De nuevo tengo que ir al centro, a la Universidad, para buscar dólares. No es que necesite mucho para vivir-con 200 dólares al mes me va muy bien-pero estoy en




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títuloDe nuevo tengo que ir al centro, a la Universidad, para buscar dólares. No es que necesite mucho para vivir-con 200 dólares al mes me va muy bien-pero estoy en
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MUERO POR DENTRO

Robert Silverberg

 

Para B y T y C y para mí;

con esfuerzo lo logramos.
De nuevo tengo que ir al centro, a la Universidad, para buscar dólares. No es que necesite mucho para vivir—con 200 dólares al mes me va muy bien—pero estoy en las últimas y no me atrevo a pedirle otra vez dinero prestado a mi hermana. Falta poco para que los estudiantes tengan que preparar sus primeros trabajos del semestre; ése siempre es un negocio seguro. Nuevamente se alquila el cerebro cansado y desgastado de David Selig. Debería conseguir algún trabajo con el que ganarme 75 dólares en esta hermosa y dorada mañana de octubre. El aire es fresco y limpio. Aquí, en la ciudad de Nueva York, la presión atmosférica es elevada, con lo que la niebla se ha disipado y ha disminuido la humedad. Aunque mis poderes ya declinan, en un día como éste florecen. Cuando la mañana invade el cielo, adelante, tú y yo. Vamos a tomar el metro de Broadway-IRT. Por favor, ten preparadas las fichas.

Tú y yo. ¿Con quién hablo? A fin de cuentas, me dirijo solo al centro. Tú y Yo.

No hay duda de que me refiero a mí y a esa criatura que, oculta en su esponjosa guarida y espiando a mortales confinadas, vive dentro de mí. Ese monstruo solapado que hay dentro de mí, ese monstruo enfermo que, más rápidamente que yo, va muriendo. En una ocasión, Yeats escribió un diálogo entre el yo y el alma; entonces ¿por qué no puede Selig, que está, a pesar suyo, dividido de un modo, que el pobre y tonto Yeats no hubiera comprendido jamás, hablar de su don único y perecedero como si fuera algún intruso encerrado en una cápsula alOjada en su cráneo? ¿Por qué no? Así que, vamos, tú y yo. Atravesemos el pasillo. Apretemos el botón. Entremos en el ascensor. Hay un insoportable olor a ajo. Estos campesinos, este enjambre de portorriqueños dejan sus penetrantes olores por todas partes. Mis vecinos. Los amo. Abajo. Abajo.

Son las 10.43 de la mañana, hora de verano del Este. La temperatura actual en Central Park es de 14 ºC. El porcentaje de humedad es del 28 % y el barómetro marca 30.30 y está bajando. El viento, de 18 kilómetros por hora, sopla del sector nordeste. El pronóstico es de tiempo bueno y cielo despejado para hoy, esta noche y mañana, con un ligero descenso de la presión atmosférica. Para hoy, la probabilidad de precipitaciones es de cero, del 10 % para mañana. El nivel de calidad del aire está considerado bueno.

David Selig tiene cuarenta y un años y sigue contando. Su estatura es algo superior a la normal, su cuerpo es delgado, el del típico soltero acostumbrado a hacerse su propia comida. El ceño ligeramente fruncido y un gesto de perplejidad es la habitual expresión de su rostro. Parpadea mucho. Con su chaqueta de dril azul desteñido, sus botas para trabajo pesado y sus pantalones acampanados a rayas moda 1969, tiene un aspecto superficialmente juvenil, al menos de cuello para abajo. De hecho, parece una especie de refugiado de un laboratorio de investigación ilícito donde transplantan desde las calvas y arrugadas cabezas de hombres maduros y angustiados, a los reacios cuerpos de chicos adolescentes. ¿Cómo le ocurrió esto? ¿En qué momento comenzaron a envejecer su rostro y su cuero cabelludo'~ Mientras desciende de su refugio de dos ambientes, en el duodécimo piso, los cables colgantes del ascensor le lanzan risotadas. Se pregunta si esos oxidados cables podrán ser incluso más viejos que él. Pertenece a la cosecha de 1935. Imagina que este edificio pudo haber sido construido en 1933 o 1934. El Honorable Fiorello H. LaGuardia, alcalde. Cabe la posibilidad de que sea más reciente, construido justo antes de la guerra, por ejemplo. (¿Recuerdas 1940, David? Ése fue el año en que te llevamos a la Feria Mundial. Esto es el trylon, aquello es la periesfera.) Sea como sea, los edificios se están volviendo viejos. ¿Qué es lo que no envejece?

