1. Los condicionantes físicos de los espacios agrarios españoles: clima, relieve, suelo




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fecha de publicación29.01.2016
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Tema 12: El espacio y las actividades agrarias en España
1.-Los condicionantes físicos de los espacios agrarios españoles: clima, relieve, suelo.

2.-Los condicionantes humanos: históricos, socioeconómicos, políticos y técnicos.

3.-La estructura agraria: regímenes de propiedad, tenencia y explotación de la tierra.

4.-La política agraria común en cultivos, ganadería y espacios forestales.

1.- Los condicionantes físicos de los espacios agrarios españoles: clima, relieve, suelo.

La actividad agrícola en España presenta diferencias notables entre las zonas, principalmente a causa de la diversidad climática y de la distribución desigual de la tierra.

Los factores condicionantes de la actividad agraria pueden ser físicos y humanos. Entre los condicionantes físicos destacan:
1.- El relieve: La topografía puede facilitar o dificultar las prácticas agrícolas.
- La altitud elevada de la mayor parte de la península sobre el nivel del mar contribuye a realzar la continentalidad climática y sus efectos agrarios.
-Las pendientes y desniveles afectan a la formación de los suelos y a las condiciones y formas de laboreo, a la circulación del agua, etc.
También es importante el roquedo en el origen y evolución de los suelos, que son el soporte de al actividad agrícola.
2.- El clima: Condiciona los principales tipos de paisajes agrarios. Está presente a través de las temperaturas, las precipitaciones y restantes elementos climáticos (insolación, nubosidad, vientos, etc).
3.-Los suelos: De igual manera condicionan la agricultura por su diferente naturaleza, estructura y composición, ubicación, Etc.
4.-La vegetación: En ocasiones ha sido totalmente eliminada para permitir la plena ocupación agrícola. En otras, constituye la base de los aprovechamientos forestales, o sirve de pasto al ganado en las dehesas.

2.-Los condicionantes humanos: históricos, socioeconómicos, políticos y técnicos.
Son los responsables de la ordenación y de los usos que presenta el espacio agrario, y la expresión de las condiciones sociales, económicas, técnicas, políticas, etc, en las que se desenvuelve la actividad.
En relación con los condicionantes históricos, la primera ordenación del territorio tuvo lugar en época romana: se instauraron unos sistemas agrarios basados en la trilogía mediterránea y en la gran explotación agraria. Posteriormente, la ocupación musulmana supuso una reordenación en la que se da importancia al regadío y a la producción de frutas y hortalizas. La reconquista y la repoblación cristianas llevaron al uso de la tierra basado en la coexistencia entre aprovechamientos cerealistas y ganaderos, y, por otra , un sistema de posesión de la tierra que estuvo en vigencia hasta mediados del siglo XIX, con las desamortizaciones.
En cuanto a los condicionantes sociales y económicos, puede decirse que hasta bien entrado el siglo XX la sociedad española ha sido básicamente rural . Ha sido a partir de los últimos años cuando la actividad agraria ha tomado una orientación hacia el mercado, la producción especializada y a gran escala en el marco de una economía integrada en los mercados internacionales.
El ingreso de España en la Unión Europea ha ampliado los mercados agrarios, españoles, su participación en las políticas comunitarias y ha posibilitado nuevas condiciones de financiación de la producción agraria.

3.-La estructura agraria: regímenes de propiedad, tenencia y explotación de la tierra.
La propiedad de la tierra.

La propiedad, consiste en el derecho a gozar, disponer libremente y aprovechar la tierra sin más limitaciones que las contenidas en las leyes.

La propiedad dominante en España es la propiedad privada, que acusa una notable dualidad: un número muy elevado de pequeños propietarios que posee poca tierra y, en el otro extremo, un reducido número de grandes propietarios que concentra mucha tierra. Así, los dueños de menos de cinco hectáreas, que representan más de la mitad de los propietarios que existen en España, sólo poseen la décima parte del territorio, mientras que los que tienen más de 100 hectáreas, sin llegar a representar una centésima parte, concentran la mitad de la superficie.

A este problema estructural se añade la extraordinaria fragmentación de la tierra en multitud de parcelas, que es un inconveniente para la explotación.

Geográficamente existen diferencias en cuanto al tipo de propiedad. La propiedad pequeña y muy atomizada es dominante en la mitad septentrional, en el Levante y en la franja mediterránea; las grandes fincas tienen, en cambio, una mayor implantación en el sur, particularmente en Extremadura, Castilla-La Mancha y Andalucía occidental.

Estas circunstancias tienen sus antecedentes en los procesos históricos de ocupación del territorio y en su evolución posterior. Históricamente existieron tres tipos de propiedad bien diferenciados: colectiva, estamental y particular.

La propiedad colectiva era aquella cuya titularidad correspondía a las villas y a los municipios. Estaba integrada por las tierras pertenecientes a la colectividad, que se dividían en lotes o suertes para el aprovechamiento individual (bienes comunales), o se arrendaban a particulares a cambio de una cantidad de dinero para atender las necesidades de la villa (bienes de propios).

