Especialista en Medicina Interna y Cardiología




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títuloEspecialista en Medicina Interna y Cardiología
fecha de publicación27.02.2016
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AUTORA:

-Teresa Romanillos Vidaña

-Especialista en Medicina Interna y Cardiología.

HOSPITAL DE SANT CELONI (Sant Celoni, Barcelona)

-mail contacto: teresa@teresaromanillos.com.


¿COMER O NO COMER?
La delgadez es uno de los iconos de nuestro tiempo; los medios nos inundan con este ideal estético, interiorizado y deseado por la mayoría de mujeres de la cultura occidental. “Ser bella es igual a ser delgada”, que, a su vez, es análogo de éxito personal1.

¿Porqué deseamos estar delgadas, tanto, que podemos hasta llegar a enfermar? ¿Son los mensajes de los medios los culpables de este modelo estético?
Es cierto que una imagen vale más que mil palabras y es indudable el papel que los medios de comunicación han tenido en la consolidación y difusión de este icono de pero esto no significa necesariamente que sean sus artífices. Este modelo tiene unas raíces culturales más amplias, que históricamente se sitúan en la segunda mitad del siglo XX. Entonces surge la idea de la “mujer moderna”, que preconiza un estereotipo femenino con un cuerpo delgado que pretende definir a las mujeres independientes y ambiciosas. Las revistas y, sobretodo, el cine y la TV, permitieron que esas imágenes llegaran de forma masiva, propiciando la delgadez como ideal estético2.

Los medios de comunicación son uno de los principales vehículos de estos mensajes que, más allá de mostrar un ideal de belleza, son el escaparate de un gran negocio. A nadie se le escapa que la industria de la propia imagen es económicamente muy rentable; estética, alimentación, deporte... Consumimos para lograr este canon estético, pero ese deseo puede tener el efecto secundario de provocar, como punto de partida, la insatisfacción y el desagrado del propio cuerpo. El paso, por consiguiente, de la disposición a mantener la línea a un trastorno del habito del comer, es muy sutil y difuso2.
Por otra parte, vivimos en la contradicción de ser una sociedad en la que por un lado, se propicia la obesidad y, por otro, el ideal de la delgadez. ¿Comer o no comer? Comer es mucho más que nutrirse. También comemos para calmar la ansiedad o para socializarnos; ayunamos por creencias religiosas o quizás para expresar un malestar profundo, como ocurre en la anorexia. Asimismo, en cierta forma, hemos medicalizado el acto de comer3. Y es que la medicina no escapa a esta paradoja: insistiendo en los riesgos de la obesidad también, en cierta forma, nos impone una delgadez, a la vez que nos alerta de los riesgos de los Trastornos de la conducta alimentaria (TCA).
Los jóvenes son más influenciables a estos mensajes y a los ideales estéticos, ya que su imagen corporal se esta modelando, y también son más vulnerables a presentar conductas alimentarias anómalas. La anorexia se ha convertido en la tercera enfermedad crónica más frecuente entre adolescentes, por detrás del asma y la obesidad. La incidencia de anorexia y bulimia es de 3%-4% entre los jóvenes de 15 a 20 años, aunque la edad de presentación se está adelantando y en las consultas cada vez se atienden a más preadolescentes. También están aumentando las conductas de riesgo (saltarse comidas, rechazar determinados alimentos…) y los conocidos como TCANE (Trastornos del comportamiento alimentario no especificados), que ya afectan al 9% 4. A pesar de que los TCA son claramente más frecuentes en mujeres, los hombres no escapan de la presión mediática del cuerpo perfecto y cada vez hay más afectados (la proporción actual es de 1:6 mientras que en los 80 era de 1:9).
¿Son nuevos estos trastornos? ¿Son exclusivos de nuestra cultura occidental? La anorexia no es nueva y hay casos documentados ya en el S XIV, siendo uno de los más famosos el de Catalina de Siena. La historia de la bulimia es más reciente y ha emergido con fuerza en los últimos 20 años2. Por otra parte, el peso social en el origen de estos trastornos y su gran prevalencia en la sociedad occidental, hace que, desde un punto de visto antropológico, se plantee que los TCA son síndromes culturalmente delimitados, aunque los procesos de inmigración y globalización hacen que actualmente se apueste por una aproximación más transcultural5.