Cuando llega al séptimo piso, el ascensor se detiene haciendo un chirrido. Incluso antes de que se abra la puerta cubierta de cicatrices, detecto rápidamente una vibración mental de vitalidad femenina hispánica bailando al otro lado de las vigas. Desde luego, son enormes las probabilidades de que la que llama el ascensor sea una joven esposa portorriqueña—el edificio está lleno de ellas; a esta hora del día sus maridos están trabajando—pero, de todos modos, tengo la casi plena seguridad de que estoy leyendo sus emanaciones psíquicas, de que no se trata de una simple corazonada. No cabe ninguna duda. Es baja morena, posiblemente de unos veintitrés años y en un avanzado estado de gravidez. Puedo recibir con toda claridad la doble emisión nerviosa: el vuelo rápido de su simple y sensual mente y el golpeteo borroso e indistinto del feto, de unos seis meses encerrado dentro de su firme y abultado cuerpo. Su cara es chata y sus caderas anchas, tiene ojos pequeños y brillantes y una boca de finos y apretados labios. Una segunda criatura, una niña sucia de unos dos años, agarra con fuerza el pulgar de su madre. Cuando entran en el ascensor la niña me dedica una risita, la mujer una breve y recelosa sonrisa.

Se sitúan dándome la espalda. Silencio profundo. Buenos días, señora. Bonito día, ¿no le parece señora? ¡Qué niña más bonita! Pero permanezco callado. Aunque no la conozco, se parece a todas las otras que viven es este edificio, incluso su emisión cerebral es material común, sin individualidad, indistinguible. Vagos pensamientos sobre plátanos y arroz, los resultados de la lotería de esta semana y los programas que esta noche pasan en televisión. Es una hembra tonta, pero es humana y la amo. ¿Cómo se llama? Quizás es la señora Altagracia Morales. La señora Amantina Figueroa. La señora Filomena Mercado. Me fascinan esos nombres. Poesía pura. Crecí entre chicas fuertes y regordetas llamadas Sondra Wiener, Beverly Schwartz, Sheila Weisbard. Señora, ¿es posible que sea la señora Inocencia Fernández? ¿La señora Clodomira Espinosa? ¿La señora Bonifacia Colón? Quizá la señora Esperanza Domínguez. Esperanza. Esperanza. Te amo, Esperanza. Esperanza que brota siempre del corazón humano. (Estuve allí la Navidad pasada para asistir a las corridas de toros. Esperanza Springs, Nuevo México; me hospedé en el Holiday Inn. No estoy bromeando.) Planta baja. Con agilidad, me adelanto para sostener la puerta abierta. La chiquita embarazada, hermosa e imperturbable, no me sonríe al salir.

Con paso ligero, voy camino del metro, hay unas cuantas travesías. Por estos barrios residenciales las calles son todavía empinadas. Subo a toda velocidad la escalera agrietada y descascarada y llego al nivel de la estación respirando casi con normalidad. Supongo que como resultado de una vida sana, una dieta simple, no fumo, no bebo mucho, nada de ácido o mescalina, nada de drogas estimulantes. A esta hora, la estación está prácticamente desierta. Pero no tardo en oír el sonido de ruedas que avanzan a toda velocidad, metal contra metal, y simultáneamente recibo el fulminante impacto de una súbita avalancha de mentes que arremeten juntas contra mí desde el norte, apiñadas dentro de los cinco o seis vagones del tren que se acerca. Las almas comprimidas de esos pasajeros forman una sola masa desordenada que avanza obstinadamente contra mí. Vibran como trémulo y gelatinoso plancton comprimido brutalmente en la red de algún oceanógrafo, creando un organismo complejo en el que las identidades individuales desaparecen. Cuando al fin el tren entra en la estación, logro percibir barboteos y chillidos aislados de individualidades distintas: un violento aguijonazo de deseo, un graznido de odio, una punzada de remordimiento, un repentino refunfuño interior. Se elevan desde la confusa totalidad, del mismo modo que pequeños y extraños fragmentos de melodía surgen desde la oscura mancha orquestal de una sinfonía de Mahler. Hoy el poder se manifiesta engañosamente fuerte en mí. Estoy recibiendo mucho. Durante semanas, no se ha manifestado con tal fuerza. Sin duda, el bajo porcentaje de humedad es un factor positivo. Pero esto no me induce a pensar que mi habilidad está dejando de declinar. Cuando comencé a perder el pelo hubo un feliz período en el que el proceso de erosión pareció detenerse y revertirse, fue entonces cuando nuevas manchas de fina pelusa oscura comenzaron a brotar de mi frente desnuda. Tras ese inicial flujo de esperanza, afronté el asunto desde una perspectiva más realista: no se trataba de ninguna milagrosa repoblación, sólo un crispamiento de las hormonas, un cese temporal de la declinación en el que no se podía confiar. Al cabo de un tiempo, la línea de mi cuero cabelludo nuevamente retrocedió. En este caso está ocurriendo lo mismo. Cuando se sabe que algo está muriendo dentro de uno, se aprende a no confiar demasiado en las vitalidades fortuitas de un momento fugaz. Aunque mi poder se manifiesta hoy con fuerza; posiblemente mañana sólo oiga lejanos y exasperantes murmullos.

