Resumen esta investigación sostiene que el carácter no competitivo que se le atribuye a la mujer española no es su carácter genuino, sino fruto de una discriminación histórica y actual de oportunidades.




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títuloResumen esta investigación sostiene que el carácter no competitivo que se le atribuye a la mujer española no es su carácter genuino, sino fruto de una discriminación histórica y actual de oportunidades.
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2.Conceptos de género y de desigualdad


El sexo es la condición orgánica, masculina o femenina, de los animales y las plantas (RAE, 2008). La herencia biológica no puede cambiarse, aunque el medio ambiente, la alimentación, la medicina y el ejercicio físico influyen enormemente en su desarrollo (Platonov, 2001). Diferencias en las características biológicas dan lugar a desigualdades físicas, por ejemplo, diferencias en masa muscular a desigualdades en fuerza, diferencias hormonales a desigualdades en aspecto, o diferencias cardiovasculares a desigualdades en resistencia (Lozano Martínez, 2008; Macías Moreno, 1999; Calvé, 2003, Banister, 1998; González Ravé, et al., 2003).

El género es la condición social, hombre o mujer, asociada a las personas en función de su sexo. Junto a los caracteres naturales implícitos a cada sexo, la sociedad impone además unos estereotipos de feminidad y masculinidad (Puig y Mosquera, 1998), con unas características psicosociales específicas. En contraposición al origen natural de las características biológicas, las características de género son construidas por la sociedad (Puig y Mosquera, 1998) y varían de una cultura o a otra, de una época a otra, incluso, de una persona a otra debido al proceso de individualización (Puig, 2000).




Figura 2. Esquema gráfico de los conceptos de sexo, género, diferencia de género y desigualdad de género.
Las diferencias de género son las características biológicas y psicosociales que distinguen a cada sexo. Las mujeres y los hombres visten, se relacionan, hacen deporte, usan servicios o atención médica de forma distinta no sólo por razones biológicas sino también sociales (Borrell y Artazcoz, 2008; Bouza, 2003; Macías Moreno, 1999). En principio, las diferencias de género no son positivas o negativas, justas o injustas, solo son diferencias (Noguera, 2004). Por ejemplo, que las mujeres tengan, una necesidad de servicios de salud mayor que los hombres (Borrell y Artazcoz, 2008; Gómez Gómez, 2002), simplemente son diferencias por razones biológicas que no tienen porque traducirse en desigualdades sociales, políticas o económicas (Lamas, 2007). Cuando una diferencia individual tiene una consideración distinta por razones sociales se produce una desigualdad.

La desigualdad de género es el desequilibrio que se produce por la consideración social distinta de las diferencias asociadas al sexo (figura 2). El concepto de desigualdad de género implica una valoración social positiva o negativa, justa o injusta, por el simple hecho de ser hombre o mujer (ejemplos en Borrell y Artazcoz, 2008; Lamas, 2007; I.M., 2006; Maqueda Andreu, 2006; Cantera Espinosa, 2004; Bouza, 2003; Gómez Gómez, 2002; Carrasquer, 1997). Todas las desigualdades son diferencias, pero no todas las diferencias son desigualdades (Noguera, 2004). Así, por ejemplo, llevar un vestido tiene una consideración social diferente dependiendo de quien lo lleve, mujer u hombre, mientras que llevar un pantalón no la tiene. Antiguamente, sin embargo, un pantalón no se consideraba vestimenta para una mujer.

3.Factores de DISCRIMINACIÓN


Según Martínez Verdú (2008:276), para explicar las desigualdades de género, se barajan dos hipótesis: el efecto cohorte y el techo de cristal. Para la primera, la causa de la desigualdad actual es la histórica incorporación tardía de las mujeres al espacio público y profesional, por lo que el equilibrio se producirá espontánea y progresivamente. La hipótesis del techo de cristal atribuye a factores estructurales, propios de la sociedad patriarcal, las dificultades de las mujeres para acceder a los puestos superiores de la escala social, incluso aunque su acceso esté reconocido legalmente. Montero, Gunter y Torcal (1998:36), señalan además tres posibles efectos en los cambios de actitud. En primer lugar, está el efecto cohorte: algunas actitudes presentan diferencias generacionales persistentes y duraderas que apenas cambian con los acontecimientos. En segundo lugar, hay un efecto periodo: algunas actitudes cambian en todas las generaciones como consecuencia de un acontecimiento que les afecta a todas ellas, pero sin que pueda observarse pauta clara o consistente. El tercero es el efecto ciclo vital: algunas actitudes cambian simplemente con la edad.

