Geografia la madre naturaleza




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GEOGRAFIA... LA MADRE NATURALEZA



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Mis andaduras durante mis anteriores años sanos, nuestros viajes, porque desde que yo le narré los míos a Wifredo, tan suyos como míos fueron, muchos de ellos en bici, después de haber acampado en un sitio bonito o dejado mi furgoneta en un aparcamiento adecuado hasta el regreso, fueron más allá de la península ibérica, a mi amada Francia (donde el hijo de Dña. María de Uña tanto tiempo vivió, la Francia de los francos, que ha pasado en español a significar sinceros, frente a bárbaros –o extranjeros- que ha significado brutos). Pero naturalmente mis grandes recorridos han sido sobre la antigua Hispania, a la que me propuse antaño ver todos sus puntos de primer y segundo orden también, cual así logré.

Y un poco más he acabado haciendo ahora al final, acompañado en algunos pequeños viajes, con Wifredo, porque él, más joven y fuerte que yo ahora, me animó a seguir un poco más, a unos pocos viajes en bici, haciendo marcha con las botas por las montañas, o las más de las veces, haciendo la visita en coche.

Nos propusimos en principio el viaje de recorrer el Duero actual, en memoria del gran viaje del primer hijo del Cid, pero antes, no sé si por prólogo o para empezar por algo más pequeño, le quise recordar Segovia.

Aunque Wifredo empezó sus andaduras y deportes desde joven, allá en su California Hispánica, y yo sin embargo fui muy tardío, solo unos siete años antes de entrar en el psiquiátrico (siete años estupendos que seguramente retardaron mi ingreso aquí, allá por los cuarenta y tantos de mi edad), tenía sin embargo de antes, de muy joven, con diecisiete años, un estupendo viaje realizado a Segovia, hacia cuya capital cogí mi pequeña maleta, para retirarme al monasterio del Parral, del que tras los dos primeros días allí completos, algunas tardes posteriores salí a pasear un poco por la ciudad y alrededores.

Wifredo, en el psiquiátrico, tras contarle este viaje, lejos de la mirada perdida común allí entre todos, me bebía, mientras yo a veces lloraba desconectado y apartado sufriendo mi locura, como en otros momentos otros, salvo él, porque él era el único normal; él sólo estaba ingresado allí por... (por un algo que ni yo ni ninguno sabíamos).

Wifredo recordó mi primera salida a Segovia, haciendo él su primera visita tras haber llegado aquí, a España, a esta pequeña ciudad: y vio el Alcázar, una maravilla que sus antepasados no llegaron a ver como hoy está terminado por Felipe dos, sino como antaño fue la Corte temporal de los RR.CC. Allí, tras una de las tantas salas regias, en la más grande, estaban en el friso los retratos imaginarios de los antiguos Reyes de Castilla y León, imaginarios y reales, pues que al cabo, lo mismo nos da hoy que tuvieran la nariz más grande o pequeña. Allí estaban los reinantes durante sus antepasados en la península. Es un castillo precioso, desde cuyo lateral se ven pequeñas, La Vera Cruz y aun el mismo gran Monasterio del Parral, donde yo me retiré.

Y vio el acueducto, sillar sobre sillar, sin más pegamentos, hasta doblarse uno la nuca mirando hacia arriba, milagro y admiración hacia los romanos y su imperio, que allí pervivió.

Y le enseñé antes de entrar en el monasterio del Parral, mis postales antiguas sobre el, las de su gran iglesia y su claustro mudéjar, y le hablé de mi celda en el piso superior que miraba en ventana ojival a la ciudad, sin número, con el nombre de un santo, S. Eulogio, y del silencio total allí siempre reinante, que no daba miedo pese a la rareza de su inmensidad, sino tranquilidad, aun en plena cerrada noche, como pude comprobar cuando tras haber bajado con el portero a presenciar maitinis y quedarme dormido con su murmullo, en la iglesia, luego tuve que hacer yo solo, y ya completamente a oscuras, la vuelta a mi celda, perdiéndome en el camino, sin saber distinguir en la escasa claridad, los que me parecieron cuatro lados iguales del claustro y sus escaleras varias hacia las dependencias de arriba.

