Introducción Leonardo Arfucb




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Pensar este tiempo Espacios, afectos, pertenencias.

Leonor Arfuch

Primera edición 2005

Espacios del saber


1


Introducción Leonardo Arfucb 1

Populismo: ¿qué hay en el nombre? 6

2 Capitalismo y meta física 16

Política y pasiones: las apuestas de la democracia
Chantal Mouffe 27


La filosofía y la política de la espacialidad
algunas consideraciones DoreenMassey
35


Pertenencias. Lugar espacio e identidad en un mundo mediatizado David Morley 46

Escritura, pasión, espacio superficie en la poesía
de Jorge E. Eielson
105


Mentir cuando se die la verdad 114









Introducción Leonardo Arfucb



Los capítulos que componen este libro transitan por diversos espacios, teóricos, geográficos, poéticos. Sus escrfruras se diferencian en temáticas y estilos, trazando una cartografía al mismo tiempo reconocible e inusual. No fueron convocados por una consigna única o un formato predefinido y sin embargo ofrecen una curiosa sintonía: un pensar este (nuestro) tiempo con agudeza, traspasando fronteras canónicas, explorando nuevos territorios, aventurándose, en algunos casos, a una especie de “futuridad”.
Tampoco la idea que le dio origen fue preconcebida. Surgió más bien como un resultado, como producto de diálogos nunca formales, sostenidos con algunas de las más relevantes figuras del medio académico británico, en un espacio distante de nuestras orillas y una lengua otra, en una ciudad mítica, Londres, quintaesencia de la diversidad cultural, la euforia callejera y una libertad estética que juega a menudo con la extravagancia. Allí, en mayo de 2004, en un viaje como profesora invitada que contó con el financiamiento de la Academia Británica, realicé una extensión de la investigación sobre identidades y culturas migrantes y tuve la oportunidad de entrevistar a los autores que forman parte de esta recopilación —cumpliendo así uno de los objetivos de mi proyecto—y de dialogar con ellos

en torno de sus temas actuales, sus preocupaciones, su visión sobre el “estado de las cosas” tanto en términos teóricos como políticos.
Fue esa cercanía, esa irremplazable cualidad de la conversación, la percepción de inquietudes y problemáticas compartidas a pesar de los puntos de vista diversos, lo que me inspiró la idea de reunirlos en un libro —es decir, en una posteridad—, de un modo que quizá no los hubieran reunido sus respectivas especialidades. En efecto, aunque la impronta ya legendaria de los Cultural Studies británicos aparece con mayor o menor nitidez en varios de ellos, no constituye sin embargo la línea dominante. Hay, más bien, una interesante transversalidad disciplinaria que va de la filosofía y la teoría política a ‘os estudios culturales, de la geografía cultural a la teoría poscolonial, de la literatura comparada a la semiótica y a la reflexión sobre el lenguaje, sin desasosiego por los límites o los contornos evanescentes. Un agrupamiento heterodoxo, cuya convivencia resulta apasionante tanto por el contraste de las singularidades como por las insospechadas coincidencias.
Varios ejes articulan los capítulos, algunos de ellos, artículos de reciente o simultánea publicación en inglés, otros, escritos especialmente para este libro. El primero, que se dibujó de modo sorprendente en la superficie textual, apenas configurada, tiene que ver con la idea de espacialidad y sus significantes asociados —espacio, lugar, superficie, territorio, nación, tierra natal, hogar, etc.—, ligada por supuesto al devenir, el desplazamiento, los tránsitos, los viajes, las migraciones y deambulaciones y, entonces, a lo “propio” y lo extraño, lo íntimo y lo público, la pertenencia y la ajenidad, la otredad, lo extranjero. Una tensión que compromete tanto el espacio físico como el escritural y el poético, y que involucra las múltiples dimensiones de la globalización: geográficas, culturales, políticas, mediáticas, identitarias, afectivas. El espacio —en verdad, la espacio_temporalidad_ se torna así objeto de conceptualización en el caso de Doreen Massey;

