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Agradecimiento

Este libro va dirigido al gran público y, por consiguiente, no se citan las fuentes en el texto. Esto es más propio de obras de carácter técnico y quebraría la fluidez del relato. Sin embargo, durante la elaboración de este volumen fueron consultados muchos libros y documentos, sumamente originales, y sería injusto presentar aquél sin señalar la valiosa ayuda de éstos. Al final del libro, se incluye un apéndice en el que se citan las obras más importantes en relación con los temas tratados en cada uno de los capítulos.

Pero quisiera expresar también mi gratitud a muchos colegas y amigos que me han ayudado, directa e indirectamente, a través de discusiones, correspondencia y otros medios. Son, en particular, los siguientes: Dr. Anthony Ambrose, Mr. David Attenborough, Dr. David Blest, Dr. N. G. Blurton-Jones, Dr. John Bowlby, Dr. Hilda Bruce, Dr. Richard Coss, Dr. Richard Davenport, Dr. Alisdair Fraser, profesor J. H. Fremlin, profesor Robin Fox, baronesa Jane van Lawick-Goodall, Dr. Fae Hall, profesor Sir Alister Hardy, profesor Harry Harlow, Mrs. Mary Haynes, Dr. Jan Van Hoff, Sir Julian Huxley, Miss Devra Kleiman, Dr. Paul Leyhausen, Dr. Lewis Lipsitt, Mrs. Caroline Loizos, profesor Konrad Lorenz, Dr. Malcolm Lyall-Watson, Dr. Gilbert Manley, Dr. Isaac Marks, Mr. Tom Maschler, Dr. L. Harrison Matthews, Mrs. Ramona Morris, Dr. John Napier, Mrs. Caroline Nicolson, Dr. Kenneth Oakley, Dr. Frances Raynolds, Dr. Vernon Reynolds, Honorable Miriam Rothschild, Mrs. Claire Russell, Dr. W. M. S. Russell, Dr. George Schaller, Dr. John Sparks, Dr. Lionel Tiger, profesor Niko Tinbergen, Mr. Ronald Webster, Dr. Wolfgang Wickler y profesor John Yudkin.

Me apresuro a añadir que la inclusión de un nombre en esta lista no significa necesariamente que la persona citada esté de acuerdo con las opiniones expuestas en este libro.

Introducción

Hay ciento noventa y tres especies vivientes de simios y monos. Ciento noventa y dos de ellas están cubiertas de pelo. La excepción la constituye un mono desnudo que se ha puesto a sí mismo el nombre de Homo sapiens. Esta rara y floreciente especie pasa una gran parte de su tiempo estudiando sus más altas motivaciones, y una cantidad de tiempo igual ignorando concienzudamente las fundamentales. Se muestra orgulloso de poseer el mayor cerebro de todos los primates, pero procura ocultar la circunstancia de que tiene también el mayor pene, y prefiere atribuir injustamente este honor al vigoroso gorila. Es un mono muy parlanchín, sumamente curioso y multitudinario, y ya es hora de que estudiemos su comportamiento básico.

Yo soy zoólogo, y el mono desnudo es un animal. Por consiguiente, éste es tema adecuado para mi pluma, y me niego a seguir eludiendo su examen por el simple motivo de que algunas de sus normas de comportamiento son bastante complejas y difíciles. Sírvame de excusa el hecho de que, a pesar de su gran erudición, el Homo sapiens sigue siendo un mono desnudo; al adquirir nuevos y elevados móviles, no perdió ninguno de los más viejos y prosaicos. Esto es, frecuentemente, motivo de disgusto para él; pero sus viejos impulsos le han acompañado durante millones de años, mientras que los nuevos le acompañan desde hace unos milenios como máximo... y no es fácil sacudirse rápidamente de encima la herencia genética acumulada durante todo su pasado evolutivo. Si quisiera enfrentarse con este hecho, sería un animal mucho más complejo y tendría menos preocupaciones. Tal vez en esto pueda ayudarle el zoólogo.

Una de las más extrañas características de los anteriores estudios sobre el comportamiento del mono desnudo es que casi siempre eludieron lo más evidente.

Los primeros antropólogos marcharon a los más apartados e inverosímiles rincones del mundo, a fin de descubrir la verdad fundamental sobre nuestra naturaleza, y se dedicaron al estudio de remotas culturas estancadas, atípicas y tan poco fructíferas que están casi extinguidas. Después, volvieron con hechos sorprendentes sobre extrañas costumbres de apareamiento, chocantes sistemas de parentesco o curiosos procedimientos rituales de estas tribus, y emplearon este material como si fuese de vital importancia para el comportamiento de nuestra especie en su conjunto. El trabajo realizado por estos investigadores fue, desde luego, sumamente interesante, y sirvió para mostrarnos lo que puede ocurrir cuando un grupo de monos desnudos se ve metido en un callejón cultural sin salida. Reveló hasta qué punto pueden extraviarse nuestras reglas normales de comportamiento sin llegar a un completo derrumbamiento típico de los monos desnudos típicos. Esto sólo puede lograrse estudiando las normas comunes de comportamiento seguidas por todos los miembros corrientes y no fracasados de las culturas importantes: muestras primordiales que, en su conjunto, representan la inmensa mayoría. Biológicamente, ésta es la única manera sensata de abordar el problema. Contra esto, el antropólogo de la vieja escuela habría argumentado que sus grupos tribales, tecnológicamente simples, están más cerca del meollo del asunto que los miembros de las civilizaciones avanzadas. Yo sostengo que esto no es verdad. Los sencillos grupos tribales que viven en la actualidad no son primitivos, sino que están embrutecidos. Las verdaderas tribus primitivas hace miles de años que dejaron de existir. El mono desnudo es, esencialmente, una especie exploradora, y toda sociedad que no haya avanzado ha fallado en cierto modo, se ha «extraviado». Algo ha ocurrido que le ha impedido avanzar, algo que va en contra de la tendencia natural de la especie a explorar e investigar el mundo que la rodea. Las características que los primeros antropólogos estudiaron en estas tribus pueden ser muy bien los mismos rasgos que impidieron el progreso de los grupos afectados. Por consiguiente, es peligroso emplear esta información como base de cualquier estudio general de nuestro comportamiento como especie.

