Entrevista Con el Miembro del Consejo Alfa y Omega




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EL MENSAJE DE UNA CIVILIZACION ANTERIOR



A vuestro mundo:
"Conviene aclarar que existen tres tipos de mundos, y que a pesar de que siempre se deseó la integración de las ci­vilizaciones que los habitan, ellas nunca llegaron a relacionarse realmente. Está el mundo extraterrestre del cosmos, el mundo intraterreno de la Tierra hueca, y el mundo de la superficie. Este último marcha rápidamente hacia la des­trucción que nuestros antepasados tampoco pudieron evi­tar, y que cierta vez convirtió al planeta Tierra en gigantes­ca tumba repleta de cadáveres hediondos, ruinas y deso­lación.

"Eso aconteció en una época remotísima, fuera de la posibilidad de vuestros cálculos. En aquel tiempo, el hom­bre fue testigo de los hechos, pero nada pudo hacer. Toda civilización alcanza el punto máximo de desarrollo y desa­parece a continuación, abrupta o gradualmente. Se consu­me como los astros. La vida universal es un eterno juego matemático, compuesto por ciclos que tienen ciertos as­pectos aniquiladores.

"Nuestro desarrollo tecnológico alcanzó grados asom­brosos de perfeccionamiento. Logramos efectuar, de modo controlado, incluso a distancias fabulosas, la descomposi­ción de la materia en unidades de energía y también su recomposición. Los efectos de los residuos radiactivos eran controlados.

"Esa práctica dio margen al surgimiento de usinas (o estaciones) desintegradoras, en las que máquinas podían transformar energía en personas, o proyectar energía hasta cualquier ciudad de la Tierra, en la que otra máquina la in­corporaba. Después se volvió común que cada individuo dispusiese de su propia máquina.

"Prácticamente, para nosotros no había secretos. "Gracias a nuestros conocimientos científicos podía­mos hacer casi todo lo que queríamos, inclusive prolongar la vida indefinidamente. Eso era posible con el uso del pro­ceso de hibernación que nuestro sistema social permitía, y que consistía en permanecer durante años con las funciones vitales suspendidas, bastando después la ingestión de una pastillita para que volviéramos a la vida activa.

"La clase gobernante consiguió remediar los inconve­nientes de la aglomeración de seres vivos: consiguió contro­lar el crecimiento excesivo que hubiera en las poblaciones, y la contaminación que de ello resultaba. Por supuesto, fueron necesarios largos períodos para que todo se norma­lizara, pues nuestro carácter pacífico nos imposibilitaba adoptar cualquier medida agresiva con los que actuasen contra las normas.

"En los núcleos de asistencia, los recién nacidos reci­bían pastillas programadoras, cuyo efecto impedía cual­quier actividad violenta contra un semejante.

"Empero, empezaron a surgir graves problemas a causa de la falta de avance de la consciencia en relación con el ininterrumpido progreso tecnológico. Finalmente, en una fecha memorable, el consejo gobernante llegó a pensar una solución para esos problemas. Desde aquel momento en adelante, para evitar la muerte teníamos que contar con gobernantes cuyo poder de decisión fuera total. Entonces, programaron una nueva raza, que colaboraba con el plan evolutivo. Preparados para ignorar el mal y el bien, legisla­ron con extraordinaria sabiduría. Se limitó el crecimiento poblacional y, en ese régimen, la concepción era controla­da e inhibida. Además de eso, los decrépitos, los caducos y los considerados socialmente irrecuperables eran elimina­dos.

"Pero estábamos cometiendo un error. No habíamos advertido una aberración en la estructura sobre la cual ha­bíamos cimentado la sociedad terrestre de la superficie: los motores de nuestra poderosa tecnología eran alimentados exclusivamente con energía atómica. Conocíamos otras formas de producción de energía limpia, pero estábamos satisfechos con el grado de seguridad obtenido con el do­minio de la descomposición del átomo. Obviamente, en los primeros tiempos tuvimos que ocuparnos de los resi­duos radiactivos, los cuales los colocábamos en cápsulas especiales, enterrándolos. Después; conseguimos transfor­mar esos residuos, y, por-fin, llegamos a lo que llamamos "cadena de consumo sin pérdida". Era como si uno de los motores de hoy, movido por gasolina, recogiese y reutili­zase permanentemente, para su funcionamiento, la tota­lidad de los gases generados por la propia combustión. Creíamos haberlo conseguido todo, cuando uno de nues­tros matemáticos advirtió que, imprevistamente, después de cierto tiempo, (que vosotros medís en una centena de años) las líneas espectromagnéticas de la energía reciclada ya no respondían a las rígidas leyes que hasta entonces ha­b fan obedecido.