Encuentro un asiento en un rincón del segundo vagón, abro mi libro y me dispongo a esperar que llegue a mi destino. Estoy leyendo a Beckett de nuevo, Malone muere; concuerda con mi estado de ánimo prevaleciente que, como habrán notado, es de autocompasión. Mi tiempo es limitado. De ahí que un hermoso día, cuando toda la naturaleza brilla y sonríe, las nubes sueltan sus negras cohortes inolvidables y se llevan para siempre el azul. Mi situación es en verdad delicada. Qué cosas hermosas, qué cosas importantes pasaré por alto debido al miedo, miedo de volver a caer en el viejo error, miedo de no terminar a tiempo, miedo de recrearme, por última vez, con una última efusión de desdicha, impotencia y odio. Son muchas las formas en las que lo inmutable busca alivio de su falta deforma. Ah sí, el bueno de Samuel, siempre listo con una o dos palabras de triste consuelo.

En algún punto concreto del trayecto, en la calle Ciento Ochenta, levanto la vista y veo a una muchacha que ocupa el asiento diagonalmente opuesto al mío y que, aparentemente, me está estudiando. Tiene poco más de veinte años, es atractiva de un modo poco llamativo, tiene piernas largas, pechos aceptables y una mata de pelo castaño rojizo. También tiene un libro—un ejemplar de bolsillo de Ulises, reconozco la tapa—, pero lo tiene abandonado sobre su falda. ¿Está interesada en mí? No estoy leyendo su mente. Cuando subí al tren, automáticamente reduje mi capacidad de recepción al mínimo, un truco que aprendí cuando era chico. Si en los trenes y otros lugares públicos cerrados no me aíslo de los ruidos dispersos de la muchedumbre, me resulta imposible concentrarme. Sin tratar de detectar sus señales, intento adivinar qué está pensando de mí, éste es un juego que realizo con frecuencia. Qué inteligente parece ese hombre. . . Debe de haber sufrido mucho; su rostro se ve mucho más viejo que el resto de su cuerpo..., ternura en sus ojos..., una mirada tan triste..., un poeta, un erudito..., apuesto a que es muy apasionado..., vierte todo su amor reprimido en el acto físico, en las relaciones sexuales... ¿Qué está leyendo? ¿Beckett? Sí, un poeta, un novelista, debe de ser. . ., quizá alguien famoso... Sin embargo, no debo mostrarme demasiado agresiva. La insistencia lo disgustará. Una sonrisa tímida, eso lo cautivará... Una cosa conduce a la otra... Lo invitaré a almorzar... Luego, para verificar la exactitud de mis percepciones intuitivas, sintonizo su mente. Al principio no hay señal. ¡Mis malditos poderes debilitados me traicionan de nuevo! Pero luego llega, con interferencias primero, al recibir también las reflexiones bajas y confusas de todos los pasajeros a mi alrededor, y luego el timbre claro y dulce de su alma. Está pensando en una clase de karate a la que asistirá, un poco más tarde, esta misma mañana, en la calle Noventa y Seis. Está enamorada de su instructor, un musculoso japonés con cicatrices de viruela. Lo verá esta noche. En su mente flota nebulosamente el recuerdo del sabor del sake y la imagen de su vigoroso cuerpo alzándose sobre el suyo. Nada hay sobre mí en su mente. Tan sólo soy parte del decorado, como el mapa de la red del metro que cuelga de la pared, sobre mi cabeza. Selig, siempre te mata tu egocentrismo. Lo cierto es que ahora en su rostro hay una tímida sonrisa dibujada, pero no es para mí, y cuando se da cuenta de que la estoy mirando fijamente, la sonrisa desaparece de inmediato. Vuelvo la atención a mi libro.