En contraste con aquéllos, los psiquiatras y los psicoanalistas se mantuvieron más cerca de nuestro mundo y se dedicaron al estudio clínico de muestras tomadas de la corriente principal. Pero una gran parte de su materia prima presenta también graves inconvenientes, aunque no adolece de la endeblez de la información antropológica. Los individuos que han servido de base a sus teorías son, a pesar de pertenecer a la mayoría, especímenes forzosamente anormales o fracasados en algún aspecto. Si fuesen individuos sanos, evolucionados y, por ende, típicos, no habrían tenido que recurrir a la ayuda psiquiátrica, ni habrían contribuido a dar información al psiquiatra. Esto no quiere decir tampoco que menosprecie el valor de sus investigaciones. Nos han proporcionado una importantísima visión interior de la manera en que pueden derrumbarse nuestras formas de comportamiento. Lo único que cree es que, para discutir la naturaleza biológica, no conviene hacer excesivo hincapié en los primeros descubrimientos antropológicos y psiquiátricos.

(Debo añadir que la situación de la antropología y de la psiquiatría está cambiando rápidamente. En estos campos, muchos investigadores modernos reconocen las limitaciones de las primeras investigaciones y se inclinan cada vez más al estudio de individuos típicos y sanos. Un investigador dijo recientemente: «Pusimos el carro antes que el caballo. Forcejeamos con los anormales, y sólo ahora, cuando ya es un poco tarde, empezamos a prestar atención a los normales.»)

El estudio que me propongo realizar en este libro extrae su material de tres fuentes principales: 1) la información sobre nuestro pasado desenterrada por los paleontólogos y fundada en los fósiles y en otros restos de nuestros remotos antepasados; 2) la información proporcionada por los estudios de etnología comparada sobre el comportamiento animal, fundada en observaciones detalladas de un gran sector de especies animales y, en especial, de nuestros más próximos parientes vivos, los cuadrumanos y monos; y 3) la información que puede reunirse mediante la observación sencilla y directa de las normas de comportamiento más fundamentales, y más ampliamente compartidas por los ejemplares evolucionados de las principales culturas contemporáneas del propio mono desnudo.

Dada la envergadura de esta tarea, será preciso simplificarla de algún modo. Para ello, prescindiré de las detalladas ramificaciones de la tecnología y de la palabra, y concentraré toda la atención en los aspectos de nuestra vida, que tiene réplica evidente en otras especies: actividades tales como la alimentación, la crianza, el sueño, la lucha, el apareamiento y el cuidado de los pequeñuelos. ¿Cómo reacciona el mono desnudo al enfrentarse a estos problemas? ¿En qué se asemejan estas reacciones a las de los otros monos y simios? ¿En qué aspecto particular es único, y qué relación existe entre sus peculiaridades y su especial historia evolutiva?

Me doy cuenta de que al tratar estos problemas corro el riesgo de ofender a mucha gente. Hay personas que prefieren no ver su propio ser animal. Considerarán, quizá, que degrado a nuestra especie al hablar de ella en crudos términos animales. Sólo puedo asegurarles que no es ésta mi intención. Otros se quejarán de la invasión zoológica de su propio estudio especializado. Pero yo entiendo que este estudio puede ser de gran valor, y que, a pesar de sus defectos, arrojará una nueva (y, en cierto modo, inesperada) luz sobre la compleja naturaleza de nuestra extraordinaria especie.

Capítulo 1

Orígenes

En una jaula de cierto parque zoológico hay un rótulo en el que se dice simplemente: «Este animal es nuevo para la ciencia.» Dentro de la jaula se encuentra una pequeña ardilla. Tiene los pies negros y procede de Africa. Ninguna ardilla de pies negros había sido anteriormente hallada en aquel continente. Nada se sabe acerca de ella. No tiene nombre.

Para el zoólogo significa un reto inmediato. ¿Qué hay en su modo de vida que ha hecho de él un ejemplar único? ¿En qué se diferencia de las otras trescientas sesenta y seis especies vivas de ardillas, ya conocidas y estudiadas? De alguna manera, en algún punto de la evolución de la familia de las ardillas, los antepasados de este animal debieron de separarse del resto y establecerse como raza independiente. ¿Qué había en el medio ambiente que hizo posible su aislamiento como nueva forma de vida? El nuevo rumbo tuvo que iniciarse a pequeña escala, cuando un grupo de ardillas de determinada zona cambió ligeramente y se adaptó mejor a las condiciones particulares allí reinantes. Pero en aquella etapa podrían mezclarse todavía con sus parientes de las cercanías. La nueva forma gozaría de una ligera ventaja en su región especial, pero no sería más que una raza de la especie fundamental y susceptible, en cualquier momento, de ser borrada, reabsorbida por la corriente principal. Pero si con el paso del tiempo las nuevas ardillas se iban adaptando con creciente perfección a su particular medio ambiente, llegaría, ciertamente, el instante en que sería ventajoso para ellas aislarse de cualquier posible contaminación por sus vecinas. En esta fase, su comportamiento social y sexual experimentaría modificaciones especiales que harían improbables y, en definitiva imposibles, sus cruzamientos con otras clases de ardillas. Al principio, pudo cambiar su anatomía, adaptándose mejor al peculiar alimento de la zona, pero más tarde se diferenciarían también sus llamadas para el apareamiento y sus actitudes, a fin de atraer únicamente a parejas del nuevo tipo. Por último, surgiría la nueva especie, separada y discreta, una forma de vida única, la trescientos sesenta y siete clase de ardilla.

Cuando observamos a nuestra desconocida ardilla en su jaula del zoo, sólo podemos hacer conjeturas sobre estas cosas. Sólo podemos estar seguros de que la marca de su piel -los pies negros- demuestran que se trata de una nueva forma. Pero esto no es más que un síntoma, la erupción que da al médico la clave para saber la enfermedad de su paciente. Para comprender de veras la nueva especie, debemos emplear esta clave únicamente como punto de partida, como indicio de que hay algo que merece ser investigado. Podríamos tratar de adivinar la historia del animal, pero esto sería presuntuoso y arriesgado. Es mejor que empecemos humildemente y le pongamos un sencillo y evidente rótulo: le llamaremos «la ardilla africana de pies negros». Después, debemos observar y registrar todos los aspectos de su comportamiento y de su estructura, y ver en que se diferencia o se parece a las otras ardillas. Por últimos, y poco a poco, podemos reconstruir su historia.