"Para decirlo de otra forma: se rebelaron. Por consi­guiente, ¿qué más podría significar tal anarquía de las líneas espectromagnéticas del reciclaje atómico? Cuando lo supimos era demasiado tarde. Nuestra ciencia había cumplido su ciclo y todos recordábamos las sabias palabras del último filósofo: 'Sin embargo, la muerte está ahí.

"El tenor radiactivo de la atmósfera comenzó a subir a pasos agigantados, provocando agujeros negros en las capas de ozono que envolvían a la Tierra. Rápidamente, se tomó inútil la maquinaria supercompleja que sustentaba la estructura de nuestra civilización. Considerad que había­mos construido verdaderos monstruos de la cibernética, ca­paces por sí solos de restaurar partes de la maquinaria que se averiasen por cualquier causa. De manera que algunas subsistieron por más tiempo, y se consiguió un regulador del crecimiento del índice de radiación. Empero, eso de nada servía porque no nos habíamos preocupado en conse­guir inmunidad contra la radiación, a la que incluso debía­mos todo lo que éramos, así como hoy no buscaríais inmu­nidad contra el agua de vuestros ríos, pensando que maña­na ella podría convertirse en un elemento de muerte.

"De repente, supimos que estábamos solos e indefensos. "No habíamos progresado como raza; por el contrario, permanecíamos en un ciclo primario: simplemente contri­buíamos, sin saberlo, al surgimiento, el esplendor y el oca­so de una supertecnología. La tecnotrónica nos había dominado.

"Tuvimos que huir de las ciudades. Afortunadamente, sabíamos hacia dónde dirigirnos, y procuramos hacer que el éxodo se cumpliese estrictamente de acuerdo con pautas ordenadas por los gobernantes. Esos mismos gobernantes habrían tenido que adoptar, otrora, medidas extremas para evitar una explosión demográfica, y habían ordenado que las nuevas ciudades se levantasen en cuatro anillos perfec­tos en tomo de la superficie del planeta, pasando por el área que hoy llamáis Ecuador. Una de las cosas que os de­bo advertir es que la topografía de este planeta era diferen­te. La plataforma continental era una amplia faja que ocu­paba el espacio entres los trópicos, al sur y al norte. Donde hoy localizáis a los polos, existían vertientes marinas, esto es, vías de comunicación natural dispuestas a manera de una red geométrica debajo de los mares, a través de las cua­les las aguas provenían del interior del planeta hacia la su­perficie y después retornaban allá.

"En la actualidad, esa red está completamente frag­mentada, y las aguas salen del mundo intraterreno y vuel­ven hacia éste a través de cuatro bocas situadas, según vuestra cartografía, en los triángulos Tokio, Shanghai, Vladivostok, en el mar del Japón; Sidney-Melboume-Nue­va Zelandia, en el mar de Tasmania; Malvinas-Río Gallegos­Viedma, en el mar Argentino; y Bermudas-San Juan de Puerto Rico-Bahamas, al norte del Océano Atlántico.

"La evacuación de las poblaciones se hizo por etapas. Primero, los que residían en los anillos interiores se trasla­daron hacia los periféricos, a fin de que no aguardaran hasta el último momento y se vieran obligados a atravesar un cinturón mortal compuesto por las áreas en las que más se habían alterado las leyes. Mientras tanto, proseguían los es­fuerzos desesperados para encontrar una solución. Empero, basados exclusivamente en nuestro propio conocimiento, y sin el apoyo de los cerebros artificiales que inclusive lle­garon a consolarnos mientras nuestro sistema psíquico su­fría la carga de los altibajos de la situación, ¿qué podíamos hacer?

