Bogotá D. C., septiembre 11 de 2001




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De la generación natural a la producción de seres animados por el hombre


Hasta el momento, hemos entendido como lenguaje la formalización y articulación de un código verbal. Que sepamos, Aristóteles no se detiene a considerar los productos del lenguaje como instancias de lo artificial producido por el hombre y se limita a discutir en la Metafísica al “hombre por un hombre generado” (“nurvpoq “nurvpon genn˙, Metafísica Z7, 1032ª25), en lo que consideramos una interesante omisión que refuerza el funcionamiento del dualismo al ignorar al lenguaje como una instancia de producción. Como veremos, la configuración de las posibilidades de creación de seres artificiales por el hombre mismo se localiza en la extraordinaria intersección cultural entre la materia (el barro primordial) y la mutación del código verbal de la creación—susceptible de hermeneusis, i.e. interpretación—al desciframiento, en la confluencia entre verbo y cifra. Pero antes, un viaje en el tiempo y el espacio, hasta el muro de un templete próximo a Gvalior, localidad cercana a Lashkar, en la India Central. Allí se encuentra la inscripción del primer cero conocido hasta el momento, fechado hacia el 870 d. de C. En la obra de Menninger, Number Words and Number Symbols: A Cultural History of Numbers, se nos recuerda que: “In Sanskrit, the zero was called sunya, “empty” (also sunya-bindu, “empty-dot”) after its physical meaning: the position (originally on the counting board) is empty. The modern custom of indicating a missing word or line of verse by a row of dots goes back to this Indian practice [En sánscrito, el cero era llamado sunya, “vacío” (también sunya-bindu, “punto vacío”) tras su significado físico: la posición (originalmente en la tabla de contar) está vacía. La costumbre moderna de indicar una palabra o línea faltante en un verso mediante una hilera de puntos se remonta a esta práctica hindú]” (401). Como resulta evidente, los estrechos vínculos entre las prácticas de formalización del verbo y la cifra tienen algunos precedentes relevantes aquí. Pero la travesía que conducirá el cero a Occidente la debemos a los árabes:

The intermediaries between India and the West were the Arabs. When they became acquainted with the zero in the 9th century, they translated the Indian name sunya literally into the arabic as-sifr, “the empty.” […] The West, when it became aware of the new digit, no longer translated its name but took over the symbol as well as its name, from the Arabic, and transformed the latter into the learned Latin form cifra and cephirum […] The two Latin words then gradually worked their way into the vernacular. In Italian the second form was changed to zefiro, zefro, or zevero, which was shortened in the dialect of Venice to zero.

[Los intermediarios entre la India y Occidente fueron los árabes. Cuando conocieron el cero en el siglo IX, tradujeron el nombre hindú sunya de manera literal al árabe como as-sifr, “el vacío.” […] Occidente al conocer el nuevo dígito, no tradujo más el nombre sino que adoptó tanto el símbolo como su nombre en árabe y transformó este último a la expresión culta en latín cifra y cephirum […] Las dos palabras latinas gradualmente pasaron entonces al vernáculo. En italiano, la segunda forma fue cambiada a zefiro, zefro o zevero, la cual fue acortada en el dialecto veneciano a zero.] (loc. cit.)

