Bogotá D. C., septiembre 11 de 2001




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Capítulo II Acusación: La Eva futura o el dualismo irremisible


Jean-Marie-Mathias-Phillipe-Auguste, Conde de Villiers de L’Isle-Adam (Saint-Brieuc 1838-París 1889)30 vio la publicación de su «obra de arte metafísica,» (13)31 como él mismo habría de llamarla, en el año de 1886. Un año antes L’Ève future había aparecido por entregas en el hebdomadario La Vie Moderne. En ella, el renombrado inventor Thomas Alva Edison es instaurado por el autor como un personaje, en propiedad, perteneciente a la literatura fantástica.32 Recordemos algunas líneas de la Advertencia al lector con que la obra da comienzo:

El entusiasmo—totalmente natural—[ocasionado por Edison y sus revolucionarias invenciones] en su país y fuera de él, le ha conferido una especie de cualidad misteriosa, o algo muy parecido, en muchos espíritus.

Desde entonces el «Personaje» de esta leyenda—incluso el hombre real que ha sabido inspirarla—, ¿no pertenece a la literatura fantástica? En otros términos, si el doctor Johannes Faust hubiera sido contemporáneo de Gœthe y hubiera dado lugar a su simbólica leyenda, ¿no habría sido el Fausto, a pesar de todo, legítimo? Por tanto, el «Edison» de la presente obra, su carácter, su vivienda, su lenguaje y sus teorías son—y debían ser—al menos algo diferentes de la realidad. (13)

En efecto, la inventiva atribuida al «Mago del Siglo» bastaba para ofrecer a sus lectores un atisbo de las posibilidades de la tecnología a finales del siglo XIX.33 Los avances técnicos y los descubrimientos en torno al fenómeno de la electricidad a partir de la segunda mitad del XVIII y durante el XIX contribuyeron a desmaterializar en la consciencia colectiva tanto el alma como el intelecto; es decir, las potencias vitales y motoras. Los experimentos científicos que establecían la correlación entre el movimiento animal y la fuerza eléctrica desde Luigi Galvani y su descubrimiento accidental del fenómeno de la “electricidad animal” en 1786,34 auguraban una provechosa veta de exploración entre la Física y la Biología. Su corolario en la cultura fue la asociación entre las fuerzas electromagnéticas (invisibles e intangibles y, sin embargo, poderosas y capaces de vencer las distancias mediante técnicas emergentes de transmisión) y los principios, también inaprehensibles, del movimiento en los seres animados. La Eva futura se muestra entonces precursora de las mutaciones contemporáneas en la ciencia y la literatura del dualismo que opone la mente y el espíritu al cuerpo, el substrato material corruptible.

La acción de la novela se desarrolla en la casa-taller de Edison, ubicada “a veinticinco leguas de Nueva York, en el núcleo de un haz de hilos eléctricos” (15). Como corresponde a un intelecto de tal magnitud, su taller ofrecía al observador la contemplación de la parafernalia delatora del oficio de su dueño:

Allí se esbozaban, agobiando las mesas, entrañas de instrumentos de precisión, engranajes de mecanismos desconocidos, de aparatos eléctricos, de telescopios, de reflectores, junto con los grandes imanes, los matraces tubulares, los frascos preñados de sustancias enigmáticas y las pizarras blancas de ecuaciones. (16-7)

Edison mismo, mente pragmática, se lamenta al comienzo de la novela, por el tardío ingreso en la historia de los hombres del artificio técnico y sus insólitas promesas que pudiesen haber sido actualizadas por el inventor, ignorando abiertamente cualquier noción de progreso y apelando exclusivamente a la romántica genialidad:35

—¡Qué tarde llego a la Humanidad!—murmuró—. ¿Por qué no fui de los primogénitos? ¡Cuántas palabras estarían hoy incrustadas en las hojas de mi cilindro, ya que su prodigioso perfeccionamiento permite recoger desde ahora las ondas sonoras a distancia…! Y todas estas palabras estarían hoy registradas con el tono, el timbre y los… vicios de pronunciación de sus enunciadores. (20)36

