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Rubén Darío
CANTOS DE VIDA Y ESPERANZA

Prefacio


     Podría repetir aquí más de un concepto de las palabras liminares de Prosas profanas. Mi respeto por la aristocracia del pensamiento, por la nobleza del Arte, siempre es el mismo. Mi antiguo aborrecimiento a la mediocridad, a la mulatez intelectual, a la chatura estética, apenas si se aminora hoy con una razonada indiferencia.

     El movimiento de libertad que me tocó iniciar en América, se propagó hasta España y tanto aquí como allá el triunfo está logrado. Aunque respecto a técnica tuviese demasiado que decir en el país en donde la expresión poética está anquilosada a punto de que la momificación del ritmo ha llegado a ser un artículo de fe, no haré sino una corta advertencia. En todos los países cultos de Europa se ha usado del hexámetro absolutamente clásico sin que la mayoría letrada y sobre todo la minoría se asustasen de semejante manera de cantar. En Italia ha mucho tiempo, sin citar antiguos, que Carducci ha autorizado los hexámetros; en inglés, no me atrevería casi a indicar, por respeto a la cultura de mis lectores, que la Evangelina de Longfellow, está en los mismos versos en que Horacio dijo sus mejores pensares. En cuanto al verso libre moderno..., ¿no es verdaderamente singular que en esta tierra de Quevedos y de Góngoras los únicos innovadores del instrumento lírico, los únicos libertadores del ritmo, hayan sido los poetas del Madrid Cómico y los libretistas del género chico?


     Hago esta advertencia porque la forma es lo que primeramente toca a las muchedumbres. Yo no soy un poeta para muchedumbre. Pero sé que indefectiblemente tengo que ir a ellas.


     Cuando dije que mi poesía era mía, en mí sostuve la primera condición de mi existir, sin pretensión ninguna de causar sectarismo en mente o voluntad ajena, y en un intenso amor a lo absoluto de la belleza.


     Al seguir la vida que Dios me ha concedido tener, he buscado expresarme lo más noble y altamente en mi comprensión; voy diciendo mi verso con una modestia tan orgullosa que solamente las espigas comprenden, y cultivo, entre otras flores, una rosa rosada, concreción de alba, capullo de porvenir, entre el bullicio de la literatura.

   Si en estos cantos hay política, es porque aparece universal. Y si encontráis versos a un presidente, es porque son un clamor continental. Mañana podremos ser yanquis (y es lo más probable); de todas maneras mi protesta queda escrita sobre las alas de los inmaculados cisnes, tan ilustres como Júpiter.

R. D

LOS CISNES Y OTROS POEMAS
 (1905) A. J. Enrique Rodó


I

Yo soy aquel que ayer no más decía

el verso azul y la canción profana,

en cuya noche un ruiseñor había

que era alondra de luz por la mañana.

 

El dueño fui de mi jardín de sueño,

lleno de rosas y de cisnes vagos;

el dueño de las tórtolas, el dueño

de góndolas y liras en los lagos;

 

y muy siglo diez y ocho, y muy antiguo

y muy moderno; audaz, cosmopolita;

con Hugo fuerte y con Yerlaine ambiguo,

y una sed de ilusiones infinita.

 

Yo supe de dolor desde mi infancia;

mi juventud..., ¿fue juventud la mía?,

sus rosas aún me dejan su fragancia,

una fragancia de melancolía...

 

Potro sin freno se lanzó mi instinto,

mi juventud montó potro sin freno;

iba embriagada y con puñal al cinto;

si no cayó, fue porque Dios es bueno.

 

En mi jardín se vio una estatua bella;

se juzgó mármol y era carne viva;

una alma joven habitaba en ella,

sentimental, sensible, sensitiva.

 

Y tímida ante el mundo, de manera

que, encerrada, en silencio, no salía

sino cuando en la dulce primavera

era la hora de la melodía...

 

Hora de ocaso y de discreto beso;

hora crepuscular y de retiro;

hora de madrigal y de embeleso,

de «te adoro», de «jay!», y de suspiro.

 

Y entonces era en la dulzaina un juego

de misteriosas gamas cristalinas,

un renovar de notas del Pan griego

y un desgranar de músicas latinas,

 

con aire tal y con ardor tan vivo,

que a la estatua nacían de repente

en el muslo viril patas de chivo

y dos cuernos de sátiro en la frente.

 

Como la Galatea gongorina

me encantó la marquesa verleniana,

y así juntaba a la pasión divina

una sensual hiperestesia humana;

 

todo ansia, todo ardor, sensación pura

y vigor natural; y sin falsía,

y sin comedia y sin literatura...:

si hay un alma sincera, esa es la mía.

 

La torre de marfil tentó mi anhelo;

quise encerrarme dentro de mí mismo,

y tuve hambre de espacio y sed de cielo

desde las sombras de mi propio abismo.