La cifra, en efecto—tanto en sentido literal como figurado—proviene de Oriente, gracias a un proceso de aculturación e influencia que debemos situar parcialmente en la península Ibérica, en particular hacia el siglo XII.67 Con Culianu, podremos decir que: “La España de los tiempos de la Reconquista es uno de sus principales centros. A medida que el reino cristiano de Castilla avanza y los árabes se retiran, los «especialistas» o aventureros afluyen en el acto, fascinados por la riqueza y la cultura de los musulmanes, y empiezan con su actividad febril de traducción a la que se añade la admiración y la polémica religiosa. Rápidamente, gracias en particular al colegio de traductores instalado en Toledo, el Occidente latino toma contacto con los principales monumentos de la cultura árabe (y de la Antigüedad griega) en los campos de la medicina, de la filosofía, de la alquimia y de la religión” (41). Cabe agregar, por supuesto, la matemática. Los niveles de inteligibilidad que el sistema de notación numérica basado en el principio de valor posicional auguraba condujo a los desarrollos en las prácticas matemáticas que nos son familiares. La formalización de un código más sencillo y versátil y su introducción gradual en las formas de representación de una cultura conducen al aumento exponencial de las manifestaciones de aquello que se puede hacer con dicho código.68 Hacia el siglo III d. de C. habría de aparecer, probablemente en Babilonia o Palestina, el Sefer Yetzirah o Libro de la Formación, atribuido por algunos a Rabbi Akiva. G. Scholem nos recuerda que “la teoría lingüística de la Cábala, tal como está expuesta o al menos implicada en los escritos de los cabalistas del siglo XIII, descansa sobre la combinación de interpretaciones del libro Yetzirah y de la doctrina del nombre de Dios, fundamento de este lenguaje” (El nombre de Dios, 17). En efecto, a pesar de ser un escrito tan temprano, el Sefer Yetzirah es el texto que ha inspirado gran parte de la tradición cabalística, pues en él se atisban ya las posibilidades del lenguaje sagrado como herramienta de creación del Universo a partir de los “treinta y dos misteriosos senderos,” que “consisten en una década surgida de la nada, y en veintidós letras fundamentales” (Sefer Yetzirah I, i). El arte combinatorio permite a Dios ejecutar la creación de “todos los seres de la existencia, y todos aquellos que serán formados en cualquier tiempo venidero” (II, ii): “Pero, ¿cómo se hizo? Él combinó, pesó e intercambió la letra a [aleph] con todas las otras letras en sucesión, y todas las otras de nuevo con la a ; la b [bet] con todas, y todas de nuevo con la b ; y así para toda la serie de letras. De aquí se sigue que existen doscientas treinta y una formaciones, y que toda criatura y toda palabra emanaron de un solo nombre” (II, v). El conocimiento cabalístico establece desde los comienzos el poder creador del lenguaje y sus permutaciones; por otro lado, el estrecho vínculo entre las letras configuradoras del verbo sagrado y los números como potencias o emanaciones de Dios, sugieren el desarrollo posterior de una lectura simultánea, en la cual letras y números, verbo y cifra pueden ser dominados y, en poder de un hombre suficientemente instruido para tal efecto, los saberes combinatorios hacen posible, incluso, la conformación de un ser artificial, un Golem.69 Esto es, “a creature, particularly a human being, made in an artificial way by virtue of a magic act, through the use of holy names. [una criatura, en particular un ser humano, hecha de manera artificial en virtud de un acto mágico mediante el uso de los nombres santos]” (Scholem, art. “Golem” 753).70

Nuestro interés se sitúa en la formalización y despliegue de códigos que sirven los propósitos de generación de entidades autónomas.71 A medio camino entre la magia y la ciencia, las múltiples lecturas posibles de la cifra y las consiguientes prácticas de lectura e interpretación que la introducción de dichos códigos en la cultura contribuyó a conformar nos permiten entender el papel del lenguaje como eje de las discusiones en torno a las posibilidades creativas humanas. J. J. Bono refiere este tipo de transformaciones a partir del siglo XVII en Occidente:

Thus, while the West breaks from the rest of the world in the seventeenth century by initiating a turn away from textual traditions of commentary and exegesis, from “bookish culture” in the narrow sense, within its own cultural arena the West experienced a discursive shift very much rooted in attempts to rework and reconstitute the meaning of the Book. Old practices waned or found themselves strategically redeployed within the regime of new practices. Newly defined relationships of man, society, and nature to a divinely authored Book produced new practices, including technologies of “reading” central to the emergence of modern forms of science. The “natural and experimental history” of Bacon, the probabilism of Mersenne’s mathematical and observational methods and mechanism, the Cartesian “mathesis, ou mathématique universelle,” and Boyle’s “experimental life” with its instrumental and literary technologies all constitute new practices incorporating new technologies for reading—and reconstructing—the divine Book. Each, of course, had its limits and strengths. But all depended upon the central trope of the Book; all purported to read that Book. All were therefore authorized by the Word, access to whose “meaning” legitimized their respective discursive practices.

