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CAPÍTULO 8

FORMACIÓN Y COHESIÓN GRUPAL

8.1. ORIGEN Y FORMACIÓN DE LOS GRUPOS

Que las personas se unen voluntariamente en grupos es un hecho cierto, pero ¿por qué lo hacen? ¿Por qué y cómo se forma un grupo? Éstas son preguntas clásicas que aparecen en la literatura sobre grupos. Sin embargo, no parece que haya sido un tema muy estudiado «Aunque muchos psicólogos sociales se hayan interesado por los grupos pequeños, pocos son los que han estudiado cómo y por qué se forman dichos grupos» (Moreland, 1987, p. 80). Y es que no es fácil determinar el momento a partir del cual las relaciones entre varios individuos cristalizan en lo que consideramos un grupo. Es evidente que esa «formación» o constitución grupal es un proceso continuo que se desarrolla a lo largo de un periodo más o menos dilatado de tiempo, de ahí que hablar de formación grupal no deja de ser, en la mayoría de los casos, una mera convención. Salvo excepciones, por ejemplo, la formación de un equipo de trabajo por los responsables de una organización, la mayoría de los grupos naturales presenta unos límites difusos en sus orígenes, por lo que no es posible identificar la fecha de su fundación. Es decir, en términos generales, la formación de grupos hay que contemplarla como un fenómeno continuo, el «movimiento» de un conjuntó de personas a lo largo de una hipotética dimensión de «grupalidad»antes que como un fenómeno discontinuo, la transformación de un no grupo en un gru po, tal y como propone Moreland (1987).

Aclarado el significado que damos al término formación, tratemos de responder a las preguntas que nos planteábamos al comienzo. Las explicaciones tradicionales han recurrido bien a criterios instrumentales o funcionalistas o bien a motivos o sentimientos de atracción interpersonal (Forsyth, 1999), aunque ambos no siempre resultan claramente diferenciables, por lo que algunos autores prefieren hablar en términos generales en el sentido de queTisTpersonas forman grupos porque éstos satisfacen alguna necesidad individual: necesitamos de un grupo para realizar ciertas tareas, por una necesidad personal de afiliación, con el consiguiente refuerzo que ello nos aporta, etc. Para Shaw (1979, p. 104), las fuentes de satisfacción de necesidades existentes en el grupo abarcan, como mínimo, las siguientes: «1) la atracción hacia los miembros del grupo (atracción interpersonal); 2) la atracción hacia las actividades del grupo; 3) la atracción hacu. objetivos del grupo (es decir, los objetivos del grupo son valiosos para el individuo», y 4) la pertenencia misma a un grupo». Veamos brevemente estos factores.

La atracción interpersonal. Resulta de interés aquí considerar algunos de los minantes secundarios (proximidad, interacción) que proporcionan la oportunidad para que operen otras variables primarias (semejanza en la actitud, congruencia de valores, etc.). En numerosos estudios de campo se ha comprobado que la distancia física entre los individuos está relacionada con la afiliación a un grupo. El estudio clásico sobre la formación de amistades en una zona residencial para estudiantes mostró claramente el papel de la proximidad en el establecimiento de relaciones interpersonales (Fes-tinger, Schachter y Back, 1950). Maisonneuve, Palmade y Fourment (1952) observaron que la proximidad y las elecciones sociométricas se correlacionaban entre sí en un internado escolar. Byrne y Buehler (1955) descubrieron que los compañeros de asiento en un aula universitaria tenían más probabilidades de hacerse amigos. La proximidad permite que los individuos entren en contacto e interactúen mutuamente y, gracias a esa interacción, les es posible conocer ciertas características de los otros que les convierten en atractivos (su aspecto físico, sus actitudes, etc.). Ahora bien, la atracción interpersonal disminuye si el contacto no logra provocar la creencia de que la afiliación será satisfactoria (Gundlach, 1956).

También se ha comprobado que la atracción interpersonal está relacionada positivamente con la atracción física y con la semejanza de actitudes, de personalidad, del nivel económico, semejanza racial, compatibilidad de necesidades y similaridad percibida, criterio este que puede ser equiparable al término categoría (Wilder y Simón, 1998). Según este criterio, la formación de un grupo o la pertenencia al mismo se encuentra determinada por la posesión de características específicas que permiten diferenciar entre las personas que las poseen (miembros del grupo) y las que no (exogrupo). Este criterio, según el parecer de muchos investigadores, es el proceso psicológico básico que subyace a la formación de un grupo (Bar-Tal, 1990).

