Bogotá septiembre 25 de 2007




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DE LA IDEOLOGÍA RACISTA.

RAFAEL PEREACHALÁ ALUMÁ.

COMISIÓN DE EQUIDAD RACIAL.

BOGOTÁ SEPTIEMBRE 25 DE 2007.
INTRODUCCIÓN.
ORÍGEN DE ALGUNOS PREJUICIOS RACIALES.
Apoyándose en la metáfora judeocristiana del “prójimo y el extraño” (1970)1973), el médico psiquiatra y antropólogo francés Roger Bastide, acuñó las mismas palabras como categorías de análisis, es decir, como instrumentos epistemológicos, para las ciencias humanas. En nuestro caso, vamos a emplearlas para presentar una hipótesis del origen de la ideología de la superioridad biológica y espiritual de ciertos seres humanos frente a los demás, la cual es conocida como racismo.
El deseo de conocer cosas nuevas y basados en la creatividad, dos características medulares del ser humano; la búsqueda de otras ofertas ambientales, las disputas por recursos naturales, por el poder, etc., impulsaron a sectores del Homo Sapiens sapiens a abandonar los contornos de la garganta de Olduvay, en las inmediaciones el lago de Tangañika, en Tanzania, lo que en la paleoantropología conoce como la “diáspora voluntaria”.
Transcurrió un tiempo necesario como para que atendiendo a nuevas necesidades vitales, dando respuestas a las mismas y a los retos de nuevos entornos ambientales, el humano transformara su contexto y así mismo (Friederich Engels; Darwin, Charles1979). En ese peregrinar por la tierra, y hoy por hoy, por todo el universo, periplo que todavía no concluye, algunos genes se expresaron hasta estabilizarse en manifestaciones fisonómicas que hacían diferentes a sus portadores, en apariencia, a otros humanos. Es ilustrativo el caso de Miguel “el valiente”, afroespañol, quien cuando la invasión española a Chile, encabezada por Pedro de Valdivia, en su condición de jefe de la vanguardia peninsular batallando con los nativos, los mapuches, quedó separado de sus huestes al otro lado del río BioBio. Fue aprehendido por los aborígenes ellos sorprendidos por el color de su tez, lo estimaron raramente maquillado, lo lavaron repetidamente sin que desapareciera “el tinte”; lo llevaron a aguas termales con el deseo que el agua cliente dejara ver su verdadero color de piel. Ante el resultado infructuoso, apelaron a estregarlo con piedra pómez, lo que le produjo una hemorragia aguda y con ella su muerte (Mellafe (1959) 1992).
La cultura, por su parte, se fue igualmente diversificando dentro de los mismos grupos y en los vecinos. Los que habían desarrollado más las fuerzas productivas y ejercicio de su poder, crearon toda suerte de ideas estigmatizantes de “el otro”, como “el raro, el feo, el atrasado, el torpe, etc.” Con ellas se presentaban múltiples argucias con las cuales se alentaba a sus pueblos cuya dirigencia se aprestaba a invadir y avasallar “al otro”, alegándolo como: “mandato divino”, “destino manifiesto”, “supremacía blanca”, “el pueblo elegido” y un sinfín de sinrazones; uno de los pretextos más socorridos lo constituyeron las diferencias somáticas. De allí nació el concepto que adelante se le conoció como “raza”.
Cuando los europeos invadieron a América, se toparon en el noroeste de Suramérica con unos nativos autodenominados emberas, “la gente, los humanos” en su lengua, portando aprestos de guerras y al ser interpelados por Zamudio, el escribano y traductor del bachiller Encizo preguntó ¿Dónde estamos?, le respondió un guerrero “En Jurabá”, “la tierra de los diablos”, para referirse a los tules, autoetnominados como “los hijos del sol” (Velásquez Murillo 1986). Este fue un episodio de la guerra protagonizada por estos caribes invasores, los que después de descogollar el río Amazonas, atravesaron el nudo de los Pastos y cayeron al Chocó biogeográfico internacional, por el Pacífico colombiano desarrollando una confrontación que estaban ganando al repeler a los tules hacia Panamá “la tierra madre” en su lengua el embera.
El “prójimo” diferenciándose de “el extraño”, acudió, en principio a los rasgos más ostensibles, por ello los fulas o fulupos del Senegal, identificaban a los vecinos del mismo río por el color reteñido de su pieles y les bautizaron como yolofos (yolofes, gelofes, yolofos, gelofes, golofios, galofes, wolof, etc.); en la lengua fulani o pulaar, olof significa negro (Del Castillo Mathieu 1982: 183).