3.1.Evolución histórica


Históricamente, las mujeres han sido excluidas del deporte por ser considerado como un espacio de realización masculina (Vázquez, 1991) y su presencia ha sido siempre testimonial. Durante la cultura cretense se sabe que practicaban actividades como la caza, conducir carros o la tauromaquia. En la época egipcia hay gráficos de gimnastas danzantes. Durante la Grecia antigua, cuna de los juegos olímpicos, la práctica deportiva femenina estaba prohibida, y tan solo se le permitía a algunas mujeres míticas. No obstante, hay referencias de algunos juegos recreativos de pelota y carreras pedestres. Por el contrario, en Esparta, las mujeres participaban en competiciones como carreras, luchas, lanzamientos de jabalina y disco. Con la dominación romana la mujer se vio relegada aún más, aunque hay referencias de gladiadoras y de prácticas gimnásticas con carácter lúdico (Macias Moreno, 1999).

La Edad media fue un poco más tolerante con la mujer y se encuentran referencias practicando juegos de pelota, ajedrez, tiro con arco, remo, caza, patinaje sobre hielo, montando a caballo, danzas y otros pasatiempos. A partir del siglo XVI, de nuevo se fue excluyendo a la mujer de las actividades deportivas, y solo las clases sociales altas accedían a actividades como los bolos, la caza, danzas o algunas carreras y regatas. Hacia finales del siglo XVIII, hay referencias de algunas partidos críquet y ‘trapball’ entre mujeres, y era frecuente el patinaje, la caza, montar a caballo y algunos juegos de raqueta (Macias Moreno, 1999).

En ésta época, se van perfilando una serie de actitudes que servirán para construir el modelo tradicional de feminidad, donde el hombre, signo de autoridad, marcará los límites de lo que es apropiado o no a la conducta de la mujer (García Bonafé, 1992b).

En el siglo XIX, se produjo una revolución industrial y, asociada a ella, la emancipación de la mujer. Pero su incorporación al trabajo conllevaba menos posibilidades de ocio. Fueron las mujeres de las clases altas, con más tiempo libre, las que se incorporarían activamente al deporte, eso sí, siempre con carácter lúdico y excluidas de cualquier competición (García Bonafé, 1992b).

3.2.Barreras sociales


El interés creciente de la mujer por la práctica deportiva provocó reacciones masculinas contrarias. Como recoge Vázquez (1991), aparecieron una serie mitos en relación al ejercicio físico femenino: las mujeres son inferiores a los hombres; el deporte masculiniza a las mujeres; la práctica deportiva es peligrosa para el organismo femenino; o las mujeres no están interesadas en el deporte y cuando lo hacen no lo ejecutan bien como para ser tomadas en serio.

García Bonafé (1992a) señala como las posturas científicas y médicas a principios de siglo XX seguían siendo contrarias a que la mujer practicara deporte por razones negativas para la maternidad o estéticas como la masculinización. Los efectos de estas limitaciones pueden observarse a través de la presencia de la mujer en los Juegos Olímpicos (figura 4 y 5), cuyo análisis se realiza más adelante.

En España, había una escasa participación de la mujer en el deporte a principios del siglo pasado, que se restringía a las clases sociales elevadas y actividades como golf, equitación, tiro con arco y tenis. Hacia los años 20, se comenzaron a formar los primeros clubes. Pero estos aires de libertad y progreso fueron truncados por la guerra civil, destruyéndose por decreto el tejido asociacionista (García Bonafé, 1992a). El franquismo supuso un freno general a todas las oportunidades de la mujer. El régimen aconsejaba deportes que estuvieran en consonancia con lo que se consideraba femenino como gimnasia, natación o tenis, y les prohibía otros como fútbol, remo, boxeo o ciclismo (Puig y Mosquera, 1998).

Las oportunidades del deporte femenino crecieron a medida que los mitos y barreras sociales fueron desapareciendo. En el año 68, el porcentaje de mujeres que practicaban algún tipo de actividad deportiva era del 6,8% frente al 18,3% de los hombres; en 1974 era de 12,8% frente al 22,7%; y en 1980 era del 17,0% frente al 33,0%, respectivamente (Buñuel, 1992).