Las actividades de grupo. Un individuo también puede sentirse atraído por un grupo porque disfruta con lo que hacen sus miembros. Sherif y Sherif (1953) examinaron la formación de grupos en campamentos de vacaciones para muchachos encontrando que aquellos que estaban interesados por las mismas actividades tendían a formar grupos. Aun cuando los trabajos empíricos no son numerosos, por lo general apoyan el supuesto de que las actividades grupales constituyen una causa de atracción hacia el grupo.

Los objetivos del grupo. Los sujetos se unen a un grupo porque valoran positivamente los objetivos del grupo. Aunque la investigación empírica es escasa, los resultados de las investigaciones de Sherif y Sherif (1953) así lo ponen de manifiesto.

La pertenencia a un grupo. Se ha sugerido que la pertenencia a un grupo puede resultar gratificadora por sí misma para el individuo, con independencia de quiénes sean los miembros del grupo, las actividades o los propósitos de éste. Aunque existen algunos resultados discrepantes al respecto, el grueso de las investigaciones respalda esta propuesta (véase Shaw, 1979). La mayoría de estas investigaciones considera que la necesidad de afiliación puede manejarse de un modo semejante a las necesidades fisiológicas y que este manejo posee efectos análogos sobre las respuestas a los refuerzos.

Por último, un individuo se une a un grupo si percibe que éste será un instrumento para la satisfacción de necesidades externas al grupo.

En suma, las explicaciones acerca de la formación de grupos, tanto de carácter funcionalista como las basadas en alguna variable de atracción interpersonal, hacen referencia a un proceso continuo que tiene lugar a lo largo del tiempo.

Más recientemente, Moreland (1987) ha propuesto el concepto de integración social para explicar la formación de grupos. La integración social, según Moreland, es el conjunto de vínculos ambientales, comportamentales, afectivos y cognitivos que unen a los miembros del grupo entre sí, de modo que cuanto más piensen, sientan y actúen los miembros como un grupo, mayor será su nivel de integración social. Estos vínculos ambientales, comportamentales, afectivos y cognitivos no deben ser considerados como causas de la formación de grupos, sino como aspectos o variedades de dicha formación, aunque son lógicamente inherentes a la formación (Alonso y Berbel, 1997). Siguiendo a Moreland, un grupo" se Forma en la medida en que tienen lugar los cuatro tipos de integración social. Veámoslo brevemente.,!

La integración ambiental puede ser considerada como una condición que facilita el contacto entre las personas. Aunque no nos dice mucho sobre el proceso de formación del grupo, nos aporta información sobre las condiciones que permiten iniciar un proceso de formación del grupo. Principalmente han sido estudiados los entornos físicos, sociales y culturales.

Respecto al entorno físico, ya hicimos mención anteriormente: la proximidad determina la formación de amistades y pequeños grupos. También el frecuentar ciertos lugares o espacios (cafetería, librería, recinto deportivo, etc.) puede facilitar que surjan afinidades e intereses comunes que confluyan en la constitución de un grupo. Esto es más probable que ocurra si -el entorno es agradable, estimulante, interesante u ofrece a las personas un sentimiento de control personal y una oportunidad para desplegar habilidades o conocimientos.

Respecto al entorno social, se ha destacado que la participación en las mismas «redes sociales», compuesta por personas relacionadas por parentesco, clase social, profesión, organización laboral, política, etc., facilitan la formación de los grupos (Feger, 1981). Por último, el entorno cultural, aunque ha recibido menos atención por parte de los investigadores, también se ha mostrado relevante para la formación de los grupos. Así, se ha considerado el compartir las mismas urbanizaciones o barrios residenciales, las mismas actividades culturales o deportivas, etc. También si la cultura es de tipo colectivista o individualista; las primeras tienden a facilitar la asociación de personas y la formación de grupos en mayor medida que estas últimas. Por último, el factor político-cultural también puede contribuir a la formación de grupos en virtud del grado de libertad existente en esa sociedad. Los regímenes autoritarios tienden a impedir la formación y la actividad de los grupos en mayor medida que los sistemas democráticos o al menos a orientar los grupos según determinadas coordenadas (ideológicas, políticas, religiosas, etc.).

