Nació en Valencia en 1946, pero se trasladó a Madrid con su familia en 1952. Fue alumno del colegio Claret y realizó sus estudios preuniversitarios en el




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títuloNació en Valencia en 1946, pero se trasladó a Madrid con su familia en 1952. Fue alumno del colegio Claret y realizó sus estudios preuniversitarios en el
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Resumen: El propósito de este trabajo es analizar los principales rasgos que caracterizan al ‘articuento’, tradición discursiva acuñada por el articulista del diario El País J. J. Millás, y que comparte tanto elementos prototípicos de la literatura como rasgos característicos de la columna de opinión.

Palabras clave: Juan José Millás, articulismo, microrrelato, periodismo de opinión, columna periodística

1. Introducción

Puede definirse el ‘articuento’ como un subgénero periodístico resultado de la hibridación entre el microrrelato y la columna de opinión. Tal término fue acuñado en 1993 por el periodista y escritor J. J. Millás, para referirse a un tipo de artículos [1] más próximos a los textos de ficción, a la fábula o al microrrelato fantástico, que a las columnas de opinión al uso. Como es obvio, la presencia de la literatura de ficción en el periodismo no se inicia con la prosa de Millás. Las huellas de lo literario pueden rastrearse en el periodismo desde sus orígenes. Así, muchos de los cuentos de C. Dickens o de E. A. Poe fueron dados a conocer primero en las páginas de los periódicos. No obstante, por las características que ahora veremos, los articuentos de J. J. Millás podrían encuadrarse dentro de una corriente surgida hacia 1970, con el nombre de Nuevo Periodismo [2].

El Nuevo Periodismo aplica las estrategias y técnicas de la narrativa y el ensayo a la no-ficción y a la columna de opinión. Respetando las reglas de la informatividad escrupulosamente, coloca al periodista en el centro de la realidad y convierte sus percepciones y valoraciones en un instrumento al servicio del lector, en contacto con la experiencia misma, sin ningún tipo de intermediarios. Una estrategia practicada también en la prensa española actual por escritores como R. Montero o A. Muñoz Molina [3]. Los antecedentes de esta práctica discursiva pueden encontrarse en los textos de G. Orwell, S. Crane e incluso en los de D. Defoe. De hecho, como señala J. G. Vásquez (2001), obras que hoy se consideran pioneras del reporterismo, como “Life and Actions of the Late Jonathan Wild”, de D. Defoe, poseen una ineluctable dimensión literaria. Tal dimensión literaria se advierte también en los artículos periodísticos publicados en nuestro país en época más temprana:

(1) No hace muchos días que yo, que no me precio de gran literato [...] me vi en la precisión de consultar a algunos literatos con el objeto de reunir sus diversos votos y saber qué podrían valer unos opúsculos que me habían traído para que diese sobre ellos mi opinión. [...] Fuíme, pues, con mis manuscritos debajo del brazo deseoso de ver a un literato, y me pareció deber salir para esto de la atmósfera inferior donde pululan los poetas noveles y lampiños, y dirigirme a uno de esos literatazos abrumados de años y de laureles. Acerté a dar con uno de los que tienen más sentada su reputación. [...] Cualquiera me hubiera hecho sentar; pero don Timoteo me recibió de pie, atendida sin duda la diferencia que hay entre el literato y el hombre. Figúrense ustedes un ser enteramente parecido a una persona; algo más encorvado hacia el suelo que el género humano, merced, sin duda, al hábito de vivir inclinado sobre el bufete; mitad sillón, mitad hombre; entrecejo arrugado; la voz más hueca y campanuda que la de las personas [...].

Llegué, le vi y dije: éste es un sabio. Saludé a don Timoteo y saqué mis manuscritos:

-Hola -me dijo, ahuecando mucho la voz para pronunciar.

-Son de un amigo mío.

-¿Sí? -me respondió- ¡Bueno! ¡Muy bien! -y me echó una mirada de arriba abajo por ver si descubría en mi rostro que fuesen míos. [...]

