Bogotá septiembre 25 de 2007




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LUCHADORES CONTRA EL RACISMO.
La ideología racista ha tenido consecuentes controvirtores. Los primeros en hacerlo fueron los africanos y luego sus herederos afroamericanos. Frente a la trata y la esclavización muchos lucharon hasta vencer, otros negociaron territorios y libertad, muchos perecieron en el intento.
La reina Ginga, con su ejercito Kilombo, fue la primera en derrotar al agresor colonial portugués. Las Américas, se vieron salpicadas de territorios liberados, llamados: palenques, cumbes, manieles, kilombos, etc. Allí los escapados construían fortalezas de madera, protegidas por las distancias, fosos y toda clase de inventivas militares. Dicha modalidad de guerra alcanzó su mayor triunfo con la derrota del ejército napoleónico en el Haití. Los maroons, apócope en inglés de cimarrón, obtuvieron su libertad y los territorios dominados frente a la Inglaterra imperial.
Makandal, el célebre cimarrón en Jamaica y el Haití, siempre cuestionó la institución y en sus arengas repudiaba al dios de los cristianos por permitir tan horrendo crimen y a su dios dahomeyano lo llamaba “el buen dios”. En Panamá, Bayano, centralizó en su persona todos los poderes políticos: civil, militar y religiosos. Cuando fungía de obispo, sus homilías de su reinterpretado cristianismo eran convocatorias a la rebelión contra la esclavización (Gutiérrez Azopardo 1980).
Mediante la guerra de guerrillas, los saramakas hicieron otro tanto en las guyanas frente a los gobiernos de Holanda, Francia e Inglaterra. En el Brasil se formó el famoso kilombo de Palmares, el cual sobrevivió por cerca de un siglo. Colombia y todo el continente tuvieron múltiples territorios liberados del control del poder colonial (Pereachalá Alumá 1986; Gutiérrez Azopardo (1980)1996), Colmenares (1979) Escalante Polo (1964), Price, Richard (1981), etc.
A dichos luchadores por la libertad se los denominó cimarrones, voz tahína, “flecha salida del arco”, para significar el máximo grado de libertad. Otros africanos o afroamericanos, optaron por la huída individual quedándose merodeando haciendas y ciudades. Algunos se incorporaron a las luchas de los cimarrones apalencados, sirviendo de postas, de inteligencia y contrainteligencia. Se les llamó “zapacos” (Gutiérrez Azopardo 1980).
A este tipo de resistencia, que realizó una guerra de guerrillas, “pica y huye”, se llamó “cimarronismo activo”. Otros africanos se decidieron por el cimarronismo no bélico, conocido también como “pasivo”. Los afroladinos al obtener ciertas habilidades jurídicas, le apostaron a esta vía para romper la esclavización. Agustina en Tadó (Chocó, Colombia), llevó a los estrados judiciales en 1728 a su amo, para que mediante juicio de afiliación le reconociera el mulatito que habían procreado, le pagara el maíz y los frutos de pancoger que ella había cultivado y el usufructuado abusivamente. Obviamente, perdió el juicio de afiliación, solo el abusador fue condenado a pagar las costas del proceso y los frutos de la tierra (Pereachalá Alumá 1980; Ruiz Cano 1986). Son abundantes los casos de esclavizados que huían transitoriamente, reapareciendo para aducir malos tratos y con ello invocar la figura jurídica del “cambio de amo” (Romero 1991).
Africanos y afroamericanos esclavizados dejaron reflexiones recogidas por la historia donde no solo condenaban la esclavización, sino que trazaban un ideario de lucha contra ella. Benkos Bioho (1---: 1---) “”; Nat Turner (1---; 1---) “”; Cudjoe (17--: 1---) “”; Barule (16??: 1728) “Matar blanco bueno es, luego el Chocó debe morir”; Toussaint de L’overture (17??: 18??); Henri Christophe (18??: 18??), Makandal (1???: 1???)
