Resumen Durante la primera mitad del siglo XVI y en la corte salernitana del último príncipe de la




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Quaderns d’Italià 6, 2001 123-135
Humanismo y Reforma en la corte renacentista

de Isabel de Vilamarí: Escipión Capece y sus lectoras

Isabel Segarra Añón

Universidad de Barcelona
Resumen

Durante la primera mitad del siglo XVI y en la corte salernitana del último príncipe de la

casa Sanseverino y de su esposa, Isabel de Vilamarí (noble señora de origen catalán) se desarrolló un intenso clima intelectual. Allí se congregaron artistas y humanistas italianos

y españoles. En este ambiente de intercambio cultural, atento en participar en las ideas de la Reforma que se difundió en Nápoles gracias a B. Ochino y a Valdés, nace el poema De principiis rerum del último académico pontaniano: Escipión Capece. En esta obra no sólo se rastrean motivos lucrecianos y virgilianos sino también el influjo de los tratados cosmológicos de Pontano. En este estudio, la autora propone el análisis de la figura y de la obra de Capece a través de sus lectoras: Isabel de Vilamarí y las mujeres cultas de su

corte.

Palabras clave: Humanismo, literatura humanística, Reforma, Reino de Nápoles, mujeres

cultas.

Abstract

During the first half of sixteenth century and in the Salernitan court of the last prince Sanseverino and his wife Isabel de Vilamarí (a lady coming from a noble Catalan family) an intense intellectual climate developed. Italian and Spanish artists and humanists met there.

In this environment of cultural exchange, that shared in the Reform ideas divulged in

Naples by B. Ochino and Valdés, Scipione Capece (the last member of the Pontanian

Academy) writes his poem De principiis rerum. In his book Capece uses Latin literature

(Vergil and Lucretius mainly) and Pontano’s treatises on cosmology. The author of this

paper studies Scipione Capece through his female readership: Isabel de Vilamarí and the

learned women from her court.

Key words: Humanism, humanist literature, Reform, the Kingdom of Naples, learned

women.

La figura del último miembro de la academia pontaniana, Escipión Capece

(Nápoles, 1480 aprox.-1551), difícilmente puede ser analizada en profundidad

sin atender a la gran influencia vital y espiritual que en la obra de este

humanista ejercieron ciertas presencias femeninas; presencias condicionadas por las inquietudes ideológicas y religiosas del momento. En particular, es preciso

estudiar la importancia de Isabel de Vilamarí —de noble familia catalana

establecida en Nápoles— princesa de Salerno, conocida en Italia como

Isabella Villamarina, Isabel Breseño (o Isabella Bresegna), también de origen hispánico,

la valdesiana Giulia Gonzaga o la célebre poetisa Vittoria Colonna. Es

precisamente a ésta última a quien Escipión Capece dedica un elegante poema

compuesto en hexámetros latinos titulado Inarime, ad illustrissimam Victoriam

Columniam (editado en 1532). El título Inarime recuerda el relato mitológico

que explica el origen de la isla de Ischia y evoca, sin duda, el cenáculo intelectual