[M. J. de Larra, “Don Timoteo o el literato”, La Revista Española, 30-7-1833]

En este artículo de M. J. de Larra puede apreciarse ya ese “carácter narrativo” que define al articuento, la cualidad que más lo asemeja al microrrelato. Traemos a colación este fragmento de un texto de Larra porque, como se verá, la prosa periodística de J. J. Millás recuerda en gran medida a la de los artículos finiseculares publicados en la prensa española en época más temprana. Como advierte L. Zavala, “todos los estudiosos del cuento ultracorto señalan que el elemento básico y dominante debe ser la naturaleza narrativa del relato” (1999: 17). A su vez, este rasgo distingue al articuento de la columna periodística habitual, en la que prima la argumentación del propio columnista [4].

 

2. Columna de opinión y articuento: elementos comunes

En realidad, el articuento puede considerarse un tipo de columna de opinión, ya que responde a los criterios de periodicidad y relevancia tipográfica inherentes a este subgénero periodístico. Así, para C. Fagoaga (1982), las características de la columna periodística son su periodicidad fija, la firma destacada en cuanto al tipo de letra, la ocupación del mismo espacio y lugar en la distribución de las páginas, y la cabeza indicativa de signos invariables que sirve de señal al receptor de su carácter de periodicidad fija y que muestra, por otro lado, una relevancia visual frente a otro tipo de mensajes, los cuales no gozan de estos recursos. En este sentido, podemos afirmar que los articuentos son columnas periodísticas, ya que se publican diariamente, siempre bajo la misma cabecera que los identifica, acompañando al nombre de su autor.

Por otra parte, al igual que las columnas de opinión, los articuentos se construyen en torno a sucesos de actualidad. Como señala F. Valls, J. J. Millás rebusca en la prensa “como si hurgara en un estercolero o en un taller de desguace, intentando dar con bocados de realidad” (2000: 10). Suele partir de una información reciente o bien de un hecho insólito o anecdótico al que trata de proporcionar un sentido, conectando sucesos e ideas. En este sentido, su actividad no difiere de la de otros columnistas de la prensa española, y es que es la realidad dada a conocer por los propios medios de comunicación su principal referente discursivo. Sin embargo, J. J. Millás da un paso más y se adentra en la ficción, alejándose de los límites que la realidad impone. Así, los procedimientos retóricos y los motivos que utiliza a veces se asemejan más a los de los textos de ficción, y la ironía, la paradoja o el humor acaban por “engullir” la noticia, lo que puede haber en ellos de comentario sobre la actualidad. Veamos lo que el propio J. J. Millás opina acerca de la necesidad de hacer referencia a la realidad en sus columnas de opinión:

(2) Llaman del periódico diciendo que no me tome al pie de la letra lo de hablar de la realidad. Me salen unas páginas tan tristes que parecen la primera. [...] Tomo nota de la llamada de atención y voy con los ojos muy abiertos para detectar cualquier movimiento irreal. Pero está todo lleno de realidad, de cascotes. Nunca los telediarios ni los pulpos fueron tan reales. Da miedo. Por la noche, en lugar de cruzarme por el pasillo con los espíritus habituales, me cruzo con gente verdadera en camiseta de tirantes. [...] Así que, buscando desesperadamente algo irreal, veo en la prensa un anuncio de la revista Enigmas, que dirige el doctor Jiménez del Oso, con la siguiente interrogación: “¿Visitó un humanoide las tierras extremeñas?”. Dios mío, estuve casualmente hace poco en Extremadura y a mí me pasa lo que a un paciente de Freud: que padecía de reproches obsesivos, así que, cuando leía en el periódico que se había descubierto una falsificación, pensaba que estaba complicado en ella. [...]

Apenas me había repuesto del sobresalto paranoico del humanoide que visitó las tierras extremeñas, cuando tropiezo con otra revista con la foto robot del hombre que secuestró en su furgoneta a dos turistas alemanas y que, como es habitual, se me parece. Huyo, pues, hacia mi propio periódico en busca de un poco de paz y, buceando detrás de los sepelios, leo en un reportaje sobre extraterrestres que un tal Roger Leir afirma haber realizado ocho operaciones quirúrgicas a individuos con objetos de naturaleza extraterrestre implantados en la nuca. Me toco la nuca con la yema de los dedos y, como es natural, noto un pequeño bulto pánico en la zona. [...] Me pongo, pues, pese al calor, una bufanda para tapar el bulto de la nuca y salgo a comprar un pulpo que llevo a todas partes de la mano, o del tentáculo, para desviar la atención de la gente hacia el animal y que no me miren a la cara. Ni a la nuca. Y que les distraiga en lo posible de la carga de realidad de la primera página. Acompaño en el sentimiento a todo el mundo y quede claro que no soy el del retrato robot. Ni el humanoide. Ni, por supuesto, el pulpo. [J. J. Millás, “Pulpos, hongos, humanoides”, Articuentos, p.20]