 

Como la esponja que la sal satura

en el jugo del mar, fue el dulce y tierno,

corazón mío, henchido de amargura

por el mundo, la carne y el infierno.

 

Mas, por gracia de Dios, en mi conciencia

el Bien supo elegir la mejor parte;

y si hubo áspera hiel en mi existencia,

melificó toda acritud el Arte.

 

Mi intelecto libré de pensar bajo,

bañó el agua castalia el alma mía,

peregrinó mi corazón y trajo

de la sagrada selva la armonía.

 

¡Oh, la selva sagrada! jOh, la profunda

emanación del corazón divino

de la sagrada selva! ¡Oh, la fecunda

fuente cuya virtud vence al destino!

 

Bosque ideal que lo real complica,

allí el cuerpo arde y vive y Psiquis vuela;

mientras abajo el sátiro fornica,

ebria de azul deslíe Filomela

 

perla de ensueño y música amorosa

en la cúpula en flor de laurel verde,

Hipsipila sutil liba en la rosa,

y la boca del fauno el pezón muerde.

 

Allí va el dios en celo tras la hembra

y la caña de Pan se alza del lodo:

la eterna vida sus semillas siembra,

y brota la armonía del gran Todo.

 

El alma que entra allí debe ir desnuda,

temblando de deseo y fiebre santa,

sobre cardo heridor y espina aguda:

así suefia, así vibra y así canta.

 

Vida, luz y verdad, tal triple llama

produce la interior llama infinita;

el Arte puro como. Cristo exclama:

Ego sum lux et veritas et vital

 

Y la vida es misterio; la luz ciega

y la verdad inaccesible asombra;

la adusta perfección jamás se entrega,

yel secreto ideal duerme en la sombra.

 

Por eso ser sincero es ser potente:

de desnuda que está, brilla la estrella;

el agua dice el alma de la fuente

en la voz de cristal que fluye d’ella.

 

Tal fue mi intento, hacer del alma pura

mía, una estrella, una fuente sonora,

con el horror de la literatura

y loco de crepúsculo y de aurora.

 

Del crepúsculo azul que da la pauta

que los celestes éxtasis inspira;

bruma y tono menor ––¡toda la flauta!

y Aurora, hija del Sol––¡toda la lira!

 

Pasó una piedra que lanzó una honda;

pasó una flecha que aguzó un violento.

La piedra de la honda fue a la onda,

y la flecha del odio fuese al viento.

 

La virtud está en ser tranquilo y fuerte;

con el fuego interior todo se abrasa;

se triunfa del rencor y de la muerte,

y hacia Belén..., ¡la caravana pasa!

 

 

II

 

SALUTACION DEL OPTIMISTA

 

Inclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda,

espíritus fraternos, luminosas almas, ¡salve!

Porque llega el momento en que habrán de cantar nuevos himnos

lenguas de gloria. Un vasto rumor llena los ámbitos;

mágicas ondas de vida van renaciendo de pronto;

retrocede el olvido, retrocede engañada la muerte,

se anuncia un reino nuevo, feliz sibila sueña,

y en la caja pandórica de que tantas desgracias surgieron

encontramos de súbito, talismánica, pura, riente,

cual pudiera decirla en sus versos Virgilio divino,

la divina reina de luz, ¡la celeste Esperanza!

 

Pálidas indolencias, desconfianzas fatales que a tumba

o a perpetuo presidio, condenasteis al noble entusiasmo,

ya veréis el salir del sol en un triunfo de liras,

mientras dos continentes, abandonados de huesos gloriosos,

del Hércules antiguo la gran sombra soberbia evocando,

digan al orbe: la alta virtud resucita,

que a la hispana progenie hizo dueña de siglos.

 

Abominad la boca que predice desgracias eternas,

abominad los ojos que ven sólo zodíacos funestos,

abominad las manos que apedrean las ruinas ilustres

o que la tea empuñan o la daga suicida.

Siéntense sordos ímpetus en las entrañas del mundo,

la inminencia de algo fatal hoy conmueve la tierra;

fuertes colosos caen, se desbandan bicéfalas águilas,

y algo se inicia como vasto social cataclismo

sobre la faz del orbe. ¿Quién dirá que las savias dormidas

no despierten entonces en el tronco del roble gigante

bajo el cual se exprimió la ubre de la loba romana?

¿Quién será el pusilánime que al vigor español niegue músculos

y que al alma española juzgase áptera y ciega y tullida?

No es Babilonia ni Nínive enterrada en olvido y en polvo

ni entre momias y piedras, reina que habita el sepulcro,

la nación generosa, coronada de orgullo inmarchito,

que hacia el lado del alba fija las miradas ansiosas,

ni la que, tras los mares en que yace sepulta la Atlántida,

tiene su coro de vástagos, altos, robustos y fuertes.