constituye una referencia fuerte en el análisis del capitalismo “metafísico” de Scott Lash; es medular en ios artículos de David Morley y de Robins y Aksoy sobre migrancias y (re)localizaciones; deviene geográfico, histórico y vivencial en la escritura de Françoise Vergs; se plasma en la interioridad y la poesía, como en los textos de Arfuch y Rowe, se revela potencialmente conflictivo en las más simples interacciones cotidianas, como lo muestra Denise Riley
El otro eje articulador, presente en todos los capítulos, es el de los afectos —investiduras, vivencias, pasiones, experiencias—, que es visto tanto en relación con la poética como con la política, la biografía y la vida cotidiana. De creciente importancia en la reflexión actual, sobre todo de la filosofía, la teoría política, la sociología, los estudios culturales y de la diferencia —sin olvidar por cierto el aporte medular del psicoanálisis—, la cuestión de los afectos viene a problematizar, una vez más, la vieja distinción entre público y privado como contraposición entre lo racional y lo afectivo, señalando nuevas vías interpretativas para el análisis de los fenómenos sociales: identificaciones, agrupamientos, pertenencias, memorias colectivas. Pasiones y política, afectos y lazo social aparecen así involucrados en reflexiones sobre los nuevos espacios a conquistar por formas más equitativas de democracia.
Hay además, entre los autores, una común postura no esencialista y una importancia otorgada al lenguaje, su condición performativa —la potencialidad de construir mundos y sentidos—, la fuerza de la nominación y lo inescindible de la dimensión simbólica y retórica. La forma deviene así un principio obligado —y ontológico— de toda descripción, más allá de sus eventuales “contenidos”, desde el populismo revisitado por Laclau, el capitalismo según Lash o la democracia radical en el modelo de Mouffe, hasta el análisis poético en Rowe y la operatividad de las “fórmulas” de la lengua cotidiana que analiza Riley. Estas coincidencias en cuanto a las concepciones del lenguaje y la discursividad social, también se manifiestan en otros aspectos, tal como puede verse en la trama de referencias compartidas y los reconocimientos recíprocos. Así, y más allá de los temas y enfoques de cada uno, la intertextualidad depara sorpresas no menos estimulantes: se trata de todo un mapa de lecturas, reapropiaciones e interpretaciones que se despliega allí, bajo los ojos, trazando un perfil peculiar del campo epistémico contemporáneo.
Este perfil se caracteriza justamente por no dejar afuera lo político, en su más amplia acepción, como dimensión configurativa de los fenómenos que se analizan, ya sea en una óptica de “gran angular” (Laclau, Lash, Mouffe, Massey, Morley) como en análisis más particulares (Aksoy/Robins, Vergés) o intimistas (Arfuch, Rowe, Riley). En este sentido, hay un cierto carácter propositivo en todos los ensayos, una toma de posición en un debate que señala sus propios adversarios —teóricos y/o políticos— y que sostiene la polémica con diverso grado de intensidad y con armas dispares: la argumentación, la casuística, la metaforicidad, la ironía.
En cuanto a los capítulos en particular, la primera parte reúne los de carácter más netamente político. Ernesto Laclau emprende la redescripción del “populismo” preguntándose “Qué hay en el nombre?” para plantear la imposibilidad de definirlo en virtud del contenido “óntico” de los populismos existentes, poco comparables entre sí, y proponer en cambio que se trata de una categoría ontológica, de una forma de hacer política, una relación de diversos elementos que configura al pueblo de una manera especial. No habrá entonces una “esencia” del populismo sino que éste será siempre el resultado de la combinación de diversos factores: la dicotomización del espacio social en una frontera interna que cuestiona el poder, la coincidencia de demandas populares —y particulares— en algún nivel de universalidad que las trascienda, es decir, en una instancia superior, política, una forma de constituir una unidad —lo que el autor llama una articulación— y por último, una relación con el líder que es también una forma de representación. El “pueblo” no es visto entonces

