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REFLEXIONES SOBRE EL PADRE NUESTRO

Autor: Juan Solé

(Transcripción de José Manuel Pulido)


Conviene hacer una introducción a la oración en general, al iniciar estas reflexiones sobre el Padre Nuestro ya que es considerada la “oración” por antonomasia.
El Padre Nuestro es una oración. Jesús dice a sus discípulos: “…vosotros pues, ORAREIS así. Padre Nuestro…” (Mt. 6:9).
¿Debe repetirse tal cual? ¿Es un modelo de oración? ¿Qué diferencia hay entre oración, ruego, súplica, petición, adoración, alabanza? ¿Qué es “el rezo”? ¿Debe “rezarse” el Padre Nuestro? Vamos a pensar en todo esto.
“Orar”, es hablar. Orar a Dios, es hablar a Dios. “Pasó la noche orando (hablando) a Dios” (Lc. 6:12).
“Exorar”, es pedir algo insistentemente con súplica. Súplica tiene que ver con plegar (de ahí “plegaria”).
“Rogar”, del latín rogare, es preguntar.
He. 5:7 dice de Cristo: “Que en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas, al que le podía librar de la muerte, fue oído por su temor reverente”.
¡Ya en esta misma introducción comenzamos a pisar “terreno sagrado”!

Getsemaní y el Calvario, son las escenas culminantes del drama mesiánico:


  • En Getsemaní, es la súplica:


“Se apartó de ellos (los discípulos) y puesto de rodillas (plegado) oró diciendo: Padre, si quieres pasa de mí esta copa, pero no se haga mi voluntad sino la tuya” (Lc. 22:41). Es la “oración” suplicatoria, es la “plegaria” que fue oída, pero no atendida, hasta que fue consumada (Jn. 19:30) la voluntad del Padre.


  • En el Calvario, es el ruego (la pregunta)