MASS MEDIA” Y TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA

Los medios de comunicación se han constituido en uno de los principales agentes sociales. Más allá de la familia y de los amigos, sus mensajes omnipresentes construyen nuestra realidad social en forma de modas, creencias y valores, que incorporamos, a menudo sin demasiado espíritu crítico. Leer una revista o ver la televisión forma parte de nuestra cotidianidad; según datos recientes del Estudio General de Medios, el 88,3% de los mayores de 14 años ve TV una media de 4 horas diarias y un 61,3% escucha la radio unas 2 horas al día. El 31,4% lee diarios (menor cifra en los más jóvenes) y un 42,6%, revistas. El 59% de la población usa Internet, con una cifra mucho mayor entre los más jóvenes (14 a 19 años), en que el 83,7% navega habitualmente por la red.
¿Hasta que punto los medios de comunicación son los responsables del “boom” de los TCA? La causa de estos trastornos es compleja y caeríamos en un reduccionismo erróneo si creyéramos que los culpables son las imágenes y los mensajes que nos llegan desde los “mass media”. En su origen hay una serie de factores concatenados, biológicos, psicológicos y sociales, que pueden actuar como predisponentes, moduladores o desencadenantes del problema en un momento dado. Los factores psicológicos son significativos, ya que a menudo la anorexia se abona en personas autoexigentes, perfeccionistas y con baja autoestima. Asimismo, la familia y el grupo también son importantes en su papel de facilitar o prevenir su aparición.
Cada vez hay mayor evidencia acerca de que las adolescentes que pasan más tiempo viendo determinados contenidos en revistas de moda o televisión, sienten mayor desagrado de su cuerpo y tienen mas tendencia a hacer dieta y a padecer desórdenes de la conducta alimentaria6. Muchos de los estudios realizados lo corroboran, como el efectuado por un grupo español en un conjunto de 1165 estudiantes de secundaria en el que se constató que aquellos que presentaban desordenes de la conducta alimentaria consumían más TV y otros medios7. Otro estudio realizado con 4746 adolescentes, demostraba como las lectoras de prensa “femenina” sentían mayor desagrado con su aspecto y multiplicaban por siete las posibilidades de intentar controlar su peso de forma poco saludable8.

Por otra parte, en la literatura científica sobre el tema no todos los estudios muestran el mismo grado de relación. En la excelente revisión de López Guimerà et al6, se analizan varios metanálisis en los que la mayoría muestran una correlación leve-moderada entre la exposición a los medios y la internalización del ideal de delgadez, las conductas para conseguirlo y los TCA. Estos datos, lejos de minimizar los efectos de los medios sobre los TCA, corroboran el hecho de su complejidad y nos invitan a una aproximación transdisciplinar.
¿Qué medio resulta más “persuasivo” o tiene mayor capacidad de influencia? Parece que depende de la edad. En los niños, que son aún más sensibles que los adolescentes a este tipo de contenidos, la televisión tiene mayor influencia, probablemente porque ven TV de adultos y consumen menos revistas9. Respecto a los contenidos televisivos, curiosamente se considera que los shows musicales son los que tienen mayor capacidad para provocar insatisfacción con el propio aspecto. Por otro lado, las revistas influyen más en las adolescentes y las mujeres adultas.

Finalmente cabe preguntarse ¿por qué ante los mismos estímulos algunas mujeres desarrollan TCA y otras no? Si la influencia de los mensajes de los medios se traduce en una internalización del ideal de delgadez, el deseo de cumplirlo y una baja autoestima, en individuos vulnerables, este es el link que puede acabar llevando a la insatisfacción con el propio cuerpo, la preocupación por el peso y a los trastornos de conducta alimentaria10.