LOS ABOLICIONISTAS.
Las luchas emancipatorias afroamericanas han contado con aliados más allá de sus huestes. Sacerdotes, filósofos, políticos y científicos, por ejemplo, elevaron sus voces de repudio a la oprobiosa institución.
La iglesia católica que tanto se benefició de la esclavización, ante todo los jesuitas, de su interior salieron voces que clamaron por la dignidad humana de los indígenas y afros. El famoso padre Fray Bartolomé De Las Casas, en México abogó a favor de los aborígenes y propuso una solución que fue una tragedia para la humanidad: la esclavización de africanos “pues uno de ellos rescata el oro que cuatro indios”. Con el desarrollo de ella el cura constató las condiciones en que fueron envilecidos pueblos africanos y al borde de la muerte se preguntó si alcanzaría el perdón de dios, después de ser un impulsor del más largo e intenso genocidio, conocido en la historia de la humanidad.

En Colombia Gutiérrez Azopardo (1994), nos hace una breve lista de sacerdotes que se opusieron a la esclavización de la cual destacamos: el doctrinero de Tenerife Miguel del Toro, consigue que la real audiencia les otorgue la libertad y les reconozca tierras, a palenqueros de la gobernación de Cartagena, entre 1680 y 1688; otro sacerdote Baltasar de la Fuente, consigue la cédula real de 1692, conocida como del perdón, consignante de las mismas luchas, para los palenqueros de los montes de María. Fray José de Jaca y Fray Epifanio de Moirans, Luís P. de Frías y otros curas, básicamente jesuitas, en efecto de alguna manera lucharon por este acto de justicia social, mas la iglesia católica en tanto que institución no tuvo una política que condenara a la esclavización, excepción hecha de el papa Pío II, en 1492 quien condena a la institución y hubo que esperar mediados del siglo XIX, cuando los papas Pío VII Y Gregorio XVI, hicieran lo propio con “el tráfico negrero”. No obstante, la misma institución fue tan enérgica y pertinaz en su condena frente a la sujeción de los indígenas, no tuvo la misma posición frente a la de los africanos y afroamericanos.
LOS QUAKEROS.
Estos cristianos protestantes puritanos, repudiaron la institución, se preocuparon tempranamente del alma de los esclavizados y fueron fervientes apoyadores del movimiento abolicionistas en los Estados Unidos, donde se les recuerda, por su lucha política por auxiliar a los africanos y afroestadounidenses que se escapaban al Canadá. Empero no todo quakero, también conocidos como “La Sociedad de Amigos” fue abolicionista. Pese a la búsqueda de la perfección espiritual muchísimos de ellos participaron de la trata, se enriquecieron con la esclavización, comerciando con: tabaco, azúcar, algodón, licores, transporte, etc. Fundamentándose en razocinios de ética cristiana, cuestionaron y atacaron desde sus iglesias, en la prensa y libros, la laxitud moral de quienes se beneficiaron de la sórdida institución. Consecuentes con sus paradigmas algunos liberaron a sus esclavizados y desarrollaron una vigorosa campaña abolicionista. De estos queremos destacar a: Granville Sharp, John Wesley, Thomas Clarkson, abrieron el camino par que Anthony Benezet, y el más famoso John Woolman, desembocaran en una ardua militancia antiesclavista. No obstante, la caridad, la sencillez y moral cristiana requirieron que se dieran condiciones materiales y subjetivas para que su lucha fructificara, pese a la profecía de John Woolman que aseveraba que “… si los americanos continuaban infieles a su alto destino, sus descendientes afrontarían el terrible castigo de la justicia divina” (Brion Davis 1966/1968/1996: 482/3). No bastaron tampoco las nuevas concepciones éticas, de los no religiosos, que exigían los albores del sistema capitalista. El detonante final lo provocaron otras causas menos nobles y decididamente pragmáticas: la lucha de los afroamericanos que amenazaban constantemente la estabilidad del régimen colonial como las insurrecciones permanentes, los triunfos de la república de Palmares, en el Brasil, la revolución haitiana, los territorios de autoliberados como los saramakas de las guyanas, los maroons de Jamaica y el creciente movimiento cimarrón, a lo largo y ancho del continente. Las políticas de restricción del ingreso de nuevos esclavizados, la carestía de los mismos, las guerras de independencia y el viejo temor de los colonizadores a una insurrección general, impulsada en la Nueva Inglaterra por la “Guerra de los siete años”, determinaron el fin del viejo sistema de opresión y trabajo forzado.