Los árabes al adentrarse al sur del desierto del Sahara, bautizaron a sus nativos como “Bilad As Sudan”, tierra de negros, homogenizándolos, desconociendo sus autoetnónimos y de paso estigmatizándolos.
Por los tiempos de Cristóbal Colón, al continente africano se lo conoció con la voz beréberAkal N-Iquinawen”, (Guinea), “tierra de negros”. Es claro entonces, que lo más relevante para los no “prójimos”, es “lo raro”, por ello destacaban el color de las pieles de “los otros”. Por ningún lado aparece en la bibliografía consultada la palabra “negro” como autoetnónimo. Contrariamente, la voz creció como “categoría social de desprecio”, de ahí nuestro rechazo a ella, para referirnos a personas humanas.
En el África, los malinkés bautizaron despectivamente a sus vecinos los mandés como “bámbaras”, es decir “hijos sin madre” (Del Castillo Mathieu 1984:47), cuando los últimos cambiaron la filiación materna por la paterna. Lo que les hacía merecedores de su repudio.
Siendo supuestamente de la misma “raza”, por sus etnicidades y linajes, los romanos se dividieron entre “patricios” y “plebeyos”; a los extranjeros con prácticas culturales diferentes a las de su imperio, les endilgaron el despectivo de “bárbaros”, “los torpes, los incivilizados, los indeseables”. Suceso que tomó el carácter claramente diferenciable por el color de la piel, cuando fueron invadidos por los “hunos” de Atila. Este hecho se repetirá a lo largo de la historia en todo el globo terráqueo, bajo el preconcepto de que “lo mío es: lo bello, lo deseable, lo civilizado, lo correcto, lo bueno”, lo de “el otro”, será el revés de la moneda.
El carácter universal del fenómeno se dio también entre nuestros ancestros africanos, como aquellos que denominaron “wolofs, yolofos, gilofos, gelofes, etc.”, por el color renegrido de su epidermis (Del Castillo Mathieu 1982). A este engendro pseudocientífico se le trató de dar carácter verdad, hasta bien avanzado el siglo XX, pese a que tempranamente la paleoantropología había cuestionado la idea señalándola como antinatural. No obstante, antropólogos biólogos, antes llamados físicos, utilizaron a diestra y siniestra la categoría “raza”, para referirse a las variedades somáticas entre los seres humanos, entre ellos recordemos al francés Valois, el español Augusto Panuela y su equipo: Zeferina Amilmengual, Carmen Huercas Cabeza, Mercedes Román Ramírez, José Oriol Verges Mundo, Ramona Violant Rivera; el soviético Mijail, Nesturj;
En los años sesenta los genetistas Watson y Crick, descubrieron el código genético, lo que les hizo acreedores del premio Nóbel. Este paso gigantesco, demostró de manera fáctica, lo que la paleoantropología había demostrado desde inferencias dialécticas. Seguidamente, la genética poblacional, le asestó el mazazo definitivo a los argumentos pseudocientíficos que hablaban de “razas humanas” y de “razas superiores”, al comprobar la compatibilidad de los planes genéticos humanos, comprobando que la única raza humana es el Homo Sapiens sapiens. Para finalizar esta controversia: ciencia versus pseudociencia, con la decodificación del genoma humano (código genético), se eliminó cualquier resquicio que albergue la categoría “raza” desde la biología, para separar a los seres humanos.
En la actualidad los efectos perversos de dicha ideología, son objeto de estudio de algunas disciplinas de las ciencias humanas: la filosofía, la antropología social, la antropología cultural, la sociología, la historia, la psicología, en distintas ramas, a saber: social, psicopedagogía, psicología clínica.
La filosofía debe revelar los presupuestos teóricos de este pensamiento, adelantar las discusiones pertinentes de la bioética ¿van bien o mal, la micro y la macroevolución?
La antropología cultural debe informarnos del como este pensamiento deformado y antihumano degeneró en filosofías como la eugenesia, con la pretensión de construir un “superhombre”; desde la simbología escudriñar los orígenes de los significados y significantes de sus emblemas. La antropología social debe indagar la forma como en las diversas culturas se adentró, posicionó y opera la ideología en mención.
La sociología debe indicarnos como opera el fenómeno a escala urbana, rural y universal, los impactos que causa en los distintos estratos sociales.
La historia debe rastrear su génesis y desarrollo, desde lo particular a lo universal, como sus variaciones en el tiempo.


