ningún papel especialmente importante. Somos una especie de animales que vivimos en un planeta que es como una mota de polvo en medio de un universo enorme, pero a pesar de todo, no es ningún tipo de tragedia; estamos muy satisfechos, podemos gozar de la vida y podemos tratar, en el breve espacio de tiempo que nos es dado para vivir, de conocer este universo tan grande del que formamos parte.

Así no se podría afirmar que hay una forma viviente privilegiada.

Claro que no. Insisto: las especies van en direcciones distintas. Y si nos comparamos con las bacterias -seres vivos especialmente humildes-, ¿quién es superior a quién? Porque nosotros mismos llevamos, dentro de nuestro cuerpo, más células de bacterias, más bacterias que células humanas. Además, tenemos que trabajar para vivir, mientras que las bacterias que hay en nuestro intestino no trabajan y nosotros las alimentamos; toda nuestra comida va a estas bacterias. Es más, estas bacterias son anaeróbicas, lo cual significa que para ellas el oxígeno es venenoso, y no pueden estar al aire libre; entonces necesitan una especie de traje de astronauta que las proteja del oxígeno. Y nosotros somos ese traje de astronauta. En cierto modo podría decirse que las bacterias nos explotan y que nosotros vivimos para ellas. Entonces, ¿quién es superior, las bacterias o los seres humanos? Es una pregunta que carece de sentido. Y en general en el mundo científico, a diferencia de lo que ocurre en el mundo del marketing o de la política, no se trata de decir que algo es mejor o peor, sino de describir cómo en realidad son las cosas.

¿Tiene sentido preguntarse si los animales deben tener derechos? ¿Acaso la cuestión de los derechos no es propia de los seres humanos?

Todo el mundo del derecho entra en el ámbito de la convención. El derecho no es una realidad natural. Y si hablamos ahora de los derechos humanos o animales -porque los derechos humanos son una parte de los derechos de los animales- es porque se pudieron crear. Los derechos no existen, se crean. Ahora las mujeres tienen derecho a votar, pero esto es relativamente nuevo. Se lo creó. Por ejemplo, en Suecia, ahora, las vacas tienen derecho a salir del establo a pasear una vez al día. No habían tenido nunca este derecho, pero en un momento dado, el Parlamento sueco legisló y lo creó. Lo que quiero decir es que, si un anciano o un niño, si una mujer o un perro, tienen o no tienen un derecho, es una pregunta muy distinta de si tienen hígado o corazón. La cuestión no es qué derecho tiene una criatura, sino qué derechos queremos que tenga. Una sociedad progresa cuando concede derechos a los animales.

Es una pregunta política.

Claro. Porque tendrán los derechos que nosotros queramos. O sea, en un país donde hay un monarca absoluto, pues la gente, y los animales y todos, tienen los derechos que el monarca quiere. Y en un país que tiene un Parlamento, es el Parlamento el que crea las leyes. El más famoso filósofo del derecho del siglo XX, Hans Kelsen, señalaba que el crear un derecho para alguien significa crear obligaciones para otros. ¿Qué significa que un niño tiene derecho a ir a la escuela? Significa que sus padres tienen la obligación de llevarlo. ¿Qué significa que una vaca sueca tiene derecho a salir del establo a pasear? Significa que los ganaderos tienen la obligación de sacarla a pasear fuera del establo. Los que tienen que ser conscientes son los que asumen obligaciones, pero los sujetos de los derechos no necesitan ser conscientes. Efectivamente, ahora, en Europa, en la mayoría de los países ya, ciertos animales tienen ciertos derechos.

¿Y cuáles serían las razones para asignarles derechos a los animales?

Los políticos piensan en obtener votos. Entonces, si ellos ven que hay mucha gente a la que no le importa el sufrimiento de las mujeres, y sólo votan los hombres, no concederán derechos a las mujeres. Pero si se enteran de que a muchos hombres les empieza a importar el sufrimiento de las mujeres, conferirán derechos a las mujeres para obtener los votos de los hombres. Y si se enteran de que a mucha gente le dan pena los sufrimientos de ciertos animales, conferirán derechos a estos animales. Yo soy un ser humano; por lo tanto, los seres humanos me importan mucho más que los cocodrilos. Pero me conviene no mentirme y pretender que soy una especie de criatura distinta.

