Bogotá D. C., septiembre 11 de 2001




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El rostro de Edison se contraía hablando: su mirada fija parecía perdida en imaginarias tinieblas; su voz fue cada vez más breve, didáctica y glacial.

—Ha pasado ya mucho tiempo… La ciencia ha multiplicado sus descubrimientos. Los conceptos metafísicos se han sutilizado. Muchos instrumentos identificadores de calcar han alcanzado una precisión perfecta. Los recursos de que dispone el hombre son muy distintos de los que tuvo antaño. De aquí en adelante nos será dado REALIZAR fantasmas potentes, misteriosas presencias-mixtas, que habrían hecho sonreír dolorosamente y negar su acabamiento a aquellos precursores a quienes sólo se hubiera insinuado el proyecto. (102-4)

El fragmento anterior inserta claramente a La Eva futura en la tradición del autómata. Al parecer la diferencia radica de manera exclusiva en los medios de ejecución de tales simulacros.43 Nótese el paralelo funcional que puede establecerse entre el aspecto y la esencia de Miss Alicia Clary y los autómatas causantes del vacío del cual Hoffmann también haría referencia indirecta en uno de sus cuentos.44 Los autómatas previos son, de algún modo, primitivos, no sólo en el sentido tecnológico que pudiésemos atribuir al término, también en el sentido cultural, cual si hiciesen parte de los intentos fallidos de una comunidad “primitiva” por replicar su inescrutable naturaleza a través de modestos fetiches.45 Los intentos pretéritos de crear imitaciones humanas producen el efecto de lo Unheimlich y grotesco. No son capaces de engañar de forma convincente. La sensación de vacío sobreviene a causa de la carencia de esas imitatio natura del substratum inefable, llámese a éste alma o intelecto. En oposición a lo anterior, la certidumbre del electrólogo confiere resolución a sus palabras:

Vuestra alegría, vuestro ser, están cautivos de una figura humana, de la luz de una sonrisa, del esplendor de un rostro, de la dulzura de una voz… Una mujer viviente, por sus atractivos, os conduce a la muerte.

Bien, puesto que tanto la adoráis, YO VOY A ARREBATARLE SU PROPIA PRESENCIA.

Voy a demostraros matemáticamente, y en este mismo instante, cómo puedo, con los formidables recursos de la Ciencia, tomar la gracia de su ademán, las morbideces de su cuerpo, la fragancia de su carne, el timbre de su voz, la flexibilidad de su talle, la luz de sus ojos, el carácter de sus movimientos y de su donaire, la personalidad de su mirar, de sus rasgos, de su sombra en el suelo; su inconfundible aspecto, todo el reflejo de su identidad. Seré el matador de su estulticia; el asesino de su triunfante actitud bruta. En primer lugar, reencarnaré toda esa exterior belleza que os es deleitosamente letal en una aparición que, por su parecido y sus encantos, sobrepase vuestra esperanza y vuestros sueños. Después, en lugar de esa alma que os hastía en la mujer viviente infiltraré algo como un alma distinta, quizá menos consciente de sí misma (¿qué sabemos? y, en suma, ¡qué importa!), pero sugeridora de impresiones más bellas, más nobles, más elevadas, revestidas de ese carácter de eternidad, sin el cual todo se torna comedia en esta vida. […] De esa forma viviente sacaré un segundo ejemplar transfigurado según vuestros anhelos. Estará dotada de los encantos de la Antonia de Hoffmann, del misticismo apasionado de la Ligeia de Edgar Poe, de las ardientes seducciones de la Venus del poderoso Wagner. Quiero devolveros la vida: quiero probaros que puedo positivamente sacar del légamo de la actual Ciencia-Humana un ser hecho a imagen nuestra, que será para nosotros lo que NOSOTROS SOMOS PARA DIOS.

El electrólogo levantó la mano en señal de juramento. (106-8)

El lenguaje se muestra como posibilitador único de toda pretensión de trascendencia. De manera análoga, el lenguaje religioso y su corolario secular, el literario, es fijador de las posibilidades de la perfección. Pero más allá de las posibilidades del lenguaje existen, dentro del esquema dual, caracteres inaprehensibles e inefables: “—Una criatura así no será nunca más que una muñeca insensible y sin inteligencia—exclamó [Lord Ewald].