La psicología social debe indagar como el fenómeno se incuba, permanece y se manifiesta en ámbitos humanos demográficamente significativos. La psicología clínica debe evidenciarnos como esta manera de pensar envilece a quien es portador de ella; como deteriora la psiquis de quien la padece, produciendo cuadros de baja autoestima, la enajenación, cuando se desea ser “el otro”, como se pone de presente esa forma de autodesprecio, ante todo al internalizarse como endoracismo. La psicopedagogía debe revelar las estrategias concientes e inconcientes utilizadas para introducir, desarrollar, preservar, la ideología en cuestión. Presentarnos formas de cómo expulsarla de las mentes, produciendo cambios deseables de conducta.
El concepto de raza originalmente nació de la agricultura y zoocría, cuando unas culturas diferenciaron las variedades biológicas entre silvestres y domesticadas, durante sus procesos expansivos y de sometimiento de otras culturas y de la naturaleza. Al estudiar las dificultades de cruces entre especies, como por ejemplo entre el burro y el caballo, observó que su descendencia, la mula, es estéril. Equivocadamente infirió que entre seres humanos de diferente “raza”, el resultado sería similar, por tanto, la descendencia del fruto entre “blanco” y “negro”, no se reproduciría, por ello lo bautizó “mulato”, aludiendo al animal solípedo. A partir de este caso, el colonialismo creó la “escala pigmentocrática” y la “pirámide racial”, herencias ideológicas que en la modernidad siguen manteniéndose.
Para los etimólogos la voz raza es un quebradero de cabeza, sin embargo, siguiendo al sabio cubano Fernando Ortiz Fernández (19??), la raíz a la que se le da mayor aceptación es que procede del idioma árabe “race”.

FUNDAMENTOS” DE LA IDEOLOGÍA RACISTA.
Como herencia del colonialismo europeo en las Américas, el racismo fue promulgado por las grandes metrópolis que invadieron este continente y subdesarrollaron al África, última tesis demostrada por el trinitario Walter Rodney (1972) /82. Subyugar, sujetando a otros pueblos, se le justificó con múltiples argucias o racionalizaciones, de orden religiosa o filosófica, pero a decir verdad las razones fueron estrictamente económicas.
La historia de Europa, es la historia de las guerras interétnicas, las cuales sufrieron mengua en su desarrollo cuando el imperio romano dominó a la más grande península del continente euroasiático. Bretones, galos, germanos (godos, ostrogodos, visigodos, teutones.), vascos, catalanes, castellanos, lusitanos, gallegos, celtas, sajones, pasaron siglos en enfrentamientos bélicos. A dichas prácticas europeas se le sumó, en su suelo, el conflicto con los árabes, los cuales invadieron y dominaron España y Portugal, por más de ocho siglos. Por su parte, judíos y árabes, dos pueblos primos hermanos, llevan siglos en una guerra interminable. Se han invocado todo tipo de razones para las conflagraciones y generalmente el componente religioso ha jugado un rol estelar. Las guerras púnicas, las intifadas islámicas, nos hablan de las intolerancias culturales entre ellas las religiosas, conflicto no resuelto, pues la guerra de los Balcanes, es, ante todo, una confrontación interétnica. Las guerras aduciendo conflictos culturales han ocultado su componente económico y en muchos casos de rapiña. Los argumentos son múltiples, pero de fondo siempre está el asunto económico y las necesarias estrategias de dominación de “el otro”. Las guerras entre grupos étnicos reflejan y surgen como extensión de la bio-política en la eterna búsqueda por dejar de ser “extraño” y pasar a ser “prójimo”.
En las ciencias de la conducta, esos “argumentos” justificatorios, se los conoce como racionalizaciones. En este cuadro se enmarca la ideología racista, la cual lleva dentro de si dos componentes por quienes son portadores de ella, en un imaginario definitivamente patológico, así van hermanados el miedo y la repulsión del “extraño”. Contradicción que se busca resolver mediante la destrucción física del “otro”, hoy día eufemísticamente llamada “limpieza étnica”.

FUENTES FILOSÓFICAS.