 

Unanse, brillen, secúndense, tantos vigores dispersos:

formen todos un solo haz de energía ecuménica.

Sangre de Hispania fecunda, sólidas, ínclitas razas,

muestren los dones pretéritos que fueron antaño su triunfo.

Vuelva el antiguo entusiasmo, vuelva el espíritu ardiente

que regará lenguas de fuego en esa epifanía.

Juntas las testas ancianas ceñidas de líricos lauros

y las cabezas jóvenes que la alta Minerva decora,

así los manes heroicos de los primitivos abuelos,

de los egregios padres que abrieron el surco pristino,

sientan los soplos agrarios de primaverales retornos

y el rumor de espigas que inició la labor triptolémica.

 

Un continente y otro renovando las viejas prosapias,

en espíritu unidos, en espíritu y ansias y lengua,

ven llegar el momento en que habrán de cantar nuevos himnos.

La latina estirpe verá la gran alba futura:

en un trueno de música gloriosa, millones de labios

saludarán la espléndida luz que vendrá del Oriente,

Oriente augusto, en donde todo lo cambia y renueva

la eternidad de Dios, la actividad infinita.

Y así sea Esperanza la visión permanente en nosotros,

¡ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda!

 

 

 

III

AL REY OSCAR

Le Roi de Suede et de Noruège, apres avoir

visité Saint––Jean––de––Luz, s'est rendu a Hen––

daye et a Fonterrabie. En arrivant sur le sol

espagnol, il a crié: «Vive l’Espagne!»

 

(Le Figaro, mars 1899.)

 

Así, Sire, en el aire de la Francia nos llega

la paloma de plata de Suecia y de Noruega,

que trae en vez de olivo una rosa de fuego.

 

Un búcaro latino, un noble vaso griego

recibirá el regalo del país de la nieve.

Que a los reinos boreales el patrio viento lleve

otra rosa de sangre y de luz españolas;

pues sobre la sublime hermandad de las olas,

al brotar tu palabra, un saludo le envía

al sol de medianoche el sol de Mediodía.

 

Si Segismundo siente pesar, Hamlet se inquieta.

El Norte ama las palmas; y se junta el poeta

del fjord con el del carmen, porque el mismo oriflama

es de azur. Su divina cornucopia derrama,

sobre el polo y el trópico, la Paz; y,el orbe gira

en un ritmo uniforme por una propia lira:

el Amor. Allá surge Sigurd que al Cid se aúna;

cerca de Dulcinea brilla el rayo de luna;

y la musa de Bécquer del ensueño es esclava

bajo un celeste palio de luz escandinava.

 

Sire de ojos azules, gracias: por los laureles

de cien bravos vestidos de honor; por los claveles

de la tierra andaluza y la Alhambra del moro;

por la sangre solar de una raza de oro;

por la armadura antigua y el yelmo de la gesta;

por las lanzas que fueron una vasta floresta

de gloria y que pasaron Pirineos y Andes;

por Lepanto y Otumba; por el Perú, por Flandes;

por Isabel que cree, por Cristóbal que sueña

y Velázquez que pinta y Cortés que domeña;

por el país sagrado en que Herakles afianza

sus macizas columnas de fuerza y esperanza,

mientras Pan trae el ritmo con la egregia siringa

que no hay trueno que apague ni tempestad que extinga,

por el león simbólico y la Cruz, gracias, Sire.

 

¡Mientras el mundo aliente, mientras la esfera gire,

mientras la onda cordial alimente un ensueño,

mientras haya una viva pasión, un noble empeño,

un buscado imposible, una imposible hazaña,

una América oculta que hallar, vivirá España!

 

Y pues tras la tormenta vienes, de peregrino

real, a la morada que entristeció el destino,

la morada que viste luto sus puertas abra

al purpúreo y ardiente vibrar de tu palabra:

y que sonría, oh rey Oscar, por un instante,

y tiemble en la flor áurea el más puro brillante

para quien sobre brillos de corona y de nombre,

con labios de monarca lanza un grito de hombre!

 

 

IV
LOS TRES REYES MAGOS


 

––Yo soy Gaspar. Aquí traigo el incienso.

Vengo a decir: La vida es pura y bella.

Existe Dios. El amor es inmenso.

¡Todo lo sé por la divina Estrella!

 

––Yo soy Melchor. Mi mirra aroma todo.

Existe Dios. El es la luz del día.

¡La blanca flor tiene sus pies en lodo

y en el placer hay la melancolía!

 

––Soy Baltasar. Traigo el oro. Aseguro

que existe Dios. El es el grande y fuerte.

Todo lo sé por el lucero puro

que brilla en la diadema de la Muerte.

 

––Gaspar, Melchor y Baltasar, callaos.

Triunfa el amor, ya su fiesta os convida.

¡Cristo resurge, hace la luz del caos

y tiene la corona de la Vida!

 

 
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