A diferencia de otros viajantes, a nosotros en todo viaje que hicimos (como muy frecuentemente cuando yo viajé solo), siempre nos ocurrió alguna aventura mágica. Así pues, hay un algo inexplicable en nosotros, pero interesante: o somos raros además de locos, o a lo mejor es que somos alienígenas.

Y la magia esta vez consistió, en que esperando estar Wifredo en La Vera Cruz, él solo de visita –y yo fuera- , subió al altar superior de la rotonda, que como una inmensa columna, sujeta el centro de la cúpula de esta rara iglesia, y allí con los brazos abiertos y palmas hacia arriba, pronunció bajo su magnífica resonancia “Ego dominus de Vivar sum, ego magister templorum sum, ego unigenitus novoris monasteri sum. Ego salutatis senatoris novoris monasteri ”(un latín que yo no sabía pero que algo recordaba), sin notar que unos ojos le veían por detrás, como yo vi que por la puerta había entrado. Y a la salida, tras lo dicho, un personaje rotundo que parecía el guardián, se acercó a verle y le regaló un librito de grabados de Matthewweir, sin más palabras. Y ese mismo cuento fue el que yo compré casualmente en la lejana Níjar, al ver en la iglesia de sus grabados, un recuerdo más del Parral (aunque también compré dos jarros bonitos de la cerámica almeriense de allí). Y como estos escritos no son para publicación y por tanto no atacan a los derechos de autor, adjunto, si logro colorearlo, aquí el tal librito mío, como certificado verdadero de lo que he dicho.

Wifredo prefirió continuar pasando como huésped dos días, en el Monasterio de Silos, claro está, donde además pudo escuchar allí de viva voz, el canto gregoriano.

Segovia provincia es todavía más bonita, y explica como con sus ricos rebaños de la antigua Mesta, el obispo pudo construir su preciosa gótica catedral (y su palacio claro está), por encima de sus ricos monumentos románicos. Y por lo demás, la madre naturaleza es allí la Gran Señora, de forma que el palacio de La Granja o Río Frío, acaban no siendo más que alhajados pedrusquillos al lado del Sistema Central, cuyas cumbres y nieves, que en parte anduvimos, son los verdaderos castillos soberanos, y la Mujer Muerta, la mayor escultura de Hispania toda.

El cañón del Duratón es acojonante, y hoy con el pantano bajo el meandro de la ermita de S. Frutos, un ejercicio de piragua sobrenatural, que al menos en un poco, pudimos hacer nosotros. Y nos pusimos tras ello, a comer arriba, al borde del cañón, tras la ermita dicha, y yo por miedo a que se me despeñara Curro, lo até a un árbol, hasta que caídos en la cuenta, pensamos que no sería mala idea atarnos nosotros también con el pequeño cordino que llevábamos, cada uno a otro árbol. Y de pronto se nos volcó el plato, porque emergiendo del vacío bajo nuestros pies, surgió un dragón negro, un dragón al verlo de pronto, que luego resultó ser un buitre de más de tres metros de envergadura, y que no igualaba ni con mucho al ave más grande que jamás nosotros hubiéramos visto tan de cerca, dejándonos pasmados y casi tiritando tras el brinco que ambos dimos. Fue el milagro de allí, como antes al hacer la marcha por Los Claveles del Peñalara, el milagro fue hacer equilibrio por el filo nevado de sus montañas, con los brazos abiertos como un alambrista, volando pues literalmente sobre la divisoria línea montañosa de las dos mesetas.