Los europeos en la construcción de la ideología que nos ocupa, han recurrido distintas formas de razocinio y desde sus filosofías han buscado soportes. En esto participan sus más reputados pensadores, desde la antigüedad. Grandes maestros del pensamiento occidental, griegos y latinos (Platón, Aristóteles, etc.), desde la modernidad (Hegel, Nietzche, Hegel, Montesquieu, etc.) han aportado supuestos filosóficos que alentaron fuerzas de la ideología racista, en particular a la institución de la esclavización.
Platón, en su obra clasica de la filosofía europea “La República”, aduce que según el uso de la razón entre los humanos la esclavización sea natural: “son esclavos por naturaleza…, aquellos cuya función estriba en el empleo del cuerpo, y de los cuales, esto lo que más puede obtenerse; es decir, hombres hasta tanto alcanzan razón que puedan percibirla, mas no la tienen en si”. Zabala comenta que esto no obedece a un orden general de la naturaleza, “Que exige la sujeción de lo imperfecto a lo más perfecto,… los prudentes o los que poseen plenamente la razón, deben dominar a los imperitos o bárbaros que no alcanzan en igual grado, y para estos la servidumbre es una institución justa o conveniente”. Aristóteles acepta en consecuencia, “el uso de la fuerza por la implementación del dominio de los hombres prudentes sobre los bárbaros”.
La manera de pensar aristotélica le dio cuerpo a otro fenómeno europeo, frente a la esclavización: el mesianismo. En razón de su “superioridad en el uso de la razón”, justificaba la esclavización, ya que por esa vía llevarían al africano a ser gente, hecho que las culturas africanas, como todas las del orbe han reclamado para si. Curiosamente muchos siglos después cristianos en América utilizarían el mismo argumento.
En la “Política” Aristóteles “afirma que hay hombres que por naturaleza nacieron para ser esclavos. Su condición de tales surgía de una diferencia innata en la belleza y la virtud que puede contener el alma humana. El filósofo daba así una explicación metafísica de la esclavitud que seguiría sirviendo de fundamento a sus defensores hasta la Edad Media, pues Santo Tomás repetiría casi literalmente sus argumentos para justificar su existencia entre pueblos cristianos y en el seno de la iglesia misma. En la antigüedad sólo los estoicos se opusieron a la institución, por ser contraria a la ley natural y a los dictados de la razón, de los cuales deducían la igualdad entre los hombres”.
En la formación de los futuros abogados el mundo occidental y el occidentalizado, el pensamiento del Barón de Montesquieu, plasmado en su célebre “El Espíritu De Las Leyes”; libro V, artículo 5, publicada en 1748, consigna: “Si yo tuviera que defender nuestro derecho a hacer esclavos a los negros, he aquí lo que diría: habiendo pueblos de Europa exterminado a los de América, tuvieron que someter a la esclavitud a los de África, para servirse de ellos para roturar esas tierras. El azúcar sería muy caro, si no se hiciera trabajar a los esclavos en la planta que la produce. Los individuos de los que se trata son negros de pie a cabeza; y tienen la nariz tan aplastada que es casi imposible tenerles lástima. No es posible imaginar que Dios un ser muy sabio, haya puesto un alma y sobre todo un alma buena, en un cuerpo enteramente negro.
Es imposible suponer que esas gentes sean hombres, empezaría a creerse que nosotros mismos no somos cristianos.
Hay espíritus pequeños que exageran demasiado la injusticia que se le hace a los africanos: porque, si fuera tan grande como se dice ¿Que no se le hubiera ocurrido a los príncipes de Europa, que hacen entre si tantas convenciones inútiles, hacer una general a favor de la miseria y de la piedad?”
El connotado intelectual, Renán, gloria de las letras francesas, declaró: “Aspiramos, no a la igualdad si no a la dominación. El país de raza extranjera deberá se de nuevo un país de siervos, de jornaleros agrícolas o de trabajadores industriales. No se trata de suprimir las desigualdades entre los hombres, sino de ampliarlas y hacer de ellas una ley.”
“La regeneración de las razas inferiores o bastardas por las razas superiores está en el orden providencial de la humanidad. El hombre del pueblo es casi siempre entre nosotros un noble desclasado, de su pesada mano está mucho mejor hecha para manejar la espada que el útil servil. Antes que trabajar, escoge batirse, es decir, que regresa a su estado primero. Regere imperio populos, he aquí nuestra vocación. Arrójese esta devorante actividad sobre países como China, de una destreza maravillosa, casi sin ningún sentimiento de honor; gobiérnesela con justicia, extrayendo de ella, por el beneficio de un gobierno así abundantes bienes, y ella estará satisfecha; una raza de trabajadores de la tierra es el negro (…); una raza de amos y soldados, es la raza europea (…), que cada uno haga aquello para lo que está preparado y todo irá bien”. A propósito comentó el pensador martiqueño Aimé Césaire: “No pertenecen estas ideas a Hitler sino al humanista francés Renán. (Aimé Césaire 36/7:1966).
Cicerón y Séneca, esclavizado este último, también fueron apólogos de la perversa institución, (Pereachalá Alumá inédito), estimaban que la esclavización únicamente “…, afectaba al hombre en el exterior, pero que en plano moral, el amo y el esclavo son iguales” (Rojas Mix 1990:25).
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