1 Einstein no sacaba buenas notas




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La inteligencia del ser humano es infinita y adquirida


El ser humano es inteligente. Es un hecho. Como lo es que ningún ser humano emplea al 100% su capacidad intelectual. Por eso puede decirse que, en la práctica, todo ser humano tiene capacidad en su cerebro —aún sin explotar— de un potencial inimaginable.

El cociente intelectual real de un ser humano es un dato plenamente anecdótico. Si éste se autosugestiona de su incapacidad, no logrará nada por más tiempo que le dedique. Si, por el contrario, se estimula adecuadamente, sus logros sorprenderán a todos, incluso a él mismo. Porque el ser humano, todo ser humano —mucho más si está sano—, guarda una capacidad infinita.

Todos somos tan inteligentes como para poder resolver todos los problemas que nos planteemos. Solo precisamos tener motivación, estímulo y crearnos la necesidad de lograrlo. La destreza para poder solucionar cualquier problema se adquiere al intentar dar con la solución.

¿Qué es la inteligencia?


En general la podemos definir como la capacidad de descubrir y resolver los problemas que nos encontramos.

La verdadera prueba de inteligencia radica no en cuántas cosas sabemos hacer, sino en cómo actuamos cuando no sabemos hacerlas.

¿Es innata o adquirida?


Podríamos decir que potencialmente es una facultad genética, porque no existiría sin una determinada serie de genes. Pero desde el punto de vista práctico, de su desarrollo, lo que entendemos por el cociente intelectual o capacidad intelectual de una persona determinada, hay que considerarla adquirida, puesto que su desarrollo está en función del ambiente y de la voluntad del propio sujeto.

En el resultado de la inteligencia el peso de la genética no es tan importante. La carga genética: el cociente intelectual apenas cambia a lo largo de la vida, la inteligencia no deja de crecer si se estimula —si se aprende—. Por eso en la inteligencia lo que importa no es con qué potencial nacemos, sino qué hacemos con él. En este sentido podemos decir que la inteligencia es adquirida, no innata.

Cada día convivimos y nos enfrentamos a una serie de falsas creencias, muy extendidas, sobre la inteligencia. Que, además, obstaculizan su desarrollo de una forma práctica. Las más recurrentes son:

  • Se nace inteligente o torpe, sin que el medio externo ni la voluntad del sujeto pueda modificar significativamente ese hecho, ES FALSO.

  • La capacidad intelectual permanece invariable a lo largo de su existencia, FALSO.

  • La capacidad intelectual de un sujeto crece hasta alcanzar un máximo a una determinada edad, en torno a los 18 años, a partir de la cual su crecimiento se detiene. ES FALSO.

  • A partir de cierta edad, con el envejecimiento, disminuye la capacidad intelectual, como consecuencia de la muerte de las neuronas, FALSO.

  • Desde el nacimiento el niño está, por así decir, predestinado a estudiar ciencias o letras. Es decir, sus aptitudes varían de unos a otros, dependiendo de la genética, ES FALSO.

  • El aprendizaje es una consecuencia de la inteligencia. ES FALSO. En realidad ocurre justo lo contrario.

  • Para que la inteligencia actúe con destreza es preciso haber aprovechado una edad propicia, lo que algunos llaman un periodo sensitivo. En términos generales, FALSO.

  • El aprendizaje está relacionado con el coeficiente intelectual que se tiene. Aprende más el más inteligente, FALSO.

Veamos una a una:
“Se nace inteligente o torpe”

No es cierto. Todos los niños, salvo en excepciones ambientales provocadas por hambre crónica, traumatismos craneales, un parto con muchas complicaciones u otras causas, pueden presentar un desarrollo intelectual menor que el de sus iguales. Lo mismo puede ocurrir por causas genéticas, como en el caso del síndrome de Down, Turner y otros, aunque incluso en el caso de estos niños, una estimulación extraordinaria de su inteligencia los hace mucho más inteligentes, capaces de resolver problemas más complejos, de aprender cada vez más, hasta resultados igualmente extraordinarios.

El potencial del cerebro humano es, a efectos prácticos, ilimitado.

Todos los niños nacen con un potencial intelectual suficiente para lograr cuanto se propongan.

Se calcula que en nuestra vida no usamos más del 20% del poder de nuestro cerebro, desperdiciando un 80%, bien por falta de medios o por falta de voluntad.

En realidad, no hay ninguna diferencia entre la capacidad craneal de los primeros Homo sapiens de hace decenas de miles de años y la de los Homo sapiens que habitamos en el siglo XXI, pero sin duda el uso del cerebro sí ha variado mucho.

La inteligencia se vuelve más eficaz cuanto más se utiliza, y la capacidad de adaptación o de resolver problemas crece en virtud de la ejercitación.

El desarrollo del potencial genético de todo niño está en manos de los padres y allegados, de los educadores y, excepcionalmente, en manos del ambiente, del modelo que propone la sociedad donde vive y del propio niño.