La gran ventaja que tenemos cuantos estudiamos a estos animales es que nosotros no somos ardillas de pies negros, circunstancia que nos impone una actitud humilde muy propia de la investigación científica. Pero la cosa es muy diferente, lamentablemente distinta, cuando pretendemos estudiar el animal humano. Incluso para el zoólogo, acostumbrado a llamar animal al animal, resulta difícil evitar la arrogancia de la apreciación subjetiva. Podemos tratar de vencer, hasta cierto punto, esta dificultad estudiando al ser humano como si perteneciese a otra especie, como si fuese una forma extraña de vida sobre la mesa de disección, presta para el análisis. ¿Cómo habremos de empezar?

Como en el caso de la nueva ardilla, podemos empezar comparándolo con otras especies que parecen íntimamente relacionadas con él. A juzgar por los dientes, las manos, los ojos y varios rasgos anatómicos, es evidentemente una clase de primate, aunque una clase sumamente rara. Esta rareza se pone de manifiesto si ponemos en hilera las pieles de las ciento noventa y dos especies vivientes de cuadrumanos y monos, y después tratamos de insertar un pellejo humano en el lugar correspondiente de la larga serie. Dondequiera que lo pongamos parece estar fuera de lugar. Nos sentimos necesariamente impulsados a colocarlo en uno de los extremos de la hilera, junto a las pieles de los grandes monos rabones, como el chimpancé y el gorila. Pero incluso en este caso aparece ostensiblemente distinto. Las piernas son demasiado largas; los brazos, demasiado cortos, y los pies, bastante extraños. Salta a la vista que esta especie de primate ha desarrollado una clase especial de locomoción que ha modificado su forma básica. Pero hay otra característica que llama la atención: la piel es virtualmente lampiña. Salvo ostensibles matas de pelo en la cabeza, en los sobacos y alrededor del aparato genital, la superficie de la piel está completamente al descubierto. En comparación con otras especies de primates, el contraste es dramático. Cierto que algunas especies de cuadrumanos muestran pequeñas manchas de piel en el trasero, en la cara o en el pecho, pero en las otras ciento noventa y dos especies nada advertimos, en este aspecto, que se asemeje a la condición humana. Llegados a este punto, y sin más investigaciones, la denominación de «mono desnudo» dada a la nueva especie parece justificada. Es un nombre sencillo y descriptivo, fundado en la simple observación, y que no involucra presunciones especiales. Quizá nos ayudará a guardar un sentido de la proporción y a mantener nuestra objetividad.

En vista de este extraño ejemplo, y ponderando la significación de sus rasgos peculiares, el zoólogo se ve obligado a establecer comparaciones. ¿En qué otros seres predomina la desnudez? Los demás primates nos sirven de poco; tenemos que buscar más lejos. Una rápida ojeada sobre toda la serie de mamíferos vivientes nos muestra que todos ellos permanecen aferrados a su capa velluda y protectora, y que poquísimas de las 4.237 especies existentes en la actualidad creyeron conveniente abandonarla. A diferencia de sus antepasados reptiles, los mamíferos adquirieron la gran ventaja fisiológica de poder mantener una constante y elevada temperatura del cuerpo. Esto hace que la delicada maquinaria de las funciones corporales pueda actuar con la máxima eficacia. No es una propiedad que pueda ser puesta el peligro o tomada a la ligera. Los sistemas de control de la temperatura son de vital importancia, y la posesión de una gruesa y aislante capa de vello desempeña principalísimo papel para evitar la pérdida de calor. Bajo una intensa luz solar, evitará también el excesivo calentamiento y que la piel sufra daños por la exposición directa a los rayos del sol. Si el pelo desaparece, es evidente que han de existir poderosas razones para su abolición. Con pocas excepciones, este drástico paso ha sido dado únicamente cuando los mamíferos se han encontrado en un medio completamente nuevo. Los mamíferos voladores, los murciélagos, se vieron obligados a desnudar sus alas, pero conservaron el vello en las demás partes del cuerpo y no pueden ser considerados como una especie lampiña. Los mamíferos excavadores -por ejemplo, el topo lampiño, el oricteropo y el armadillo- redujeron, en unos pocos casos, su cubierta de pelo. Los mamíferos acuáticos, como ballenas, delfines, marsopas, dugongos, manatíes e hipopótamos se despojaron también del pelo siguiendo una línea general. Pero todos los mamíferos más típicos que moran en la superficie, ya correteen por el suelo, ya trepen a los árboles, tienen, como norma básica el pellejo densamente cubierto de pelo. Aparte de los gigantes enormemente pesados, rinocerontes y elefantes (que tienen sus peculiares problemas para calentarse y refrescarse), el mono desnudo permanece solo, distinto, por su desnudez, de todos los millares de especies de mamíferos velludos o lanudos.

Llegado a este punto, el zoólogo se ve llevado a la conclusión de que, o se enfrenta con un mamífero excavador o acuático, o bien existe algo muy raro, ciertamente único, en la historia de la evolución del mono desnudo. Por consiguiente, lo primero que hemos de hacer, antes de acometer la observación del animal en su forma actual, es excavar en su pasado y examinar lo mejor posible sus antepasados inmediatos. Quizá con el estudio de los fósiles y de otros restos, y echando un vistazo a sus más próximos parientes vivos, podremos formarnos alguna idea de lo que le ocurrió a este nuevo tipo de primate salido y desviado del rebaño familiar.

Nos llevaría demasiado tiempo presentar aquí todos los pequeños fragmentos de pruebas recogidos trabajosamente durante el pasado siglo. En vez de esto, daremos por realizada la tarea y nos limitaremos a resumir las conclusiones que pueden sacarse de ella, combinando la información que nos proporciona el trabajo de los paleontólogos hambrientos de fósiles con los hechos reunidos por los pacientes etnólogos que han observado a los monos.

El grupo de los primates, al cual pertenece nuestro mono desnudo, proviene originalmente del primitivo tronco insectívoro. Estos primeros mamíferos fueron criaturas pequeñas e insignificantes, que correteaban temerosas y al amparo de los bosques, mientras los señores reptiles dominaban la escena animal. Entre ochenta y cincuenta millones de años atrás, al colapsarse la era grande de los reptiles, los pequeños comedores de insectos empezaron a aventurarse por nuevos territorios. Allí se desparramaron y adquirieron muchas formas extrañas. Algunos de ellos se convirtieron en herbívoros y se metieron bajo tierra en busca de seguridad, o bien adquirieron patas largas y parecidas a zancos, que les permitían huir de sus enemigos. Otras se convirtieron en fieras de largas garras y afilados dientes. Aunque los reptiles mayores habían abdicado y desaparecido del escenario, el campo abierto volvió a ser campo de batalla.