—Tened cuidado que al compararla con su modelo, no sea la viviente quien os parezca una muñeca” (109). Se reactualiza entonces el problema clásico de las substancias animadas46 que algún dolor de cabeza debió proporcionar a Aristóteles (vid. infra, Capítulo III):

—¿La amaré?

—¿Por qué no? ¿No va a encarnarse para siempre en la única forma en que concebís el amor? Y puesto que la carne no es nunca la misma, y apenas existe fuera de la imaginación, carne por carne, la de la ciencia es bastante más… seria… que la otra.

—No se ama más que a los seres animados.

—Pues eso.

—El alma es un Arcano. ¿Animaría usted a su Hadaly?

—¿No se anima un proyectil con una velocidad x? También x es lo desconocido.

—¿Sabría ella quién es; lo que es, mejor dicho?

—¿Sabemos nosotros quiénes somos y lo que somos? ¿Vais a exigir de la copia lo que Dios no ha requerido del original? (113)

Se introduce entonces el problema de la conciencia en los seres animados, un problema que, según sugeriremos más adelante, se encuentra estrechamente vinculado a la existencia, adquisición y diseminación cultural del lenguaje. La posibilidad de desplazamiento que los términos alma, intelecto y mente, representan o expresan, exige sin embargo la explicación del movimiento, tanto en los seres naturales como en sus correlatos artificiales. Nuevamente, la electricidad, cuya lectura se ofrecerá particularmente ambigua en el siglo XX, cuando los cables sean capaces de transmitir no sólo potencia sino, además, información—concepto particularmente interesante, pues ha permitido en nuestros días una grácil reductio ad absurdum que lo sitúa en ciertos textos como análogo al concepto de sentido o, más allá, al de consciencia. Pues la electricidad es el alma misma, tras haber atravesado el paradójico tamiz de la secularización:

—Aunque Hadaly sea muy misteriosa, hay que abordarla sin ninguna exaltación; al fin y al cabo, no ha de estar movida más que por la Electricidad, que es lo que anima también a su modelo. (116)

Todo esto en un momento en el cual, por supuesto, las posibilidades de la ciencia aparecen aún como inagotables, a pesar de los tradicionales riesgos prometéicos y los atavismos platónicos de los protagonistas:

Vuelvo a ofreceros la vida [continúa más adelante Edison ante Lord Ewald]. No sé a cambio de qué. ¿Quién podría evaluarlo? El Ideal os ha defraudado. La Verdad extinguió vuestro deseo sensual, que se ha arrecido ante la mujer amada. ¡Adiós, presunta Realidad, vieja engañadora! Os brindo lo ARTIFICIAL y sus incitaciones desconocidas. El peligro reside en quedar dominado por ellas… Querido lord, nosotros dos repetimos el eterno símbolo: usted, representa la humanidad y su paraíso perdido; yo, la ciencia, omnipotente de maravillas y recursos. (118)

El “progreso” del cual habla el electrólogo va de la máquina de vapor, cuyo ejemplo orgánico es el cuerpo humano, a la máquina electromagnética incorporada en Hadaly:

—¿Respira?—preguntó el joven.

—Sí, pero sin consumir oxígeno. No es una máquina de vapor como nosotros. Hadaly aspira y respira el aire gracias al movimiento automático e indiferente de su pecho que palpita como el de una mujer ideal en perfecto y constante estado de salud. El aire hace titilar las ventanas de su nariz y al pasar por sus labios se vuelve tibio por la electricidad y perfumado por al ámbar y las rosas. (133)

Existe entonces un paralelo entre las fuerzas que han movido el progreso hasta el momento (el vapor) y la fuerza emergente que ofrece viabilidad a las promesas de la ciencia y la técnica decimonónicas (la electricidad.) Resueltas las condiciones pertinentes para explicar “matemáticamente” el fenómeno de la vida y el espíritu, hace falta dejar un resquicio gracias al cual la naturaleza pueda emerger por algún lado. La condición humana se encuentra, entonces, vinculada a la curiosidad, la exploración y, por supuesto, el error:

La abeja, el castor, la hormiga, realizan actos maravillosos, pero no saben hacer más que eso y nunca han hecho otra cosa. El animal es exacto; la vida le confiere esa fatalidad desde que nace. No sabe el geómetra poner una celdilla más en la colmena porque ésta, dada su forma, no admite más alvéolos. El animal no tantea, no se equivoca. El hombre, por el contrario (y ahí está su misteriosa nobleza, su colección divina), está sujeto al desarrollo y al error. Se interesa por todas las cosas y nunca se olvida de ellas. Siempre mira hacia arriba. Sabe que en el Universo tan sólo él no es finito. Parece un dios olvidadizo. Por un impulso natural y sublime pregunta dónde está; quiere hacer recordar dónde empieza. Y se devana la inteligencia con sus dudas, como después de una caída inmemorial. Así es el hombre de veras. (178-9)

He aquí donde nos asalta la duda. Pues si esto es lo esencialmente humano, ¿no es tal facultad inquisidora un producto del lenguaje? J-F Lyotard ha explorado la misma pregunta en las páginas iniciales de su obra titulada—de manera significativa—Lo inhumano:

¿Qué se llamará humano en el hombre, la miseria inicial de su infancia o su capacidad de adquirir una “segunda” naturaleza que, gracias al lenguaje, lo hace apto para compartir la vida común, queda para la conciencia y la razón adultas? Todo el mundo está de acuerdo [excepto nosotros] con que la segunda se basa en la primera y la supone. La cuestión consiste sólo en saber si esta dialéctica, cualquiera sea el título con que se la adorne, no deja ningún resto. (11)

Pero retornemos cuanto antes a la novela, pues ya habrá oportunidad de debatir esta cuestión. Hasta el momento, Edison no ha revelado la motivación que tuvo para emprender la creación de la Andreida. Pues bien, el electrólogo refiere a Lord Ewald la historia de su amigo Eduardo Anderson, a quien “le adornaban un buen sentido acabado, una simpática fisonomía y un corazón a toda prueba” (165). Lúcido inventor, exitoso industrial, esposo y padre ejemplar, Anderson representa los (frágiles) valores de la burguesía. Un día, sin embargo, cae en la deshonra a causa de los artificios de una bailarina,47 Miss Evelyn Habal: “El espíritu de mi amigo fue fascinado por una ficción de modestia, que creaba un encanto destructor de la aversión natural. La sexta copa del espumoso vino le hizo pensar en una aventura” (167). Nótese la oposición funcional entre naturaleza y artificio, al nivel de los rasgos de personalidad. Tras ocasionar un grado tal de decadencia moral y posteriormente física que le conducirá a la muerte, Edison emprende la búsqueda de los motivos que condujeron al buen hombre a su ruina:

El desenlace de la inclinación coreográfica de mi amigo Anderson me afectó tan profundamente que sufrí la obsesión de analizar exactamente la naturaleza de las seducciones que podían haber bastardeado su corazón, su conciencia y sus sentidos hasta llevarle al suicidio.

Por entonces no había visto todavía a la danzarina de mi amigo. Intenté adivinar de antemano, según sus efectos, por un cálculos de probabilidades o de presentimientos, LO QUE PODÍA SER FÍSICAMENTE. Quizá sufriese una aberración, como es frecuente en astronomía. […]

Miss Evelyn era la X de una ecuación elemental de la que conocía dos términos: Anderson y su muerte. […]

Después de un poco de análisis dialéctico (no perdiendo de vista la diferencia existente entre el Anderson de antes del desastre y el otro, el de las extrañas confidencias), vine a conjeturar que había una muy grande desemejanza entre lo que afirmaban de miss Evelyn y LO QUE ELLA ERA EN REALIDAD. (174-5)