  • DE LOS PADRES. Como consecuencia de la estimulación adecuada y temprana, en los primeros años de vida.

  • DE LOS EDUCADORES en la escuela. Como responsables, junto a los padres a partir de la edad escolar, de la construcción y conservación de lo adquirido.

  • DEL AMBIENTE. En cuanto puede facilitar las oportunidades educativas.

  • DEL PROPIO NIÑO. Porque no se desarrollará nunca su inteligencia sin su propia cooperación en la educación e instrucción.


«La capacidad intelectual permanece invariable a lo largo del tiempo»:

Tampoco es cierto. Lo contrario, sí. Junto al crecimiento en edad del niño, su inteligencia aumenta también, y al mismo ritmo que aumenta su aprendizaje.

Lo que permanece más constante es su Cociente Intelectual, pero la inteligencia en sí va aumentando conforme crece el aprendizaje.
«La capacidad intelectual de una persona crece hasta los 18 años y se detiene»:

La inteligencia se amplía mientras se puedan establecer conexiones entre las neuronas y se sigan formando. A toda edad pueden abrirse nuevas vías de aprendizaje y por consiguiente aumentar los conocimientos y la inteligencia.

Otra cosa es que se vaya produciendo, junto a más aprendizaje, mayor olvido de lo más lejano, si no se actualiza convenientemente.
«A partir de cierta edad disminuye la capacidad intelectual por la muerte de las neuronas»:

El número de las neuronas que mueren por la edad es insignificante comparado con las que aún viven. Además, hay muchas neuronas que aún no se han llegado a utilizar y pueden ponerse en actividad.

La disminución de la actividad cerebral de una persona está más relacionada con su inactividad mental que con su potencialidad cerebral.
«Desde el nacimiento se está predestinado para estudiar ciencias o letras»:

No es cierto. La potencialidad del cerebro es tal que cualquier niño es apto para cualquier estudio.

La inclinación o adecuación futura a un determinado estudio, es decir, a un mayor uso del hemisferio izquierdo o derecho, depende de la ejercitación que el niño haya tenido desde pequeño.
«El fracaso escolar es consecuencia de una insuficiencia intelectual»:

Tampoco esto es cierto. Por mucha actividad cerebral que tuviera un cerebro, siempre guarda su mayor parte sin utilizar.

El fracaso escolar es consecuencia de no haberse utilizado la potencialidad innata intelectual o no haberlo hecho de manera adecuada. Nunca de no tener una capacidad adecuada.
«Se ha concedido poca importancia al desarrollo intelectual durante los primeros años de la infancia»:

Es cierto que, durante los cinco primeros años de vida, el niño debería haber aprendido mucho más. De cualquier materia pero esto no quiere decir que a partir de esta edad la capacidad de aprendizaje no sea importante e incluso determinante.
«Los periodos críticos»:

Los periodos críticos, sensitivos también llamados según otros, existen y deben ser conocidos y tenidos en cuenta para la enseñanza. Pero resulta perjudicial la obsesión por seguir encorsetados periodos.

El conocimiento o la comprensión de una materia cualquiera, mas que en función de una edad, es consecuencia de la existencia de un aprendizaje previo que le sirva de cimiento.
«El aprendizaje es consecuencia de la inteligencia», dice otra falsa creencia:

Bien es cierto que no se puede aprender sin inteligencia. Pero la inteligencia como don genético es un bien potencial. Muy diferente es el cultivo de la misma, que es a lo que realmente debe llamarse inteligencia, medible y comparable.

Esta inteligencia es consecuencia del aprendizaje y no al revés. No se aprende porque se es inteligente, sino que se es inteligente porque se aprende.

Conclusión respecto a las falsas creencias


Por todo lo dicho, más que el potencial genético, nos ha de preocupar qué hacer con la capacidad de la inteligencia que se tiene, que siempre será mayor de la que uno se imagina.

Sin cultivo perseverante y dirigido, la inteligencia nunca dará el rendimiento que realmente satisface al ser humano y sobradamente puede. Así, podríamos decir que los superdotados, aquellos que tienen genéticamente una capacidad muy superior al resto, no pasan en todo el mundo de un par de docenas. Mientras que los genios, los sabios, los cultos, las mentes brillantes, las que resuelven los problemas de la humanidad y la hacen progresar, son aquellas que con una capacidad normal, su inteligencia sí ha tenido una ejercitación adecuada.

Un niño, con la capacidad de hablar, tampoco hablaría si no se le estimulara y enseñase a hacerlo pacientemente.

Qué pueden hacer la familia y la escuela, para favorecer el desarrollo de la inteligencia


Aunque a lo largo de los capítulos que siguen iremos, poco a poco, concretando más cómo estimular la inteligencia de un hijo o alumno, por ahora tengamos en cuenta que todo educador ha de cuidar principalmente la actitud frente al estudio y aprendizaje de los hijos:

  • Los padres y profesores deben tener una actitud positiva ante el estudio de un hijo o un alumno. Esto no siempre es fácil, pero sí determinante. Lo fue para Einstein.