como un dato de la estructura social sino como una fuerza antagónica, una categoría instituyente de la política, una instancia superadora de las reivindicaciones particulares.
Scott Lash, por su parte, aborda la caracterización del capitalismo contemporáneo como “metafísico”, contraponiéndolo al carácter material, físico, tangible, de las conceptualizaciones clásicas, inspiradas en la física newtoniana, que pueden rastrearse ya en los predecesores de Marx. Su análisis va puntuando la tensión entre lo “físico” ylo “metafísico” a través de las ideas de “estructura” y “superestructura” —entre otras— y propone articulaciones entre diferentes pensadores —desde los clásicos, Hobbes, Kant, Leibniz, a los contemporáneos, Gramsci, ‘Williams, McLuhan—, interrogando en estos últimos los mecanismos por los cuales lo “cultural” se inviste de “metafísico”. Esta etapa del capitalismo, dominada por la iuz de las pantallas, la virtualidad, la intangibilidad del dinero, donde los medios, la educación y los afectos tienen primacía, donde la forma se vuelve sustancial, adquiere entonces para el autor un carácter metafísico, y el mundo hacia el cual nos encaminamos, en una espacialidad cada vez más globalizada, parece estar signado, más que por el mercado neoliberal, por el intercambio de no-equivalencias y el desequilibrio, que inclinaría la balanza hacia el Oriente.
El capítulo de Chantal Mouffe plantea la preocupación por la incapacidad de resolver los acuciantes problemas de nuestras sociedades en términos políticos, es decir, mediante decisiones que superen el nivel de la “técnica” y expresen el conflicto entre alternativas reales, la tensión antagónica que éstas suponen y la pugna por la hegemonía que es consustancial a la política. En este sentido, analiza los modos en que, en el escenario de la globalización, la narrativa de la moralidad —la distinción entre “lo bueno y lo malo”— va tomando el lugar de los discursos políticos y sociales en tanto que provee lineamientos para la acción colectiva y advierte sobre la dificultad, desde el pensamiento liberal, de reconocer la fuer-

za propulsora de las pasiones en la política, fuerza que parece hasta ahora capitalizada en Europa sólo por los populismos de derecha. Retorna su argumento sobre el agonismo corno la forma natural de la política —donde el adversario no es un mero competidor y tampoco, en términos latos, un “enemigo”— y, al tiempo que hace una crítica al modelo del consenso y a la idea de “ciudadanía cosmopolita”, plantea la necesidad de un “orden mundial multipolar”, que reconozca el pluralismo de valores en un sentido fuerte.
En la segunda parte, donde predomina la idea de espacio, la consideración de los tránsitos que parecen remitir a los modos típicos de ser “contemporáneos”, Doreen Massey plantea su “filosofía de la espacialidad”, que aboga por una comprensión integradora de la espacio-temporalidad, como posibilidad de interacciones, multiplicidades y coexistencia de las diferencias. En lugar de seguir adheridos al hipotético isomorfismo entre cultura, sociedad y lugar —donde el “lugar” por excelencia sería el Estado-nación—, la autora propone la apertura a una consideracion mulufacetica del espacio global, una nueva nnaginacion geografica plena de interrogantes políticos, que también ponga en cuestión la idea de espacio como superficie homogénea y, en consecuencia, la partición del mundo en torno de “centros” y “periferias” o de países “avanzados” versus “atrasados” —lo que significa imaginar las diferencias espaciales en términos temporales— o de ciertos “otros” que vienen detrtís de “nosotros”. El pluralismo de la diferencia —y su simultaneidad—, los espacios propios a cada cultura y su cualidad relacional, la posibilidad de considerar en convivencia tanto lo local corno lo internacional se unen, en su planteo, a la necesidad de prestar atención a los mapas de poder a través de los cuales se construyen hegemonías e identidades, y de afirmar una concepción abierta del espacio, que es también apertura a un futuro que des- borda ampliamente los límites del “relato único”.
David Morley, a su vez, aborda las transformaciones de la idea de “hogar” en nuestras sociedades mediatizadas, donde

