Desde la cima del Jebel-ez-Zublch, una cordillera de ochen­ta kilómetros de largo, estrecha y alargada, se divisa todo el desierto de Arabia. En la lengua árabe




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BEN – HUR

(Adaptación para Niños)

LEWIS WALLACE

Digitalizado por

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PRIMERA PARTE

I
Desde la cima del Jebel-ez-Zublch, una cordillera de ochen­ta kilómetros de largo, estrecha y alargada, se divisa todo el desierto de Arabia. En la lengua árabe esta cordillera es cono­cida con el nombre de «Padre de muchos torrentes».

Estos torrentes, cortando la vía romana, van a parar al Jordán en las épocas lluviosas y por último al mar Muerto.

Por uno de estos torrentes, secos en esta época del año, avanza un viajero que se dirige a la alta meseta. Por su aspec­to podría tener unos cuarenta y cinco años de edad; barba entrecana cubría su pecho.

Su rostro moreno quedaba oculto bajo el gran turbante rojo, y sus ojos eran negrísimos. El viajero cabalgaba sobre un dro­medario blanco, sentado bajo una tienda minúscula.

El dromedario era magnífico, de andar majestuoso y pausado. El tamaño de sus pies, el grosor de su cuerpo, su cabeza ancha a la altura de los ojos y terminando en delgado hocico: todo hacía patente que su estirpe pura se remontaba a la época de Ciro.

Eran las primeras horas del día. La niebla matutina cubría ligeramente el sol. El viajero salió del cauce del torrente para comprobar mejor su situación.

El dromedario caminaba sumiso, con paso elegante. Los ani­males del desierto saltaban a los lados del torrente seco. La alondra, las golondrinas y otras aves levantaban el vuelo ines­peradamente por los alrededores.

Con menos frecuencia, la hiena salía disparada hacia lo lejos para poder contemplar con más tranquilidad al intruso que andaba por aquellos senderos casi deshabitados.

Horas y horas siguió el dromedario por el desierto, al mismo trote, y el viajero siguió sobre él, sin cambiar de postura, ni mirar a uno u otro lado. Estaba completamente ensimismado en sus pensamientos.

Podría pensarse que el viajero era un fugitivo, pero no era así, ya que jamás volvió la cabeza hacia atrás para ver si le perseguían. Las horas de la mañana pasaron lentamente y la niebla matutina se disipó.

No viajaba tampoco por placer, puesto que no le interesaba el paisaje que le rodeaba, y tampoco parecía oprimirle la sole­dad del desierto. Su marcha seguía sin interrupción.

Exactamente a las doce del mediodía el camello lanzó un gruñido, indicando con ello su cansancio. El viajero, pensativo como estaba, se sobresaltó. Miró a su alrededor para comprobar donde se hallaba, y pareciendo contento dijo para sí: «¡Al fin!», y después, cruzando las manos sobre el pecho, oró durante unos instantes.

Seguidamente, ordenó al dromedario que se inclinase para descender, orden que el animal se apresuró a obedecer, y el viajero, apoyando su pie en el cuello de su cabalgadura, bajó el pie a tierra.


II

El viajero era un hombre no muy alto, pero fuerte y robus­to. Aflojó el cordón de seda que sujetaba su turbante y echó los pliegues hacia atrás, dejando su cara al descubierto. Un rostro casi negro y muy enérgico.

Sus facciones delataban su origen: su nariz aguileña, su pelo lacio y de un brillo metálico, la frente echada hacia atrás; todo hacía pensar en uno de los faraones Ptolomeos y en el mismo Mizrain, padre de la raza egipcia. Sin duda alguna, el viajero era egipcio.

Llevaba una especie de camisa blanca de algodón, abierta por delante y bordada por el cuello y el pecho. Sus pies iban calzados por sandalias atadas al tobillo.

Lo que más llamaba la atención sobre él es que no llevaba arma alguna, a pesar de caminar solo por el desierto, donde unos malhechores e incluso animales fieros podrían atacarle.

Era como si algo superior le protegiese, o quizás era un hombre singularmente valiente.