A finales de los años 80, los hábitos deportivos de los españoles, aún seguían ajustándose a los estereotipos clásicos cultivados por la dictadura. Las prácticas apropiadas para las mujeres seguían siendo natación, tenis o gimnasia, y las menos apropiadas fútbol, boxeo o rugby. La proporción de mujeres que practicaba algún tipo de actividad deportiva era del 29%, y de las cuales solo un 6% (1,7% de la población) estaban federadas frente a un 20% de los hombres (Vázquez, 1992).

Buñuel (1992) señalaba que, por esa época, las mujeres hacían deporte por bienestar y estética, siendo el interés competitivo casi nulo (0,4%). Los deportes más practicados por ellas eran los individuales y sin contacto, natación y gimnasia, mientras ellos practicaban sobre todo deportes colectivos y de contacto, fútbol y baloncesto.

En tabla 1, se muestra la evolución de la población en relación a la práctica deportiva, durante los últimos 40 años. Se puede observar como las mujeres han ido ganando el terreno perdido, pasando de un porcentaje del 6,8% en el año 68, al 30% en el año 2005. La tendencia para las mujeres tiende a estabilizarse en los últimos 10 años, mientras que para los hombres apunta un cierto retroceso.

Tabla 1. Evolución de los hábitos en la práctica del deporte en los últimos 40 años.

Practican deporte




1968*




1974*




1980*




1985




1990




1995




2000




2005

Hombres




18,3%




27,7%




33.0%




44%




42%




48%




44%




45%

Mujeres




6,8%




12,8%




17,0%




22%




26%




30%




27%




30%

Proporción




2,69




2,16




1,94




2,00




1,62




1,60




1,63




1,50

Fuente: *Buñuel (1992) y García Ferrando (1997,2006).

3.3.Techo de cristal


En los últimos años, se ha producido un deterioro progresivo de los estereotipos de masculinidad y feminidad tradicionales. El dominio reservados a los hombres, como la política, la economía, las fuerzas armadas o el deporte, se ha abierto a las mujeres. Y, viceversa, espacios destinados a la mujer, como las tareas del hogar, la moda, la belleza o el cuidado de los hijos, son compartidos cada vez más por los hombres. El reconocimiento social del derecho a la identidad sexual o la existencia de distintos tipos de familias, han sido las últimas conquistas y, aunque aún queda camino por andar, las características sociales de los roles de mujer y de hombre están transformándose.

En el siglo XXI, la cultura deportiva ya está firmemente asentada en los países industrializados, incluso, considerada como uno de las mejores formas de preservar la salud y aumentar la calidad de vida. Sin embargo, los datos sociales del Instituto de la Mujer (IM, 2006) aún reflejan un importante desfase en la participación femenina, no sólo en competiciones, sino en el deporte en general.

En el terreno deportivo, y según la hipótesis del techo de cristal, existen condicionantes psicosociales invisibles que impiden a la mujer alcanzar el desarrollo que ha logrado el hombre. Para Martínez Verdú (2008:277) este carácter de invisibilidad viene dado por el hecho de que no existen leyes, ni dispositivos sociales establecidos, ni códigos visibles que impongan a las mujeres tal limitación, sino que están sostenidas sobre rasgos difíciles de detectar.

La educación recibida durante tantas generaciones sigue estando latente y se evidencia a través de actitudes personales. Así Buñuel (1992) señala que, debido a los comportamientos diferenciados del género femenino y masculino, aparecen asociadas distintas formas de concebir el deporte: diferencias en la utilización de espacios deportivos, modalidades más adecuadas a hombres o mujeres, asistencia desigual a espectáculos deportivos (67% frente al 35%), valoración social distinta del rendimiento femenino y masculino, concepción diferente de la utilidad de sus cuerpos, o desigual impacto mediático, económico y político.

La creencia de que la competición es cosa de hombres y el hogar de mujeres, aún no se ha extinguido. Es más, se ve reforzada por la imagen que proyectan los medios de comunicación y que aún mantienen vivo el mito de superioridad del hombre sobre la mujer. Teniendo en cuenta que ciertos acontecimientos deportivos son verdaderos fenómenos sociales de masas con un efecto socializador considerable (Martos y Salguero, 2008), sobre todo gracias a la televisión, toda esta discriminación no debe ser superflua y debe tener sus consecuencias.

Así, a pesar de que los medios hayan ayudado a multiplicar la afición por el deporte, la práctica deportiva sigue siendo minoritaria: A partir de los datos de García Ferrando (2006:73), tabla 2, se puede señalar que el 63% de los españoles no hacen deporte. En comparación con algunos países europeos, la diferencia es muy notable, en ellos la gran mayoría de su población (>60%) son practicantes. Esta situación se exagera aún más al hablar de deporte de base y competiciones, donde en algunos países europeos la población que compite alcanza cuotas del 17% frente al 3,4% de los españoles. Y solamente el 0,5% de las mujeres españolas tienen el hábito de competir.