El sistema de oposiciones que funciona al interior del texto—constantemente salpicado, como resulta evidente, del lenguaje técnico y científico—intentará demostrarnos que el artificio moral, tanto como el físico (prostético) se encuentran vinculados por una estrecha correlación; el aspecto femenino, transformado por el afeite,48 enreda al hombre honesto en la trampa del engaño que termina por confundir el arte y la belleza con la falsedad del espectáculo: una impecable metáfora de la tensión entre alta cultura y los subproductos populares para consumo de las masas que comienza a verificarse en la época:49

No, señores. La BELLEZA es del feudo del arte y del alma. Aquellas mujeres galantes de nuestro tiempo dotadas de una verdadera belleza no han producido tales resultados en hombres como el que ponemos por ejemplo.

[…]

Si se encuentran algunas que lo parezcan, yo afirmo que sus rostros o sus cuerpos deben esconder alguna línea o rasgo infame, abyecto, que traiciona lo demás y denuncia al verdadero ser […]

Lo lindo de sus personas adopta una calidad artificial, a veces en sumo grado. La vista lo encubre, pero es así.

[…]

La acción fatal y morbosa que las estriges femeninas ejercen sobre su víctima está en razón directa de la cantidad de artificio, tanto moral como físico, con el cual realzan siempre las exiguas seducciones naturales que poseen.” (182-4)

La verificación de las causas “positivas” que ocasionaron la caída de Eduardo Anderson conduce al ingeniero a la extraordinaria decisión de apostarlo todo al artificio y crear una mujer “electro-humana” con el propósito de producir una “saludable reacción” en el alma de los hombres y evitar de manera definitiva los “añadidos a la especie humana”:

—Cuando logré reunir todas las pruebas de que mi amigo no había estrechado entre sus brazos más que una tétrica apariencia y que detrás de tanto arreo no había más que un ser híbrido, tan falso en su realidad como en su amor, algo que era lo artificial ilusoriamente vivo, llegué a la conclusión siguiente.

[…]

Si la asimilación o amalgama de lo artificial con el ser humano puede producir tales catástrofes, y puesto que tales hembras, física y moralmente, tienen mucho de Andreidas, fantasma por fantasma, quimera por quimera, ¿por qué no se habría de aceptar la mujer artificial? Puesto que en esa clase de pasiones es imposible salir de la ilusión estrictamente personal y que todas deben algo al artificio, y que siempre éste sustituye al peculiar y simple aliciente, resolvamos la cuestión. Como hay mujeres que desean manchar de carmín nuestros labios al besarnos, y las que creen en la pena que nos puede ocasionar un toque más o menos de albayalde, intentemos cambiar de falacia, pues será para ellas y para nosotros mucho más cómodo. Si la creación de un ser electro-humano, capaz de producir una saludable reacción en el alma de un mortal, puede ser contenida en una fórmula, ensayemos obtener de la ciencia una ecuación del amor que evite los maleficios palmariamente inevitables y prohiba que se le pongan añadidos a la especie humana. Será una manera de aislar el fuego. (196-8)

Se presupone entonces que una de las causas de la decadencia física y moral en los tiempos modernos es la adaptación del artificio a la esencia del hombre. Sin embargo, nos preguntaremos más adelante si aquello que damos por sentado como “natural” lo es, en efecto. Por lo pronto, hemos arribado al lugar en la novela donde Lord Ewald, al ser instruido por Edison en torno a las limitadas competencias comunicativas de la Andreida, pues en su interior no tiene más que un registro fonográfico con una cantidad limitada de permutaciones idiomáticas, sugiere inadvertidamente algunas ideas de filosofía del lenguaje:50

—Si llego a comprender—dijo lord Ewald con estupor—, va a hacerse forzoso que yo mismo aprenda mi papel de preguntas y respuestas.