Parecía un poco dolorido debido al largo viaje, por lo que, frotándose las manos, dio un pequeño paseo alrededor del dro­medario, que seguía tranquilo descansando y lanzando de vez en cuando gruñidos de satisfacción.

El hombre observaba el paisaje con interés, como si estu­viese esperando a alguien en aquel extraño lugar para una cita. Sus ojos buscaban incesantemente en el horizonte.

Entretanto, sacó una esponja empapada en agua y lavó los ojos a su montura. Luego le dio algo de comer.

Cuando terminó cogió unas estaquillas y se dispuso a mon­tar una tienda. Un momento se detuvo y, dirigiéndose al dro­medario, le dijo:

-¡Oh, tú, competidor de los vientos más rápidos! Estamos muy lejos de casa, pero Dios está con nosotros. ¡Tengamos paciencia! Estoy seguro de que vendrán.

Luego sacó de la montura una cesta que contenía todo lo necesario para celebrar una comida, y lo preparó todo en el interior de la tienda.

Puso unas botas de vino, unas lonjas de carnero curadas al humo, granadas sirias, queso blanco, dátiles de Shelebi y pan con levadura. Para terminar, colocó tres trozos de tejido de seda para que los comensales se cubrieran las rodillas mien­tras comían. Esto indicaba el número de huéspedes que iban a ser.

Cuando lo tuvo todo dispuesto miró de nuevo hacia el ho­rizonte, y distinguió con alegría un puntito negro, que a medida que fue aumentando de tamaño permitió distinguir a un hom­bre montado en su dromedario.

Cuando el recién llegado estuvo cerca saltó de su cabalga­dura, oró y se dirigió hacia los brazos del egipcio.

Se miraron durante unos instantes y después se abrazaron.

-¡Que la paz sea contigo, hermano! -dijo el recién llegado.

-Y tú, hermano de la buena fe, sé bienvenido igualmente. El otro era un hombre alto, de ojos hundidos y cara enjuta.

Tampoco llevaba armas, y todo su atuendo era blanco, excepto las babuchas. Sus ojos, llenos de lágrimas, miraron intensamen­te al egipcio y dijo:

-Sólo Dios es grande.

-¡Y benditos sean los que le sirven!

Miraron ambos hacia la lejanía y vieron que un tercer pun­tito negro aparecía en el horizonte.

Llegaba poco después el tercer viajero, que también salu­dó diciendo:

-¡La paz sea con vosotros!

Y abrazó a los presentes con alegría. Este hombre tendría unos cincuenta años y era de constitución débil. Llevaba un manto tirio y sus ascendientes provenían de la estirpe de Atenea.

El egipcio dijo al punto:

-Dios me ha conducido aquí el primero para poder ofreceros comida. Pasad a la tienda y reparemos las fuerzas necesa­rias para cumplir con nuestros deberes.

III

Era el año 747 de Roma. Los viajeros estaban hambrientos y comieron con apetito.

El egipcio inició la conversación al terminar con los man­jares:

-Amigos míos, quedan ante nosotros largos días de cama­radería, por lo que necesitamos conocernos el uno al otro. Nada es más dulce que oír el propio nombre en labios de un amigo en tierra extranjera. Por lo que, si os parece bien, el que llegó el último que hable el primero.

El griego, lleno de emoción, comenzó muy pausadamente:

-Hermanos, no sé qué deciros. Comenzaré diciendo que vengo de un país lejano donde se aman las Artes, las Letras, la Filosofía; un país que resplandecerá eternamente. Hablo de Grecia. De allí vengo, y mi padre es Cleanto, el ateniense.

«Yo estudié durante toda mi vida; ésta ha sido mi pasión. Sabed que dos de nuestros más grandes filósofos enseñan; uno, la mortalidad del alma, y el otro proclama la existencia de un solo Dios infinito. Yo me uní a su pensamiento, pero no me encontraba del todo satisfecho.

«Un día me encontré a un judío, que me habló de Dios, y yo me sentí poseído inmediatamente por ese Dios. El judío me aseguró que estaba muy pronto a venir.

Poco después, en sueños oí una voz que me decía: «Gas­par, ¡tu fe ha vencido! Con otros dos asistirás al nacimiento de Aquel que ha venido a libertar al mundo.» Al oír estas pala­bras me fui de mi tierra, embarqué hasta Antioquía y después compré un dromedario, que me ha traído hasta aquí.

