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Las mejores novelas en

castellano del siglo XX
1974 Augusto Roa Bastos

2001 Bibliotex, S.L. para esta edición

Prólogo

Ignacio Padilla

Cada vez que un autor latinoamericano publica una novela fundada en alguna de las muchas dictaduras que han marcado la historia del así llamado subcontinente, revive en el mundo literario la leyenda de una apuesta que, a fínales de la década de los sesenta, habría llevado a varios narradores ilustres a escribir novelas con ese mismo tema. Mucho menos romántica o provocadora, la realidad nos dice que en 1967 el mexicano Carlos Fuentes y el peruano Mario Vargas Llosa invitaron a varios de sus pares a escribir sendas estampas de dictadores latinoamericanos que a la postre formarían parte de un volumen irónicamente intitulado Los padres de la patria. No sé si por fortuna o por desgracia, aquel proyecto no llegó a feliz término, pero favoreció en cambio que tres de los autores invitados, el colombiano Gabriel García Márquez, el cubano Alejo Carpentier y el paraguayo Augusto Roa Bastos, nos deleitaran más tarde con tres obras maestras de la literatura vigesémica: El otoño del patriarca, El recurso del método y Yo el Supremo, respectivamente.

Justo es aclarar a este propósito que aquéllas no fueron las primeras ni las últimas novelas de la dictadura escritas en español: muchos años atrás, Ramón del Valle-Inclán había iniciado la tradición con su Tirano Banderas, al cual se sumarían obras como La sombra del caudillo, del mexicano Martín Luis Guzmán y El Señor presidente, del premio Nobel guatemalteco Miguel Ángel Asturias. No me parece arriesgado afirmar que en cieña forma La fiesta del chivo, publicada recientemente por Mario Vargas Llosa, da la impresión de cerrar con broche de oro tan prodigioso ciclo, pero hay que reconocer también que las citadas novelas de García Márquez, Carpentiery Roa Bastos, escritas en plena efervescencia del boom de la literatura latinoamericana, son sin duda alguna la cumbre de una tradición cuyo tema, más que la dictadura en sí misma, es el poder en el sentido mas profundo y clasico de la palabra.

Por contraste con sus compañeros de ruta en la odisea de la novela de la dictadura, el paraguayo Augusto Roa Bastos (Asunción, Paraguay, 1917) ha sido siempre un autor más bien oscuro, inscrito a veces y a regañadientes en el fenómeno del boom, aunque con frecuencia marginado de éste por las singularidades de su historia personal así como de su bibliografía. Marcado como tantos otros por la narrativa de William Faulkner, Roa Bastos transita sin embargo por aguas literarias que, al menos en apariencia, no encajan del todo en las fuentes literarias más conocidas de la literatura latinoamericana del siglo XX. Lector ávido de las Hawthorne, Melvilley los iluministas franceses, y amigo personal de André Malraux y Jorge Luis Borges, el autor de Yo el Supremo hace gala en sus cuentos y novelas de una sobriedad de estilo que difiere dramáticamente del barroquismo con el que se suele asociar a la literatura de autores como García Márquez o de Carpentier. De ahí, entre otras cosas, que se le haya reconocido con el Premio Cervantes por tratarse de uno de los autores que con mayor claridad han impuesto el modelo cervantino sobre cualquier otra de sus influencias.

Aunque atípica en el conjunto de su amplia bibliografía, Yo el Supremo es considerada la obra maestra de Augusto Roa Bastos. Los hay quienes aún prefieren sus primeros cuentos o la más parca Hijo de hombre. No obstante, es en verdad dificil negar que en esta novela se encuentran no sólo las mejores muestras de su cosmovisión idealista o su enorme virtuosismo estilístico, sino su más importante y arriesgada apuesta estructural. Construida a modo de collage, Yo el Supremo es un auténtico catálogo de la amplia gama de formas y tiempos que para contar ofrece nuestro idioma. Cronologías, pasquines, memorandos, cartas, testimonios anónimos, monólogos en tiempos dislocados y polifonías de voces que se contradicen constantemente para contar una verdad sin cortapisas, esta novela de la dictadura es tan exigente como gratificante para el lector. Descrita por el propio autor como una intrahistoria en el sentido unamuniano de la palabra, Yo el Supremo es el relato del alma de una de las grandes figuras de la historia a partir de la visión de sus pobres gentes, de sus pequeños protagonistas, en fin, de las víctimas secretas de un tiempo y un lugar donde las singularidades del ejercicio del poder cicatrizaron profundamente en un escritor que muy pronto se reconoció como hijo de un padre autoritario y supo descubrir en su propia biografia, plagada de exilios, desencuentros, guerras y tiranías de toda índole, la historia colectiva de lo que hoy es el ser latinoamericano.