La superficie perteneciente a la Iglesia y a la nobleza constituía la propiedad estamental. La mayor parte de las tierras pertenecientes a la nobleza integraban los señoríos, cuya integridad territorial estuvo protegida durante siglos por la institución del mayorazgo. Los bienes de la Iglesia procedían de compras y de donaciones de los fieles.

Los titulares de ambos tipos de propiedad no tenían capacidad de enajenar o vender, razón por la cual se decía que estos bienes estaban en manos muertas. En consecuencia, unos y otros se encontraban apartados del mercado de la tierra y de la partición hereditaria, lo que redundaba en la escasez de tierra para los particulares y en su encarecimiento.

Ilustrados y reformistas clamaron contra esta situación y, finalmente, en el siglo XIX se le puso fin mediante los procesos desamortizadores. La desamortización afectó a los bienes propiedad del clero y de los municipios; la primera fue llevada a cabo por Mendizábal en 1836 y supuso la incautación de numerosas fincas pertenecientes al clero y su venta a particulares. La desamortización civil tuvo lugar más tarde, a partir de 1855, y se llevó a efecto al aplicar la Ley de Madoz, la cual dio origen a la privatización de la tierra que formaba el patrimonio comunal de los municipios españoles.

La influencia de estas medidas en la estructura agraria fue muy grande, pues supuso el trasiego de una cantidad ingente de tierra de propiedad colectiva a manos de particulares. En contra de lo que se pretendía, vino a reforzar la gran propiedad, pues, por lo general, los compradores ya tenían la condición de propietarios. Asimismo, la desamortización civil privó a los municipios de un amplísimo patrimonio, a base de sustento de los más humildes.

En lo que a los bienes de la nobleza se refiere, la abolición del mayorazgo y la supresión del régimen señorial permitieron que, en adelante, los bienes de la nobleza se rigiesen por las leyes sucesorias normales y entraran en un proceso de fragmentación por herencia, aunque preservando su condición de latifundios.

El resultado de estos procesos fue una concentración notable de la propiedad y, como quiera que los vecinos habían perdido sus tierras públicas y que a finales del siglo XIX la población iba en aumento, la proletarización del campesinado se incrementó al haber más personas y menos tierras que labrar. La desigualdad en la distribución de la tierra o la carencia e ella estuvieron en la base de la conflictividad social y de las demandas de reforma agraria, que se materializaron en la Segunda República, aunque sus efectos quedaron anulados tras la Guerra Civil.

La explotación agraria.

La noción de explotación agraria hace referencia a las condiciones técnicas y La explotación agraria guarda relación con la propiedad y, como sucede con ésta, también se caracteriza por la dicotomía existente entre las pequeñas explotaciones o minifundios y las grandes explotaciones o latifundios, de tanta implantación en el sur y en el suroeste peninsular.

Los datos extraídos del último censo agrario nos indican que más de la mitad de las explotaciones agrarias de España son minifundios de extensión inferior a cinco hectáreas, y que las explotaciones de extensión superior a 300 hectáreas, representan tan sólo un 1%, aunque concentran una cantidad considerable de tierra.

Regímenes de tenencia de la tierra.

En lo que a tenencia de la tierra se refiere, distinguimos entre régimen de explotación directa y régimen de explotación indirecta.

El primero consiste en que el titular de la explotación agraria, con independencia de que trabaje físicamente en ella o no, es propietario de la tierra.

La explotación indirecta resulta cuando el titular de la explotación y el propietario de la tierra no es la misma persona. En estos casos, el propietario cede la tierra para su explotación en régimen de arrendamiento, aparcería o bajo cualquier otra fórmula.

El arrendamiento, es de hecho, un alquiler y se establece mediante el pago de una renta cierta, convenida de antemano, en metálico o en especie, con independencia del resultado de la cosecha.

La aparcería es una sociedad a la que el sueño aporta la tierra y el aparcero, el trabajo; los gastos se satisfacen a medias y los beneficios o productos de la cosecha se reparten en la proporción establecida. Como la producción se desconoce en el momento de la firma del contrato, la renta es variable, y propietario y aparcero comparten por igual ganancias en los años buenos y pérdidas, si las hubiera, en los años malos.

Hoy se tiende al incremento de la explotación directa, al mantenimiento del arrendamiento y a la drástica reducción de la aparcería, que se agudizó con el éxodo rural.

4.-La política agraria común en cultivos, ganadería y espacios forestales.

Los principales productos agrícolas españoles tienen sus zonas de especial cultivo según sean más aptas las condiciones para ello. El maíz es el cereal más importante y se cultiva en las zonas de secano con sistema de barbecho. Casi todo el estado produce maíz, pero predomina sobretodo en las dos Submesetas y en el Valle del Guadalquivir y del Ebro.

El olivo tiene un área de expansión menor. Comprende el Valle del Ebro y la mitad sur de la península, aunque predomina en el Valle del Guadalquivir y sobretodo en la provincia de Jaén.

La viña tiene una extensión similar al olivo. Las zonas de importancia destacada son La Mancha, La Rioja, el Priorat, Jerez y El Penedés.