La integración comportamental tiene lugar cuando las personas se vuelven dependientes unas de otras para la satisfacción de sus necesidades. Para muchos autores (Tur-ner, 1985) es la base de la formación del grupo. Las personas forman grupos porque éstos satisfacen necesidades de carácter individual que pueden darse en el mismo grupo y/o el grupo puede conseguirlas. Como ya vimos antes, las fuentes de satisfacción de necesidades existentes en el grupo abarcarían como mínimo la atracción hacia los miembros del grupo (atracción interpersonal), la atracción hacia las actividades del grupo, la atracción hacia los objetivos del grupo y la pertenencia misma al grupo. Las necesidades externas que un grupo puede proporcionar abarcarían la atracción hacia personas externas al grupo y la atracción hacia objetivos extragrupales.

Otros autores adoptan una perspectiva evolucionista, ya que aducen que la pertenencia a grupos permite adaptarse a las condiciones cambiantes del entorno con mayor éxito que el logrado por los individuos que permanecen aislados. Las personas perciben que formar parte de un grupo resulta más útil para hacer frente a situaciones amenazantes del entorno. Aquí vemos claras relaciones con la teoría del intercambio social. Como ya indicara Homans (1961), cualquier relación social conlleva un intercambio de «recompensas» y «costes» a sus participantes, por lo que se intentarán formar grupos capaces de maximizar las recompensas y de minimizar los costes para sus miembros.

La integración comporta mental también ha sido abordada desde una tercera perspectiva, la evaluación social. Basada en la teoría de la comparación social de Festinger (1954), la evaluación social destaca la motivación del hombre de poseer juicios correctos. El ser humano contrasta sus juicios con la realidad; cuando esto no puede hacerlo, contrastará su opinión con las de los demás. Al encontrar semejanzas de opinión, sentirá validada su postura y se sentirá atraído con las que coincide. Schachter (1959) encontró que las personas que se enfrentan a una situación ambigua se afilian para adquirir información a través de la comparación social. Morris y colaboradores (1976) confirmaron este motivo de comparación social tanto por la necesidad de claridad cognitiva como por la necesidad de tranquilidad.

Estos investigadores pidieron a seis sujetos que entraran en una habitación etiquetada con el rótulo «Actitudes sexuales. Por favor, espere dentro». En la condición «temor provocado», la habitación contenía algunos aparatos eléctricos y hojas de información que sugerían que el estudio implicaba shocks eléctricos y estimulación sexual. En la condición ambigua, los sujetos encontraron sólo dos cajas de cartón.

En la condición provocación de la ansiedad (situación embarazosa), la cajas se sustituyeron por anticonceptivos, libros sobre enfermedades venéreas y fotos de mujeres y hombres desnudos. Los observadores registraron durante veintes minutos las siguientes conductas de los sujetos: interacción (hablar sobre la situación), acción (por ejemplo, examinar el equipamiento), retirada (por ejemplo, leer un libro), no acción (hablar sobre otra cosa distinta del experimento) y huida.

Los observadores encontraron (véase la Figura 8.1) que cuando los sujetos se enfrentan a la situación ambigua dedican un 12 por 100 de su tiempo a hablar entre ellos; en la situación «temor provocado», el 30 por 100. Los grupos que pensaron que el estudio implicaba conducta sexual interactuaron menos y mostraron más abandono. Sus reacciones son consistentes con los estudios que indican que las personas no se afilian cuando se encuentran en una situación embarazosa (Buunk y Hoorens, 1992)

Una última perspectiva desde la que se ha estudiado la integración comportamental es la que Moreland (1987) denomina psicodinámica y que explica la integración en el grupo por necesidades relacionadas con la ansiedad y la inseguridad personal. Los grupos de apoyo y los grupos de encuentro constituyen un ejemplo de grupos formados a partir de dichos mecanismos psicológicos.

Por lo que se refiere a la integración afectiva, ésta tiene lugar siempre que el grupo se constituye y se forma a partir de unos sentimientos compartidos. Los teóricos varían sobre la clase de sentimientos que son compartidos por los miembros del grupo. Puede tratarse de sentimientos mutuos de simpatía, en este caso tendremos un grupo de amigos. De sentimientos compartidos en relación a un grupo que se organiza en torno a unos ideales, a una causa, a unas actividades. Puede tratarse de sentimientos hacia una persona con la que se identifican los miembros del grupo, es la concepción freudiana sobre la formación de un grupo o cristalziación (en palabras de Moreland, 1987);



Figura 8.1. ¿Cuándo las personas buscan información por comparación social?