"Acostumbrados a emplear materiales de reciclaje co­mo fuente de energía, nos encontrábamos finalmente con una realidad con la que no habíamos contado, y no teníamos medios de usar las fuentes más primitivas de energía, controladas por las leyes naturales de la materia. Al haber quedado, inadvertidamente, con el desarrollo de la consciencia en el nivel del progreso tecnológico, permitimos que la materia la aventajara.

"¿De qué valdría intentar regresar a aquellas fuentes, si ya no contábamos con aparatos que pudieran ser alimen­tados con esos tipos de combustible?

"Vosotros nos entenderíais si imagináseis que os dije­sen que deberíais retornar hoy a los barcos de vapor. Po­dríais fabricar el vapor, pero ¿dónde están los barcos?

"Fue entonces cuando vino la crisis. Aquella sociedad perfecta, superdesarrollada, era nada más que un parásito de un gigantesco animal tecnológico. El único parásito del único animal. Muerto éste, ¿qué quedaba?

"La decadencia fue rápida. La capacidad de dar órde­nes estuvo durante mucho tiempo relacionada con la exis­tencia de archivos completos de informaciones que preveían la necesidad y las consecuencias de la orden emitida. ¡Se volvió tan difícil pensar por nosotros mismos! "Muchos optaron por quedarse en las ciudades desa­fiando el índice creciente de radiación. Se convirtieron, en­seguida, en remedos de lo que habían sido. Sufrieron deformaciones óseas, quedaron ciegos como consecuencia de cataratas en el cristalino, y finalmente murieron por falta de coordinación motora.

"Los que huyeron vagaron por las selvas por las que nunca nos habíamos preocupado, y se enfrentaron con animales desconocidos, cuya existencia ignorábamos por­que los cinturones poblacionales estaban protegidos por fa­jas de vacío absoluto. Bebieron aguas de riachos, y muchos perecieron porque genéticamente habían perdido la codifi­cación que los facultaba para asimilar agua en estado puro.

"Otros cayeron al alimentarse. Habíamos perdido casi toda la capacidad de adaptación al medio ambiente terres­tre. Algunos se agruparon en células coordinadas, tratando de sobrevivir a lo que los aguardaba.

"Algunas pastillas les daban el equilibrio neutrónico requerido por el organismo, y sólo con el uso de ellas te­nían seguridad de que los alimentos y el agua no se con­vertirían en sus enemigos.

"La marcha fue muy dura. La superespecialización nos había vuelto inválidos. Entretanto, seguíamos vivos, y pesaba la advertencia del último filósofo: "La muerte está ahí".

"Una de las opciones que teníamos que lograr para sobrevivir era llegar hasta las vertientes marinas cuya fuer­za era ono-zone, y alcanzar el interior de la Tierra hueca, en la que depositábamos la esperanza de no ser devorados por la contaminación radiactiva. Pero, ¿cómo lograrlo? "Si alguien que está en Filadelfia y que siempre usa el teléfono para comunicarse con quien está en Nueva York, descubre un día que ningún teléfono funcionará nunca más, ¿cómo se sentirá?

"Vagamos por las selvas... Nos asaltó la vejez y descu­brimos que nuestra existencia como parásitos caducos era miserable. Entretanto, la radiación había ¡alcanzado límites intolerables y los sobrevivientes se apresuraban rumbo a los litorales, persiguiendo el horizonte marino. Tremendos ca­taclismos fragmentaron la capa exterior de la Tierra en mi­llares de pedazos, como si una explosión descomunal hu­biese dado cuenta de nuestro mundo devastado. Y en me­dio de ese holocausto, nuestra raza proseguía manteniendo sus arquetipos.

"Evitando que los debilitados procreasen conseguimos seleccionar parejas que pudiesen servir como reproductores en laboratorios, y en las condiciones más inhóspitas conseguimos que, a partir de tres de ellas, fuesen engendradas criaturas perfectas. Criados en las selvas, desconociendo los beneficios de los cuales sus ancestros habían usufructuado, los pequeños iniciaron una nueva sociedad.