Mientras tanto, entre la maleza, animalitos de menudas patas seguían buscando su seguridad en la vegetación del bosque. Los primitivos comedores de insectos empezaron a ampliar su dieta y a resolver los problemas digestivos de la ingestión de frutas, nueces, bayas, yemas y hojas. Al evolucionar hacia las formas más toscas de primates, su visión mejoró, los ojos se fueron desplazando hacia la parte delantera de la cara, y las manos se desarrollaron para agarrar la comida. Con la visión tridimensional, sus miembros aptos para la manipulación y su cerebro, cada vez mayor, fueron dominando progresivamente su mundo arbóreo.

Entre veinticinco y treinta y cinco millones de años atrás, estos premonos empezaron a evolucionar para convertirse en verdaderos monos. Sus colas se alargaron y se hicieron flexibles, y aumentó considerablemente el tamaño de su cuerpo. Algunos de ellos iniciaron el camino que había de convertirles en comedores de hojas, pero la mayoría conservaron una dieta más variada y mixta. Con el paso del tiempo, algunas de estas criaturas parecidas a monos crecieron y adquirieron mayor peso. En vez de correr y saltar, empezaron a bracear, columpiándose y avanzando por las ramas, asiéndose a ellas con las manos. Sus colas se fueron atrofiando. Su tamaño, aunque significaba un estorbo cuando trepaban a los árboles, les permitía ser menos cautos cuando hacían excursiones por el suelo.

Pero incluso en aquella fase -la fase del mono- todo les incitaba a conservar la fresca comodidad y la fácil subsistencia en sus paradisíacos bosques. Sólo si el medio les daba un brusco empujón hacia los espacios abiertos serían capaces de moverse de allí. A diferencia de los primitivos mamíferos exploradores, se habían especializado en la existencia en el bosque. Se habían necesitado millones de años para perfeccionar esta aristocracia de los bosques, y si ahora los abandonaban tendrían que competir con los (a la sazón) desarrollados herbívoros y carnívoros que vivían a ras de tierra. Permanecieron, pues, en su sitio, comiendo frutos y cuidando de sus propios asuntos.

Conviene hacer hincapié en que, por la razón que fuese, esta evolución del mono se desarrolló únicamente en el Viejo Mundo. Los cuadrumanos habían evolucionado separadamente, como avanzados moradores de los árboles, tanto en el Viejo como en el Nuevo Mundo, pero la rama americana de los primates no alcanzó nunca el grado del mono. Por otra parte, en el Viejo Mundo los monos ancestrales se extendieron por una vasta zona boscosa que comprendía desde el Africa occidental hasta el Asia Sudoriental. Actualmente, podemos ver los restos de este desarrollo en los chimpancés y gorilas africanos y en los gibones y orangutanes asiáticos. Pero la zona comprendida entre estos dos puntos del mundo se halla en la actualidad vacía de monos peludos. Sus lujuriantes bosques han desaparecido.

¿Qué les ocurrió a los primitivos monos? Sabemos que el clima empezó a trabajar contra ellos y que, hace aproximadamente unos quince millones de años, sus dominios boscosos se vieron considerablemente reducidos en extensión. Los monos ancestrales se enfrentaron con un dilema: o bien tenían que aferrarse a lo que quedaba de sus viejos y boscosos hogares, o, en un sentido casi bíblico se verían expulsados del Jardín. Los antepasados de los chimpancés, gorilas, gibones y orangutanes permanecieron donde estaban y, desde entonces, su número ha ido disminuyendo poco a poco. Los antepasados del otro único superviviente -el mono desnudo- emprendieron la marcha, salieron de los bosques y se lanzaron a competir con los ya eficazmente adaptados moradores del suelo. Era una empresa arriesgada, pero, en términos de resultados evolutivos, rindió buenos dividendos.

La historia mundial del mono desnudo a partir de este momento es bien conocida, pero conviene hacer de ella un breve resumen, porque si queremos llegar a una comprensión objetiva del comportamiento actual de la especie, es de vital importancia recordar bien los acontecimientos que siguieron.

Al enfrentarse con un medio completamente nuevo, nuestros antepasados se encontraron ante una difícil perspectiva. O tenían que convertirse en mejores cazadores que los viejos carnívoros, o habían de aprender a apacentarse mejor que los viejos herbívoros. Hoy sabemos que, en cierto sentido, el éxito ha coronado ambos esfuerzos: pero la agricultura tiene sólo una antigüedad de varios miles de años, y ahora estamos hablando de millones de éstos. La explotación especializada de la vida vegetal del campo abierto estaba fuera del alcance de nuestros primeros antepasados, y tenía que esperar a que se desarrollase la técnica avanzada de los tiempos modernos. Faltaba el sistema digestivo necesario para una asimilación directa de la comida suministrada por los pastizales. La dieta de frutas y nueces del bosque podía adaptarse a una dieta de raíces y bulbos a nivel del suelo, pero existían graves limitaciones. En vez de estirar perezosamente el brazo para agarrar el fruto maduro de la rama, el mono que buscaba los vegetales del suelo se veía obligado a rascar y a escarbar fatigosamente la dura tierra para conseguir su precioso alimento.

Sin embargo, su antigua dieta del bosque no se componía únicamente de frutos y nueces. Indudablemente, las proteínas animales tenían gran importancia para él. A fin de cuentas, su remoto origen se hallaba entre unos seres básicamente insectívoros, y su reciente morada arbórea había sido siempre rica en insectos. Jugosos escarabajos, huevos, jóvenes e indefensos polluelos, ranas arbóreas y pequeños reptiles debieron de abastecer su despensa. Mejor aún, no presentaban graves problemas a su sistema digestivo, bastante generalizado. Al bajar al suelo no le faltó en absoluto este abastecimiento de comida, y nada podía impedirle el aumento de esta parte de su dieta. Al principio, no podía compararse con el asesino profesional del mundo carnívoro. Incluso una pequeña mangosta, y no hablemos de un gato grande, era superior a él en el arte de matar. Pero animalitos de todas clases, indefensos o enfermos, se ofrecían a su rapiña, y este primer paso en el camino de comer carne resultó sumamente fácil. En cambio, las piezas realmente grandes disponían de largas y zancudas piernas, y estaban apercibidas para, a la primera alarma, huir a velocidades completamente inigualables. Los ungulados cargados de proteínas estaban fuera de su alcance.