El protagonista de Yo el Supremo no es, como en otros casos, un dictador arquetípico ni una amalgama de todos los dictadores latinoamericanos. Por el contrario, se trata de un personaje histórico profusa y profundamente retratado con más respeto a la verosimilitud que a la satanización: José Gaspar Rodríguez de Francia, dictador del Paraguay a principios del siglo XIX, fanático, idealista, cruel y honrado hasta la monomanía, Minotauro en el laberinto del poder pero también marcado por el escrúpulo, por su afición a un singularísimo y muy estricto código ético que lo aleja del tirano común para convertirlo en una especie de antiquijote, un loco violento más parecido a melancólico Cárdenio de Cervantes que al propio Caballero de la Triste Figura.

No son el estilo ni la exacerbación maniática de la moral del Supremo lo único que hermana esta obra con su modelo cervantino. Detrás de este enorme fresco del poder, por debajo de sus soledades y sus paradojas, fluye una vez más la parábola íntima de la relación del amo y el sirviente bufonesco, que en este caso se encarnan en las figuras del dictador Francia y su secretario Policarpo Patiño. Sometida rigurosamente a una tradición que abandona la novela de la dictadura y se inscribe en la no menos significativa escuela que ha dado pie a binomios como los de Don Quijote y Sancho Panza, Holmes y Watson o incluso Guillermo de Baskerville y Adso da Melk, la pareja que constituyen el maniático Supremo con un asistente que conoce la verdad y la enumera tras la máscara de la estulticia, dan a la novela una consistencia que de otra forma se disolvería en la multiplicidad de las voces, tiempos y estilos que la conforman.

Ciertamente no es ésta la última vez en que Roa Bastos ha centrado su narrativa en la dictadura o en el poder. Presente de manera explícita en muchas de sus obras posteriores, como El fiscal, y en muchos de sus cuentos, aunque también implícita en su bibliografia desde sus textos de adolescencia, el poder y la tiranía son en gran medida el aglutinante de toda la obra del paraguayo. Si García Márquez ha escrito su obra como una sola y gran epopeya de la soledad, Roa Bastos podría hacer lo propio bajo el tema del poder, tal y como él mismo lo sugirió alguna vez: «El tema del poder, para mí, en sus diferentes manifestaciones, aparece en toda mi obra, ya sea en forma política, religiosa o en un contexto familiar. El poder constituye un tremendo estigma, una especie de orgullo humano que necesita controlar la personalidad de otros. Es una condición antilógica que produce una sociedad enferma. La represión siempre produce el contragolpe de la rebelión. Desde que era niño sentí la necesidad de oponerme al poder, al bárbaro castigo por cosas sin importancia, cuyas razones nunca se manifiestan». Estas palabras, creo yo, describen mejor que ninguna otra el valor de Yo el Supremo y la trascendencia que la obra de Roa Bastos puede y debe tener ya no sólo en América Latina, sino en un mundo que reincide aún en darle nombres nuevos a sus antiguas tiranías
Yo el Supremo Dictador de la República Ordeno que al acaecer mi muerte, mi cadaver sea decapitado; la cabeza puesta en una pica por tres días en la Plaza de la República donde se convocará al pueblo al son de las campanas echadas al vuelo

Todos mis servidores civiles y militares sufrirán pena de horca. Sus cadáveres serán enterradps en potreros de extramuros sin cruz ni marca que memore sus nombres.

Al término del dicho plazo, mando que mis restos sean quemados y las cenizas arrojadas al río....
¿Dónde encontraron eso? Clavado en la puerta de la catedral, Excelencia. Una partida de granaderos lo descubrió esta madrugada y lo retiró llevándolo a la comandancia. Felizmente nadie alcanzó a leerlo. No te he preguntado eso ni es cosa que importe. Tiene razón Usía, la tinta de los pasquines se vuelve agria más pronto que la leche. Tampoco es hoja de Gaceta porteña ni arrancada de libros, señor. ¡Qué libros va a haber aquí fuera de los míos!