que allí se desarrolló durante el siglo XVI, en cuyas filas se encontraban

algunas escritoras e intelectuales como Vittoria Colonna.1

El poema De principiis rerum constituye un claro ejemplo de las complejas

relaciones que se establecen en la primera mitad del siglo XVI entre

filosofía, religión y literatura. Parece innegable el lazo que une el poema del

último pontaniano con los aires reformistas que se difundieron en la corte

de Ferrante Sanseverino y de su esposa Isabel de Vilamarí, príncipes de Salerno,

y en general, en el ambiente cultural napolitano de la época. La estimulante

relación intelectual de Capece con Isabel de Vilamarí marcó, sin lugar

a dudas, la redacción de la obra. Es hasta cierto punto sorprendente que

pocos estudios sobre la poesía humanística de Capece hayan fijado su atención

en ello. La princesa de Salerno jugó un papel decisivo en la producción

literaria de Capece. Fue promotora de la cultura en su corte salernitana e

introdujo en ella aires ideológicos renovadores. Los principales estudiosos

del Humanismo napolitano, entre los cuales despunta el prolífico y clásico

Antonio Altamura,2 citan rápidamente la dedicatoria a Isabel de Vilamarí

del De principiis rerum, identifican al personaje, pero no le dedican mayor

atención. No hablan de su carácter inspirador, de su completa formación

cultural, de su acogida para con los humanistas, artistas, músicos italianos y

españoles, en fin, de su mecenazgo. Al investigar en las principales bibliotecas

napolitanas sobre la corte renacentista de los príncipes de Salerno y recopilar

noticias concernientes a Isabel de Vilamarí, tuve la fortuna de rescatar

de la Biblioteca Universitaria un trabajo monográfico sobre el personaje,

escrito por la estudiosa Laura Cosentini y editado en 1896: Una dama napoletana

del XVI secolo: Isabella Villamarina.3 El libro fue prologado por Benedetto

Croce y contiene un interesante apéndice de documentos, en el cual

Cosentini edita una colección de cartas —hasta el momento inéditas— escritas

por Isabel, que forman parte de la correspondencia del cardenal Jerónimo

Seripando, conservada en la Biblioteca Nazionale de Nápoles. Escritas en

italiano, se caracterizan por la búsqueda de la elegancia y la redondez del

período. En ellas podemos percibir la huella del conocimiento de la gramática

latina que tenía su autora. Las cartas no sólo son relevantes desde un

punto de vista filológico por diversos aspectos, también constituyen una fresca

e íntima aproximación al contexto social y político del «Nápoles hispánico

». En la correspondencia con el cardenal, Isabel de Vilamarí se muestra

angustiada por la rebelión y huida de su marido, Ferrante Sanseverino; comenta

la manifiesta hostilidad del virrey de Carlos I, Don Pedro de Toledo, hacia

su persona y su corte. En repetidas ocasiones Isabel teme verse considerada

sospechosa de traición a ojos del rey. Tras la confiscación de parte de sus bienes,

llega a implorar ayuda a Carlos I por mediación de terceros. Sus enemigos

la instan a abandonar Nápoles e instalarse en Barcelona, donde reconoce

que conserva parientes, aunque lejanos. Sin embargo no cesa de repetir al

cardenal que apenas los conoce y que sería una desgracia presentarse en la

patria de sus antepasados como una exiliada sin fortuna. Así, en una extensa

carta escrita el 26 de agosto de 1553 desde el Castelnuovo de Nápoles,

Isabel se expresa en estos términos:

[…] però che l’animo mio ne pensa ne sa piegarsi mai ad andarmi in Barcellona

e rimover e scancellar in tutto da le lor menti questa falsa oppenion’ prima

et più se li formi in testa e prima che mi destinassero a questo essilio procuratomi

da Antico senza mia saputa e fuori d’ogni mia spettativa. […] conciosiache

a fatica miseramente mi sostengo qua dove ho fatto tutti gli anni di mia

vita, come vorei sostentarmi in Barcellona dove sarei nova et se mi dicessero

che vi ho parenti assai, ne ho ancor qua, ma insumma misero colui che non

ha del propio, oltra che tanto maggior vergogna mi risultarebbe riducendomi

alla patria dei miei antecessori fedelissimi sempre a Sua Maestà et a li lor Re,

hora io ci annassi come poco confidente et quasi come rubella che di questo

potriano gli maligni calunniarmi senza che io habbia ne col pensiero colpato,

ne mancato al debbito mio fedelisssima vassalla […].4

De sus palabras se deduce el temor por viajar casi como exiliada y de llegar

a la tierra de sus antepasados como tal; el deshonor de verse reducida a una

súbdita «poco confidente et quasi come rubella», es decir, una dama poco de

fiar y casi una rebelde, cuando en realidad se define a sí misma como vasalla fidelísima

(«fedelissima vassalla»). Pero cuando finalmente logró recuperar el favor

de Carlos V, a quien había agasajado en la corte durante su estancia en Nápoles

y de quien había disfrutado alguna que otra galantería, decidió trasladarse

a España para incorporarse con todos los honores a la corte de la Princesa de

Portugal. En Barcelona, el 10 de agosto de 1555, Isabel escribe al cardenal para

explicarle los pormenores del viaje y hacerle partícipe de la alegría que la embarga,

ya que a su llegada a Barcelona todo fue «amorevolezza (que podemos traducir

por «cariño») e cortesia»:

Però saprà V. S. R.ma che al primo di questo mese io arrivai con prospera navigatione

in Barzelona et sana senza aver sentito incommodo veruno nella mia

persona, et son stata accarezzata et accolta da i Cavalieri e Signori di questa

Città con tanta amorevolezza e cortesia che s’ella l’havesse visto, avrebbe preso

contento non mediocre […].5

Durante el viaje de regreso a Nápoles, hacia el 1559, después de intentar

defender sus intereses ante el emperador con menos éxito del que esperaba,

Isabel de Vilamarí moría sin dejar descendencia. Por su parte, Ferrante Sanseverino,

que había participado en la campaña de Flandes de Carlos V en 1544,

se refugia en Francia después de convertirse al calvinismo, se declara enemigo

del virrey español y muere en Aviñón en 1568.