Esto nos lleva al último millón de años, poco más o menos, de la historia ancestral del mono desnudo, y a una serie de acontecimientos catastróficos y cada vez más dramáticos. Es importante tener en cuenta que varias cosas ocurrieron simultáneamente. Con excesiva frecuencia, al referir una historia se exponen las diferentes partes de la misma como si cada avance importante condujese a otro; pero esto resulta engañoso. Los monos terrícolas ancestrales tenían un cerebro grande y ya muy desarrollado, buenos ojos y manos prensiles y eficientes. Y, como primates que eran, habían alcanzado, inevitablemente, cierto grado de organización social. Entonces empezaron a producirse cambios vitales, mediante una fuerte presión para aumentar sus facultades de cazadores. Se volvieron más erectos, más veloces, más buenos corredores. Sus manos se libraron de las funciones propias de la locomoción, se fortalecieron y adquirieron eficacia en el manejo de las armas. Su cerebro se hizo más complejo, más lúcido, más rápido en sus decisiones. Pero estas cosas no se sucedieron en una serie importante y preestablecida, sino que florecieron juntas, con diminutos saltos, ora en una cualidad, ora en otra diferente, pero influyéndose mutuamente. Se estaba fraguando el mono cazador, el mono apto para matar.

Podría argüirse que la evolución pudo haber dado un paso menos drástico, desarrollando un animal carnicero más parecido al gato o al perro, una especie de gato-mono o perro-mono, por el sencillo procedimiento de convertir los dientes y las uñas en armas salvajes parecidas a los colmillos y a las garras. Pero esto habría colocado al mono ancestral en competencia directa con los gatos y perros carniceros, ya sumamente especializados. Habría significado tener que competir con éstos en su propio terreno, y el resultado habría sido, sin duda, desastroso para los primates en cuestión. (Por lo que sabemos, esto pudo ocurrir y fracasar hasta el punto de no habernos dejado ninguna prueba.) En vez de esto, se siguió un procedimiento completamente nuevo: el empleo de armas artificiales, y dio buen resultado.

El paso siguiente al empleo de herramientas fue la confección de las mismas, y, paralelamente a este progreso, se perfeccionaron las técnicas de caza, no sólo en lo tocante a las armas, sino también a la colaboración social. Los monos cazadores lo eran en grupo, y al mejorar su técnica de caza progresaron también sus métodos de organización social. Los lobos cazan en manada, pero el mono cazador tenía ya un cerebro mucho mejor que el lobo y podía ejercitarlo en problemas tales como la comunicación y la colaboración en grupo. Así, pudo desarrollar maniobras cada vez más complejas. Y el cerebro siguió creciendo.

El grupo cazador estaba compuesto esencialmente de machos. Las hembras estaban demasiado ocupadas en el cuidado de los pequeños para poder representar un papel importante en la persecución y en la captura de las piezas. Al aumentar la complejidad de la caza y hacerse más largas las excursiones, el mono cazador sintió la necesidad de abandonar la vida incierta y nómada de sus antepasados. Necesitaba una morada base, un lugar al que volver con sus presas y donde las hembras y los pequeñuelos pudiesen esperar y compartir el yantar. Este paso, como veremos en ulteriores capítulos, produjo efectos sustanciales en muchos aspectos del comportamiento de los monos desnudos, incluso los más refinados, del mundo actual.

De esta manera, el mono cazador se convirtió en mono sedentario. Y esto afectó a toda su estructura sexual, familiar y social. Su antigua vida nómada de comedor de frutos periclitó rápidamente. Había abandonado definitivamente su boscoso Edén. Era un mono con responsabilidades. Empezó a preocuparse del equivalente prehistórico de las máquinas lavadoras y de los frigoríficos. Empezó a inventar comodidades domésticas: fuego, despensa, refugios artificiales. Pero aquí debemos hacer un alto momentáneo, porque estamos entrando en el campo de la biología y en el reino de la cultura. La base biológica de estos pasos avanzados se encuentra en el desarrollo de un cerebro lo bastante grande y complejo para que el mono cazador pudiera darlos, pero la forma exacta que adoptan no es ya cuestión de un control genético específico. El mono de los bosques, convertido sucesivamente en mono a ras de tierra, en mono cazador y en mono sedentario, se ha transformado en mono cultural.

Conviene reiterar aquí que no nos interesan, en este libro, las explosiones culturales masivas que siguieron y de las que hoy en día se siente tan orgulloso el mono desnudo; el dramático progreso que le condujo, en sólo medio millón de años, desde el encendido de una fogata hasta la construcción de vehículos espaciales. Es una historia emocionante, pero el mono desnudo corre el peligro de quedar deslumbrado por ella y olvidar que, debajo de su pulida superficie, sigue teniendo mucho de primate. («Aunque la mona se vista de seda, mona se queda.») Incluso el mono espacial tiene que orinar.

Sólo observando detenidamente nuestro origen y estudiando a continuación los aspectos biológicos de la manera en que actualmente nos comportamos como especie, podremos realmente llegar a una comprensión equilibrada y objetiva de nuestra extraordinaria existencia.

Si aceptamos la historia de nuestra evolución tal como ha sido aquí esbozada, un hecho se destaca con toda claridad; a saber: que, en el fondo, llegamos a ser primates rapaces. Esto hace que seamos únicos entre todos los simios existentes, pero las importantes conversiones de esta clase tampoco son desconocidas en otros grupos. El gigantesco panda, por ejemplo, es una clara muestra de proceso a la inversa. Así como nosotros somos vegetarianos convertidos en carnívoros, el panda es un carnívoro que se volvió vegetariano, y, como nosotros, es en muchos aspectos una criatura extraordinaria y única. La cuestión es que un cambio importante de esta clase produce un animal con doble personalidad. Una vez en el umbral, se lanza a su nuevo papel con energía evolutiva, hasta el punto de que conserva mucho de sus antiguos rasgos. Ha pasado poco tiempo para que pueda desprenderse de sus viejas características mientras asume apresuradamente las nuevas. Cuando los antiguos peces empezaron la conquista de la tierra seca, sus nuevas cualidades terrestres se desarrollaron a gran velocidad, pero siguieron arrastrando sus viejas cualidades acuáticas. Se requieren millones de años para confeccionar un modelo animal drásticamente nuevo, y las primeras formas son, en general, mezclas muy extrañas. El mono desnudo es el resultado de una de estas mezclas. Todo su cuerpo, su sistema de vida, fueron aparejados para su existencia en el bosque, y después, de pronto (de pronto, en términos de evolución), se vio lanzado a un mundo donde sólo podía sobrevivir si empezaba a vivir como un lobo inteligente y armado. Ahora debemos examinar con atención la manera en que esto afectó, no sólo a su cuerpo, sino, en especial, a su comportamiento, y en qué forma experimentamos la influencia de esta herencia en los días actuales.