Hace mucho tiempo que los aristócratas de las veinte familias han convertido los suyos en naipes. Allanar las casas de los antipatriotas. Los calabozos, ahí en los calabozos, vichea en los calabozos. Entre esas ratas uñudas greñudas puede hallarse el culpable. Apriétales los refalsos a esos falsarios. Sobre todo a Peña y a Molas. Tráeme las cartas en las que Molas me rinde pleitesía durante el Primer Consulado, luego durante la Primera Dictadura. Quiero releer el discurso que pronunció en la Asamblea del año 14 reclamando mi elección de Dictador. Muy distinta es su letra en la minuta del discurso, en las instrucciones a los diputados, en la denuncia en que años más tarde acusará a un hermano por robarle ganado de su estancia de Altos. Puedo repetir lo que dicen esos papeles, Excelencia. No te he pedido que me vengas a recitar los millares de expedientes, autos, providencias del archivo. Te he ordenado simplemente que me traigas el legajo de Mariano Antonio Molas. Tráeme también los panfletos de Manuel Pedro de Peña. ¡Sicofantes rencillosos! Se jactan de haber sido el verbo de la Independencia. ¡Ratas! Nunca la entendieron. Se creen dueños de sus palabras en los calabozos. No saben más que chillar. No han enmudecido todavía. Siempre encuentran nuevas formas de secretar su maldito veneno. Sacan panfletos, pasquines, libelos, caricaturas. Soy una figura indispensable para la maledicencia. Por mí, pueden fabricar su papel con trapos consagrados. Escribirlo, imprimirlo con letras consagradas sobre una prensa consagrada. ¡Impriman sus pasquines en el Monte Sinaí, si se les frunce la realísima gana, folicularios letrinarios!

Hum. Ah. Oraciones fúnebres, panfletos condenándome a la hoguera. Bah. Ahora se atreven a parodiar mis Decretos Supremos. Remedan mi lenguaje, mi letra, buscando infiltrarse a través de él; llegar hasta mí desde sus madrigueras. Taparme la boca con la voz que los fulminó. Recubrirme en palabra, en figura. Viejo truco de los hechiceros de las tribus. Refuerza la vigilancia de los que se alucinan con poder suplantarme después de muerto. ¿Dónde está el legajo de los anónimos? Ahí lo tiene, Excelencia, bajo su mano.

No es del todo improbable que los dos tunantes escrivanos Molas y De la Peña hayan podido dictar esta mofa. La burla muestra el estilo de los dos infames faccionarios porteñistas. Si son ellos, inmolo a Molas, despeño a Peña. Pudo uno de sus infames secuaces aprenderla de memoria. Escribirla un segundo. Un tercero va y pega el escarnio con cuatro chinches en la puerta de la catedral. Los propios guardianes, los peores infieles. Razón que le sobra a Usía. Frente a lo que Vuecencia dice, hasta la verdad parece mentira. No te pido que me adules, Patiño. Te ordeno que busques y descubras al autor del pasquín. Debes ser capaz, la ley es un agujero sin fondo, de encontrar un pelo en ese agujero. Escúlcales el alma a Peña y a Molas. Señor, no pueden. Están encerrados en la más total obscuridad desde hace años. ¿Y eso qué? Después del último Clamor que se le interceptó a Molas, Excelencia, mandé tapiar a cal y canto las claraboyas, las rendijas de las puertas, las fallas de tapias y techos. Sabes que continuamente los presos amaestran ratones para sus comunicaciones clandestinas. Hasta para conseguir comida. Acuérdate que así estuvieron robando los santafesinos las raciones de mis cuervos durante meses. También mandé taponar todos los agujeros y corredores de las hormigas, las alcantarillas de los grillos, los suspiros de las grietas. Obscuridad más obscura imposible, Señor. No tienen con qué escribir. ¿Olvidas la memoria, tú, memorioso patán? Puede que no dispongan de un cabo de lápiz, de un trozo de carbonilla. Pueden no tener luz ni aire. Tienen memoria. Memoria igual a la tuya. Memoria de cucaracha de archivo, trescientos millones de años más vieja que el homo sapiens. Memoria del pez, de la rana, del loro limpiándose siempre el pico del mismo lado. Lo cual no quiere decir que sean inteligentes. Todo lo contrario. ¿Puedes certificar de memorioso al gato escaldado que huye hasta del agua fría? No, sino que es un gato miedoso. La escaldadura le ha entrado en la memoria. La memoria no recuerda el miedo. Se ha transformado en miedo ella misma.

