La literatura de la segunda mitad del siglo XIX. El posromanticismo y el realismo




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EL REALISMO Y EL NATURALISMO EN ESPAÑA




    1. El realismo en España


El triunfo de la estética realista en España es también tardío. Ello se explica por sus circunstancias histórico-sociales. Por un lado, el desarrollo del medio urbano está lejos del de países avanzados como Inglaterra y Francia. El realismo es, ante todo, un movimiento urbano, interesados en el mundo de la ciudad y sus gentes. Por otra parte, hasta la revolución de 1868 no se produce en España el clima de libertad que permite el desarrollo de la novela realista.

Hasta entonces, predominó una literatura vagamente romántica, tópica y repetitiva, refugiada en veladas literarias, juegos florales y periódicos locales. Esto explica lo novedosas que resultaron, más allá de Madrid o Barcelona, las novelas anticlericales de Galdós o Clarín.

Además la literatura realista se encuentra con que el público lector español es poco numeroso. Excepto Pérez Galdós, ninguno de los escritores realistas puede vivir exclusivamente de sus textos literarios. En todo caso, cada vez es más evidente el carácter burgués del público, interesado en que la literatura lo acerque a su realidad inmediata.


    1. El naturalismo en España


En cuanto al naturalismo, la temprana traducción de las obras de Zola hizo que se conociera bastante pronto, pero levantó enseguida una gran polémica y su penetración en la literatura española fue muy dificultosa. Se acusa al naturalismo de inmoral y anticatólico, en su defensa Emilia Pardo Bazán escribe una serie de artículos recogidos en su libro La cuestión palpitante (1883), donde defiende a Zola, pero rechaza el determinismo naturalista. El mismo Zola interviene en el debate indicando que desde presupuestos católicos, sólo se puede adoptar un naturalismo puramente formal, artístico y literario.

El naturalismo español aprovecha del movimiento naturalista ciertos recursos narrativos y su interés por los ambientes míseros y degradados, pero no acepta la idea de convertir la literatura en una ciencia. Aparte de Pardo Bazán, se advierten rasgos naturalistas en obras de Galdós como La desheredada, en La Regenta de Clarín y en algunas novelas de Palacio Valdés.

De todas formas, sí existe un naturalismo radical en la obra de ciertos autores como Alejandro Sawa o Eduardo López Bago, quien denomina a sus obras novelas médico-sociales. La atención de estos autores hacia las cuestiones sociales, su reivindicación de la sexualidad, su anticlericalismo y su interés por ambientes marginales dejarán su huella en autores de principios del siglo XX como Eduardo Zamacois o Felipe Trigo. El eco del naturalismo es evidente en novelistas como Vicente Blasco Ibáñez, o incluso en Pío Baroja.


  1. LA POESÍA


Durante la segunda mitad del siglo XIX se compuso abundante y variada poesía, que debe entenderse en un contexto en el que la burguesía dominante impone sus gustos dentro de un modelo de sociedad donde cultura y política parecen unidas.

Pueden distinguirse tres tendencias poéticas:


    1. Poesía realista antirretórica


Adoptó formas expresivas nuevas que la alejaban del Romanticismo. Es la lírica que con más propiedad puede denominarse realista. Se reivindica un lenguaje prosaico y antirretórico, que supere la retórica romántica, y que, de acuerdo con la mentalidad positivista y burguesa, sirva de cauce para las nuevas ideas y no las oculte bajo el peso de la carga ornamental. Esta poesía se abre camino desde mediados de siglo gracias a la figura de Ramón de Campoamor. El ideal poético de Campoamor es el prosaísmo: el uso de un lenguaje claro y sencillo que acerque la poesía a la prosa. Otras características de su poesía son la ironía, el escepticismo, la sentenciosidad, las apelaciones al sentido común, etc. Entre sus obras destacan Doloras (1846), Pequeños poemas (1872-4) y Humoradas (1886-8).


    1. Poesía realista grandilocuente


La poesía realista grandilocuente enlaza con el neoclasicismo a través de la figura de Quintana, tanto en sus temas de carácter cívico como en su preocupación por la forma rotunda y bien construida. El autor más representativo de esta tendencia es Gaspar Núñez de Arce, que compone poemas de tono declamatorio próximos a la grandilocuente oratoria política de la época.


    1. Poesía intimista posromántica


La poesía intimista posromántica, cuya figura fundamental es Gustavo Adolfo Bécquer, busca superar el Romanticismo retórico y trivial a través de la condensación y la simplificación formales, como medio de sugerir con la palabra, la imagen y el símbolo las ideas que rozan lo inefable.


      1. ROSALÍA DE CASTRO




        1. Biografía


Nació en Santiago de Compostela en 1837 y tuvo una existencia difícil y penosa. Pasó parte de su vida en Castilla, pero siempre añoró Galicia, adonde volvió definitivamente en 1871 y donde murió en 1885.