Una de las maneras de hacerlo es comparar la estructura y el modo de vida de un primate comedor de frutos «puro», con un carnívoro «puro». Una vez tengamos una idea clara de las diferencias esenciales relativas a sus dos métodos opuestos de alimentación, podremos volver a considerar la situación del mono desnudo y ver de qué modo se ha logrado la mezcla.

Las estrellas más brillantes de la galaxia carnívora son, por una parte, los perros salvajes y los lobos, y, por otra, los grandes gatos, tales como leones, tigres y leopardos. Todos ellos están perfectamente equipados con órganos sensoriales delicadamente perfeccionados. Su sentido del oído es muy agudo, y sus orejas pueden moverse en varias direcciones para captar los más débiles ruidos o susurros. Sus ojos, aunque pobres para los colores y para los detalles estáticos, son increíblemente sensibles a los menores movimientos. Su sentido del olfato es tan bueno que nos cuesta comprenderlo. Deben de percibir, virtualmente, un paisaje de olores. No sólo son capaces de detectar con infalible precisión un olor individual, sino que pueden también captar los componentes olorosos separados de un olor complejo. Ciertos experimentos realizados con perros, en el año 1953, revelaron que su sentido del olfato oscilaba entre un millón y mil millones de veces más fino que el nuestro. Estos asombrosos y espectaculares resultados fueron después puestos en duda, sin que otras pruebas posteriores lograsen confirmarlos; pero incluso los más prudentes cálculos atribuyen al perro un sentido del olfato un centenar de veces más agudo que el del hombre.

Además de este equipo sensorial de primera clase, los perros salvajes y los grandes gatos poseen una maravillosa constitución atlética. Los gatos se han especializado como rápidos saltadores, y los perros, como corredores de fondo sumamente resistentes. Para la caza, disponen de poderosas mandíbulas, de afilados y fieros dientes, y, en el caso de los grandes gatos, de patas delanteras terriblemente musculosas y armadas de enormes uñas afiladas como puñales.

Para estos animales, el acto de matar se ha convertido en una finalidad, en un acto de consumación. Cierto que raras veces matan inútilmente, pero si estos carnívoros se encuentran cautivos y se les da carne muerta para comer, su instinto cazador no queda satisfecho. Cada vez que un perro doméstico es sacado de paseo por su amo, o se le arroja un palo para que lo coja, su necesidad fundamental de cazar se ve más cumplida que si le damos cualquier cantidad de alimento en conserva. Incluso el gato doméstico más bien cebado va en busca de la presa nocturna y de la oportunidad de saltar sobre un pájaro desprevenido.

Su sistema digestivo está organizado de manera que pueda soportar períodos relativamente largos de ayuno, seguidos de copiosos ágapes. (Por ejemplo, un lobo puede ingerir un quinto de su peso total en una sola comida: lo mismo que si usted o yo nos comiésemos un bistec de 15 ó 20 kilos en una comida.) Su alimentación posee gran valor nutritivo, y los desperdicios son escasos. Sin embargo, sus excrementos son sucios y malolientes, y la defecación sigue normas especiales de comportamiento. En algunos casos, las heces son enterradas, y cubierto cuidadosamente el lugar. En otros, el acto de defecar se realiza siempre a considerable distancia del sitio de residencia del animal. Cuando los pequeños cachorros ensucian la guarida, la madre se come las heces, y de esta manera mantiene limpio su hogar.

El almacenamiento de comida es práctica corriente. Los perros y ciertas clases de gatos entierran los cadáveres de sus presas o parte de ellos; el leopardo lo guarda a veces en lo alto de un árbol. Los períodos de intensa actividad atlética, durante las fases de caza y de muerte, alternan con otros períodos de gran pereza y de descanso. Durante los encuentros sociales, las terribles armas, vitales para la caza, constituyen una posible amenaza contra la vida y la integridad corporal por pequeños conflictos y rivalidades. Si dos lobos o dos leones se acometen, ambos están tan poderosamente armados que la lucha puede fácilmente conducir, en pocos segundos, a la mutilación o a la muerte. Esto podría poner en grave peligro la supervivencia de la especie, y por esto, durante el largo curso de la evolución que dio estos animales sus mortíferas armas, les fueron necesariamente impuestas grandes inhibiciones en el empleo de estas armas contra otros miembros de su propia especie. Estas inhibiciones tienen, al parecer, una específica base genética: no tienen que aprenderse. La evolución ha creado especiales actitudes sumisas que automáticamente apaciguan al animal dominante y le hacen renunciar a su ataque. La posesión de estas señales es parte vital del sistema de vida de los carnívoros «puros».

El método cinegético real varía de una especie a otra. Para el leopardo, consiste en la espera o acecho en solitario, y en un salto en el último momento. Para el guepardo, es un prolongado rastreo, seguido de una carrera desaforada. Para el león, constituye, a menudo, una acción de grupo, en la cual la presa, aterrorizada por un león, es conducida al lugar donde otros se encuentran ocultos. Para una manada de lobos, puede consistir en una maniobra envolvente y en la muerte de la presa por todo el grupo. Para una manada de perros cazadores africanos, es, prácticamente, una persecución implacable, donde los perros se suceden uno a otro en el ataque, hasta que la presa fugitiva se debilita por la pérdida de sangre.