En Colombia al intelectual antioqueño José Félix de Restrepo se lo llegó a proclamar como “el padre de la abolición”, mas dichas versiones ocultan que él agenciaba los intereses del imperio británico, cuyos afanes no eran e ningún caso “filohumanísticos”, se trataba del más claro pragmatismo económico para la imposición del sistema capitalista, el cual se sentía estorbado en su librecambismo en los mercados de las excolonias ibéricas: por ello con su flota de guerra y su fortaleza económica vía diplomática, auspició con tropas, armas y dinero la “liberación” iberoamericana, provocando nuestras primeras deudas externas y sumisión a los mandatos británicos, había llegado la hora del neocolonialismo.
Por ser de todos conocido el largo y proceso de la abolición pasando desde la libertad diferida como la “ley de partos”, la figura del tutor, personaje facultado para determinar quien estaba apto o no para alcanzar la libertad y cuando su conducta no era deseable debía volver a su vigilancia; las paupérrimas “juntas de manumisión”, cuyo objeto era obtener recursos fiscales y de donantes “filantrópicos”, para indemnizar a los esclavizadoristas y no a sus víctimas, se nos dijo “eres libre”, mas no se nos dio una política publica para incorporarnos a la naciente sociedad capitalista. Con una mano adelante y otra atrás, a nuestros mayores no les quedó otra opción que abrir la frontera agrícola, buscar nuevas minas, acudir a la agroforestería, apelando al acervo cultural acopiado en sus mentes. He allí una causa temprana de nuestra pobreza material histórica. Mediante argucias jurídicas, como los “juros”, títulos espúreos o por la violencia física, paulatinamente nos fueron arrebatadas las nuevas tierras civilizadas, siendo los casos más notables los del Cauca, Valle del cauca y el gran Caldas, este último presentado como una proeza de la “colonización paisa”. En la costa Atlántica, este proceso no concluye al día de hoy.
Si en lo material el nuevo estado neogranadino, siguiendo las instrucciones que le daba Santander a Bolívar en una carta “la revolución no se hizo para darle a quienes nada tenían antes de ella”, en lo espiritual excepto la domesticación para la sumisión, la alienación y el futuro en el cielo, como premio a los sufrimientos terrenales, aplicado por la iglesia romana, la suerte de nuestros padres fue peor y es más, nada se ha hecho a la fecha se ha hecho desde lo público para combatir las enfermedades etnopsiquiátricas que nos legó el racismo, como la enajenación, el endoracismo, el complejo de inferioridad, la mentalidad guetaria, etc.
MODALIDADES DEL RACISMO.
Las secuelas dejadas por la esclavización mediante su introyección a través de la educación formal informal, los medios de comunicación y la cotidianidad, promueven, día a día, una psicología social, traducida en mentalidad colectiva, que se expresan en alteraciones deformantes de nuestra psiquis colectiva y en la negación de nuestros derechos humanos.
EL RACISMO ESTRUCTURAL.
Son las políticas públicas promovidas desde el Estado, con las cuales se nos niegan los derechos humanos a las minorías aborígenes y de ancestría africana. En el caso de los afroamericanas de Colombia, si bien constituimos no menos de un tercio de la población, al no estar organizados de manera eficiente y sólida, nos convertimos, de hecho, en una minoría política, lo que se expresa en los indicadores sociales y económicos, que en poco o nada se diferencian de los países más pobres del orbe, producto de la herencia colonial, neocolonial y en la asimetría con los Estados poderosos del mundo.
