Felipe Martínez Rizo. Universidad Autónoma de Aguascalientes. Depto de Educación, Av. Universidad 940. Aguascalientes. 20010 México. 2002 Correo electrónico Introducción




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Las disputas entre paradigmas

en la investigación educativa
por Felipe MARTÍNEZ RIZO

Universidad Autónoma de Aguascalientes, México
(Felipe Martínez Rizo. Universidad Autónoma de Aguascalientes. Depto. de Educación, Av.

Universidad 940. Aguascalientes. 20010 México. 2002 Correo electrónico fmrizo@prodigy.net.mx)

Introducción
La existencia de acercamientos diferentes a la investigación social y educativa, en particular los frecuentemente designados con las etiquetas simplificadoras de cuantitativos y cualitativos, tiene una larga historia. Tashakkori y Teddlie hablan de los debates ocurridos durante las tres últimas décadas en relación con la superioridad de uno u otro de lo que ellos llaman «los dos modelos o paradigmas mayores de las ciencias sociales... conocidos alternativamente como el enfoque positivista/empirista o la orientación constructivista/fenomenológica» (1998, 3). Luego, citando a Hammersley (1992), señalan que se trata de polémicas antiguas, con expresiones desde el siglo XIX, y que se manifestaron en el ámbito de la sociología en los años 20 y 30 del siglo XX (Tashakkori y Teddlie, 1998, 6). En otros lugares (Martínez Rizo 1990 y 1997, 247-285) se ha mostrado que la polémica es más antigua todavía, y que sus raíces llegan hasta el siglo XVII. Conde (1999, 53-54) la hace llegar hasta Platón y Aristóteles.
En algunos momentos la relación entre ambos enfoques ha sido más positiva y en otros más conflictiva. En el ámbito de la investigación educativa los años 80 fueron una época de confrontación, en la que se llegó a posturas extremas que se descalificaban mutuamente. Las polémicas de los 80 fueron tan agudas que llegaron a conocerse con la expresión de «guerras entre paradigmas» (paradigm wars), como recoge un texto presentado por N. L Gage en un congreso de la AERA en 1989. En ese texto Gage identifica tres fuentes de crítica a la investigación educativa convencional: primero, la crítica que él llama antinaturalista, que contrapone las ciencias del hombre a las de la naturaleza y cuestiona la idea de que existe un método común a todas las disciplinas que pretendan tener un carácter científico, como hacían el positivismo decimonónico y el neopositivismo de principios del siglo XX; en segundo lugar la crítica interpretativista que, emparentado como la anterior con las posturas hermenéuticas y fenomenológicas, destaca la idea de que todo conocimiento es subjetivo, ya que implica cierta interpretación por parte del sujeto; por último, los señalamientos de la teoría crítica que, también en contraposición a una postura positivista tradicional, que destacaba la presunta neutralidad valoral de la ciencia subrayan, por el contrario, la idea de que no existe conocimiento alguno valoralmente neutro, sino que la influencia de la posición valoral del investigador influye necesariamente en los resultados de su trabajo. (Gage, 1989).
Obsérvese que, en la terminología de Gage, el término naturalista (al que se opone antinaturalista) se entiende en la forma positivista tradicional, en el sentido de que el método de las ciencias del hombre debe ser el mismo que el de las ciencias de la naturaleza; adviértase que uno de los términos que se han utilizado recientemente para expresar la idea opuesta, la de que el método de las ciencias del hombre es diferente al de las ciencias naturales, es precisamente la palabra naturalista, como se hace en la expresión naturalistic inquiry, por parte de Lincoln y Guba. (1985).