el tránsito, la migración y los accesos comunicacionales trazan “mapas” de pertenencias múltiples, difusas y hasta contradictorias. En esta indagación considera tanto los espacios íntimos, domésticos o locales, como ios que corresponden a un nivel “macro”, como la nación o la comunidad transnacional, vinculando los patrones de consumo de los medios de comunicación con la geografía material en que habitan las audiencias. Su argumentación ofrece un costado polémico al cuestionar “un cierto elogio acrítico de toda noción de movilidad, fluidez e hibridez”, que las considera como naturalmente ligadas al progreso, y aboga por una visión más matizada, que contemple la diversidad de posiciones coexistentes en la globalización —tránsitos deseados e indeseados, anclajes e inmovilidades, tanto por opción corno por imposibilidad de accesos, fronteras reales, políticas de exclusión, etc. Así, una nueva idea de “hogar” tendría que tener en cuenta las múltiples formas de habitación colectiva, de construir identidades y pertenencias, sin hundirse necesariamente en la “recuperación” nostálgica del pasado sino como apertura al diálogo y al reconocimiento de “comunidades en la diferencia”.
El artículo de Kevin Robins y Asu Aksoy plantea el caso de las comunidades de habla turca en Londres, creciente- mente incorporadas corno audiencias de las emisoras turcas transnacionales, fenómeno que según los autores está produciendo nuevos tipos de comunidad “transnacional y transcultural” que alteran los lazos identitarios con el origen. Haciendo una crítica de la concepción sociológica que considera la “nación” y lo “nacional” como vectores de identificación y pertenencia, retoman la noción de Dewey de “experiencia”, para abordar su objeto de estudio, con la técnica rnetodológica defocusgroup. El discurso de los migrantes va delineando así diversas identificaciones, que oscilan entre la conexión a diario con la “tierra natal” y la necesidad de saber qué pasa allí y su “ser y estar” en Londres, donde llevan una vida distinta. Tensión irresuelta, que a veces, quizás

a pesar de los propios migrantes —y aun de los investigadores— asoma en alguna expresión fuertemente connotada como “mi corazón está allí” o “en mi cabeza yo vivo allí”, donde la persistencia de los afectos campea por sobre las decisiones cotidianas. Al analizar los cambios producidos en cuanto a la relación con el conocimiento y con la sociedad británica, los autores apelan a una idea de raigambre bajtiniana, la de “imaginación dialógica”.
Una diferente experiencia migratoria aparece en la narrativa de Françoise Vergés, cuyo capítulo es un verdadero eslabón entre la segunda y la tercera parte del libro, en tanto aborda la problemática del desplazamiento y la migración
—con la carga histórica de la esclavitud y el colonialismo— en una geografia particular, la isla Reunión, su “tierra natal”, y al mismo tiempo se detiene en una indagación (auto)biográfica y en un trabajo de escritura que es esencial a la voz y a la mirada con que relata la (su) historia. Adoptando la perspectiva poscolonial y mirando desde el presente, la autora analiza los factores que confluyeron en la experiencia del colonialismo francés en la isla, la concepción de “gente descartable”
—tan vigente en la globalización—, la imposibilidad de asumir el oxímoron de la “república colonial”, el papel de los afectos —“el orgullo, la debilidad, la ingenuidad y la confianza”— en la política, el proceso de “creolización” como un tipo peculiar de mestizaje que olvida los orígenes y que puede devenir en una fuerza cultural de resistencia. Desde un lugar descentrado y una lengua-otra, el inglés, Vergés desecha la “condena moral” de la esclavitud o el colonialismo y propone en su lugar una fuerte crítica política, más allá del odio o del resentimiento, que dé cuenta de la violencia estatal involucrada
—y sus mecanismos “racionales”—, sus consecuencias, todavía vigentes, y sus supervivencias contemporáneas.
En la tercera parte del libro el foco se desplaza hacia los espacios de la interioridad, donde el lenguaje y la escritura adquieren un lugar preponderante. En mi artículo trazo una breve genealogía de la “intimidad”, como espacio material y