El cañón del Riaza no fue menos cañonazo de esta sinfonía de grandes timbales. Empezaba por tener un topónimo como el del pueblo donde hicimos noche, “Montejo de la Vega de la Serrezuela”, y sus esplendores los pudimos ver antes, visitando el cercano sabinar de Hornúez, donde están las sabinas más grandes de Europa, claro está que salvadas gracias a un milagro, el de que en una de ellas se apareciese antiguamente la Virgen, con lo que los fieles hicieron una ermita que la albergó, y que la secó claro está, por lo que decidieron declarar sagrado el resto del sabinar. Por sus troncos bajos que no abarcábamos con los dos brazos, trepábamos en este y aquel robustísimo ejemplar, como pequeños monos y monos vimos que éramos, mientras las sabinas, el sol de poniente, y la soledad, se reían con nosotros de nuestros “uh uh”(un uh uh con el que jamás me sentí más cuerdo). Y a la mañana siguiente tras descansar en el albergue, el recorrer el cañón fue la repera, siendo el sitio donde más buitres he visto en mi vida (un animal que por lo demás me encanta). Y el milagro fue aquí, que sin saberlo ambos, llegamos tras terminar el cañón, a un pueblo templario, Maderuelo, y vimos intactas en su ermita, sus pinturas románicas, no allí mismo, sino recordándolas depositadas en el Museo del Prado donde fueron trasladadas, con esos querubines en sus juegos de alas, que nos parecieron eso, querubines.

Y del resto de la provincia, que siempre quedaba resto, vimos los castillos de Coca, la mayor mole de ladrillos en la península, delirio de un obispo más enriquecido de lo normal, y el de Turégano, y el de Cuellar (el de don Beltrán de La Bentraneja): Segovia de Castilla, tierra de castillos. Le encantó todo lo que le enseñé de Segovia.
EL DUERO
Y recorrimos el Duero, empezando por ser este el primer o principal recorrido narrado, como tal recorrido por sí mismo, en la génesis que anteriormente ya habíamos leído (de la cual ya diremos a qué viene aquí en nuestra historia actual), pero al tiempo del gozo, como con un cierto aire de profanación, por realizarlo nosotros en coche respecto a cuando nuestro anterior protagonista lo hizo a pie, y desde luego sabiendo, que además de verlo así muy diferente, lo íbamos a conocer muy distinto a como se presentaría en aquel remoto tiempo cuando él lo anduvo; con todo y sin embargo, nos embargamos en ello tan contentos. No obstante, queriendo nosotros imitar un cierto esfuerzo en este viajar por el viaje mismo, un cierto arcaísmo en este recorrido, en varios tramos, todos los largos que pudimos, sino a caballo, al menos le recorrimos en las bicis que llevábamos en nuestro remolquillo al efecto, las más de las veces juntos, y otras veces, ora él pedaleando y yo en coche, otras yo pedaleando y él esperándome en coche al final de la etapa programada (y otras varias, los dos en coche y las bicis remolcadas).

Hacia los dos tercios del recorrido, en los Arribes, fue cuando, él ya dejando de hacer nuestros pequeños esfuerzos deportivos, me confesó lo que al final del viaje tenía preparado decirme como amigo, sólo a mí, su motivo por el que había ingresado en el psiquiátrico, y esto, entristeciéndome mucho, pasó a ser lo que yo más recordé de aquel viaje, del que él me alentó a recordar, no sólo eso, sino los muchos e inolvidables buenos ratos que durante el habíamos tenido juntos. Momentos estupendos como en verdad tuvimos, y por los que intuyéndolos él como muy positivos, el grupo de psiquiatras y psicólogos de nuestro hospital, los médicos, nos habían permitido poder realizar, frente a los otros sorprendidos compañeros, faltando a las terapias en que estábamos allí inmersos.

No escribí al final ninguna narración, salvo algunos apuntes del recorrido, pese a ser para él su primer recorrido fluvial, o mejor dicho, de rodar por las carreteras paralelas que lo bordeaban (frente a los fuertes descensos de barrancos que él más deportivamente tenía hechos en América), y ser también mucho para mí (que de antes tenía la experiencia de haber recorrido el artístico Loira), e incluso pasé tras Portugal, a guardar lo que del tal viaje tenía ya escrito, por temor a que sobre lo posterior que escribiera a partir de los primeros apuntes, aparecieran llovidas en las nuevas notas, varias lágrimas mías tras lo que me reveló Wifredo.