Las tres críticas que retoma Gage remiten a una misma corriente filosófica, que se supone sintetiza los rasgos defectuosos de una ciencia a la que los puntos de vista alternativos coinciden en oponerse: el positivismo. Ahora bien: la corriente a la que corresponde estrictamente tal etiqueta (positivismo) es la que proviene de Comte, y que combina elementos epistemológicos, derivados de los empiristas ingleses (Bacon, Locke, Hume), con elementos de filosofía social. Entre los últimos destacan una ingenua fe en el progreso de la humanidad y la atribución de un papel de especial importancia en tal avance a la ciencia, como elemento liberador respecto al pensamiento religioso y metafísico, cuyas tinieblas debería iluminar el nuevo conocimiento; este último, a su vez, se asociaba con los avances de la física después de Newton, de manera más incipiente con los de la química después de Lavoisier, y finalmente con los que en ese momento se desarrollaban en las ciencias de la vida, con Darwin, Pasteur y Claude Bernard.
Enriquecida con aportaciones como las de Wittgenstein y Russell, la influencia comtiana fue mayor de lo que permitía esperar la escasa atención que se le prestó en su época con el neopositivismo del Círculo de Viena, que dominó el panorama epistemológico hasta mediados de la década de 1930, cuando los trabajos de Popper, y los menos conocidos de Bachelard, comenzaron a cuestionarla.
Tras la segunda Guerra el neopositivismo de Carnap, Nagel y Hempel cedió terreno ante las críticas de Popper y otros, como Hanson, Polanyi, Koyré, Kuhn, Lakatos, Sneed, Stegmüller, Mulines y Rescher, que desarrollaron la epistemología contemporánea a partir del neopositivismo (lo que permite hablar de la posición heredada), pero cuestionando uno tras otro sus puntos centrales. Paradójicamente, unas posturas críticas, al analizar los supuestos filosóficos de las ciencias del hombre, siguen refiriéndose a las posturas postpositivistas como si nada hubiera cambiado, ya no entre ellas y el neopositivismo de 1920 y 1930, sino ni siquiera desde el positivismo del siglo XIX. Llama la atención también que los críticos no parezcan manejar autores básicos de las tradiciones a que se refieren, como Gadamer, que manifiestan posturas matizadas en sus críticas al positivismo. (Cfr. Bouveresse, 1980 y Martínez Rizo, 1997, 77-105).
En las páginas siguientes se trata de ordenar esta discusión. Para comenzar se presentan otras sistematizaciones, en las que aparece la confusión que identifica al postpositivismo de la segunda mitad del siglo XX con el neopositivismo de la primera mitad del mismo y con el positivismo del XIX. Luego se presentan las reflexiones propias al respecto.
(Se ha omitido la sistematización de otros autores como Lincoln y Guba pues no se cuenta con ellos en la edición que he recibido)
2. Otra propuesta de sistematización.
2.1. Aspectos ontológicos.
En los dos cuadros se mezclan aspectos propiamente ontológicos con otros epistemológicos, que se refieren no a cómo es la realidad, sino a la medida en que es cognoscible. Ambos aspectos están relacionados, pero conviene distinguirlos. Dando por supuesto que en la actualidad no tienen ya vigencia posturas radicalmente idealistas que llegan al solipsismo, los aspectos estrictamente ontológicos de la disputa metodológica de las ciencias sociales son los que hace la crítica que Gage llama antinaturalista. Las diferencias ontológicas se dan entre quienes plantean una diferencia esencial entre los objetos de estudio de las ciencias naturales y los de las ciencias del hombre, por una parte, y por la otra quienes consideran que tales diferencias son sólo de grado. La pregunta fundamental es, pues, si la diferencia entre unos objetos de estudio y otros es radical o de grado. Relacionada con esta pregunta está la que se refiere a la naturaleza del sujeto cognoscente y la que tiene que ver con la relación entre sujeto y objeto.
a) El objeto del conocimiento: concepciones sobre la naturaleza de la realidad.
Los planteamientos simplistas contraponen los objetos de estudio de las ciencias de la naturaleza y las del hombre en la forma de dicotomías que enfrentan objetos de dimensiones reducidas o amplias; simples o complejos; estáticos o dinámicos; repetibles o irrepetibles; con causalidad simple o compleja.