Tras un soliloquio similar, Edison recibe noticia de la visita de Lord Celian Ewald, quien había de socorrer al joven inventor y salvarlo de la miseria antaño, en Boston. De cuna aristocrática y turbado por la miseria espiritual de los tiempos—como Villiers—, Lord Ewald refiere al “electrólogo” la tribulación que lo ha conducido a la desesperación y, según su propia resolución, a la muerte misma. Lord Ewald ama a una mujer improbable, Miss Alicia Clary, provista de belleza extraordinaria, hecha fatalidad por la crudeza y fealdad de su alma. Recordemos la forma en que Ewald refiere al inventor los pormenores de su situación amorosa, en un lenguaje entretejido de alusiones al dualismo cuerpo/ alma37:

La inestabilidad forma parte del encanto femenino. Una alegría natural debemos tener en reprender, en transfigurar por mil transiciones lentas—al adivinarlas nos amará más—y en guiar al ser endeble, irresponsable y delicado que, por instinto, pide siempre apoyo. ¿Era cuerdo juzgar tan pronto y sin reserva una naturaleza en la cual el amor podía enseguida (y esto dependía de mí) modificar sus pensamientos hasta hacerlos reflejos de los míos?

¡Cierto, pensé todo esto! Empero no podía olvidar que todo ser viviente tiene un fondo indeleble, esencial, pauta de todas las ideas, aún de las más vagas, y que sólo este receptáculo de las impresiones bien versátiles, bien estables, del aspecto, del color, de la calidad, del carácter, tiene facultad de padecer y de reflexionar. Llamemos, si gustáis, alma a este substratum.

Entre el cuerpo y el alma de Miss Alicia, no era una desproporción lo que desconcertaba e inquietaba mi entendimiento: era una disparidad.

Al decir lord Ewald esta palabra, el rostro de Edison se inundó de una súbita palidez. Tuvo un movimiento y una mirada de sorpresa rayana en el estupor. Pero no arriesgó ni una palabra interruptora.

El joven lord continuó:

—Las líneas de su divina belleza parecían serle ajenas; sus palabras surgían torpes y extrañas a su voz. Su ser íntimo estaba en contradicción con su forma. No solamente su género de personalidad carecía de aquello que los filósofos llaman mediador plástico, sino que estaba aherrojada por un oculto castigo, en un mentís perpetuo de su cuerpo ideal. El fenómeno era tan patente en todo momento que lo admití como incontestable. Llegué a imaginar muy en serio que en los limbos del Devenir aquella mujer se había apoderado de un cuerpo que no le pertenecía.

—Era una suposición excesiva—respondió Edison—. Sin embargo, casi todas las mujeres mientras son bellas (corto plazo) despiertan sensaciones análogas, sobre todo en aquellos a quienes aman por primera vez.

—Por poco que aguardéis—dijo lord Ewald— debéis reconocer que el caso era más complicado y que Alicia Clary podía tomar a mis ojos insólitas proporciones, no de novedad humana, sino del tipo más sombrío (¿es exacta la expresión?) a que tales inquietudes anómalas podían corresponder. La duración de la belleza más radiante, aun no siendo mayor que la de un relámpago, ¿no tiene al percibirla un valor eterno? ¡Con tal de que surja, poco importa que lo que la belleza dure! Y respecto al resto, ¿no debo enfrentarme seria y gravemente con aquello que, fuera de la indiferencia escéptica de mi razón, me confunde el sentimiento, los sentidos y el corazón? Creedme, doctor, no quiero complacerme en narraros tontamente un caso de histérica demencia, catalogado en los manuales, por crear un medio de suscitar vuestra atención. El caso es de un orden fisiológico sorprendente.

—Perdonad. ¿Vuestra tristeza proviene de que tan linda mujer no os ha sido fiel?

