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LA BIBLIA
Es la Palabra de Dios escrita. “Hombres movidos por el Espíritu Santo han hablado de parte de Dios” (2 Pe 1,20). Pero hay en la Biblia “cosas difíciles de entender que los ignorantes y débiles interpretan torcidamente para su propia perdición” (2 Pe 3,16). Por eso mismo, dice san Pedro que “ninguna profecía (palabra) de la Escritura es de interpretación personal” (2 Pe 1,20). Entonces, si no es de interpretación personal ¿quién puede interpretarla auténticamente? Sólamente el Papa, con la autoridad recibida de Cristo para atar y desatar, mandar y prohibir (Mt 16,19).
Por consiguiente, la doctrina protestante del libre examen, es fuente de confusión, pues cada uno puede creer lo que cree que Dios le dice al leer la Biblia. Y, si cada uno puede interpretar la Escritura por su cuenta, debería prohibirse la predicación sobre la Escritura, pues eso lleva a condicionar y aceptar una determinada interpretación, que da el pastor o el líder del grupo. Igualmente, debería estar prohibido el escribir o hablar a otros sobre lo que nosotros creemos que dice la Biblia, pues podríamos estar abusando de su ignorancia o de su comprensión, pues, supuestamente, el Espíritu Santo enseña a todos por igual.
Una Biblia abierta sin buena interpretación es como una farmacia abierta sin farmacéutico o sin médico que recete, pues cada uno puede recetarse lo que quiera y busca lo que cree que más le conviene y se equivoca y, en vez de hacerle bien, le hará daño.
Todos hemos conocido en nuestro tiempo fanáticos fundamentalistas, que han llevado al suicidio colectivo con la Biblia en la mano. ¿Qué diríamos, si alguien toma al pie de la letra lo que dice Jesús: ¡Si tu ojo te hace pecar, sácatelo y tíralo, pues es mejor entrar en el cielo tuerto que con dos ojos ir al infierno! Si una señorita creyera que sus bonitos ojos son ocasión de pecado para los hombres y se los sacara para seguir la Biblia literalmente, diríamos que ha cometido un gravísimo error, por mala interpretación. Lo mismo habría que decir, si alguien se mutila una mano o un pie, porque con la mano peca continuamente y agrede a otros. Por ello, hay que entender el sentido y atender el contexto. Y debe haber una autoridad que pueda decir la última palabra en nombre y con la autoridad de Jesucristo, para que haya unidad en la fe como la tienen los católicos.
Porque ¿cómo saben los hermanos separados lo que es lo bueno y lo que es malo en cuestiones difíciles de las que no habla la Biblia? Por ejemplo, sobre el aborto, la eutanasia, los anticonceptivos, la fecundación artificial, la manipulación genética, la clonación o sobre ciertas teorías modernas sobre sexualidad, política, economía o medio ambiente.
Otro punto importante a aclarar es cuántos son los libros de la Biblia. La misma Biblia no lo dice. ¿De dónde saben los evangélicos cuáles y cuántos son los libros de la Biblia? Los recibieron así de la Iglesia católica en el siglo XVI. Precisamente, en ese siglo, Lutero, con su propia autoridad, dijo que los libros llamados deuterocanónicos (Tobías, Judit, Baruc, Eclesiástico, Sabiduría y 1 y 2 de Macabeos) no eran auténticos. Pero estos libros del Antiguo Testamento están incluidos en la traducción griega de los LXX y los mismos apóstoles usaron esta traducción, de modo que, de las 350 citas del Antiguo Testamento que hay en el Nuevo, más de 300 son de la traducción de los LXX, luego quiere decir que los apóstoles los aceptaban. Además, Lutero, por su propia cuenta, rechazó la carta a los Hebreos, Santiago, Judas y el Apocalipsis. Luego Lutero no tenía la autoridad de Dios, pues actualmente todos los hermanos separados aceptan estos cuatro libros. Y, si Lutero se equivocó en algo tan importante como los libros de la Biblia, ¿podremos darle autoridad en otras cosas?
Podemos preguntar: ¿Por qué el Espíritu Santo esperó cuatro siglos para que estuviera completa la colección de libros del Nuevo Testamento? ¿Por qué los apóstoles no nombraron los libros inspirados para tener una regla segura de fe? La Iglesia primitiva parece que no tuvo mucha prisa. Por eso, podemos decir que el Nuevo Testamento no dio origen a la Iglesia, sino que, más bien, la Iglesia dio origen, con su autoridad, al Nuevo Testamento.