En realidad los objetos de estudio de ambos tipos de disciplina, concebidos integralmente (o sea la naturaleza o la sociedad en cuanto tales) son enormes, incalculablemente complejos, y dinámicos; en sentido estricto cualquier fenómeno es irrepetible en su singularidad, y las relaciones causases son siempre complejas: no lineales, múltiples e interactivas. Es justo ese carácter inagotable de la realidad lo que hace indispensable reducir las pretensiones de conocerla a parcelas recortadas con mayor o menor cuidado en la inmensidad del todo. Los objetos particulares de conocimiento podrán ser más o menos amplios o dinámicos, con relaciones causases más o menos complejas. Pero ello no depende de la realidad sino de nuestra forma de conocerla, o sea que el asunto pertenece al campo epistemológico, y no al ontológico.
En otro aspecto sí parece haber diferencias que pueden llegar al plano ontológico entre el objeto de estudio de las ciencias del hombre y el de las de la naturaleza: el hombre es un ser peculiar, dotado de una dimensión interior que no parecen tener, en un grado comparable, otros seres del mundo natural; al estudiar este último, en todo caso, no tomamos en cuenta esa posible interioridad, esa conciencia que hace que sólo en las ciencias del hombre se consideren las opiniones, creencias o intenciones de los objetos de estudio que son, a la vez, sujetos. Se subraya que admitir una diferencia entre ciencias del hombre y la naturaleza por la dimensión de interioridad no implica necesariamente sostener una postura estrictamente dualista en cuanto al tema mente/cuerpo. Es posible tener una postura reduccionista en última instancia y aceptar las diferencias en forma provisional, con las ¡aplicaciones metodológicas respectivas.
En cuanto a causalidad esa diferencia lleva a otra: en ciencias de la naturaleza sólo se consideran relaciones causases de tipo material o físico. En las ciencias del hombre y la sociedad tiene lugar, además, otro tipo de causalidad: la que se puede denominar intencional o bien, en la terminología de Aristóteles, final, porque consiste en la persecución de fines.
Otra faceta de las concepciones sobre la realidad natural y social tiene que ver con la repetibilidad de los fenómenos. Las ciencias de la naturaleza suelen concebirse como disciplinas que buscan leyes, en el sentido de repeticiones regulares de ciertos procesos; por ello estas disciplinas se consideran nomotéticas. Por lo que toca a las ciencias del hombre no es raro que se sostenga la opinión de que en ellas no hay fenómeno que se repita dos veces de manera idéntica, sino que cada caso sería único; el carácter histórico de los fenómenos humanos y sociales daría a las ciencias que los estudian el carácter de ideográficas. Si se analiza más detalladamente la cuestión podrá apreciarse que, como apunta la teoría del caos, estrictamente hablando todos los fenómenos son únicos e irrepetibles; el aparente carácter cíclico o repetitivo de algunos es el resultado de ciertas formas de recortar el campo de estudio y de mediciones imperfectas; por otra parte, puede apreciarse también que, recortando de cierta manera la realidad humana y social, y con determinado grado de aproximación, es perfectamente factible detectar regularidades. El estudio de la historia, de hecho, se justifica con frecuencia por el deseo de evitar que se repita.
b) El sujeto cognoscente y su naturaleza.
La manera de concebir al sujeto cognoscente es la base de las posturas epistemológicas, pero en sí misma pertenece todavía a lo ontológico, por lo que preferimos ubicarla en este apartado.
Siguiendo al empirismo inglés, el positivismo concebía al sujeto cognoscente como ente meramente receptivo, pasivo. La mente era vista como tabula rasa en que la realidad, por los sentidos, imprimía caracteres que reproducían fielmente sus propios rasgos. La postura opuesta, que en su versión extrema nadie sostiene, es la variante solipsista del idealismo) que, al sostener que nada existe en realidad fuera del sujeto, confiere a este la capacidad absoluta de creación, reduciendo toda realidad a la que es conocida, o sea construida, en el sentido más radical del término, por el propio sujeto.