—Pero podréis modificarlas ingeniosamente como hacéis en la vida para que la esperada contestación se adapte a ellas. En definitiva, cualquier respuesta puede cuadrar a cualquier interrogación. La humanidad tiene un gran calidoscopio para las palabras. Dada la jerarquía espiritual de un sujeto, un vocablo puede adaptarse a cualquier sentido en la eterna aproximación y el eterno equívoco de los coloquios humanos. ¡Existen tantas voces vagas, sugestivas, de una elasticidad de significado tan extraordinario y cuya densidad de sentido depende tan sólo de aquello a que responden! (209)

Como hemos visto, las nociones de sentido, consciencia e intelecto se hallan situada en el mismo campo de preocupaciones: la resolución de lo que es característicamente humano en oposición a lo artificial. Lo interesante de esta convergencia es que ninguno de los conceptos anotados se halla desligado de la adquisición y dominio de elaboradas competencias comunicativas. Y sin embargo, Hadaly sorprende en ocasiones con su inusual habilidad para ver más allá de lo que la distancia permite pues, como sugiere el inventor al joven noble, ella se encuentra a merced de un fluido distinto a la electricidad, “un agente que no se puede analizar” (250):51 “—Respecto de ese punto [exclama el electrólogo], cuanto puedo deciros ahora es lo siguiente: la facultad de ver AQUELLO que mira bajo el velo de Hadaly a través de la distancia y los obstáculos es independiente de la electricidad” (251). ¿De qué se trata la enigmática afirmación del Ingeniero? La clave para resolver esta cuestión la encierra un misterioso personaje, mistress Any Sowana, que ha aparecido, hasta el momento, como una voz desincorporada con la cual Edison se comunica ocasionalmente en su laboratorio. Villiers nos ha brindado escasos índices narrativos para establecer la identidad de dicha voz y su función en el relato. El capítulo 4 del Libro I, al comienzo de la novela (página 24), introduce la voz de Sowana, a manera de índice embrionario que sólo cobrará sentido cuando Edison relate la historia de Eduardo Anderson, en el Libro Cuarto (página 165). Recordemos, in extenso, la significativa conversación sostenida entre Edison y Sowana, en los inicios de la narración:

—¿Es usted Sowana?—preguntó [Edison] en voz alta.

—Sí. Esta noche tenía sed del sueño deleitoso. He tomado el anillo y lo luzco en mi dedo. No es menester que elevéis la voz; estoy muy cerca de usted y desde hace unos minutos os oigo jugar con las palabras como un niño.

—¿Y, físicamente, dónde estáis?

—Tendida sobre las pieles en el subterráneo, tras el arbusto de los pájaros. Hadaly parece dormitar. Le he dado las pastillas y el agua pura y parece haberse… reanimado.

La voz—risueña al decir la última palabra—de aquel ser que el inventor llamaba Sowana, musitaba discreta y tenue, desde una de las pateras de las cortinas violáceas. Era una placa sonora, que temblaba bajo el cuchicheo lejano que la electricidad traía; uno de esos condensadores recién nacidos que transmiten distintamente la articulación de las sílabas y el timbre de la voz.

—Decidme, señora Anderson—dijo Edison pensativo—, ¿podríais oír cuanto me dijera aquí otra persona?

—Sí, si lo repitiera usted al punto, la diferencia de entonación el las respuestas me haría comprender el diálogo. Soy como uno de los genios del anillo de las Mil y una noches.

—Si os rogara que unierais el hilo telefónico con el cual nos hablamos a la persona amiga nuestra, ¿se produciría el milagro en cuestión?

—Sin duda. Es algo prodigioso, como idealización e ingenio, pero, así realizado, resulta muy natural: dado el estado mixto y maravilloso en que me encuentro, gracias al fluido vivo acumulado en el anillo, no me hace falta teléfono alguno para oíros. Por el contrario, para oírme necesitáis que la bocina de un teléfono corresponda con una lámina sonora…

—Decidme, señora Anderson.

—Dadme mi nombre de durmiente. Aquí ya no soy tan sólo yo misma. Aquí olvido y dejo de sufrir. El otro nombre me recuerda demasiado la tierra horrible a la que pertenezco.

—Sowana, ¿estáis absolutamente segura de Hadaly?