simbólico instituido en la distinción clásica entre público y privado, para analizar su configuración contemporánea, en la que tal distinción se torna indecidible. Así, a partir de la noción bajtiniana de cronotopos (conjunción entre espacio! tiempo y afecto) me detengo en ciertos lugares emblemáticos:
la casa —el hogar—, sus “cronotopías” —objetos, rincones, recuerdos, agendas, cartas, diarios íntimos— proponiendo luego considerar la “intimidad portátil”, que se lleva consigo más allá del umbral, o aquella, pública, que entra al hogar a través de las pantallas y los medios de comunicación. Planteando la imposibilidad de separar ambas esferas, la condición comunicativa de la intimidad, focalizo en tres espacios significantes: los medios, las artes visuales y la escritura, en los cuales puede percibirse una fuerte acentuación biográfica, intimista, memorial, de “retorno al hogar”. Considero luego el impacto de la crítica feminista en cuanto a la “subversión” de la intimidad —y su correlato “natural”, el reino doméstico—, y finalmente analizo ciertas formas “nomádicas” de intimidad en la globalización, la tensión entre enraizamiento y desplazamiento que parece animar los tránsitos migratorios y quizá la configuración misma de las identidades.
William Rowe por su parte se interna en la poesía de Jorge Eduardo Eielson, para analizar “cómo el lenguaje genera el espacio, cómo los objetos generan ci espacio, y los distintos modos en que se entrecruzan”. “Escritura, pasión, espacio y superficie” forman entonces la textura simbólica del poema y de su lectura, que apunta justamente a dar cuenta de la potencia de la poesía como práctica de conocimiento, como modo de decir lo que no puede decirse de otro modo. La obra del poeta peruano permite a Rowe indagar en un aspecto poco atendido en los estudios contemporáneos: la dimensión cinética de la escritura, la relación con el movimiento del cuerpo en el espacio, el desplazamiento físico, interno o externo a la piel. Cuerpo, objetos y escritura se enlazan así en una iconicidad que dibuja espacios canonizados de la intimidad: el cuarto, la ausencia, la silla vacía, la desarticulación del cuerpo

20 Leonor A;fuch
en la alucinación o el sueño. Espacios que, curiosamente, vienen,
desde la poesía, a afianzar los dichos de la filosofía: una
superficie no uniforme, una disgregación de los objetos que
sólo el cuerpo humano en movimiento puede transformar en
un continuum. El espacio migrante y el espacio físico, el cuerpo,
como referente primero de la espacialidad, la pasión, como
investidura del cuerpo y la palabra, se conjugan así de modo
tal que la teoría de la poesía dialoga, en inesperada sintonía,
con otras voces de este mismo libro.
¿De qué manera el lenguaje expresa sentimientos? Denise
Riley, también ella poeta, filósofa y teórica feminista, se propone
reformular esta pregunta a través del análisis de ciertas fórmulas
establecidas, cuyo uso en las más banales circunstancias
de la vida cotidiana puede entrañar una alta conflictividad. Así, Priniera parte
en su capítulo, la autora analiza el funcionamiento de la excu- Sa, en su más simple formulación, como generadora de turbación,
incomodidad, vergüenza y culpa. La sensación de “estar
mintiendo cuando se dice la verdad” no deriva sin embargo 1 1’
de una propension neurotica o una debilidad de caracter sino ensar ¿a potitica de la peculiaridad del lenguaje, que acarrea su propia carga
emocional La excusa, como formula fija, apta para toda drcunstancia,
genera la sensacion de estar diciendo una mentira
ingenua, casi infantil, aun cuando sea veidade;a Es mas, cuanto
mas “verdadera”, mas culpa sera capaz de producir, al punto
que cualquier excusa mas elaborada —una historia inventada
para la ocasion— sonara mas convincente Riley aborda con sutil
ironia esta complejidad afectiva que preside los vrnculos cotidianos,
donde se pone en juego la mentira social —que tambien
puede ser pohtmca— y la verdad en esa “pasion impersonal”
que conlleva el lenguaje
En su diversidad tematica, teorica y retorica, y mas alla de la
relevancia de las cuestiones en juego, el conjunto de los capítulos
habla tambien de las formas de leer y pensar este tiempo
Buenos Aires, julio de 2005
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