Desde fines del XVIII, con Kant, se propone una postura intermedia que la ciencia moderna elabora ampliamente: la de una realidad externa que está allí, pero que nunca podremos conocer tal como es en sí misma, ya que el aparato cognoscente del sujeto esta constituido por una estructura, unas categorías que se incorporan inevitablemente a las sensaciones por las que los sentidos lo ponen en contacto con el mundo exterior.
c) La relación sujeto-objeto.
Integrando los puntos anteriores tenemos el de la relación entre sujeto cognoscente y objeto del conocimiento. Aquí la dicotomía estereotipado opone una versión simple del positivismo -que se extiende al postpositivismo, según la cual el objeto sería sencillamente distinto del objeto- a otra postura, simplificada también, que considera que lo anterior es válido en las ciencias de la naturaleza, pero no en las del hombre. En estas últimas sujeto y objeto coincidirían.
La dicotomía, por lo menos en su forma simplificada, no se sostiene: el hombre es también parte de la naturaleza, y al estudiarla se estudia a sí mismo. En ciencias sociales, los hombres-sujeto que estudian un fenómeno no son necesariamente los mismos que los estudiados y, desde esa perspectiva, los segundos son objetos de estudio diferentes de los primeros. La coincidencia sujeto-objeto en ciencias del hombre, según los partidarios de los enfoques opuestos al positivismo, implicaría que en ellas la acción misma de investigar algo modificaría al objeto de estudio, con lo que la objetividad se volvería imposible. La crítica que aquí se hace a esa postura no pretende sostener que es posible la objetividad perfecta en las ciencias del hombre por no darse la coincidencia sujeto-objeto en la persona individual de un investigador; lo que se afirma es que tampoco en las ciencias de la naturaleza es posible tal objetividad. Desde Heisenberg y su principio de indeterminación se reconoce que los esfuerzos por identificar la masa y la posición de una partícula la afectan al grado de que no es posible conocer con precisión ambas cosas a la vez. La oposición ciencias de la naturaleza vs. del hombre es, una vez más, de grado y no esencial.
2.2. Aspectos epistemológicos.
A partir de lo anterior, pero distinguiendo lo ontológico y lo epistemológico, procede preguntarse si el conocimiento que empleamos para estudiar objetos de las ciencias de la naturaleza, y el conocimiento aplicable a objetos de estudio de las ciencias del hombre son iguales o asimilables, o si acaso ambos tipos de conocimiento son de naturaleza diferente. Las concepciones ontológicas sobre el sujeto cognoscente se repiten en lo epistemológico: el conocimiento se concibe como sensación y combinación de sensaciones; como construcción independiente por parte del sujeto; o como construcción elaborada por el sujeto, pero no en forma desligada de la realidad externa, sino integrando las sensaciones que perciben los sentidos con ciertas estructuras internas. Este planteamiento general se precisa a continuación.
a) Las concepciones sobre la naturaleza del conocimiento.
Si se acepta el planteamiento ontológico de que los objetos de las ciencias de la naturaleza y los de las sociales y humanas (dependiendo del recorte hecho) pueden ser más o menos amplios, complejos o dinámicos; con relaciones causases más o menos intricadas; repetibles o no; entonces resulta razonable la consecuencia epistemológica de que no tiene por qué haber diferencia fundamental entre el conocimiento que se utiliza en las ciencias de la naturaleza y el que se maneja en las del hombre.
Pero si se tiene en cuenta la diferencia que constituye la presencia o ausencia de interioridad, la opinión puede inclinarse en otra dirección, como pasó cuando el historicismo alemán introdujo la clásica distinción entre ciencias de la naturaleza vs. del espíritu (naturwissenschaften vs. geisteswlssenschaften). Los partidarios de esa postura proponen desde entonces que en las ciencias del hombre, y sólo en ellas, se necesitaría un tipo de conocimiento especial, interpretativo, ya que no basta observar la conducta externa, aparente, de las personas, sino que debe ingerirse el sentido que las acciones tienen para los sujetos, sus percepciones, creencias e intenciones. La necesidad del conocimiento interpretativo hace a esta corriente considerar que las ciencias del hombre serían básicamente diferentes a las de la naturaleza, de tipo hermenéutico, por la interpretación que quienes las cultivan deben hacer siempre, como los exégetas de la Biblia, o los filólogos y juristas, que deben desentrañar el sentido preciso de textos literarios y leyes.