Pero los derechos humanos pueden ser pedazos de papel. Imáginese los de los animales...

No hay que olvidar que los derechos no se comen; son una cuestión jurídica. No hay que pensar nunca que cuando se produce un progreso en algo, que eso es una panacea universal, porque esa es una utopía. Hay que huir de la utopía, porque la utopía es una manera de engañarse a uno mismo. Hay que ver que las cosas son lo que son y medir cuál es su efecto, que siempre es limitado y parcial. Normalmente, si hay un progreso en algo, es bienvenido. Pero eso no significa que sea un progreso en todas las cosas o en todas las dimensiones. Por ejemplo, si se tiene mucho frío y se adquiere una chaqueta que protege del frío, será un progreso, pero sólo en el orden térmico.

¿Por qué empezar por los simios en la asignación de derechos?

Como hay una especie de prejuicio "nacionalista humanista", la gente se resiste a conceder ningún tipo de derechos a los animales. Entonces, pensaron algunos -por ejemplo, el filósofo Peter Singer- que para romper un poco esta barrera convendría empezar por los animales más próximos a nosotros, que son los animales que se nos parecen mucho. Y estos animales son, pues básicamente, los grandes simios, es decir, los homínidos: los gorilas, chimpancés, orangutanes, bonobos y nosotros. Estos animales se nos parecen muchísimo: tienen el 99% de los genes en común con nosotros. De los cuatro mil millones de años de evolución que llevamos, tenemos tres mil novecientos noventa y cinco años de evolución conjunta. Y sólo hace seis millones de años, aproximadamente, que nos hemos separado de ellos. Son animales sumamente próximos a nosotros. Cualquier persona con un mínimo de sentido común y de sensibilidad tiene que estar de acuerdo.

El círculo en expansión de la compasión

Para Mosterín, "la compasión es un sentimiento natural. Nosotros, en nuestro cerebro, tenemos neuronas especiales que se llaman neuronas espejo, descubiertas por el neurólogo Giacomo Rizzolatti. Nuestra capacidad de comprensión de los demás, de empatía y compasión, se basa en las neuronas espejo. Estas se activan cuando vemos hacer ciertas cosas y las hacemos. Por ejemplo, yo sé que si me dan una patada en la pierna me dolerá mucho. Si veo que le dan una patada a otro, siento compasión, porque esas neuronas espejo se activan. Pero claro, yo sé que si le dan una patada a una piedra, la piedra no tiene sistema nervioso, y la piedra no sufre; por lo tanto, yo no siento compasión por la piedra. Pero si le pegan una patada a un perro, se activan las neuronas de la compasión".

"La palabra animal viene del latín anima, que significa alma; los animales son los que tienen alma, son las únicas criaturas que hay en el universo capaces de sufrir y de las que podemos compadecernos. Por eso se plantea inexcusablemente el tema de concederles derechos".

"Ya cuando Darwin estuvo en Argentina, en la Patagonia, observó a los fueguinos y quedó asombrado de lo solidarios que eran los de cada tribu entre sí, y de lo absolutamente crueles que eran con los de las tribus de enfrente. Entonces, Darwin acuñó la famosa idea del círculo en expansión de la compasión. Pensó que esas tribus estaban muy atrasadas y que cuando progresaran cultural y moralmente, no solamente sentirían compasión por los de otras tribus sino que la extenderían a otros géneros, a otras razas. El círculo se extenderá, dice, hasta que abarque a todas las criaturas capaces de sufrir".

J. MOSTERÍN ( en : http://www.animanaturalis.org/i/1090/jesus_mosteri_n)

Mosterín *Catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia en la Universidad de Barcelona. Escribió, entre otros libros, "Los derechos de los animales", "¡Vivan los animales!" y "La cultura de la libertad"(2008).

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