El tren me obsequia con una larga, penosa e imprevista parada en el túnel entre estaciones al norte de la calle Ciento Treinta y Siete. Por fin se pone de nuevo en marcha y me lleva hasta la calle Ciento Dieciséis, universidad de Columbia. Subí hacia la luz del sol. Exactamente un cuarto de siglo atrás, subí por primera vez esta escalera, en octubre del 51. Estudiante aterrorizado en el último año de la escuela secundaria, con acné y corte de pelo militar, venido de Brooklyn para asistir a mi entrevista para el ingreso a la facultad. Bajo las luces brillantes del vestíbulo de la universidad. El porte del entrevistador era absolutamente sereno, maduro..., vaya, debía de tener unos veinticuatro o veinticinco años. De todos modos me permitieron ingresar en la facultad. A partir de entonces ésta se convirtió en mi estación del metro de todos los días, desde septiembre del 52 hasta que por fin me mudé de casa a una más cercana a la ciudad universitaria. En aquel tiempo había un viejo quiosco de hierro fundido en el nivel de la calle, que marcaba la entrada a las profundidades; estaba situado entre dos carriles de tráfico, y los estudiantes, con sus mentes distraídas y llenas de Kierkegaard, Sófocles y Fitzgerald, vivían cruzando sin mirar y morían atropellados. Pero ahora aquel quiosco no está y las entradas al metro están situadas, de un modo más racional, en las aceras.

Camino por la calle Ciento Dieciséis. A mi derecha, el extenso prado del campo sur; a mi izquierda, los poco empinados escalones que conducen a la biblioteca baja. Recuerdo cuando el campo sur era un campo de atletismo ubicado en medio de la ciudad universitaria: lodo, senderos, cerca. Durante mi primer año en la universidad, allí jugué al béisbol. Solíamos ir a los vestuarios que había en la entrada de la universidad y nos cambiábamos, y luego, con zapatillas y camisetas de deporte, pantalones cortos color gris sucio, sintiéndonos desnudos entre los otros estudiantes vestidos con traje de calle o uniforme del Centro de Entrenamiento de Oficiales de la Reserva, bajábamos a toda velocidad los interminables escalones hacia el campo sur para disfrutar una hora de actividad al aire libre. Era bueno para el béisbol. No era preciso tener demasiada fuerza, se requería reflejos rápidos y buen ojo. Yo tenía la ventaja de saber lo que estaba pensando el lanzador. Estaría allí diciéndose: Este tipo es demasiado flaco para pegarle, le lanzaré una pelota alta y rápida; así que yo estaría preparado para recibirla y mandarla con todas mis fuerzas al campo izquierdo, circundando las bases antes de que nadie supiera qué estaba ocurriendo. O el otro equipo probaría alguna estrategia poco acertada, como por ejemplo que el corredor de primera base comenzara a correr mientras el lanzador arrojaba la pelota y el bateador trataba de golpearla, y yo me movería sin esfuerzo para recoger la pelota que rebotaba en el suelo y ambos seríamos puestos fuera de juego. Por supuesto, era sólo béisbol y, en su mayoría, mis compañeros de clase eran gordinflones torpes que ni siquiera podían correr y mucho menos leer las mentes. Yo disfrutaba de la extraña sensación de saberme un atleta sobresaliente y me entregaba a fantasías tales como que llegaría a jugar para los Dodgers entre la segunda y la tercera base. Los Dodgers de Brooklyn, ¿recuerdan? Durante mi segundo año en la facultad cambiaron totalmente el campo sur, transformándolo en un hermoso parque cubierto de césped dividido por un paseo pavimentado en honor al segundo centenario de la universidad. Eso ocurrió en 1954. Dios, hace tanto tanto tiempo. Envejezco..., envejezco... Llevaré doblados los bajos de los pantalones. Las sirenas se cantan unas a otras. No creo que vayan a cantarme a mí.

Subo los escalones y me siento a unos cinco metros a la izquierda de la estatua de bronce del Alma Mater. Ésta es mi oficina, tanto si hace buen tiempo como si no. Los estudiantes saben dónde buscarme, y cuando estoy allí rápidamente se corre la voz. Hay otras cinco o seis personas que, como yo, prestan sus servicios —en su mayoría son graduados sin dinero y en apuros—, pero yo soy el más rápido y el más digno de confianza, y tengo un séquito de entusiastas. Sin embargo, hoy el negocio no comienza muy bien. Durante veinte minutos permanezco sentado, inquieto, con la vista fija en Beckett, observando al Alma Mater. Unos años atrás un lanzador de bombas radical abrió un boquete en el costado de la estatua, pero ya no hay indicios de ello. Recuerdo que la noticia me escandalizó, y que luego me escandalicé por haberme escandalizado: ¿por qué diablos tenía que importarme una estúpida estatua, símbolo de una estúpida universidad? Supongo que eso fue en 1969, allá por el neolítico.