"Hablaban poco, como nosotros. Hacía tiempo que habíamos renegado del lenguaje hablado, para optar por las transmisiones de cerebro a cerebro, gracias a los buenos oficios de captadores extracerebrales suministrados por el gran monstruo tecnológico que nos amparaba. Después de eso fue muy difícil volver a hablar, y algunos jamás lo consiguieron.

"Uno de los grupos coordinadores asumió la tarea de relatar lo que sucedió a los terrestres, según la simbología entonces existente para las comunicaciones. Así lo hizo para legarla a los nuevos hombres que, a su vez, ya empezaban a tener hijos, iniciando, con un cambio de código genético, una nueva cadena biológica "Esta es la historia de la raza de los que viven en las profundidades de la Tierra: la raza de los que tuvieron que soportar mucho más que vosotros para resurgir de las cenizas de una civilización. Está aquí relatada y podría servir de base para los hombres de hoy, si éstos quisieran valerse de esa experiencia vivida.

"Mientras el mundo de la superficie se desmoronaba entre innumerables cataclismos, nuestra civilización co­menzó a resurgir de modo pausado, pero firme. La nueva Tierra, en el centro del planeta, nos brindaba sus recursos, de la misma forma que la anterior, pero con una diferencia fundamental: nos permitía comenzar de nuevo, a partir de la no-contaminación. Era 'la segunda oportunidad', de la que otrora hablaran los filósofos. Sólo entonces supimos cuán importantes eran ellos para cualquier comunidad. Los filósofos sabían más que cualquier supermáquina y, sin embargo, ¡llegamos a burlarnos de ellos!

"Fue necesario que pasaran cerca de cuatrocientos siglos para que volviéramos a sentirnos fuertes y supiéramos que habíamos llegado de nuevo al punto exacto en el que los caminos se bifurcan, en el que los forjadores de la raza otrora se equivocaron y empezaron a declarar su muerte. Supimos aprovechar la segunda oportunidad, siguiendo fielmente los postulados del decálogo que habíamos here­dado de los "primeros", decálogo que la tradición se encar­gó de mantener vigente. Había en él cosas que hablaban sobre la experiencia otrora vivida en la superficie de la Tierra, y que durante milenios no pudimos entender. Sólo de a poco, con el progreso de la nueva ciencia, las indica­ciones llegaban a tener sentido para nosotros, como por ejemplo: "La energía atómica es causa de muerte, no debe ser empleada". El redescubrimiento que hicimos del átomo develó el sentido de ese primer artículo, el cual nos alertó para no seguir profundizando su estudio. Esta vez optamos por buscar la energía del magnetismo, pero descubrimos que campos magnéticos de determinadas intensidades pro­ducen alteraciones físicas en los objetos y en los seres. En­tonces, abandonamos ese sistema y ensayamos otros, hasta que nos decidimos por la energía obtenida a partir de la captación de 'fotones' ono-zone, provenientes de las estre­llas, los cuales nos llegaban del exterior a través de canales o pozos intermagnéticos. Gracias al conocimiento y al do­minio de esa energía, conseguimos penetrar en las zonas aún más interiores del planeta, que suponíamos siempre oscuras. Así pudimos construir nuevas ciudades y suspen­der finalmente las restricciones impuestas al control de la . natalidad. Nuestra raza seguía creciendo, y no faltaron los que, estimulados por los filósofos, partieron en busca de la tierra original, o sea, de la cuna de nuestra especie. Se dirigieron hacia las vertientes marinas, y pasaron por los terrenos helados que nuestros antepasados desconocían y que fueran una consecuencia del desastre ecológico cau­sado por ellos. Llegaron al suelo continental, después que atravesaron amplios sectores marinos. Según vuestra carto­grafía, atravesaron Terra Victoria, siguieron por mar hasta Nueva Zelandia, de al¡ í fueron a Australia, y por la Mela-nesia llegaron al Japón y a las costas de la China entre Can­tón y Tientsin.

"De los que partieron, fueron pocos los que volvieron. Vinieron maravillados por la luminosidad de los días, por el cielo azul, por la brisa marina, por la prodigalidad de la vegetación que ofrecía sus frutos sin necesidad de culti­vo, y por la cantidad de animales salvajes disponibles para la caza, deporte que descubrieron accidentalmente y que ¡os fascinó.