Primero es la Iglesia y después la Biblia completa. Además, ¿qué ocurriría si se descubre la carta a los de Laodicea (Col 4,16), que según algunos, Pablo escribió y se ha perdido? Para los católicos no supone nada, pero para los hermanos separados ¿supondría un reajuste de su fe?
Cristo no dijo: “id y repartid Biblias y el que la lea se salvará y el que no la lea se condenará”. En ese caso, la Iglesia cristiana hubiera sido un club de lectores de la Biblia. Pero ¿y los que no sabían leer? ¿No se hubieran salvado? ¿Y los que no han leído nunca la Biblia, no se podrán salvar? Pensemos que hasta el siglo IV no se sabía cuáles eran los libros de la Biblia. Y hasta la invención de la imprenta, las Biblias se copiaban a mano y los códices eran escasos, muy caros, y estaban normalmente en latín. Por eso, el pueblo no podía leer la Biblia. Y, después de la invención de la imprenta, hasta nuestros días, ha habido y sigue habiendo millones de personas que no saben leer. Por eso, la Iglesia católica ha sido y seguirá siendo la auténtica intérprete de la Palabra de Dios (oral o escrita). Tiene una experiencia de dos mil años. La Palabra de Dios no cambia. Por lo cual, cuando queramos interpretar actualmente algún pasaje bíblico, debemos ver cómo lo interpretaron tantos millones de católicos, que vivieron antes que nosotros, especialmente los grandes santos de los primeros siglos. San Jerónimo, era un gran sabio, que sabía hebreo, griego y latín, y tradujo toda la Biblia al latín ¿Acaso él, leyendo e interpretando la Biblia de acuerdo al sentir de la Iglesia y a la Tradición de los apóstoles, no creía en la virginidad perpetua de María? ¿y en la presencia de Jesús en la Eucaristía? ¿Cómo vienen ahora a decirnos que estamos equivocados? La palabra de Dios no cambia, las verdades de la fe son eternas y lo que Cristo enseñó y se escribió en la Biblia, no puede estar en contradicción con lo que los mismos apóstoles enseñaron y transmitieron a sus sucesores en la Iglesia católica.
Por eso, los maestros de la Biblia, los que transmiten la fe, deben hacerlo de acuerdo al sentir de la Iglesia. Veamos un ejemplo. El diácono Felipe, llevado por el Espíritu, se va al encuentro del eunuco etíope y le enseña la interpretación auténtica de la Biblia. Él es una persona autorizada, que había recibido la autoridad como diácono por la imposición de manos de los apóstoles. No basta leer la Biblia y entenderla con buena voluntad. El etíope no la entendía (Hech 8, 26-40). Los discípulos de Emaús no la entendían y Jesús les dice “Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas” (Lc 24,25). Ellos necesitaron de una persona autorizada que les explicara la Biblia de acuerdo a la interpretación de la Iglesia.
Leer la Biblia es bueno, pero leerla interpretándola a nuestra manera es malo. Hay que aceptar la autoridad de la Iglesia a través de la persona del Papa, que no está por encima de la Palabra de Dios, sino a su servicio; pues nos interpreta el auténtico sentido para que no nos equivoquemos. Por eso, el Papa, cuando define algo como dogma de fe, no lo hace arbitrariamente por su cuenta. Los últimos dogmas sobre la Inmaculada Concepción o Asunción de la Virgen María a los cielos ya eran creídos en toda la Iglesia y, después de consultar a los obispos del mundo, los definió para que nadie pudiera ponerlos en duda. La autoridad del Papa es un servicio a la fe para darnos seguridad de que lo que creemos es cierto y no haya lugar a dudas.
A muchos de nuestros hermanos separados, Jesús les podría decir lo que les dijo a los saduceos: “No entendéis las Escrituras ni el poder de Dios” (Mt 22,29). Sólo la Iglesia, fundada por Jesús, que desde el siglo primero, en el Credo de los apóstoles, se llama una, santa, católica y apostólica, es la “columna y fundamento de la verdad” (1 Tim 3,15).