—¿Señor Selig?

Un enorme y musculoso atleta aparece ante mí. Anchas espaldas, rostro regordete e inocente. Está profundamente avergonzado. Estudia Literatura Comparada 18 y necesita urgentemente entregar un trabajo sobre las novelas de Kafka, que no ha leído. (Estamos en la temporada de rugby; es el medio zaguero y está muy, muy ocupado.) Estipulo los términos y acepta de inmediato. Mientras permanece allí de pie, disimuladamente leo en él, captando su grado de inteligencia, su probable vocabulario, su estilo. Es más listo de lo que parece. La mayoría de ellos lo son. Podrían escribir perfectamente ellos mismos sus propios trabajos, pero les falta tiempo para hacerlo. Tomo notas, apuntando mis rápidas impresiones sobre él y se marcha contento. Después de eso, el negocio se activa: éste envía a un compañero de hermandad, el compañero envía a un amigo, el amigo envía a uno de su hermandad, una hermandad distinta, y la cadena se alarga hasta que, en las primeras horas de la tarde, advierto que ya tengo todo el trabajo que puedo realizar. Sé cuál es mi rendimiento máximo, así que todo está bien. Podré comer regularmente durante dos o tres semanas sin tener que recurrir a la generosidad renuente de mi hermana. A Judith le agradará no tener noticias mías durante un tiempo. Así que ahora a casa, a comenzar con mi trabajo. Soy bueno —elocuente, serio, profundo, de un modo convincentemente inmaduro— y puedo variar mis estilos. Soy experto en literatura, psicología, antropología, filosofía y todas las demás materias humanísticas. Gracias a Dios conservé mis propios trabajos; incluso al cabo de veintitantos años constituyen una buena fuente de información. Cobro 3,50 dólares por hoja mecanografiada; si mis sondeos indican que el cliente tiene dinero, a veces cobro más. Garantizo una calificación mínima de 7 o no hay honorarios. Nunca he tenido que devolver dinero.

Cuando tenía siete años y medio y estaba en tercer grado, causaba grandes dificultades a su maestra, así que enviaron al pequeño David al psiquiatra de la escuela, el doctor Hittner, para que lo examinara. La escuela era un costoso establecimiento privado ubicado en una tranquila calle poblada de árboles en un sector de Brooklyn llamado Park Slope. La orientación de la escuela era socialista-progresista, con una hipócrita base pedagógica de marxismo, freudianismo y John Deweyismo recalentados. El psiquiatra, un especialista en perturbaciones de niños de clase media, todos los miércoles por la tarde acudía a la escuela para escudriñar el alma de los pequeños que constituían un problema. Ahora le tocaba el turno a David. Por supuesto, sus padres dieron su consentimiento. Su conducta les tenía muy preocupados. Todos estaban de acuerdo en que era un chico brillante, era extraordinariamente precoz, con un elevado nivel de comprensión de los textos que correspondía a un niño de doce años; para los adultos, su grado de inteligencia les parecía casi alarmante. Pero su comportamiento en clase era incontrolable, camorrero e irrespetuoso; las tareas escolares, irremediablemente elementales para él, le aburrían hasta la desesperación; sus únicos amigos eran los inadaptados de la clase, a quienes acosaba cruelmente. La mayoría de los chicos le odiaban y las maestras le temían dada su imprevisibilidad. Una vez probó el extinguidor de incendios de un pasillo sólo para asegurarse de que esparcía espuma como la gente afirmaba. Pasó lo que tenía que pasar. Llevó culebras a la escuela y las soltó en el salón de actos. Imitaba a sus compañeros de clase e incluso a sus maestros con una perversa exactitud.

—El doctor Hittner desea hablar un rato contigo—le dijo su madre—. Ha oído que eres un chico muy especial y le gustaría conocerte mejor.

David se resistió, armando un gran alboroto con el apellido del psiquiatra.

—¿Hitler? ¿Hitler? ¡No quiero hablar con Hitler!

Era el otoño de 1942 y el juego de palabras infantil era algo inevitable, pero se aferró a él con una irritable obstinación.

—El doctor Hitler quiere verme. El doctor Hitler quiere conocerme.

—No, David—le dijo su madre—, es Hittner, Hittner, con una n.

De todos modos fue. Entró en el consultorio del psiquiatra pavoneándose. Cuando el doctor Hittner le sonrió con afabilidad y le dijo:

—¿Qué tal, David?