Lo primero muy novedoso de nuestro recorrer el Duero frente a los siglos pasados, fueron los pantanos varios que hay ahora, como el de Cuerda del Pozo al poco de nacer en los picos de Urbión; fue este circularlo por nosotros dos, una marcha preciosa, aunque no tanto como el recorrido a pie para ver las lagunas de al principio. El dictador Franco, había hecho de antiguos proyectos hidráulicos, muchas realidades, y desde luego ello había acabado siendo uno de sus mejores logros, aunque no eran tiempos estos, de reconocerle ningún mérito.

En Soria, la primera capital regada, la otra novedad fueron las “ruinas” del monasterio de S. Juan de Duero, con sus arcos, y entre sus “ruinas” y la orilla del río, leímos y grabamos en el pequeño magnetofón que llevábamos, con una maravillosa música y murmullo de fondo, la Leyenda del rayo de Luna (que seguramente Bécquer recogió también de los rumores que citó nuestro precedente viajero medieval); y la otra segunda novedad aquí, fue visitar la nueva ermita de San Saturio, de tres pisos escalonados colgados en los paredones roqueros que limitan uno de los lados del río.

Y tras de un poco más allá de Soria capital, donde el río se deshace de todo su camino hecho al este, para cambiar opuestamente a marchar al oeste, seguimos por donde siguió nuestro predecesor, haciendo paradas inolvidables, hasta ver hoy lo más distinto de antaño, el levantamiento hecho realidad, de la gran ciudad que nuestro anterior caminante considerara antaño como pueblo propicio para ser gran cabeza de aquella gran meseta, Valladolid. Desde allí quisimos hacer una serie de pequeñas escapadas aquí y allá, y especialmente al norte, para ver una obra hidráulica, nunca sospechada antes en la antigua Castilla, cuando todavía tenía su Imperio, su gran canal en Y, realizado durante la ilustración, y gracias a esta variante pudimos ver al norte del todo, la cueva del Cobre, resurgimiento y nacimiento del Pisuerga (del que se dice socarronamente que “El Duero lleva la fama, pero el Pisuerga le da el agua”), y las Fuentes Carrionas en la zona de Palencia, no menos portantes de agua, todo un idílico paisaje lleno a sus pies de los enormes pantanos actuales.

Palencia, fue de lo más norteño que de los afluentes fuertes del Duero, vimos, a orillas del Canal de Castilla. Allí de antes, se creó la primera universidad de esta apartada seca península, y se levantó su correspondiente bella catedral como toda capital de estas tierras tiene, y de cuya importancia hoy sólo se recuerdan algún hecho escaso y más bien despectivo (como una momia desnuda, en una iglesia cercana a la catedral, convertida en estatua de Cristo crucificado, de la que se dice que le crecen las uñas todos los años, lo cual resulta un puro asquito morboso – asquito sobre el que nos preguntamos “¿qué harían con las uñas cortadas ahora, en este mundo tan interesado en distintas reliquias como las futboleras?-)

Tras regresar a Valladolid, viendo también en el regreso ese arte humano del que tan sobrada está Castilla, como los lienzos de Berruguete (precedidos de los de Juan de Flandes), la “catedral” de Támara, o el castillo de Ampudia, sobre los que tantas cosas históricas conté a Wifredo, porque decía encartarle escucharme, yo que nunca del monólogo he pasado en mis viajes siempre solitarios, ahora fue él, en San Gregorio de Valladolid, quien me sorprendió haciéndome ver lo hermosísima que era la “imaginería castellana”, a la que me he aficionado desde entonces como nunca pensé, y que yo tanto había despreciado antes por sus pobres materiales y simple temática de sólo santos.