I

Después de su repentina destitución del cargo de consejero del «Sacro Regio

Consiglio» de Nápoles por mandato del virrey Pedro de Toledo, Escipión Capece

se refugia en la corte de Isabel de Vilamarí. Su caída en desgracia coincide

con los últimos días de la Academia pontaniana que, desde la muerte de Jacopo

Sannazaro, había trasladado su sede a la casa de Capece. Durante las largas

ausencias de Ferrante Sanseverino, enemistado, como ya hemos señalado, con

el virrey y con el mismo Carlos I, Isabel mantenía viva la corte y, junto a Capece,

organizaba la administración de sus posesiones y velaba por los intereses

políticos y sociales del príncipe. Al mismo tiempo, el humanista cumplía la

función de poeta amparado por la corte. La estancia al lado de la princesa seña-

la la época más fructífera de su carrera literaria. Durante ese tiempo consigue

editar un pequeño tratado de derecho comparado, Magistratuum Regni Neapolis

qualiter cum antiquis Romanorum conveniant compendiolum, publicado

en Nápoles en 1540 por Giovanni Sultzbach y reeditado en Salerno en 1544.

La relación de Capece con los estudios de derecho era una de las herencias

familiares. Su padre, Antonio, había sido un jurista destacado. Instruyó a su

hijo en la materia y le animó a ocupar la plaza de lector de Instituta en el Studio

de Nápoles6 entre 1518 y 1519.

El interés de Capece por la filosofía y la cosmología se plasmó en la edición

veneciana de 1546 del poema didáctico que centra nuestro estudio, el De

principiis rerum. El editor de la obra, Paulus Manutius, incluyó en nombre de

Capece una elegante epístola dedicada a Isabel de Vilamarí. La carta contiene

fragmentos interesantes donde se destacan algunas características de la personalidad

de la princesa y ciertos aspectos de su formación, que pueden explicar

mejor las relaciones culturales de su círculo y la posibilidad que dio a Capece

de terminar, desde el exilio de los ambientes doctos napolitanos, la obra por

la que pasó a ser celebrado como poeta y humanista, versado en argumentos

científicos y filosóficos antimaterialistas.

El encabezamiento de la carta escrita por Paolo Manuzio, hijo de Aldo,

dedicada a la «Ilustrísima esposa del Príncipe de Salerno, Isabel de Vilamarí»,

es el siguiente:

Iudicium Pauli Manutii Aldi filius de hoc poemate Capyciano, ex illius

epistola quadam ad Illustrissimam Salernitani Principis coniugem Isabellam

Villamarinam.

A continuación reproducimos uno de los fragmentos más significativos:

Tua haec est Isabella praestantissima, tua, inquam, haec maxime laus est. Cum

enim tibi aut ad opes, aut ad dignitatem nihil fere possit accedere; quarum

rerum cupiditate adducti magnarum artium in studiis plerique vigilarunt; ipsa

nihil huiusmodi spectans, virtutis amore capta, cuius pulchritudinem animo

cerneres, effecisti, studio tu quidem, sed ingenio magis, ut cum esses omnium

nobilissima, omniumque pulcherrima, quorum alterum maiorum tuorum,

maximeque Viri tui, Principis omni laude cumulati, magnis rebus testata virtus,

alterum tibi indulgentissima Natura dedit, eadem et sis et habearis omnium

doctissima. Hinc illa ad te colendam singularis omnium propensio: hinc multorum

poetarum, quibus gravissima Regum bella magni operis argumentum

suppeditare poterant, ad te canenda traducta ingenia: hinc Capicius ille tuus

tuarum laudum laudatissimus praeco qui te admiratur unam, qui observat,

qui cum de te multa et vera praedicavit, nihil umquam ut ardentius optarim,

quam ex tuis unum esse quod quo facilius impetrarem, feci, ipso permittente

atque libente Capicio, ut eius libros, de Principiis rerum duos, de Vate Maximo

tres, meae in te summae observantiae testes emitterem.7

Paolo Manuzio nos ofrece un documento en que, si dejamos en segundo término

los elementos retóricos al uso en este tipo de presentaciones y dedicatorias,

aparecen algunos de los rasgos que confieren a Isabel de Vilamarí el carácter

de una auténtica mecenas del Renacimiento italiano, aunque bastante menos

conocida y celebrada, por ejemplo, que Isabella d’Este.