—La habéis educado tan bien y la he estudiado tanto que respondo de ella como de mi imagen delante de un espejo. Prefiero vivir en esa niña vibrante más que en mí misma. ¡Sublime criatura! Es la hija del estado superior en que me hallo; está imbuida por nuestras dos voluntades hermanadas en ella: es una DUALIDAD. Ya no es una consciencia: es un espíritu. Me siento muy turbada cuando me dice: “Soy una SOMBRA.” Entonces tengo el presentimiento de que va a encarnar… (24-5)

El desplazamiento permanente entre el artificio técnico y el prodigio sobrenatural; la proximidad espiritual y la distancia física; y la transmisión de los fluidos (eléctricos o inmateriales) entre planos de la consciencia, entre el subsuelo donde se halla Hadaly y la superficie, desde donde habla el Ingeniero, sugiere la posibilidad de la transubstanciación final. El lector habrá advertido, hacia el final de la novela, la identidad entre la señora Anderson y Lady Sowana, sin embargo, Edison guarda la respuesta para el final. La novela alcanza su punto crítico en el momento en que Lord Ewald se encuentra finalmente con Hadaly, la réplica, y en el transcurso de un apasionado coloquio la confunde con su modelo, diciéndole:

—¡Oh, qué insensato soy!—murmuró—. Soñaba con un juguete… de sacrilegio, cuyo aspecto me habría hecho sonreír. ¡Oh, absurda muñeca insensible!

Delante de ti, mujer singularmente bella, se desvanecen todas las demencias de la electricidad, las presiones hidráulicas y los cilindros vitales. Sin curiosidad alguna haré presente a Edison mi reconocimiento. Muy nublada por el desencanto debía estar mi mente cuando la facundia del sabio me hizo creer en tamaña posibilidad. ¡Oh, amada mía; ya te reconozco! ¡Tú existes; eres de carne y hueso, como yo; tu corazón palpita junto al mío! ¡Tus ojos han llorado! ¡Tus labios han temblado al contacto con los míos! ¡Eres la mujer a la que el amor puede hacer ideal como la belleza…! ¡Querida Alicia, te amo! ¡Te…

No pudo terminar. […]

Al mismo tiempo, miss Alicia Clary se levantó y, apoyando en los hombros del joven sus manos cargadas de rutilantes sortijas,52 le dijo con voz sobrenatural, inolvidable y ya oída:

—¿No me reconoces? Soy Hadaly. (301)

Lord Ewald, incapaz de sobreponerse a la sorpresa, desdeña a la Andreida, quien responde con increíble espontaneidad 53a los reparos del noble:

Hadaly, sonriente, cruzó las manos sobre el hombro del joven y le dijo muy bajo:

—¿Quién soy…? Un ser de ensueño que empieza a dibujarse en tu pensamiento. Puedes disipar mi sombra redentora con un bello razonamiento, que no ha de dejarte más que el vacío y el tedio dolorosos, frutos de su presunta verdad.

¡Oh, no te despiertes de mi arrullo! No me proscribas, bajo un pretexto apuntado por la razón traidora que todo lo anula. Considera que si hubieras nacido en otro país, pensarías según otras normas y sobre todo, que para el hombre no hay más que una verdad: aquella que acepta entre todas las demás. Escoge la que te convierta en un dios. (313)

El encuentro entre Lord Ewald y Hadaly, teñido de características sin duda sobrenaturales, exige del joven la aceptación del prodigio que precede al reconocimiento:54 “—Querido Edison—dijo lord Ewald—, creo que Hadaly es un verdadero fantasma y ya no me empeño en inquirir el misterio que la anima. Es más, quiero olvidar lo poco que de él me habéis comunicado” (327). Palabras intuitivas del noble británico, quien aguarda la revelación del misterio que encierra la prodigiosa materialización del espíritu en el cuerpo de Hadaly:

—He aquí la única pregunta que quiero dirigiros [exclama Lord Ewald ante el inventor]. Me habéis hablado de un auxiliar femenino, de una mujer llamada mistress Any Sowana… que, según parece, ha modelado, medido y calculado miembro por miembro durante los primeros días a nuestra aburrida viviente [Alicia Clary…]

—Bien, ¿y qué?—preguntó Edison.