        1. Obras


Aunque escribió también en prosa, destaca sobre todo como poetisa. Compuso versos tanto en gallego, Cantares galegos (1863) y Follas novas (1880) como en castellano, En las orillas del Sar (1884)

Con Rosalía de Castro nos encontramos ya muy cerca de la poesía contemporánea entendida como comunicación de una experiencia personal: aflora de forma directa el mundo interior, se manifiesta la subjetividad abiertamente y no envuelta en el tono declamatorio y muchas veces superficial del Romanticismo externo.

En su obra En las orillas del Sar, Rosalía de Castro alcanza muchos momentos de honda emoción y de expresión de una intimidad conflictiva que anticipan lo más granado de la poesía posterior.

En cuanto a su técnica, destaca su maestría en el uso de los recursos poéticos, sus innovaciones métricas (creación de nuevas estrofas, empleo del verso alejandrino) y cierta exuberancia formal que preludia la poesía modernista.

Temáticamente, la expresión de la intimidad permite que sus versos transmitan sensación de autenticidad y verdad, y que confiese en ellos tanto sus inquietudes sociales como su conciencia de mujer oprimida.


      1. GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER




        1. Vida y personalidad


Gustavo Adolfo Domínguez Bastida nació en Sevilla en 1836. Era hijo de un pintor costumbrista, y, como él, adoptó el apellido Bécquer de sus antepasados flamencos, que se habían instalado en Sevilla años atrás. Pronto quedó huérfano de padre y madre. Vivió en cada de su madrina, en cuya surtida biblioteca desarrolló su afición a la lectura y formó sus gustos literarios. Comenzó estudios pictóricos, al igual que su hermano Valeriano, en el taller de su tío. Pero, mientras que su hermano se convirtió en un importante pintor, Gustavo aunque no abandonó nunca del todo el gusto por el dibujo y la pintura probó otros caminos artísticos, como el de la música.

Ya por entonces había empezado a componer poemas y, con dieciocho años, marchó a Madrid para forjarse una carrera literaria. Pero su situación económica era precaria, por lo que para sobrevivir tradujo o adaptó obras teatrales, escribió él mismo otras en colaboración, así como libretos de zarzuelas, y realizó diversos trabajos periodísticos.

Desde 1860 su dedicación al periodismo fue más constante y llegó a ser director del periódico conservador El Contemporáneo. Por estas fechas entabló relación con el poeta Augusto Ferrán, traductor de Heine, al que dio a conocer a Bécquer: este mostró luego en sus versos un influjo directo de la poesía delicada e intimista del alemán. Enfermo de tuberculosis, pasó varias temporadas en el monasterio zaragozano de Veruela. En 1861 contrajo matrimonio con Casta Esteban, pero el matrimonio fracasó y acabaron separándose. Económicamente, vivió una situación desahogada durante los últimos años del reinado de Isabel II, pues fue protegido por el ministro conservador González Bravo, quien le proporcionó el bien remunerado cargo de censor de novelas. Perdió el empleo con la revolución de 1868. Se fue entonces a vivir con su hermano Valeriano a Toledo, y reescribió su obra poética, que había reunido tiempo atrás y entregado a González Bravo, interesado en publicarla, pero ese manuscrito se había perdido durante los sucesos revolucionarios de septiembre del 68-

Con sólo treinta y cuatro años murió Gustavo Adolfo Bécquer en Madrid a finales de 1870, cuando convivía nuevamente con su mujer, tras el fallecimiento de su hermano Valeriano pocos meses antes.


        1. Obra lírica


Las Rimas, en su edición de 1871, son setenta y nueve poemas breves, asonantados en general, y de metros variados, en los que se funda la importancia de Bécquer en la literatura. De estos poemas, sólo quince se publicaron en vida del autor. Bécquer las reunió para editarlas en un libro y las entregó a su protector, el ministro González Bravo, que se había comprometido a publicarlas, pero en un saqueo en el domicilio de éste durante los tumultos de 1868, desapareció el original. Posteriormente, el autor reprodujo los textos de memoria, sin un orden determinado, al final de un cuaderno que, con el título de Libro de los gorriones, bajo el epígrafe “Poesías que recuerdo del libro perdido”, se conserva en la Biblioteca Nacional.

Tras la muerte del poeta, sus amigos prepararon una edición de las Rimas, publicada en 1871, en la que los poemas aparecen ordenados en cuatro grupos:

1) Rimas I-XI: en torno a la poesía como tema, en especial, acerca del deseo de expresarse mediante la poesía.

2) Rimas XII-XXIX: las diecisiete rimas de este grupo obedecen a una contemplación afirmativa y confiada de la belleza femenina y del amor.

3) Rimas XXX-LI: El más abundante cuerpo de la poesía becqueriana está constituido por rimas amargas y dolientes, con tonos que van de la melancolía hasta la ira y la desesperación. No es raro que sean las más numerosas: el fracaso de sus amores con Elisa Guillén, que lo abandonó por otros hombres, no lo olvidó nunca. Muchos de los versos de esta etapa son, en realidad, una venganza.