Cuando ningún gobierno colombiano de Bolívar a Uribe, ha tenido ninguna política publica para remediar los males históricos de nuestras comunidades. El que los indicadores educativos nuestros presenten tasas como el que el 50% de la afrocolombianidad sea analfabeta y el del colombiano andino sea del 12%, que nuestro promedio de vida sea de 47 años y el del colombiano andino sea de 67, que nuestra mortalidad infantil sea de 117 por cada mil y en la Colombia andina sea de 20, el que nuestro ingreso per cápita sea un 60% inferior al colombiano montañero (Cifuentes Orobio 1986), son datos que hablan de la exclusión históricamente pertinaz y sistemática a que nos someten las elites colombianas convirtiéndonos en auténticos supervivientes. De allí que sabiamente el expresidente liberal Julio César Turbay Ayala dijera en plaza pública en Quibdó “Si yo fuese chocoano sería revolucionario. Acá estamos como en el “Génesis”, es lógico extrapolar esta realidad desde un departamento prototipo afrocolombiano, para el resto de nuestras comunidades, por ello Afrocolombia es sinónimo de pobreza y exclusión social.
Es natural concluir que en Colombia la gran discriminadora racialmente, es la burguesía a través del Estado.
PREJUICIO RACIAL.
Por tal entendemos a un conjunto de ideas preconcebidas referidas al “otro”, basadas sobre todo en el color de la dermis. Dicho imaginario se expresa en un corpus de máximas empleadas en la cotidianidad unas reconocidas como “racismo psicolingüístico”, otras como “endoracismo psicolingüístico”. Es decir las manejan tanto conciente como inconcientemente tanto víctima como victimario. Dicho filosofía imagina al “otro”, como inferior, bruto, torpe, ignorante, feo, en síntesis lo indeseable.
De esta manera se explican estereotipos desdeñosos para el afro, para el indígena, para el rom, como seres inferiores. El afro como lo feo, la torpeza, etc., el indígena como sucio, bruto, etc., el rom como ratero tramposo, etc. Si un afrocolombiano se presenta como. Músico folklorista, bailarín, deportista, etc., es una idea que todos están dispuestos a aceptar, mas si presenta como científico, empresario, banquero, la reacción es la opuesta. Un prejuiciado racial, ejercerá la ideología racista en cuanto tenga como aplicarla.
El prejuicio racial adopta formas crueles de violencia, cuando uno de nosotros va a alquilar un apartamento o una simple habitación, es normal escuchar: “que lástima, a la persona que llegó antes que usted, se la arrendamos”. En las fuerzas armadas el prejuicio pasa por el que solo somos concebidos para ser soldados rasos o a lo sumo suboficiales. La marina de guerra, vaya ironía, fundada por afrocolombiano, se vale de mil tretas para rechazarnos y únicamente frente al escándalo y la presión internacional, tímidamente empiezan a entornar sus puertas. En la fuerza aérea, hasta ahora nos es negado el oficialato.
Cuando nuestros grandes deportistas triunfan la gran prensa los aclama como “colombianos”. Cuando, por su origen lumpenesco caen el alcohol, la droga, conductas antisociales de neoriquismo, de inmediato son degradados a “negros”. En la Argentina se cierran filas con su ídolo deportivo Maradona, frente a sus problemas adictivos a sustancias psicoactivas, en Colombia, a Antonio Cervantes reyes, “Kid Pambelé”, se lo deja a su suerte (“el “negro” que no la embarra a…”). Albeiro Usurriaga, apodado irónicamente “el palomo”, por lo oscuro de su piel, fue un héroe mientras triunfó en el fútbol, mas cuando cayó en prácticas antisociales la gran prensa hablada, escrita y televisada le cayó a palos. El día de su asesinato la “gran prensa” consensuó que había “muerto en su ley” ¿Qué acción solidaria de salud pública hubo para una persona, a quien la sociedad lo ubicó en la grada más baja? Contradictoriamente, en la Argentina donde fue un gran triunfador los medios masivos de comunicación le rindieron diversos homenajes. Cabe preguntarse ¿Qué hicieron las comunidades afrocolombianas para preservar a este infortunado hermano? Aún está tibia la tumba del gran luchador por nuestros derechos humanos Amir Smith Córdoba, muerto en una pobreza supina, en medio de unas aberrantes limitaciones económicas y ya lo pasamos al más increíble olvido. Esto muestra como la ideología de los opresores también la hemos internalizado.