  • Cuando un hijo no parece muy inteligente (práctico), si se le dice que es inteligente, se convierte en inteligente. Porque en realidad todo ser humano lo es. Solo ha de ponerse la capacidad en práctica.

  • Ha de crearse en él una autoimagen positiva como estudiante.

  • Si ya poseyera una autoimagen negativa, hay que emitirle mensajes positivos sobre algunas facetas del estudio (por ejemplo: si no saca buenas notas, resaltar en público la intensidad que tiene su trabajo y, si no es posible, la eficacia con lo poco que hace, o la habilidad que tiene en algún aspecto de alguna asignatura, etc.).

  • Favorecer en todo momento el modo personal de resolver los problemas, más cuando ese modo sea distinto al que nosotros hubiésemos empleado. Es demasiado frecuente la intervención prematura de padres y profesores antes de que el niño o adolescente lo resuelva o intente resolverlo por sí solo. Es preferible siempre —salvo peligro de daño físico serio o moral— dejar que un hijo resuelva el problema con los medios que tiene a su alcance y siguiendo su propia intuición, con la menor ayuda posible por parte de un adulto o de un hermano mayor conocedor de la solución.

  • Cuando un niño tiene un problema y sabe que un adulto cercano conoce la solución, su cerebro —inteligente— le dice que el camino más corto es preguntar y exigir la respuesta a un adulto, un compañero o un libro. Aunque sea dando pena. Si se hace, se priva al hijo o alumno de la oportunidad de hacer buscar a su cerebro otra vía y estrenar así un nuevo circuito en su cerebro que le permita aprender y adquirir mayor musculación. El niño que se habitúa a buscar las soluciones por sí mismo, confía más también en que las logrará: cimiento del buen estudiante y del niño con autoestima y personalidad. No quiere decir esto que no se pueda ayudar a los hijos en sus tareas de aprendizaje, sino que se debe estar a su lado, siguiendo el proceso y dejando que haga lo que puede hacer.

Pero veamos más acciones al alcance de los educadores, como potenciar la inteligencia:
Si son niños pequeños (menores de 5 años):

  • Adelantar la lectura. Cuando un niño muy pequeño pronuncia por primera vez, defectuosamente aún, la palabra vaso, está leyendo abstractamente la forma del vaso: lee y pronuncia un concepto y una palabra. Este ejercicio, que se suele hacer con 1-2 años, es mucho más complejo que lo que conocemos por lectura escolar. El niño puede aprender a leer incluso antes de pronunciar. Adelantar en edad la enseñanza de la escritura también. Así como adelantar el cálculo matemático. Jugar con estructuras de madera o plástico. Jugar con piezas encajables.
A PARTIR DE I OS 4 AÑOS Y HASTA LA ADOLESCENCIA:

  • Utilizar en su presencia, con propiedad, un vocabulario lo más rico posible, sobre todo en el ámbito del hogar, en el vecindario, durante los viajes.

  • Con la máxima riqueza de matices de adjetivos y variedad de argumentos. Por ejemplo, no es lo mismo azul, que azul celeste o turquesa. No es lo mismo perro que husky siberiano o pastor alemán.

  • Potenciar el desarrollo de sus siete sentidos: olfato, vista, tacto, oído, gusto, equilibrio e interior (sentir dolor interno e incluso ser capaz de localizarlo: es como el tacto pero interno).

Esto se puede hacer, por ejemplo, mediante:

  • Frascos transparentes, rellenos de líquidos, para que el niño al verlos diga rápidamente si se trata de vinagre, aceite, jabón, agua, etc., por ejemplo.

  • O rellenos de sólidos: garbanzos, lentejas, azúcar, sal, semillas de trigo, harina, cemento, etc.

  • Así como con piezas de madera, sabiendo identificar el tipo (nogal, castaño, cerezo, pino...).

  • Distinguir entre tipos de tela (lino, loneta, pana, crevillé...)

  • O entre diferentes metales (hierro, acero, aluminio...).

  • Cogiendo dos objetos, uno en cada mano, y calcular cuál pesa más.

  • Tocando folios de diferente grosor y cartulinas, para tener que distinguir cuál es más gruesa o delgada.

  • Jugar a distinguir un instrumento como piano, violín, platillos, tambor..., en una interpretación musical.

  • Jugar a distinguir con los ojos vendados, sabores, empezando por definirlos como salados, sosos, ácidos, picantes, dulces...

  • Jugar a describir con los ojos vendados y guiados por el tacto, entre superficies rugosas, lisas, ásperas, rayadas, abultadas...

  • O calcular distancias a simple vista. Cortas y largas.

  • Etc.

Recordemos que el niño cuando aprende se hace inteligente, no que aprende cuando lo es.


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