"Nuestros gobernantes decidieron estudiar el año geo­físico del exterior, con el propósito de verificar las condi­ciones allí existentes para el progreso de la vida. Los resultados fueron magníficos. Se verificó que durante miles de años no se habían registrado señales de la eclosión radiacti­va que afectara a nuestros antepasados. La naturaleza, lenta pero implacablemente, eliminó todos los vestigios de la contaminación.

"Fueron miles los que desearon, a partir de ahí, aban­donar la tierra interior y más de una vez, como ya había sucedido en nuestra historia, fue necesario que los gober­nantes tomasen una decisión capital: nos prohibieron dejar el mundo interior para evitar que llegáramos al punto de degeneración que otrora alcanzáramos cuando éramos hombres de superficie. Los gobernantes otorgaron un pla­zo, para el regreso de los que habían partida Vencido este plazo, no serían admitidos más, pues ya tendrían hasta otra conformación física. La unidad de la raza intraterrena que­dó a salvo, quienes no regresaron constituyeron la base que dio origen, en la superficie de la Tierra, a la raza amarilla, fundada en la China, en el Japón y en la costa oriental de México y en el extremo sur de la Argentina. En verdad, antes de eso, había en la China hombres blancos y negros; los amarillos que hoy conocemos son intraterrenos en su origen.

Las fugas del mundo intraterreno ocurrían a través de los conductos naturales, que bajo los mares, comunicaban a los mundos de superficie con los del interior, pero esta­ban siendo controladas.

El año geofísico del exterior reveló algunos hechos interesantes, además de la ausencia de radiación en el me­dio ambiente. Supimos que la raza humana no había desaparecido totalmente de la superficie de la Tierra, sino que, debido a las tremendas mutaciones que sufriera con el tiempo, presentaba dimensiones ligeramente diferentes de las nuestras, y transformaciones radicales en sus aspectos fisonómicos. Efectivamente, no encontramos más represen­tantes de la raza original; en cambio, nos encontramos con negros y blancos idiotizados y casi en estado animal.

"También pudimos verificar que nuestra fuente per­manente de agua para los anillos interiores se mantenía intacta. Nos referimos a lo que llamáis Lago Baikal, en Siberia. En sus alrededores encontramos algunas colonias de animales que tenían, casi con exactitud, las caracterís­ticas que la tradición otorga a los que convivieron con nuestros antepasados en el exterior.

"Ahora, cuando la lenta evolución dotó de una buena inteligencia a los hombres que habitan la superficie de la Tierra, ellos se apresuran a caer en la misma trampa que redundó en la destrucción de la raza primigenia. El primer paso en esa dirección fue la fabricación de la bomba ató­mica, artefacto cuya peligrosidad no tiene límites y que servirá para edificar gobiernos de terror, lanzando al mun­do a un desastre total. Un desastre que tal vez también nos envuelva, porque no es posible conocer la magnitud que puede alcanzar una confrontación en la que participe el armamento nuclear.

"No estamos dispuestos a permitir que ello acontezca. Por eso, advertimos de ese peligro al mundo de la superficie, a través de sus países más representativos. Queremos que formen una comisión internacional contra el uso de la energía nuclear para fines bélicos. A cambio, estamos dis­puestos a nivelar el secreto para el dominio de la energía magnética.

"Que la cautela esté entre vosotros."
LA ENERGIA ADECUADA PARA LA VIDA
(SEGUN EL MIEMBRO DEL CONSEJO ALFA Y OMEGA)
Todos los mundos habitables de la materia-antimateria son energía ono-zone. Ono-zone está en la propia ley evo­lutiva, como en todas las otras leyes, pero vuestros apegos terrenos y vuestro ego os desviaron de la cosmogonía uni­versal y perdísteis ese conocimiento. Lucháis por lo que es estrictamente material, y con patrones de conducta tan desarmónicos no podéis conocer la ley ono-zone, que en su esencia sublime no puede ser desvirtuada.

Cuando los patrones de conducta son maléficos, la energía del cuerpo acciona y acarrea reacciones en cadena; el ladrón, el criminal y el explotador, que a pesar de ser condenados vuelven a reiterar sus actos, utilizan la energía generada por la reacción mental en cadena, de la misma forma que la energía nuclear es generada por la descompo­sición del átomo. Después se torna incontrolable.