Tabla 2. Comparativa de hábitos en la práctica regular del deporte, agrupados según tipología COMPASS.

Encuesta 2005




Mujeres

Hombres

H:M




España




Suecia

Holanda

Inglaterra

De modo competitivo (1,3)




0,5%

2,9%

5,8




3,4%




17%

18%

9%

De modo recreativo (2,4,5,6)




14,6%

19,7%

1,4




34,3%




53%

45%

52%

No practica (7)




34,9%

27,4%

0,8




62,3%




30%

37%

34%

Total




49,98%

50,02%






















Fuente: García Ferrando (2006:73).

Indudablemente, los medios han jugado un papel positivo en el proceso de difusión y cambio de percepción de la práctica deportiva, sin embargo, numerosos autores consideran negativo su papel educador. Para Pardo y Durán (2006), los valores que se transmitan a través del deporte dependerán del uso que de él se haga. Tras un análisis de esta realidad, constatan que los principales valores que se transmiten distan mucho de los ideales de esfuerzo, superación personal o compañerismo que se asocian positivamente al deporte.

En el mismo sentido, Barreto (2006) señala que, en la sociedad contemporánea, dominada por la imagen, poseer un cuerpo joven, sano, bello y fuerte, o parecerlo, se ha convertido en una prioridad. Los deportistas famosos se usan como icono para demostrar la credibilidad de un producto, y con ellos el deporte ha caído en el círculo de tendencias de la publicidad y de la moda. González Ramallal (2004) afirma que los deportistas de élite, tal y como los presentan los medios, no son un modelo educativo a imitar, pero es lo que está ocurriendo. Soler Prats y Prats (2006) valoran críticamente este poder que ejercen los medios en la creación de la realidad deportiva y la imagen corporal entre los chicos y chicas.

En relación a la mujer, el papel de los medios, además de poco educativo, ha sido discriminante. Para Rivera, Molina, y Videa, (2006), éstos no resaltan la contribución primordial que ha tenido la mujer en el campo deportivo, transformado la práctica e incorporando un conjunto de acciones donde la inteligencia motriz y el uso inteligente del espacio han aumentado el nivel de competencia de diversos deportes, donde la condición física por si sola no lo logra.

Angulo (2007) comprueba que, a pesar de que hay un cierto equilibrio entre las mujeres y hombres en la alta competición, el interés que despiertan en los medios no es el mismo. Sobre un total de 2313 páginas analizadas, en un 8,61% de ellas aparecen noticias de deporte femenino y solo un 0,44% están dedicadas exclusivamente al deporte femenino; de las fotos que aparecen únicamente el 7% son de mujeres. Esto tiene además efectos adicionales, como una valoración desigual de los esfuerzos o mayores oportunidades económicas para el deporte masculino. Si bien, este efecto discriminador de los medios no sólo afecta al género, sino también a la mayoría de modalidades y ámbitos deportivos (base, recreativo, bienestar, educativo…). Como observa González Ramallal (2004), el 87% de las noticias se centran en fútbol, baloncesto, tenis, golf y ciclismo, de los cuales el 70% son sobre fútbol profesional.

Si la influencia de los medios, en relación a la educación deportiva, ha sido negativa, lo ha sido muchísimo más en torno a la práctica competitiva, pues el caudal de información de las secciones de deportes versa mayoritariamente, por no decir exclusivamente, sobre el deporte competición. Noticias repulsivas como la competitividad exagerada, la violencia, el dopaje o la discriminación sexista provocan el rechazo de muchos españoles hacia el deporte competición.

3.4.Limitaciones físicas


Existen diferencias biológicas entre hombres y mujeres, y muchas de ellas son evidentes. Macias Moreno (1999) realiza una revisión de las mismas y señala que el físico de los hombres es más adecuado para deportes que implican fuerza y potencia, mientras que el de las mujeres para deportes de expresión y flexibilidad.

Algunos estudios ponen de manifiesto el distinto rendimiento físico de las mujeres y los hombres en las pruebas de atletismo (Lozano, 2008; Calvé, 2003; Banister, 1998; González Ravé, et al., 2003), siendo mayores en las disciplinas de potencia física como saltos y lanzamientos, donde las pruebas de laboratorio muestran hasta un 20% de diferencia en estos casos (Meléndez, 1992).