4) Rimas LII-LXXVI: Tratan de la soledad y de la muerte desde un punto de vista desolado y pesimista.

En 1914 se dio a conocer el manuscrito del Libro de los gorriones, que cuestionaba el ordenamiento de la edición de 1871 e incluía tres rimas más (LXXVII-LXXIX). En las ediciones posteriores de las Rimas, los poemas llevan un número romano (el de la edición de 1877) y otro arábigo (el del Libro de los gorriones).
a) Temas
Los núcleos temáticos de la poesía de Bécquer están relacionados con el ordenamiento que sus amigos hicieron de las Rimas:
a) Poesía y creación artística:

Varios de los primeros poemas del libro de las Rimas versan sobre la poesía, concebida como una forma de expresión inmediata de emociones íntimas o de sentimientos que están más allá del poeta mismo y que solo esperan al escritor que sepa formularlos.

Se trata de una concepción romántica de la literatura, frente a la idea clásica del arte como elaboración meditada y concienzuda. Sin embargo, Bécquer se aparta del Romanticismo declamatorio y estruendoso. Todo ello es lógico si atendemos a su formación literaria, que fue en sus inicios neoclásica para absorber luego el Romanticismo a través de cuantiosas lecturas y renovarlo después al conocer la poesía de Campoamor y, sobre todo, la de los poetas intimistas que se nutren tanto de las baladas germánicas como de los cantares y coplas de inspiración popular.

Llega así Bécquer a una poesía sintética, normalmente breve, nada grandilocuente y en la que la expresión de las ideas se apoya a menudo en referencias a objetos materiales. Ni siquiera la inspiración es en él el mero halo misterioso y divino de que está dotado el genio creador, puesto que no se explica sin la razón, que es la que verdaderamente acaba dando forma definitiva al poema.

Por tanto, es difícil desligar por completo a Bécquer de la estética realista que empezaba a dominar en su época. Más bien, los poemas de Bécquer, partiendo de elementos de la realidad cotidiana, intentan expresar ideas, como la belleza, el amor o la poesía misma, que se resisten a ser formuladas con palabras.

En esa búsqueda de la forma expresiva, Bécquer se acerca al simbolismo al aludir a ideas y sentimientos interiores mediante vocablos que designan realidades exteriores.
b) Amor, desengaño amoroso y decepción

El amor, relacionado con la poesía, la naturaleza y Dios, es el tema central de las Rimas; es un ideal inalcanzable, y la amada, expresión máxima de la belleza, resulta ser un ideal, un ser inaccesible, un misterio intangible, que se desvanece como un sueño. El resultado final no es otro que el fracaso de la experiencia amorosa, el desengaño. La decepción se muestra, unas veces, con ironía, crueldad y sarcasmo, y otras, con la angustia más profunda y la desesperación sin límites del yo poético.
c) Soledad y muerte

La soledad es un sentimiento consustancial al yo lírico romántico, para el que la naturaleza, aun en su aspecto más agresivo, puede constituir un refugio. El individuo se siente solo en la soledad del mundo y no encuentra respuestas para los interrogantes vitales (¿De dónde vengo?; ¿Adónde voy?). La soledad se intensifica frente al enigma de la muerte y queda simbolizada en la tumba abandonada, que ya todos ignoran.
d) El sueño y la naturaleza.

La realidad se percibe como una integración de lo racional y lo soñado; existe una fusión entre mundo y sueño. Los sueños permiten la expresión del espíritu y la fantasía, en ellos se presentan zonas y seres misteriosos, desconocidos, un mundo de visiones que enriquece la percepción del universo.

Aunque la naturaleza es a veces un marco impasible e indiferente, en muchas de los poemas de Bécquer es expresión de los sentimientos del yo lírico, quien busca la integración en el mundo natural. En general, se presenta en constante movimiento, y las imágenes relacionadas con la luz y el aire adquiere especial importancia.

b) Estilo
En cuanto al estilo poético de Bécquer, tras su aparente sencillez y espontaneidad, hay una cuidada elaboración de los textos. Buena parte de los aciertos expresivos de Bécquer proceden de su maestría en amalgamar los artificios retóricos de la poesía culta con los de la poesía popular.
Así sucede, por ejemplo, en la métrica: utiliza, a veces estrofas clásicas (octava real, serventesio, quintilla), pero lo más frecuente son combinaciones de endecasílabos y heptasílabos (al modo de la silva culta, aunque en estrofas normalmente breves, como en la lírica tradicional), que, en ocasiones, son decasílabos y hexasílabos, así como el empleo de formas populares (copla asonantada, seguidilla). Rasgo general de sus versos es la preferencia por la rima asonantada, con la que evita la sonoridad estridente del Romanticismo.

El ritmo poético obedece a la estudiada distribución de los acentos del verso, lo que proporciona a sus poemas su tenue musicalidad. Son numerosos también los encabalgamientos que, sin llegar al prosaísmo, dan sensación de mayor naturalidad: ahora la unidad poética es el conjunto del poema y no cada uno de los versos.
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