Internet y los TCA: “Ana y Mía”
“Si tienes hambre cuenta hasta mil y antes de terminar te darás cuenta de que no vale la pena seguir metiendo grasa en el cuerpo”. “Prueba la comida y escúpela; repítelo cuantas veces necesites para calmar la ansiedad”. Estos son algunos “consejos” que pueden encontrarse en un blog pro-Ana, es decir, pro-anorexia. No es un caso excepcional; en la red abundan los contenidos interactivos como calculadoras de calorías y de índice de masa corporal, así como competiciones para ver quien pierde más peso o indicaciones sobre cómo ocultar los trastornos alimentarios a la familia y amigos11. Se produce un hecho curioso y es que las muchachas que ya han dado este paso adelante; es decir, las que desean estar mas delgadas y están cayendo en conductas poco saludables para conseguirlo, se interesan menos por los medios clásicos y buscan mas en Internet aquellos contenidos que les puedan servir de guía e inspiración12.
Los TCA irrumpieron en Internet coincidiendo con el cambio de siglo. Las páginas web que hacían apología de la anorexia y la bulimia fueron perseguidas, dando paso a otras formas más “sutiles” de exaltación de los desórdenes de la alimentación que se disfrazan de diario íntimo y se asoman a la red en forma de blog personal11, conocidos como “Ana y Mía”.

Actualmente también encontramos los TCA amparados en redes sociales como Facebook, Tuenti o Twitter, entre otros13. Estos foros son algo más que lugares en donde encontrar trucos para adelgazar. Los blogs “pro Ana y Mía” también promueven la sensación de conexión con otr@s “princesas” que padecen el mismo trastorno, como si se tratara de una comunidad en la que sentirse identificada con otros a la vez que segura y protegida. Estos espacios se configuran como lugares de encuentro en los que hacen de la enfermedad una forma de vida. La perfección es una de las consignas de estos grupos que se estructuran jerárquicamente a modo de tribu urbana, con sus propios signos de identidad: argot, indumentaria y simbología14.
Acotar esto es muy difícil; 8 de cada 10 jóvenes que navegan por la red visitan páginas pro-Ana y pro-Mía, según datos de una encuesta realizada por la organización Protégeles. Por otro lado,

seria deseable que pudiera tipificarse como delito la apología de la bulimia y la anorexia, ya que en la actualidad, no existe una herramienta legal para proceder al cierre de estas páginas y, a pesar de que son perseguidas, su clausura suele depender de la “buena voluntad” de los portales de alojamiento. Como contrapartida, en la red también encontramos grupos que colaboran en la lucha contra los desórdenes de la alimentación y que además de proveer de herramientas de ayuda a los afectados, facilitan la denuncia anónima.
En cuanto a los modelos estéticos publicitados, seria positivo que pudieran regularse determinados contenidos para limitar esta estética de delgadez imposible; quizás ayudaría si las modelos se asemejaran más a mujeres reales. En España no existe legislación al respecto, si bien debemos felicitarnos de que haya sido uno de los primeros países que aprobaron medidas para regular el peso de las modelos. Algunos países como Gran Bretaña, tienen organismos encargados de velar por la adecuación de los modelos publicitados y en Australia, el National Advisory Group on Body Image, obliga a advertir cuando una imagen ha estado manipulada.
A fin de intentar controlar la progresión de los trastornos de la conducta alimentaria, seria importante promover una mirada crítica a los cánones de belleza basados en la delgadez, alejándonos de la representación del cuerpo como objeto de consumo. Asimismo, podría ser efectiva una aproximación integral a los problemas relacionados con la alimentación y el peso, que incluyera tanto la obesidad como los TCA y las conductas no saludables de control del peso15. Finalmente, seria positivo un enfoque transdisciplinario5, desde una perspectiva biopsicosocial que, integrando disciplinas biomédicas y de ciencias sociales, permitiera abordar la complejidad del problema.

1. Gestal Otero JJ. Riesgos Laborales del Personal Sanitario. Madrid: Ed Mc Graw Hill; 2003.

2. OMS. Grupo de Trabajo sobre riesgos profesionales en Hospitales. Rev San Hig Pub. 1982;56:1253-60.

3. INSALUD. Guía práctica de estándares de duración de procesos de ILT. Madrid: Ministerio de Sanidad y Consumo; 1994.

4. Benavides FG, Sáez M, Barceló MA, Serra C, Mira M. Incapacidad Temporal: estrategias de análisis. Gac Sanit. 1999;13:185-190.