En cuanto a los aspectos tácticos que implican la resolución de tareas cognitivas, algunas investigaciones indican que no existen diferencias reseñables entre hombres y mujeres, ni en edades jóvenes (López Ros y Castejón, 2000), ni en deportes tradicionalmente masculinos como el fútbol-sala (Fernández, Sánchez y Fernández-Quevedo, 2003), el balonmano (Daza, 2004) o el rugby (Martín Horcajo, 2006).

No obstante, aquí no se discute que existan más o menos diferencias, es bueno que las haya, ni que sean más importantes o decisivas para el rendimiento deportivo, es natural que lo sean, sino su implicación social. Diferencias físicas, como raza o sexo, influyen en la conducta, actitudes e identidad de las personas, y han sido la causa de la generación de muchas de las desigualdades sociales entre países, y entre mujeres y hombres.

Boutilier y Sangiovanni (en Macias Moreno, 1999) ya señalaban hace tiempo que el nivel de la forma física es más importante que el género al determinar el rendimiento. Al realizar un ejercicio, hay más diferencias entre la población masculina, que entre los hombres y mujeres que practican el mismo deporte.

Aunque una persona tenga cualidades para ser campeón, existe una cantidad de factores relacionados con el entrenamiento que pueden impedir que llegue a serlo. Para Platonov (2001) un buen apoyo social, material y económico, una dedicación exclusiva, una buena alimentación, una intensa preparación y el control técnico adecuado son requisitos indispensables para que cualquier deportista pueda alcanzar un rendimiento deportivo elevado. Dicho de otro modo, quien no tenga estas oportunidades tampoco tendrá posibilidades de llegar a demostrar su potencial.

Un ejemplo, de la privación de oportunidades, se encuentra en las competiciones de fondo, de las cuales las mujeres han sido históricamente excluidas. Heguedus (2004) muestra el acercamiento que se ha producido en las marcas femeninas de maratón en los últimos tiempos (tabla 3). Sus marcas han pasado de una velocidad relativa del 65%, en los años 60, a un 92% en la actualidad.

Tabla 3. Velocidad relativa de las atletas féminas respecto a los masculinos, en la distancia de maratón




Años 60




Años 70




Años 80




Año 2008




Récord hombres: 2h.03.58’’

Velocidad relativa

65%




87%




90%




92%




Récord mujeres: 2h.15.25’’

Fuente: Heguedüs (2004) y IAAF (2008).





Figura 3. Efecto de la discriminación de género en el rendimiento deportivo de la mujer.
Si no hubiera existido discriminación hacia la mujer, la evolución natural de sus marcas mantendría un cierto paralelismo con la de los hombres (figura 3). Sin embargo, lo que se observa es un acercamiento muy rápido cuando se eliminan las prohibiciones. En el momento en que se estabilicen las diferencias, se habrá restaurado la desigualdad creada.

El actual record femenino de maratón [2h.15.25’’- Paula Radcliffe – 2003] estaría a la altura de la marca del ganador de la maratón en los JJOO de Roma [2h.15.17’’- Abebe Bikila – 1960] que también era record mundial en ese momento (IAAF, 2008). Estos datos atléticos, permiten estimar simbólicamente, en unos 50 años, el retraso que lleva la mujer respecto al hombre, como consecuencia de la discriminación sufrida.

Análisis y conclusiones similares se podrían obtener para el resto de disciplinas atléticas (Sampedro, 2005) y modalidades deportivas (Macias Moreno, 1999). Si bien parece obvio que existen ciertos límites en las capacidades asociadas a cada individuo (Banister, 1998), sería un error descartar la posibilidad de que algunas mujeres bien dotadas puedan llegar a tener rendimientos similares a los hombres.

Las diferencias físicas representan una barrera para competir en igualdad de condiciones. Las federaciones deportivas establecen categorías por razones de edad o de sexo, pues entienden que, entre mujeres y hombres, niños y adultos, existen diferencias físicas importantes. En principio, establecer categorías diferentes para cada sexo no constituye una discriminación en si, mientras no sea una justificación de la tesis de dominio o superioridad del hombre sobre la mujer. Actualmente, la estructuración de categorías responde más a criterios técnicos y deportivos, para mantener el interés y la competitividad, que a cuestiones sexistas. Evidentemente, quienes más sufren estos condicionantes son las mujeres, al ser menores en número, y sus motivaciones y actitudes podrían verse afectadas por ello.
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