Recientes estudios efectuados en Africa han demostrado que la hiena manchada es también cazadora en manada, y no, como se había creído siempre, una animal que se alimenta, sobre todo, de carroña. Este error se debió a que las hienas se reúnen en manada por la noche, mientras que sus pequeños banquetes de carroña habían sido siempre observados durante el día. Cuando cae la noche, la hiena se convierte en un asesino implacable, tan eficaz como lo es el perro cazador durante el día. Llegan a reunirse hasta treinta animales para cazar juntos. Alcanzan fácilmente a las cebras o a los antílopes, a quienes persiguen y que no se atreven a correr a la velocidad que emplean durante el día. Las hienas empiezan por morder las patas a las presas que se ponen a su alcance, hasta que una de ellas queda lo bastante herida para rezagarse de una manada en fuga. Entonces, todas las hienas se le echan encima y muerden sus partes blandas, hasta que el animal cae y es rematado. Las hienas tienen su residencia en cubiles comunes. El grupo o «clan» que mora en esta residencia base puede componerse de diez a cien miembros. Las hembras no suelen alejarse de la zona que rodea su base; en cambio, los machos son más movedizos y, a veces, extienden sus correrías a otras zonas. Son frecuentes las luchas entre clanes si sus miembros son sorprendidos fuera de su territorio, pero hay pocas reyertas entre miembros de un mismo clan.

Sabemos que el reparto de comida se practica en muchas especies. Naturalmente, cuando la caza se da bien, hay comida suficiente para todo el grupo de cazadores y no se producen pendencias, pero, en ciertos casos, llevan mucho más lejos el reparto. Por ejemplo, sabemos que los perros cazadores africanos regurgitan alimentos para darlos a sus compañeros al fin de la cacería. Algunos han llevado esta costumbre a un extremo que hizo decir de ellos que tienen «un estómago común».

Los carnívoros que tienen hijos pequeños se toman mucho trabajo para suministrar alimentos a sus retoños. Las leonas salen de caza y transportan comida hasta su cubil, o bien se tragan grandes pedazos de carne y los regurgitan para sus cachorros. Se ha dicho que, en ocasiones, los leones machos ayudan en esta tarea, pero no parece ser una práctica corriente. Por el contrario, se sabe de lobos machos que han viajado veinticinco kilómetros en busca de comida para su hembra y sus hijos. A veces, traen grandes huesos carnosos para que sus pequeños puedan roerlos; otras, se tragan grandes pedazos de carne que, después, regurgitan en la entrada del cubil.

Estos son, pues, algunos de los rasgos principales de los carnívoros especialistas, en lo que atañe a su vida de cazadores. ¿Qué relación guardan con los de los típicos monos y cuadrumanos comedores de frutos?

El equipo sensorial de los primates superiores está mucho más dominado por el sentido de la vista que por el del olfato. En el mundo arbóreo, el hecho de ver bien es mucho más importante que el de oler bien, y la nariz se ha hundido considerablemente, para dar a los ojos un mejor campo visual. Cuando se trata de buscar comida, los colores de los frutos constituyen indicios importantes, y por esto los primates, a diferencia de los carnívoros, han desarrollado una buena visión de los colores. Sus ojos son también mejores para captar detalles estáticos. Su comida es estática, y la percepción de pequeños movimientos es para ellos menos vital que reconocer sutiles diferencias de forma y de composición. El oído es importante, pero menos que para los que cazan rastreando, sus orejas son más pequeñas y carecen de la movilidad de las de los carnívoros. El sentido del gusto es más refinado. Su dieta es más variada y más sabrosa: tienen mucho que paladear. Muestran particularmente gran afición a las cosas dulces.

La constitución física del primate es buena para trepar y encaramarse, pero no para correr velozmente por el suelo, ni para realizar hazañas que requieran mucha resistencia. Tienen el cuerpo ágil del acróbata, más que la constitución robusta del vigoroso atleta. Sus manos son buenas para asir, pero no para desgarrar o golpear. Sus mandíbulas y dientes son relativamente fuertes, pero no tienen comparación con los macizos y trituradores aparatos de los carnívoros. La muerte ocasional de una presa pequeña e insignificante no requiere esfuerzos desmesurados. En realidad, la caza no es parte fundamental del sistema de vida del primate.

Los monos dedican una gran parte del día a la alimentación. En vez de grandes festines seguidos de largos ayunos, los simios mastican poco y a menudo: es la suya una vida de continuos piscolabis. Desde luego, tienen sus períodos de descanso, principalmente al mediodía y durante la noche; pero no por esto deja de ser chocante el contraste. La comida se halla siempre presente, esperando que la cojan y la coman. Lo único que tienen que hacer los animales es trasladarse de un comedero a otro, cuando cambian sus gustos o cuando los frutos se acaban o maduran según la estación. No hay almacenamiento de comestibles, salvo el que momentáneamente realizan ciertos monos en las infladas bolsas de sus mejillas.

Sus excrementos son menos malolientes que los de los comedores de carne, y no existe ninguna costumbre especial para librarse de ellos; los dejan caer sencillamente desde lo alto de los árboles, y de esta forma van a parar lejos de los animales. Como el grupo se halla en continuo movimiento, hay poco peligro de que determinada zona se convierta en un lugar demasiado sucio o apestoso. Incluso los grandes monos que duermen en nidos especiales se construyen cada noche una nueva cama en su nuevo alojamiento; por consiguiente, no tienen que preocuparse mucho del aspecto sanitario de su dormitorio. (Sin embargo, es curioso observar que, en el 99 por ciento de nidos abandonados de gorila en una región de Africa, había excrementos dentro de ellos, y que en el 73 por ciento de los casos los animales habían dormido sobre ellos. Esto puede constituir un riesgo de enfermedad al aumentar las probabilidades de infección, y constituye una notable ilustración en la básica indiferencia fecal de los primates.)

Debido a la abundancia de comida y a su naturaleza estática, el grupo de primates no tiene ninguna necesidad de escindirse para salir en su busca. Pueden trasladarse, huir, descansar y dormir juntos en apretada comunidad, con cada uno de sus miembros observando los movimientos y acciones de los demás. Cada individuo del grupo debe tener, en un momento dado, perfecta idea de lo que está haciendo cada uno de los otros. Es un procedimiento muy típico de los no carnívoros. Incluso en las especies de primates que se separan de vez en cuando, nunca se encuentra una unidad compuesta solamente de un individuo. Un mono solitario es una criatura vulnerable. Carece de las poderosas armas naturales del carnívoro, y si se encuentra solo es fácil presa de los cazadores al acecho.