En el fragmento de la carta que hemos reproducido el editor veneciano

insiste en la disposición natural de Isabel al practicar la virtud gracias a su talento

y a la cultura que ha adquirido. La naturaleza, según Manuzio, ha concedido

a la princesa de Salerno ser la más docta de su círculo y obtener fama y

consideración por sus propios méritos. Exagerando un poco, añade a modo

de alabanza que muchos poetas de su corte han preferido cantarla antes que

ponerse al servicio de otros reyes y príncipes con el objeto de loar sus gestas

militares. Entre dichos intelectuales, Manuzio cita a Escipión Capece, máximo

admirador y cantor de Isabel. Impresionado por la devoción mostrada por

Capece a la princesa, el editor publica la obra del humanista —el De principiis

rerum y el De Vate Maximo— y la dedica en su nombre a Isabel de Vilamarí.

En su corte poetas, poetisas, humanistas, le dedican sus obras y, a un tiempo,

incitan en la misma un paulatino proceso de introducción de las inquietudes

reformistas. La espléndida formación cultural de Ferrante Sanseverino, su interés

por la literatura, la música y el teatro, parece que contribuyeron a dejar en

segundo plano las aptitudes de su esposa, pero, tal como constata Laura Cosentini

en su libro dedicado a Isabel de Vilamarí, esta noble dama conocía bien

las lenguas clásicas, era buena lectora, estudiaba música y canto. Presumía, además,

de tener un espíritu agudo y refinado, cualidades que la convertían, según

la estudiosa italiana, en una mujer «graziosamente colta»,8 capaz de brillar por

su ingenio en veladas literarias y filosóficas. Un humanista contemporáneo,

Ortensio Lando, refiere con admiración que la escuchó recitar versos latinos

y declamar prosa en casa de otra dama de origen catalán, María de Cardona.9

Una particularidad de Isabel parece fascinar a los humanistas que la rodean.

En ella todo es gracia y dulzura, no perciben el «animo virile» de otras mujeres

cultas y humanistas de la época, que a menudo solían recibir el calificativo

de virago por parte de los intelectuales que las loaban o las reprendían.10 Isabel

de Vilamarí no sólo recibe repetidos elogios de los intelectuales con los que

se relaciona. También fue cantada por poetisas contemporáneas. Maria Edvidge

Pittarella, que formaba parte de la «Accademia degli Incogniti» con el pseudónimo

literario de Pandora Milonia, le dedica poemas. De esta escritora

sabemos que declamó para Carlos I en la corte de los príncipes de Salerno, si

bien no nos ha llegado nada de su obra.11 Más fortuna tuvo la poetisa napolitana

Laura Terracina, conocida en la misma Academia con el apodo de Febea.

En su obra Quinte rime della signora Laura Terracina editada en Venecia en

1552 dedica un soneto a su íntima amiga Isabel de Vilamarí. Utiliza como

argumento poético el apellido «Villamarina» y canta a la princesa creando un

bonito juego de metáforas marineras con el fin de evocar el carácter tranquilo

y sereno de Isabel. He aquí el soneto de Laura Terracina:12

L’alto mar di virtù qual bramo e voglio

Che nel mondo d’Alerno sì lieta e bella

Ognor m’imprime al cor l’alma Isabella

Cagion farmi cantar più che non soglio.

A tal Villamarina ed a tal scoglio

U Eolo nulla val con sua procella

Hor in quest’una parte et hor in quella

L’ignuda barca mia lego e discioglio.

E temendo d’assai che a caso un giorno

Dagl’invidi e superbi mi sia tolto

Mi struggo, mi consumo, mi sconforto.

Così pensosa rimirando intorno

Odo ch’un dice: Non temer più stolta,

Quest’è la via del tuo tranquillo porto.

Como observamos, Laura Terracina esboza en su soneto una rápida caracterización

de Isabel: dama bella, alegre, tranquila. La poetisa juega con la imagen

de la princesa como el puerto —la Villa marina— en el que resulta seguro

y agradable amarrar la nave. Se convierte, así, en la antítesis del fiero acantilado,

símbolo de la envidia, de la soberbia humanas. Sin duda, Terracina alude

claramente al mecenazgo de la princesa.
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