David extendió un brazo rígido y dijo con brusquedad:

El doctor Hittner soltó una risita.

—Te has equivocado de hombre—dijo—. Soy Hittner, con una n.

Lo más probable es que hubiera tenido que soportar bromas semejantes. Era un hombre enorme con la cara larga como la de un caballo, boca ancha y carnosa y frente alta y curva. Sus ojos celestes pestañeaban detrás de las gafas sin montura en la parte interior. Su piel era suave y rosada, y tenía un penetrante y agradable olor. Estaba haciendo un gran esfuerzo por mostrarse amable, divertido, algo así como un hermano mayor, pero David no pudo evitar captar la impresión de que la fraternidad del doctor Hittner era fingida. Era algo que le pasaba con la mayoría de los adultos: sonreían mucho, pero por dentro estaban pensando cosas como: Qué mocoso inquietante, qué chico desagradable. Incluso su madre y su padre a veces pensaban en cosas como esas. Aunque no comprendía por qué los adultos decían una cosa con sus caras y otra con sus mentes, ya estaba acostumbrado a eso. Era algo que había llegado a esperar y a aceptar.

—¿Qué te parece si jugamos a algo? —le preguntó el doctor Hittner.

Del bolsillo del chaleco de su traje de tweed sacó una pequeña esfera de plástico que pendía de una cadena de metal. Se la enseñó a David; luego tiró de la cadena y la esfera se desarmó en ocho o nueve pedazos de diferentes colores.

—Ahora, observa con atención mientras la vuelvo a armar —dijo el doctor Hittner. Sus dedos gruesos volvieron a armar la esfera con gran destreza. La desarmó de nuevo y, haciendo que rodase sobre la mesa, se la pasó a David—. Es tu turno. ¿Puedes armarla tú también?

David recordaba que el doctor había empezado cogiendo el pedazo blanco con forma de E y había encajado el pedazo azul con forma de D en una de sus ranuras. Luego, el pedazo amarillo, pero David no recordaba qué debía hacer con él; durante un momento permaneció inmóvil, perplejo, hasta que el doctor Hittner le lanzó obsequiosamente una imagen mental de la manipulación correcta. David lo hizo, el resto fue fácil. Aunque se atascó un par de veces, siempre pudo extraer la respuesta de la mente del doctor. ¿Por qué piensa que me está examinando, se preguntó David, si no cesa de darme tantos indicios? ¿Qué está comprobando? Cuando la esfera quedó armada, David se la devolvió.

—¿Te gustaría quedarte con ella?—le preguntó el doctor

Hittner.

—No la necesito—dijo David.

Pero, de todos modos, se la metió en el bolsillo.

Jugaron a otras cosas . Un juego estaba formado por pequeñas tarjetas del tamaño de naipes con dibujos de animales, árboles y casas; consistía en que David las dispusiera de modo que contaran un cuento, y luego contarle el cuento al doctor. Las desparramó al azar sobre el escritorio y fue inventando un cuento mientras hablaba.

—El pato entra en el bosque, ve usted, y se encuentra con un lobo, así que se convierte en una rana y salta sobre el lobo y va a caer justo dentro de la boca del elefante, pero escapa por el colmillo del elefante y cae en un lago, y cuando sale de allí ve a esta linda princesa que le dice que vaya con ella a casa y le ofrecerá pan de jengibre, pero él puede leer su mente y se da cuenta de que en realidad es una malvada bruja que...

Otro Juego incluía pedazos de papel que tenían grandes manchas de tinta azul:

—¿Algunas de estas formas te recuerdan cosas reales? —preguntó el doctor.

—Sí—dijo David—, éste es un elefante, ve usted, su cola está aquí, y éste es su colmillo, y por aquí hace pipí.

Se había dado cuenta de que el doctor se interesaba muchísimo cuando hablaba de colmillos o pipí, así que le proporcionó abundante material en el que pudiera interesarse, encontrando tales cosas en cada mancha de tinta. Aunque a David le pareció un juego muy tonto, para el doctor Hittner era, por lo visto importante, ya que se apresuraba a tomar nota de cuanto decía David. Mientras el psiquiatra escribía, David estudió la mente del doctor Hittner. La mayoría de las palabras que encontró en aquella mente eran incomprensibles, aunque pudo reconocer algunas; se trataba de términos que usaban los mayores para designar las partes del cuerpo y que su madre le había enseñado: "pene", "vulva", "nalgas", "recto", cosas como esas. Era evidente que al doctor Hittner le encantaban esas palabras, así que David comenzó a usarlas.