DISCRIMINACIÓN RACIAL.
Es el ejercicio de la ideología racista mediante el poder. El dueño de una empresa puede excluirnos de su fuente laboral a partir del prejuicio racial materializado. De la misma forma que lo hace cotidianamente muchas personas, en clubes sociales, en establecimientos abiertos al público, etc., pero sin admitirlo ni manifestarlo y mucho menos escribirlo. En ningún caso lo reconocen por el contrario, siempre sacarán a relucir una abuela afro, “mis mejores amigos son negros”, “me encanta la cultura negra”, “adoro las mujeres negras”, solo que para el sexo no reproductivo.
En Colombia, pues, la gran discrimadora es la burguesía a través del estado, al negar a los pueblos afros e indígenas los más elementales derechos humanos.
SEGREGACIÓN RACIAL.
Es el racismo llevado a la ley. En Colombia, hasta hace muy poco los indígenas fueron considerados menores de edad. La ley segunda de 1959, al declara los territorios afros e indígenas “baldíos nacionales” prohibir su titulación, estamos hablando que esto ocurrió hasta 1995, los habitantes de los “territorios de reservas forestales”, éramos otros elementos del paisaje. A estas alturas de la vida, los afros no podemos titular en los parques nacionales.
El declarado contranatura sistema apartheid, legalmente en la república no ha sido establecido, no obstante, las compañías trasnacionales del petróleo y minerales preciosos, no dejaban circular por sus campamentos a los afroamericanos de Colombia. Donde se establecía la “International Minig Corporation”, generalmente al lado de un pueblo nuestro, como Andagoya y La vuelta, al nativo que osaba pasar a sus predios se solía “castigarlo” con trabajos infamantes como limpiar patios, cocinas e inodoros, lo que se conoció como “guameo”. En la mismísima capital departamental Quibdó, los mulatos, herederos de los esclavócratas, determinaban la hora hasta la cual el campesino podía permanecer en la ciudad, sucesos que nos describe con lujo de detalles la novela “Las Estrellas Son Negras” de Arnoldo Palacios y como bien lo reporta la tradición oral.
En resumen discrimina y/o segrega, quien tiene poder para hacerlo. La persona portadora de la ideología racista, que no tiene poder es simplemente un prejuiciado. Eso si, racista discriminador potencial.
RACISMO PSICOLINGÜÍSTICO.
Modalidad de prejuicio racial que condensa un cuerpo de pensamientos prejuiciados, actuantes en la vida diaria, de los cuales los cuales las minorías étnicas son sojuzgadas negativamente. A manera de ejemplos veamos: en los buses de Bogotá solía ponerse un aviso que decía “timbre una sola vez no sea tan…” y a continuación una ilustración de un “piel roja”. Léase “no se tan indio”. Una ofensa secular en la misma ciudad es “india patirajada”, “india pata en el suelo”, “india tenía que ser”, “esta india”, la prensa capitalina cuando capturaban antisociales, su titular predilecto era “cayó banda de apaches”, deformando a un pueblo guerrero aborigen que dio hasta su última gota de sangre defendiendo su territorio ante la invasión inglesa.
“El gitano es ratero, la gitana es coqueta”.