[Por tanto, mientras Occidente se aparta del resto del mundo en el siglo XVII al comenzar un distanciamiento de las tradiciones textuales del comentario y la exégesis, de la “cultura libresca” en un sentido limitado, dentro de su propia arena cultural Occidente experimento un giro discursivo cimentado en gran medida en intentos de rehacer y reconstituir el significado del Libro. Antiguas prácticas declinaron o se encontraron redesplegadas estratégicamente dentro del régimen de nuevas prácticas. Relaciones nuevamente definidas entre el hombre, la sociedad y la naturaleza y el Libro de autoría divina, produjeron nuevas prácticas, incluyendo tecnologías de “lectura” centrales a la emergencia de formas modernas de ciencia. La “historia natural y experimental” de Bacon, el probabilismo y mecanismo de los métodos matemáticos y observacionales de Mersenne, la “mathesis, o matemática universal” cartesiana, y la “vida experimental” de Boyle con sus tecnologías instrumentales y literarias todas ellas constituyen nuevas prácticas que incorporan tecnologías nuevas para leer—y reconstruir—el Libro divino. Cada una, por supuesto, tenía sus limitaciones y fortalezas. Mas todo dependía del tropos central del Libro; todas buscaban leer ese Libro. Todas estaban legitimadas por el Verbo, acceso a cuyo “significado” legitimaba sus respectivas prácticas discursivas] (6)

Recordemos que la distinción entre magia y ciencia atraviesa el problema de la precisión de los sistemas simbólicos que cada “comunidad interpretativa” (Fish) utiliza.72 La magia maximiza la oscuridad formal de sus códigos, en tanto que actividad legitimada socialmente gracias a la incomunicabilidad de sus saberes: “From its earliest beginnings, Latin science was conditioned more by Hellenistic than by Hellenic Greek attitudes and values. For this reason medieval culture inherited certain expectations and assumptions about the nature of science, which were only with great difficulty or reluctance discarded. Among these assumptions was the idea that there existed secret sciences, access to which was privileged, as opposed to the conventional sciences, access to which was relatively open [Desde sus comienzos más tempranos, la ciencia latina se hallaba condicionada más por las actitudes y valores helenísticos que por los griegos. Por esta razón la cultura medieval heredó ciertas expectativas y presunciones acerca de la naturaleza de la ciencia, que sólo con gran dificultad y renuencia fueron descartadas. Entre dichas presunciones se encontraba la idea de que existían ciencias secretas, acceso a las cuales era un privilegio, en oposición a las ciencias convencionales, cuyo acceso era relativamente abierto]” (Eamon 16). La ciencia moderna, por su parte, y en beneficio de la aparente disminución de la ambigüedad oscurece sus saberes ante la mirada de los no iniciados, gracias a la “claridad” de las representaciones matemáticas;73 de lo contrario, como sugiere Klossowski acerca de Nietzsche, puede devenir afásica, incapaz de articular verbalmente los saberes que la ocupan y, por tanto, de atribuir valor de realidad a su objeto de estudio: “No one sees that science itself is aphasic [like the late Nietzsche] and that if it admitted it had no foundation, no reality would subsist—from which it derives a power that induces it to calculate: it is this decision that invents reality. It calculates so as not to have to speak, for fear of falling back to nothingness [Nadie ve que la ciencia en sí misma es afásica [como Nietzsche al final] y que si admitiese carecer de fundamento, ninguna realidad subsistiría—de lo cual deriva un poder que la conduce a calcular: es esta decisión la que inventa la realidad. Calcula para no tener que hablar, por temor de caer en la nada]” (xx, énfasis añadido).

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