Tanto lo creado como lo increado están compuestos por ono-zone, el fruto único de la creación, el principio in­teligente inalterable, el Dios que veneráis en cierto ciclo de vuestra comprensión.

Cuando vuestro cuerpo enferma, la energía del cuerpo es la única que se altera. Ono-zone no se desgasta jamás; es fuente interminable y eterna. La energía corporal sufre los embates de la alimentación y, como no conocéis sus leyes, la vida celular siente los cambios climáticos y mentales, y es acosada por enfermedades orgánico-viscerales. Mas el estado del alma jamás se altera cuando su energía vibra en una sintonía universal, y cuando reposa dentro del ono­zone.

El nacimiento y la muerte responden de la siguiente manera al principio inteligente: cuando se concluye el ciclo fetal, la energía que tomó posesión del cuerpo responde a una orden y se produce al parto, que es nada más que luz, energía. Por eso se dice "dar a luz", al hacer refe­rencia a ese hecho. Cuando el cuerpo envejecido y enfermo es abandonado por vosotros, ese es el segundo parto. En el primero existe la incorporación del ser en la materia; en el segundo, la proyección del ser hacia el reino de la anti­materia. Volvéis entonces al mundo más sutil, y así recibís el conocimiento cósmico.

Ese conocimiento es el fuego del altar, fuego que ja­más se extingue, y a cuyo servicio se consagraron las civili­zaciones planetarias que, en evolución dentro de la ley del amor, llegaron al planeta Tierra. Quien enciende esa llama logra la perfección y tiene la posibilidad de conseguir ale­jarse definitivamente de la ley de nacimiento y muerte. Esa llama ono-zone se manifiesta entonces en las individua­lidades y personalidades, pero, las esencias más sublimes de la energía son extraídas a través de las experiencias de los individuos en Miz Tli Tlan (experiencias hechas con la energía pura, y no investigaciones normales). Tales realiza­ciones se suman a las actividades desarrolladas por esas indi­vidualidades.

La energía ono-zone es también la fuente que elabora la materia, desde su aparición hasta su destrucción. Es ne­cesario conocer las leyes de ono-zone para que uno sepa quién es y hacia dónde va, sin cometer el mismo error de las civilizaciones anteriores. En estos días, las vidas se ali­mentan con esa energía y se iluminan a través de ella, que es la luz del universo. Del mimo modo, el Sol, también fuente de ono-zone, da vida a vuestro planeta.

Por el "Relato Inicial" de este libro, estáis viendo cómo ono-zone es aún un misterio para los hombres de la superfi­cie de la Tierra. Su acción no es comprendida aún.

La ley de ono-zone gobierna la ley evolutiva de cada planeta, adecuándose a él. Si civilizaciones superiores deci­den cambiar la ley evolutiva de un planeta en particular, la densidad del cuerpo visible de sus habitantes debe tam­bién cambiar de grado. Aunque sea pequeño el porcentual de seres que están prontos para volverse más sutiles, esa ley actúa: comprimiendo y desintegrando la materia física de los que están prontos, para estimular incluso el progreso de los que aún no lo están.

Brodie, por ejemplo, fue llevado hacia un nuevo estado de consciencia, pero con el cuerpo físico y todo lo demás que formaba parte de su ser. En una dimensión más sutil fueron introducidos nuevos microorganismos en sus órga­nos físicos y, a medida que esos microorganismos se desa­rrollaban gradualmente, los órganos antiguos "involuciona­ban", esto es, se desintegraban, pasando hacia niveles supra-físicos. Así, un cuerpo puede volverse suficientemente ma­leable para surgir o desaparecer, siguiendo la ley de la nece­sidad. Quien comprende eso es capaz de percibir que Bro­die y aquel "embajador sueco" pueden ser el mismo indi­viduo, en dos diferentes materializaciones, puesto que un ser, dominando algunas leyes inmateriales, puede formar un cuerpo a su antojo. "Quien tiene oídos para oír, que oiga", dijo un conocido Maestro.

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