—Este es un dibujo de un águila que está levantando a una ovejita y sale volando con ella. Éste es el pene del águila, está aquí abajo, y aquí está el recto de la oveja. Y en el otro dibujo hay un hombre y una mujer, y ambos están desnudos, y el hombre está tratando de poner su pene dentro de la vulva de la mujer, pero no entra, y...

David miró al doctor Hittner, le sonrió y pasó a la próxima mancha de tinta.

Luego hicieron juegos de palabras. El doctor decía una palabra y le pedía a David que le respondiera con la primera que se le ocurriera. A David le pareció más divertido decir la

primera palabra que se le pasara por la cabeza al propio doctor Hittner. Tan sólo tardaba una fracción de segundo en recibirla, y el doctor Hittner no pareció advertir qué estaba pasando. El juego se desarrolló así:

—Padre.

—Pene.

—Madre.

—Cama.

—Bebé.

—Muerto.

—Agua.

—Vientre.

—Túnel.

—Pala.

—Ataúd.

—Madre .

¿Eran esas las palabras que tenía que decir? ¿Quién era el vencedor en este juego? ¿Por qué parecía estar tan perturbado el doctor Hittner?

Por fin dejaron de jugar y se limitaron a hablar.

—Eres un chico muy inteligente —dijo el doctor Hittner—. No tengo que preocuparme por malcriarte al decírtelo, porque ya lo sabes. ¿Qué quieres ser cuando seas mayor?

—Nada.

—¿Nada?

—Sólo quiero jugar, leer muchos libros y nadar.

—Pero ¿cómo te ganarás la vida?

—Cuando lo necesite, obtendré dinero de la gente.

—Si descubres cómo hacerlo, espero que me confíes el secreto—dijo el doctor—. ¿Estás contento en esta escuela?

—No.

—¿Por qué no?

—Las maestras son demasiado estrictas . El trabajo es demasiado tonto. A los demás chicos no les caigo bien.

—¿Te preguntaste alguna vez por qué no les agradas?

—Porque soy más inteligente que ellos —dijo David—. Porque...—Epa. Casi lo digo. Porque puedo saber lo que están pensando. Jamás debo decirle eso a nadie. El doctor Hittner se quedó esperando a que terminara la oración—. Porque armo mucho lío en clase.

—¿Y por qué haces eso, David?

—No lo sé. Supongo que para hacer algo.

—Quizá si no hicieras tanto lío agradarías más a la gente. ¿No quieres agradar a la gente?

—No me interesa. No lo necesito.

—Todo el mundo necesita tener amigos, David.

—Tengo amigos.

—La señora Fleischer dice que no tienes muchos, que les sueles pegar a menudo y que les haces enfadar. ¿Por qué pegas a tus amigos?

—Porque no me agradan, son tontos.

—Si es eso lo que piensas de ellos, entonces no son verdaderos amigos.

Encogiéndose de hombros, David dijo:

—Me las puedo arreglar sin ellos. Me divierto estando solo.

—¿Eres feliz en tu casa?

—Supongo que sí.

—¿Quieres a tus padres?

Una pausa. Una sensación de gran tensión desde la mente del doctor. Esta es una pregunta importante. Da la respuesta correcta, David. Dale la respuesta que quiere.

—Sí —dijo David .

—¿Alguna vez quisiste tener un hermanito o una hermanita?

Ninguna vacilación ahora:

—No.

—¿De verdad que no? ¿Te gusta estar solo?

David asintió.

—El mejor momento es por la tarde, cuando vuelvo de la escuela a casa y no hay nadie. ¿Voy a tener un hermanito o una hermanita?

Risas del doctor.

—No tengo la menor idea. Eso lo tendrían que decidir tus padres, ¿no crees?

—No les dirá que me consigan uno, ¿no? Quiero decir que usted les podría decir que sería bueno para mí tener uno, y entonces irían y lo conseguirían, pero en realidad no quiero...

"Estoy metido en un lío", advirtió David de repente.

—¿Qué te hace pensar que les podría decir a tus padres que sería bueno para ti tener un hermanito o una hermanita? —preguntó el doctor con voz queda, con semblante muy serio ahora.

—No lo sé. Fue sólo una idea.—"Que encontré dentro de su cabeza, doctor. Y ahora quiero salir de aquí. No quiero hablar más con usted"—. Oiga, su nombre no es realmente Hittner, ¿verdad? ¿Con una n? Apuesto a que conozco su verdadero nombre. ¡Heil!