Otros cultivos importantes en España son el maíz dulce, principalmente en la zona de clima atlántico.El arroz, que necesita agua abundante, por eso se cultiva especialmente en la huerta de Valencia, en las zonas de regadío del Valle del Gualdalquivir y en el Delta del Ebro. Las patatas son propias de la zona de clima atlántico y zonas de montaña, aunque encontramos también en las zonas de regadío. Los frutales y las hortalizas ocupan las zonas de regadío del país. Los almendros en tierras de secano –costa mediterránea, Mallorca, Ibiza y parte del Valle del Ebro-, los manzanos en la costa cantábrica, los naranjos-los frutales más importantes de la agricultura española- en Valencia, Murcia y Andalucía.

En cuanto a los cultivos industriales, es decir, aquellos que sirven de primera materia a la industria, como la remolacha azucarera y el algodón, destacan en el Valle del Guadalquivir. Las plantas forrajeras (tréboles, o nabos, según la zonas) , se cultivan sobre todo en la costa cantábrica y zonas de regadío.

La agricultura española actual es una agricultura de mercado caracterizada por la intensificación de las tierras cultivadas mediante nuevas tecnologías y la reducción del barbecho: el aumento de fertilizantes artificiales, el uso de semillas escogidas y mejoradas genéticamente, el uso extendido de herbicidas y pesticidas, la expansión del regadío y la proliferación de los invernaderos. En la última décadas ha habido cambios en el uso del suelo: reducción de la superficie agrícola, aumento de tierras de regadíos y disminución de las de secano.

Las agroindustria están también en aumento. ¾ partes de los productos que consumimos actualmente tiene algún tipo de transformación agroindustrial, de forma que los productos frescos tienden a disminuir.

En cuanto a la ganadería, desde la Edad Media ha sido un elemento básico en la génesis de nuestros paisajes agrarios, no olvidemos la influencia ejercida por La Mesta y la transhumancia, a cuyo servicio se gestó una red de cañadas, veredas, y caminos que tuvo plena vigencia hasta mediados del siglo XIX.

En la actualidad, la ganadería tiene una importancia numérica y económica sin precedentes, a excepción de la equina, cuyo grado de presencia sobre el paisaje ha disminuido. Ha habido una intensificación ganadera basada en la mejora genéticas, en la introducción de mejoras alimenticias y de sanidad animal, y en un decidido paso hacia la estabulación.

El ganado bovino reúne unos efectivos próximos a los seis millones de cabezas. La cabaña de ganado ovino ha tenido un crecimiento más sostenido, y hoy se halla concentrado en las penillanuras occidentales, en la submeseta sur y en las vertientes de los Pirineos y del Sistema Ibérico.El ganado caprino ha alcanzado casi los tres millones de cabezas gracias a las subvenciones europeas. El ganado porcino es el más numeroso: se aproxima a los veinte millones de cabezas. Hoy responde a dos modelos ganaderos: uno semiextensivo, configurado sobre el cruce de razas autóctonas y articulado en tormo a la dehesa; y otro estabulado, intensivo, con animales de razas precoces importadas y una clara dimensión industrial. Igual ocurre con las granjas de pollos y conejos, que tanto han prosperado, y a las nuevas ganaderías recién surgidas, como, por ejemplo, de avestruces.

En cuanto a la superficie forestal, en España es reducida (unos 16 millones de hectáreas) debido tanto a los condicionantes naturales como humanos. Los aprovechamientos giran en torno a las especies arbóreas, y, dentro de ellas, a las coníferas y frondosas, que se dan sobre todo en la España atlántica, y de las que se obtienen madera (la mitad en Galicia), pasta de papel y otras utilidades como el corcho, que se extrae de la corteza del alcornoque, concentrado en Cádiz y en Cáceres.

Otros aprovechamientos tradicionales del bosque han estado relacionados con la recolección de semillas y de plantas, con la explotación de colmenas, con la caza, etc. Junto a éstos han comenzado a darse otros usos derivados de los espacios protegidos en un contexto de desarrollo sostenible con el medio.

En cuanto a la comercialización de la producción agrícola española, aumenta mucho a partir de la adhesión a la Unión Europea, convirtiéndose en el destino mayoritario de la exportación española y el origen principal de lo que se importa. Se exportan sobretodo frutas, legumbres productos de huerta , aceite y conservas vegetales.

La integración de España en la Unión Europea hizo notorio el desfase de este sector en relación a otros países, sobretodo a nivel de mecanización, de precios y de la situación social en el campo. La productividad era mucho menor que la de otros países, concretamente la mitad de la de Francia. Los recursos obtenidos a través del FEOGA (Fondo Europeo de Orientación y Garantía Agraria) han sido muy importantes, pero las relaciones comerciales no han resultado tan favorables como se esperaba, puesto que las multinacionales europeas tienen mucho peso en la industria alimenticia y también se han generado conflictos en los sectores excedentarios (carne, leche) al tenerse que someter a cuotas limitantes de producción, y en las nuevas tentativas de regulación de los mercados, como el caso de la OCM del aceite de oliva..

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