¿Sabes tú qué es la memoria? Estómago del alma, dijo erróneamente alguien. Aunque en el nombrar las cosas nunca hay un primero. No hay más que infinidad de repetidores. Sólo se inventan nuevos errores. Memoria de uno solo no sirve para nada.

Estómago del alma. ¡Vaya fineza! ¿Qué alma han de tener estos desalmados calumniadores? Estómagos cuádruples de bestias cuatropeas. Estómagos rumiantes. Es ahí donde fermenta la perfidia de esos sucesivos e incurables picaros. Es ahí donde cocinan sus calderadas de infamia. ¿De qué memoria no han de necesitar para acordarse de tantas patrañas como han forjado con el único fin de difamarme, de calumniar al Gobierno? Memoria de masca-masca. Memoria de ingiero-digiero. Repetitiva. Desfigurativa. Mancillativa. Profetizaron convertir a este país en la nueva Atenas. Areópago de las ciencias, las letras, las artes de este Continente. Lo que buscaban en realidad bajo tales quimeras era entregar el Paraguay al mejor impostor. A punto de conseguirlo estuvieron los aeropagitas. Los fui sacando de en medio. Los derroqué uno a uno. Los puse donde debían estar. ¡Areópagos a mí! ¡A la cárcel, collones!

Al reo Manuel Pedro de Peña, papagayo mayor del patriciado, lo desblasoné. Descolguélo de su heráldica percha. Lo enjaulé en un calabozo. Aprendió allí a recitar sin equivocarse desde la A a la Z los cien mil vocablos del diccionario de la Real Academia. De este modo ejercita su memoria en el cementerio de las palabras. No se le vayan a herrumbrar los esmaltes, los metales de su diapasón palabrero. El doctor Mariano Antonio Molas, el abogado Molas, vamos, el escriba Molas, recita sin descanso, hasta en sueños, trozos de una descripción de lo que él llama la Antigua Provincia del Paraguay. Para estos últimos areopagitas sobrevivientes, la Patria continúa siendo la antigua provincia. No mentan, aunque sea por decoro de sus lenguas colonizadas, a la Provincia Gigante de las Indias, al fin de cuentas, abuela, madre, tía, parienta pobre del virreinado del Río de la Plata enriquecido a su costa.

Aquí usan y abusan de su rumiante memoria no solamente los patricios y areopagitas vernáculos. También los marsupiales extranjeros que robaron al país y embolsaron en el estómago de su alma el recuerdo de sus ladronicidios. Ahí está el francés Pedro Martell. Después de veinte años de calabozo y otros tantos de locura sigue temando con su capón de onzas de oro. Todas las noches saca furtivamente el cofre del hoyo que ha cavado con las uñas bajo su hamaca; recuenta una por una las relucientes monedas; las prueba con las desdentadas encías; las vuelve a meter en su caja fuerte y la entierra otra vez en el hoyo. Se tumba en la hamaca y duerme feliz sobre su imaginario tesoro. ¿Quién podría sentirse más protegido que él? Del mismo modo vivió en los sótanos por muchos años otro francés, Charles Andreu-Legard, ex prisionero de la Bastilla, rumiando sus recuerdos en mi bastilla republicana. ¿Puede decirse acaso que estos didelfos saben qué cosa es la memoria? Ni tú ni ellos lo saben. Los que lo saben no tienen memoria. Los memoriones son casi siempre antidotados imbéciles. A más de malvados embaucadores. O algo peor todavía. Emplean su memoria en el daño ajeno, mas no saben hacerlo ni siquiera en el propio bien. No pueden compararse con el gato escaldado. Memoria del loro, de la vaca, del burro. No la memoria-sentido, me-moria-juicio, dueña de una robusta imaginación capaz de engendrar por sí misma los acontecimientos. Los hechos sucedidos cambian continuamente. El hombre de buena memoria no recuerda nada porque no olvida nada.