Y ahora, hermanos, dejadme que oiga vuestra historia. Es­toy impaciente por saberla.

Los dos hombres escucharon con atención y lágrimas en los ojos, al ver el poder supremo del Dios que habían elegido para servirle.»

El egipcio hizo un gesto invitando al hindú a que hablara.

-Mi hermano ha hablado sabiamente. ¡Ojalá mis palabras sean tan dignas como las suyas! Podéis llamarme Melchor. Ven­go de un país muy lejano, os hablo en una de las lenguas más antiguas del mundo: el sánscrito. Los Vedas son los libros más antiguos del mundo y enseñan las verdades de la religión a los hombres. Antes que los griegos, los Vedas proclamaban la exis­tencia de un solo Dios y la inmortalidad del alma.

»Yo nací brahmán, pero, no estando contento con la reli­gión que mis antecesores me habían legado, busqué por todas partes la Verdad, y al fin uní en mi pensamiento las palabras Dios-Amor. Comprendí que sólo se podía encontrar a Dios a través del amor.

»Fui condenado por mis compañeros como hereje y tuve que huir a la isla de Ganga Lagor. Allí seguí buscando la Ver­dad, hasta que un día, tendido en la playa, oí una voz interior que me decía: «Melchor, hijo de la India. ¡Has triunfado! La Redención se acerca. Junto con otros dos asistirás al nacimien­to del que viene a redimir al mundo.»

«Y así, hermanos, viajando en mi dromedario, he llegado hasta aquí.«

IV

Por fin debía hablar el egipcio, y sus palabras sonaron tan majestuosas, que los otros dos no tuvieron más remedio que inclinarse involuntariamente.

-Hermanos, cada uno de nosotros habla en su lengua na­tiva y, en cambio, nos comprendemos mutuamente. En esto se ve ya un designio de este Dios que vamos a ver muy pronto, y que sólo recibe alabanzas en nuestros corazones.

«Con mi raza empezó la historia. Mis antepasados llegaron a Egipto antes del Diluvio. Luego, los hijos de Noé predicaron a los arios un solo Dios y un alma inmortal. La religión es el mutuo reconocimiento del hombre con su Creador. Esta fue la religión del padre Mizraim, la religión de la primera familia egipcia.

«Pero a través de los tiempos muchos pueblos han gustado de las tierras que rodean al gran padre Nilo, y durante épocas han sido sus dominadores: los etíopes, los asirios, los persas, los romanos. Tanta mezcla de religiones y costumbres corrom­pieron el antiguo espíritu egipcio y, así, el único Dios se divi­dió en ocho dioses diferentes.

«Yo nací en Alejandría, de familia de príncipes y sacerdotes. Á pesar de dedicar toda mi vida al estudio, que era mi pasión, no me hallaba satisfecho, y quería encontrar a Dios, al Amor, la Verdad. Tras larga e incesante búsqueda hallé al fin la luz. La prediqué a los hombres, pero se burlaron de mí, y tuve que ceder.

«Hui, tras largas meditaciones, y prediqué la buena nueva entre las gentes humildes de mi país. Al principio estaban entusiasmados por mis predicaciones y creían en un solo y único Dios, pero las mentes están envenenadas por antiguas supersticiones, y con el tiempo, las gentes volvían a sus vie­jos ritos.

«Marché desanimado al interior de África. Y un día, en mi soledad, bajó hasta mí una estrella de brillo deslumbrante y una vez me dijo: «¡Has vencido, Baltasar! ¡La Redención está pron­ta a llegar! Con otros dos te reunirás en el desierto y veréis la llegada de la luz del mundo. Cuando lleguéis a Jerusalén preguntad a las gentes: ¿Dónde está el que ha nacido Rey de los judíos? Porque hemos visto su estrella en Oriente y hemos venido a adorarle. Tened confianza en el Espíritu.»

-Y sin tomarme el menor descanso compré un dromedario y vine hasta aquí. ¡Dios está con nosotros!