“Cerca de la hora novena, Jesús clamó a gran voz, diciendo: ¿Elí, Elí, lama Sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío. ¿Por qué me has abandonado?” (Mt. 27:46). Es el ruego (la pregunta). Hebreos nos dice que con gran clamor y lágrimas. Nada se nos dice de las lágrimas en el relato de la pasión, pero es deducible de la situación en Getsemaní y en el Calvario.
En Getsemaní se inició un cuadro depresivo que alcanzó gran magnitud. “Comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera y dijo: mi alma está muy triste, hasta la muerte” (Mt. 26:37). Con esa angustia, “estando en agonía oraba más intensamente y su sudor era como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra” ¡Las lágrimas y la exudación! (Lc. 22:44).
En la Cruz del Calvario, el Señor había sido azotado en su cuerpo (Mt. 27:26), le habían golpeado en la cabeza con un palo (Mt. 27:30), y le habían dado bofetadas (Mr. 14:65). En estas condiciones el “ruego” (la pregunta) que hace con gran clamor, lleva la oferta inerente de sus lágrimas.
El último acto del Señor fue una corta e intensa oración; “Jesús, clamando a gran voz dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró”
Hubo ocasiones en la vida del Señor en las que “se regocijaba en el Espíritu y dijo: yo te alabo, oh Padre, señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos y las revelaste a los niños” (Lc. 10:21). La noche antes de la elección de los doce apóstoles, “fue al monte a orar y pasó la noche orando a Dios” (Lc. 6:12). Así pues, en el “gozo”, en la “angustia”, el la “acción”, el Señor oraba al Padre, “decía cosas” al Padre.
Era su oración, a solas, ya en el monte, ya en la Cruz, ya en la agonía, ya en la vida activa, o delante de sus discípulos (Juan 17) como asimismo delante de la multitud “Padre, gracias te doy por haberme oído. Yo sabía que siempre me oyes, pero lo dije por causa de la multitud que está alrededor para que crean que Tú me has enviado” (Jn. 11:41-42).
El Señor Jesús fue un hombre de oración. Aún ahora “vive siempre para interceder por nosotros” (He. 7:25). Pero también fue un Maestro en la oración. Lc. 11:1, explica con sencillez cómo se inició esta asignatura entre los discípulos: “aconteció que estando Jesús orando en un lugar, y cuando acabó, uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar, como también Juan enseñó a sus discípulos”.
La oración breve, compendiosa, era una antigua costumbre judía. Había oraciones, recitaciones, cánticos que “quedaban” como definitivas, a punto para ser usadas. Algunas fueron preceptivas a nivel nacional. Así es la “Shemá”: “Oye Israel, Yahweh nuestro Dios, Yahweh, uno es, y amarás a Yahweh con todo tu corazón, con todas tus fuerzas”. Además, esta recitación tenía un contenido teológico y ético de primer orden.
Vemos en los evangelios que era así en la experiencia del pueblo. Por ejemplo, los cánticos de Moisés, o de Ana, o de Débora. El canto de Ana, es repetido en el momento de la anunciación, por María (Lc. 1:46-55, cp. 1 Sam. 2:1-10).
Así podemos citar a los Salmos en general. Son cánticos, oraciones a Dios, meditaciones personales (algunos ambas cosas). Unos tienen un énfasis en la adoración al Creador. Algunos proféticamente relacionados con el Mesías, fueron citados parcialmente por el Señor en la Cruz. “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?” (Sal. 22:1) o “en tus manos encomiendo mi espíritu” (Sal. 31:5).
Podemos decir que la oración, así como las recitaciones piadosas, las meditaciones íntimas, estaban estrechamente vinculadas a la Palabra de Yahweh, y ésta era intercalada en la oración y en la vida de los judíos.
Juan el Bautista, había sido formado junto a un buen maestro: su padre Zacarías, quien “lleno del Espíritu Santo, cantó una profecía diciendo: Bendito el Señor Dios de Israel” (Lc. 1:67-69), de gran contenido teológico y revelador. Es muy posible que fuese así la oración que Juan enseñase a sus discípulos.
Ahora uno de los discípulos dice al Señor: “Enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos” ¡Y Jesús les enseñó EL PADRE NUESTRO!
Pero, esta pieza maestra de la oratoria devocional hombre – Dios, posiblemente la expuso en otras ocasiones, cuando no hablaba sólo a los discípulos, sino a la multitud, como en Mt. 6:5-15, donde enseña no sólo el sagrado texto del Padre Nuestro, sino acerca de la manera, la intención, la oración y aún cómo NO ser en la oración, y también los efectos públicos de la oración privada:
“… cuando ores, ….no seas como los hipócritas (comediantes) … para ser visto, MAS TU…”, “y orando, NO uséis vanas repeticiones como los gentiles, QUE PIENSAN QUE por su palabrería serán oídos”.
Otras “formas de repetición” son las cuentas ensartadas del rosario o las maquinitas giratorias de oración orientales. Incluso otro mal uso del Padre Nuestro se realiza cuando el confesor lo impone al penitente como “penitencia” para satisfacer el pecado o para preservación de él.
Hemos de preguntarnos: ¿Cómo podía Jesús orar toda la noche sin hacer vanas repeticiones? La respuesta es que TENÍA MUCHAS COSAS QUE DECIRLE AL PADRE. Esto debiera hacer que nos preguntemos: ¿Tenemos algo que decir a Dios? ¿Mucho?, ¿Poco? o ¡Nada!
Hacer nuestra oración, meditación, reflexión, DELANTE de Dios, sentirse delante de Dios, nos libera del trabajo de aparentar.
Orar …. En tu Cámara……….. Mt. 6

En tu hogar………….. 1ª Pd. 3:7

Tu estilo de vida…….. 1ª Pd. 4:7
Hemos hecho una introducción general a la oración, y de igual modo haremos algo parecido acerca del Padre Nuestro, unas consideraciones textuales previas:
Hay dos textos. El del evangelio de Mateo, cap. 6, y el del evangelio de Lucas, cap. 11.
Cuando leemos estos textos, observamos algunas diferencias en los conceptos y en la extensión. ¿Cuál es el texto más antiguo? ¿Cuál es el más autorizado? ¿Qué razones hay para estas diferencias?
En la introducción, ya notamos que el relato de Lucas sitúa el texto del Padre Nuestro a partir de una petición que uno de los discípulos le hizo en nombre de todos: “Enséñanos a orar….”, pero el texto de Mateo, nos sugiere que evidentemente el momento no es el mismo, y que puede tratarse de una de las muchas ocasiones en las que “anunciando el reino de los cielos”, incluía factores doctrinales y devocionales, referidos a la relación del hombre con su prójimo y con su Creador.
Esto es suficiente para confirmar que haya un texto diferente (que no divergente) que ha llevado a los traductores a la máxima identidad textual dentro del margen que para ello dejan los manuscritos más universalmente autorizados.
Con todo, conviene dejar claro, que estas reflexiones sobre el Padre Nuestro, atienden al espíritu de un contenido, cuyos términos recogerían su inequívoco sentido de muchas otras partes de la revelación, aunque se le negara la autoridad de ser un “logoi” de Jesús de Nazaret.
La conclusiones o dictámenes de los especialistas, siempre tiene que llegar a la conclusión de que el Padre Nuestro se remonta a Jesús, y toda la intención provisora de esta oración está claramente expresada en los términos concretos de su mismo contenido. Así, estas reflexiones responden a la vez a una intención teológica, devocional y práctica, ceñidas a toda la amplitud textual de su breve pero inestimable contenido.
PADRE NUESTRO QUE ESTAS EN LOS CIELOS