Muchos hermanos separados dicen que para salvarse sólo hay que tener fe en Jesús y aceptarlo como Salvador personal. ¿En qué parte de la Biblia se dice eso? En ningún lugar de la Escritura se habla de la sola fe para salvarse. La palabra sola fue puesta por Lutero, al traducir la Biblia al alemán, sabiendo muy bien que esa palabra no estaba en el original griego. Por eso, en ninguna parte, el Espíritu Santo inspiró a los autores sagrados a hablar de la sola fe como única fuente de salvación. Pablo dice a los gálatas que “somos salvados por la fe, que actúa por el amor” (Gál 5, 6). Y, claramente, en la carta de Santiago se nos dice que “la fe sin obras es una fe muerta” (Sant 2,26). Precisamente, por ello, Lutero con su propia autoridad, en contra de la voluntad de Dios, quitó esta carta de la lista de libros inspirados.
En muchos lugares, se nos dice que Dios juzgará a cada uno según sus obras (Rom 2,6; 2 Tim 4,14; Ap 2,23; 20,12; 22,12; Ef 6,8; 1 Co 3,8.13-15; Ez 18,30; Sab 61,13; Jer 25,14; 32,19).
El Hijo del hombre pagará a cada uno según su conducta” (Mt 16,27) ¿Acaso podrá salvarlo la fe? La fe sin obras está muerta (Sant 2,17). En el juicio final (Mt 25) no se nos va a juzgar sobre la fe sino sobre las obras. Cuando el joven rico le pregunta a Jesús qué tiene que hacer para salvarse, Jesús no le dice: Ten fe y te salvarás, sino cumple los mandamientos (Mc 10,17-22).

LA EUCARISTÍA
El punto central y fundamental de la fe católica es Cristo; Cristo vivo y resucitado, presente entre nosotros en el sacramento de la Eucaristía como un amigo cercano, que siempre nos espera. El Evangelio es claro. Jesús afirma sin lugar a dudas: “Yo soy el pan de vida” (Jn 6,34). “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día” (Jn 6, 54). Algunos hermanos separados dicen que esto hay que entenderlo simbólicamente. ¿Simbólicamente qué? ¿El comer su carne y beber su sangre? ¿El tener vida eterna y resucitar en el último día? La vida eterna no es ninguna cosa simbólica, y no se puede decir que lo primero, comer y beber, es simbólico y lo segundo no.
Además, Jesús, en la última Cena, les dice seriamente Tomad y comed; “Esto es mi cuerpo” (Mt 26,26). Y en el original griego se dice: “Outo estin to soma mou”. Por tanto, no se puede traducir: “Esto simboliza mi cuerpo”. Sería ir contra la voluntad de Jesús y ofenderle gravemente al distorsionar sus palabras. Outo estin, significa: ESTO ES.
El mismo san Pablo nos lo aclara con su autoridad, interpretando auténticamente las palabras de Jesús. “El cáliz de bendición que bendecimos ¿no es acaso la comunión con el cuerpo de Cristo” (1 Co 10,16). Es como si nos dijera: ¿acaso alguno lo duda? Y para reafirmarlo más, insiste: “El que coma el pan y beba el cáliz del Señor indignamente será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese cada cual y coma así el pan y beba el cáliz. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo” (1 Co 11,27-29).
Para reafirmar nuestra fe en la Eucaristía podemos leer los escritos de los cristianos de los primeros siglos y veremos que la Iglesia ha entendido siempre los textos bíblicos, desde hace dos mil años, en el sentido de que, realmente, en la Eucaristía, está el Cuerpo y Sangre de Jesús. Podemos leer, por ejemplo, lo que dice la Didache, o doctrina de los doce apóstoles, hacia el año 70: “Nos reunimos en el día del Señor, partimos el pan y ofrecemos la Eucaristía, después de hacer confesión de nuestras faltas para que nuestro sacrificio sea puro” (c. 14,1). “Que nadie se atreva a acercarse a comer o beber la Eucaristía, si no ha sido antes bautizado” (ib. c. 9,1-5). Puede leerse también la primera carta del Papa san Clemente romano a los corintios capítulos 40 y 41, del año 96.
San Ignacio de Antioquia (†107) dice que los docetas: “se mantienen alejados de la Eucaristía y de la oración, porque no quieren confesar que la Eucaristía es la carne de Nuestro Señor Jesucristo” (Carta a los de Esmirna 7,1).
San Justino (100-165) en su Apología del siglo II, caps. 66-67 dice: “Llamamos a este alimento Eucaristía y sólo pueden participar de la Eucaristía los que admiten como verdaderas nuestras enseñanzas, han sido lavados por el baño de la regeneración y viven tal como Cristo nos enseñó. Porque el pan y la bebida que tomamos, no lo recibimos como pan y bebida corriente, sino que se nos ha enseñado que aquel alimento sobre el cual se ha pronunciado la acción de gracias es la carne y la sangre de Jesús, el Hijo de Dios encarnado: Tal es nuestra doctrina” (c. 66, 1-4)4.