A mi presunta hermana Petrona Regalada se le infestó de garrapatas la vaca que se le permite tener en el patio de su casa. Le mandé que la tratara del modo como se combaten ése y otros males en las estancias patrias: Perdiendo el ganado. Tengo una sola vaca, Señor, y no es mía sino de mi escuelita de catecismo. Da justo el vaso de leche para los veinte chicos que vienen a la doctrina. Se quedará, señora, sin la vaca y sus alumnos no podrán beber ni siquiera la leche del Espíritu Santo, que usted les ordeña mientras baña sus velas. Se quedará sin vaca, sin catecúmenos, sin catequesis. La garrapata no sólo se comerá la vaca. Los comerá a ustedes. Invadirá la ciudad, que ya tiene bastante con su plaga de mala gente y perros orejanos. ¿No oye usted cómo crece el rabioso ulular de los aullidos que sube por todas partes? Sacrifique la vaca, señora.

Vi en sus ojos que no lo iba a hacer. Mandé a un soldado que matara el animal enfermo a bayonetazos, y lo enterrara. La ex viuda de Larios Galván, mi supuesta hermana, vino a presentar queja. Prevaricada del cerebro, la vieja aseguró que, aun después de muerta, la vaca seguía mugiendo sordamente bajo tierra. Mandé a los forenses suizos hacer la autopsia del animal. Le encontraron en la entraña una piedra bezoar del tamaño de una toronja. Ahora la vieja pretende que el cálculo cabellóso vale contra todo veneno. Cura enfermedades, Señor. Especialmente el tabardillo. Adivina sueños. Pronostica muertes, se entusiasma. Asegura, inclusive, que ha escuchado murmurar a la piedra voces inaudibles. Ah locura, memoria al revés que olvida su camino al par que lo recorre.

Quién que tenga en su cerebro algún tinte puede sostener tales manías.

Con perdón de Vuecencia, me permito decir que yo he escuchado esas voces. Lo mismo el granadero que ultimó la vaca. ¡Vamos, Patiño, no desvaríes tú también! Perdón, Señor, con su licencia debo decir que yo he oído esas palabras-mugidos, parecidas a palabras humanas. Voces muy lejanas, medio acatarradas, gargantean palabras. Restos de algún lenguaje desconocido que no quiere morir del todo, Excelencia. Tú eres demasiado tonto para volverte loco, secretario. La locura humana suele ser astuta. Camaleona del juicio. Cuando la crees curada, es porque está peor. No ha hecho sino transformarse en otra locura más sutil. Por eso, al igual que la vieja Petrona Regalada, tú oyes esas voces inexistentes en una carroña. ¿Qué lenguaje se te ocurre que puede recordar esa bola excremental, petrificada en el estómago de una vaca? Con su permiso, algo dice, Su Merced. Capaz que en latín o en otra lengua desconocida. ¿No cree Usía que podría existir un oído para el cual todos los hombres y animales hablaran un solo idioma? La última vez que la señora Petrona Regalada me permitió escuchar su piedra, la oí murmurar algo así como... rey del mundo... ¡Claro, bribón, debí habérmelo figurado! Qué otra cosa sino realista podía ser esa piedra que encalabrinó a la viuda. ¡Sólo eso falta! Que los chapetones, además de pasquines en la catedral, pongan una piedra de contagio en el buche de las vacas.

Tanto o más que la memoria falsa, las malas costumbres enmudecen los fenómenos habituales. Forman una segunda naturaleza, así como la naturaleza es el primer hábito. Olvida, Patiño, la piedra-bezoar. Olvida tu chifladura de ese oído que podría comprender todos los idiomas en uno solo. ¡Insanias!

He prohibido a la que consideran mi media hermana esas prácticas de brujería con que alucina a los ignorantes crédulos como ella. Ya hace bastante daño con prender en los muchachuelos que asisten a su escuelita la garrapata del catecismo. La dejo hacer. Manía inofensiva. El Catecismo Patrio Reformado y la militancia ciudadana les extirparán a esos chicos cuando sean grandes el
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