—¡Ojalá tal cosa hubiera sido posible!—respondió lord Ewald—. Entonces no podría quejarme porque sería ya otra. Además, el hombre merecedor de ser engañado en amor nunca debe quejarse de su suerte. Es el lamento villano de aquel que odia a una mujer por no haber sabido enamorarla un poco. Como comprobante tenemos el ridículo que siempre llevan consigo las lamentaciones de los esposos infortunados. Tenga usted por cierto que si la sombra de una fantasía, de un capricho ocasional hubiera desencauzado a Miss Alicia Clary de nuestra felicidad recíproca, yo habría favorecido tal inconstancia con una inadvertencia orgullosa. Por el contrario, me otorga el único amor de que es capaz, tanto más sincero cuanto que lo experimenta A PESAR SUYO. (57-60)

Es de notar la prevalencia del vocabulario esencialista y dual para dar sentido a la, de otro modo incomprensible, “disparidad” entre el aspecto y el “alma” de Alicia Clary.38 Su belleza no corresponde a las prerrogativas de su personalidad imbuida como esta de uno de los numerosos males del siglo: el vulgar materialismo. Se trata, además, de un caso de “orden fisiológico” y como tal, su resolución ya no está al alcance de las filosofías ni las religiones. Como es habitual en la literatura fantástica, uno de los mecanismos para suspender la posible incredulidad del lector consiste en apelar al uso del lenguaje tecno-científico vigente.39

Lord Ewald refiere entonces las palabras mismas de Miss Clary, en abierta declaración de que su voluntad, como su lenguaje, se hallan inscritos en registros distintos y antagónicos:

Es que habéis escuchado mi traducción y no las palabras mismas de Alicia.

[…]

He aquí exactamente sus palabras:

Aquel de quien había de quejarse era un modesto industrial, sin otro aliciente que su fortuna.

Ella no le había amado, ciertamente. Había accedido a sus solicitudes creyendo apresurar así el matrimonio; se había resignado a él por dejar de ser soltera; lo mismo le daba aquel marido que otro. Ofrecía una posición aceptable.

Las muchachas calculan mal. Pero ya no se dejaría engañar por más lindas frases. Él se mostró muy satisfecho de que no naciera un niño. En cuanto a ella, si su aventura hubiera permanecido secreta, habría procurado entenderse con un nuevo pretendiente.

Pero sus parientes había suscitado el escándalo. Tanto la habían aburrido que prefirió huir. No sabiendo otra cosa pensaba dedicarse al teatro. Algunos ahorros le permitirían en Londres esperar una contrata. Semejante carrera acabaría de deshonrarla, pero, después de cometida tan grave falta, ¿qué escrúpulos le podían quedar? Además tomaría un nombre de guerra. Algunas personas competentes le habían asegurado que tenía una soberbia voz y que representaba muy bien, vaticinándole un gran éxito. Cuando se gana mucho dinero, se arreglan las cosas. Con pingües economías podía dejar las tablas, poner una tienda, casarse y vivir honradamente. Mientras tanto, yo le gustaba mucho. ¡Qué diferencia! Bien veía que trataba a un gran señor, y siendo yo un caballero eso bastaba…

Et coetera, y lo demás por el estilo. ¿Qué pensáis ahora de miss Alicia?

Los textos son tan diferentes de tono que su versión y la vuestra parecen enunciar dos cosas que no guardan entre sí más que una relación ficticia.

Hubo un momento de silencio. (61-2)

La incapacidad para empatizar con la escala de valores manifestada por cada personaje se localiza en la arena del lenguaje. Pero los valores burgueses, al tener cariz tan disímil, sí pueden ser cuantificados. El honor es entonces resituado en un nivel estrictamente transaccional, valor de cambio de los nuevos tiempos: “Lo que esta mujer lamenta en su falta no es el honor mismo—rancia abstracción—, es el beneficio que semejante capital produce cuando se conserva cautelosamente” (64).

Lord Ewald es incapaz de concebir la inadecuación que tal dualidad comporta. La trágica “inadvertencia del Creador” (79) al concebir un ser paradójico como Alicia Clary se patentiza de manera dolorosa en su falaz aspecto:

—Una inquietud me hizo vacilar, cuando ya había decidido renunciar a miss Alicia y despedirme de ella inmediatamente.

Cuando dejaba de hablar, su rostro ya no recibía la sombra que proyectaban sus vacías y deshonestas palabras. Su mármol divino desmentía el lenguaje desvanecido.

Con una mujer muy bella, pero de perfecciones ordinarias, no habría padecido la sensación de lo ininteligible que me causaba miss Alicia Clary. Desde el principio, si un estigma o un fulgor—la calidad de las líneas, la dureza de los cabellos, la finura de la piel, un movimiento—me hubieran desvelado su natural oculto, habría reconocido la identidad de ella consigo misma.