LA VIRGEN MARÍA
Los Padres de la tradición oriental llaman a María “La Toda Santa” (panagia). En el siglo IV, mucho antes de que existieran los luteranos y otras iglesias cristianas, los Padres de la Iglesia ya hablan de María como Madre de Dios (Concilio de Efeso, año 431). Ella es Virgen y Madre.
En Is 7,14 se profetiza que una virgen dará a luz al Mesías y así lo atestigua Mat 1,23. Así lo enseña la tradición apostólica y así lo han dicho y afirmado todos los santos Padres de los primeros siglos. Por eso, una buena manera de considerar, si nuestra fe es la misma fe de los apóstoles, es conocer lo que dicen los santos Padres en sus luchas contra las herejías que existían en su tiempo, y que son parecidas a tantas otras de nuestros tiempos modernos. Si nuestra fe coincide con la de estos santos Padres de los primeros siglos, quiere decir que estamos en la verdad; pero si es distinta, podemos estar equivocados. En cuestión de fe, no vale la buena voluntad ni aceptar lo que buenamente dice un teólogo o pastor.
¿Qué decir de los hermanos de Jesús? La palabra hermano (ah, ahot) en hebreo y arameo tiene un significado amplio, significa los parientes próximos, pues en esas lenguas no existe la palabra tío, primo, sobrino o cuñado. Por eso, Abraham es tío de Lot (Gén 11,27) y se llaman hermanos. San Pablo llama hermanos a Tito y Epafrodito (2 Co 2,13; Fil 2,25), cuando solamente son hermanos espirituales.
David reunió a los hijos de Aarón y a sus hermanos, ciento veinte” (1 Cro 15,4), pero se refiere a sus parientes. “Uno de aquellos días Pedro se puso de pie en medio de sus hermanos, que eran unos ciento veinte” (Hech 1,15). Eran hermanos espirituales.
Podemos ver otros textos de hermanos, que no son del mismo padre y madre: Gen 14, 14-16; 29,15; Jos 17,4; Lev 10,4; 2 Sam 19, 12-13; 1 Co 2,1; Mt 18,21.35.
Jesús mismo habla de “mis hermanos”, refiriéndose a sus discípulos: “Vete a mis hermanos y diles... Y María Magdalena fue a anunciar a los discípulos” (Jn, 20,17-18). Por otra parte, el que más se menciona como hermano de Jesús es el apóstol Santiago (Gal 1,19). Pero según Mt 10,2-4, de los dos apóstoles de nombre Santiago, uno es hijo de Alfeo y otro de Zebedeo. Por otra parte, la misma Biblia en Jn 19,25 dice que María tenía una hermana (pariente) casada con Cleofás, ¿no podrían ser sus hijos los pretendidos hermanos de Jesús, de que habla Mt 13,55?
Por otra parte, si Jesús hubiera tenido otros hermanos5, ¿no hubiera sido lo normal que ellos se hubieran encargado de cuidar a María, después de la muerte de Jesús? Por eso, nunca se encontrará en la Biblia la palabra hijos de María, que sería una prueba irrefutable. Jesús es el (único) hijo de María (Mc 6,3). Hasta el mismo Lutero defendió siempre la virginidad perpetua de María.

Suelen nombrarse cuatro hermanos de Jesús: Santiago, José, Judas y Simón (Mc 6,3). Pero se aclara en Mt 27,56 que había una tal María, madre de Santiago (el menor) y de José, que no era la madre de Jesús. Y es de notar cómo el apóstol Judas y Santiago (el menor) se consideran servidores de Jesús y no hermanos de Jesús. Véase (Sant 1,1 y Judas 1,1).
Con relación a este tema podemos citar a san Jerónimo, el gran traductor de la Biblia al latín (la famosa Vulgata), que fue la traducción oficial de la Iglesia. San Jerónimo sabía hebreo, arameo, griego y latín. Y, estudiando la Biblia, entendió que se hablaba de la virginidad perpetua de María. Por eso, escribió en el año 383 un librito contra Helvidio, donde habla de la virginidad de María.