Yo ya había disfrutado antes en Valladolid viendo la arquitectura de S. Pablo y S. Gregorio, pero aquí, en donde está ahora el Museo Nacional de Arquitectura, fue él, con su entusiasmo y voz cadenciosa, mi cicerone y maestro, destacándome la belleza de aquellas tallas estucadas como en ningún país extranjero tan perfectamente había visto. Y tumbas en mármol en la capilla del museo, estas sí muy valoradas por mí, y de las que antes me había aficionado a coleccionar postales de las que ya había visto, y a las que pude unir ahora poder ver el túmulo de Dña. María de Molina, en un pequeño convento cercano, al que por casualidad milagrosa pudimos pasar, y ver llorando, tristemente llorando siempre el túmulo entero, al parecer por estar asentado sobre un pozo, siempre rezumando humedad entre los bloques marmóreos, incluso en verano, lo que formaba uno de los tantos milagros o curiosidades que en nuestras salidas, nos salieron.

Siguiendo el viaje por el Duero y llegando a Tordesillas, rendimos homenaje a los Comuneros, acercándonos a Villalar, y regresando, a Dña. Juana de Castilla y las Indias Occidentales (a la que bien entendimos nosotros en sus dolencias), admirando el regio monasterio mudéjar de Sta. Clara, donde quisimos pensar que fue refugiada ella y no maltratada, pese a morir siguiendo siendo reina.

Muchas obras de arte se desparramaron y aun se conservan por todos los puntos de esta parte de Castilla y León que visitábamos, que mostraron y algo recuerdan, cuanto se encumbró esta tierra (donde precisamente en Tordesillas se atribuyó y pudo atribuirse, ratificando además al pontífice de Roma, medio mundo), pero el paisaje era siempre el mismo, austero, muy austero, y así lo quisimos seguir viendo nosotros, sin pasarnos a ser nacionalistas o vanagloriosos de estos páramos que fueron la cuna de nuestros antepasados.

En Zamora, siguiendo el Duero, a sus orillas, tras seguir omitiendo en la crónica de este viaje, aventuras, milagros y contemplaciones artísticas y de esplendorosa naturaleza regada, que quiero recordar íntimamente sin palabras, y de haber vivido risueño junto con mi joven compañero, que tal vez hubiera podido pasar frecuentemente por la edad, y por la erudición que le gustaba escucharme, como mi hijo, si no hubiera sido porque él era el fuerte y yo el muy débil, pese a su secreto que al poco me reveló en los Arribes, fui yo quien insistió en ver el museo de las tallas procesionales... ahora me encantaban, y descubría además el espectáculo de los retablos en las iglesias y catedrales donde aparecían, con más admiración.

Y seguimos ya por el al poco llamado Douro, tras los “arribes”, hasta Oporto, hoy la gran ciudad norteña de Portugal, sin yo poder remontar ya mi ánimo tras haberle escuchado su revelación aquí, pese a que intenté disimular, al menos una quinta parte de lo bien que él había disimulado su mal, hasta que la falta de fuerza física y sólo ella, le delató ante mi mirada constantemente compañera en aquel viaje, donde sólo al llegar la noche, cada cual se retiraba a la soledad de su habitación en el hotel que nos deparara la parada en el camino del río. El río ya no era en este tramo, tan limpio como al principio, y por supuesto mucho menos de cómo lo había podido ver más de setecientos años antes, nuestro datado predecesor en tal viaje. Y con la desembocadura, desde un poco antes navegable, vino el fin del viaje.

Con este viaje sin embargo, no terminaron nuestras salidas (si bien las posiblemente grandes que se hubieran podido dar, sí), sino que empezaron y siguieron media docena de salidas más, de salidas cortas eso sí, de un par de días, siempre con el beneplácito del psiquiatra y psicólogos del Centro, y sobre todo del oncólogo de Wifredo, gracias a que pese a su dictamen final, su recta final se iba haciendo retardar, hasta con una cierta esporádica mejoría, la necesidad de quimioterapia al cáncer de Wifredo, quien se había negado a seguir, llegado el momento, este tratamiento, sabiéndole inútil en su caso, y que psicológicamente, tan aparentemente bien parecía tener aceptado, incluso desde el primer día que apareció en nuestro psiquiátrico de día para ello, antes de conocerle más tras pasar a algunas de nuestras terapias de grupo, después de que en sus primeras sesiones esporádicas, le viéramos para hablar con su psicólogo particular y fortalecerse así en su final trance.
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