Frente al afroamericano sufre un corpus mucho más amplio y difamador. Miremos algunos ejemplos: “negro ni el teléfono”, “el negro que no caga a la entrada, la caga a la salida”, “negro tenía que ser”, “cuando un negro llega a un puesto, se pierde el negro y se pierde el puesto”, “el negro solo sirve para esclavo, rodapié (zócalo) y hampón”.
La percepción colombiana del afroamericano es ambigua; sea por caso en el mundo paisa, cuando la primera venta en un negocio es a un afro, se infiere que se tendrá un gran día. La generación que anda por los ochenta años de edad, le tocó en cundiboyacá vivir la gestualidad nativa cuando al verles se tocaban el codo o las rodillas, las partes más oscuras de la piel. El colombiano del común tiene una pésima representación del color negro y cuando está asociado al afroamericano, por su piel y su arbitrario estereotipo, el prejuicio racial se dispara, así pues, no se tienen malas intenciones, las intenciones son “negras”. No se pasa una mala noche, se tiene una noche “negra”, no se tiene mala suerte, se tiene suerte “negra”, no se tiene un día aciago, se tiene un día “negro”, las aguas no son servidas, son aguas “negras”, el género literario de la novela violenta, pasa a ser novela “negra”.
Suele ser una declaración entre mestizos blanqueados una frase supuestamente “cariñosa”, llamar a su amada como “mi negrita”, clara evocación de la herencia colonial, cuando los afros éramos propiedad privada. Con el adjetivo sustantivado “negro”, empleado como prefijo nos quita opone a medias nuestra condición humana, de esta manera el gran atleta Víctor Mora, siempre fue “el indio Mora”, el líder liberal Jorge Eliecer Gaitán fue simultáneamente el “indio Gaitán” o el “negro Gaitán”, para las elites bogotanas.
El color negro, la valoración de los medios masivos y culturalmente en Colombia y en casi toda la cultura occidental u occidentalizada, semióticamente como representativo de lo malo, lo luctuoso, lo indeseable, repetido por la educación formal e informal, nos causa serios problemas psicoafectivos, ello explica el porque ningún niño quiera ser “Memín”, se sienta identificado con “Tarzán”, con Mandrake, etc., y no con los africanos, con Lotario.
El prejuicio racial es tan poderoso que rebasa la conciencia de clase. Sean por casos, el de dos obreros radicados en estrato cero, el indígena, socialmente reconocido como “blanco”, viviendo las condiciones de marginalidad y opresión semejantes a la de su hermano de clase social el afroamericano, en su interior se siente mejor que este último. Ello aflorará en los diálogos de la cotidianidad, preñados de racismo psicolingüístico y en cuanto entren en desavenencias, aparecerá la ideología de la “superioridad racial”, el afro perderá su nombre oficial y será el “negro” tal por cual.
Es aquí donde la etnoeducación, para todo americano, debe jugar un papel estelar para derrotar al prejuicio racial.
RACISMO AMBIENTAL.
Es otra versión del racismo estructural. En el pasado sirvió como estratagema para explicar y justificar todas nuestras falencias y fracasos de propuestas de desarrollo convencional, como, parte del determinismo biológico y geográfico hoy es una forma de birlar nuestros derechos sociales y económicos. Carlos Lleras Restrepo, expresidente liberal, es un eco tardío de Fray Matías Abad, Jiménez López, López de Mesa, etc., cuando en Quibdó afirmó en plaza pública que cualquier inversión pública en el Chocó era dinero perdido, aludía a una tierra apocalíptica donde “hasta la sal se corrompe”, donde la lluvia es un diluvio permanente, donde la selva es impenetrable. Con esta filosofía hasta la promulgación de la ley setenta del 93, los afros e indígenas éramos parte del paisaje, invisibles a los ojos del Estado y nuestro territorio ancestral, “tierras baldías”. La forma más patética del racismo ambiental, está en la histórica exclusión de nuestro territorio el presupuesto colombiano, siguiendo instrucciones allende las fronteras como sabiamente afirmara el intelectual afrochocoano Carlos Arturo Caicedo Licona, el “congelamiento de nuestras fuerzas productivas”. Dentro de esta categoría también cabe la exclusión del las organizaciones étnicas del ejercicio de la autoridad ambiental, esto a pesar de que los afroamericanos han demostrado poseer una visión de territorio que contempla en conocimiento, uso y preservación de elementos de la llamada biodiversidad. El desplazamiento forzado ampliamente documentado de las poblaciones afroamericanas desde los cinco millones de hectáreas tituladas de manera colectiva en el Chocó biogeográfico colombiano, junto a la consecuente incursión de iniciativas privadas de explotación de recursos naturales, acompañadas de actores armados representan una amenaza contra los territorio ancestrales y sus dinámicas socioeconómicas y culturales, y contra el medio ambiente natural. En su versión más perversa esta forma de racismo reviste los esquemas de un proyecto de eliminación étnica.