Padre

Es muy amplia la referencia, tanto en las religiones orientales antiguas, como en Grecia y en Roma, a la figura del “padre” y a la idea de “paternidad” relacionada con los dioses, principalmente por el predominio conceptual de venir, todos de un linaje trascendente.
En el antiguo Ugarit, el dios EL, es el padre del género humano. En Babilonia es SIN (el hijo de la luna) el padre y creador de los dioses y los hombres. También en la antigua Grecia ZEUS es el “padre de los dioses y los hombres”. En Egipto, la paternidad de dios gravitaba muy especialmente sobre la persona del Faraón.
Aunque estas diferentes religiones quedan muy distanciadas del monoteísmo bíblico, manifestado en términos reveladores a la mente humana, que puede percibir su coherencia teológica y la altura espiritual en la que emplaza la responsabilidad del ser humano y la sublimidad de sus presupuestos morales. Con todo, todas utilizan esta figura del padre, que lleva implícita la autoridad, e induce a la sumisión y a la dependencia.
Ideas casi idénticas hallamos en Platón, que elabora la idea de paternidad, para relacionar a Dios, como padre universal, con la totalidad del Cosmos. También un estoico como Epicteto, enseña que: “La autoridad de Dios como Padre domina el Universo. El es el “creador”, “padre” y “sustentador” del hombre, que tiene con él una relación filial”. Así también, el esoterismo y el gnosticismo antiguo, en el que Dios, es el primer Padre.

Pero lo que nos importa es considerar cómo la figura del padre y la relación subsecuente del hombre como “hijo”, está en el Antiguo Testamento. La palabra “ab” o “abba” está más de 1.000 veces con el sentido familiar, mientras que solo unas 15 veces tiene una connotación religiosa. Así por ejemplo se proponen comparar con la figura o las actitudes de un padre terrenal:
Sal. 103:13 “como el padre se compadece de los hijos, así Yahweh se

compadece de los que le temen”.

Pr. 3:12 “porque Jehová al que ama castiga, como el padre al hijo

a quien quiere”.

Dt. 1:31 “en el desierto has visto que Yahweh tu Dios te ha traído

como trae el hombre a su hijo, por todo el camino…”
La descripción de Dios como Padre, en el Antiguo Testamento, se refiere sólo al pueblo de Israel. NO hay referencia alguna de parentesco universal.
Dt. 32:6 “¿no es Yahweh tu padre que te creó? Él te hizo y te estableció.

Is. 63:16 “pero tú eres nuestro Padre, si bien Abraham nos ignora e

Israel no nos conoce tú, oh Yahweh, eres nuestro Padre.

(Aquí la idea se expresa en una plegaria).

Jer. 31:9 Culmina con un mensaje profético de consolación a Israel

diciendo de parte de Dios: “Irán con lloro, mas con

misericordia os haré volver…porque YO SOY a Israel

por Padre”. Aquí no hay analogía, es declaración esencial;