5. Fernández-Creuhet J, García A, Gómez J. Patología laboral, Enfermeda- des del Trabajo, Enfermedad Profesional. Accidentes del Trabajo. En: Gálvez R, Sierra A, Sáenz MC, Piedrola G. (eds.). Medicina Preventiva y Salud pública. (10.a ed.). Barcelona: Masson; 2001; p. 1027-36.
1. Behar, Rosa. La construcción cultural del cuerpo: El paradigma de los trastornos de la conducta alimentaria. A. Rev Chil Neuro-Psiquiat 2010; 48 (4): 319-334
2.Turón Gil VJ, Velilla M, Turón E. ¿Qué son los trastornos de la alimentación? Asociación Española Estudios Trastornos Conducta Alimentaria, 2003

3. Gracia M, Comelles JM (eds). No comerás. Narrativas sobre cuerpo, comida y genero en el nuevo milenio. Icaria, Observatorio de la Alimentación. Barcelona, 2007

4. Raich RM. Anorexia, bulimia y otros trastornos alimentarios. Madrid: Ed. Piramide; 2011.
5. GRACIA, M. et al. Género, “dieting”y salud, un análisis transcultural de la incidencia de los trastornos del comportamiento alimentario entre las mujeres. Madrid: Ministerio de trabajo y asuntos sociales; 2005

6. López-Guimerà G, Levine MP , Sánchez-Carracedo P, Fauquet J. Influence of Mass Media on Body Image and Eating Disordered Attitudes and Behaviors in Females: A Review of Effects and Processes, Media Psychology, 2010. 13:4, 387-416

7. Calado M, Lameiras M, Sepulveda AR, Rodríguez Y, Carrera M. The Mass Media Exposure and Disordered Eating Behaviours in Spanish Secondary Students. Eur. Eat. Disorders Rev. 18 (2010) 417–427.

8. Utter, J., Neumark-Sztainer, D., Wall, M., & Story, M. (2003). Reading magazine arti- cles about dieting and associated weight control behaviors among adolescents. Journal of Adolescent Health, 32, 78–82.

9. Harrison, K. (2000). Television viewing, fat stereotyping, body shape standards, and eating disorder symptomatology in grade school children. Communication Research, 27, 617–640.

10. Blowers, L. C., Loxton, N. J., Grady-Flesser, M., Occhipinti, S., & Dawe, S. (2003). The relationship between socio- cultural pressure to be thin and body dissatisfaction in preadolescent girls. Eating Behaviors, 4, 229–244.

11. Dina L. G. Borzekowski, Summer Schenk, Jenny L. Wilson, and Rebecka Peebles. e-Ana and e-Mia: A Content Analysis of Pro–Eating Disorder Web Sites. American Journal of Public Health August 2010, Vol. 100, No. 8 : pp. 1526-1534 .
12. Bardone-Cone, A. M., & Cass, K. M. (2007). What does viewing a pro-anorexia website do? An experimental examination of website exposure and moderating effects. International Journal of Eating Disorders, 40, 537–548.

13. JIMÉNEZ MORALES, M. (2010) Trastornos del comportamiento alimentario en Internet. De la blogosfera a las redes sociales. Revista Icono14 [en línea] 1 de Octubre de 2010, Año 8, Vol. Especial. pp. 84-96. Recuperado (5/5/14), de http://www.icono14.net.
14. DIAS, K. (2003), The Ana Sanctuary: Women’s Pro-Anorexia Narratives in Cyberspace, Journal of International Women’s Studies, 4 (2): 31-45, p. 31.

15. David Sánchez-Carracedo y Gemma López-Guimerà. Universitat Autònoma de Barcelona. El espectro de los problemas relacionados con la alimentación y el peso (PRAP). Razones para una aproximación integrada. INFOCOPONLINE - Revista de Psicología 10/05/14 20:07

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