El espíritu de colaboración característico de los cazadores en manada, como los lobos, brilla por su ausencia en el mundo de los primates. En éste, la competencia y el dominio están a la orden del día. Desde luego, la emulación en la jerarquía social se halla presente en ambos grupos, pero en el caso de los monos no está atemperada por la acción cooperativa. Tampoco son necesarias maniobras complicadas y coordinadas: los episodios de acción alimenticia no tienen necesidad de trabarse de manera compleja. El primate vive mucho mejor, minuto a minuto, con sólo llevarse la comida de la mano a la boca.

Como la despensa del primate está en todas partes a su alcance, éste no tiene necesidad de recorrer grandes distancias. Grupos de gorilas salvajes, que son actualmente los primates más voluminosos, han sido cuidadosamente observados, así como seguidos en sus movimientos; por esto sabemos que recorren por término medio quinientos o seiscientos metros al día. A cambio, los carnívoros recorren frecuentemente muchos kilómetros en una sola excursión cinegética. Se sabe que, en algunos casos, han recorrido más de ochenta kilómetros para una cacería y han tardado varios días en regresar a su residencia base. Este acto de volver a una residencia base fija es típico de los carnívoros; en cambio, es muchísimo menos frecuente entre los monos y cuadrumanos. Cierto que un grupo de primates puede vivir en una zona definida con relativa claridad; pero lo más probable es que por la noche se echen a dormir en el sitio en que terminen sus correrías del día. Llegará a conocer la región general en que vive, porque se pasa el día correteando de un lado a otro por ella, pero se desenvolverá en toda la zona de manera completamente casual. También las relaciones entre un grupo y el vecino serán menos defensivas y menos agresivas que en el caso de los carnívoros. Un territorio es, por definición, una zona defendida; por consiguiente, los primates no son, típicamente, animales territoriales.

Un pequeño detalle, que estimamos importante destacar aquí, es que los carnívoros tienen pulgas, coas que no puede decirse de los primates. Los micos y los monos están plagados de piojos y de otros parásitos externos, pero, contrariamente a lo que suele pensarse, las pulgas no habitan en ellos, y esto por una buena razón. Para comprenderla, debemos considerar el ciclo vital de la pulga. Este insecto pone sus huevos no en el cuerpo de su anfitrión, sino entre la suciedad del sitio en que éste duerme. Los huevos tardan tres días en dar pequeñas y reptantes larvas. Estas larvas no se alimentan de sangre, sino de los desperdicios acumulados en la suciedad del cubil o de la yacija. A las dos semanas, tejen el capullo y se transforman en crisálidas. Permanecen en este estado letárgico durante otras dos semanas, aproximadamente, y después adquieren su forma adulta, dispuestas a instalarse en el cuerpo de un adecuado anfitrión. Por esto, durante el primer mes de su vida la pulga se encuentra apartada de la especie que la alimenta. Es, pues, fácil comprender por qué los mamíferos nómadas, como el mono, no son molestados por las pulgas. Incluso si algunas pulgas despistadas logran instalarse y aparearse en el cuerpo de uno de aquéllos, sus huevos quedarán atrás al trasladarse el grupo de primates, y cuando la crisálida salga del capullo no encontrará a su anfitrión «en casa» para continuar sus relaciones. Las pulgas son solamente parásitos de los animales que tienen un hogar fijo, como es el caso de los típicos carnívoros. Dentro de poco veremos la significación de este detalle.

Al comparar los diferentes sistemas de vida de los carnívoros y los primates, me he referido, naturalmente, a los típicos cazadores en campo abierto, por una parte, y a los típicos comedores de frutos y moradores de los bosques, por otra. En ambos bandos existen pequeñas excepciones a la norma general, pero conviene ahora que observemos la única excepción importante: el mono desnudo. ¿Hasta qué punto fue capaz de modificarse a sí mismo, de conjurar su herencia frugívora con su reciente condición carnívora? ¿Y en qué clase de animal se convirtió por esta causa?

Para empezar, poseía el equipo sensorial menos adecuado para la vida a ras de tierra. Su olfato era demasiado débil, y su oído no lo bastante agudo. Su constitución física, era irremediablemente inadecuada para las arduas pruebas de resistencia y para la veloz carrera. En cuanto a su personalidad, tendía más a la competitividad que a la colaboración, y era indudablemente inepto para el planeamiento y concentración. En cambio, tenía, por fortuna, un excelente cerebro, mejor, en términos de inteligencia general, que el de sus rivales carnívoros. Si conseguía mantener su cuerpo en posición vertical, modificar sus manos en un sentido y sus pies en otro, seguir mejorando su cerebro y emplearlo lo mejor posible, podía tener una probabilidad de éxito.

Esto es fácil de decir, pero en realidad necesitó muchísimo tiempo y tuvo toda clase de repercusiones en otros aspectos de su vida cotidiana, como veremos en ulteriores capítulos. Lo que de momento nos interesa es la forma en que esto se produjo y la manera en que afectó a su comportamiento de caza y de alimentación.

Como la batalla tenía que ganarse más con inteligencia que con bravura, la evolución tenía que dar un paso decisivo para aumentar en gran manera el poder del cerebro. Y ocurrió algo bastante raro: el mono cazador se convirtió en un mono infantil. Este truco de la evolución no es único: ha ocurrido en muchos y diferentes casos. Dicho en términos vulgares, es un proceso (llamado neotenia) por el cual ciertos rasgos juveniles o infantiles se conservan y prolongan en la vida adulta. (Ejemplo famoso de ello es el ajolote, especie de salamandra que puede permanecer toda la vida en estado de renacuajo y que es capaz de procrear en esta condición.)

Para comprender mejor la manera en que este proceso de neotenia ayuda al cerebro del primate a crecer y a desarrollarse, observaremos el feto de un mono típico. Antes del nacimiento, el cerebro del feto de mono aumenta rápidamente en complejidad y tamaño. Cuando nace el animal, su cerebro ha alcanzado ya el 70 por ciento de su tamaño adulto y definitivo. El restante 30 por ciento de crecimiento es alcanzado rápidamente durante los seis primeros meses de vida. Incluso el cerebro del joven chimpancé alcanza su pleno crecimiento a los doce meses del nacimiento. En cambio, en nuestra especie, el cerebro tiene, al nacer, sólo el 23 por ciento de su tamaño adulto y definitivo. El crecimiento rápido prosigue durante los seis primeros años, y no se alcanza el pleno desarrollo hasta los veintitrés, aproximadamente.

Así, pues, en nuestro caso, el crecimiento del cerebro prosigue durante los diez años
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