EL ENDORACISMO.
A nuestro parecer es la forma más perversa de la ideología racista. Se da cuando el discriminado asume para si y expresa socialmente un pensamiento que lo niega como persona al igual que sus derechos humanos.
Los opresores, como hemos visto de manera detallada, se idearon múltiples formas que justificaban la opresión del “otro”, a partir del color de su piel. La ideología racista fue llenada de toda suerte de falacias pseudocientíficas, para hacer válidas las condiciones de sometimiento a los pueblos de ancestría indígena y en particular a los africanos y afroamericanos.
A fuerza de escucharlos, de borrarnos la historia, de impedir nuestro acceso a la educación, de escuchar dichas ideas en la educación formal informal, en la cotidianidad, terminamos por internalizar dichos preconceptos que nos degradan como personas humanas. Nos han conducido al autodesprecio, a no reconocer a nuestros valores en tanto que colectivos humanos, llegando a extremos patológicos como la representación de la belleza, siendo particularmente enfermizo el caso del cabello ulótrico, del cual nos convencieron que es “malo”, de nuestras nalgas generosas, de nuestros labios musculados, de nuestras narices redondeadas, fundamentalmente de quienes venimos del mundo bantú, ideas que devinieron en la construcción arbitraria del “negro”, en oposición a la vastísima variedad africana, donde existe cabellos simótricos (lacios), narices de perfil nilótico (“griego”), ojos verdes, azules, ambarinos; pieles de una nutrida gama que va del atesado a las anaranjadas, pecosas, amarillentas. Cabellos rojizos, anaranjados, rubios, en fin de todas formas recesivas de la variedad humana. Se nos quitó la condición de humanos, se nos quitó el tener almas y se nos rebautizó “negros”, cuando en la mayoría de los pueblos africanos se suelen tener más de dos nombres.
Quedamos homogenizados, representando el mal, la fealdad, todo lo no deseable. Es decir “el negro”. A ello se le sumaron las estrategias pedagógicas autodestructivas impuestas por Willie Lynch, para dificultar nuestras aciones solidarias y grupales, de relacionamiento, de afectos, de reconocimiento en nosotros mismos y por sobretodo de confianza.
La colonización de nosotros hizo un frankienstein, donde finalmente hemos quedado como una caricatura de los “amos”. Subsisten en nosotros dos personalidades la ancestral en lucha, con el reflejo deformado del “otro”. Este es nuestro principal enemigo, no ser nosotros mismos, si no querer ser el “otro”. Psicopatología que Frantz Omar Fanon denominó alienación o enajenación, forma de locura que nos hace aparecer como personas funcionales, pero con toda una psiquis falseada, la que nos hace creer que somos mejores en cuanto más nos parezcamos al “otro”, en la medida que seamos como acuñó el racismo psicolingüístico “negros para mostrar”, “negros diferentes”, “negros bien educados”. En las categorías fanonianas, estar “blanqueados”.
Es aquí donde le debemos apostar a una autoetnoeducación desalienadora. Autoafirmadota, que nos ponga en plano de humanos y no en copias burdas del “otro”.
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