—Que a juzgar por la primera y lejana voz de Hadaly—respondió lord Ewald—, esa mistress Any Sowana debe de ser un ente maravilloso.

—Veo que habéis intentado todas las noches, en vuestra quinta, explicaros por vosotros mismos mi obra. Está bien. Adivináis algo del arcano inicial: pero nadie puede imaginar por qué circunstancia milagrosa y adventicia pude resolverlo. Esto prueba que aquellos que buscan no son los que todo lo logran.

»¿Recordáis la historia que os conté abajo, acerca de un tal Edward Anderson? Lo que me preguntáis no es más que el final de aquella historia: helo aquí.

Después de un silencio, Edison prosiguió:

—Bajo los golpes de la ruina y de la triste muerte de su marido, mistress Anderson, desposeída súbitamente de su casa, sin pan siquiera, y ateniéndose con sus dos hijos de diez a doce años a la muy problemática caridad de algunas superficiales relaciones comerciales, contrajo una enfermedad que la redujo a la más completa inacción. Era una de esas grandes neurosis incurables, la del sueño.

»Ya os he dicho cuánto estimaba yo a esa mujer, sobre todo por su inteligencia. Tuve la satisfacción de ayudar a la abandonada, como hace años me ayudásteis […]

»Pasó algún tiempo. Durante mis raras visitas a la enferma, tenía ocasión de comprobar unos raros y persistentes períodos de sueño, en los cuales me hablaba y respondía si abrir los ojos. Hay muchos casos, hoy perfectamente clasificados, de somnolencias letárgicas, en las que los pacientes permanecen trimestres enteros sin tomar aliento. Como tengo una facultad de atención bastante intensa, acabé preocupándome por curar, si era posible, la enfermedad de mistress Any Anderson.

Lord Ewald hizo un movimiento de sorpresa al oír subrayar con la entonación el nombre de la enferma.

—¿Curar?—murmuró—. ¡Decid mejor transfigurar!

—Quizá—repuso Edison—[…] No sé cómo tuve la idea de recurrir a la acción magnética para ver el alivio que podía proporcionar a la desgraciada. […] En los prolongados desvanecimientos se manifestaron algunas crisis de videncia mental, absolutamente enigmática.

»Entonces mistress Any Anderson empezó a ser mi secreto. Aprovechando su estado de torpeza vibrante y aguda, desarrollé prontamente y al mayor grado la aptitud de proyectar mi voluntad. Hoy poseo la facultad de emitir a distancia una carga de influjo nervioso suficiente para ejercer un dominio casi ilimitado sobre determinadas naturalezas, y no en días, sino en horas. Establecí entre la durmiente y yo una corriente tan sutil, que fue suficiente con acumular el fluido magnético en dos sortijas de hierro y ponernos una cada uno para que Sowana recibiera la transmisión de mi voluntad y se encontrara, además, mental, fluídica y verdaderamente a mi lado para oírme y obedecerme, aunque su cuerpo estuviera a veinte leguas de distancia. Tiene ella siempre en la mano una bocina de teléfono, por medio de la cual me responde a cuanto digo en voz baja. ¡Cuántas veces hemos hablado así, con positivo desprecio del espacio! (330-33)