Los otros dos asintieron con los ojos llenos de lágrimas. La noche había caído sobre el desierto. Salieron fuera de la tienda y montaron en sus cabalgaduras; y, en fila, se orienta­ron hacia el Oeste, cada uno sumido en sus pensamientos.

De pronto, una luz resplandeciente apareció ante ellos sobre una colina. Sus almas se estremecieron y gritaron llenos de gozo:

-¡La estrella! ¡Dios nos guía!


V

Estamos en la parte occidental de la muralla de Jerusalén, donde se abren las puertas del Portal de Belén. Nuestros tres viajeros llegaron ante esa puerta el año 747 de Roma.

Muchas gentes viven en las callejuelas de la ciudad. Mujeres hebreas gritan sus mercancías, miel y vino, mientras sus chi­quillos desnudos y morenos juegan en el suelo.

Romanos se cruzan y saludan, hablando de Roma, vestidos con brillantes armaduras. Griegos de hermoso aspecto, hebreos, nazarenos, gladiadores.

Jerusalén, cantada por los poetas, la Jerusalén de Salomón, estaba convertida en una burda imitación de Roma, centro de costumbres paganas.

Por el Portal de Belén entraban a la hora tercera del día un hombre, una mujer y un asno. La mujer llevaba un vestido de lana burda y cubría su rostro con un velo, que levantaba alguna vez para observar algo que le había llamado la atención.

Un hombre se cercó al grupo, preguntando:

-¿Eres José de Nazaret?

-Sí, lo soy. ¡Pero tú eres Samuel, el rabino!

-La paz sea contigo y con todos los tuyos. ¿Hacia dónde os dirigís?

-Vamos a Belén a empadronarnos, según ordena el César.

-¿Qué ocurre en Galilea?

-Yo sólo soy un carpintero, y no tengo tiempo para las luchas políticas.

-Pero tú eres judío, de la estirpe de David, y no creo que te guste pagar los impuestos. ¡El Dios de Israel vive aún! ¡Está pronta su venganza!

Y tras decir estas palabras el rabino se alejó. Poco después, ellos cruzan la ciudad y se encaminan hacia Belén. Ella no tiene más de quince años, y sus rasgos son los de una ado­lescente.

Para entretener el camino él le cuenta historias de David, que ella escucha sin interés, pues el relato es monótono, pro­pio de un hombre rústico y de pocos conocimientos.

Al acercarse a Belén se dieron cuenta de que, debido al em­padronamiento, gran cantidad de personas llegaban a la ciudad, y que difícilmente podría encontrarse un alojamiento.

VI

En las posadas orientales no puede decirse que exista un dueño, ni unos criados, ni siquiera habitaciones. Allí se reúnen las gentes que van de paso y no tienen parientes en cuya casa alojarse.

La posada de Belén estaba casi en el camino; a menudo servía también de mercado, pues en su interior había aposen­tos grandes donde en días de mucha afluencia de público, como hoy, los viajeros se acomodaban en el suelo, se llevaban su comida y no tenían que dar explicación a nadie.

El portero miraba con indiferencia como entraban y salían gentes de aquella posada. José, angustiado al ver que quizás no iban a tener sitio en el interior, preguntó al portero:

-La paz sea contigo. ¿Puedo alojarme en alguna habitación?

-Bueno, hombre; no queda ninguna.

-Soy José de Nazaret y provengo de la estirpe de David.

-Hermano, yo quisiera darte alojamiento, pero pasa por ti mismo y mira que no hay un sitio libre. Ha venido tanta canti­dad de gente a empadronarse que no hay un solo espacio en toda la ciudad.

-No es para mí; es que mi esposa es muy joven y no podrá pasar la noche en las montañas con el frío que hace.

-Bien, no puedo dejaros a la intemperie; haré por vosotros lo que pueda.

José fue en busca de su esposa, a quien había dejado al cuidado de unos conocidos de Beth-Dagon, que habían llegado a Belén también para empadronarse.

Al llegar de nuevo a la posada, el portero les acompañó hasta un establo de la parte oeste del edificio. El polvo y la paja del pesebre daban un tono amarillento al recinto. En cuan­to el portero se fue, los viajes se dedicaron a acomodar un poco la estancia.
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