La epistemología del positivismo decimonónico y el neopositivismo de 1920 (siguiendo a los empiristas ingleses del XVII y XVIII, y en reacción contra el antiempirismo medioeval, basado en cierta versión de Aristóteles) partía de la idea de que las percepciones sensoriales eran la única base sólida del conocimiento, que debía elaborarse a partir de ellas. Los historicistas alemanes del XIX aceptaron ese planteamiento para las ciencias de la naturaleza, pero le opusieron el conocimiento interpretativo, para las ciencias del hombre. Las epistemologías constructivistas de la segunda mitad del siglo XX, y con ellas, en este aspecto, las de los teóricos críticos y demás corrientes alternativas, frente a las convencionales en la investigación social, coinciden en la premisa de que en ciencias del hombre la interpretación es inevitable.
Tales críticas al positivismo y su epistemología empirista tienen un claro antecedente desde fines del siglo XVIII y principios del XIX, con la epistemología crítica o trascendental de Kant, para quien el hombre no puede conocer la realidad tal como es, dada la presencia de categorías innatas de las que no puede escapar, como las de espacio y tiempo, o la de causa. La realidad es una, pero nadie la puede conocer como es en sí; cada sujeto cognoscente tiene su propia interpretación de la realidad.
La postura kantiana, el realismo trascendental, se opone al realismo ingenuo desde hace dos siglos, en una dimensión epistemológica, obviamente referida a la ontológica, que no pocas veces las posturas modernas confunden. En el siglo XX las críticas al positivismo y al neopositivismo no esperaron a los antinaturalistas y los interpretativistas; desde los años 30 Popper comenzó la demolición de aquellas posturas, que para los 60 estaban siendo abandonadas en los medios filosóficos. Curiosamente no pocos investigadores sociales siguen considerándolas vivas medio siglo más tarde.
Los avances de las disciplinas cognitivas han hecho aportaciones importantes en este terreno, que muestran que todo conocimiento (y no sólo el de la interioridad humana) implica cierta interpretación, por lo que la diferencia epistemológica entre ciencias sociales y naturales no es radical, sino de grado. Lo anterior puede precisarse considerando los niveles de conocimiento, que se encuentran en toda ciencia:
o Conocimientos descriptivos estáticos, que parten de ciertas percepciones, pero implican el tránsito de ellas a las nociones abstractas que constituyen propiamente el conocimiento, en procesos de conceptualización, clasificación, comparación y medición, construyendo categorías, tipos, clases, tipologías y taxonomías.
o Conocimientos descriptivos dinámicos, que implican la identificación y construcción de regularidades, patrones y tendencias, haciendo predicciones y retrospecciones, también a partir de ciertos conjuntos de percepciones, organizados de alguna manera en el tiempo.
o Conocimientos explicativos, en cuanto a causalidad física que, más allá de la descripción, indagan el por qué de las cosas, buscando y construyendo esquemas causases simples y complejos, estos últimos con una noción de causalidad múltiple, interactiva y no lineal. En este nivel se ubica la clásica distinción entre correlación y causalidad y el cuidado por eliminar aparentes causas que no lo son en realidad, las llamadas causas espurias.
o Conocimiento explicativo en cuanto a causalidad intencional, que se refiere a fines, objetivos, propósitos o metas de los actores, e implica la identificación o atribución de intenciones.