 3. La realidad como ficción y la ficción como realidad

Realidad y ficción conviven en la prosa periodística de J. J. Millás [5], quien continuamente se sirve de relatos que guardan alguna relación con la actualidad noticiosa [6], como este, escrito a raíz de la noticia en la que se da a conocer que muchos hospitales públicos subcontratan a empresas privadas para deshacerse de los historiales clínicos de sus pacientes:

(3) Yo colecciono historiales clínicos porque estoy muy interesado en las propiedades sinestésicas de este género literario. Los tengo en la mesa de trabajo y leo uno o dos antes de ponerme a escribir. De este modo, un día escribo con los síntomas de la escarlatina y otro con los de la fiebre del heno. Se trata de una argucia muy útil para ser otro durante algunas horas sin correr grandes riesgos físicos (de los psíquicos mejor no hablar) […]. O sea, que de la pérdida de los historiales clínicos pueden obtenerse algunos beneficios, siquiera sean de orden literario. Lo malo es que comience a suceder algo parecido con los pacientes. De hecho, hay hospitales que ya no saben qué hacer con los enfermos, que son una lata, y darían cualquier cosa por subcontratarlos a una empresa privada. Quizá dentro de poco, en los baratillos, junto al hospital correspondiente, nos vendan al agonizante. La privatización tiene sus cosas. [J. J. Millás, “Cosas de la privatización”, El País, 24-7-2001]

De hecho, la ficción es un tema recurrente en muchos de sus artículos:

(4) Somos hijos del cuento, así que cuando en una época remota nos expulsaron a la realidad, no sólo proveníamos de un útero, sino de un relato o de un conjunto de relatos que después hemos reproducido minuciosamente en el áspero lugar de destino, para encontrarnos como en casa. Somos, pues, hijos de Blancanieves, y de la madrastra y de la bruja y de los enanos y del ogro, pero también de Edipo y de su madre, incluso de Adán, y hermanos por lo tanto de Abel, aunque generalmente de Caín. Hemos construido la torre de Babel y el Empire State y el edificio Torres Blancas a pesar de Dios, que intentaba confundirnos para que no alcanzáramos con nuestros andamios el cielo, donde nos aguardábamos despavoridos, pues también somos dioses y demonios y ese gusano, el caernobis elegans, con el que ya hemos logrado compartir el 36% de nuestro abismo genético. Cuántas cosas. [J. J. Millás, “La Biblia”, El País, 1-10-2001]

Otro rasgo que identifica al articuento con la columna de opinión es su extensión fija. Los articuentos de Millás ocupan siempre treinta y dos líneas de la contraportada de El País [7]. Además, la brevedad de estos textos -compuestos por unas 300 palabras- los equipara también al microrrelato. L. Zavala (1999) propone una tipología del cuento breve, clasificándolo de acuerdo con su extensión. Así, el cuento corto constaría de unas 1.000 ó 2.000 palabras, el cuento muy corto de entre 200 y 1.000, y el ultracorto no excedería las 200 palabras. Esta necesidad de ser breve obliga al autor de microrrelatos a centrarse en la descripción de un hecho único. Lo mismo sucede en los articuentos, configurados a partir de un pequeño detalle o fragmento de un fenómeno particular, representativo de un problema general mucho más amplio. Así por ejemplo, en su articuento sobre la tragedia del submarino Kursk, Millás centra la atención en un pedazo de papel encontrado junto a uno de los cadáveres:

(5) “13.15. Todos los tripulantes de los compartimientos sexto, séptimo y octavo pasaron al noveno. Hay 23 personas aquí. Tomamos esta decisión como consecuencia del accidente. Ninguno de nosotros puede subir a la superficie. Escribo a ciegas”. Estas palabras, escritas por un oficial del Kursk en un pedazo de papel, tienen la turbadora exactitud que pedimos a un texto literario. El autor está rodeado de bocas que exhalan un pánico que ni siquiera nombra. Él mismo debe de encontrarse al borde de la desesperación, pero no tiene tiempo ni papel para recrearse en la suerte. Ha de hacer, pues, una selección rigurosa de los materiales [...]. Naturalmente, lo que no dice ocupa más de lo que dice, pero lo ausente ha de aportarlo el lector, que es tan responsable de lo que lee como el escritor de lo que escribe. [J. J. Millás, “Escribir III”, Articuentos, p. 279]

Este ejemplo resulta interesante también porque en él podemos apreciar cómo J. J. Millás utiliza un recurso característico del microrrelato: la intertextualidad, es decir, la incorporación de elementos procedentes de otros textos, lo que demuestra la hibridación de este género periodístico [8].

Por otra parte los articuentos de J. J. Millás, al igual que los buenos microrrelatos, tienen la capacidad de sugerir, de proporcionar significados divergentes y opuestos. Como en los microrrelatos, la connotación resulta también aquí un elemento esencial, y en ella recae gran parte de la fuerza comunicativa de ambas tradiciones discursivas. Véase cómo en este articuento de naturaleza fantástica la connotación juega en papel muy relevante, añadiendo un toque de humor al final, en el que se narra cómo los padres del escritor, ya fallecidos, “irrumpen” de noche en su dormitorio acompañados por C. Martínez Bordiú:

(6) Esa mancha de la pared, que al acercar la mano resulta ser un moscardón, te da un susto de muerte, igual que esa pierna que empujas con violencia fuera de la cama y resulta ser la tuya. En el campo, a veces, vas a coger una hierba del suelo para ponértela entre los labios y de repente se convierte en un animal, con sus pros y sus contras, que diría mi madre. [...] Carmencita venía viva, pero de cuerpo presente, o de corpore insepulto. Dicen que es un efecto secundario de la cirugía estética. [...] Las ancianas que se ocultan detrás de esas cicatrices invisibles no son las ancianas normales que ves por la calle. Una vieja es una vieja como una rosa es una rosa. Y las hay agradables y desagradables, como las jóvenes, pero una vieja oculta tras una máscara de cirugía estética es igual que esa mancha que vas a quitar de la pared y resulta ser un moscardón, o esa hierba que resulta ser un animal, con sus pros y sus contras. El terror se da cuando metes la mano debajo de la cama para coger un zapato y coges una rata. Durante esa fracción de segundo en la que no estás seguro de lo que tienes en la mano, se produce una descarga de pánico que puede ponerte el pelo blanco. Dejen de sacar a Carmen Martínez Bordiú de debajo de la cama. No es un zapato. Gracias. [J. J. Millás, “Ratas y zapatos”, Articuentos, p. 193]

El autor se sirve incluso de los objetos más cotidianos para configurar un relato de carácter fantástico, como en este, en el que juega con el doble sentido del sustantivo ‘galán’:

(7) Por su cumpleaños, su mujer le regaló un galán, ese mueble siniestro que habita en el rincón de los dormitorios reproduciendo lo que más detestamos de nosotros mismos. El hombre ponía cada noche la chaqueta sobre los hombros del artefacto y colgaba cuidadosamente los pantalones de la cintura artificial creada a tal efecto (también la corbata tenía su lugar, incluso había un pequeño recipiente para el cinturón y los gemelos). Después se metía en la cama y mientras su mujer dormía, él contemplaba la silueta oscura de sí mismo colocada como un buitre a los pies de la cama.

-No quiero ver más ese trasto -le dijo a su esposa-. Está esperando que me duerma para saltar sobre mí. Regálaselo a tu hermano. O a tu padre. […] Un día pasó cerca del cuarto trastero y le pareció que alguien le llamaba. Abrió la puerta y vio el galán desnudo, aterido de frío. Lo llevó al dormitorio y lo vistió con su mejor traje de franela, el de las recepciones y los cócteles. Después se metió en la cama, se durmió, y al poco, en efecto, el galán saltó sobre él, comiéndoselo entero, con pijama y todo. Su mujer todavía no lo ha echado en falta porque el galán la llena de atenciones. [J. J. Millás, “El galán”, El País, 2-7-2001] 
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