éste es el caso de grupos terapéuticos o sectas. Aunque no existen muchos estudios empíricos sobre la integración afectiva como mecanismo de formación del grupo, la experiencia de los grupos confirma, desde la literatura clínica, la importancia del factor afectivo en la formación del grupo y el carácter cerrado y poco confiictivo —al menos aparentemente— de los grupos formados en base a atracciones afectivas. Por esto mismo, en estos grupos, la manipulación de la persona resulta más fácil y más perniciosa. En suma, desde este enfoque se considera crítico el hecho de que cualquier emoción —siempre que resulte suficientemente fuerte— es capaz de provocar la formación de un grupo siempre y cuando los miembros del grupo experimenten las mismas emociones, sean éstas del tipo que sean.

Por último, la integración cognitiva significa considerar la formación del grupo en base a que los individuos perciben que comparten características importantes. Puede tratarse de características en la forma de pensar, de características profesionales u otras. Lo que aquí se destaca es que los individuos se agrupan por la percepción de alguna semejanza que tienen entre ellos. Moreland destaca que lo importante aquí es la conciencia por parte de los miembros de que son similares, de que comparten alguna característica, lo que nos lleva a la idea de que un grupo se forma cuando las personas comienzan a pensar que son un grupo, cuando se perciben a sí mismos como un grupo. El mecanismo de formación del grupo es el mismo que separa a los sujetos que comparten dicha característica común de los que no la comparten. Es decir, la conciencia del endogrupo aparece al mismo tiempo que la conciencia del exogrupo. Este enfoque ha sido el punto de partida de las teorías de la categorización social y de la categorización del yo formuladas por Tajfel, Turner y otros autores y ha cobrado especial interés en los últimos años.

Moreland se refiere a factores personales y a factores situacionales a la hora de explicar los factores que llevan a los sujetos a tomar conciencia de las semejanzas y diferencias con otros individuos. El análisis de los factores personales indica que un grupo se formará: a) cuando los sujetos son conscientes de la similitud antes de pertenecer al grupo; b) cuando sean conscientes de su pertenencia inmediatamente antes de la formación del grupo, y c) cuando la pertenencia en el pasado ha sido útil para el sujeto en el sentido de que le ha proporcionado una identidad social. Por lo que respecta a los factores situacionales, se resumen en: a) el hecho de que el individuo sea recordado o no por otros como miembro del grupo; b) el hecho de que el individuo crea que su pertenencia es relevante para obtener resultados, y c) el grado en que la pertenencia resulta distintiva o inusual de alguna forma en su entorno social, y así, cuanto más distintivo es un grupo, más probable es que un individuo sea reconocido como miembro de él.

A estos factores hemos de añadir la autoestima del propio sujeto. Tesser y colaboradores (Pilkington, Tesser y Stephens, 1991; Tesser, 1988, 1991; Tesser y Campbell, 1983; Tesser, Campbell y Smith, 1984), en su modelo de mantenimiento de la autoevaluación, asumen que el compañero o amigo ideal es aquel que se desempeña peor en tareas que pensamos son importantes, pero muy bien en tareas que pensamos no son importantes. Como se observa en la Figura 8.2, si los estudiantes piensan que la tarea es importante, juzgan su rendimiento más alto que el de su mejor amigo.

En suma, según Moreland, la integración ambiental, comportamental, afectiva y cog-nitiva explican por qué la gente se junta. No obstante, hay que hacer algunas matizacio-nes a este respecto. Por un lado, estos tipos de integración se refieren a la formación de grupos naturales que pueden guardar ciertas diferencias con unirse a un grupo, ser asignado a un grupo o crear un grupo, aspectos estos que serán analizados más adelante cuando tratemos el aspecto de la socialización grupal. Por otro lado, se necesita de la intervención de otros procesos, desarrollo y socialización para transformar en «grupo» lo que todavía no es más que un agregado, una masa o una categoría social (Horwitz y Rabbie, 1989; Rabbie, 1993).
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