En todos los niveles el conocimiento humano implica cierto componente perceptual y otro de carácter estructurante; en todos se encuentra una parte que no está en el objeto conocido (trátese de la naturaleza o de la sociedad) sino, de alguna manera, en el sujeto que conoce. Podemos hablar, pues, de la omnipresencia de la interpretación:
o De sensaciones y tendencias, en los conocimientos descriptivos estáticos y dinámicos: el hombre se manifiesta como «animal buscador de patrones» (pattern seeking animal), que trata de dar coherencia a la multiplicidad de estímulos que le llegan por los sentidos, ordenándolos, en un tipo de interpretación para el que parecemos genéticamente programados. Esa interpretación fundamental del mundo es, sin duda, necesaria para la supervivencia misma de cada individuo y de la especie como tal.
o De la causalidad física, en el caso del conocimiento explicativo, simple o complejo, en este ámbito: la noción de causa, como apuntara Kant, es una categoría básica o noción primera; de allí la dificultad de definirla, pero también su presencia inevitable. El hombre parece también programado genéticamente para inferir, con poco o mucho fundamento, las causas de lo que ocurre. También en este aspecto somos pattern seeking animals.
o De fines y propósitos, en el nivel explicativo de la causalidad intencional, propia de los seres con interioridad: también en este campo el hombre debe interpretar; y como en este caso lo que se interpretan son, a su vez, interpretaciones, podemos hablar de un terreno metainterpretativo, similar a los otros niveles de interpretación, pero peculiar, lo que seguramente influyó en la importancia que le han dado los críticos de las posturas convencionales en la investigación social y del hombre.
El aparato cognitivo del homo sapiens no se asemeja, pues, a una Kodak o una Polaroid, como planteaba un empirismo primitivo. Es algo mucho más complejo, que la biología moderna explica como el resultado de millones de años de evolución; así surgieron exquisitos mecanismos que pueden captar unos cuantos fotones o tenues vibraciones de la frecuencia apropiada; también se desarrollaron sistemas, mucho más complejos aún, de neuronas y estructuras cerebrales que pueden procesar las sensaciones para formar conceptos abstractos, detectar y construir patrones y relaciones causases, inferir o atribuir sentido. Esa compleja manera en que el hombre conoce es lo que tratan de entender los lingüistas desde Chomsky, los psicólogos desde Piaget, Luria o Vigotsky y, más recientemente, genetistas y especialistas en neurología y exóticas subdisciplinas, como muestra Steven Pinker.
b) La cognoscibilidad de la realidad.
Las posturas epistemológicas se manifiestan también en sus ideas sobre la cognoscibilidad de la realidad. Para las versiones más simples de positivismo y neopositivismo, el conocimiento de la realidad no es problemático: las sensaciones son fiables, y la solidez de los conocimientos más complejos puede asegurarse si se cuida que no se distorsionen las percepciones originales y que no se mezclen con ellas, al procesarlas, elementos no sustentados empíricamente. En términos más técnicos, «únicamente tienen sentido las proposiciones analíticas (que, siendo tautológicas, son independientes de la experiencia) y las proposiciones sintéticas a posterior¡» (Cfr. Ladriére, 1971). Una postura idealista absoluta, por su parte, implicaría que es imposible conocer la realidad externa en forma fidedigna. Entre ambos extremos hay una gama de posturas intermedias, que manifiestan más o menos confianza en cuanto a la posibilidad de que el hombre tenga un conocimiento fiable de la realidad del mundo externo, natural y social.
c) Causalidad, repetibilidad y posibilidad de hacer generalizaciones.
La posibilidad de conocer la realidad se precisa en relación con la de conocer en forma fidedigna las relaciones causases. Entre la convicción acrítica de que es posible hacerlo, y la escéptica que considera imposible deslindar causas y efectos en la complejidad del mundo, hay amplio espacio para posturas intermedias que, con las reservas generales, creen posible llegar a conocimientos razonablemente sólidos sobre causas y efectos, en el campo de la causalidad física o la intencional. Otro ángulo de la cuestión tiene que ver con la posibilidad de detectar regularidades en el flujo inmenso de los fenómenos naturales o sociales. Con base en el apartado ontológico respectivo, las posturas intermedias consideran que ciertos recortes de la realidad permiten identificar, en forma confiable, regularidades relativas, acotadas de cierta manera. La distinción historicista entre disciplinas nomotéticas vs. ideográficas debe relativizarse también.
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