Como vemos, el dominio del electromagnetismo permite a las mentes “positivas” desdeñar los límites del espacio mismo y establecer contacto con planos desconocidos del espíritu y la materia; Edison mismo recalca, más adelante que “puesto que la sensibilidad oculta de Sowana no es refractaria a la acción secreta del fluido eléctrico, pues mistress Anderson sufre una sacudida a su contacto,55 y en el estado cataléptico se manifiesta insensible, creo que queda demostrado que el fluido nervioso no se halla en estado de indiferencia total respecto del fluido eléctrico y por consiguiente que sus propiedades pueden fusionarse en una síntesis de naturaleza y poder desconocidos” (339). El fenómeno del electromagnetismo y su incorporación gracias a los artefactos inventados por el electrólogo demuestra ser un objeto transicional entre los caracteres del alma y aquellos pertenecientes al cuerpo del mismo modo en que Castle lo ha demostrado en relación con los instrumentos de medición atmosférica durante el siglo XVIII. La mencionada autora, refiriéndose al termómetro (weatherglass), escribe: “Yet precisely on account of its responsiveness [that of the weather-glass]—its almost “nervous” sensitivity to the environment—the weatherglass, like the automaton, also subverted the putative distinction between bodies and machines. Contemporary writers and artists were quick to make the surreal connections between mercury and blood, glass and flesh [Mas, precisamente gracias a su capacidad de respuesta—su casi “nerviosa” sensibilidad al entorno—el termómetro, como el autómaton, también subvirtió la distinción putativa entre cuerpos y máquinas. Los escritores y artistas contemporáneos no tardaron en establecer las conexiones surreales entre mercurio y sangre, cristal y carne]” (16). La subversión de la “distinción putativa entre cuerpos y máquinas” a la que hace referencia Castle no sólo aproxima los niveles simbólicos de la naturaleza y el artificio; sugiere, además, que la variabilidad (en el caso de los termómetros y barómetros) u otras características de los artefactos que nos rodean pueden sugerir y hacer eficaces en la cultura determinadas transformaciones en la manera de entender nuestra propia “naturaleza” (vid. supra, capítulo I).

La Eva futura sugiere de manera significativa la posibilidad de transubstanciación del espíritu de Lady Any Sowana al cuerpo artificial de Hadaly. La muerte de la vidente tras la partida de Hadaly con Lord Ewald nos hace pensar en su incorporación y asimilación definitivas en el cuerpo de la Andreida; en este sentido esta obra se convierte en indirecta precursora de las ideas contemporáneas de Hans Moravec y Ray Kurzweil, entre otros, quienes defienden la idea según la cual será posible “descargar (download)” los contenidos mentales de una persona y almacenarlos en una máquina.56

La Eva futura se encuentra en la intersección entre las narrativas que podríamos denominar “del movimiento,” situadas en un esquema cognitivo de origen aristotélico (los autómatas de Hefestos, El Golem, Frankenstein, entre otras) donde la creación del ser artificial está relacionada con su autonomía motriz, y las “narrativas de la información,” concepto acuñado por N. K. Hayles, en las cuales la actualidad material, i.e. corporal, de las mentes es meramente contingente—y posiblemente indeseable—y la esfera esencial de la existencia y agonismo entre los actantes se sitúa en los canales de información existentes o posibles, en las redes, sus nodos y el software que las posibilita. Como vemos, se trata de un desplazamiento en el énfasis acerca de lo que actualiza la existencia de un ser artificial; pero el dualismo permanece intacto. Edison, el electrólogo, poseedor de los conocimientos tecno-científicos de vanguardia, es incapaz, al final de producir la esencia última que dotará de su insólita particularidad a la Andreida. Es aquí donde el espíritu, como respuesta última—y matizada por las pálidas explicaciones y metáforas transferidas del campo experimental del electromagnetismo—hace nuevamente su aparición. La falacia implicada en este tipo de argumentos (downloadable minds/spirits) es que continúa presuponiendo una configuración dual de la “naturaleza” humana, en la cual lo inmaterial es susceptible de eternidad y trascendencia; el substrato, entonces, pasa a ser intercambiable. El temor proverbial a la corruptibilidad de ese substrato permanece inalterado. La trascendencia del espíritu en el mundo supra-lunar ha cedido el paso a la inmortalidad de la mente en la tierra histórica.57

La novela nos interesa porque ofrece una visión transicional del problema de la creación, de la cual el campo literario se nutre desde los comienzos. Nuestra preocupación y la de Edison, a fin de cuentas, puede formularse como sigue: ¿qué implica la creación (de artificios narrativos; de seres artificiales) en la medida en que se trata de un acto donde confluyen tanto el saber—como posibilidad de formalización—y el hacer—como actualización de aquello que podemos conocer?58 Una revisión de esta cuestión es el tema de nuestro siguiente capítulo.
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