asume el mismo valor de la paternidad, vinculado al “YO SOY”
El pueblo, sólo en ciertos momentos supo entender, y no todos, la gravedad de esta declaración. En el Nuevo Testamento (Jn. 8:31-43), esta esencia tiene el trasfondo de los pasajes del Antiguo Testamento.
De un lado, dice el Señor (v.37) “descendientes de Abraham sé que sois”. Ellos afirman: “nuestro padre Abraham” (v.39). Este concepto se sostenía desde una base veraz e histórica, pero con una actitud orgullosa. Más adelante Pablo en Ro. 4:1 llama a Abraham “nuestro padre”. Pero la esencia está en Juan 8, “No somos nacidos de fornicación, un PADRE tenemos que es Dios”. El fondo de esta declaración está el texto de Jeremías 31:9 al que hemos aludido anteriormente.
La verdad de la revelación puede ser, y es devaluada, por el incomprensible orgullo humano. Ya unos 400 años antes, Dios había rechazado esta hipócrita aseveración de los guías de Israel: “El hijo honra al padre y el siervo honra a su señor. Si pues SOY YO Padre, ¿dónde está mi honra? (Mal. 1:6).
Bien, una cosa queda evidente, y es que la diferencia básica entre la idea de las antiguas religiones orientales, de los países vecinos a Israel como hemos visto en Grecia, etc, y la revelación bíblica, es que aquellas se entendían en sentido biológico y mitológico, mientras que en la revelación bíblica, tiene que ver con la salvación. En aquellas surge sumisión o dependencia, en esta, responsabilidad moral, ante la misericordia de Dios.
Ser “hijo de Dios” no es un estado natural, sino que es condición que se adquiere o recibe, y aún crece, en relación con la actividad redentora de Dios: aquellos a quienes “se les dio potestad de ser hechos hijos de Dios”, no lo son por ninguna condición de base biológica, ni aún racial, no por ser hombres, nacidos en el general cauce de procreación ordenado por Dios, sino por haber recibido el supremo mensaje de la manifestación de Dios en Cristo. (Leer Juan 1.12-13).
Cuando llegamos al Nuevo Testamento, la definición de esta paternidad, se amplía en extensión y sentido. Basta con pasar la mirada por las columnas de una concordancia y se aprecia que “Padre”, no es una mera aproximación en sentido secular (160 veces), y se usa unas 250 veces en sentido espiritual (180 veces por el Señor Jesús y 70 en el resto del N.T.).
Esta abundante presencia del término, nos señala una voluntad clara de Dios, en cuanto a nuestro conocimiento teológico fundamental. Observemos que Jesús nunca llama a Dios “Padre de Israel”; en los evangelios llama a Dios “mi Padre”, y también llama a Dios “vuestro Padre”. Esta condición reiterada, no es meramente pedagógica sino afirmativa de una voluntad, cuya vigencia, el mismo Jesucristo reitera enfáticamente ¡después de la resurrección¡ (Jn. 20:17):
“…subo a MI Padre y a VUESTRO Padre, a MI Dios y a VUESTRO Dios”.
Cuando de una manera tan clara e insistente, Jesús llama a Dios “su Padre”, está basándose en una revelación única dada arriba en la incomparable situación de Hijo (Mt. 11:25-27). “Todas las cosas me fueron entregadas por MI Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo… y aquellos a quines el Hijo lo quiere revelar”.
La expresión “vuestro Padre”, es peculiar de Jesús, aplicada siempre a sus discípulos. Nunca dio a entender Jesús que Dios era el Padre de todos los hombres, sino que abrió el acceso a la “potestad” de esta filiación, “a los que le recibieron, los que creen en su Nombre”. Así las referencias son precisas y conectas a los “discípulo-hijos” con postulados éticos, salvíficos y escatológicos, cubriendo la total esperanza de “aquella vida, que nos fue manifestada, aquella Vida ETERNA, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó” (1ª Juan 1:2).
Así que:
- La Misericordia (Lc. 6:36)

“sed pues misericordiosos, como también vuestro Padre es

misericordioso, porque es Padre de misericordias”
- La Bondad (Mt. 5: 44-45)

“amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen,

haced bien a los que os aborrecen y orad…

para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los Cielos”
- El Perdón (Mr. 11:25)

“y cuando estéis orando, perdonad si tenéis algo contra

alguno para que también vuestro Padre que está en los cielos

os perdone vuestras ofensas”.
- La Confianza (Mt. 6:31-32)

“no os afanéis diciendo ¿qué comeremos? O ¿qué beberemos?

o ¿qué vestiremos?. Porque los gentiles buscan (solamente)

estas cosas, pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis nece-

sidad de todas estas cosas, mas buscad el Reino de Dios y su

justicia, y …os serán añadidas”
En Lc. 11:9-13 se añade el don del Espíritu Santo: “Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas cosas a vuestro hijos, ¿Cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?”, y aún la esperanza del Reino futuro: “no temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre la ha placido daros el Reino” (Lc. 12:32).
Las referencias del Nuevo Testamento, al concepto de Dios Padre, del Señor Jesucristo y nuestro Padre, son abundantes sobre todo en las salutaciones apostólicas de Pablo y de Pedro. Y una amplia afirmación de la cristología, la salvación y la esperanza cristiana (Pablo, solo ¡40 veces!).
La paternidad de Dios NO es un factor natural. Es un milagro que se extiende desde la fe sellada por el Espíritu Santo: “Habiendo oído y habiendo creído, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa” (Ef. 1:13, cp. Ro. 8:14-17 y Gá. 4:1-7).

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