Algunos hermanos separados dicen que los católicos se han inventado el dogma de la Asunción y de la Inmaculada Concepción, porque sobre ellos no habla la Biblia. Pero Elías y Enoc subieron al cielo en cuerpo y alma (Gen 5,24; Heb 11,5; 2 Reg 2,11). Si a la muerte de Jesús muchos muertos resucitaron y se aparecieron en Jerusalén (Mt 27,53) ¿no podemos creer que Jesús se llevó a su madre en cuerpo y alma al cielo, resucitándola inmediatamente después de morir para que su cuerpo no se corrompiera en el sepulcro? Los escrituristas citan algunos textos bíblicos: “¿Quién es ésta que sube del desierto, apoyada en su amado?” (Cant 8,5). Se refiere a María que sube del desierto de este mundo, apoyada en su amado Jesús. Y sobre todo, Ap 12, donde se ve a María ya asunta en el cielo, gloriosa, como una reina coronada de doce estrellas.
Al respecto, en una carta del siglo IV de Dionisio el egipcio (o el místico) a Tibo, obispo de Creta, le habla de la Asunción de María al cielo. Esta carta fue publicada por primera vez en alemán por el doctor Weter de la facultad de Tubinga en 1887. También san Juan Damasceno, en 754, en una homilía, habla de la Asunción y cita la obra Historia Eutiquiana, libro II, capítulo 40, donde se habla que ya en el siglo V se habla de esto en Constantinopla.
Y sobre la Inmaculada Concepción, ¿no dice el Gen 3,15, que ella aplastará la cabeza de la serpiente (diablo), como si sobre ella no hubiera podido tener ni el más mínimo poder, porque no hizo el más mínimo pecado? ¿Acaso no dice el Evangelio que ella es llena de gracia (Lc 1,28), es decir, totalmente llena de gracia, sin la más mínima sombra de pecado ni siquiera del pecado original?
Y la misma Biblia dice: “Toda hermosa eres, amada mía, y no hay mancha en ti” (Cant 4,7). “Ella es resplandor de la luz eterna, el espejo sin mancha de la actividad de Dios, imagen de su bondad... Es más hermosa que el sol, supera todo el conjunto de estrellas y comparada con la luz, queda vencedora” (Sab 7, 26–29). Ella aparece en el Apocalipsis 12: “vestida de sol, con la luna baja sus pies y rodeada de una corona de doce estrellas” (Ap 12).
Que María es inmaculada forma parte de la tradición apostólica. Los Padres Orientales la llaman panagia (toda santa), sin sombra de pecado. San Agustín, al hablar de que todos nacemos con el pecado original, dice: “excepción hecha de la Santa Virgen María a la cual, por el honor del Señor, pongo en lugar aparte, cuando hablo del pecado” (De nat et gr I, 37,47). Y san Efrén, en el siglo IV, dice que ella es “mucho más pura que los rayos de sol”.
San Ireneo aprendió de labios de san Policarpo y éste del mismo apóstol san Juan que “María, siendo obediente, se hizo causa de salvación para nosotros y para todo el género humano… Por eso, la desobediencia de Eva, fue anulada por la obediencia de María”6. ¿Acaso la Tradición no vale nada? ¿Por qué los evangélicos aceptan la Tradición católica sobre Navidad, Pascua, el canon de libros de la Biblia y no en otras cosas?
Los católicos no adoramos a María, sino que le damos honor, es decir, la veneramos. En la Biblia, Dios nos manda honrar al padre y a la madre (Ex, 20,12). En el original hebreo se usaba la palabra Kaboda, que quiere decir honrar, glorificar. Nosotros también podemos dar honor y gloria a María como debemos hacerlo con nuestros padres. Cuando rezamos el rosario, no la adoramos, sino le damos honor y gloria como a una madre, a quien le decimos las palabras más hermosas, que Dios mismo nos enseña en la primera parte del Ave María. El ángel, de parte de Dios, le dice: Alégrate, llena de gracias, el Señor está contigo. E Isabel, llena del Espíritu Santo, le dice: Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre (Lc 1). Así pues, podemos amar y honrar a María, porque es nuestra Madre, tal como Cristo nos la entregó desde la cruz, al decirnos a cada uno: “Ahí tienes a tu Madre” (Jn. 19,27).
Invitemos a los hermanos separados a amar a María con las palabras bíblicas que Dios nos enseña: “Alégrate llena de gracia el Señor está contigo. Bendita tu eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre (Jesús)”.
Solo así cumplirán la profecía bíblica: “Todas las generaciones me llamarán bienaventurada” (Lc 1,68).
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