Pero aquella no-correspondencia de lo físico con lo intelectual se acusaba constantemente y en proporciones paradójicas. Su belleza era lo Irreprochable, retador del más disolvente análisis: una Venus Anadiómena de los pies a la cabeza. Interiormente, una personalidad absolutamente ajena a aquel cuerpo. Imaginad que era la realizada concepción de la Diosa burguesa. (66)

G. Zachmann nota cómo esta última expresión es, efectivamente, un oximoron: “Miss Alicia Clary is the epitome of the nineteenth-century mechanical, capitalistic world: an oxymoron [Miss Alicia Clary es el epítome del mundo mecanizado y capitalista del siglo XIX: un oximoron], “une Déesse bourgeoise”” (148). Es relevante también ver cómo, en el discurso de Lord Ewald, el alma y el intelecto son términos intercambiables.40 Tal hecho no es accidental, como se verá en el capítulo siguiente. Por lo pronto, retomemos el hilo de la narración en ese punto decisivo en el cual el aristócrata británico no puede menos que invocar una solución para situación tan extrema:

Lord Ewald no pudo contener su ira juvenil y agregó:

—¿Quién arrancará esa alma de ese cuerpo? Parece una inadvertencia del Creador. ¡Nunca creí que mi corazón mereciera estar sujeto a la picota de semejante curiosidad! ¿Pedí tanta belleza a cambio de semejante miseria? No. Tengo derecho de quejarme. Si me hubiera tocado en suerte una criatura de corazón sencillo, de animado rostro y ojos ingenuos y amantes, habría aceptado la vida sin cansar mi espíritu en análisis. La habría amado sencillamente. ¡Pero esta mujer es lo Irremediable! ¿Por qué carece de genio, estando dotada de tal belleza? ¿Con qué derecho esa forma sin igual requiere en lo más hondo de mi alma un amor sublime del cual defrauda la fe? (79)

“Lo Irremediable,” en efecto, requiere la intervención de fuerzas capaces de manipular y transgredir la fatalidad histórica que el vocabulario hegeliano permite intuir. La técnica y sus promesas, incorporadas en Edison, se convierte en el único nivel del conocimiento humano que ofrece la posibilidad de escapar a la irremisible fatalidad:

Pero Edison también se levantó y dijo:

—¿Creéis que voy a dejar tranquilamente que os matéis, sin intentar salvaros, cuando os debo la vida? ¿Para qué os habría interrogado sin motivo? Querido lord, sois un enfermo a quien hay que curar por medio del veneno; después de todas las anteriores amonestaciones, dado vuestro estado excepcional, me decido a trataros por un procedimiento terrible. El remedio consiste en colmar vuestros anhelos (no pensaba ejecutar con vos la primera experiencia—dijo en un aparte el electrólogo). Inconscientemente os esperaba esta noche, pues está probado que las ideas y los seres se atraen. Yo creo que redimiré vuestro ser. Hay heridas que no pueden curarse más que ahondándolas más; así, quiero que se cumpla plenamente vuestro ideal. Mi lord Ewald, ¿no habéis exclamado hace poco, hablando de ella: “¡Quién arrancará esa alma de ese cuerpo!”?

—Sí—murmuró lord Ewald, sorprendido.

—Pues bien, yo lo haré. (86)

Una promesa suficientemente poderosa para escapar a la Realidad misma y sus prerrogativas, en abierta transgresión de la fatalidad que el devenir y la corrupción, y su corolario natural, la muerte, imprimen sobre los seres. Edison, maquinalmente preciso, ofrecerá la salvación a su noble amigo transcurrido un lapso de tres semanas:

Entonces, ¿empiezo?—dijo Edison después de poner los ojos en el reloj eléctrico41—. El tiempo es oro y necesito tres semanas.

—Os concedo un mes—respondió lord Ewald.