Nunca conseguí enviar o transmitir mis propios pensamientos a la mente de otra persona, ni aun cuando el poder se manifestó con la máxima fuerza. Lo único que podía hacer era recibir. Es posible que haya gente por ahí que sí pueda hacerlo, que pueda transmitir pensamientos incluso a aquellos que no poseen ningún don receptor especial, pero yo jamás fui uno de ellos. Por lo tanto, mi condena fue la de ser el bicho más repulsivo de la sociedad, el escuchador furtivo, el fisgón. Viejo proverbio inglés: El que espíe por un agujero quizá vea cosas que le disgusten. Sí. Durante los años en que estaba particularmente ansioso por comunicarme con la gente, realizaba esfuerzos terribles para introducirles mis pensamientos. En clase, acostumbraba a sentarme con la mirada fija en la parte posterior de la cabeza de alguna niña y me esforzaba por enviarle mis pensamientos: Hola, Annie, David Selig llamando, ¿puedes leerme? ¿Puedes leerme? Te quiero, Annie. Cambio. Cambio y fuera. Pero Annie jamás me leía, y el flujo de su mente seguiría su curso como un plácido río, inalterado por la existencia de David

Selig.

Así pues, no había forma de que pudiera hablar a otras mentes, sólo podía limitarme a espiarlas. El modo en que el poder se manifiesta en mí siempre ha sido sumamente variable. Nunca he tenido mucho control consciente sobre él, a no ser el poder disminuir la intensidad de la recepción y poder sintonizar en cierta medida, básicamente tenía que recibir los pensamientos superficiales de una persona, las subvocalizaciones de las cosas que estaba a punto de decir. Éstas me llegaban de un modo claro, como si estuviéramos manteniendo una conversación, exactamente como si las hubiera dicho; sólo que el tono de voz era distinto, no había duda de que no era un sonido producido por las cuerdas vocales. No recuerdo ningún momento, ni siquiera durante mi niñez, en el que confundiera la comunicación verbal con la comunicación mental. A lo largo de mi vida, esta facultad de leer los pensamientos superficiales se ha mantenido bastante uniforme: la mayor parte de las veces todavía puedo anticipar manifestaciones verbales, especialmente cuando estoy con alguien que tiene la costumbre de ensayar lo que quiere decir.

También podía, y en cierta medida aún puedo, prever intenciones inmediatas, tales como la decisión de darle un derechazo en la mandíbula de alguien. Mi modo de saber estas cosas varía. A veces recibo una manifestación verbal interna coherente: Ahora voy a darle un derechazo en la mandíbula o, si ese día el poder está trabajando en niveles más profundos, simplemente recibo toda una serie de instrucciones no verbales en los músculos que, en una fracción de segundo, se suma al proceso de levantar el brazo derecho para golpear la mandíbula. Llámenlo lenguaje del cuerpo en la longitud de onda telepática.

Hay otra cosa que, aunque no siempre, he podido hacer: sintonizar las capas más profundas de la mente, el lugar donde habita el alma, si así prefieren llamarla. Donde la conciencia se halla bañada por una densa niebla de confusos fenómenos inconscientes. Allí donde se ocultan miedos, esperanzas percepciones, pasiones, propósitos, recuerdos, posiciones filosóficas, principios morales, anhelos, pesares, toda la acumulación confusa de hechos y actitudes que definen al yo íntimo. Generalmente, alguna parte de todo esto se filtra aun cuando establezco el más superficial contacto: no puedo evitar recibir cierta cantidad de información acerca de la coloración del alma. Pero alguna que otra vez, ahora ya casi nunca clavo mis garfios en la sustancia verdadera, en la totalidad de la persona. Con ello experimento éxtasis, una sensación de contacto electrizante. Todo ello unido, por supuesto, a una sensación de dolorosa y entumecedora culpa debido a mi fisgoneo total: ¿cuánto más mirón puede ser un hombre? A propósito, el alma habla un idioma universal. Cuando, pongamos por caso, miro dentro de la mente de la señora Esperanza Domínguez y recibo de ella un cotorreo en español, en realidad no sé qué está pensando, porque no entiendo mucho de español. Pero si llegara a las profundidades de su alma tendría una comprensión absoluta de todo lo que allí encontrara. La mente puede pensar en español, vasco, húngaro o finlandés, pero el alma piensa en un idioma sin idioma, accesible a cualquier engendro curioso y solapado que llega a escudriñar sus misterios.

No importa. Ahora estoy perdiendo todo ese poder.

 

Paul F. Bruno

Literatura Comparada 18, Prof. Schmitz

15 de octubre de 1976

Las novelas de Kafka

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