—No; soy puntual. Aquí son las ocho y treinta y cinco minutos. A la misma hora, dentro de veintiún días, miss Alicia Clary se os aparecerá no sólo transfigurada y con el trato más seductor, sino dotada de la más augusta elevación de espíritu, y esto para siempre, pues será inmortal. Esa necia magnífica no será una mujer, sino un ángel, no una querida sino una amante. Dejará de ser la Realidad y será el IDEAL. (90-1)

Pero la suspensión de la incredulidad, tanto de Lord Ewald como la nuestra, ha de pasar por la demostración de la evidencia que el electrólogo tiene reservada en las recónditas grutas subterráneas de su mansión, a donde nos conducirá para presentarnos a la versión inicial de lo que eventualmente se convertirá en Hadaly,42 la Andreida (Androide, en el original) o ser artificial, precursora del moderno cyborg.

Os afirmo que ese maniquí metálico que camina, habla, responde y obedece, no envuelve a nadie.

Lord Ewald siguió mirándole en silencio.

A nadie—prosiguió el ingeniero—. Miss Hadaly no es todavía, exteriormente, otra cosa que una entidad electromagnética. Es un ser en el limbo; una posibilidad. Dentro de un rato, si queréis, os descubriré los arcanos de su naturaleza mágica.

[…]

—El peso, el modelado, la encarnación… ¿No es carne viviente esto que toco ahora? La mía se ha estremecido…

—Esto está mejor hecho que la carne—dijo, sencillamente, Edison—. La carne se aja y envejece: esto es un compuesto de sustancias sutiles, elaboradas por la química para confundir la propia suficiencia de la Naturaleza. (¿Quién es doña Naturaleza, gran señora a quien quisiera ser presentado, de quien todos hablan y que nadie ha visto?) Decíamos que esta copia de la Naturaleza—sirvámonos de esta palabra empírica—enterrará al original sin dejar de ser lozana y joven. Antes de envejecer la destruiría el rayo. Esto es carne artificial, y os podré explicar cómo se fabrica, si no queréis leer a Berthelot. (100-1)

Pues la carne puede ser replicada. Pero un argumento de índole dualista debe dar cuenta tanto del vehículo material como del substratum esencial que provee animación a la Andreida. La electricidad, élan vital de la Industrialización en sentido literal y figurado, dominado y transformado por ingenios en los cuales el electrólogo Edison encuentra su epítome, se convierte en el objeto transicional, a partir del siglo XIX, entre los estratos material y espiritual; la electricidad es con Villiers de L’Isle-Adam lo que la phantasia fue para Aristóteles (idea sobre la cual elaboraremos más adelante):

[…] Si deseáis saber cómo están dispuestos los elementos de ese haz; cómo se alimentan, por decirlo así, ellos mismos; cómo el fluido estático se transforma en calor animal, podré describiros la anatomía interna del brazo. Es meramente una cuestión de técnica. Éste es un miembro de la Andreida que he de hacer, movida por el estupendo agente llamado Electricidad, que le presta, como veis, todo lo muelle, todo lo diluido, del aspecto de la vida.

—¿Una Andreida?

Una imitación humana, si queréis. El escollo que hay que evitar es que el facsímil no aventaje físicamente al modelo. ¿Recordáis cuántos artífices han ensayado forjar simulacros humanos? Ja… ja… ja… ja…

Edison reía como un Cabiro en las fraguas de Eleusis.

Aquellos desgraciados, por falta de medios de ejecución no produjeron más que monstruos irrisorios. Alberto el Grande, Vaucanson, Maëlzeld, Horner y los demás fueron unos pobres fabricantes de espantapájaros.

Sus autómatas son únicamente dignos de figurar en los museos de figuras de cera como repugnantes muestras que huelen a madera, a aceite rancio y a gutapercha. Estas obras, informes sicofantas, en vez de producir en el hombre el sentimiento de su poderío, no le inducen más que a prosternarse ante el dios Caos. Recordad el conjunto de movimientos bruscos y extravagantes, como los de las muñecas de Núremberg; lo absurdo de las líneas y la tez; aquellas fachas de maniquí de peinadora; el ruido de resorte del mecanismo; aquella sensación del vacío que nos daban… Esos fantoches abominables horripilan y avergüenzan. En ellos, el horror y la risa están amalgamados en una solemnidad grotesca. Traen a la memoria los manitúes de los archipiélagos australianos o los fetiches de las tribus del África ecuatorial; semejantes muñecos no son más que una caricatura ultrajante de nuestra especie. Tales fueron los primeros ensayos de Andreidas que se hicieron.
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